jueves, julio 23, 2026

El héroe corrupto

 

Una de las cosas que se suelen decir en defensa de la religión católica es que resulta fácil de probar su verdad: que el mensaje de Jesús es plenamente cierto lo demuestra el hecho de que la Iglesia haya sido capaz de sobrevivir a tantos malos papas. Este mismo argumento puede ser formulado de la democracia liberal estadounidense. Un régimen político que permanece básicamente incólume más de 200 años después, a pesar de haber tenido, y seguir teniendo, muchos presidentes básicamente perfectibles. En efecto, estos episodios son bastante frecuentes en la Historia de los Estados Unidos, como ya hemos tenido ocasión de ver en la serie que le hemos dedicado a este país (y que ya puedo anunciar que tendrá continuación). No obstante, la necesidad de ir a cierto ritmo quizá nos ha obligado a no detenernos algunas veces como habría sido necesario. Esto es algo que pretendo salvar en estas notas para el caso de uno de esos malos presidentes: Ulysses o Ulises S. Grant.

Que Grant iba a ser presidente de los EEUU ni cotizaba. Fue elegido en 1868 y reelegido en 1872, en un proceso del que nadie, ni sus enemigos, dudaba. Grant había ganado la guerra civil y, ante la obvia ausencia del ganador político de la conflagración, Abraham Lincoln, era lógico que ganase.

Ulises Grant era un hombre extraordinariamente popular en Estados Unidos; popular por haber sido el gran factor militar que había labrado la victoria del norte; y popular porque, como Lincoln, quintaesenciaba como nadie el concepto de los Estados Unidos como un país en el que cualquiera tenía la oportunidad de hacerse grande; lo que se conoció entonces como el mito “de la cabaña de troncos a la Casa Blanca”.

Este concepto señala a los hombres que habían llegado a la cúpula después de nacer en el seno de familias de colonos pobres. Grant no era exactamente eso, pero se acercaba. Había nacido en una modesta casucha, en Pleasant Point, Ohio (27 de abril de 1822). Este relato, sin embargo, es parcialmente mítico. La casa en la que nació Grant, sí, era una mierda; pero era una vivienda meramente provisional. Su padre era un curtidor, Jesse Root Grant, oriundo de Kentucky, un Estado esclavista; se había trasladado a Ohio, entre otras cosas, porque no quería tener esclavos. Hannah Simpson, su madre, procedía de una familia de agricultores. Originalmente, los padres llamaron a su hijo Hiram Ulysses, aunque él, con el tiempo, cambió el orden de los nombres porque, al parecer, le rallaba bastante que le llamasen HUG (abrazo).

En Georgetown, Ohio, donde pasó su infancia, Ulises no destacó, ni para bien, ni para mal. Trabajaba en el taller de curtidor de su padre, pero pronto quedó claro que su gran afición eran los caballos. Demostró desde niño una gran habilidad tratándolos y domándolos. En aquellos Estados Unidos, alguien que supiese montar tenía un futuro claro en las Fuerzas Armadas; y por eso Grant ingresó en West Point con 16 años; muy a su pesar, pues no tenía vocación militar. Eran tiempos, empero, en los que lo adolescentes hacían lo que sus padres les decían. En West Point consiguió un récord de salto de obstáculos que estuvo un cuarto de siglo imbatido.

Grant, como mucha gente en aquel tiempo, necesitó, para entrar en West Point, la recomendación de un hombre público. Su padre buscó para ello la ayuda de un congresista que, efectivamente, envió dicha recomendación. En la misma, asumiendo que Grant, como otros muchos estadounidenses, incluía en su nombre el apellido de su madre, lo documentó como Ulysses Simpson Grant. Este detalle, que terminaría por escribir en piedra el nombre por el que lo conocería la Historia, fue una putada para su dueño. Grant, que había evitado un hombre que permitía unas iniciales por las que le podían hacer burla, comenzó a ser conocido en la academia como United States Grant o Uncle Sam Grant. Para tratar de evitar estas bromas fue por lo que Grant comenzó a pedir que le llamasen Sam; y así fue como lo conocieron el resto de su vida sus más íntimos.

En West Point Grant estuvo lejos de encajar. Llevaba mal la disciplina, y en los estudios era más bien mediocre. Tardó tres años en conseguir los galones de sargento, y aún entonces él mismo vino a decir que era demasiado para alguien como él. En 1843 se graduó con el número 21 de una clase de 39. Lógicamente, él quería un destino en la caballería; pero su baja nota en el MIR todo lo que le consiguió fue un puesto de segundo teniente en el IV de infantería, en San Luis Misuri. Allí, Grant conoció a la hermana de un viejo compañero de la academia, Julia Dent, que se convertiría en su esposa merced a sus varias virtudes, entre las que se encontraba ser una consumada amazona. Ambos se casaron el 22 de agosto de 1848.

Dos años antes, 1846, el teniente Sam Grant había entrado en combate con ocasión de la guerra contra México. Cuatro años después de su matrimonio, en 1852, fue destinado a Fort Vancouver, un lugar fronterizo y solitario en Oregón. Grant tuvo que ir solo, dado que la dureza de la vida allí no era aconsejable para su mujer, que estaba embarazada por segunda vez. Allí, en la soledad de la frontera, el futuro presidente de los Estados Unidos comenzó su romance con el alcohol. Parece ser que no se trata tanto de que bebiese mucho, como de que el alcohol le sentaba fatal; sea como sea, se ganó pronto una fama de dipsómano que ya no le abandonó. Fue destinado a otro lugar fronterizo, Fort Humboldt, en California; más de lo mismo o, incluso, peor. Una tarde, en 1854, lo encontraron bebido en una taberna. Al día siguiente llegó tarde al servicio y, ante la eventualidad de ser denunciado en un consejo de guerra, pidió la baja en el ejército.

Grant creía sinceramente que podía ser agricultor. Se veía como tal. Pero lo cierto es que no lo era y, además, si su incapacidad de entender esa actividad no era suficiente, el desplome de los precios agrícolas de 1857, que hundió las perspectivas de muchísimas granjas, obviamente lo arruinó a él casi en primer lugar. Entonces decidió dedicarse al negocio inmobiliario, que tampoco funcionó. Grant tuvo que pasar por la humillación de convertirse en dependiente del almacén de peletería que su padre había establecido en Galena, Illinois, y que administraban sus dos hermanos pequeños.

Éste era el hombre que estaba, como todo el país, a las puertas de una guerra civil. En el momento de estallar la secesión, era un hombre cargado de hijos (cuatro), que trabajaba por el salario mínimo, nunca se había interesado por la política y, si se sentía algo, era demócrata (es decir, pro esclavista). Sin embargo, cuando conoció el llamamiento de Lincoln pidiendo 75.000 voluntarios para luchar por la Unión, Grant se presentó, informó de su condición de ex oficial, y se ofreció para instruir a los reclutas, mientras solicitaba la retrocesión de sus galones. Su mala fama, sin embargo, le precedía. El general George Mc Clellan, por ejemplo, no quiso recibirlo, por considerarlo un borracho; había sido su superior, así que le había visto levantar el codo más de una vez. A base de mucho Whatsapp y mucho dar por culo, sin embargo, Grant consiguió, en junio de 1861, que se le otorgase el mando del 21 regimiento de voluntarios de Illinois, con el grado de coronel provisional. En agosto, después de haber realizado varias acciones contra guerrillas confederadas en las riberas del Misuri, lo ascendieron a general de brigada.

En febrero de 1862, Ulysses S. Grant anotó para la Unión la primera gran victoria de la guerra, es decir, la toma de los fuertes Donelson y Henry, que dejaba expedito el camino de los yankis hacia Tennessee. En Donelson, donde Grant se negó en redondo a negociar ninguna condición de capitulación, Grant comenzó a ser conocido como Unconditional Surrender Grant. Esa forma de ver las cosas, que era la de Lincoln, hizo mucho por labrar su ascensión por el siempre resbaladizo alto escalafón del ejército estadounidense.

Tras la batalla de Pittsburg Landing (6 y 7 de abril de 1862), acción en la que la victoria de la Unión pareció derrota durante mucho tiempo, Grant fue acusado de negligente, y se alimentaron rumores de que había pasado la batalla mamado. De aquella celada, que no podemos descartar tuviese elementos de certitud, lo salvó Lincoln personalmente. Al presidente, ya lo he dicho, el concepto irredento, franquista podríamos decir mirando a nuestra guerra civil, de un general que no estaba dispuesto a aceptar componendas ni hostias, le gustaba mucho, porque era el suyo propio. Lincoln temía un cierre en falso de la guerra, con algún tipo de pacto que, o bien, impidiese el proyecto federal republicano, o bien se limitase a aplazar las hostias algunos años. Y Grant era el tipo de cabrón que necesitaba para impedirlo; si bebía, pues que bebiese.

Así apoyado políticamente, llegó el año 1863, que fue el gran año de Grant: la victoria en Vicksburg le dio a la Unión el control del Misisipi y operó un poco como el control del frente norte en la guerra civil española: marcó un punto a partir del cual el resultado final era ya inevitable. En noviembre, la batalla de Chatanooga entregó Tennessee a la Unión y le abrió el camino de Georgia. Grant, en Washington, recibió la medalla del Congreso y el mando supremo de las tropas de la Unión.

Para entonces, Grant era un mito. Un mito en buena parte falso. En los Estados Unidos yankis se alimentaba la imagen de un militar de los pies a la cabeza. Sin embargo, era bajito, desgarbado, nada marcial, y hasta se presentó en el acto de recibir la medalla del Congreso llevando un uniforme tan sólo superficialmente planchado. Los confederales, por otra parte, lo llamaban Butcher Grant, Grant el Carnicero, y decían que nunca contaba los muertos de las batallas. Grant, sin embargo, acabaría por confesar, en su vejez, que jamás había ido animoso a una batalla. Personalmente, es más que probable que jamás le disparase a alguien. Incluso no humano, pues detestaba la caza y, para sorpresa de muchos de sus conciudadanos, los rodeos. Aunque, como os he dicho, labró su fama y su poder en una posición muy de “avanzar sin transar”, en la distancia corta era todo lo contrario. En Appomattox permitió que tanto el general Lee como los oficiales que estaban allí para rendir al ejército de Virginia (y la guerra misma)  conservaran sus armas, y todos los soldados pudieron conservar sus caballos porque, dijo, los necesitarían ahora que tendrían que convertirse en agricultores.

Con todo el pescado vendido, Grant fue a Washington, donde Lincoln le ofreció compartir, él y su mujer, el palco del presidente y su churri en el teatro Ford la noche del 14 de abril. Sin embargo, no fueron. Quien se excusó fue Julia Grant, que dijo que tenía que atender a sus hijos. Aunque yo creo que la razón fue otra. Julia Grant era muy estrábica, y consideraba que ese defecto la afeaba en exceso. Por eso no quería ir a actos públicos; tanto es así que, cuando su marido fue elegido presidente, quiso operarse los ojos, por considerar que una primera dama no podía ser bizca (fue Grant quien se lo prohibió). Lo más probable, pues, es que la vergüenza de una mujer salvara a su marido de haber corrido el riesgo de morir aquella noche.

A Lincoln lo sustituyó su vicepresidente, Andrew Johnson. Alguien que no se llevaba con Grant igual de bien. Ambos colaboraron porque el nuevo presidente quería aprovecharse de la popularidad que el general tenía y él, no. Le obligó a hacer giras por el país paseando su palmito. No obstante, ambos acabaron enfrentados cuando Johnson quiso enjuiciar por alta traición al general Lee, y Grant se negó en redondo.

En 1867, Johnson y Grant hicieron una gira conjunta por los Estados destruidos por la guerra, para explicar los planes de reconstrucción. La actitud de la gente hacia el presidente fue glacial; pero Grant se paseó en loor de multitud. Así las cosas, cuando se acercó el año electoral de 1868, tanto demócratas como republicanos cortejaron al héroe de guerra.

Grant, ya lo he dicho, no tenía una definición política clara. Pero sí estaba enfrentado con Johnson, un presidente que, a pesar del intento de enjaretar a Lee, estaba impulsando una política de buen rollo con los viejos confederados. Esto acercó al general a la vertiente más radical del Partido Republicano, ésa que quería mano dura con los vencidos.

El tema es complejo. Formalmente, los republicanos radicales eran partidarios de llevar hasta sus últimas consecuencias el anti esclavismo, concediendo a los negros plenos derechos civiles. Pero ese objetivo, que así expresado es todo virtud, era, también, y en muchos casos era fundamentalmente, una manera de expoliar los activos de los Estados confederados en beneficio de personas y empresas del norte ganador. Hablamos, pues, de una mierda de corrupción decorada por la purpurina de la virtud política.

Como siempre en los temas políticos en los que se está jugando mucha pasta, los actores no se anduvieron con chiquitas. El eslógan electoral de la candidatura de Grant, dirigida a los ciudadanos, era bien claro: Votad como habéis disparado. Al frente de esa idea, el héroe de la guerra, el generalísimo Franco que había alcanzado sus últimos objetivos. Su oponente fue el demócrata Horatio Seymour, gobernador del Estado de Nueva York. Seymour yo creo que sabía bien que había perdido antes de empezar; pero, aún así, los republicanos lo sometieron a una violenta campaña de desprestigio, en la que fue acusado de complotar a favor de los confederales (en el idiolecto de la época, pues, de ser un copperhead).

Para sorpresa de todos, Grant ganó apenas por 300.000 votos; un signo claro de que la violenta retórica de su campaña electoral se había pasado unos cuantos pueblos. Al presidente Johnson le sentó tan mal que ganase que se negó a acompañarlo en la ceremonia de jura del cargo.

Grant llegó a la Casa Blanca sin conocerla de verdad y sin tener, en realidad, conciencia real de la cantidad y poder de sus enemigos, y de la tenuidad de muchos de sus amigos. Soñaba con una presidencia de colaboración con el Congreso y de constantes relaciones en las que todas las partes se obstinarían en encontrar aquello que las une. Pero la política, las cosas como son, no es eso.

Como primera providencia, no formó gobierno; se lo formaron. En el Ejecutivo de Grant entraron todos los financieros y amiguetes que se habían juramentado en la operación de expolio que iba a ser la famosa reconstrucción. Grant, por otra parte, fue el primero en interpretar el poder político como una medida de ayudar a sus amigos. Por ejemplo, a uno que tenía una casa de alquiler de coches de caballos lo nombró diplomático en Bélgica.

Como dijo Henry Adams, Grant era un niño en cuestiones de política. Como primera y fundamental providencia, nunca entendió que nadie da duros a peseta; y mucho menos la gente del Ibex. Todos aquellos financieros lo colmaban de regalos (sobre todo caballos, pues todo el mundo sabía de qué pie cojeaba) y él los aceptaba sin pararse a pensar que se los regalaban por algo y para algo.

Así las cosas, la Casa Blanca se convirtió en un centro kóldico de proporciones inmensas. En sus pasillos ya no se discutían decretos; se discutían coimas, contratos, adjudicaciones, ayudas. Aquello era un mundo de Julitos. En primera fila de interesados estaban los parientes del propio Grant, como su cuñado Abel Corbin, un tipo absolutamente carente de escrúpulos que, además, se asoció con dos de los mayores cortabolsas de la época, James Fisk y Jay Gould. Entre los tres montaron desde la Casa Blanca una inmensa operación especulativa en la que incrementaron artificialmente el precio del oro para así vender con beneficio sus adquisiciones previas.

En aquella operación era fundamental la actuación del Estado; pues el Estado, comprando o vendiendo oro de sus reservas, podía manipular fácilmente su precio de mercado. Inicialmente, Corbin y sus secuaces consiguieron convencer a Grant de que detuviese las ventas de oro, incrementando el precio; aunque el presidente, cuando el tema comenzó a saltar a los periódicos, dio orden de venta que arruinó a los especuladores; pero también a mucha gente que había seguido las tendencias observadas del mercado.

Poco tiempo después del escándalo del oro, Grant, en un nuevo ejemplo de lectura muy naïf de las cosas, comenzó a dar pábulo a las intenciones del presidente de la República Dominicana, Buenaventura Báez, en el sentido de vender amplias extensiones del país. Grant se hizo ilusiones con la posibilidad de una anexión, aunque su secretario de Estado, Hamilton Fish, le argumentó, con razón, que aquello era una puta locura. Fish envió a su adjunto, el coronel Orville Babcock, a negociar con Báez; pero aún así se negó a apoyar la operación, igual que el Senado, que se negó a firmar la anexión. Grant quedó muy desagradablemente sorprendido; aparentemente, su idea era anexionarse la República Dominicana y petarla con los negros que en los Estados del sur eran libres pero no tenían curro, y que cada día daban más problemas.

Con todo, donde más se sintió la mano de los amigos de Grant fue en los puertos. Haciendo valer sus amistades, los financieros cercanos a la Casa Blanca establecían monopolios de importación de facto en los muelles, amenazando a todo aquél que les hiciese la competencia con que les caería el BOE encima. Incluso cuando el principal factor de esta corrupción, el oficial de Aduanas Thomas Murphy, fue cesado, Grant salió públicamente en defensa de su honradez.

Para cuando llegó la campaña de 1872, la guerra civil ya estaba lejos y, lo que es más importante, los escándalos diversos habían perlado ya muchas páginas de los periódicos. Los demócratas centraron la campaña en el tema de la corrupción. Cambiaron uno de los mottos más conocidos de Grant, Let us have peace (permitámonos la paz), por el sarcástico Let us a peace (danos una pieza, se entiende, del pastel).

Políticamente hablando, Grant se enfrentaba, además, al enfrentamiento frontal con el sur. En las viejas zonas confederadas, en su mayoría gobernadas por equipos impuestos desde el norte y no votados, los casos de expolios escandalosos eran muchos; y, obviamente, era a Grant a quien se responsabilizaba de ello. La imposibilidad de desarrollarse públicamente había llevado a los blancos a fundar el Ku Klux Klan, y a Grant a defender personalmente en el Congreso la KKK Act (1871); un texto que le otorgaba al presidente el derecho a declarar la ley marcial en el sur. Grant, pues, aplicó a fondo la agenda del revanchismo ganador que le había llevado a la Casa Blanca. Estados Unidos sigue pagando, a día de hoy, las consecuencias de ello.

El primer mandato de Grant fue caótico, escandaloso y poco productivo en un país que necesitaba recuperarse de un gran trauma. Y, sin embargo, en 1872 los estadounidenses lo reeligieron. Todavía su nombre significaba muchas cosas para mucha gente. Su oponente era un político de talla, el periodista Horace Greely; pero aún así no pudo con él. En su discurso de investidura, Grant no dio muestras de empatía hacia sus opositores. Lejos de elaborar la típica retórica tipo “bueno, a partir de ahora, vamos a sumar y no a restar”, se dedicó a decir que interpretaba su elección como un aval sin ambages para su persona, tras la vaharada de críticas y de insultos de que había sido objeto.

Con estos mimbres, pronto quedó claro que, en el supuesto de que Grant hubiese entendido que había hecho cosas mal en su primer mandato, carecía de voluntad para corregirlas.

En 1873 estalló el escándalo de Crédito Mobiliario, una sociedad fantasma que había sido creada por los promotores de la Union Pacific Railroad para chuparse los fondos estatales que financiaban la construcción de la estructura ferroviaria. O sea, una especie de Plus Ultra. Dos años después, estalló el escándalo del Whisky Ring, que básicamente era una confluencia entre destiladores de whisky y funcionarios de Hacienda para forrarse a base de evadir impuestos.

En estas movidas aparecía claramente Orville Elías Babcock, el Begoño de Grant, a quien ya hemos visto (y mira que es casualidad...) viajando a la República Dominicana. Era ingeniero y militar como él y había estado a su servicio desde la guerra civil. Había saltado a la Casa Blanca como su asesor directo y allí, como os digo, se convirtió en un Koldo de la hostia. Cuando esto se fue sabiendo, empero, Grant se negó a retirarle su apoyo y, de hecho, presionó hasta que consiguió su absolución.

La corrupción, sin embargo, era sistémica. Pronto se supo que William Worth Belknap, secretario de Guerra, se había forrado personalmente vendiendo los derechos para crear trading posts, es decir, los emplazamientos fronterizos del oeste, donde se verificaba buena parte del comercio entre blancos e indios. El Senado, que acabó encausando a Belknap, también le dijo a Grant en 1876 que presentarse a una nueva reelección sería muy mala idea. En el Partido Republicano, sin embargo, había mucha gente que deseaba que se presentase. Grant, sin embargo, estaba, o decía estar, hasta los huevos de todo.

En los tiempos postreros de aquel segundo mandato en el que tanta gente dentro de los Estados Unidos le ponía de puta para arriba, Grant decidió hacerse un Gorvachev, y explotar su indudable buena imagen internacional. En el resto del mundo, donde poco o nada se sabía de la asquerosa almoneda de Sevinábares en que se había convertido el país, Grant seguía siendo el general Franco que le había ganado la guerra civil a los enemigos de los negros. En Europa los recibieron, entre otros, la reina Victoria, el zar, el Francisquito, y el entonces mediático compositor Richard Wagner.

A Grant, sin embargo, lo perseguía un hecho jodido: era un corrupto bastante torpe. El corrupto, como cualquier otro, además de ganar dinero, tiene que saber guardarlo y administrarlo. Grant no estaba hecho de esa pasta y, como consecuencia, pronto se encontró arruinado. Cornelius Vanderbilt, uno de los hombres más ricos entonces de los Estados Unidos y de la Tierra, le ofreció cancelar sus deudas; pero Grant, en un último arrebato de gallardía, se negó, lo cual acabaría provocando que prácticamente todos sus activos acabasen en el balance del hombre de negocios.

Cuando alguien ha basado toda su vida en ser un jeta importante, todavía le queda una última baza: contarlo. Ulysses Grant, viejo, sin carrera política ya, arruinado y sin activos, estaba a las puertas de la beneficencia cuando en su vida se cruzó Mark Twain, el célebre escritor, quien le ofreció una suma por sus memorias.

Poco tiempo antes de la oferta de Twain, Grant había sido diagnosticado de cáncer de garganta. Así que sabía que le quedaba poco tiempo, por lo que se puso a trabajar en el libro a toda prisa. Primero dictó sus recuerdos y, cuando el tumor le dejó sin voz, las escribió personalmente. El 16 de julio de 1885 terminó el manuscrito; falleció el 25, agotado y carcomido por la enfermedad.

Mi impresión personal es que Ulysses S. Grant era uno más de los militares metidos en política que cometió el error de considerar que la vida política y la militar son iguales. Entre uniformados la camaradería lo es todo; los militares, además, han sido muchas veces personas que han tenido problemas para entender las fronteras morales que debería tener claras todo el que maneja un dinero que es de todos. Estas dos características son las que acabaron por malbaratar dos mandatos presidenciales que estaban cantados, que se iban a producir sí o sí. Grant da la sensación de, o no haberse preocupado nunca por su lugar en la Historia, o de considerar que ese lugar lo tenía garantizado por mucho que manchase sus calzoncillos con el meconio maloliente de la corrupción.

Al entierro de Grant en Nueva York, el 8 de agosto de 1885, acudieron miles de personas; el Estado le daba tierra al héroe de Appomattox. Hoy en día, sin embargo, creo yo que una celebración pública en su honor no concitaría tanto interés y solidaridad. Ésta es la idea fundamental de mi juicio histórico. El presidente Grant, que estaba llamada a ser una figura señera de la Historia de su país, como lo son Lincoln o Kennedy, escogió cobrarse en vida estos réditos y, sobre todo, hacer que otros los cobrasen.

Ojalá los disfrutase bien, pues.

1 comentario:

  1. Anónimo1:16 p.m.

    Muy buenas:
    Cito de memoria (que sí, que sí, hay que ser vago para no mirarlo) pero creo que recientemente ha sido ascendido a general de seis estrellas.
    Con carácter mucho más que póstumo.
    Está claro que en USA diferencian al miliar del político.

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