Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.
Acto seguido, te hemos contado una crucial conversación entre Hitler y el general Von Blomberg. Después ha llegado el tiempo de contarte cómo Hitler comenzó a tascar el freno, y la que se montó en Kitzingen. Después hemos pasado a contarte el secuestro de Edgar Julius Jung, y la vergonzosa reacción de su jefe.
Hitler se sentó al
borde de una de las mesas de la terraza del restaurante Las Limas que
dominaba el poderoso Rhin, sin que pareciese importarle la soledad de
las otras decenas de mesas completamente vacías. Tras observar cómo
Bruckner desaparecía dentro del edificio, a la búsqueda de un
teléfono que le permitiese conectar con Berlín, se entretuvo
charlando con el dueño del restaurante. De hecho, éste diría en el
futuro que fue una conversación muy casual, en la que Hitler se
interesó por su familia y por la marcha del negocio, en la que el
buen hombre sacó la impresión de un interlocutor tranquilo y
relajado; en realidad, Adolf Hitler estaba muy lejos de responder a
esa descripción.


