lunes, febrero 02, 2015

Nacht der langen Messer (5: Göbels pasa a la ofensiva y se acojona a partes iguales)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. Asimismo, también te hemos contado cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada.




Nada más regresar de Venecia, la primera persona con la que se vio Hitler fue Göring. El máximo mandatario prusiano le trajo a esa reunión lo que le había prometido: un grueso dossier, elaborado por el jefe de policía, Kurt Max Franz Daluege. Franz, que era un devoto nacionalsocialista (llegó a ser obengruppenführer de las SS y trabajó siempre en el ámbito de la ORPO, policía del orden, a las órdenes de Himmler; su actuación represora en Checoslovaquia le valió ser extraditado allí tras la guerra, donde murió ahorcado), había construido el tipo de pruebas de un complot que se le había pedido que se inventase.

A Hitler el dossier lo mesmerizó. En realidad, en los papeles entregados no había, probablemente, pruebas de un complot. Pero de lo que sí había pruebas era de la existencia en el entorno nazi de personas que no tenían la mejor opinión de su jefe. Así, se incluían varias cartas interceptadas de miembros de las SA, que hablaban de Hitler en términos no muy alabatorios precisamente.

De todas formas, las cartas, pertenecientes sobre todo al obergruppenführer de las SA en Berlín, Karl Ernst, y a Edmund Heines, contenían otras cosas, según Göring. Contenían varios párrafos en los que ambos nacionalsocialistas hablaban abiertamente de los sucesos que habían llevado al incendio del Reichstag. Sabido es que aquel suceso no contenía precisamente buenas perspectivas para el NSDAP de ser conocido en toda su extensión, razón por la cual muchas de las personas que habían estado de alguna manera ligados a él habían desaparecido oportunamente. El diputado Ernst Oberfohren había aparecido ahorcado en su casa de Kiel. Y el vidente Erik Hannussen (nacido Harschel Steinschneider), un cantamañanas muy cercano a Hitler que se había autohipnotizado y «predicho» el incendio del Reichstag, también despareció del mundo de los vivos en 1933. Otro hombre cercano a los conspiradores, el doctor George Bell, había sido asesinado en Austria más o menos en la misma época. Sin embargo, tres hombres fuertemente relacionados con la operación habían sido mantenidos con vida: el conde Helldorf, Wolf Heinrich Graf Helldorf, un auténtico «camisa vieja», que fue nombrado prefecto de policía de Potsdam...; y la parejita Ernst-Heines.

El Informe Daluege le aportó a Hitler una razón más para llevar a cabo la Noche de los Cuchillos Largos. La sobrada temeridad de los dos jefes de las SA podía acabar dando al traste con el manto de secreto con que el Partido había conseguido revestir todo lo relacionado con el incendio del Reichstag. Hitler, por lo demás, también se miraba en aquel suceso, que fue notoriamente desagradable para el NSDAP por el juicio paralelo que se montó en la prensa extranjera a causa de la debilidad de las acusaciones manejadas por los nazis. Si había que hacer algo, se decía, tendría que ser sin debate, sin problemática, sin versiones paralelas.

Es por esta razón que, en la última semana de junio, y en un movimiento que nadie pudo ver relacionado como una acción del tipo de la NCL, Hitler abordó la reforma de la Corte de Leipzig, que era la encargada de juzgar los sucesos relacionados con la seguridad del Estado. La convirtió en un tribunal formado por unos cuarenta miembros, todos ellos militares, altos funcionarios y dignatarios del Partido. De esta forma, el Führer se aseguraba contar con un tribunal dócil a la hora de juzgar los casos de traición.

A Göring, sin embargo, esta solución no le parecía una solución. Un tribunal no deja de ser un tribunal, y si tenía una audiencia pública, un momento en el que alguien como Heines pudiese hablar, podrían aflorar muchas cosas incómodas.

Hay que recordar, en este sentido, que igual que ocurre hoy en día en muchos movimientos populistas surgidos en Europa, la teórica del Partido Nacionalsocialista negaba toda fuente del derecho que no fuese el deseo del pueblo alemán; idea ésta que se sustenta en el concepto genérico de que nada es legítimo si no «nace del pueblo» . Frente a una idea compartida por los alemanes, sostenía el nazismo, no había ni derecho natural, ni consuetudinario, ni límites constitucionales que valiesen una mierda; concepto éste que se puede rastrear hoy en día en quienes, por ejemplo, sostienen que la voluntad, que se sobreeentiende mayoritaria, de la población por hacer tal o cual cosa (por ejemplo, manifestarse, o quedarse a vivir en una plaza pública) no puede ser coartada por leyes, decretos o regulaciones.

Göring acudía a menudo a esta interpretación, edulcorándola con el concepto seguido de que el pueblo había hablado bien claro al votar en el sentido de que Hitler representaba con claridad esos deseos que eran fuente del Derecho; idea que también adoptó, por ejemplo, el franquismo, que convirtió el dedo del general Franco en fuente de derecho constitucional. Ergo, decía el pígnico nazi, todo lo que hacía falta para juzgar a alguien era la decisión personal de Hitler, puesto que él representaba la voluntad del pueblo alemán que, asimismo, estaba por encima de todas las cosas.

Mientras ocurría todo esto, como ya hemos dicho, Ernst Röhm había convocado a sus mesnadas para la reunión del 30 de junio. Tras haber hecho la convocatoria, y en compañía de Heines y otros mandos de las SA, se había retirado a una villa cerca de Munich, Wiesee; mientras dejaba en Berlín a cargo de todo a su jefe de gabinete, Georg von Detten (otro que estaba a punto de caer). En las últimas horas de aquel mes de junio, ignorando lo que se estaba montando, Röhm celebró su última fiesta. El principal motivo de la celebración era la muy reciente boda del obergruppenführer Ernst, celebración de la que el mismo Hitler había sido testigo; dos días después (esto es, un día después de la NCL), Ernst se iba con su joven esposa de viaje de novios a las Azores, aprovechando las desmovilización; ni qué decir tiene que fue otro el viaje que hizo.

Pero vayamos algunos días antes, no muchos: al 21 de junio. Ese día, 21 de junio de 1934, la Alemania nazi, poco amiga de tradicionales festividades religiosas, celebraba una de nuevo cuño, inventada por ellos, aunque bien es verdad que celebrada en no pocos lugares de Europa: la fiesta del solsticio de verano.

Los dos solsticios del año vienen siendo celebrados desde tiempos muy antiguos en Europa. El historiador latino Tácito dejó algunos testimonios de que los viejos alamanni celebraban esta fiesta con una fuerte hemicránea colectiva; tradición que ha sido básicamente recogida en los países escandinavos, donde lo que nosotros conocemos como la noche de San Juan se aprovecha no para quemar hogueras, sino para quemar el hígado. Ernst Graf von Reventlow, un oficial nacionalsocialista que era el principal apoyo del Movimiento Alemán por la Fe, un movimiento neopagano y anticristiano, fue el gran factótum en favor de la reedición de esa presunta «tradición» aria. Por el lado nazi, Alfred Rosenberg abrazó esta celebración y organizó en Verden, Westfalia, un homenaje a los 4.500 sajones masacrados por Carlomagno, ese sucio franco, en el año 782. El tono de la celebración era coherente con una de las teorías de Rosenberg, según las cuales el emperador franco no había sido otra cosa que la razón para que el desarrollo de la cultura alemana se retrasase mil años, al obligarla a sujetarse a las normas latinas (recuérdese todo el esfuerzo realizado por los nazis para limpiar su idioma de latinismos e imponer la escritura gótica). Ante una multitud enardecida y un poco tomada, Rosenberg se soltó un discurso muy ariosófico, en el que, entre otras cosas, dijo que «la Tierra Santa, para nosotros, no está en Oriente, sino en Alemania»; recuérdese, en este sentido, que hubo escritores que en el ámbito de la ariosofía llegaron a desarrollar la teoría de que Jesús había sido crucificado en Alemania (ni que fuera griego...).

Al mismo tiempo que Rosemberg celebraba esta peripatética fiesta, otro importante jerifalte nazi, Josef Göbels, hablaba en Berlín ante los micrófonos de la radio. Sus palabras estaban dedicadas a lo mismo, esto es la celebración del solsticio, pero con un tono muy diferente. La celebración, le decía Göbels, venía a significar que el sol de Alemania ahora calentaba a todos sus ciudadanos, y no sólo a unos pocos. Fue el suyo un discurso demagógico y obrerista, que buscaba aglutinar al obrero alemán a su alrededor, y atacar a Von Papen. Eso mismo, poner a parir al vicecanciller de su propio gobierno, fue el tema fundamental de sus palabras en cuando el jefe de la propaganda nazi abandonó las primeras frases de calentamiento. Es posible que jamás, en la Historia, se haya dado un discurso tan directamente cruel por parte del miembro de un gobierno, sobre todo miembro del mismo, para colmo, teórico superior suyo.

«Algunas personas que hoy se dicen nuestros amigos», bramaba Göbels ante el micrófono «gobernaban el país cuando nosotros estábamos luchando por llegar al poder. ¿Nos ayudaron? Para nada; en realidad, lo que pretendían era quitarnos de en medio. ¿Y ahora? Pues ahora, que tenemos el poder, esas mismas personas tratan de que no lo ejerzamos. Yo les digo: ¡sois unos tipos ridículos!»

«Gracias a Dios», continuó Göbels ante una audiencia presente de camisas pardas que himplaba de felicidad, «estos círculos que discuten gravemente sobre política no tienen el monopolio de la inteligencia. Más aún: este tipo de gente representa la reacción, la vuelta atrás. No han entendido nuestra magnanimidad; pero entenderán mucho mejor nuestro rigor. ¡Les pasaremos por encima y la Historia guardará nuestros nombres, no los suyos!»

Hay que reconocer, aunque joda, que en la última frase acertó de pleno.

Tratándose de un discurso de Göbels, pronunciado además con ocasión de una fiesta nacional que se quería multitudinaria como el solsticio de verano, toda la prensa del país la reprodujo en primera página. Por lo tanto, Göbels contraatacaba con toda su fuerza, y lo hacía, además, contra un discurso, el de Von Papen en Marburgo, que apenas un puñado de alemanes conocía.

Von Papen se fue por los pantys.

El balance para él era terrible. De su discurso no se había enterado nadie; y ni siquiera las masas que lo habían conocido, es decir los militantes católicos, había reaccionado adecuadamente. Erich von Klausener, el líder de los católicos que había sido apartado por Göring al ministerio de Transportes prusiano (y que en la NCL, por probable incitación de Göring, o tal vez de Heydrich, fue asesinado por la SS en su propio despacho ministerial) protestaba casi constantemente, pero sobre temas estrictamente religiosos, como las facilidades para oír misa y esas cosas. Tras la conferencia de Fulda, los obispos estaban callados. Y, para colmo, la salud de Hindenburg empeoró súbitamente, con lo que se comenzó a temer lo peor.

El vicecanciller se dio cuenta, en ese momento, de que se había equivocado. Él, y sus asesores. Y no se equivocaba: había cometido un error de cálculo (de ésos que Hitler nunca cometía) y había mostrado sus cartas demasiado pronto. La casta de Neudeck, con sus propios intereses y calendarios y al fin y al cabo fuertemente dependiente de que un anciano terminal, que para entonces pasaba el día amodorrado y soltando babilla por la comisura de la boca, siguiese vivo, se la había colado. Von Bose, el principal muñidor de la estrategia que ahora estaba quedando como el culo, encontró rápidamente consuelo en un argumento: es muy poco probable, le dijo a su jefe, que Göbels haya ido tan lejos con la autorización de Hitler. Lo que tienes que hacer ahora es verte con el canciller, y ponerte duro.

Von Papen, sin embargo, no lo veía tan claro. En primer lugar porque él, que conocía muy bien a Hitler, dudaba mucho de que Göring pudiese actuar de esa manera sin su conocimiento. Y, en segundo lugar, porque incluso un encuentro con el canciller ahora mismo era muy difícil. El 21 de junio, Hitler no estaba en Berlín. Estaba en la finca de Göring, puesto que el jerarca nazi había elegido aquella fiesta del solsticio para trasladar a sus tierras los restos de su primera mujer; un acto al que Hitler asistía, y al que Von Papen sólo habría sido invitado por Göring con la condición de que se metiese en la tumba de su señora y ya no saliese.

A falta de pan, Von Papen se conformó con las tortas. A mediodía del día 22, en Berlín, todos los ministros que estaban en la capital tenían previsto asistir a una conferencia del presidente de Bundesbank, el doctor Schacht, que iba a instruirles sobre aspectos relacionados con los pagos de deuda alemanes. Allí estaría el mismo Göbels. Para el vicecanciller, aquel encuentro era, probablemente, una última oportunidad. Aparecer allí, de alguna manera regañado por el ministro de Propaganda (puesto que acudir y mostrarse con él era una forma de aceptarlo), y mostrándose conciliador o incluso sumiso, podría ganarle ante Hitler y dejar todo aquel asunto en agua de borrajas. Y como lo pensó, lo hizo: acudió a la conferencia y, delante de una nube de periodistas, se encontró con Göbels, quien le ofreció una mano que Von Papen, con sonrisa de diplomático, estrechó fuertemente.

Lo increíble del asunto es que Von Bose tenía razón. A pesar de que todo el mundo en los escalones del poder y la Administración alemana asumió que las palabras de Göbels habían sido las de Hitler, el ministro de Propaganda había actuado por su cuenta. En realidad, Joseph desconocía, en ese momento, cuál era el pensamiento de Hitler, y si consideraba el paso dado durante la festividad del solsticio como algo adecuado.

Göbels sabía que había dado un paso decisivo para convertirse en eso que conocemos como el líder de una tendencia: la tendencia de izquierdas, en realidad de ultraizquierda, dentro del NSDAP. Su constante presencia ante unos medios que, además, le obedecían, con ese discurso modelo jonsismo de Ramiro Ledesma, asustando a los grandes financieros, interpretando sus convulsos tiempos como el síntoma de la muerte definitiva del capitalismo; todo eso y, ahora, su enfrentamiento frontal con la vertiente más conservadora de la sociedad alemana, el agujero negro católico de Baviera y otras áreas del país, llevaban camino de convertirlo en campeón del ala izquierda del nazismo; enfrentada a ese nazismo ultraconservador, amigo de los grandes magnates industriales, aliado con la aristrocracia de toda la vida, violentamente anticomunista y enemigo del obrero, representado en ese momento más por Göring que por Hitler; y que por ser el platillo de la balanza finalmente elegido por el Führer, ha terminado por ser el que identifica el nazismo en su totalidad.

Pero el ministro de Propaganda sabía lo suficiente del partido nazi y de su líder como para entender que la mejor forma de sobrevivir en él no era, precisamente, destacarse como líder de una tendencia, a menos que fuese la tendencia que Hitler acabase por elegir. Göbels conocía a Göring casi tanto como lo odiaba, y por eso sabía que era perfectamente capaz de atraer a su jefe al Lado Oscuro del nazismo de corte prusiano, nortealemán, mucho chunda chunda, cascos terminados en una punta de flecha, monóculo, gastronomía mantecona y toda la pesca. Y eso le daba miedo, porque sabía bien que, en el estricto segundo en que Göring no le necesitase, se las arreglaría para que una pandilla de incontrolados se lo cargase en cualquier esquina; o, peor, construiría contra él un evidentísimo caso de alta traición al mejor estilo de las purgas estalinistas.

Göbels, además, conocía lo suficiente a Hitler como para saber que aquel soldado chusquero sin futuro militar odiaba a muerte a los grandes generales de sonoros apellidos; pero que, al mismo tiempo, nunca rompería con ellos. Lo que a Hitler le salía de los intestinos no era, como a Göbels, triturar el legado de Hindenburg; sino heredarlo. Así pues, faltando algo más de una semana para la NCL, y sin tener ideas concretas, es muy probable que el ministro de Propaganda se la barruntase. Y sabía bien que, en el momento en el que se empiezan a rifar hostias, no es buen negocio estar en la boca de todos, porque entonces te conviertes en la primera persona apaleable.


Así pues, aunque no lo pareció en modo alguno, y si alguien lo hubiera dicho no habría sido creído, el Josef Göbels que asistió, en la mañana del 22 de junio, a la conferencia de Schacht, estaba acojonado. Hasta las trancas.