Felipe ha dejado recientemente un comentario en un post del blog lanzando el guante de un artículo, no sobre el pasado, sino sobre el futuro, o sea qué creo yo que será historia del siglo XXI en el siglo XXII. Tiburcio y yo leímos ese comentario casi al mismo tiempo y hemos decidido abordar el asunto cada uno por nuestra cuenta. Lo que vas a leer ahora, por lo tanto, es mi aportación; la de Samsa llegará, espero, algo más tarde.
Lo primero que me gustaría comentar sobre el tema es que estamos en el 2011; así pues, nuestra capacidad de imaginar lo que va a pasar en el conjunto del siglo XXI es la misma que tenían del siglo XX los ciudadanos de 1911, esto es personas que desconocían que en unos pocos años se produciría una guerra global que lo cambió todo (y que, sin embargo, apenas fue el preludio de otra más global todavía); así como la eclosión de la clase proletaria en el mundo del poder a través de la revolución rusa. Hemos de ser, por lo tanto, humildes y reconocer que somos ciudadanos de principios de siglo, vamos por la vida con nuestras levitas, nuestras chisteras y nuestras patillas abundantosas, y no podemos saber lo que va a pasar dentro de cincuenta años. Salvo los expertos en cambio climático, claro, que saben perfectamente la temperatura que va a hacer en la afueras de Sotillo de la Adrada a las 16,35 horas del 8 de marzo del 2076.
La única pregunta que se hace Felipe es si va a haber una guerra entre EEUU y China. Querrá decir otra, porque China y Estados Unidos están en guerra desde que son amigos, esto es desde que Nixon visitó Pekín. Las guerras hoy en día son más elegantes, pero no dejan de ser guerras. Alemania, escaldada en la primera mitad del XX, llegó a la conclusión de que era más fácil invadir con el Commerzbank que con las Panzerdivisionen, y es a lo que se ha dedicado en las últimas décadas. Por lo tanto, la guerra chino-americana no ha disparado ni un tiro (entiéndase en EEUU y China; en países terceros, unos cuantos), pero ha tenido sus batallas bien definidas.
Florituras semánticas aparte, yo no soy demasiado optimista (o pesimista, según se vea) sobre las posibilidades de China a medio plazo. En los años noventa se filmó una película de Sean Connery, Sol Naciente creo que se llamó en España, que describía la investigación de un asesinato en el mundo de altos negocios de Tokio. El ambiente de aquella película era el del mundo financiero e industrial de la época: los japoneses lo estaban comprando todo. Compraban siderúrgicas en Estados Unidos de siete en siete, eran los líderes en tecnología, bla. Por aquel entonces, recuerdo haber oído al presidente mundial de la IBM, de paso por Madrid, declamando en una conferencia: «el día que los japoneses quieran vivir como nosotros, las cosas ya no serán tan fáciles para ellos». Y acertó. El milagro japonés se asentaba sobre millones de familias viviendo en cajas relativamente amplias, que ellos tenían por pisos, con niveles de consumo relativamente modestos. La mayoría de edad de la economía y la sociedad japonesas abocó al país a una recesión larguísima, de la que en buena parte no ha salido; hoy, nadie habla del dragón japonés y el sushi se ha pasado de moda.
China tiene, que diría Marx, enormes y crecientes contradicciones internas. Es un país crecientemente contaminado. Es un país con unas diferencias sociales entre el campo y la ciudad que asustan. Es un país enormemente monetizado, porque exportar al ritmo que ha exportado durante tantos años ha recalentado de tal manera su masa monetaria que la única forma de evitar la hiperinflación ha sido comprar deuda a lo bestia (lo cual no evita que sea un país hiperinflacionario, que lo es). Asimismo, es un país que carece de pilar de bienestar (tan sólo hay sistema de pensiones como tal concebido para los funcionarios, y no todos) y, sin embargo, se enfrenta a unas tensiones demográficas impresionantes; algunos teóricos han dicho de China que es el primer país del mundo que es viejo antes que rico (todos los demás, antes de envejecer, nos hemos forrado en mayor o menor manera) y que, en realidad, nadie sabe cuál va a ser el resultado de esa realidad. La guinda del pastel es la pregunta de si China va a poder aguantar una década más, o un cuarto de siglo más, fagocitando sus tensiones democráticas internas.
China es, pues, una bomba de relojería económica (lo cual explica su crecimiento acelerado) que podría estallar conforme se acerquen los años malos de la pirámide demográfica. Todos los países que sufrieron la segunda guerra mundial tienen un crédito demográfico derivado del hecho de que un montón de gente que debería haber nacido en los años cuarenta, y que hoy estaría cobrando sus pensiones y generando sus gastos, nunca nació. Pero eso se acaba.
Yo no creo, por lo tanto, en una guerra entre Estados Unidos y China; entre otras cosas porque desde que surgió la Guerra Fría, las guerras entre potencias ya no se producen agrediéndose entre ellas, sino a través de países terceros.
En lo que creo es en la posibilidad de una recesión mundial aproximadamente en el 2030 provocada por China, puesto que buena parte del esquema económico presente se basa en la existencia de una potencia monetizada, fuertemente exportadora, y monopolística en esa posición. Ese monopolio, sin embargo, está en entredicho: India y Brasil ya están al acecho, y África no se va tirar toda la puta vida en el banquillo esperando su oportunidad. De hecho, creo que el siglo XXI vivirá eso que llaman un «milagro económico» en África; mi apuesta personal es Senegal. Otros países del mundo, como Indonesia, tienen también altas capacidades teóricas. Económicamente, de hecho, el siglo XXI será, en mi opinión, el de los países antes considerados musulmanes.
China, además, tiene un potencial disgregador que yo al menos veo cada vez más evidente. Hay muchas chinas dentro de China pero, sucintamente, hoy ya podemos hablar de una China moderna, flexible, dinámica; y una china pobre, tradicional y menos densa. Más abajo hablo de los nacionalismos; ¿por qué no consideraremos que los chinos no se van a ver golpeados por ello? ¿Puede romperse China? Pues sí, sin duda. Como poder, puede, sobre todo si su argamasa socialista cae como el Muro de Berlín, cosa que también puede pasar si, finalmente, los jerifaltes chinos son incapaces de contener la hiperinflación.
Pero vayamos con eso del tiempo de los países antes considerados musulmanes. Creo que el siglo XXI va a vivir unas tensiones importantes en el seno del mundo musulmán. Lo que empezó en la plaza Tahir aún no ha terminado. Los países musulmanes viven, de momento, revoluciones imperfectas; pero esto se corregirá cuando en esos países acaben surgiendo cohortes demográficas jóvenes básicamente laicas. De hecho, mucha gente cree que el integrismo educativo musulmán es una forma de agredir a Occidente; yo creo, más bien, que son medidas defensivas. Buscan evitar el efecto de desafección respecto de las verdades sociales de origen religioso, que los gobernantes saben que acaba ocurriendo en cuando a la gente le pones una tele o un ordenador en su casa y se pone a ver Friends; exactamente igual que, a su manera, La tribu de los Brady acabó con la forma un tanto pacata que teníamos de ver la vida los españoles.
A mi modo de ver, será el Indostán el área donde surgirán estas tensiones de forma más perceptible, en cuanto la renta per cápìta suba unos puntos. Creo que si hay un país que va a dar un giro copernicano en el siglo XXI, es India, que está llamada, mucho más que China, a ser la Alemania de Asia. Indios ricos significa paquistaníes económicamente colonizados y, a la larga, elevación del sentido crítico social. El 13 de agosto del 2047, el Casino de Montecarlo estará petado de millonarios de tez oscura, no pocos de ellos nacidos parias o talibanes.
Europa se enfrenta ya a su propia crisis. La Europa de la Comunidad Económica Europea era una Europa de los despachos, y es bastante obvio que éste es un esquema que deja insatisfecha a buena parte de la sociedad europea; sociedad que, en todo caso, está escasamente armada para enfrentarse a los cambios del mundo, porque mira el mundo con gafas de hace cincuenta años, por lo que su capacidad de adaptación prácticamente no existe.
Esta crisis contra la euroburocracia se junta con otra de mayor calado, y es que en Europa, en los años sesenta y setenta, compramos un piso cuya comunidad ya no podemos pagar porque es demasiado cara. La encrucijada, ya hoy, es si mantener, reinventar o recortar eso que se llama Estado del Bienestar. Dicen los teóricos que es imposible que un Estado pueda recaudar más del 9% del PIB en impuestos. Y bien, nuestro Estado del Bienestar corre peligro de llegar a costar mucho más que eso (el 15% en el caso español, obviamente antes de la reforma que ahora se ha pactado). Podemos hacer varias cosas: podemos trabajar más, para así poder pagar la comunidad; podemos irnos del piso y cambiarnos a otro más modesto, pero más barato; o podemos permanecer en el viejo caserón, como las viudas ignotas del centro de nuestras ciudades, rodeados de los muchos recuerdos de nuestros años guapos, pero sin gastar ni un céntimo en nada, porque en el fondo seremos unos pordioseros con mansión.
El del Estado del Bienestar, en todo caso, no es el fondo del problema. El fondo del problema, a mi modo de ver, es si Europa va a poder enseñar al mundo una capacidad de converger en políticas económicas y sociales de la que hasta ahora ha carecido. Si realmente va a poder exhibir una fuerza económica común. Es un punto en el que yo soy pesimista, y es por eso que veo fortísimas tensiones centrífugas en la Unión Europea. Si se intensifica la colaboración del eje franco-alemán, nuestro aliado natural es Italia. ¿Italia? Sí, Italia.
Pero eso será, claro, si Italia, o nosotros mismos, seguimos existiendo.
Una de las grandes preguntas del siglo XXI, que condiciona todo el entorno geopolítico, es si el nacionalismo, como forma de pensar, va a seguir gozando de buena salud. Ahora mismo, es la ideología más fuerte en la sociedad mundial, sin duda. El nacionalismo pudo con la URSS, y eso es mucho, pero mucho, poder. La potencia de esta incógnita x determina toda la ecuación. Yo, sinceramente, no veo tendencias de reducción del nacionalismo; es más, se da la circunstancia paradójica de que internet (la interconexión global de los ciudadanos del mundo, y bla) ha incluso aumentado las tensiones nacionalistas, porque ha sido habilísimamente utilizado por los nacionalismos en su provecho. Creo que el nacionalismo explica el 80% del siglo XX y explicará un porcentaje no mucho menor del XXI. La tendencia del mundo le va a favor de corriente; véase, sin ir más lejos, el leve detalle de que el euro, en lugar de estar donde se pensó en su día, es decir a punto de comerse la libra esterlina y las monedas escandinavas y tal, lo que está es a punto de desaparecer. Este párrafo significa, sí, que España seguirá registrando tensiones muy fuertes por el flanco nacionalista, que podrían llegar a obligarla a reinventarse.
Si el nacionalismo pervive y la gripe, si no pulmonía mortal, del Estado del Bienestar, alimenta los radicalismos intervencionistas (como lógica reacción contraria), esto vendría a suponer que la inmigración será en el siglo XXI un problema aún mayor de lo que lo fue en el XX y que, en general, el siglo XXI será una sopa de Oparin para los radicalismos. Eso siempre, o casi siempre, quiere decir totalitarismo; lo totalitario, como los sombreros, volverá. A mi modo de ver, existe la posibilidad de que, como poco, dos, si no tres o más, de los seis grandes jugadores del tablero mundial del siglo XXI (Estados Unidos, Rusia, China, Brasil, India, Europa) sean políticamente de índole totatlitaria o cuasitotalitaria. Esto depende también de la violencia que generen los problemas del Estado del Bienestar (véase Grecia).
El siglo XXI no verá una solución para el problema del Estado de Israel. Entre otras cosas, porque veo muy difícil que los países musulmanes del área sean capaces de mantener su inestable unidad. A mi modo de ver, el tiempo (o sea, el proceso de laicización de los países musulmanes) juega en contra de Hamas y movimientos adyacentes; pasado el primer tercio de siglo, Israel podría entrar en la UE (incluso antes que Turquía, que anda un poco despistada). Pero eso será, claro, si no hay guerra civil en Egipto, porque ésta cambiaría el mapa completamente.
No sé; no soy, como se ve, demasiado optimista.
lunes, junio 27, 2011
domingo, junio 26, 2011
Un país, dos guerras
Bueno, pues el país que yo tengo documentado estuvo en guerra, al mismo tiempo, con los dos bandos de la segunda guerra mundial, es... Bulgaria.
El rey búlgaro Boris III falleció en Sofía, en extrañas circunstancias, en 1943, poco después de una visita de Hitler al país. Bulgaria estaba adherida al Eje y era firmante del Pacto AntiKomintern, aunque nunca realizó acción bélica alguna contra Rusia. La sociedad búlgara no era partidaria de pegarle tiros a los rusos, a los que estaba históricamente agradecidos por haberles ayudado a sacudirse la dominación turca. Por ello, el gobierno pronazi del arqueólogo Bogdan Filov le declaró la guerra a Reino Unido y, después de Pearl Harbour, a Estados Unidos, pero no actuó contra Rusia por mucho que Hitler porfió en dicho sentido.
La muerte de Boris III provocó la creación de un consejo de regencia en el que estaban presentes un miembro de la familia real, el principe Zyrill; el propio Filov; y el general Nicola Michov, ministro de Defensa. El joven príncipe, Simeón, se fue dando cuenta de la pérdida de poder de Alemania, especialmente después de que los frecuentes bombardeos de Sofía le obligaron a refugiarse en la estación de Tscham Kuria. Desde allí, trató de influir al nuevo jefe de gobierno, Konstantin Murawjev, líder del Partido Agrario, para que buscase fórmulas de entendimiento con los aliados.
El 4 de septiembre de 1944, cuando los rusos terminan la ocupación de Rumania y se asoman a la ribera del Danubio, Murawjev denuncia el Pacto AntiKomintern, y el 5 le declara la guerra a Alemania. En la tarde del 5, la URSS hace saber por conducto oficial que considera la declaración búlgara insuficiente y, al alba del 6, la ataca.
Es en ese momento, pues, en el amanecer del 6 de septiembre de 1944, cuando el Estado búlgaro se encuentra en guerra con: Alemania (desde el día anterior), URSS (que la está atacando), Reino Unido y Estados Unidos. Esto es, con todos los grandes contendientes de ambos bandos a la vez. De hecho, el día 9 el gobierno cambia por el dirigido por Georgiev, y se firma un armisticio con la URSS.
El rey búlgaro Boris III falleció en Sofía, en extrañas circunstancias, en 1943, poco después de una visita de Hitler al país. Bulgaria estaba adherida al Eje y era firmante del Pacto AntiKomintern, aunque nunca realizó acción bélica alguna contra Rusia. La sociedad búlgara no era partidaria de pegarle tiros a los rusos, a los que estaba históricamente agradecidos por haberles ayudado a sacudirse la dominación turca. Por ello, el gobierno pronazi del arqueólogo Bogdan Filov le declaró la guerra a Reino Unido y, después de Pearl Harbour, a Estados Unidos, pero no actuó contra Rusia por mucho que Hitler porfió en dicho sentido.
La muerte de Boris III provocó la creación de un consejo de regencia en el que estaban presentes un miembro de la familia real, el principe Zyrill; el propio Filov; y el general Nicola Michov, ministro de Defensa. El joven príncipe, Simeón, se fue dando cuenta de la pérdida de poder de Alemania, especialmente después de que los frecuentes bombardeos de Sofía le obligaron a refugiarse en la estación de Tscham Kuria. Desde allí, trató de influir al nuevo jefe de gobierno, Konstantin Murawjev, líder del Partido Agrario, para que buscase fórmulas de entendimiento con los aliados.
El 4 de septiembre de 1944, cuando los rusos terminan la ocupación de Rumania y se asoman a la ribera del Danubio, Murawjev denuncia el Pacto AntiKomintern, y el 5 le declara la guerra a Alemania. En la tarde del 5, la URSS hace saber por conducto oficial que considera la declaración búlgara insuficiente y, al alba del 6, la ataca.
Es en ese momento, pues, en el amanecer del 6 de septiembre de 1944, cuando el Estado búlgaro se encuentra en guerra con: Alemania (desde el día anterior), URSS (que la está atacando), Reino Unido y Estados Unidos. Esto es, con todos los grandes contendientes de ambos bandos a la vez. De hecho, el día 9 el gobierno cambia por el dirigido por Georgiev, y se firma un armisticio con la URSS.
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martes, junio 21, 2011
Adivinanza in itinere
Me asomo a la ventana en medio de una semana complicada de viajes y gestiones. Ayer tuve la ocasión de mirar largamente la lluvia caer sobre Bruselas mientras esperaba en su aeropuerto que la prez de la salida de mi avión cayese, nunca mejor dicho, del cielo. Además de mirar la lluvia leí un poco (cómo no); y di con una cosita que me inspira esta pequeña adivinanza.
¿Sabéis de algún país que, en el curso de la segunda guerra mundial, estuviese al mismo tiempo en guerra con los dos bandos, esto es aliados y Eje? Yo sé de uno, pero no puedo jurar que sea el único.
A la vuelta de unos días, os contaré cuál es el que yo sé (bueno, qué digo; si ahora son las 12,07, seguro que no antes de las doce y media ya lo ha contado alguien; que nivel, el escritor no tiene mucho, pero a los lectores les sobra).
¿Sabéis de algún país que, en el curso de la segunda guerra mundial, estuviese al mismo tiempo en guerra con los dos bandos, esto es aliados y Eje? Yo sé de uno, pero no puedo jurar que sea el único.
A la vuelta de unos días, os contaré cuál es el que yo sé (bueno, qué digo; si ahora son las 12,07, seguro que no antes de las doce y media ya lo ha contado alguien; que nivel, el escritor no tiene mucho, pero a los lectores les sobra).
jueves, junio 16, 2011
Franco y el poder (4: La unificación)
Todas las tomas de esta serie:
La información factual sobre el conflicto generado por la unificación política que convirtió el golpismo contra la República en franquismo ya ha sido contada aquí. Es lo que habitualmente se conoce como los sucesos de Salamanca. No obstante, la historia de los sucesos de Salamanca es una historia que, en realidad, concierne a Falange. En esta serie, sin embargo, de lo que hablamos es de Franco. No es exactamente lo mismo. De momento, a este blog le queda por contar cómo vivió Franco aquel proceso y, lo que es más importante, por qué lo impulsó. Y para explicar esto hay que romper un mito que muchos quienes saben algo de esa época tienen por cierto, y es que el conflicto de la primavera del 37 en Salamanca es un conflicto sólo falangista.
lunes, junio 13, 2011
El plan de Hitler contra el desempleo
Creo haberme leído en torno al 80% de los discursos públicos de Adolf Hitler. Alguno de ellos, incluso, lo tengo en edición realizada por la embajada alemana en Madrid, en los tiempos en que España era fascista. Y desde esa experiencia doy mi opinión de que el más vibrante de todos, probablemente el más trabajado, es el que declamó, con su particular prosodia, en septiembre de 1936 en Nuremberg, durante la reunión monstruo del Partido Nacionalsocialista Alemán NSDAP.
martes, junio 07, 2011
Franco y el poder (3: La pastoral colectiva)
Como quiera que el tema de España, la República y la
Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces
para que no te pierdas.
El episodio de la senda recorrida por el general
Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva
Todas las tomas de esta serie:
El segundo paso de Franco, tras conseguir el apoyo del ejército (que siempre fue la institución fundamental de su régimen) es la Iglesia. Hay que reconocer que, en este punto, lo tuvo fácil. En primer lugar, si sobre la forma de Estado podía haber sensibilidades distintas entre los alzados, en lo tocante al proyecto de identificar el nuevo Estado surgido del golpe del 36 con el catolicismo conservador no había duda. Una dictadura duradera se basa en el apoyo de una institución fuerte, como el ejército, unido a una oferta que pueda seducir a capas sociales amplias. Y ese proyecto fue la recuperación de la esencia católica de España.
domingo, junio 05, 2011
Franco y el poder (2: el trile monárquico)
Todas las tomas de esta serie:
Desde el primer mensaje que Francisco Franco dirige como alzado, a su llegada a Marruecos desde Canarias, se dirige a todos los españoles. Por lo tanto, el general asume, desde el primer momento de su aventura golpista, una dimensión nacional para sí mismo. Que se da ínfulas de estadista lo demuestra el hecho de que condecore al Gran Visir de Marruecos con la Laureada de San Fernando. Por lo demás, la rapidez con que el capitán Arranz llega a Hitler sólo puede deberse a unos buenos contactos con un personaje de gran importancia en el ejército alemán en ese momento, el almirante Canaris; lo cual sugiere que, como insinuaba en mi post anterior, Franco ya había tenido contactos anteriores. Gracias a esta fulminante ayuda alemana, que se instrumenta mediante elementos a toda luz y otros no tan vistosos, es como Franco, a pesar del relativo fracaso del golpe de Estado en la marina, consigue transportar tropas a la península, que es algo fundamental para llevar a cabo sus planes.
jueves, junio 02, 2011
La Historia es Grande y Libre, pero no es Una
El problema que tiene don Luis Suárez, polémico redactor de la no menos polémica recensión biográfica de Francisco Franco en el diccionario biográfico animado por la Real Academia de la Historia, es que debe internetear poco y, más aún, sus incursiones en los foros de discusión electrónicos deben de ser poco habituales. Como no es mi caso, yo sí sé cosas que, obviamente, el eminente medievalista desconoce, y así le ha lucido el pelo con la recensión de marras y las críticas que ha recibido, de las que, por lo que leo, se defiende como gato panza arriba.
Luis Suárez, probablemente, tiene en mente dos ideas básicas. En primer lugar, quien realiza una obra histórica concita a la labor a quien le da la gana. Quien, pongamos por ejemplo, desea editar un libro con artículos sobre, digamos, Dolores Ibárruri o la verdad democrática, ya supongo que a la dirección de este blog no escribirá pidiendo una colaboración.
La segunda idea que probablemente tiene Suárez es que el historiador es libre. Que, como intelectual que es su labor, tiene derecho a llegar a las conclusiones a las que los datos y la reflexión le lleven. Tanto derecho tiene el historiador, pensará Suárez, a llegar a la conclusión que le parezca, como derecho retiene el resto del mundo a decirle al historiador que eso que ha concluido es una chorrada o no se compadece con los datos.
Lo que está descubriendo estos días, quizá, es que, en esta España nuestra de la Memoria Histórica, ninguna de estas ideas es cierta. O, cuando menos, no son pocos los que pretenden que no lo sean. El editor de una obra histórica no es realmente libre de contratar a quien le dé la gana. Su primera obligación es, o debería ser para muchos, contratar a quien tenga la capacidad de elaborar una versión adecuada de los hechos. El tipo de versión que el lector debe conocer. No se trata exactamente de imponer visiones únicas, porque mucha gente se da cuenta de que ese tipo de iniciativas chirrían en el mundo moderno. Se trata de eliminar del punto de mira todas aquéllas que, por razones que no se sabe muy bien quién ha de definir, no «cuadran» con lo que se quiere que la gente sepa del pasado.
La procura de una versión adecuada de los hechos ha provocado, inmediatamente, el debate sobre cuál es esa versión adecuada y la conversión del conocimiento histórico en un motivo para el enfrentamiento político. La consecuencia de esta aberración se ve en cosas como la reciente propuesta, verdaderamente pintoresca, de Alejandro Muñoz Molina. Que una persona habitualmente bien amueblaba neuronalmente hablando defienda la idea de que una serie de historiadores deberían formar una comisión... ¡en el Parlamento!, para consensuar una visión sobre «lo que pasó» en la II República, la guerra civil y el franquismo, es, con perdón, de aurora boreal. Los historiadores no tienen que reunirse para «pactar» nada. Los historiadores tienen que interpretar la realidad histórica y someterla al juicio de otros intérpretes. Un historiador sincero y honrado sabe bien que la verdad histórica no existe.
Vaya por delante que yo no estoy demasiado de acuerdo con lo que sé que ha escrito Suárez. Especialmente eso de que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario sino autoritario. Sobre el primer elemento, el historiador se ciñe al significado de la palabra dictador stricto sensu, es decir, aquella persona a la que se le otorga el mando para gestionar la nación durante una situación especial. Éste es, efectivamente, el concepto clásico, romano, del dictator. Pero ni se puede ni se debe desconocer que la palabra ha adquirido otros significados que a Franco le van como un guante.
En el segundo elemento estoy sólo parcialmente de acuerdo. Para mí, el franquismo sí fue un régimen totalitario, que dejó de serlo tras la derrota alemana en la II guerra mundial y los problemillas entre Franco y su cuñado, que acabaron con éste apeado del poder y encerrado en su bufete haciendo bisnes. Tras la etapa totalitaria llegó el proceso que historiadores no precisamente de derechas llaman la desfascistización del régimen, que desde entonces, con mayor o menor acierto, y sobre todo cuando los tecnócratas tomaron el poder, hizo por parecer una especie de democracia spanish way (o sea, orgánica, sin sufragio, sin libertades...)
Pero es que el fondo del asunto no es la discusión histórica. Las reacciones fuera de tono, entre las que cabe incluir la de la ministra de Cultura aseverando que espera que los textos se cambien (a lo que Suárez ha contestado muy en su sitio, diciendo que él no va a cambiar nada, que quiten los editores todo su artículo y lo escriban de nuevo si quieren), han desplazado el ámbito de la discusión.
El ámbito de la discusión ya no es si Franco se rascaba el pie en los consejos de ministros o creía en la existencia de los vampiros. El ámbito de la discusión es si en España es posible, hoy, que alguien escriba un libro defendiendo la tesis de que, un suponer, Franco es el mejor estadista de la Historia de España. Si alguien hiciera eso, como decía antes, lo que debiera pasar es que catedráticos, historiadores y frikis de la cosa nos pusiéramos a discutir, con mayor o menor nivel de apasionamento, sobre la verdad o la mentira de la dicha tesis; y para mí, por cierto, que el autor perdería. Pero el problema no está ahí. El problema está en que hay una España, la España neofranquista de izquierdas, que pretende, de alguna manera, reproducir los esquemas culturales del franquismo, es decir que sólo las ideas que quepan dentro de su particular lecho de Procusto puedan crecer y desarrollarse.
Hay personas para las cuales la guerra civil ha terminado, y otras para las cuales no. En España existió toda una cohorte de españoles de derechas para los cuales la guerra nunca terminaría; españoles como Carlos Luján, el personaje que inventé para mi novelilla, que no están dispuestos a dejar de luchar contra su enemigo mientras quede uno solo de ellos y que, además, al igual que su Caudillo consideraban el país como su finca particular y, por lo tanto, se sentían con derecho a decidir quién, en su finca, publicaba o no, opinaba o no, estudiaba o no, era o no catedrático. La inmensísima mayoría de estas gentes ha fallecido ya, para desgracia del juez Garzón, que quería pedirles cuentas.
Este fenómeno de guerra permanente no se dio, o se dio menos, en las izquierdas perdedoras. La inmensa mayoría de los exiliados, sobre todo de los más singulares por haber ostentado posiciones preeminentes en la República, consumió sus tristes años en la distancia reflexionando acerca de la necesidad de volver a poner el reloj de España a cero y construir una reconciliación nacional. Muchos de los republicanos de los años cincuenta y sesenta, que en su mayoría lo habían perdido absolutamente todo, no odiaban. Consideraban que era precisamente el odio el que les había colocado en un piso de mierda de Buenos Aires, de Ciudad de México, de Londres, de Filadelfia, viviendo una vida de mierda con sus recuerdos de mierda y sus remordimientos de mierda; y, consecuentemente, no quisieron darle a ese odio la oportunidad de volver a jugársela. Hasta el Partido Comunista, después de una invasión de chichinabo en la que nadie les hizo ni puto caso, acabó por caerse del guindo de que el tiempo de las leches había pasado.
Durante décadas, pues, al franquismo irredento, prietas las filas e impasible el ademán, el franquismo que enterraba cada año de nuevo a los muertos de Alcubierre y de tantos otros sitios, el franquismo que reclamaba de la Iglesia que mantuviese encendida la llama votiva de la venganza; a ese franquismo, digo, los perdedores opusieron, en no pocos casos, la comprensión y el deseo de concordia.
Teóricamente, pues, a la muerte de quienes querían mantener el conflicto entre las dos españas en clave bélica, llegaría una nueva etapa. Pero hete aquí que setenta años después, desaparecidos de la faz de la tierra tirios y troyanos o, como escribiría Unamuno, muertos los hunos y los hotros, aparece una nueva casta que, desde el antifranquismo acérrimo, reinventa el franquismo de pensamiento: quien no piensa lo que yo, no merece ni el pan, ni la sal. Sólo hubo una República: la que yo recuerdo. Sólo hubo una guerra: la que yo relato. Sólo hubo una represión: la de Franco. Todo lo demás no tiene derecho a respirar. Si alguien osa, algún día, escribir otra cosa sobre un papel, exigiré que se cambie. ¿Por qué no, ya puestos, no exigimos que el libro se queme en la plaza pública? Si lo exigió Torquemada, si lo hicieron las Juventudes Hitlerianas, ¿por qué no vamos a hacerlo nosotros también?
Todo esto se monta y se aúpa sobre una triste realidad: el desconocimiento. Vivimos en un país donde por fascista se entienden tantas cosas que la palabra ha terminado por vaciarse de significado; fenómeno que sólo tiene un beneficiario: los fascistas. El personal es dejado a la buena de Dios frente a una realidad histórica complejísima como es la Guerra Civil para que la juzgue con dos de pipas y básicamente sin puta idea. No es algo que sea casualidad. Todo propugnador de una forma única de entender la realidad sabe bien que cuanto más hueco esté el cráneo de su interlocutor, más fácil le será moldearlo.
Luis Suárez tiene todo el derecho a escribir que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario. Como lo han tenido, y lo tienen, otros de escribir que Stalin era un devoto demócrata, si quieren. Las fronteras de lo que no se puede decir en Historia son muy pocas. Ciertamente, negar el Holocausto es ofensivo para el pueblo judío, y es por ello que en muchos países es delito. Pero imaginemos que mañana un historiador se dedica a estudiar documentación inédita y descubre que americanos y rusos inflaron las cifras de fallecidos en los campos de concentración; ¿acaso no podría publicar su obra?
Este orden de cosas, este pretender que un académico no pueda dar su opinión profesoral sobre hechos históricos, es, además, el mejor alimento para los radicales. Que pasen cosas así es lo que esperan, de hecho, para poder echarse al monte intelectual. Cuanto más de izquierdas es un opinador, más se extraña del arrollador éxito editorial de autores sobre Historia de un exacerbado radicalismo de derechas. Yo, la verdad, no sé de qué se extrañan. Si esos osos son tan grandes, es porque ellos, con su actitud, los alimentan.
Es posible, yo no lo sé, que toda la polémica parta de que la publicación del polémico artículo se haya producido en un libro subvencionado con dinero público. Vaya, éstas son las cosas que pasan cuando el dinero público se utiliza en cosas que no debería, tales como pagar todo o parte de la edición de libros, películas, y otros productos culturales.
No hay una sola Historia. Si merece la pena coleccionar biografías de Napoleón es por la cantidad de visiones distintas que se pueden descubrir leyéndolas. Lo que los españoles piensan de los Reyes Católicos va del blanco nuclear al negro negrísimo. La Historia es así. Y pretender que quien dice cosas que nosotros no decimos deba callarse; pretender que una Academia, por el hecho de ser Real, va a tener que rechazar todas las versiones del pasado que no sean del agrado del Consejo de Ministros; intentar, en suma, que el país piense, recuerde y analice, todos a una como Fuenteovejuna, no es más que un signo de inseguridad, y de cobardía.
Quienes están seguros de sus tesis, no temen el debate.
Luis Suárez, probablemente, tiene en mente dos ideas básicas. En primer lugar, quien realiza una obra histórica concita a la labor a quien le da la gana. Quien, pongamos por ejemplo, desea editar un libro con artículos sobre, digamos, Dolores Ibárruri o la verdad democrática, ya supongo que a la dirección de este blog no escribirá pidiendo una colaboración.
La segunda idea que probablemente tiene Suárez es que el historiador es libre. Que, como intelectual que es su labor, tiene derecho a llegar a las conclusiones a las que los datos y la reflexión le lleven. Tanto derecho tiene el historiador, pensará Suárez, a llegar a la conclusión que le parezca, como derecho retiene el resto del mundo a decirle al historiador que eso que ha concluido es una chorrada o no se compadece con los datos.
Lo que está descubriendo estos días, quizá, es que, en esta España nuestra de la Memoria Histórica, ninguna de estas ideas es cierta. O, cuando menos, no son pocos los que pretenden que no lo sean. El editor de una obra histórica no es realmente libre de contratar a quien le dé la gana. Su primera obligación es, o debería ser para muchos, contratar a quien tenga la capacidad de elaborar una versión adecuada de los hechos. El tipo de versión que el lector debe conocer. No se trata exactamente de imponer visiones únicas, porque mucha gente se da cuenta de que ese tipo de iniciativas chirrían en el mundo moderno. Se trata de eliminar del punto de mira todas aquéllas que, por razones que no se sabe muy bien quién ha de definir, no «cuadran» con lo que se quiere que la gente sepa del pasado.
La procura de una versión adecuada de los hechos ha provocado, inmediatamente, el debate sobre cuál es esa versión adecuada y la conversión del conocimiento histórico en un motivo para el enfrentamiento político. La consecuencia de esta aberración se ve en cosas como la reciente propuesta, verdaderamente pintoresca, de Alejandro Muñoz Molina. Que una persona habitualmente bien amueblaba neuronalmente hablando defienda la idea de que una serie de historiadores deberían formar una comisión... ¡en el Parlamento!, para consensuar una visión sobre «lo que pasó» en la II República, la guerra civil y el franquismo, es, con perdón, de aurora boreal. Los historiadores no tienen que reunirse para «pactar» nada. Los historiadores tienen que interpretar la realidad histórica y someterla al juicio de otros intérpretes. Un historiador sincero y honrado sabe bien que la verdad histórica no existe.
Vaya por delante que yo no estoy demasiado de acuerdo con lo que sé que ha escrito Suárez. Especialmente eso de que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario sino autoritario. Sobre el primer elemento, el historiador se ciñe al significado de la palabra dictador stricto sensu, es decir, aquella persona a la que se le otorga el mando para gestionar la nación durante una situación especial. Éste es, efectivamente, el concepto clásico, romano, del dictator. Pero ni se puede ni se debe desconocer que la palabra ha adquirido otros significados que a Franco le van como un guante.
En el segundo elemento estoy sólo parcialmente de acuerdo. Para mí, el franquismo sí fue un régimen totalitario, que dejó de serlo tras la derrota alemana en la II guerra mundial y los problemillas entre Franco y su cuñado, que acabaron con éste apeado del poder y encerrado en su bufete haciendo bisnes. Tras la etapa totalitaria llegó el proceso que historiadores no precisamente de derechas llaman la desfascistización del régimen, que desde entonces, con mayor o menor acierto, y sobre todo cuando los tecnócratas tomaron el poder, hizo por parecer una especie de democracia spanish way (o sea, orgánica, sin sufragio, sin libertades...)
Pero es que el fondo del asunto no es la discusión histórica. Las reacciones fuera de tono, entre las que cabe incluir la de la ministra de Cultura aseverando que espera que los textos se cambien (a lo que Suárez ha contestado muy en su sitio, diciendo que él no va a cambiar nada, que quiten los editores todo su artículo y lo escriban de nuevo si quieren), han desplazado el ámbito de la discusión.
El ámbito de la discusión ya no es si Franco se rascaba el pie en los consejos de ministros o creía en la existencia de los vampiros. El ámbito de la discusión es si en España es posible, hoy, que alguien escriba un libro defendiendo la tesis de que, un suponer, Franco es el mejor estadista de la Historia de España. Si alguien hiciera eso, como decía antes, lo que debiera pasar es que catedráticos, historiadores y frikis de la cosa nos pusiéramos a discutir, con mayor o menor nivel de apasionamento, sobre la verdad o la mentira de la dicha tesis; y para mí, por cierto, que el autor perdería. Pero el problema no está ahí. El problema está en que hay una España, la España neofranquista de izquierdas, que pretende, de alguna manera, reproducir los esquemas culturales del franquismo, es decir que sólo las ideas que quepan dentro de su particular lecho de Procusto puedan crecer y desarrollarse.
Hay personas para las cuales la guerra civil ha terminado, y otras para las cuales no. En España existió toda una cohorte de españoles de derechas para los cuales la guerra nunca terminaría; españoles como Carlos Luján, el personaje que inventé para mi novelilla, que no están dispuestos a dejar de luchar contra su enemigo mientras quede uno solo de ellos y que, además, al igual que su Caudillo consideraban el país como su finca particular y, por lo tanto, se sentían con derecho a decidir quién, en su finca, publicaba o no, opinaba o no, estudiaba o no, era o no catedrático. La inmensísima mayoría de estas gentes ha fallecido ya, para desgracia del juez Garzón, que quería pedirles cuentas.
Este fenómeno de guerra permanente no se dio, o se dio menos, en las izquierdas perdedoras. La inmensa mayoría de los exiliados, sobre todo de los más singulares por haber ostentado posiciones preeminentes en la República, consumió sus tristes años en la distancia reflexionando acerca de la necesidad de volver a poner el reloj de España a cero y construir una reconciliación nacional. Muchos de los republicanos de los años cincuenta y sesenta, que en su mayoría lo habían perdido absolutamente todo, no odiaban. Consideraban que era precisamente el odio el que les había colocado en un piso de mierda de Buenos Aires, de Ciudad de México, de Londres, de Filadelfia, viviendo una vida de mierda con sus recuerdos de mierda y sus remordimientos de mierda; y, consecuentemente, no quisieron darle a ese odio la oportunidad de volver a jugársela. Hasta el Partido Comunista, después de una invasión de chichinabo en la que nadie les hizo ni puto caso, acabó por caerse del guindo de que el tiempo de las leches había pasado.
Durante décadas, pues, al franquismo irredento, prietas las filas e impasible el ademán, el franquismo que enterraba cada año de nuevo a los muertos de Alcubierre y de tantos otros sitios, el franquismo que reclamaba de la Iglesia que mantuviese encendida la llama votiva de la venganza; a ese franquismo, digo, los perdedores opusieron, en no pocos casos, la comprensión y el deseo de concordia.
Teóricamente, pues, a la muerte de quienes querían mantener el conflicto entre las dos españas en clave bélica, llegaría una nueva etapa. Pero hete aquí que setenta años después, desaparecidos de la faz de la tierra tirios y troyanos o, como escribiría Unamuno, muertos los hunos y los hotros, aparece una nueva casta que, desde el antifranquismo acérrimo, reinventa el franquismo de pensamiento: quien no piensa lo que yo, no merece ni el pan, ni la sal. Sólo hubo una República: la que yo recuerdo. Sólo hubo una guerra: la que yo relato. Sólo hubo una represión: la de Franco. Todo lo demás no tiene derecho a respirar. Si alguien osa, algún día, escribir otra cosa sobre un papel, exigiré que se cambie. ¿Por qué no, ya puestos, no exigimos que el libro se queme en la plaza pública? Si lo exigió Torquemada, si lo hicieron las Juventudes Hitlerianas, ¿por qué no vamos a hacerlo nosotros también?
Todo esto se monta y se aúpa sobre una triste realidad: el desconocimiento. Vivimos en un país donde por fascista se entienden tantas cosas que la palabra ha terminado por vaciarse de significado; fenómeno que sólo tiene un beneficiario: los fascistas. El personal es dejado a la buena de Dios frente a una realidad histórica complejísima como es la Guerra Civil para que la juzgue con dos de pipas y básicamente sin puta idea. No es algo que sea casualidad. Todo propugnador de una forma única de entender la realidad sabe bien que cuanto más hueco esté el cráneo de su interlocutor, más fácil le será moldearlo.
Luis Suárez tiene todo el derecho a escribir que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario. Como lo han tenido, y lo tienen, otros de escribir que Stalin era un devoto demócrata, si quieren. Las fronteras de lo que no se puede decir en Historia son muy pocas. Ciertamente, negar el Holocausto es ofensivo para el pueblo judío, y es por ello que en muchos países es delito. Pero imaginemos que mañana un historiador se dedica a estudiar documentación inédita y descubre que americanos y rusos inflaron las cifras de fallecidos en los campos de concentración; ¿acaso no podría publicar su obra?
Este orden de cosas, este pretender que un académico no pueda dar su opinión profesoral sobre hechos históricos, es, además, el mejor alimento para los radicales. Que pasen cosas así es lo que esperan, de hecho, para poder echarse al monte intelectual. Cuanto más de izquierdas es un opinador, más se extraña del arrollador éxito editorial de autores sobre Historia de un exacerbado radicalismo de derechas. Yo, la verdad, no sé de qué se extrañan. Si esos osos son tan grandes, es porque ellos, con su actitud, los alimentan.
Es posible, yo no lo sé, que toda la polémica parta de que la publicación del polémico artículo se haya producido en un libro subvencionado con dinero público. Vaya, éstas son las cosas que pasan cuando el dinero público se utiliza en cosas que no debería, tales como pagar todo o parte de la edición de libros, películas, y otros productos culturales.
No hay una sola Historia. Si merece la pena coleccionar biografías de Napoleón es por la cantidad de visiones distintas que se pueden descubrir leyéndolas. Lo que los españoles piensan de los Reyes Católicos va del blanco nuclear al negro negrísimo. La Historia es así. Y pretender que quien dice cosas que nosotros no decimos deba callarse; pretender que una Academia, por el hecho de ser Real, va a tener que rechazar todas las versiones del pasado que no sean del agrado del Consejo de Ministros; intentar, en suma, que el país piense, recuerde y analice, todos a una como Fuenteovejuna, no es más que un signo de inseguridad, y de cobardía.
Quienes están seguros de sus tesis, no temen el debate.
martes, mayo 31, 2011
Franco y el poder (1: Sin «pole», y por la zona sucia)
Todas las tomas de esta serie:
Algunos personajes oscuros, ignotos, podrían tener las claves de esta historia. Por ejemplo, las personas que estaban en Zaragoza a principios de los treinta, en los tiempos en que Francisco Franco dirigió la Academia Militar. Muy especialmente, un zaragozano llamado Cecilio Gasca: el librero de Franco. Estando Franco en Zaragoza y siendo Gasca su proveedor se produce al parecer, casi bruscamente, un cambio en los gustos del ferrolano. Dejó de encargar libros de táctica militar para encargar otros de política y economía. Desde entonces, el interés de Franco por los grandes asuntos de gestión política no decayó.
lunes, mayo 30, 2011
Un diario del quintacolumnismo
Durante la guerra civil funcionó en Madrid una especie de comité de la Quinta Columna, coordinador de diversas acciones de los nacionales en territorio republicano, comité que estaba presidido por un coruñés.
José María Taboada Lago era, en 1932, empleado de la oficina del Banco Pastor en Ribadeo. A raíz de su militancia católica, en febrero de 1932 dio una conferencia en el teatro Rosalía de Castro de La Coruña. Esta acción provocó una nota admonitoria de Ricardo Pastor, dueño del banco (y consecuente responsable de que, aún hoy, se llame Banco Pastor). Aquella llamada de aviso impulsó a Taboada a pasarse a la política profesional, por lo que se convirtió en secretario de Acción Católica, la formación política que crecía alrededor de la figura de Ángel Herrera Oria.
El 18 de julio del 36, Taboada vivía en Madrid, en la confluencia de las calles Prim y Barquillo. Desde el primer momento tuvo problemas por su militancia católica. Una de las cosas que se decretó tras las primeras horas del golpe de Estado, cuando menos en Madrid y Barcelona que yo sepa, fue que las casas deberían tener las ventanas abiertas y las luces puestas. Esto se hizo así para evitar en lo posible la acción de los pacos, es decir de los francotiradores que, a menudo desde los balcones y usando las celosías para permanecer ocultos, disparaban hacia la calle. Según cuenta el propio Taboada en sus memorias, tenía en la pared de su salón colgado un crucifijo tan enorme que se veía desde la calle. Los amigos le aconsejaron que lo descolgase, por un siaca.
En ese domicilio fue detenido por García Atadell y su tristemente famosa Brigada del Amanecer. El propio Taboada confiesa que, sin embargo, Atadell le salvó la vida; en lugar de llevarlo a la checa de Bellas Artes, donde probablemente lo habrían asesinado aquella misma noche, ordenó al chófer -y no sabemos bien si porque le dio la gana, o porque ésas eran sus órdenes- que pasara de largo y lo llevase a la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Allí, tras unos días, fue puesto en libertad, es posible (al menos en mi opinión) que tras alguna mediación vaticana.
Tras este episodio, montó una especie de comité de ayuda para los sacerdotes y monjas, que llevaban casi todos una existencia clandestina y difícil. No obstante, su papel más importante en la guerra llegó tras la unificación de Falange y Tradicionalistas, en la primavera del 37. Desde Salamanca se impulsó la creación de una especie de comité conspirador, cuya función principal era captar información de interés para los nacionales, esto es trabajar de Quinta Columna, no tanto saboteando la retaguardia como transfiendo datos sobre la misma. Quizá la acción más descollante de dicho comité fue pasarle a los nacionales un voluminoso fajo de documentación sobre las posiciones del ejército republicano durante la conocida como batalla del Ebro, operación que realizó personalmente Taboada atravesando las líneas sentado sobre los pliegos.
Como acabo de decir, alguna de las acciones se realizó traspasando las líneas. Un aspecto difícil de historiar sobre la guerra civil, sobre el que que yo sepa escasos datos hay, es la permeabilidad de los frentes de guerra. Ésta, evidentemente, tuvo que ser una realidad diferente según el lugar. En la guerra civil hubo frentes en los que uno y otro bando estaban tan cercanos que sus contactos eran bastante habituales. Además, hay que tener en cuenta que contra lo que se quiso hacer creer en los tiempos del franquismo, y lo que se quiere hacer creer en los actuales memoriohistóricos, a la inmensa mayoría de las gentes que hicieron la guerra civil los motivos de la misma se la traían ondulante penduleante; ellos estaban allí, básicamente, porque les había tocado.
Cercanía de muchos frentes y masa crítica de combatientes más o menos hueros de motivaciones ideológicas, hecho éste presente en el bando nacional desde el principio y en el republicano crecientemente conforme la guerra avanza, provocaron la permeabilidad de muchos frentes. De los testimonios que he leído he sacado la conclusión que el principal motivo de dicha permeabilidad fue la correspondencia. Soldados cuya familia estaba en la otra parte le escribían cartas a dichos familiares, que eran pasadas, bien por los profesionales en atravesar los frentes, bien por soldados del bando contrario, en el marco, casi siempre, de una relación quid pro quo. Algunos libros hablan de la existencia de esta práctica ya en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en el otoño del 36, por lo que cabe estimar que la permeabilidad de los frentes es tan antigua como los frentes mismos.
El Comité de Taboada no estuvo exento de problemas. Se llevaron de puta pena con los avanzados del SIPM, servicio de inteligencia militar franquista, destacados en Madrid, a los que acusaron de no ayudarles en lo absoluto. También tuvieron problemas cuando, tras la creación de FET y de las JONS, tamnbién se nombró en Madrid una especie de jefatura provincial del partido en la clandestinidad, pues ambos «órganos» compitieron de alguna manera por el mando de uno sobre otro. Algunos de los miembros del Comité, además, intentaron, al final de la guerra, que Franco los reconociese como mando natural del partido en Madrid también en tiempos de paz, a lo que Franco se negó.
Una prueba de lo sobrados que se sentían los conspiradores clandestinos de Madrid es una carta que Taboada le escribió a Franco en el 37, cuando la famosa estancia de Negrín en Suiza para un congreso médico que disparó todos los rumores en el sentido de que en el seno de la Sociedad de Naciones, republicanos y franquistas iban a pactar una solución para el conflicto (los tiempos, pues, del famoso «paz, piedad, perdón», de Manuel Azaña, AKA El Moñas). Taboada le escribió una carta a Franco mostrándose contrario a esta posible componenda, y lo hizo en unos tonos respetuosos pero que rozan la neta superioridad. Conociendo a Franco, es probable que fuese leyendo esa carta cuando decidió prescindir de Taboada en el futuro.
Las actas del citado Comité son una fuente histórica de gran interés, sobre todo por los datos que aportan sobre las negociaciones y contactos con el coronel Casado y con Julián Besteiro en las últimas semanas de la guerra. El Comité, de hecho, muta de función a partir de algún momento en la segunda mitad del 38. Deja de ser un grupo con la labor encomendada de pasar información a los nacionales, y pasa a ser un grupo destinado a estudiar el gobierno franquista sobre Madrid a partir del día cero, es decir del final de las hostilidades. Las subsiguientes divisiones del Comité, con un miembro dedicado Transportes, otro a Infraestructuras, etc., pasa a tener el mismo contenido, sólo que ahora los encargados lo que hacen es acopiar información sobre lo que hay, lo que queda y, por lo tanto, puede ser utilizado en el momento en que los nacionales entren en la ciudad, cosa que para entonces es ya segura para todo aquél que esté mínimamente informado. Como decía, elemento de gran importancia tiene la función del Comité en la realización de contactos, sobre todo con un médico amigo de Casado y que le hará de correo con los falangistas.
Taboada fue nombrado Consejero Nacional del Movimiento, pero no tuvo mayor actuación dentro del Estado franquista. Probablemente fue arrastrado por la desafección de importantes elementos católicos respecto del régimen (como Gil Robles), por lo que permaneció en una posición crítica, pero de total fidelidad al fin y a la postre.
Ignoro las circunstancias de su muerte, si es que se ha producido, cosa que es altamente probable.
Por una España mejor. José María Taboada Lago. Madrid. G. del Toro, 1977.
José María Taboada Lago era, en 1932, empleado de la oficina del Banco Pastor en Ribadeo. A raíz de su militancia católica, en febrero de 1932 dio una conferencia en el teatro Rosalía de Castro de La Coruña. Esta acción provocó una nota admonitoria de Ricardo Pastor, dueño del banco (y consecuente responsable de que, aún hoy, se llame Banco Pastor). Aquella llamada de aviso impulsó a Taboada a pasarse a la política profesional, por lo que se convirtió en secretario de Acción Católica, la formación política que crecía alrededor de la figura de Ángel Herrera Oria.
El 18 de julio del 36, Taboada vivía en Madrid, en la confluencia de las calles Prim y Barquillo. Desde el primer momento tuvo problemas por su militancia católica. Una de las cosas que se decretó tras las primeras horas del golpe de Estado, cuando menos en Madrid y Barcelona que yo sepa, fue que las casas deberían tener las ventanas abiertas y las luces puestas. Esto se hizo así para evitar en lo posible la acción de los pacos, es decir de los francotiradores que, a menudo desde los balcones y usando las celosías para permanecer ocultos, disparaban hacia la calle. Según cuenta el propio Taboada en sus memorias, tenía en la pared de su salón colgado un crucifijo tan enorme que se veía desde la calle. Los amigos le aconsejaron que lo descolgase, por un siaca.
En ese domicilio fue detenido por García Atadell y su tristemente famosa Brigada del Amanecer. El propio Taboada confiesa que, sin embargo, Atadell le salvó la vida; en lugar de llevarlo a la checa de Bellas Artes, donde probablemente lo habrían asesinado aquella misma noche, ordenó al chófer -y no sabemos bien si porque le dio la gana, o porque ésas eran sus órdenes- que pasara de largo y lo llevase a la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Allí, tras unos días, fue puesto en libertad, es posible (al menos en mi opinión) que tras alguna mediación vaticana.
Tras este episodio, montó una especie de comité de ayuda para los sacerdotes y monjas, que llevaban casi todos una existencia clandestina y difícil. No obstante, su papel más importante en la guerra llegó tras la unificación de Falange y Tradicionalistas, en la primavera del 37. Desde Salamanca se impulsó la creación de una especie de comité conspirador, cuya función principal era captar información de interés para los nacionales, esto es trabajar de Quinta Columna, no tanto saboteando la retaguardia como transfiendo datos sobre la misma. Quizá la acción más descollante de dicho comité fue pasarle a los nacionales un voluminoso fajo de documentación sobre las posiciones del ejército republicano durante la conocida como batalla del Ebro, operación que realizó personalmente Taboada atravesando las líneas sentado sobre los pliegos.
Como acabo de decir, alguna de las acciones se realizó traspasando las líneas. Un aspecto difícil de historiar sobre la guerra civil, sobre el que que yo sepa escasos datos hay, es la permeabilidad de los frentes de guerra. Ésta, evidentemente, tuvo que ser una realidad diferente según el lugar. En la guerra civil hubo frentes en los que uno y otro bando estaban tan cercanos que sus contactos eran bastante habituales. Además, hay que tener en cuenta que contra lo que se quiso hacer creer en los tiempos del franquismo, y lo que se quiere hacer creer en los actuales memoriohistóricos, a la inmensa mayoría de las gentes que hicieron la guerra civil los motivos de la misma se la traían ondulante penduleante; ellos estaban allí, básicamente, porque les había tocado.
Cercanía de muchos frentes y masa crítica de combatientes más o menos hueros de motivaciones ideológicas, hecho éste presente en el bando nacional desde el principio y en el republicano crecientemente conforme la guerra avanza, provocaron la permeabilidad de muchos frentes. De los testimonios que he leído he sacado la conclusión que el principal motivo de dicha permeabilidad fue la correspondencia. Soldados cuya familia estaba en la otra parte le escribían cartas a dichos familiares, que eran pasadas, bien por los profesionales en atravesar los frentes, bien por soldados del bando contrario, en el marco, casi siempre, de una relación quid pro quo. Algunos libros hablan de la existencia de esta práctica ya en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en el otoño del 36, por lo que cabe estimar que la permeabilidad de los frentes es tan antigua como los frentes mismos.
El Comité de Taboada no estuvo exento de problemas. Se llevaron de puta pena con los avanzados del SIPM, servicio de inteligencia militar franquista, destacados en Madrid, a los que acusaron de no ayudarles en lo absoluto. También tuvieron problemas cuando, tras la creación de FET y de las JONS, tamnbién se nombró en Madrid una especie de jefatura provincial del partido en la clandestinidad, pues ambos «órganos» compitieron de alguna manera por el mando de uno sobre otro. Algunos de los miembros del Comité, además, intentaron, al final de la guerra, que Franco los reconociese como mando natural del partido en Madrid también en tiempos de paz, a lo que Franco se negó.
Una prueba de lo sobrados que se sentían los conspiradores clandestinos de Madrid es una carta que Taboada le escribió a Franco en el 37, cuando la famosa estancia de Negrín en Suiza para un congreso médico que disparó todos los rumores en el sentido de que en el seno de la Sociedad de Naciones, republicanos y franquistas iban a pactar una solución para el conflicto (los tiempos, pues, del famoso «paz, piedad, perdón», de Manuel Azaña, AKA El Moñas). Taboada le escribió una carta a Franco mostrándose contrario a esta posible componenda, y lo hizo en unos tonos respetuosos pero que rozan la neta superioridad. Conociendo a Franco, es probable que fuese leyendo esa carta cuando decidió prescindir de Taboada en el futuro.
Las actas del citado Comité son una fuente histórica de gran interés, sobre todo por los datos que aportan sobre las negociaciones y contactos con el coronel Casado y con Julián Besteiro en las últimas semanas de la guerra. El Comité, de hecho, muta de función a partir de algún momento en la segunda mitad del 38. Deja de ser un grupo con la labor encomendada de pasar información a los nacionales, y pasa a ser un grupo destinado a estudiar el gobierno franquista sobre Madrid a partir del día cero, es decir del final de las hostilidades. Las subsiguientes divisiones del Comité, con un miembro dedicado Transportes, otro a Infraestructuras, etc., pasa a tener el mismo contenido, sólo que ahora los encargados lo que hacen es acopiar información sobre lo que hay, lo que queda y, por lo tanto, puede ser utilizado en el momento en que los nacionales entren en la ciudad, cosa que para entonces es ya segura para todo aquél que esté mínimamente informado. Como decía, elemento de gran importancia tiene la función del Comité en la realización de contactos, sobre todo con un médico amigo de Casado y que le hará de correo con los falangistas.
Taboada fue nombrado Consejero Nacional del Movimiento, pero no tuvo mayor actuación dentro del Estado franquista. Probablemente fue arrastrado por la desafección de importantes elementos católicos respecto del régimen (como Gil Robles), por lo que permaneció en una posición crítica, pero de total fidelidad al fin y a la postre.
Ignoro las circunstancias de su muerte, si es que se ha producido, cosa que es altamente probable.
Por una España mejor. José María Taboada Lago. Madrid. G. del Toro, 1977.
viernes, mayo 27, 2011
La «normalidad» del 36: epílogo
Una vez que están contados los hechos, de una forma básica, compete, a mi modo de ver, realizar alguna recapitulación y volver al principio. Todo este conjunto de posts fue escrito por una sola razón, confesada en el primero de ellos: la sorpresa que produce, o al menos me produce a mí, lo poco que se sabe, se dice y se comenta sobre estos seis meses de la Historia de España tan importantes para su devenir. Dicho sea con todos los respetos, a veces da la impresión de que hay gente que opina sobre las causas y orígenes de la guerra civil española más o menos con el mismo bagage que un tipo que disertase sobre la Europa de posguerra sin haberse siquiera leído que se celebró una conferencia en Yalta, otra en Teherán, otra en Potsdam, etc.
miércoles, mayo 25, 2011
La «normalidad» del 36: coda
¿Quién mató al teniente de Asalto José Castillo, instructor de las milicias socialistas y jefe de las fuerzas que reprimieron la manifestación final del entierro del alférez De los Reyes? Esta pregunta permanece, 75 años después, sin una respuesta aceptada por todos, lo cual quiere decir que, probablemente, ya no podrá haber una sola explicación. Por mi parte, y que quede claro que es una opinión personal, creo que hay algo que decir sobre quién lo mató, quién lo quiso matar y gracias a quién fue muerto.
¿Quién lo mató? Probablemente, pistoleros tradicionalistas. La acción de Castillo que reclamaba venganza era su disparo contra el joven Llaguno, tradicionalista, en la plaza de Manuel Becerra, el 17 de abril de 1936. Puestos a pensar en un asesinato político, los terroristas de derecha podían haber pensado en otros objetivos más pintones que el propio Castillo. Sin embargo, en el terreno de quién lo quiso matar, es posible que haya que añadir a los falangistas. Ángel Alcázar de Velasco, falangista de primera línea y de primer momento, cuenta en uno de sus libros que estuvo preparado para matar a Castillo, pero que José Antonio dio la contraorden; contraorden que tendría todo el sentido si Primo de Rivera tenía una mínima información sobre los preparativos golpistas, pues no era cuestión de exacerbar los ánimos. Si concluimos, pues, que los asesinos de Castillo tenían que ser personas que tuviesen algo que vengar y, al mismo tiempo, no estuviesen demasiado informados de la ensalada que se estaba montando, es imposible no pensar en los tradicionalistas.
¿Gracias a quién fue muerto? Sin ningún lugar a dudas, a Casares Quiroga. El republicano gallego ofició de ministro del Interior en funciones tras los incidentes del entierro de De los Reyes y, para cuando Castillo fue asesinado, era presidente del Gobierno. Por dos veces, pues, en su mano habría estado retirar a Castillo de la circulación, como es lógico hacer con un miembro de las fuerzas de seguridad mientras se investigan las circunstancias en las cuales ha disparado, casi a quemarropa, sobre un manifestante. Lo que hizo tan singular, y terroristamente apetecible, a Castillo, fue el hecho de que, a pesar de estar implicado en hechos gravísimos que incluso habían provocado muertes, no había sufrido la menor consecuencia, así pues caminaba tranquilamente por la calle, camino de su curro, cuando alguien, váyase a saber quién, se cruzó con él, y se lo apioló.
Horas después, en la noche del 12 al 13 de julio, se producirá otro de los misterios sin resolver de la Historia reciente de España. Hay muchas cosas que se saben. Se sabe que en el cuartel de Pontejos, auténtico hervidero de elementos marxistas de las fuerzas del orden, el personal está más que cabreado por el asesinato de un compañero, el teniente Castillo. Se sabe que un grupo de guardias de Asalto, inexplicablemente liderado por un guardia civil a la expectativa de destino, Fernando Condés, toma una camioneta, la 17, y se marcha del cuartel en dirección al barrio de Salamanca.
En la calle Velázquez buscan a Gil Robles en su casa, pero no lo encuentran porque no está (otros testimonios dicen que la visita fallida a Robles la hace otra camioneta). Entonces siguen unas manzanas más arriba, hasta el chaflán del número 89 donde vive otro diputado de las derechas, José Calvo Sotelo. Entran en su casa de madrugada. Le informan de que debe acompañarlos para ser interrogado en la Dirección General de Seguridad. Calvo Sotelo protesta. Su mujer entra en un ataque de nervios. Los policías realizan una especie de registro en el despacho del diputado, en el curso de la cual se cargan una banderita de España que tenía encima de la mesa. Calvo Sotelo dice que va a llamar a la DGS. Victoriano Cuenca, que es por cierto un civil y no tiene autoridad para hacer algo así, arranca el teléfono para que no pueda hacerlo. La situación es tensa pero, cuando Condés le informa a Sotelo de que es miembro de la Benemérita, el diputado se aviene a ir con él. Sale al balcón y pregunta a los escoltas, que están en el portal, si la camioneta y sus ocupantes son de verdad agentes del orden. Finalmente, y frente a la oposición firme de su mujer, se aviene a ir con ellos. Tranquiliza a su esposa. Le dice que no se preocupe, que la llamará pronto, «a no ser», añade lúgubremente, «que estos señores me maten».
Muy probablemente, Calvo Sotelo sabía que iban a matarlo. Fernando Condés tuvo que identificarse como guardia civil, puesto que iba de paisano; pero Condés no tenía el carné reglamentario, pues había sido rehabilitado días atrás y aún no se lo habían dado. Así pues, toda la identificación que pudo enseñarle a Calvo Sotelo fue una copia del boletín oficial con su nombramiento; por lo tanto, es prácticamente imposible que el diputado del Bloque Nacional no fuese consciente de que Condés era uno de los guardias civiles revolucionarios, apartados del cuerpo por su participación en el golpe revolucionario del 34 y rehabilitados tras la victoria del Frente Popular.
Hay testimonios de que en la camioneta 17, sentado en la fila de asientos de enmedio entre dos policías, Sotelo no paraba de hablar y quejarse del atropello del que estaba siendo objeto; la actitud típica del hombre desesperado. Quizá se imaginó a sí mismo contra la tapia del cementerio, recibiendo una ensalada de tiros. Pero no hay nada de eso. Victoriano Cuenca, que está sentado detrás de él, y cuando la camioneta está aún en la calle Velázquez, le dispara dos tiros en la nuca, mortales de necesidad.
En la calle Velázquez buscan a Gil Robles en su casa, pero no lo encuentran porque no está (otros testimonios dicen que la visita fallida a Robles la hace otra camioneta). Entonces siguen unas manzanas más arriba, hasta el chaflán del número 89 donde vive otro diputado de las derechas, José Calvo Sotelo. Entran en su casa de madrugada. Le informan de que debe acompañarlos para ser interrogado en la Dirección General de Seguridad. Calvo Sotelo protesta. Su mujer entra en un ataque de nervios. Los policías realizan una especie de registro en el despacho del diputado, en el curso de la cual se cargan una banderita de España que tenía encima de la mesa. Calvo Sotelo dice que va a llamar a la DGS. Victoriano Cuenca, que es por cierto un civil y no tiene autoridad para hacer algo así, arranca el teléfono para que no pueda hacerlo. La situación es tensa pero, cuando Condés le informa a Sotelo de que es miembro de la Benemérita, el diputado se aviene a ir con él. Sale al balcón y pregunta a los escoltas, que están en el portal, si la camioneta y sus ocupantes son de verdad agentes del orden. Finalmente, y frente a la oposición firme de su mujer, se aviene a ir con ellos. Tranquiliza a su esposa. Le dice que no se preocupe, que la llamará pronto, «a no ser», añade lúgubremente, «que estos señores me maten».
Muy probablemente, Calvo Sotelo sabía que iban a matarlo. Fernando Condés tuvo que identificarse como guardia civil, puesto que iba de paisano; pero Condés no tenía el carné reglamentario, pues había sido rehabilitado días atrás y aún no se lo habían dado. Así pues, toda la identificación que pudo enseñarle a Calvo Sotelo fue una copia del boletín oficial con su nombramiento; por lo tanto, es prácticamente imposible que el diputado del Bloque Nacional no fuese consciente de que Condés era uno de los guardias civiles revolucionarios, apartados del cuerpo por su participación en el golpe revolucionario del 34 y rehabilitados tras la victoria del Frente Popular.
Hay testimonios de que en la camioneta 17, sentado en la fila de asientos de enmedio entre dos policías, Sotelo no paraba de hablar y quejarse del atropello del que estaba siendo objeto; la actitud típica del hombre desesperado. Quizá se imaginó a sí mismo contra la tapia del cementerio, recibiendo una ensalada de tiros. Pero no hay nada de eso. Victoriano Cuenca, que está sentado detrás de él, y cuando la camioneta está aún en la calle Velázquez, le dispara dos tiros en la nuca, mortales de necesidad.
Quizá la camioneta tuvo que pasar un control policial más o menos a la altura de las Escuelas Aguirre. Quizá lo evitó, o quizá los policías del control les dejaron pasar. El caso es que siguieron hasta el cementerio, donde tiraron el cadáver. El tipo que lo recogió dijo que se dio cuenta enseguida de que tenía que ser alguien importante por los zapatos que llevaba.
Pero eso es lo que se sabe. Son más las cosas que no se saben. La principal de ellas: ¿fue la muerte de Calvo Sotelo una muerte organizada?
Hay argumentos para todos los gustos. En primer lugar, porque no era el primer objetivo. En segundo lugar, porque uno de los indicios manejados por algunos historiadores, el extraño cambio de su escolta días antes del atentado, tampoco cuadra del todo. Es cierto que, días antes del asesinato, se cambió la escolta del ministro, ante lo cual él protestó airadamente, y que tras la llegada del franquismo se afirmó que esos escoltas suplentes habían sido conminados a cargarse a Calvo Sotelo o colaborar en su asesinato. Si eso fuese cierto, ¿cómo es posible que uno de esos dos escoltas, Rodolfo Serrano de la Parte, tuviese simpatías por las derechas?
Otros testimonios, como el del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que fue de la partida, nos dicen que la camioneta 17 partió de Pontejos después de unas y antes que otras; que sus integrantes fueron designados al azar; y que se les entregó una orden escrita. Lo que pasa es que dicho testimonio bien puede ser exculpatorio. Si Castro participó en una acción para cargarse a un diputado, es lógico que, a toro pasado, y puesto que no pocos de los protagonistas de la movida murieron poco tiempo después que Calvo Sotelo, al principio de la guerra, declarase que si estaba allí era por sorteo, y que todo se hizo legal. Además, aún siendo cierto lo que cuenta, aún cabe la posibilidad de que no todos los integrantes de la camioneta estuviesen en el secreto de lo que iban a hacer. Una vez hecho, a los demás les habría sido muy difícil oponerse, o denunciarlos. Pero, de todas formas, es un hecho que en la noche del 12 al 13 de julio, de Pontejos salieron varias camionetas con órdenes para practicar detenciones.
Pero eso es lo que se sabe. Son más las cosas que no se saben. La principal de ellas: ¿fue la muerte de Calvo Sotelo una muerte organizada?
Hay argumentos para todos los gustos. En primer lugar, porque no era el primer objetivo. En segundo lugar, porque uno de los indicios manejados por algunos historiadores, el extraño cambio de su escolta días antes del atentado, tampoco cuadra del todo. Es cierto que, días antes del asesinato, se cambió la escolta del ministro, ante lo cual él protestó airadamente, y que tras la llegada del franquismo se afirmó que esos escoltas suplentes habían sido conminados a cargarse a Calvo Sotelo o colaborar en su asesinato. Si eso fuese cierto, ¿cómo es posible que uno de esos dos escoltas, Rodolfo Serrano de la Parte, tuviese simpatías por las derechas?
Otros testimonios, como el del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que fue de la partida, nos dicen que la camioneta 17 partió de Pontejos después de unas y antes que otras; que sus integrantes fueron designados al azar; y que se les entregó una orden escrita. Lo que pasa es que dicho testimonio bien puede ser exculpatorio. Si Castro participó en una acción para cargarse a un diputado, es lógico que, a toro pasado, y puesto que no pocos de los protagonistas de la movida murieron poco tiempo después que Calvo Sotelo, al principio de la guerra, declarase que si estaba allí era por sorteo, y que todo se hizo legal. Además, aún siendo cierto lo que cuenta, aún cabe la posibilidad de que no todos los integrantes de la camioneta estuviesen en el secreto de lo que iban a hacer. Una vez hecho, a los demás les habría sido muy difícil oponerse, o denunciarlos. Pero, de todas formas, es un hecho que en la noche del 12 al 13 de julio, de Pontejos salieron varias camionetas con órdenes para practicar detenciones.
Otro elemento inquietante de la historia es la presencia de Condés. Teniente de la guardia civil, en 1934 decide algo tan increíble como alzarse contra su propio cuerpo, de modo y forma que es el alma del plan para atacar el Parque de Automovilismo del cuerpo en Madrid, donde de hecho estaba destinado. Como el golpe de Estado revolucionario del 34 fue un fracaso total en Madrid, tuvo que esconderse, pero el 16 de octubre, para sorpresa de todos que lo suponían huyendo, se entrega y arrostra las consecuencias de su acción revolucionaria. En febrero de 1935, es condenado por un consejo de guerra a cadena perpetua en el castillo de San Julián, en Cartagena.
El 23 de febrero del 36, tras la victoria del Frente Popular, sale libre por la puerta del castillo tras lo cual, de forma quizá un tanto inexplicable, remueve Roma con Santiago para recuperar su empleo en la Guardia Civil. El 1 de julio fue readmitido, y el 2 ascendido a capitán. Los historiadores de la guardia civil destacan el hecho inusual de que el preceptivo informe del mando, previo a nombramiento y ascenso, fue redactado el mismo día del segundo y que, de hecho, el general Pozas lo revisó cuando la decisión ya había sido tomada y publicada. Había, pues, mucha prisa por volver a vestir a Condés de verde.
No existe ningún trazo, entre el 2 y el 12 de julio, de que Condés ingresase en ningún servicio concreto. Lo cual quiere decir que la noche del 12 es un capitán sin mando que, sin embargo, y con la extraña aquiescencia del oficial que está controlando la salida de las camionetas de Pontejos, teniente Andrés León Lupión, todo el mundo en el vehículo 17 asuma que él es el jefe. Es decir: teóricamente, nos encontramos ante algo tan normal como que un cuerpo policial es convocado para hacer unos servicios rutinarios (detenciones, registros...); pero, sin embargo, uno de estos grupos es colocado bajo el mando de un capitán de otro cuerpo que, además, no tiene destino, es un capitán sin mando. ¿Algún policía o guardia civil entre el público que nos pueda decir si esto es normal?
Más aún: ¿y Cuenca? Victoriano Cuenca, panadero de profesión, se había ganado la vida de guardaespaldas del presidente cubano Machado y, en aquel momento, lo era de Indalecio Prieto. No era ni policía, ni guardia civil, ni leche que le fundara. ¿Quién lo colocó detrás de Calvo Sotelo? ¿Hacia dónde estaban mirando sus compañeros de asiento que le dejaron hacer, no uno, sino dos disparos en su nuca? ¿No nos dice este detalle que, de alguna manera, Cuenca ostentaba algún tipo de autoridad, algún tipo de mando, sobre los agentes? ¿Acaso el hecho de que fuese una de las tres personas que subió a casa del diputado a hacer el registro no abona esta tesis? Pero si es así, ¿qué tipo de autoridad, y quién se la había otorgado?
Se dice que Casares se entrevistó, aquella noche, con destacados policías marxistas, como Condés. Es difícil de creer, teniendo en cuenta que estaba en una recepción diplomática. Sí parece, sin embargo, que Condés estuvo, junto con el también marxista teniente Moreno y José del Rey, guardia de Asalto de la misma cuerda que sobreviviviría a la guerra y acabaría declarando sobre este asunto (y en esos momentos guardaespaldas de Margarita Nelken), en el despacho de Alonso Mallol, director general de Seguridad. Fueron, lógicamente, calentitos con la noticia del asesinato de Castillo, cuyo cadáver, aquella noche, aún estaba caliente. Fue Mallol, probablemente, el que ordenó la redada a la cual salieron las camionetas.
De ser así las cosas, aquí ya hay, como poco, una irregularidad. ¿Por qué un suprajefe policial como el director general de Seguridad tiene que discutir las medidas a tomar con un, una vez más, guardia civil sin destino, un panadero con pistola y un guardia raso? ¿Acaso no es lógico pensar que, lo mismo que recibe a quien no tiene que recibir, le otorgase un mando que no le correspondía?
A la camioneta 17 suben, tras saber por Lupión que están al extraño mando de Condés (que, para colmo, viste de paisano; por eso tuvo que informar a Calvo Sotelo de que era guardia civil): los guardias de Asalto Amalio Martínez Cano, Enrique Robles Rechina, Sergio García, Bienvenido Pérez Rojo, Ismael Bueso Bela, Ricardo Cruz Cousillos, Aniceto Castro Piñeiro y José del Rey Hernández; Victoriano Cuenca, pistolero y guardaespaldas de Indalecio Prieto; y, finalmente, dos militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, Santiago Garcés y Francisco Ordóñez.
Al domicilio de Calvo Sotelo sólo subirán tres integrantes de la partida: Condés, Cuenca y Del Rey. Los tres más significados políticamente, pues, y dos de ellos (Condés y Cuenca) técnicamente carentes de toda autoridad, máxime si han de hacerla ejercer frente a un aforado.
Existen varios testimonios de que, ya en la calle, cuando el diputado sube a la camioneta, Condés duda en hacerlo, ante lo cual Calvo Sotelo protesta, afirmando que si el guardia civil no le acompaña «me tienen ustedes que matar aquí mismo». Como digo, que esto ocurrió es casi incontrovertible, y este detalle abona la teoría de que no hubo premeditación en la acción. Si Condés no quiere ir en la camioneta es porque ha terminado su misión; pero si su misión ha terminado, ésta sólo puede ser detener a Calvo Sotelo, no matarlo.
Al domicilio de Calvo Sotelo sólo subirán tres integrantes de la partida: Condés, Cuenca y Del Rey. Los tres más significados políticamente, pues, y dos de ellos (Condés y Cuenca) técnicamente carentes de toda autoridad, máxime si han de hacerla ejercer frente a un aforado.
Existen varios testimonios de que, ya en la calle, cuando el diputado sube a la camioneta, Condés duda en hacerlo, ante lo cual Calvo Sotelo protesta, afirmando que si el guardia civil no le acompaña «me tienen ustedes que matar aquí mismo». Como digo, que esto ocurrió es casi incontrovertible, y este detalle abona la teoría de que no hubo premeditación en la acción. Si Condés no quiere ir en la camioneta es porque ha terminado su misión; pero si su misión ha terminado, ésta sólo puede ser detener a Calvo Sotelo, no matarlo.
De vuelta a Pontejos, después de dejar el cuerpo, Condés sube a ver al comandante Ricardo Burillo y le confiesa lo que ha hecho. El jefe del cuartel, quizá tras una primera sorpresa, decide taparlo todo. Ordena que se limpie la sangre de la camioneta, tarea que encomienda a un guardia de máxima confianza, llamado Tomás Pérez. Burillo llama al teniente coronel Sánchez Plaza, jefe de los guardias de Asalto, quien se presenta en Pontejos, convoca una reunión de guardias, y allí mismo, en un gesto bastante repugnante en un mando de las fuerzas de seguridad, decreta la ley del silencio.
Ni Fernando Condés, capitán de madera sin mando en plaza; ni Victoriano Cuenca, pistolero de fortuna al servicio de la revolución, fueron jamás detenidos, ni siquiera un minuto de sus vidas, por la muerte del diputado de la nación José Calvo Sotelo.
Ni Fernando Condés, capitán de madera sin mando en plaza; ni Victoriano Cuenca, pistolero de fortuna al servicio de la revolución, fueron jamás detenidos, ni siquiera un minuto de sus vidas, por la muerte del diputado de la nación José Calvo Sotelo.
Bien pudo ser el asesinato un calentón de Cuenca. A mi modo de ver, es una teoría que viene abonada por la intensa necesidad que inmediatamente siente el pistolero de confesar lo que ha hecho, puesto que se va escopetado a ver a Julián Zugazagoitia y al propio Prieto y confesarles los hechos. Pero también es un hecho que ese calentón fue, si no compartido, sí, cuando menos, aceptado por los demás. Al parecer, siempre según los testimonios disponibles, algún guardia, tras los disparos, expresó su temor por que se supiera lo ocurrido, ante lo que José del Rey espetó, bien claro, que a quien se fuera de la lengua se lo cargarían.
José del Rey, un simple guardia de Asalto, parece tener un papel extrañamente importante en los hechos. Entra en el despacho de Mallol, o sea que está allí cuando recibe las órdenes. Es el guardia de Asalto designado para subir al domicilio de Calvo Sotelo. Y es el elemento de la partida que da el paso al frente de amenazar a los posibles chivatos, una vez realizada la acción. Y es que Del Rey era un simple guardia, pero era, también, un devoto marxista.
Prieto contó, a finales de los cincuenta, que Fernando Condés le confesó que sus órdenes (¿de quién?) eran practicar la detención de Calvo Sotelo, que no sabía que lo iban a matar, y que iba a suicidarse por el deshonor en el que había incurrido, pero que el político socialista le convenció de no hacerlo. Esta versión cuadraría con la pronta muerte de Condés nada más empezar la guerra. Pero no cuadra con otras cosas. Si tan alto concepto del honor tenía, ¿por qué no, simple y llanamente, confesó, aunque sólo fuese por escrito y ante la posteridad? Más claro aún. Supongamos que el asesinato es un calentón de Cuenca, como hemos dicho. Si tan respetuoso era Condés de los acendrados valores de la disciplina castrense y policial, y puesto que parece fuera de toda duda que tenía mando en aquella camioneta, ¿por qué no llega Victoriano Cuenca detenido a Pontejos? ¿Acaso no le habría sido más fácil a Condés, amén de más coherente con su supuesto honor, subir a Cuenca esposado al despacho de Burillo y dejarle a él el marrón de liberarlo si quería?
Prieto contó, a finales de los cincuenta, que Fernando Condés le confesó que sus órdenes (¿de quién?) eran practicar la detención de Calvo Sotelo, que no sabía que lo iban a matar, y que iba a suicidarse por el deshonor en el que había incurrido, pero que el político socialista le convenció de no hacerlo. Esta versión cuadraría con la pronta muerte de Condés nada más empezar la guerra. Pero no cuadra con otras cosas. Si tan alto concepto del honor tenía, ¿por qué no, simple y llanamente, confesó, aunque sólo fuese por escrito y ante la posteridad? Más claro aún. Supongamos que el asesinato es un calentón de Cuenca, como hemos dicho. Si tan respetuoso era Condés de los acendrados valores de la disciplina castrense y policial, y puesto que parece fuera de toda duda que tenía mando en aquella camioneta, ¿por qué no llega Victoriano Cuenca detenido a Pontejos? ¿Acaso no le habría sido más fácil a Condés, amén de más coherente con su supuesto honor, subir a Cuenca esposado al despacho de Burillo y dejarle a él el marrón de liberarlo si quería?
A las 10 de la mañana del 13 de julio, se produce el hecho histórico de que se celebre, en la España democrática, un consejo de ministros cuyo orden del día es la ocultación de un crimen, para colmo en la persona de una persona a la que, en teoría, no se le puede poner ni una multa de tráfico sin autorización parlamentaria. De aquel consejo de ministros, si al Frente Popular le quedaba una micra de equilibrio democrático, tendrían que haber salido más de una decena de órdenes de detención, el nombramiento de un fiscal y un juez especial, el cese del director general de Seguridad y del ministro de Gobernación, de todos los mandos de Pontejos y hasta de las señoras de la limpieza, el decreto de tres días de luto, y una orden policial estricta imponiendo la tolerancia cero con cualesquiera manifestaciones. Casi ninguna de las medidas aquí descritas fue tomada, sin embargo. La reacción de aquel consejo de ministros fue simple: menudos hijos de puta los asesinos, sí; pero son nuestros hijos de puta. El único, levísimo atenuante que puede aparecer ante la Historia es que las decisiones finales sobre el caso tardaron cuatro horas y media en tomarse, de donde cabe deducir que aún había en aquel gobierno gentes, no sabemos cuáles, con la cabeza razonablemente amueblada.
Finalmente, el Ejecutivo hará pública una nota dedicada, en conjunto, a las muertes de Castillo y Calvo Sotelo, que califica de «hechos de notoria gravedad»; expresión con la que se inicia toda una tendencia de juicio, que llega hasta el día de hoy a través de según qué historiografía, consistente en poner al mismo nivel el asesinato de un teniente de la policía y el de un diputado de la nación. Todos los asesinatos son execrables pero, nos pongamos como nos pongamos, no es lo mismo.Se anuncia también el nombramiento de dos jueces y la práctica de muchas detenciones; la verdad del asunto es, más bien, que a esas horas del día, medio Madrid sabe ya hasta la marca de gayumbos que llevaban los ocupantes de la camioneta 17, algunos de los cuales, sin embargo, proseguirán limpios de polvo y paja tras esa supuesta ola de detenciones.
El mismo día 13 por la tarde, socialistas, comunistas y dirigentes de la JSU se reúnen y deciden armarse para contrarrestar la reacción esperable, además de pedir al gobierno la ilegalización de los partidos derechistas; propuesta, ésta última, que es, como poco, curiosa. La ETA mata a un general del Ejército de Tierra y, por lo visto, la reacción lógica es... disolver el Ejército de Tierra. Indalecio Prieto, que antes de que el gallo cante tres veces llenará en México páginas y páginas tratando de demostrar que Calimero nunca ha roto un plato y que siempre fue más bueno que las pesetas, preside la comisión que se va a ver al ministro para proponerle estas exigencias intolerables para el momento.
Ese mismo día, por cierto, un grupo de anarquistas asesina en Madrid a un ugetista que había decidido terminar la huelga de la construcción (recordemos que UGT, haciendo uso de su teórico derecho sindical, había aceptado el laudo gubernamental) y se había incorporado a la obra de una carretera.
Garcerán, el pasante de José Antonio y su correo con Mola, le anuncia al general en Pamplona que si en 72 horas no se subleva el ejército, lo hará Falange en Alicante.
El día 14 por la tarde, la masa que vuelve del entierro de Calvo Sotelo choca en Becerra con los guardias de Asalto. Quedan dos muertos en el suelo. En la calle Torrijos, un nuevo enfrentamiento entre izquierdistas y derechistas deja dos muertos más. Entre el 12 y el 14 de julio, pues, mueren en Madrid siete personas, de las cuales uno es diputado y otro miembro de las Fuerzas de Seguridad.
Todo ello, normal que lo flipas.
Las Cortes suspenden sus sesiones dada la crispación existente. Pero el 15 la Comisión Permanente debe reunirse para prorrogar el estado de alarma, que lleva vigente, ojo al dato, desde las elecciones de febrero.
Aquella Comisión Permanente es la última oportunidad, bastante remota ya, todo hay que decirlo, que tiene el Frente Popular de evitar su descarrilamiento en la Historia. El conde de Vallellano, portavoz monárquico, comienza su intervención anunciando la marcha de las derechas, su desafección de la República. Gil Robles continúa con palabras bien evidentes: «la ley de excepción, en manos del Gobierno, se ha convertido en elemento de persecución contra todos aquéllos que no tienen las mismas ideas que el Frente Popular». En un retrato tan rápido como certero y triste, define: «Las sentencias de los Jurados Mixtos no se cumplen; el ministro de la Gobernación puede decir hasta qué punto los gobernadores civiles no le obedecen; los gobernadores civiles pueden decir hasta qué punto los alcaldes no hacen caso de sus indicaciones». En España, se queja, todo Dios hace lo que le sale de los cojones.
Robles asevera: «Cuando habléis de fascismo no olvidéis, señores del Gobierno y de la mayoría, que, en las elecciones del 16 de febrero, los fascistas apenas tuvieron unos cuantos miles de votos en España; y si hoy se hicieran unas elecciones verdaderas, la mayoría sería totalmente arrolladora». Más aún: «cuando la vida de los ciudadanos está a merced del primer pistolero, cuando el gobierno es incapaz de poner fin a este estado de cosas, no pretendais que las gentes crean ni en la legalidad ni en la democracia». «Dentro de poco», terminó la alocución del político cedista, «seréis el Gobierno del Frente Popular del hambre y de la miseria, como ahora lo sois de la vergüenza, del fango y de la sangre».
¿Qué pudo hacer la izquierda en esa situación? Cualquier cosa, menos nada. Si tan cierto es que se habló de una dictadura republicana, aquél de la Comisión Permanente fue el momento de declararla. Aquél fue el momento de dejarle claro al país y al mundo que ya estaba bien. Que con la muerte de un aforado, se había colmado el vaso.
El Frente Popular, lejos de ello, actuó como si aquél fuese otro obstáculo que se puede saltar. Pero se olvidó de dos cosas.
La primera, que el cadáver de Calvo Sotelo era, en realidad, el pico de una pirámide de cadáveres en la que se amontonaban obreros de izquierdas y derechas acribillados, un juez asesinado por los falangistas, miembros de las fuerzas de seguridad muertos a tiros, degollados, derechistas asesinados a hostias, iglesias quemadas, edificios privados asaltados, simples paseantes asesinados.
La segunda, el significado, en sí, de que, en España, se pudiese sacar a un diputado de su casa, detenido sin mostrarle siquiera un papel, ni una triste orden judicial, y matarlo de dos tiros en medio de la calle. Creo que ha sido Stanley Payne quien lo ha definido mejor:
El 13 de julio nadie decidió dar un golpe de Estado contra la República, porque los preparativos se llevaban haciendo de meses atrás. El verdadero significado de la muerte de Calvo Sotelo es que enseñó a los conspiradores que, en realidad, estaban más seguros alzados que respetando el orden constituido. Si algún obstáculo se presentaba ante el general Mola para obtener la aquiescencia de mandos militares indecisos, del carlismo, etc., quedó allanado por la sangre de Calvo Sotelo.
Triste coincidencia. Los días 15 y 16 de julio de 1936, por primera vez en mucho tiempo, nadie muere en España como consecuencia de atentados políticos o sindicales. Como dicen en mi tierra: tarde piaches.
Los hechos están contados.
El pastor alavés
Pues sí. El pastor era alavés. Bien mirado, el grabado tiene sus pistas. Dan Brown haría maravillas con él. Aparecen unos pajarillos en el cielo que pueden ser indicativo de que no es invierno pero, aún así, los pastores están abrigados hasta las orejas; o sea, que en el sur no es. La figura de la vaca indica, asimismo, ganadería norteña. Y el pelo a lo afro es, o fue, signo euskaldún.
Enhorabuena a los premiados, pues.
Enhorabuena a los premiados, pues.
martes, mayo 24, 2011
Ejercicio de agudeza visual
Debo pedir perdón por la mala calidad de esta foto. Está tomada con el móvil.
La imagen proviene de un libro que a finales del siglo XIX estaba presente en muchas casas pudientes francesas. Se trata de La Tierra a vuelo de pájaro, una encliclopedia en un tomo, descriptiva de los diferentes lugares y pueblos del mundo, que escribió el famoso geógrafo Eliseo Reclus. El libro aún no tiene fotografías puesto que presenta grabados; aunque algunos de estos grabados, según nos dicen los pies de las ilustraciones, están ya tomados de fotos.
Uno de los grabadores que colaboraron con la publicación fue Gustave Doré, buen conocido de España por haberla visitado personalmente, y que está estrechamente ligado a El Quijote de
Cervantes. Doré, en efecto, realizó diversas obras de ambiente español.
El grabado de la foto figura en la introducción del libro, y en el pie de foto se nos dice que Doré reprodujo en el mismo a dos pastores españoles, padre e hijo. Es, pues, una foto de nuestro remoto abuelo.
La pregunta que os dejo es: ¿seríais capaces de adivinar en qué provincia de España tomó Doré este retrato? Es una lotería, lo sé. Pero, bueno, lo mismo entretiene un rato pensar en ello.
lunes, mayo 23, 2011
Las encrucijadas del 22-M
Casi por definición, toda convocatoria electoral que no se produzca en un momento de especial remanso o desinterés provoca encrucijadas. Las votaciones marcan un antes y un después, máxime si sólo se producen cada cuatro años, como ocurre en España, donde las elecciones municipales y generales están tan juntas que, realmente, aquéllas se convierten en una especie de primarias de éstas. Las encrucijadas que yo veo son las siguientes:
La encrucijada de Zapatero. El presidente del Gobierno tiene su propia encrucijada, que no es, necesariamente, la del partido. Ahora, Zapatero tiene, teóricamente, dos caminos posibles. Puede escuchar el clamor de sus votantes, que claramente lo han castigado por ser poco de izquierdas. O puede escuchar los consejos, sino algo peor, por parte de los grandes gobiernos del mundo y sobre todo de Europa, que le están reclamando, cada vez más, una profundización en las reformas de la economía española, mucho más ambiciosas que las hasta ahora iniciadas o anunciadas.
Quizá lo único que tenga claro, o que tendría yo de ser él, es la decisión de no adelantar las elecciones. Un adelanto electoral sería catastrófico para él. Hoy por hoy, el PSOE puede alcanzar en unas generales un resultado que haría pasar a Zapatero como el líder más nefasto de su Historia; y esto es algo que alguien como el presidente, que siempre ha soñado con pasar a la Historia (como, por ejemplo, el hombre acabó con ETA), no podría soportar. Además, un adelanto electoral hoy se las pondría al PP como a Fernando VII: en los cien primeros días de gobierno se monta un plan de austeridad de la pitri mitri y se le echa la culpa al que acaba de irse. Quien piense que Zapatero puede irse ahora y dejarle «el marrón» de la economía al PP, que se fije en la actitud del gobierno Mas en la Generalitat.
La pregunta es: la primera opción, es decir recuperar el tono de izquierdas, ¿existe realmente? ¿O quizás, dejó de existir en mayo del año pasado, cuando el señor Jintao llamó a Zapatero y le dijo tu pone olden tu economía o yo polculizo a ti con miemblo de bisonte?
La encrucijada del PSOE. Para bien o para mal, el PSOE ha seguido a su líder en este viaje, con el agravante de que dar ahora marcha atrás y dárselas de progre le va a ser especialmente difícil por causa del movimiento 15-M que es, claramente, mucho más atractivo para quienes se sienten progresistas. Por eso, creo que lo primero que va a intentar el PSOE en las próximas semanas va a ser hacerle una OPA al 15-M, ofrecerle una fusión por absorción aprovechando que, hermano, ambos hemos salido de la misma matriz proletaria.
Se van a multiplicar los guiños a la Puerta del Sol, en la calle y aquí en la red. El próximo argumentario del PSOE, ya lo apuntó Zapatero en su creo que última entrevista en la SER antes de las votaciones, será: sí, he dicho lo contrario hasta ahora para no acojonar, pero estamos al borde de la intervención. Me lo ha dicho Merkel, y el moreno, y el Jintao, y su repostera madre también me lo ha dicho. Estamos al borde del abismo y yo, colegas, estoy haciendo lo posible para que no caigamos definitivamente en el Lado Oscuro Liberal. Sauron nos vigila y no veais lo que tira; pero yo sigo llevando el anillo. Eso sí, es carga pesada, y tenéis que ayudarme. ¿Apestamos los socialistas? Como nos caigamos en el barro del FMI, ya vais a ver lo que es apestar, machos.
Y de todo esto, por cierto, la culpa la tienen los orcos.
Joaquín Almunia trató de huir hacia adelante cuando vio que Ansar iba a llevarse las elecciones metiendo menos de medio glande, y pactó una entente con Izquierda Unida. Ahora, probablemente, el PSOE intentará lo mismo, lo que pasa es que intentará puentear a IU (cuyos resultados ayer no son como para pensar que sea un partner con demasiadas madalenas en el zurrón) para pactar con los que ahora mismo molan.
Otra encrucijada importante para el PSOE es aprender a vivir, cuanto antes, con la idea de que no tiene suelo. Aquí siempre se ha hablado del techo de la derecha. Por dos veces (años 2000 y 2011), el PP ha demostrado que ese techo lo tenía Fraga, no la derecha. Ahora, en el 2011, se ha demostrado que el PSOE, contra lo que siempre se había pensado, no tiene suelo; que puede caer más bajo de lo imaginado. Ahora el PSOE tiene por delante la labor de demostrar que ese no-suelo no es cosa suya, sino de Zapatero.
La encrucijada del PP. Los populares tienen que saber que lo que ha pasado el 22-M es que el PP tiró un penalty, chutó demasiado a la derecha de la portería pero, inexplicablemente, el portero, camarada Zapatero, se lanzó hacia ese lado, atrapó la bola en el aire, y luego la empujó dentro de la portería. Poco ha conseguido el PP ayer en términos de votos nuevos; lo que pasa es que como el PSOE se ha quedado con dos de pipas, parece lo que no es.
No tiene el PP que saber administrar su victoria. Tiene que entender, más bien, que no ha ganado tanto como parece. Esto ha sido así por razones tres: una, porque la estrategia de Rajoy de no dar ni los buenos días durante dos años ha tenido, claro, la consecuencia de que nadie le pueda reprochar ninguna mala idea (ni buena); dos, porque uno de los dos grandes hechos de la campaña, Bildu, le ha favorecido claramente ante su electorado fiel e indeciso (y le va a seguir favoreciendo); tres, porque el otro hecho, el 15-M, es inocuo para ellos. Es una guerra en la que los populares no tienen nada que ver... de momento (véase la encrucijada del PSOE).
Ahora, el PP gobierna en la mayor parte de España. Está, pues, en la encrucijada de qué hacer en materia económica, pues una parte no desdeñable de la política económica, sobre todo la de gasto, está en sus manos. Una de sus posibles estrategias es la que podríamos denominar estrategia Mas, puesto que es la que se ha aplicado en el Gobierno catalán: aplicarle a la ciudadanía a toda hostia la purga de Benito para poder echarle la culpa al anterior. Todo el mundo sabe que de todo lo malo ocurrido en los cien primeros días de gobierno tiene la culpa el gobernante anterior. A partir del día 101, sin embargo, el nuevo gobernante ha de asumir que las culpas son suyas. Así pues, el PP debería sacar a pasear las miserias de los presupuestos que gestiona por primera vez. Pero eso, ojo, es incompatible con la estrategia de low profile que el partido se ha dado al máximo nivel. ¿Cuál de las dos ganará?
La encrucijada del movimiento 15-M. Si los de la DRY quieren sobrevivir, tendrán que aprender a hacer política. Ayer salieron sobradamente derrotados ante la ciudadanía, por mucho que ahora se hagan cuentas en las que sumando abstencionistas, votos en blanco, nulos, peras, manzanas y escubidubidúas, se nos pretenda convencer de que el peso del 15-M fue abrumador en las municipales. Tener peso en unas elecciones es mucho más que cuadrar una hoja de cálculo. Es un problema de sensaciones, y ayer fueron cienes y cienes los colegios electorales sobre los cuales el 15-M sobrevoló más o menos lo mismo que el miedo a los vampiros.
Cometió el movimiento el mismo error que Franco. Franco también llenó una plaza, la de Oriente, de apasionados partidarios, en los albores del otoño de 1975; y creyó, y con él todo el Régimen, que todo el monte era orgasmo. La manifestación del millón, la llamó la prensa afecta, haciéndose la ilusión vana de que en la plaza de Oriente cupiese un millón de personas. El pasado viernes en la noche, a pesar de ser día grande para la captación de visitantes más o menos mediopensionistas y de mediar la teórica amenaza de disolución policial, sólo el PP, y sólo en el Palacio de los Deportes, juntó tanta o más gente que la acampada de Sol.
Hace una semana del inicio, y sigue sin haber un programa estatuido, coherente, jerarquizado (esto irrenunciable, esto posible, esto bla) y ampliamente conocido. En mi caso, confieso que hace ya tiempo que he pasado de buscarlo; a mí, que me lo traigan, porque no tengo porque darle un tratamiento especial a nadie; y los demás me lo traen. El movimiento se ha masturbado en asamblearismos utópicos (España no es la Atenas ática; para bien, y para mal), portavoces de sí mismos, el pecado de la negación (en política, además de decir no, hay que decir sí) y un romanticismo que quedará bien para las fotos que algún día verán los nietos de los acampados (si es que les interesa verlas, claro), pero es ineficiente para un movimiento que pretende cambiar las cosas.
Tiene tres destinos posibles el 15-M: el primero, una alianza estratégica política, en la cual todo lo que puede hacer es perder, desaparecer, diluirse en la escisión de la escisión de la escisión. El segundo, avanzar en la definición de sí mismo y dejar claro qué es lo que considera que debe cambiar, y cómo; punto éste en el que no todo lo que se ha visto merece la pena, como ocurre con la propuesta de expropiar las viviendas que no se venden (y, ¿por qué no expropiar los yogures que no se venden, y los coches que no se venden, y los libros que no se leen?). Tercero, seguir como está hasta que, dentro de n días, sólo queden en Sol veinte irreductibles que, el día que sean desalojados, merecerán dos o tres líneas en algún que otro periódico, y un puñado de twitteos. Haga lo que haga, ya tarda. Ha llegado la hora de dejar de caer simpático, y empezar a resultar interesante. Sigo diciendo que el 15-M del martes o miércoles pasado era un movimiento muy interesante, porque pedía muy pocas cosas pero a las pocas cosas que pedía les otorgaba un tono de irrenunciabilidad que hacía pensar en un cambio. Luego, a mi modo de ver, se perdió marxistamente, es decir contaminado por sus propias contradicciones. Ahora mismo, para el futuro de DRY, cada minuto cuenta.
La encrucijada de Zapatero. El presidente del Gobierno tiene su propia encrucijada, que no es, necesariamente, la del partido. Ahora, Zapatero tiene, teóricamente, dos caminos posibles. Puede escuchar el clamor de sus votantes, que claramente lo han castigado por ser poco de izquierdas. O puede escuchar los consejos, sino algo peor, por parte de los grandes gobiernos del mundo y sobre todo de Europa, que le están reclamando, cada vez más, una profundización en las reformas de la economía española, mucho más ambiciosas que las hasta ahora iniciadas o anunciadas.
Quizá lo único que tenga claro, o que tendría yo de ser él, es la decisión de no adelantar las elecciones. Un adelanto electoral sería catastrófico para él. Hoy por hoy, el PSOE puede alcanzar en unas generales un resultado que haría pasar a Zapatero como el líder más nefasto de su Historia; y esto es algo que alguien como el presidente, que siempre ha soñado con pasar a la Historia (como, por ejemplo, el hombre acabó con ETA), no podría soportar. Además, un adelanto electoral hoy se las pondría al PP como a Fernando VII: en los cien primeros días de gobierno se monta un plan de austeridad de la pitri mitri y se le echa la culpa al que acaba de irse. Quien piense que Zapatero puede irse ahora y dejarle «el marrón» de la economía al PP, que se fije en la actitud del gobierno Mas en la Generalitat.
La pregunta es: la primera opción, es decir recuperar el tono de izquierdas, ¿existe realmente? ¿O quizás, dejó de existir en mayo del año pasado, cuando el señor Jintao llamó a Zapatero y le dijo tu pone olden tu economía o yo polculizo a ti con miemblo de bisonte?
La encrucijada del PSOE. Para bien o para mal, el PSOE ha seguido a su líder en este viaje, con el agravante de que dar ahora marcha atrás y dárselas de progre le va a ser especialmente difícil por causa del movimiento 15-M que es, claramente, mucho más atractivo para quienes se sienten progresistas. Por eso, creo que lo primero que va a intentar el PSOE en las próximas semanas va a ser hacerle una OPA al 15-M, ofrecerle una fusión por absorción aprovechando que, hermano, ambos hemos salido de la misma matriz proletaria.
Se van a multiplicar los guiños a la Puerta del Sol, en la calle y aquí en la red. El próximo argumentario del PSOE, ya lo apuntó Zapatero en su creo que última entrevista en la SER antes de las votaciones, será: sí, he dicho lo contrario hasta ahora para no acojonar, pero estamos al borde de la intervención. Me lo ha dicho Merkel, y el moreno, y el Jintao, y su repostera madre también me lo ha dicho. Estamos al borde del abismo y yo, colegas, estoy haciendo lo posible para que no caigamos definitivamente en el Lado Oscuro Liberal. Sauron nos vigila y no veais lo que tira; pero yo sigo llevando el anillo. Eso sí, es carga pesada, y tenéis que ayudarme. ¿Apestamos los socialistas? Como nos caigamos en el barro del FMI, ya vais a ver lo que es apestar, machos.
Y de todo esto, por cierto, la culpa la tienen los orcos.
Joaquín Almunia trató de huir hacia adelante cuando vio que Ansar iba a llevarse las elecciones metiendo menos de medio glande, y pactó una entente con Izquierda Unida. Ahora, probablemente, el PSOE intentará lo mismo, lo que pasa es que intentará puentear a IU (cuyos resultados ayer no son como para pensar que sea un partner con demasiadas madalenas en el zurrón) para pactar con los que ahora mismo molan.
Otra encrucijada importante para el PSOE es aprender a vivir, cuanto antes, con la idea de que no tiene suelo. Aquí siempre se ha hablado del techo de la derecha. Por dos veces (años 2000 y 2011), el PP ha demostrado que ese techo lo tenía Fraga, no la derecha. Ahora, en el 2011, se ha demostrado que el PSOE, contra lo que siempre se había pensado, no tiene suelo; que puede caer más bajo de lo imaginado. Ahora el PSOE tiene por delante la labor de demostrar que ese no-suelo no es cosa suya, sino de Zapatero.
La encrucijada del PP. Los populares tienen que saber que lo que ha pasado el 22-M es que el PP tiró un penalty, chutó demasiado a la derecha de la portería pero, inexplicablemente, el portero, camarada Zapatero, se lanzó hacia ese lado, atrapó la bola en el aire, y luego la empujó dentro de la portería. Poco ha conseguido el PP ayer en términos de votos nuevos; lo que pasa es que como el PSOE se ha quedado con dos de pipas, parece lo que no es.
No tiene el PP que saber administrar su victoria. Tiene que entender, más bien, que no ha ganado tanto como parece. Esto ha sido así por razones tres: una, porque la estrategia de Rajoy de no dar ni los buenos días durante dos años ha tenido, claro, la consecuencia de que nadie le pueda reprochar ninguna mala idea (ni buena); dos, porque uno de los dos grandes hechos de la campaña, Bildu, le ha favorecido claramente ante su electorado fiel e indeciso (y le va a seguir favoreciendo); tres, porque el otro hecho, el 15-M, es inocuo para ellos. Es una guerra en la que los populares no tienen nada que ver... de momento (véase la encrucijada del PSOE).
Ahora, el PP gobierna en la mayor parte de España. Está, pues, en la encrucijada de qué hacer en materia económica, pues una parte no desdeñable de la política económica, sobre todo la de gasto, está en sus manos. Una de sus posibles estrategias es la que podríamos denominar estrategia Mas, puesto que es la que se ha aplicado en el Gobierno catalán: aplicarle a la ciudadanía a toda hostia la purga de Benito para poder echarle la culpa al anterior. Todo el mundo sabe que de todo lo malo ocurrido en los cien primeros días de gobierno tiene la culpa el gobernante anterior. A partir del día 101, sin embargo, el nuevo gobernante ha de asumir que las culpas son suyas. Así pues, el PP debería sacar a pasear las miserias de los presupuestos que gestiona por primera vez. Pero eso, ojo, es incompatible con la estrategia de low profile que el partido se ha dado al máximo nivel. ¿Cuál de las dos ganará?
La encrucijada del movimiento 15-M. Si los de la DRY quieren sobrevivir, tendrán que aprender a hacer política. Ayer salieron sobradamente derrotados ante la ciudadanía, por mucho que ahora se hagan cuentas en las que sumando abstencionistas, votos en blanco, nulos, peras, manzanas y escubidubidúas, se nos pretenda convencer de que el peso del 15-M fue abrumador en las municipales. Tener peso en unas elecciones es mucho más que cuadrar una hoja de cálculo. Es un problema de sensaciones, y ayer fueron cienes y cienes los colegios electorales sobre los cuales el 15-M sobrevoló más o menos lo mismo que el miedo a los vampiros.
Cometió el movimiento el mismo error que Franco. Franco también llenó una plaza, la de Oriente, de apasionados partidarios, en los albores del otoño de 1975; y creyó, y con él todo el Régimen, que todo el monte era orgasmo. La manifestación del millón, la llamó la prensa afecta, haciéndose la ilusión vana de que en la plaza de Oriente cupiese un millón de personas. El pasado viernes en la noche, a pesar de ser día grande para la captación de visitantes más o menos mediopensionistas y de mediar la teórica amenaza de disolución policial, sólo el PP, y sólo en el Palacio de los Deportes, juntó tanta o más gente que la acampada de Sol.
Hace una semana del inicio, y sigue sin haber un programa estatuido, coherente, jerarquizado (esto irrenunciable, esto posible, esto bla) y ampliamente conocido. En mi caso, confieso que hace ya tiempo que he pasado de buscarlo; a mí, que me lo traigan, porque no tengo porque darle un tratamiento especial a nadie; y los demás me lo traen. El movimiento se ha masturbado en asamblearismos utópicos (España no es la Atenas ática; para bien, y para mal), portavoces de sí mismos, el pecado de la negación (en política, además de decir no, hay que decir sí) y un romanticismo que quedará bien para las fotos que algún día verán los nietos de los acampados (si es que les interesa verlas, claro), pero es ineficiente para un movimiento que pretende cambiar las cosas.
Tiene tres destinos posibles el 15-M: el primero, una alianza estratégica política, en la cual todo lo que puede hacer es perder, desaparecer, diluirse en la escisión de la escisión de la escisión. El segundo, avanzar en la definición de sí mismo y dejar claro qué es lo que considera que debe cambiar, y cómo; punto éste en el que no todo lo que se ha visto merece la pena, como ocurre con la propuesta de expropiar las viviendas que no se venden (y, ¿por qué no expropiar los yogures que no se venden, y los coches que no se venden, y los libros que no se leen?). Tercero, seguir como está hasta que, dentro de n días, sólo queden en Sol veinte irreductibles que, el día que sean desalojados, merecerán dos o tres líneas en algún que otro periódico, y un puñado de twitteos. Haga lo que haga, ya tarda. Ha llegado la hora de dejar de caer simpático, y empezar a resultar interesante. Sigo diciendo que el 15-M del martes o miércoles pasado era un movimiento muy interesante, porque pedía muy pocas cosas pero a las pocas cosas que pedía les otorgaba un tono de irrenunciabilidad que hacía pensar en un cambio. Luego, a mi modo de ver, se perdió marxistamente, es decir contaminado por sus propias contradicciones. Ahora mismo, para el futuro de DRY, cada minuto cuenta.
sábado, mayo 21, 2011
Antiguos velos
De vez en cuando le pregunto a algún amigo mío jurista sobre de qué forma se derogan las leyes en España. En sistemas sin Constitución, como el inglés, las leyes se perpetúan en el tiempo. En España, sin embargo, supongo que las distintas constituciones han ido derogando toda ley contraria a sus principios, por lo que entiendo que no quedan normas de hace siglos que aún sean aplicables en el día de hoy.
Y comento esto porque, si no fuera asi; si en España siguiesen, de alguna forma, vigentes leyes de hace siglos, nosotros no tendríamos que plantearnos, como los franceses, si ilegalizamos el uso del burka o velo musulmán. Por la sencilla razón de que dicho uso ya está prohibido.
jueves, mayo 19, 2011
15-M y M-68
Me preguntan por correo electrónico si el 15-M será como el Mayo del 68. Yo, la verdad, no lo veo claro. Hay cuatro grandes razones que me nublan la vista.
Razón 1: Contra lo que pueda parecer, el Mayo del 68 no es recordado por las famosas consignas, entre geniales y lerdas, de aquel movimiento. Todo aquello de «prohibido prohibir» (que anda que los herederos del 68 le han hecho mucho caso) o «seamos realistas, pidamos lo imposible», y bla. Mayo del 68 se recuerda porque fue un órdago en toda regla al estatus político vigente en aquel momento (que siguió vigente después, y lo sigue ahora en gran parte). Pero ese órdago no lo plantearon los estudiantes con sus eslóganes hippies y cantando Blowing in the wind, sino líderes y grupos de izquierda absolutamente organizados (especialmente el trotskismo que orbitaba alrededor de Alain Krivine); y, sobre todo, se produjo desde el momento en que el movimiento estudiantil se convirtió en un movimiento estudiantil-sindical.
Si Mayo del 68 fue tan importante no fue por parar las clases en Nanterre, sino por parar la Renault. Esto es bastante evidente por el hecho de que, desde el momento en que los sindicatos llegan a un acuerdo con el gobierno (a espaldas de los estudiantes), el globito se pincha a marchas aceleradas.
¿Puede devenir el 15-M en un movimiento sindico-estudiantil? Hombre, como poder, puede; pero para que sea así, antes las asambleas de la Puerta del Sol tienen que decidir exactamente lo contrario de lo que defienden ahora mismo, en el punto y hora que los sindicatos (que, que yo sepa, no han aparecido por Sol; todo un síntoma) son, para los acampados, parte del problema que denuncian. En este aspecto, pues, Mayo del 68 y el 15-M se parecen, al menos de momento, como un huevo a una castaña.
Razón 2: Mayo del 68 tenía una ideología. Es posible que no la tuviese en su inicio, que son los momentos en los que más se parecen a lo vivido hasta ahora en España. La movida parisina comienza por la formación de un grupo contra la guerra de Vietnam (ambos movimientos comparten, pues, la tendencia pacifista) y reivindicaciones puramente estudiantiles. Cuando el ministro de Educación francés visita, creo recordar que en marzo, una de las facultades donde el M-68 está comenzando a fraguarse, y se encuentra con un portavoz de los estudiantes llamado Daniel Cohn-Bendit, éste le espeta, como principal reivindicación, una que no tiene nada que ver ni con la pobreza, ni con la democracia, ni con casi nada: los estudiantes están cabreados porque en los colegios mayores no se pueden llevar personas del otro sexo a la habitación.
Pero eso fue en marzo y Mayo del 68, como su propio nombre indica, ocurrió en mayo. En esos dos meses, el movimiento se impregna de una decidida ideología de alternativa al modo de vida, y al modo político, burgués. Es, mal que le pese a Cohn-Bendit, un movimiento de hondas raíces marxistas (lo cual no quiere decir soviéticas; si a algún comunismo «oficial» se parece M-68, es al maoísmo).
Así pues, el movimiento del 68 tenía una ideología, mientras que el 15-M pretende, creo yo, no tenerla. Ayer ví en la tele como tres o cuatro entrevistas con portavoces del movimiento. Todos ellos dijeron, más o menos: «Lo que yo reivindico es Bla y Bla y Blabla. Pero hay otra gente». Valientes portavoces que sólo hablan de lo que quieren ellos mismos, pero, en fin, es lo que hay. Mis amigos más cercanos al movimiento me insisten: la plantaforma reivindicativa más o menos unificada llegará. Yo siento disentir con ellos. A mí me parece que las plataformas reivindicativas deben ser previas a la movilización. En esto, sí es verdad, 15-M y M-68 se parecen un poco. Lo cual, a mi modo de ver, no es ninguna buena noticia, porque viene a decir que el 15-M es una revolución altamente manipulable, como lo fue, de hecho, la parisina.
Tener una ideología le permitió a M-68 poder convertirse en un conflicto obrero, es decir presentar reivindicaciones concretas en el ámbito económico (aunque esto también fue su perdición: una vez resueltas estas reivindicaciones, a tomar por saco el movimiento). El sustrato del pensamiento económico del 15-M, si no me he liado con las [por cierto, escasísimas] declaraciones que he visto, es el movimiento antiglobalización. Los antiglobi llevan años montándola acá y acullá, con diferentes grados de violencia, pero nunca, que yo sepa, han expresado qué es lo que harían si mañana llegase la ONU y les regalase un país para que lo gobernasen. Yo, cuando menos, sé lo que no quieren, pero no sé lo que quieren. Por ejemplo, eliminar el principal eje de la globalización, que es el libre movimiento de capitales, ahogaría la financiación de muchos países en desarrollo, que no pueden aspirar a financiarse en su propia moneda. De momento, aún no he conseguido averiguar cómo se formula en la teoría antiglobalización una solución para este problema.
Razón 3: Mayo del 68 tenía un enemigo. Un enemigo que ocupaba el palacio del Elíseo. El 15-M dice que tiene mil enemigos (todos los políticos, los medios de comunicación, los herederos de Torrebruno...) y, si algún día llega a escoger uno, visto el perfil ideológico de la mayoría de sus activos participantes, elegiría al Partido Popular. O sea, problema, porque es que resulta que, en este caso, De Gaulle no está en el Elíseo, sino en la oposición.
Razón 4: Mayo del 68 es un movimiento que respira Guerra Fría. Sin ese componente en el aire, habría muerto. El sustrato de la revolución parisina, habilísimamente utilizado por las organizaciones a la izquierda del PCF y por supuesto del socialismo, es la existencia de una alternativa y de un enemigo en términos ideológicos, que es el sistema liberal capitalista. El 15-M parece tener claro el mismo enemigo, y escribo parece tener porque, de momento y en mi nivel de información, peca del mismo pecado que su sustrato antiglobalización, esto es carecer de una alternativa como tal estatuida y, paradójicamente, se limita a manejar como propios argumentos construidos precisamente por ésos contra los que va, es decir los políticos. Pues, que yo sepa, el mantra ése de que la culpa de todo la tienen los mercados no se inventó en la biblioteca de un cotolengo carmelita.
Otra comparación que ha surgido es la comparación con las revueltas en el mundo musulmán. Ésta segunda me parece, sinceramente, repugnante, y si yo tuviese algún poder de opinión, recomendaría a todo aquél que sienta la tentación de echar mano de ella que se lo pensase dos veces.
Un español de veinte años que abre su portátil y se conecta a Facebook hoy, puede cagarse en la madre de cualquier miembro del Gobierno. Puede redactar un escrito solicitando del presidente del Congreso que expulse del hemiciclo a los diputados del partido que no le guste, y presentarlo en el registro del Congreso. Puede salir a la calle y gritar que Zapatero debe dimitir, o que debe seguir. Y, sobre todo, puede votar.
Un sirio de veinte años que va a una manifa se está jugando que le revienten la cabeza con munición de guerra.
Ésos son los términos de la comparación.
Con todo, a mí lo que más me atrae o ilusiona del movimiento es la posibilidad de que abra un portín a las reformas del sistema que lo hagan más participativo. Creo que el 15-M estaría plenamente justificado con sólo conseguir una reforma del sistema electoral, que en mi opinión debería migrar a un sistema a la americana, es decir distritos electorales pequeños, listas abiertas, y el personal a votar a un candidato, no a 37. O una reforma de la financiación de los partidos políticos. O una reforma del reglamento del Congreso que impida que el control al gobierno sea un control teledirigido y que, sobre todo, el Gobierno conoce con antelación.
Habrá que esperar, en todo caso, a esa plataforma reivindicativa que, según me dicen quienes saben de esto, va a llegar.
Y una coda: por muy atractivas que sean las movidas, por muy excitante que sea la perspectiva de pasar una noche al raso con los colegas en el kilómetro cero, hay una cosa que comparten los activistas del 15-M, los estomatólogos licenciados en Zaragoza, los blogueros que escriben sin acentos y el cardenal Rouco Varela: todos ellos, por muy distintos que sean unos de otros, están sometidos al imperio de la ley. No se puede ir por la vida pidiendo democracia efectiva y acto seguido vulnerar la ley en nombre de dicho principio, pues en ese caso se está negando lo que se defiende.
España tiene una ley democrática, votada por los españoles, que dice que las 24 horas antes de unas elecciones no se pueden celebrar actos de índole política. Así pues, el sábado, a casa. La profundización de la democracia no puede comenzar por socavar los principios que informan la que ya existe.
Razón 1: Contra lo que pueda parecer, el Mayo del 68 no es recordado por las famosas consignas, entre geniales y lerdas, de aquel movimiento. Todo aquello de «prohibido prohibir» (que anda que los herederos del 68 le han hecho mucho caso) o «seamos realistas, pidamos lo imposible», y bla. Mayo del 68 se recuerda porque fue un órdago en toda regla al estatus político vigente en aquel momento (que siguió vigente después, y lo sigue ahora en gran parte). Pero ese órdago no lo plantearon los estudiantes con sus eslóganes hippies y cantando Blowing in the wind, sino líderes y grupos de izquierda absolutamente organizados (especialmente el trotskismo que orbitaba alrededor de Alain Krivine); y, sobre todo, se produjo desde el momento en que el movimiento estudiantil se convirtió en un movimiento estudiantil-sindical.
Si Mayo del 68 fue tan importante no fue por parar las clases en Nanterre, sino por parar la Renault. Esto es bastante evidente por el hecho de que, desde el momento en que los sindicatos llegan a un acuerdo con el gobierno (a espaldas de los estudiantes), el globito se pincha a marchas aceleradas.
¿Puede devenir el 15-M en un movimiento sindico-estudiantil? Hombre, como poder, puede; pero para que sea así, antes las asambleas de la Puerta del Sol tienen que decidir exactamente lo contrario de lo que defienden ahora mismo, en el punto y hora que los sindicatos (que, que yo sepa, no han aparecido por Sol; todo un síntoma) son, para los acampados, parte del problema que denuncian. En este aspecto, pues, Mayo del 68 y el 15-M se parecen, al menos de momento, como un huevo a una castaña.
Razón 2: Mayo del 68 tenía una ideología. Es posible que no la tuviese en su inicio, que son los momentos en los que más se parecen a lo vivido hasta ahora en España. La movida parisina comienza por la formación de un grupo contra la guerra de Vietnam (ambos movimientos comparten, pues, la tendencia pacifista) y reivindicaciones puramente estudiantiles. Cuando el ministro de Educación francés visita, creo recordar que en marzo, una de las facultades donde el M-68 está comenzando a fraguarse, y se encuentra con un portavoz de los estudiantes llamado Daniel Cohn-Bendit, éste le espeta, como principal reivindicación, una que no tiene nada que ver ni con la pobreza, ni con la democracia, ni con casi nada: los estudiantes están cabreados porque en los colegios mayores no se pueden llevar personas del otro sexo a la habitación.
Pero eso fue en marzo y Mayo del 68, como su propio nombre indica, ocurrió en mayo. En esos dos meses, el movimiento se impregna de una decidida ideología de alternativa al modo de vida, y al modo político, burgués. Es, mal que le pese a Cohn-Bendit, un movimiento de hondas raíces marxistas (lo cual no quiere decir soviéticas; si a algún comunismo «oficial» se parece M-68, es al maoísmo).
Así pues, el movimiento del 68 tenía una ideología, mientras que el 15-M pretende, creo yo, no tenerla. Ayer ví en la tele como tres o cuatro entrevistas con portavoces del movimiento. Todos ellos dijeron, más o menos: «Lo que yo reivindico es Bla y Bla y Blabla. Pero hay otra gente». Valientes portavoces que sólo hablan de lo que quieren ellos mismos, pero, en fin, es lo que hay. Mis amigos más cercanos al movimiento me insisten: la plantaforma reivindicativa más o menos unificada llegará. Yo siento disentir con ellos. A mí me parece que las plataformas reivindicativas deben ser previas a la movilización. En esto, sí es verdad, 15-M y M-68 se parecen un poco. Lo cual, a mi modo de ver, no es ninguna buena noticia, porque viene a decir que el 15-M es una revolución altamente manipulable, como lo fue, de hecho, la parisina.
Tener una ideología le permitió a M-68 poder convertirse en un conflicto obrero, es decir presentar reivindicaciones concretas en el ámbito económico (aunque esto también fue su perdición: una vez resueltas estas reivindicaciones, a tomar por saco el movimiento). El sustrato del pensamiento económico del 15-M, si no me he liado con las [por cierto, escasísimas] declaraciones que he visto, es el movimiento antiglobalización. Los antiglobi llevan años montándola acá y acullá, con diferentes grados de violencia, pero nunca, que yo sepa, han expresado qué es lo que harían si mañana llegase la ONU y les regalase un país para que lo gobernasen. Yo, cuando menos, sé lo que no quieren, pero no sé lo que quieren. Por ejemplo, eliminar el principal eje de la globalización, que es el libre movimiento de capitales, ahogaría la financiación de muchos países en desarrollo, que no pueden aspirar a financiarse en su propia moneda. De momento, aún no he conseguido averiguar cómo se formula en la teoría antiglobalización una solución para este problema.
Razón 3: Mayo del 68 tenía un enemigo. Un enemigo que ocupaba el palacio del Elíseo. El 15-M dice que tiene mil enemigos (todos los políticos, los medios de comunicación, los herederos de Torrebruno...) y, si algún día llega a escoger uno, visto el perfil ideológico de la mayoría de sus activos participantes, elegiría al Partido Popular. O sea, problema, porque es que resulta que, en este caso, De Gaulle no está en el Elíseo, sino en la oposición.
Razón 4: Mayo del 68 es un movimiento que respira Guerra Fría. Sin ese componente en el aire, habría muerto. El sustrato de la revolución parisina, habilísimamente utilizado por las organizaciones a la izquierda del PCF y por supuesto del socialismo, es la existencia de una alternativa y de un enemigo en términos ideológicos, que es el sistema liberal capitalista. El 15-M parece tener claro el mismo enemigo, y escribo parece tener porque, de momento y en mi nivel de información, peca del mismo pecado que su sustrato antiglobalización, esto es carecer de una alternativa como tal estatuida y, paradójicamente, se limita a manejar como propios argumentos construidos precisamente por ésos contra los que va, es decir los políticos. Pues, que yo sepa, el mantra ése de que la culpa de todo la tienen los mercados no se inventó en la biblioteca de un cotolengo carmelita.
Otra comparación que ha surgido es la comparación con las revueltas en el mundo musulmán. Ésta segunda me parece, sinceramente, repugnante, y si yo tuviese algún poder de opinión, recomendaría a todo aquél que sienta la tentación de echar mano de ella que se lo pensase dos veces.
Un español de veinte años que abre su portátil y se conecta a Facebook hoy, puede cagarse en la madre de cualquier miembro del Gobierno. Puede redactar un escrito solicitando del presidente del Congreso que expulse del hemiciclo a los diputados del partido que no le guste, y presentarlo en el registro del Congreso. Puede salir a la calle y gritar que Zapatero debe dimitir, o que debe seguir. Y, sobre todo, puede votar.
Un sirio de veinte años que va a una manifa se está jugando que le revienten la cabeza con munición de guerra.
Ésos son los términos de la comparación.
Con todo, a mí lo que más me atrae o ilusiona del movimiento es la posibilidad de que abra un portín a las reformas del sistema que lo hagan más participativo. Creo que el 15-M estaría plenamente justificado con sólo conseguir una reforma del sistema electoral, que en mi opinión debería migrar a un sistema a la americana, es decir distritos electorales pequeños, listas abiertas, y el personal a votar a un candidato, no a 37. O una reforma de la financiación de los partidos políticos. O una reforma del reglamento del Congreso que impida que el control al gobierno sea un control teledirigido y que, sobre todo, el Gobierno conoce con antelación.
Habrá que esperar, en todo caso, a esa plataforma reivindicativa que, según me dicen quienes saben de esto, va a llegar.
Y una coda: por muy atractivas que sean las movidas, por muy excitante que sea la perspectiva de pasar una noche al raso con los colegas en el kilómetro cero, hay una cosa que comparten los activistas del 15-M, los estomatólogos licenciados en Zaragoza, los blogueros que escriben sin acentos y el cardenal Rouco Varela: todos ellos, por muy distintos que sean unos de otros, están sometidos al imperio de la ley. No se puede ir por la vida pidiendo democracia efectiva y acto seguido vulnerar la ley en nombre de dicho principio, pues en ese caso se está negando lo que se defiende.
España tiene una ley democrática, votada por los españoles, que dice que las 24 horas antes de unas elecciones no se pueden celebrar actos de índole política. Así pues, el sábado, a casa. La profundización de la democracia no puede comenzar por socavar los principios que informan la que ya existe.
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