lunes, febrero 09, 2015

Nacht der langen Messer (7: Berlín, Colonia, Nuremberg, Hamburgo... y Kitzingen)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.



En el aeropuerto de Tempelhof, Rudolf Hess y Joseph Göbels están esperando al canciller. El ministro de Propaganda llega de Munich, donde se ha visto con Röhm; un encuentro del que pronto se arrepentirá y que procurará borrar en sus huellas por completo. Pero su movimiento tiene lógica. Como ya hemos dicho, Joseph está bastante acojonado porque no sabe exactamente cuál va a ser la reacción de Hitler a sus acciones; y por eso ha ideado un acercamiento a dos bandas: a Göring, a la derecha de Hitler; y a Röhm, a la izquierda. Trata de jugar a grande y a chica a la vez para quedarse con el envite que finalmente lance el jefe.

El tercer elemento de su estrategia es comerle la oreja a Hitler, y es lo que comienza a hacer, nada más bajarse éste del avión, desplegando argumentos sobre los graves peligros que acechan al Partido. El Führer, sin embargo, lo sorprenderá. En el coche, Hitler se marca uno de sus discursos interminables, en los que no sabe bien si habla con su interlocutor o consigo mismo; discurso en el que dice que lo que hace falta es tranquilizar Alemania, lo cual pasa por acabar con los extremismos. Y, en ese punto, se lanza a una crítica salvaje de Von Papen... y de Röhm.

Ante un Göbels que no logra pasar la saliva por su nuez, Hitler sigue: «todos aquéllos que llaman a una segunda revolución me separan de los elementos razonables de Alemania. Yo no soy Lenin. Yo quiero el orden». Acto seguido, nunca sabremos si por inocencia o sabiendo muy bien lo que hacía, Hitler le dice a Göbels: «Göring me ha enseñado los informes de Himmler [se refiere a las cartas de Heines]. Tú ni te imaginas lo que esos tipos dicen de mí. Yo no les sirvo».

Dentro de la cabeza de Göbels suena un «¡Hostias!» de gran calibre. O sea: ¿Göring tiene informes precisos? ¿Sobre los extremistas del NSDAP? Al instante, por supuesto, se pregunta: ¿por qué me está confiando Hitler todo esto a mí?

Sobre él mismo, se dice, todavía hay duda. Pero lo que está claro es que las SA están condenadas; en ese momento, es muy posible que Göbels piense que «condenadas» se refiere a su existencia como unidad paramilitar; es más que probable que no sea ni medio capaz de imaginar la que han pensado montar su jefe y Göring. Pero la cosa es que él viene de Munich, de prometerle a su camarada Ernesto que intervendrá ante Hitler para «contrarrestar a los aristócratas y a los generales». ¿Será capaz de avisar a Röhm de que éstos mismos son en los que confía ahora Hitler?

Hitler está en el coche en medio de ese tremendo estado de nervios en el que, en realidad, pasó todo el mes de junio de 1934. Pero en todo el viaje no le hace ni un solo reproche personal a Göbels, y esto le sirve al ministro de Propaganda para darse cuenta de que, cuando menos de momento, el tema no va con él. Sabe bien que su jefe, cuando está dominado por la cólera, no es capaz de los sutiles movimientos de doblez diplomática en los que es un consumado maestro cuando su tensión diastólica está dentro de lo normal. Si no se han hecho reproches, no los hay; por eso, se dice, todo se reduce a avanzar a partir de ahora sin tropezar.

Él también, a su manera, condena a Röhm a muerte.

Así las cosas, Joseph Göbels, el mismo que veinticuatro horas antes se habría apuntado feliz y contento a la segunda revolución de Röhm si hubiese estallado, ahora asiente, pastueño, mientras Hitler instruye a Rudolf Hess para que se convierta en su portavoz en esos días, y que explique a los alemanes que su canciller no presta oídos a los discursos radicales que se oyen por ahí, y que sólo mira hacia el futuro.

Hess cumple su misión el lunes 25 de junio. El día antes, domingo, la policía de Colonia, ciudad colocada en el epicentro católico de Alemania, ha sido advertida de que tiene que crear y convocar un acto multitudinario en 24 horas. El encargo recayó en Rudolf Diels, a quien Göring, que lo conocía de la policía prusiana, había colocado de prefecto de policía de Berlín (nombramiento que, por cierto, la Wikipedia cita con posterioridad a la NCL, lo cual es un error) y que para el 25 había sido enviado, en semi-exilio, a Colonia.

Diels es un hombre de la cuerda nacionalsocialista; él, de hecho, había interrogado al principal sospechoso designado por los nazis para el incendio del Reichstag, Marinus van der Lubbe. Es un hombre del ala izquierda nacionalsocialista, ésa que según las gentes de izquierda, y muy especialmente sus intelectuales, nunca existió. De hecho, es compañero habitual de juergas de Röhm y de Helldorf, el condesito de asalto. A Diels, el encargo le viene de maravilla, pues sabe que por esos tiempos Göring, quien ya no es su protector, está preparando una lista de los prefectos de policía de poca o nula confianza de los que hay que deshacerse. La llegada de Hess, un tipo que además le va a dejar a hacer porque las luces no son su principal infraestructura, le supone la oportunidad que estaba esperando para hacer puntos antes los jerarcas nazis.

[De nuevo, la Wikipedia nos dice que Diels escapó a la NCL gracias a Göring. Con todos los respetos, yo creo que fue gracias a sí mismo, y lo bien que regateó su destino en el acto de Colonia.]

El discurso de Hess contrastará en gran medida con los otros recientes dictados por Göbels. El lugartaniente de Hitler se embarca, básicamente, en una alabanza sin ambajes del liderazgo del canciller y jefe del NSDAP. Más aun, se preocupa muy mucho de explicarle a aquellos alemanes católicos que Hitler es, en ese momento, la única capacidad de decisión efectiva que existe en Alemania.

«Una sola persona», freme el cejudo nazi, «está más allá de toda duda: el Führer. Todo el mundo sabe que siempre ha tenido razón y que siempre la seguirá teniendo. Él obedece a una llamada de lo alto [sic] para dirigir los destinos de Alemania. Y esto no acepta crítica alguna.»

Inmediatamente, después, se refiere a aquéllos que, dentro de su propio partido, anuncian una segunda revolución con las siguientes palabras: «sólo el Führer puede definir el ritmo y la dirección de la revolución. Sólo él puede llevar a buen fin lo que ha comenzado. Es posible que algún día sea necesario evolucionar con la ayuda de herramientas revolucionarias. Esperamos sus órdenes. ¡No hay necesidad de muletas!»

Hess no fue el único que hizo discursos esos días. Ese mismo día 25, Hermann Göring habló en Nuremberg, y al día siguiente en Hamburgo. El primero de los discursos lo dedicó a criticar a Papen sin citarlo, afirmando que «ahora no necesitamos de la fría razón, sino del ardor». Sin embargo, al día siguiente, en Hamburgo, su tono fue totalmente distinto. La melodía göbelsiana había desaparecido. Fue un discurso claramente dirigido a los alemanes de derecha, no nacionalsocialistas, para que se aglutinasen alrededor de Hitler. Fijando posición en torno al futuro político del país, dijo: «es a nuestros hijos y nietos a quienes tenemos que legarles la capacidad de decidir la forma política de Alemania. La cuestión monárquica no es de actualidad. Los que vivimos el momento presente debemos felicitarnos de contar con Adolf Hitler». A los estudiosos del franquismo les ha de sonar esta teoría de «la monarquía después del Jefe».

Hitler, hemos de suponerlo, escuchó el 25 aquellos discursos con fruición; aunque tal vez el de Göring no le gustase del todo, lo que hace pensar que tal vez él mismo no fue ajeno al sustancial cambio de tono del día siguiente. En todo caso, aunque podamos pensar que estas novedades lo relajaron, en realidad otras lo pusieron todavía más histérico de lo que ya estaba.

En efecto: el día 25 de junio de 1934, Benito Mussolini invitó formalmente al canciller austríaco Dollfus a pasar el verano con él en su mansión romañesca. Fue la forma que tuvo el fascismo romano de dejarle claro al fascismo alemán que seguía considerándose garante de la independencia austríaca; algo que Hitler esperaba haber cauterizado durante la visita de Venecia y que le obligaría a realizar todo el montaje de la Anschluss.

También durante esos días, Hitler cayó en la cuenta de otro elemento más que, por si no tenía suficientes, lo empujaba hacia la NCL. Aquel verano de 1934, la política monetaria del nazismo, que éste había criticado tanto en otros gobiernos, había generado graves problemas en la masa de recursos de la economía alemana. Cuando Hitler llegó al poder, el oro en poder del Bundesbank cubría unos 920 millones de marcos. Pero en el verano de 1934 esta cobertura era de apenas 150, lo cual quería decir que sólo el 5% de las monedas en circulación estaba cubierta por las reservas.

Estas circunstancias significaban una cosa para Hitler: quisiera o no, por mucho que, tal vez, lo desease ardientemente en su fueron interno, él no podía convertir Alemania en el patio trasero de un cuartel de las Juventudes Hitlerianas. Todos los ministros y altos funcionarios nacionalsocialistas, desde Von Blomberg hasta Von Schacht, pasando por Von Neurath o Franz Seldte, le eran necesarios.

De hecho, aquella sensación de imprescindibilidad hacía a esos ministros no nazis muy temerarios a la hora de defenderse. Eso fue lo que hizo, sin ir más lejos, Franz Seldte. Hasta aquel momento, Seldte, antiguo jefe del Casco de Acero, había aceptado algunos hechos «iluminados» por Röhm como parte del juego; entre ellos, incluso, la detención de su camarada de los cascos, Theodor Duesterberg.

A principios de aquel mes de junio, el prefecto de policía de Halle, notablemente coordinado con el NSDAP, había prohibido a los cascos de acero entrar en el museo nacionalsocialista de la localidad, aun llevando la camisa parda, siempre que llevasen algún otro distintivo distinto del de las SA. Algunas viejas glorias de la primera guerra, que eran el público habitual de los cascos, habían intentado burlar esta orden, lo que había provocado conflictos.

El día 11 de junio, Franz Seldte se desplazó a Magdeburgo, donde había sido retenido por unos guardias de asalto durante algunas horas. Al parecer, querían impedir que tomase la palabra, como estaba previsto, en una reunión del Stalhelm.

Era prefecto de Magdeburgo Konrad Schragmüller (quien, por cierto, era hermano pequeño de una espía alemana de la Gran Guerra, Elsbeth Schragmüller, más conocida la Señorita Doctora, o sea Fräulein Doktor). Conrado ya era para entonces un alto mando de las SA. Schragmüller permaneció ilocalizable cuando el ministro Seldte se puso como el puma de Baracoa; y, con posterioridad, cuando apareció, pretendió explicar que las secciones de asalto no habían reconocido al señor ministro, y prometió una investigación que, sin embargo, a finales de junio, allá por ese 25 de los discursos y los disgustos, no parecía haber siquiera empezado.

A esta astenia policial se unía, para el Stalhelm, el agravante de que la prensa nada había dicho del gravísimo incidente y, sin embargo, por esas mismas fechas se estaba cebando con el conocido como affaire Kitzingen.

Kitzinguen es un pequeño pueblo pomeranio donde, por lo general, no pasaba gran cosa (tiene unos 20.000 habitantes; es posible que hoy tampoco pase mucho). El día 24 de junio, se celebró la típica parada militar en la que participaban todas las fuerzas paramilitares representadas en el pueblo. En el curso de la parada, el jefe local de las SA, un tal Matzahn, quiso dar órdenes al jefe de la formación, miembro de la Asociación Nacionalsocialista de Antiguos Combatientes. Este señor, jefe de sección del Stalhelm y del que he podido averiguar se apellidaba Kammerow, lo mandó a la mierda. Comenzó una pelea, que si hijo puta que si cabrón, y Kammerow saca la faca y apuñala al joven y fogoso Matzahn, causándole la muerte (que, de todas formas, teniendo en cuenta el fogoso temperamento del jovencito, la verdad es que el excombatiente no hizo otra cosa que adelantar su encuentro con Widukind y los héroes ariosóficos; pues con más que certeza podemos avizorar que un elemento como Matzahn habría caído en la NCL sí, o sí).

La prensa nacionalsocialista se apresuró a solicitar un juicio sumario, seguido de ejecución (como se ve, la demanda ya proveía de la sentencia) en la persona de Kammerow. Juicio que sabemos que no llegó, aunque cuando menos a mí me sea imposible deciros qué fue exactamente de él. El NSDAP reclamaba también la clausura del Stalhelm, además de reprochar a la derecha no nazi la tibieza con que informaba de este tema.

Será en este ambiente en el que, el día 28 de junio, apenas horas antes de la NCL, el ministro Seldte publique una nota de prensa en la que afirma: «los Cascos de Acero se consideran una parte integrante de la nueva Alemania. Rechazan el incidente de Kitzingen, pero no aceptarán que éste sirva para tratarlos como un elemento de oposición. Nosotros no queremos vernos implicados en luchas fratricidas. Exijo que se respete el acuerdo que yo mismo firmé con Ernst Röhm el 28 de marzo de 1933».

Göbels quería una respuesta categórica del canciller a esta nota de Seldte. Muy probablemente, porque conocía cuál era la opinión de Röhm al respecto, y quería respetarla, tal vez por poner una pica más en el Flandes de la izquierda nacionalsocialista, no fuese que finalmente ganasen la partida. Pero Hitler no le hizo ni caso. Le contestó fríamente (y le mintió): «nos ocuparemos de esto a la vuelta».

Decía «la vuelta» porque Hitler, una vez más, se ausentaba de Berlín. Tenía una cita en Essen, en las factorías Krupp, el día 28 de junio.

Se marchaba hecho un manojo de nervios. Sabía lo que iba a hacer. Lo que no tenía tan claro, es cómo. En ese momento, aunque en puridad ni Hitler lo supiese todavía, todo dependía de la cara que pusiese un hombre westfalio entonces de 44 años, marcial, relativamente bien parecido (su rostro podría pasar por el de cualquier secundario de películas del Oeste), Cruz de Acero y Cruz de Honor por sus méritos en la Gran Guerra, llamado Viktor Lutze.

Pero ya llegaremos a eso. Paciencia. De momento, volemos hacia Essen, sentados junto a un Adolf Hitler que mira por la ventana como si quisiera ahorrarse el diálogo con sus vecinos de asiento (es eso exactamente lo que quiere), mientras mira el cielo y retuerce alguna pequeña guedeja de su minúsculo bigote.


No le interrumpas. Está contando cadáveres.