lunes, enero 12, 2015

Nacht der langen Messer (1: cabina de descompresión)

A lo largo de una serie de posts, voy a contarte lo que sé de la Noche de los Cuchillos Largos o, si lo prefieres, de esa especie de golpe de Estado dentro del Estado que realizó Adolf Hitler, y del que la consecuencia más conocida, pero no necesariamente la más importante, fue la muerte de Ernst Röhm y el desmantelamiento de sus Sturmabteilung o, como mejor se las conoce, SA. Que no son sociedades anónimas, sino secciones de asalto.

Este relato, como todos los relatos históricos de una mínima calidad (y éste, sin grandes ambiciones, pretende ser aseado), supone que debes de sumergirte a una profundidad a la que no vives. Que tienes que bucear en el tiempo y situarte en un punto del océano de los hechos que le han ocurrido al hombre, o que el hombre ha provocado que ocurriesen, que está a una profundidad distinta que aquél en el que tú has nacido y vives. Dentro de décadas, otros tendrán que hacer el mismo ejercicio de descompresión que has de hacer tú hoy para poder entenderte a ti y a tu tiempo: el día de hoy. Con seguridad, el día de hoy, dentro de cien años, estará caracterizado por una serie de lugares comunes, en los que además, como hoy, los historiadores serán los primeros en caer, que tenderán a simplificar la enorme complejidad del día presente. Pues bien: exactamente lo mismo le ocurre a la Alemania nacionalsocialista, y te ocurre a ti que lees esto en el año 2015. Antes de salir de las profundidades del presente, tienes que descomprimirte.

Tienes que descomprimirte, primero que todo, de la idea, que como te digo es fruto de cómo se ven las cosas hoy en día, de que Adolf Hitler y su partido nazi experimentaron una travesía en el desierto de muchos años, con golpe de Estado fallido incluido; pero que, una vez que en 1933 ganaron las elecciones, se convirtieron en dueños y señores del país, y ya no se volvieron a preocupar de ser desalojados del poder hasta que los echaron sus enemigos bélicos. No hay nada de eso. Adolf Hitler ganó las elecciones de 1933 con márgenes muy estrechos; las ganó, además, en un momento en que su partido, como tal, comenzaba a flojear en el apoyo popular. Y las ganó, esto es muy importante entenderlo, con socios.

Hitler no llegó al poder, en expresión que la sentencia del asesinato de los marqueses de Urquijo hizo famosa, solo o en compañía de otros. Lo hizo, claramente, en compañía de otros. Y esos otros, además, en algún caso, entiéndelo, tenían más predicamento ante el pueblo alemán que él. En 1933, por lo tanto, Hitler era el Führer, el jefe incontestado, de sus propios correligionarios; pero no de Alemania. Si no entiendes esto, no entenderás la Noche de los Cuchillos Largos.

La Alemania sobre la que actuó Hitler llegando al poder era un país harto. No tanto harto de la crisis económica, que se comenzaba a remontar; sino de la inestabilidad. Era un país joven, que como tal existía desde hacía bastante menos de un siglo; un país cuyo nacimiento se había, en buena medida, explicado por la figura del rey, el káiser. Sin embargo, tras acabar la Gran Guerra, el país había dicho adiós a esa figura señera, culpándola en buena medida de todos los males; pero, en la etapa siguiente, había pasado a sufrir una durísima inestabilidad, de izquierdas, de derechas, con situaciones prerrevolucionarias, tendencias centrífugas, exaltación de la depresión posderrota, manías persecutorias; todo ello acrisolado en un desencanto bastante elevado respecto de la República de Weimar.

En un proceso de reconocimiento del pasado sin reconocerlo, esto es un proceso de dificilísima relación con la institución monárquica, el pueblo alemán, o por lo menos la mayoría de él, decidió salvar a una figura: la del mariscal Paul Ludwig Hans Anton  von Beneckendorff und von Hindenburg, presidente de la nación. Héroe de la guerra, hombre ya provecto relacionado con los viejos tiempos de la Alemania prusiana, Hindenburg representa el vínculo con el pasado sin el cual los alemanes, sobre todo los prusianos y entre ellos los propietarios rurales o junkers, no sabrían vivir. Y mucho menos habrían votado a Hitler.

Hindenburg es el hombre que abrocha a los alemanes con su pasado admirado, y Franz von Papen, que en los albores de la NCL es vicecanciller alemán, es quien abrocha a Hindenburg con Hitler. Antiguo oficial de caballería, convertido, en la vejez del mariscal, en la principal voz de la derecha conservadora alemana, Von Papen cultiva de siempre su diferencia con el alemán paleto que nunca ha salido de lugares donde se coma chucrut. Casado con una mujer emparentada con un diplomático francés, es un tipo viajado y muy chic, que dice haberse curado viajando de algunas cosas, y por eso va de que él, en realidad, no es un derechista fanatizado; aunque, en realidad, es más derechona que don Pelayo.

Aunque Von Papen va de pijopera con pañuelito al cuello, en plan socio de club exclusivo tipo inglés, es persona de armas tomar. Durante la guerra ha sido agregado militar en la embajada alemana en Estados Unidos, puesto desde el cual ha organizado o alentado diversas acciones terroristas allí, incluso cuando el país aun era neutral. Es el conocimiento de la correspondencia secreta de Von Papen lo que mueve a Washington a romper con el Reich. Es, pues, en buena parte, el responsable de la entrada de EEUU en la guerra, que es como decir de la derrota de Alemania. Y también lo es de haber apuntado, con armas y bagages, a la derecha conservadora ultranacionalista alemana, a la lista nacionalsocialista. Él ha traído a Hitler; y lo sabe.

Von Papen, experto en hablar el lenguaje de los viejos militares, hombre versado en la excitación de los sentimientos nacionalistas, y con un indudable corte aristocrático, enamora, literalmente, a Von Hindenburg desde el día en que el coronel Oskar von Beneckendorff und von Hindenburg, hijo del anciano Papa alemán, se lo presenta.

Apenas volveremos a ver a Oskar Hindenburg en estas notas y, sin embargo, tiene, a su manera, tanta importancia como muchos a los que citaremos muchas veces. El coronel que tenía el derecho a portar el apellido de mayor valor en Alemania en aquellos tiempos había consolidado en la propiedad de Neudeck, en la Prusia Oriental, todo un grupo de adláteres, la mayor parte de ellos arribistas y la otra terratenientes prusianos. La mayoría de ellos están arruinados por la guerra y sus consecuencias, a pesar de sentirse miembros de la casta original que hizo grande a Prusia. Cuentan con Oskar para que convenza a su padre de que debe salvarlos; de que debe reconstruir un orden antiguo en Alemania.

Este movimiento, que no es otra cosa que la típica, tópica y sempiterna búsqueda de la subvención (pues eso busca este pequeño lobby: que el Estado les riegue con pasta para poder seguir viviendo como hasta entonces) es el padre de una idea sin la cual el nazismo difícilmente habría alcanzado el poder: el peligro cernido sobre Alemania por el este; la necesidad de consolidar una zona de seguridad en la parte oriental del país. El vestíbulo de la Lebensraun, como de la Anschluss.

El mismísimo Hindenburg, que entonces tiene 85 años, cree en este rollo. Su propia familia hubo en su día de vender una parte muy significativa de Neudeck, dejando la heredad familiar en la mitad de la mitad. Estos obsequiosos junkers que amenizan las tertulias de su hijo Oskar las compran, y se las regalan.

Desde mediados de 1931, el pensamiento de la seguridad de Alemania por su frontera oriental obsesiona al viejo mariscal, a quien su hijo come la oreja inmisericordemente en dicha dirección; y es la razón de que acabe por concluir que Hitler es su hombre. Yo ya sé que los libros de texto y tal dicen eso de que a Hitler lo encumbró la crisis económica y la humillación de Versalles; es verdad, aunque en proporción bastante parva. Lo que encumbró a Hitler no fue lo, sino quién: fue Hindenburg. Y Hindenburg lo encumbró porque estaba obsesionado con la visión de hordas de zombies eslavos bajando por la colina a matar alemanes, entre otras cosas porque pensaba, como pensaba Hitler, y también pensará o dirá que piensa el general Franco, que había una conspiración mundial para acabar con Alemania, puesto que Alemania era un estudiante demasiado listo. Lo único que hizo Hitler fue perfeccionar esa teoría.

Pero Hindenburg no llegará a Hitler por sí solo.

La camarilla de Oskar von Hindenburg se alimenta, fundamentalmente, de dos miembros. Uno es Von Papen, quien ha conseguido rápidamente vencer las resistencias de los prusianos hacia su catolicismo. El otro es Kurt Ferdinand Friederich Hermann von Schleicher, quien entonces dirige la oficina política del Ministerio de la Guerra alemán, en la Bedlerstrasse. Son estos dos elementos los que convencen al Presidente para que labre la caída del canciller Heinrich Brüning, sustituido precisamente por Von Papen. Sin embargo, el viejo mariscal acaba por preferir a Von Schleicher, verdaderamente más cercano a su perfil, lo cual es algo que Papen no soportará. Él quiere ser visir; sabe que el viejo mariscal es viejo, y eso supone una importante silla que se va a quedar vacía. Necesita contrapesar a Schleicher; y es buscando este contrapeso que piensa en Hitler.

Von Papen y Hitler se encuentran por primera vez en el domicilio de un oficial retirado que se gana la vida representando en Alemania vinos de Champagne, llamado Joachim von Ribentropp. El político católico le promete a Hitler convencer a Hindenburg de que el austríaco merece la pena, si él acepta apoyarle. Hitler acepta; en parte por ambición, y en parte por odio: Von Schleicher ha osado prohibir la exhibición pública de camisas pardas.

Tu proceso de descompresión, querido lector, debe empezar por asumir que cuando Hitler llegue al poder, lo hará debiendo favores: muchos, y muy importantes, favores, fundamentalmente a Von Papen. Pero, además, no llegará siendo la principal figura de Alemania. La principal figura de Alemania, la que da y quita, no es él; es Von Hindenburg.

Otro elemento importante de descompresión: para poder entender la NCL es básico que te quites de la cabeza esas escenas de las pelis en las que los militares alemanes se saludan unos a otros brazo en alto. Es más: debes de asumir que todo aquél que utiliza una expresión muy común: «Ejército nazi», está cometiendo un error muy gordo, debido a la ausencia de descompresión.

Meses después de la llegada de Hitler al poder, en la cúpula del Ejército alemán apenas ha habido, si es que ha habido alguna, purgas de miembros considerados como no puramente arios; esto ya nos debería dar la pista de que la nazificación del estamento militar es mucho más difícil de lo que admiten los guiones de Hollywood; de hecho, en realidad Hitler nunca confió en sus generales, y siempre pensó (en buena parte, no se equivocaba) que todos aquellos tipos con interminables apellidos, tan repletos de von und von und von que sus nombres parecían un after hours de música trance, en el fondo despreciaban a aquel tipo de Linz que había progresado con un apellidito inventado.

El Ejército alemán, por imperativo de Versalles, tiene sólo 100.000 miembros, y todos ellos son veteranos; por mucho que esto no sea del todo cierto, porque ya antes de Hitler las tropas alemanas están realizando proyectos secretos de rearme. Por ejemplo, el primer submarino será construido, en la semiclandestinidad, por orden precisamente de Von Schleicher, no de Hitler.

En puridad, un elemento importante de la descompresión necesaria, lector, es entender que, más que sostener Hitler al Ejército, en  el momento de llegar el austríaco al poder, han sido las Fuerzas Armadas, durante mucho tiempo, las que le han sostenido a él. Es más: en buena parte, El Ejército ha «inventado» las SA. Tan pronto como 1923, es la Séptima División de la Reichswehr, la de Munich, bajo el mando del general Franz Ritter von Epp, la que financia las SA. Era el general el que mandaba la infantería de aquella división, mientras que el entonces capitán Ernst Röhm era apenas un miembro del Estado Mayor. El jefe superior de la división, el general Otto von Lossow, a pesar de ser radicalmente nacionalista, no gustaba de financiar elementos que estuviesen contra el Estado, por lo que terminó por cortar el grifo del dinero. Las vinculaciones entre las SA y la Reichswehr son tan estrechas que las secciones de asalto de las primeras tenían exactamente los mismos límites territoriales que la organización de la segunda. Por lo demás, un Ejército que, por imperativo del armisticio, no podía superar un determinado tamaño, no podía dar la espalda a una fuerza que andaba por el millón y medio de miembros.

Sin embargo, cuando Hitler llegó a la Cancillería, la posición del Ejército respecto de las SA cambió radicalmente. En primer lugar, porque la llegada al poder de los nacionalsocialistas viene a suponer el levantamiento progresivo de las limitaciones a los medios de las Fuerzas Armadas; entre otras cosas, se abre seriamente la posibilidad de poder imponer el servicio militar obligatorio. En este punto, paradójicamente, Hitler trabajó contra sí mismo, puesto que reforzando las posibilidades del Ejército conseguía que la dependencia de éste respecto de las milicias nacionalsocialistas se disolviese.

El segundo gran factor son los problemas que la existencia de las SA plantea al Ejército alemán a la hora de conseguir un clima de confianza con los vencedores de la Gran Guerra. En el marco de la Sociedad de Naciones primero, y después de las conversaciones bilaterales francoalemanas que se desarrollaron entre diciembre de 1933 y abril de 1934, cada vez que París quería estirar la cuerda y hacer parecer que la rompía, sacaba el tema de las SA. Es importante, lector, que retengas el dato de que el 17 de abril de 1934, apenas seis semanas antes de la matanza, los contactos francoalemanes, monitorizados por Londres, terminan en fracaso con la Nota Barthou, en la que el ministro de Exteriores galo Louis Barthou escribe que «el Gobierno francés rechaza de plano el rearme alemán». A partir de ese día, en el Ejército alemán habrá muchos mandos que creerán firmemente que son las SA las que impiden un entendimiento con París (porque forma parte de tu ejercicio de descompresión entender que no todo el mundo en la Alemania de Hitler quería la guerra).

La tercera y gran razón para el cambio de ideas de las Fuerzas Armadas es la consecuencia que tiene la llegada al poder del NSDAP en términos de soberbia por parte de las SA. El obergruppenführer de estas secciones de asalto en Berlín tenía a su cargo 250.000 personas, lo cual es dos veces y media más que los que tenía su par en la Reichswehr. Es normal que se sintiese más poderoso,  y más importante. Con la llegada de Hitler al poder, las SA se dan cuenta de su fuerza, y comienzan a coquetear con la idea de, en lugar de ser ellas absorbidas por el Ejército, se acabe haciendo la operación contraria. Cuando menos, los mandos de las secciones se hacen fuertes en la reivindicación de ser admitidos en el Ejército con el mismo grado que alcanzaron en las secciones de asalto.

Paulatinamente, pues, el Ejército empieza a desarrollar la idea de que una cosa es aceptar a Hitler, y otra es aceptar a las SA.

Hay que tener en cuenta, además, que al frente del Ministerio de Defensa del gobierno de Hitler no está una persona de su confianza; en realidad, Hitler, cuando nombra al general Werner von Blomberg, ni siquiera lo conoce. Forma parte de tu ejercicio de descompresión entender que, si es estúpido hablar, en 1934, de «Ejército nazi», lo es casi en la misma proporción hablar de «gobierno nazi». Esto es así porque el viejo Hindenburg (y este detalle debería bastarte para entender que Hitler no tenía el poder absoluto) se ha negado a que los dos ministerios fundamentales del gobierno: Asuntos Exteriores y Guerra, estén ocupados por nacionalsocialistas. Así las cosas, Hitler escoge para el primero al embajador en Roma, el barón Konstantin von Neurath; y, para el segundo, al comandante de la división radicada en Könisberg, Von Blomberg. El ministro de la Guerra no es un aristócrata al uso, y es probable que por eso lo eligiese el de Linz; además, se demuestra un hombre con mucha mano izquierda, que, si bien acepta que el uniforme militar incluya la cruz gamada, se niega al ingreso en las Fuerzas Armadas de instructores nacionalsocialistas.

¿Qué piensa Hitler, en el momento de llegar a la Cancillería, de las SA? Con casi total seguridad, ni tiene una mala opinión de ellas, ni las considera inútiles, una vez que el poder se ha conquistado. De hecho, una de sus primeras declaraciones tras llegar a la Cancillería será, precisamente, afirmar que la labor de las SA no ha terminado. En enero de 1934, para más inri, decide que Röhm, jefe de Estado Mayor de las secciones de asalto, se siente en el Consejo de Ministros. Este favoritismo convierte a todo aquél que esté apuntado a las SA en una especie de privilegiado, al que, por ejemplo, en el caso de que sea llamado para algún servicio, su empresario deberá pagarle las horas que ha faltado como si las hubiese trabajado. Por lo demás, cuando ese hombre, solo o sobre todo en comandita, se pasa un poco de la raya, rara vez tiene problemas con la Policía, entre otras cosas porque en muchos lugares de Alemania, el jefe de Policía lo es también de la sección de asalto local.

Convertidas en una fuerza impresionante de dos millones y medio de hombres, muchos de ellos desempleados o gentes totalmente desinteresadas de la política que todo lo que quieren es el poder de aporta la camisa parda, las SA no cesan de ocupar edificios hermosos en las mejores zonas de las ciudades de Alemania para crear sus cuarteles generales. Todo se les permite, y se compra para ellos los mejores equipamientos.

Röhm y Hitler, es cosa sabida, habían entrado en el NSDAP más o menos al mismo tiempo. El capitán Röhm fue la primera persona que apreció la habilidad dialéctica de Hitler y lo animó a convertirse en un líder político, como también fue el hombre que facilitó su desmovilización. En 1919, se había apuntado a uno de esos cuerpos francos paramilitares o Freikorps que surgieron, normalmente al mando de antiguos militares retirados, y que hicieron de los comunistas su principal objetivo. Formó parte de las fuerzas que, al mano de Von Epp, lucharon para implantar en Munich el gobierno derechista de Gustav von Kahr (su vinculación con Röhm irá más allá, pues Von Kahr será una de las víctimas de la NCL). El éxito de la iniciativa le devolvió al capitán Röhm un puesto en el Estado Mayor de la fuerza bávara. Este nombramiento es oro molido para Hitler pues, desde allí, su amigo Ernst desviará todos los fondos que pueda en favor de los nacionalsocialistas y de sus primeras fuerzas, entonces al mando de Emil Maurice. Es Röhm quien convencerá a importantes jefes de cuerpos francos para que los disuelvan y los integren en la fuerza nazi; él llena las venas del nacionalsocialismo de plaquetas. Por supuesto, también atrae a los más echados para delante: Manfred Freiherr von Killinger, el asesino de Matthias Erzberger; o Edmund Heines, el de Walther Rathenau.

El putsch nacionalsocialista de 1923 supone su expulsión del Ejército, además de la prisión y más tarde el exilio, que le llevará a prestar servicio al Ejército boliviano. Pero el 30 de enero de 1933, tras la victoria, estará al lado de Hitler en el momento en que éste traspase la Puerta de Brandenburgo. Bajo el paraguas del poder hitleriano, las SA se convertirán en un cuerpo muy poderoso. Para empezar, la cúpula de las secciones de asalto se peta de aristócratas. En la misma se escuchan y se leen los títulos del barón de Falkenhausen, del conde Spreti, del príncipe de Waldeck. Los diez obergruppenführer manejan recursos ingentes. Ya hemos dicho que Karl Ernst, que es el de Berlín, comanda un cuarto de millón de hombres sin apenas tener 35 años. No mucho tiempo atrás era camarero, y ahora manda sobre el cuarto hijo del káiser, el príncipe Augusto Guillermo de Prusia.

Para entonces, el nazismo ya tiene otra fuerza propia, las SS. Las SS son distintas, sin embargo. Las SA se vanaglorian de aceptar a cualquiera; para entrar en las SS, hay que ser invitado. Es una fuerza muy inferior. Hitler quiere que sea la décima parte que las fuerzas de las SA, pero en 1934 está muy lejos de alcanzar ese umbral: apenas tiene 10.000 miembros.

El primer jefe de las SS fue Julius Schreck, aunque es normal que se no se lo cite porque nunca fue Reichsführer. Ese cargo fue creado por Joseph Berchtold, aunque muy pronto fue puesto bajo las órdenes de Heinrich Himmler, que ya dirigía la policía secreta o Gestapo.

La otra gran cosa que necesito que hagas para descomprimirte de la imagen que la Historia, digamos, mediática, ha dejado en muchas cabezas, y tal vez en la tuya, es la del NSDAP como un movimiento monolítico. A ver: yo no estoy diciendo que el nazismo alemán se plantease alguna vez tener un jefe distinto de Adolf Hitler; lo que estoy diciendo es que, por debajo de ese mando superior, el nazismo albergaba ambiciones e ideologías distintas que, incluso, en ocasiones se llevaban mal, o muy mal.

Hitler, de hecho, no era ningún tonto, y en aquellos años prebélicos siempre estuvo al cabo de la calle de que los suyos le pudieran mover la silla. Probablemente, la primera persona de quien lo temió fue de Gregor Strasser, un farmacéutico bávaro que había sido teniente de infantería en la guerra y que tenía un porte bastante impresionante. Hitler nunca lo apreció porque lo temía, y eso a pesar del enorme servicio rendido por Strasser al NSDAP, ya que es gracias a él que en nazismo prendió en la Alemania del norte. Siendo el jefe del NSDAP en el Reichstag, Strasser tenía contactos que a Hitler le faltaban; por no mencionar el hecho de que en la Alemania del norte tenía, no pocas veces, más predicamento que el propio Hitler, que era visto allí como un típico bávaro. Sin embargo, también porta el baldón de que su hermano Otto haya abandonado el nacionalsocialismo. Además, su idea, anterior a las elecciones de 1933, de que Hitler debería participar en un gobierno conservador sin exigir la Cancillería, terminará por separar a ambos camaradas.

La caída en desgracia de Strasser tiene su importancia, porque es la que abre las puertas de la Propaganda del partido a Josef Göbbels.

La popularidad inicial de Göbbels entre los nazis queda adverada por estos versos que solían cantar entonces los camisas pardas:

Mein lieber Gott, mach mich blind
dass ich Göbbels arisch find

Algo así como: «Dios Todopoderoso, déjame ciego, para que así pueda creer que Göbbels es ario».

Originario de Westfalia, tiene cierta fama de hombre de izquierdas. Y cultiva esa imagen. No para de decir, y de gritar, que «el enemigo es la reacción» y que hay que hacerle «la guerra al capitalismo». Göbbels no controla tropas, ni policía secreta, ni nada. Y tiene un montón de enemigos dentro del Partido. Muy especialmente, Hermann Göring.

Con su entrada en el NSDAP, Göring ha aportado al movimiento el prestigio de un soldado con nombre y con fortuna personal. En 1931 es presidente del Reichstag y, después, además de ser ministro del Aire, tomará, en competencia con Von Papen, un título de gran importancia para él: Presidente del Consejo de Prusia.

Porque Göring es, o quiere pensar que es, uno más de los hombres de poder prusianos que son la esencia de Alemania. Se identifica con esos propietarios que han convencido a Hindenburg de que hace falta garantizar la seguridad del país por su frontera oriental, y que ven en las tradiciones prusianas el alma de Alemania; en oposición a Hitler, a quien sus raíces bávaras y su afición por la ariosofía tienden a situar la grandeza de Alemania en tiempos legendarios que se pierden en la noche de los siglos. Göring, al revés que Göbels, sí que tiene en Prusia una fuerza armada propia.

En Berlín, los dos gatos, Göring y Göbbels, se distribuyen poderes. Todo lo que tiene que ver con Prusia le pertenece al primero; Göbbels, por su parte, se ha hecho con la jefatura de la organización política del Partido en Brandenburgo, y como tal maneja una impresionante red burocrática con mucho poder efectivo.

Ambos elementos del Partido ambicionan la voluntad de Hitler. No ambicionan sustituirlo, porque son lo suficientemente inteligentes para saber que eso es prácticamente imposible. Pero ambicionan llevar al Führer a su terreno y, una vez allí, conspirar para capitidisminuir y, en el mejor de los casos, fusilar, a su contrario. Göring quiere acabar con Göbbels, y Göbbels con Göring. Y, en un primer momento, ninguno de ellos cuenta con fuerza suficiente para intentarlo. Pero, claro, si uno de los dos lograse atraer hacia así a dos millones y medio de alemanes distribuidos por todo el país, extraordinariamente bien armados, acostumbrados a obedecer, y dispuestos a seguir adonde sea a su jefe de Estado Mayor y sus diez comandantes, la cosa cambiaría.

Esta posibilidad, siquiera teórica (aunque, ya lo escribiré, en mi opinión no tiene nada de teórica), es la que labrará la desgracia de las SA, y de su supremo jefe.

En fin, si en este punto piensas que la Alemania nazi no era, en 1934, ese bloque monolítico, sin grietas, y al que toda Alemania, Ejército incluido, obedecía a la voz de ya, te has descomprimido.

Aunque no tenga tan importancia para nuestra historia, también conviene contar que en aquella Alemania hay más fuerzas que tienden a contrapesar al nacionalsocialismo y al propio Hitler. Están, por ejemplo, los monárquicos. El Kronprinz sueña con llegar a ser Káiser de Alemania desde la caída de la República de Weimar, y sabe que cuenta con un apoyo importante, que es el Stahlhelm, los Cascos de Acero, fuerzas formadas por viejos veteranos del Ejército que se muestran muy poco proclives a asumir que un mísero soldado de primera sea Canciller. El hermano del heredero, ya lo hemos dicho, es diputado nazi y standartenführer. Él mismo declarará, en 1932, que votaría a Hitler contra Hindenburg. Pero esos contactos con el NSDAP son meramente tácticos; cosa que, por otra parte, Hitler sabe bien.

El Stahlhelm está al mando de Theodor Duesterberg y Franz Seldte. El primero de ellos siempre expresó poca simpatía por los camisas pardas, por lo que con la llegada de Hitler al poder deberá esconderse un poco. El segundo, sin embargo, siempre defendió un entendimiento con los nacionalsocialistas. Nombrado ministro de Trabajo, acabará colocando el Casco de Acero bajo el paraguas de Hitler, reconvertido en la Asociación Nacionalsocialista de Antiguos Combatientes.


Nos veremos pronto.