martes, enero 27, 2015

Recapitulación griega

Hace algún tiempo, publiqué en este blog una serie de cuatro artículos dedicada a la moderna Historia de Grecia. Es evidente que en las últimas horas me ha rondado la cabeza la idea de recuperarlas, colocando un post con los enlaces. Finalmente, me he decidido por hacer algo más, que es refundir todos los textos en uno solo, de orden recapitulatorio, que es el que podéis leer aquí. 


Las razones son obvias. Tras la victoria de la izquierda radical en las elecciones, que gobernará con la ayuda de un pequeño partido de derechas que sin embargo comparte su euroescepticismo con los ganadores, para Grecia se abre una nueva etapa. Bueno, en puridad el tema consiste en dirimir si, realmente, nos encontramos ante una nueva etapa. 

Las personas optimistas, que normalmente son aquéllas que comulgan ideológicamente con los ganadores, entienden que sí, que va a haber una nueva etapa porque los que hoy gobiernan Grecia nunca han gobernado (aunque más preciso sería decir que nunca se les ha permitido gobernar) y van a hacer las cosas de otra manera. A mí me vas a permitir, querido lector, que sea un poquito escéptico. Y por dos razones.

La primera de las razones es que el poder político, y no digamos en Grecia, tiene fuertes elementos estructurales. No niego que las intenciones del nuevo gobierno son ciertas en pro del desarrollo y la igualdad y contra la corrupción. Pero una nueva clase política no se inventa de la noche a la mañana, y la magnitud de la victoria de Syriza es tan enorme que, al igual que le pasó al PSOE en 1982, o a la coalición republicana en 1931, tendría que inventar una nueva clase política en apenas unos meses. En ninguno de los dos ejemplos españoles citados pasó eso; ambos reformadores tuvieron que conservar buena parte de las estructuras heredadas, y es obvio que cuando conservas la misma cañería, heredas sus escapes. Por no mencionar que considerar que todos los nuevos administradores de la cosa pública nombrados por Syriza van a ser honrados equivale a creer que Grecia es el bosque de Winnie de Pooh.

Yo más bien creo que la Historia demuestra bien claramente que los gobiernos que llegan aupados por una Gran Esperanza corren serio peligro de ser objeto de Grandes Decepciones pasados algunos meses. Es el famoso «no es esto, no es esto» de Ortega sobre la II República; pero es, también, la violenta hostilidad que desplegó en anarquismo contra esa misma República, en cuanto se dio cuenta de que el nuevo régimen no iba a hacer las cosas como él quería. 

La segunda de las razones es, y es por esto que escribí en su día esta serie, porque en el tema griego hay muy poquitas cosas nuevas bajo el sol. Si Alexis Tsipras cumple lo que ha prometido, lo que va a hacer Grecia ya lo ha hecho en otros momentos, incluso muy cercanos en el tiempo: ante los problemas, huir hacia adelante. Dice Syriza que la clave de bóveda del futuro de Grecia es obtener para el país un pacto como el que tuvo Alemania en 1953, o sea una quita significativa de su deuda; que le permitiría, en consecuencia, poder gastarse el dinero que ahora debe invertir en devolver lo que le han prestado en crear empleo (básicamente público) y pagar prestaciones sociales generosas para sostener el nivel socioeconómico del país. Pero es que, como digo, nada de esto es nuevo.

Fijaros en esta foto, que reproduce una cosa que cuelga de una de mis paredes:




Se trata de un bono del Estado griego de 1898 que compré una vez. Como podéis ver los que entendáis de este tipo de cosas, le faltan los cupones; lo cual quiere decir que quien quiera que fuese el tenedor de este activo en su día, cobró los intereses como un pichi. Dato que demostraría que, cuando menos hace un siglo y pico, Grecia honraba sus compromisos. 

¿Seguro? Fijémonos en uno de los párrafos del clausulado, que en el bono se reproduce (de ahí las tres columnas) en griego, inglés y francés:



Para los que no leáis la angloparla: este párrafo viene a decir que esta deuda ha de pagarla el Estado griego; pero que, si por cualquier razón no la pagare, deberán responder mancomunadamente por ella los gobiernos de Francia, Gran Bretaña y Rusia. 

El mejor resumen que se me ocurre de mis notas, que en ellas está escrito, es la frase: Grecia es un país que nunca, desde que existe modernamente, ha autofinanciado su economía. No estoy diciendo necesariamente que sea esto culpa de los griegos, porque en buena parte lo es del protectorado de facto establecido, primero por Gran Bretaña, y después por Estados Unidos, con el objeto de mantener al país dentro de la órbita occidental. Pero es un hecho que el experimento griego es una de las mejores demostraciones de lo que pasa cuando algo lo subvencionar para que exista a pesar de ser débil, pensando que esa subvención lo va a hacer fuerte: lo que hace es eternizarlo en su debilidad. 

Sirvan, pues, estas consideraciones de moderna introducción a un texto que yo creo que sigue teniendo algún, no sé si mucho, interés.

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Reconozco que soy muy exigente con la televisión. Es porque no tengo demasiado tiempo de verla, así pues me gusta que, cuando me siento a ver un programa, especialmente si es seriado y seguirlo me va a tomar varios días, merezca realmente la pena.

Esto, en lo que se refiere a los programas que tienen una carga histórica, pasa por comprobar que los guionistas no hacen trampas en el solitario y se dedican a hacer el pollas con los hechos más o menos verídicos o conocidos. Por eso, en su día, ya me he despachado en este blog sobre cosas como la versión antenatresera de la figura de Viriato (que se parece a la realidad lo que Silvester Stallone a sir Lawrence Olivier) o la alucinógena versión que de los principios de la II República española nos dio la serie de TVE 1 con el mismo título, que era a la realidad de las cosas lo que los concursantes de Operación Triunfo a Wolgang Amadeus Mozart.

De un tiempo a esta parte, se estila bastante en nuestras televisiones la elaboración de series que recensionan la vida de gentes vivas. Política rentable, aunque peligrosa. Es muy fácil que el relato de la vida de un famoso de hoy pueda quedarse, o bien en la crítica fácil y poco documentada que busca el escándalo, o bien la simple y pura mamandurria hagiográfica, a la mayor gloria del personaje.

Tiempo ha, llegado a casa, en la tele del salón me encontré a dos jóvenes actores españoles recreando los papeles de Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia en su juventud de recién casados. Me enteré de que era una serie dedicada más bien a la segunda, o sea a la actual reina de España que, con su sola presencia, declama nuestro cosmopolitismo: los españoles somos reinados por una dinastía francesa, cuyo último vástago coronado se casó con una mujer griega perteneciente a una dinastía de origen danés. Ah, si los Trastámara levantasen la cabeza...

Me puse a verla. Oyes, la historia del desarrollo de la sucesión a Franco en los años sesenta tiene su miga, pensé. A ver a qué sabe este pan.

En la escena que ví, Juan Carlos y Sofía comen en El Pardo con don Francisco y La Collares. Franco habla de España no sé qué, bastante en su línea, la verdad. En ese momento, suena la voz en off de la futura reina que, al parecer, está relatando la escena pasado el tiempo (modelo Cuéntame). Y dice algo así como que la joven pareja se sintió cohibida en la mesa de un dictador militar como Franco, como dando a entender que era un ambiente totalmente nuevo para ellos.

Para él, puede. Pero para ella, ni de coña, Santoña.

Cambié de canal y no volví a ver la serie. Para mí, ese solo detalle de los guionistas ya dejaba bien claro que me estaban colando una mamandurria hagiográfica. Sofia de Grecia poco podía asombrarse de almorzar con el jefe de un Estado antidemocrático viniendo como venía de un país que ni siquiera cuando había sido hasta entonces democracia se podía haber considerado democrático. Un país en el que hasta los civiles de la clase política se suceden de padres a hijos como si fuesen dinastías coronadas. Un país en el que la familia a la que ella misma pertenece había dado, para entonces, sobradas pruebas de, digamos, tics autoritarios. Un país, al fin y a la postre, que no mucho tiempo antes del momento en el que ese almuerzo se celebraba, había sido, cágate lorito, una dictadura militar; y estaba pronto a volver a serlo, si no lo era ya.

En el fondo, la historia de por qué dejé, en aquel punto, de ver aquel bodrio, es la historia de por qué Grecia está donde está, y le va a costar tanto salir. La Historia de un país en constante conflicto con su deuda pública, con Turquía, y consigo mismo.

En 1828, con la ayuda, un tanto pollas para qué negarlo, del ciclotímico Lord Byron, Grecia se convirtió en la primera nación que se sacudía el yugo del imperio otomano. Temblón y débil, este nuevo país ha de buscar padrinos con rapidez para protegerse del contraataque los tatarabuelos de Özi y Arda Turan, así pues acaba en la órbita de un tridente de potencias: Gran Bretaña, Francia y Rusia, del cual la primera de ellas es, y será, la más importante, hasta que, unos cien años después, los EEUU tomen el relevo.

De todas formas, la independencia de Grecia no fue tan perfecta como pudiera pensarse. En realidad, afectó sólo al Peloponeso y una franja del «continente»; aproximadamente un tercio de la Grecia actual. Multitud de griegos quedaban fuera de la nueva nación, lo cual hizo nacer, prontamente, el mito y el objetivo de la Gran Grecia.

En 1832, los que mandan colocan al frente del país a un rey postizo, hijo del monarca de Baviera, que reinará con el nombre de Otón I. El orden en el país queda garantizado por un ejército bávaro que se instala en él, mientras las grandes familias notables autóctonas lidian entre ellas por acceder a parcelas de poder. En realidad, esos enfrentamientos son auténticas guerras porque los griegos, esto lo sabe cualquiera de antes de la LOGSE, siempre se han caracterizado por amar a su pueblo, su lengua y su cultura; pero por ser, al mismo tiempo, políticamente centrífugos, más identificados con su ciudad o su comarca que con el país entero.

Otón, que viene de una experiencia política moderna y centralizada como la de Baviera, se aplica a crear en Grecia el mismo Estado centralizado. Como para conseguirlo necesita una clase política y carece de ella en un país analfabeto y caciquil, improvisa dicha clase política a partir de los clanes locales y sus jefes. A mediados del siglo XIX, por lo tanto, se crea en Grecia una clase política clientelar, centrada en sus propios intereses, que explica por qué, en la Historia de Grecia, los apellidos se repiten machaconamente y, en realidad, a base de Caramanlises, Papandreus y Venizeloses, se explica, como poco, el 80% de lo ocurrido.

En realidad, si Grecia fuera Kenia, estaríamos, probablemente, hablando de tribus y de señores de la guerra. Como resulta que está en Europa e inventó la democracia y bla, pues les concedemos el beneficio de no plantear las cosas así.

En 1843, el monarca de la dinastía Wittelsbach (obsérvese que el apellidito suena a griego más o menos lo que suena Borbón a español) dota al país de una Constitución muy adelantada (es la primera que en Europa establece el sufragio universal... masculino, φυσικά). Sin embargo, las élites griegas, crecientemente asentadas en el sistema, chocan con la camarilla bávara del rey, hasta el punto de fomentar una rebelión en 1862 que acaba con la monarquía. Londres, sin embargo, no está dispuesto a permitir ningún otro régimen en el país, así pues impone a Guillermo Glücksbourg, danés, que subirá al trono en 1863 con la franquicia Jorge I, para cumplir el papel otorgado al rey de árbitro político y jefe del ejército.

Hace ahora cien años, Grecia tenía 2,7 millones de habitantes, de los que sólo 18.000 eran obreros industriales. Esto quiere decir que toda esta evolución del siglo XIX no sirvió para llevar la revolución industrial al país ni para sacudirle la mugre de país agrícola; eso, además, con el agravante de que el suelo griego no es como el español, esto es da para más bien poco. Así las cosas, esto es algo que desde mi punto de vista es importante de entender, Grecia, desde sus primeros momentos, y como, por así decirlo, elemento nuclear, es concebido como un país que vive de la ayuda exterior, sobre todo británica, sin la cual sería un país, como diríamos hoy, tercermundista.

Tentativas de modernización hubo. Quizá la más pujante, la de Charilaos Trikoupis, tal vez el principal exponente de político liberal decimonónico quien, sin embargo, chocó claramente con el rey en sus intentos por construir una monarquía constitucional; así como también chocó con los intereses particulares de los caciques. La etapa Trikoupis, de hecho, sirve para afianzar el pacto de hierro entre la oligarquía ultraconservadora y el rey de todos los griegos; ése al que, por boca y cerebro de su Sofi, tanto se sorprenderá, décadas después, de que en España haya un general aliado con la oligarquía conservadora del país.

Cuando llega 1892, la dependencia de Grecia respecto de los créditos internacionales es tan grande, y su capacidad de recaudar impuestos tan baja, que el 50% del presupuesto público debe utilizarse para el servicio de la deuda. Bajando en bobsleigh por la cuesta de la bancarrota fiscal y financiera, el Estado griego se ve obligado a negociar en París un macrocrédito en 1890, que se gasta totalmente en tapar agujeros con Londres. En medio de una inestabilidad gubernamental brutal, con gobiernos que duran seis meses, el Estado griego acaba declarando su bancarrota en 1893, al que se sigue un larguísimo periodo de negociación de cuatro años.

Las potencias acreedoras exigen como condición previa a todo acuerdo que el Estado griego permita un control externo de sus finanzas (¿suena a algo?) Esta exigencia, lógica en un prestamista que no se fía de que su prestatario no vaya a coger la pasta y gastársela en hieróbulas y hemicráneas, atiza el nacionalismo interior griego, pues los hombres del país se sienten acorralados y agredidos. Fruto de este calentón nacionalista es la temeraria declaración de guerra a Turquía en 1897, formalmente consecuencia de unos incidentes ocurridos en Creta. Los turcos, que tienen una alianza estratégica en ese momento con el ejército más poderoso de Europa, el alemán, tardan apenas 30 días en arrearle unas hostias como panes a los griegos y perseguirlos hasta Tesalónica, donde Grecia pide tiempo muerto y acaba aceptando, por el camino, el control internacional de sus finanzas.

Así se crea la CFI, o Commision Financière Internationale, auténtico FMI de l.a época, donde se sientan jerifaltes británicos, franceses, italianos, alemanes y austrohúngaros, con sede en Atenas y poder sobre el presupuesto nacional. Cualquier préstamo o emisión de moneda requiere de su autorización para poder realizarse. La CFI es dotada con el poder de vetar casi cualquier compra del Estado griego. Por supuesto, el Parlamento griego puede cantar Vivir así es morir de amor si quiere; pero quien decide, en Grecia, qué parte del presupuesto se va a dedicar al servicio de la deuda, son los chicos de la CFI.

Lo cierto es que el sistema funciona. Privados de la rapacidad de sus clanes caciquiles, los griegos amejoran notablemente sus finanzas públicas, lo cual multiplica su capacidad de endeudamiento y las inversiones en el país.

La política internacional, a las puertas de la Gran Guerra, sonríe a los griegos. Durante todo el siglo XIX, progresivamente, el imperio turco ha ido mostrando creciente debilidad, y para entonces ya es claro que va a saltar en pedazos. Esto inquieta mucho a los británicos, buenos conocedores de cómo los alemanes se han trabajado a los antiguos bizantinos y, por lo tanto, están en condiciones de incrementar su control sobre el Mediterráneo, lo cual es peligrosísimo para los intereses ingleses. Londres necesita un amigo en la zona, y ese amigo es Atenas.

Mientras tanto, en 1909, se produce una revolución de corte burgués en Grecia, que eleva al poder al político liberal cretense Eleuthérios Venizelos (¿os suena?). Venizelos, fuertemente nacionalista, prepara una entente con Serbia, Bulgaria y Montenegro y, en 1912, entra en guerra con Turquía. Rápidamente se consiguen territorios, pero las discrepancias sobre su reparto hacen estallar, al año siguiente, una guerra entre Grecia y Serbia por un lado, y Bulgaria por el otro.

De estas guerras, Grecia saca mucho. Por no decir muchísimo. Su territorio se triplica y ahora abarca prácticamente a todos los griegos. Obtiene Tesalónica, el Épiro, las islas del Egeo. En medio de esa fiesta anexionista, Jorge I la diña, y es sucedido por Constantino I; otro que del mismo porte danza.

En la primera guerra mundial Grecia será neutral a causa, fundamentalmente, de la profunda división que hay en la cúpula del poder. Venizelos es claramente francófono y quiere entrar en la guerra a favor de los aliados; mientras tanto, Constantino es un germanófilo convencido, alineado con la alta burguesía ultraconservadora del país, que alimenta su corte. Finalmente, franceses y británicos intervienen en la zona, dando pie a Venizelos para aliarse con ellos y entrar en guerra, y Constantino es enviado al exilio (exiliar gente, muy especialmente reyes, es un deporte nacional en Grecia, como bien saben Hiparco, el papá de Pericles, Hipérbolo y otros personajes que antes de la LOGSE eran conocidos por el común de los mortales).

Como Grecia se ha apuntado a ganador, obtiene más territorio. El tratado de Sévres le otorga Tracia, Esmirna e incluso una parte de Anatolia. Con estas concesiones, sin embargo, cabe decir que los arquitectos de la posguerra mundial se pasaron, literalmente, tres pueblos. Le dieron demasiado a Grecia, despreciando la posible reacción turca. Los turcos, en efecto, se sintieron gravísimamente agredidos por griegos y aliados, y desarrollaron su propia reacción nacionalista, sobre la que cabalgará, oportunamente, la revolución de Mustafá Kemal. En 1920, Grecia aborda una invasión de Turquía.

Y la caga.

Pues sí. La invasión griega de Turquía en 1920 fue el preludio de la Gran Cagada Griega.

En realidad, la cosa había empezado ya antes. Las invasiones militares no son cosas que se improvisen en 48 horas. En consecuencia, Grecia llevaba tiempo deseando aquella invasión y preparándola, motivo por el cual, ya desde 1917, había comenzado una carrera armamentística que volvió a aumentar exponencialmente su deuda externa.

En noviembre de 1920, además, hay importantes novedades en el país. Contra todo pronóstico, los conservadores monárquicos ganan las elecciones. Automáticamente, los nuevos gobernantes llaman a Constantino para que vuelva a ocupar el trono, en lo que la Europa aliada, y muy especialmente Francia, interpreta como un intolerable viraje germanófilo que provoca un bloqueo financiero del país orquestado desde París. La célebre CFI, de la que por causa de la guerra han desaparecido los representantes del bloque alemán, operará como punta de lanza, bloqueando cualquier operación de nuevo endeudamiento e, incluso, prohibiendo la emisión de papel moneda, llevando al país a una situación tal que en 1922 el gobierno griego se verá obligado a mutilar sus billetes: éstos son cortados en dos mitades, representando una la mitad del valor nominal del billete, y la otra un préstamo interior obligatorio (o sea: se declaró a todo ciudadano griego comprador de deuda pública del país por cojones, y por el valor exacto de la mitad del nominal de los billetes que poseía). Esta medida permitió emitir moneda sin generar masa monetaria y, consecuentemente, sin presionar la devaluación de la dracma. Pero encabronó al personal muy significativamente.

Los conservadores habían ganado las elecciones prometiendo desmovilización y paz; pero, una vez en el gobierno, y de forma un tanto inexplicable teniendo en cuenta que están sentados sobre un país quebrado, continúan la guerra en Asia Menor. Es deporte largamente practicado en Grecia, por lo que se ve, seguir adelante, impasible el ademán, sean cuales sean las condiciones económicas.

Sin embargo, arruinado y bastante desmoralizado, el país no puede sino perder frente a una nación que está en pleno proceso de rearme moral kemaliano. En septiembre de 1922, los turcos asestan a los griegos la victoria definitiva. Avanzando sin oposición, se pulen la costa de Asia Menor, es decir Esmirna y el resto de ciudades con nombres históricamente sonoros, y las devastan a gusto. Causan 40.000 muertos entre la ciudadanía de origen griego, actuación que, la verdad, está bastante cerca del concepto de genocidio.

El Tratado de Lausana cerró este conflicto bélico, decretando un intercambio masivo de ciudadanos: aproximadamente 1,2 millones de griegos residentes en Asia Menor (algunos de ellos, probablemente, desde los tiempos de Ilión, Ulises, Paris y Helena) fueron expulsados de sus casas y obligados a residir en la Grecia continental (a la que no habían querido trasladarse durante más de 2.500 años); y 250.000 turcos residentes en Macedonia y el Épiro fueron realojados en Turquía.

Probablemente, los españoles, por lo larga y profunda que es nuestra Historia, somos de los pocos que podemos valorar adecuadamente el drama de estos griegos de Asia Menor que fueron separados de sus lugares de origen. Ni siquiera los sefardíes judíos pueden exhibir credenciales de igual valor que estas personas que, sin embargo, a causa de la torpe invasión griega, fueron obligados a abandonar los lugares que llevaban habitando, desarrollando y culturizando desde los tiempos de Solón. Hay escritores griegos que no dan a esta minoría por plenamente asimilada en la sociedad griega hasta 50 años después. Los griegos de Asia Menor le aportan a la moderna sociedad griega un punto de ira y amarga acusación, amén de profunda sensación de fracaso colectivo. Aparte de suponer, en su momento, un reto en realidad inalcanzable para un país en las condiciones de Grecia. Porque cuando ese 1,2 millones de personas fue alojado en el continente, la población de Grecia era de 5 millones. Así las cosas, es como si hoy, en España, hubiéramos de alojar en nuestro interior, y de repente, a unos 10 millones de españoles residentes en el resto del mundo. Eso sí: la entrada en vena de 1,2 millones de griegos ha tenido la consecuencia sociológica de que la griega sea una sociedad que no deba plantearse el asunto del respeto a las minorías. Allí no hay minorías. Todos son, básicamente, griegos.

Jorge II, hijo de Constantino, sucede brevemente a su padre en el trono hasta que un grupo de oficiales liberales da un golpe de Estado y proclama la república en 1924. A eso sigue un periodo de inestabilidad que se romperá en 1928 con unas elecciones convocadas por conservadores y liberales conjuntamente, que serán ganadas por éstos últimos, lo cual colocará a Venizelos, una vez más, al frente de la nave de Ulises.

Venizelos estabiliza la dracma y hace avances significativos en el apoyo al sector industrial; pero, siendo Grecia un país sempiternamente acostumbrado a que sus logros los paguen otros, no consigue, en modo alguno, parar el crecimiento de la deuda. Para colmo, la famosérrima moratoria Hoover, por la cual los países perdedores de la Gran Guerra, que aún deben las correspondientes reparaciones económicas, quedan liberados de pagarlas, es dramáticamente nefasta para los griegos. Como catalanes aferrados a las disposiciones adicionales de su estatuto, los atenienses reclaman lo que según ellos se les debe; pero los nuevos vientos de la geopolítica internacional (habitualmente silenciados, por cierto, por mucho analista de salón del auge del hitlerismo) juegan en contra de ellos: las reparaciones no se pagan, así pues Grecia se queda sin aguinaldo para poder siquiera soñar con amortizar deuda (aunque hay que reconocer que el destino más que probable de aquella pastizara habrían sido los bolsillos de las familias políticas).

La crisis del 29 pilla a Grecia en bragas y sin muda. La subida inmediata de precios internacionales la ahoga y la debilidad de la dracma provoca que ya en 1931 valga un tercio menos que antes de que los inversores de Wall Street comenzasen a practicar vuelo sin motor. En abril de 1932, Grecia anuncia una suspensión provisional de los pagos de su deuda externa. En realidad, ha sido la CFI la que ha provocado la crisis, al negarse a una solución de deuda perpetua (pago de intereses pero no del principal), así como la des-indexación de los empréstitos con el oro, para dejarlos flotar más libremente. Pero, vaya, que los griegos no son los únicos; suspensiones de pagos las hubo también en Hungría, Austria y Bulgaria.

En los meses siguientes, Grecia llega a un acuerdo con sus acreedores (léase, con Londres), por el cual servirá sólo el 30% de los pagos de su deuda en 1932. El acuerdo le cuesta el poder a los liberales, que son sustituidos por los conservadores. Las negociaciones continúan durante 1933, año en el cual Grecia apenas puede incrementar sus pagos hasta un 35% de los que teóricamente debiera atender. En otras palabras, fueron los tenderos, los abogados, los albañiles y los mediopensionistas británicos los que pagaron la estúpida guerra contra los turcos.

Como tantas otras cosas, los contactos del nuevo default griego son cortados por el estallido de la segunda guerra mundial. Las negociaciones se retomaron en Bretton Woods, en 1944, con el resultado de un acuerdo de refinanciación que incluía pagos hasta 1969. O sea: de llegarse al mismo acuerdo hoy, los griegos tendrían para pagar su deuda hasta el 2037.

La segunda guerra mundial cambia muchas cosas en Grecia. Fundamentalmente, tres. En primer lugar, poco a poco el país se convertirá en un stronghold de los intereses occidentales en los Balcanes, sobre todo cuando la URSS comience a acrecentar su influencia en Rumania y Bulgaria. En segundo lugar, servirá para elevar la moral de los griegos, los cuales, con un ejército prácticamente inexistente, medios escasísimos, desorganización y la típica improvisación mediterránea, serán capaces de parar en seco a todo un ejército invasor como el del pígnico Benito Mussolini; tendrán que ser las mismísimas divisiones de Hitler las que doblen la rodilla de los modernos hoplitas.

En tercer y último lugar, y puesto que el aliento de la URSS es cercano, Grecia se abrirá a la izquierda política, obrerista, pero lo hará de forma radical. Inexistente la socialdemocracia en la tradición política helena, quienes se sientan de izquierdas en el país abrazarán el comunismo. Así nacerá el KKE, un partido comunista netamente prosoviético, al frente del cual se situará un devoto estalinista en la persona de Nikos Zacaríades.

En la primera mitad de los años 30, el KKE será apenas los picatostes de un chocolate más complejo en el que los enfrentamientos entre liberales y conservadores vuelven a aflorar la nostalgia por la figura del rey. En marzo de 1935, los oficiales republicanos reaccionan a esta situación mediante un golpe de Estado finalmente fallido, pero que colocará al país al borde de la guerra civil. En las elecciones de junio de 1935 los liberales deciden no participar, lo cual deja todo el Estado, y el ejército, en manos de los conservadores. Desde la propia cúpula se prepara el cambio. En septiembre, un grupo de militares da un golpe de Estado monárquico. Se celebra inmediatamente un plebiscito en el que el 97% de los votos válidos son para la monarquía. El noviembre, Jorge II ya está orinando en el cuarto de baño de su palacio ateniense.

Jorge II, un señor que según los recuerdos de Sofía de Grecia pasados por el tamiz de los guionistas de TVE debería ser una especie de Papá Noel de la democracia, ha aprendido la lección de que los griegos son de los que ponen reyes en la frontera, y ha vuelto totalmente decidido a no darles la menor oportunidad de albergar idea tal. En abril de 1936, casi al mismo tiempo que Azaña está formando su gobierno del Frente Popular en España, forma un gabinete extraparlamentario, al frente del cual sitúa a un militar, el general Metaxas, un espadón que lo flipas, antiguo estratega de Constantino.

Metaxas la toma rápidamente con los únicos que pueden ponerle problemas, que son los comunistas (Venizelos ha muerto meses atrás, en el exilio londinense, pero no sin antes reconocer el fait accompli de la vuelta de la monarquía). Los prosoviéticos montan, en mayo de aquel mismo año, una huelga general en Tesalónica. Las gentes de Metaxas entran en la ciudad con el cuchillo de capar entre los dientes, se apiolan a 30 manifestantes, dejan 300 heridos en las calles y, por supuesto, de la huelga no quedan ni los pasquines. El 4 de agosto, se decreta la ley marcial y se suspende la Constitución.

Eso, en mi pueblo, se llama dictadura. Y fue impuesta por el tío de la señorita que tanto se cohibía, según los guionistas, a la vista del dictador militar español.

La dictadura jorge-metaxera se apiola o destierra a no menos de 25.000 personas, suspende los partidos políticos. Se queda con todo.

En eso, llega la guerra y la tentativa de invasión italiana. En medio del follón, 1941, Metaxas se multiplica por cero.

Poca gente sabe, además, que Grecia es uno de los grandes paganos de la segunda guerra mundial. Se ha estimado que los combates le costaron al pueblo griego no menos de un 7% de sus ciudadanos; piénsese en un enfrentamiento bélico que costase la vida de tres millones de españoles. Buena parte de todos estos muertos lo hicieron de hambre, bajo las condiciones poco menos que de unthermenschen a las que los griegos fueron sometidos por los alemanes y, sobre todo, sus aliados búlgaros.

Grecia tuvo una resistencia nutrida, arriesgada y, fundamentalmente, comunista. El KKE, terminada la guerra, no está dispuesto a volver al segundo plano de la vida del país y reclama el poder, en todo o en parte; o sea, en todo, porque el estalinismo no es una cosmovisión política que acepte cohabitaciones, como bien saben los partidos burgueses polacos, checos o húngaros. En realidad, tras el final de la guerra Grecia entra en un periodo de enfrentamiento civil larvado (67.000 muertos, que se dice pronto) que termina en 1949, cuando Gran Bretaña anima la creación de un protectorado estadounidense en la zona. La denominada Comisión Porter del Congreso USA (marzo de 1947) aprueba un supercrédito de 400 millones de dólares para Grecia y, de hecho, aprueba la total toma de control americano de los resortes estatales griegos, con la misión, simple y pura, de evitar la caída del país en la órbita soviética; deriva que es fomentada por Moscú a través de sus entonces países satélites: Albania, Bulgaria y Yugoslavia. Dos de ellos, curiosamente, no tardarían en salirse del corralito.

La principal consecuencia del protectorado americano es el renacimiento, intacta, de la clase política griega que había mangoneado el país en el pasado. En Grecia, como en otras naciones del mundo durante la Guerra Fría, Washington aplicará sin rubor la máxima de que más vale dejar que los arrogantes, los pequeños dictadores de salón y los corruptos sigan tocando pelo, si con eso se consigue una devota política anticomunista. Lo cual incluye conservar la monarquía, que tantas pruebas de amor a la libertad de los hombres ha dado ya. En 1952, al régimen no le tiembla la mano a la hora de fusilar al líder comunista Nikos Beloyannis, a pesar de la campaña mundial de solidaridad por su vida. En 1947 Pablo I, el papá de Sofía, sucede a Jorge II, que se va por la bareta de la existencia. En 1951, of course, Grecia entra en la OTAN.

En noviembre de 1952, se celebran unas elecciones que gana la derecha. ¿Es designado jefe de gobierno algún buen abogado, prometedor ingeniero, o similar? No. En la democracia griega tutelada, el elegido para presidir el gobierno es un militar: el mariscal Papadagos, héroe de la guerra y martillo de los comunistas.

Sic transit la que una vez fue la primera democracia sobre la Tierra.

No sabríamos decir si afortunada o desgraciadamente para Grecia, el mariscal Papadagos se va por el desagüe de la Historia en 1955, sin haber designado sucesor (obsérvese el leve detalle de que, en la sedicente democracia griega, los gobernantes se supone que dicen quién les va a sustituir). Por esta razón interviene el rey designando a quien le parece bien, en la persona de Constantin Caramanlis. Aunque la elección sorprende a propios y extraños, el rey tiene sus razones. Caramanlis tiene unas excelentes relaciones con Washington, con quien ha de renegociar Grecia las ayudas recibidas y por recibir. En febrero de 1956 hay elecciones que, oh sorpresa, gana Caramanlis. Seguirá en el machito hasta 1963.

En todo caso, a la Grecia de los años cincuenta le saldrá un grano jodido: la cuestión chipriota.

Chipre fue, en su día, cedido por el imperio otomano a Gran Bretaña (1878). La isla estaba, a mediados del siglo pasado, habitada por un 80% de grecochipriotas y un 20% de turcochipriotas. Por lo tanto, la mayoría de los chipriotas aspiraban a la Enosis; la unión con Grecia. Ya hemos dicho en estas notas que los griegos, ya desde los tiempos de Alcibíades, no están muy acostumbrados a respetar a las minorías.

A partir de 1950, cuando el arzobispo Makarios accede a la dicha categoría religiosa, la reivindicación progriega adquiere mayor aliento. Pero lo último que quiere Londres es que el avispero balcánico no comunista se mueva de nuevo. Durante cinco años, el ultranacionalismo grecochipriota se va alimentando, al calor de la reivindicación inatendida, hasta que en 1955 nace la EOKA, una organización seudoterrorista que comienza a atacar intereses británicos en la isla.

La reivindicación de la Enosis en Chipre despierta todos los sentimientos vengativos de los turcos, que son muchos y muy refinados (los sentimientos, no los turcos), como bien puede contar cualquier turcokurdo que no sea sordociego de nacimiento. Los paganos de la situación son los griegos de Estambul, que empiezan a ser severamente puteados por las autoridades herederas del kemalismo.

Durante cuatro años, Washington despliega toda su capacidad de diplomacia y de presión para conseguir que Gran Bretaña abandone la isla. Lo consigue finalmente en 1959, mediante el Tratado de Zurich, por el cual Chipre se convierte en un Estado independiente, bajo la tutela británica, griega y turca, cada país con soldados establecidos en suelo chipriota. Se elabora una constitución un tanto esquizofrénica, a la belga, que prevé la existencia de dos grupos de instituciones para cada colectividad que, prácticamente, no van juntas ni a mear. Makarios es elegido presidente y vicepresidente el doctor Kütchück, líder de la comunidad turcochipriota.

Cuando decimos que la constitución chipriota recuerda a la belga lo decimos por una razón: en Chipre, como en Bélgica, el deseo de no malquistar a la minoría (los turcos) es tan fuerte que se les ha de dar el poder efectivo para, con su veto, paralizar cualquier decisión medio importante del Estado. Este equilibrio desequilibrado tiende a dar razón a los más radicales, a los que en cada bando lo que quieren son hostias. Así pues, los años sesenta comienzan con un rosario de enfrentamientos entre bandas y grupos más o menos descaradamente financiados y apoyados desde ambos países. A mediados de los sesenta, Grecia y Turquía están, una vez más, al borde de la guerra. Sin embargo, ésta no llegará, en gran parte por la actitud de los grecochipriotas, los cuales, con el tiempo, van a generar en su parte del país una economía mucho más abierta y dinámica que la griega, lo cual hace que, para muchos de ellos, la Enosis empiece a parecerles lo mismo que a la Merkel: mal negocio. Además, Makarios se sentirá cada vez más atraído por el denominado Movimiento No Alineado, por lo que desarrollará resistencias hacia el occidentalismo de Atenas.

La verdad sea dicha, durante esos años, el ambiente en la Grecia continental es casi irrespirable: en 1960, un ministro de Cultura llega a prohibir, por subversivos, los textos de… Aristófanes. Menudo capullo. Con haber inventado la LOGSE, ya le habría bastado, y sobrado.

Los tiempos de la hegemonía de derechas, sin embargo, están a punto de terminar. Un dirigente liberal, Georges Papandreu, alza la voz contra la semidictadura conservadora y le declara la guerra. Para sus objetivos le viene a ayudar la escisión, en 1968, del Partido Comunista, que permite crear, a partir de la facción moderada, la hasta entonces inexistente socialdemocracia griega.

John Fitzgerald Kennedy, desde la Casa Blanca, se da cuenta rápidamente de que la política estadounidense respecto de Grecia es un desastre. En los tiempos de la posguerra mundial, se optó por impulsar en el país un régimen sólo formalmente democrático que, precisamente por no serlo de verdad, genera unos enfrentamientos cada vez más radicales. En consecuencia, JFK empieza a temer que algún día se produzca una especie de primavera griega, dicho sea en términos actuales, que le dé una auténtica vuelta de tuerca a la tortilla y termine con lo único que realmente temen los americanos: una Grecia fuera de la OTAN que, además, tiene todos los motivos del mundo para enfrentarse al otro otanero de la zona: Turquía.

En 1961 se celebran elecciones, bajo un clima de presión asfixiante de las organizaciones de derecha radical, civiles y militares. Los liberales consiguen crear una sola coalición, la Unión de Centro, al frente de la cual se sitúa Papandreu. Obtienen un 30% de los votos. Caramanlis gobernará pero Papandreu, que ahora se sabe representante de un tercio de los griegos, demandará libertad real. Caramanlis intenta algunas reformas, entre otras que la Casa Real no haga y deshaga como le salga de los cojones como si todavía estuviese en el Antiguo Régimen (esto es lo que hacían los papás de aquella niña que, casi por esas fechas, tanto sufría ante la vista de Francisco Franco, porque, los guionistas de TVE dixerunt, por lo visto todo lo que había vivido en su vida era la democracia). Incluso logra asociar Grecia a la Comunidad Económica Europea en 1961. Pero no basta.

En mayo de 1963, miembros de una organización paramilitar, y también parafascista, asesinan en Tesalónica al diputado de izquierdas llamado Grigoris Lambrakis. En todas las ciudades del país la gente sale a la calle a montar unas bullas del copón; el primer ministro dimite tras dos meses de batallas campales en las aceras, y en las calzadas también. En febrero de 1964, Papandreu accede al poder.

El programa de Papandreu es bien claro: democratización del Estado, persecución de las organizaciones paralelas y paramilitares, etc. Pero eso es el programa. Fiel a su tradición de clase endogámica, los miembros del nuevo poder lo que hacen, por encima de todo, es crear una nueva clientela que les deba favores, a base de echar de los machitos del Estado a los que han estado siempre y poner a sus amigos. Entre otros colocados, el propio hijo del viejo Georges, Andreas Papandreu, es repatriado de Berkeley, donde da clases, para ser colocado de consejero económico del gobierno y comenzar, con ello, su propio cursus honorum en la política griega que le llevará, cómo no, a la primera magistratura, tras decidirse a liderar el ala izquierda del liberalismo.

La derecha, mientras tanto, no se queda quieta. Contando con la actitud de Palacio, que podríamos definir como fría hacia Papandreu por no tener que utilizar palabras más gruesas (¡ole con ole y ole las monarquías constitucionales!), la derecha ataca a la opinión pública con un símil un tanto apolillado. Papandreu, dicen, es el Kerenski griego; el hombre que, bajo la apariencia de la llegada de una izquierda moderada, no está sino abriendo el camino al abyecto comunismo (que, por cierto, Papandreu se resiste a legalizar).

Pablo de Grecia muere en marzo de 1964, para ser sustituido por un joven de 24 años, Constantino, cuyo único mérito en la vida es haber obtenido una medalla olímpica en Roma en 1960. De vela. Hay gentes en este mundo que piensan que mejor es ver a un príncipe leyendo un libro o resolviendo integrales que patroneando un barquito; pero deben de ser pocas. En Grecia, quiero decir.

Lejos de usar el teórico catón marxista, ése que las izquierdas jamás usan cuando se trata de tensiones nacionalistas, ése según el cual todos los obreros del mundo son hermanos y, consecuentemente, el nacionalismo es un sentimiento pequeñoburgués; lejos de ello, digo, Papandreu no es que le ponga sordina al conflicto chipriota; es que lo excita. Tantas son las provocaciones de palabra, obra y omisión, que los turcos, a los que tampoco hace falta proponérselo mucho, acaban por bombardear la isla en 1964.

Más conflictos. En 1965 Papandreu, que por lo visto se debía de haber creído que Grecia era una democracia, se apresta a nombrar los altos mandos en el ejército y la policía secreta; que hasta entonces habían sido prerrogativa del rey. Asume personalmente para ello la cartera de Defensa. El rey, por toda respuesta, le señala el columpio de sus jardines, y le invita a usarlo. Para colmo, el Estado, al que le sale la corrupción, el pasotismo y la mala hostia por las orejas, no funciona.

En febrero de 1967, Canelopoulos preside un gobierno tecnocrático, que ha de preparar unas elecciones que se celebrarán en mayo. Pero el 21 de abril, un grupo de coroneles dice que ya vale, y que a tomar por culo. Comienza el que la Historia conoce como régimen de los coroneles.

Los coroneles ilegalizaron los partidos, capitidisminuyeron a los sindicatos, establecieron una estricta censura de prensa y arrearon hostias en las comisarías y en las cárceles como para empedrar el mar entre Santander y las Highlands; eso sin contar asesinatos variados. Pero la verdad, la puñetera verdad que, vaya a usted a saber, quizás ahora mismo está negando el movimiento griego por la memoria histórica, es que ni Zeus derramó una lágrima por la democracia perdida, porque la democracia perdida era, por decirlo con elegancia, una puta mierda.

Los coroneles arramplan con todo lo que había; hasta con el rey, que en diciembre del 67 intenta un cambio de las cosas apoyado por mandos militares (de las intenciones democráticas de éstos, poco sabemos), pero como los coroneles le pillan con el carrito del helao, acaba exiliado. Lo cual, supongo, le habrá permitido elevar a la excelencia sus virtudes marineras. Pues raramente, la verdad, los exiliados reales, pese a serlo habitualmente en condiciones envidiables, dedican sus tiempos de distancia a cosas como la imitación del estilo prerrafaelista o la búsqueda del bosón de Higgs; suelen preferir el patroneo de yates y los partidos de polo.

A los coroneles les va de coña. Son unos hijos de puta; pero, también, son los hijos de puta de Washington, y eso da bastante estabilidad. Sin embargo, les acaba pasando lo que a Franco: es inevitable que la viga termine sufriendo fatiga de material. Como el franquismo, el régimen de los coroneles respira por la comprensión social; por la sensación de los griegos que mejor esos pollos de gorra de plato que el cachondeo que había antes. Peso eso dura, como en el chiste, lo que dura dura.

En 1973, las universidades griegas se agitan. Ese mismo año, un grupo de oficiales de marina trata de dar un golpe de Estado que se supone democrático. El líder del régimen, Papadopoulos, intenta, como Franco más o menos por esas fechas, la evolución del régimen. En el verano, proclama la república, se nombra presidente, y designa un gobierno de políticos tradicionales que no se han opuesto frontalmente a la dictadura (otra vez, pues, los mismos). Se autoriza la formación de partidos y se anuncian elecciones para el año siguiente. Se abren las cárceles. Sin embargo, al recomenzar el curso universitario, las manifestaciones también se lanzan de nuevo y en la Escuela Politécnica de Atenas se acaba produciendo una batalla campal entre estudiantes y fuerzas del orden que deja 30 muertos. Tras este suceso, el ala dura del régimen se impone. La apertura se frena, a Papadopoulos le sucede el brigadier Yoannidis, y recomienza la más brutal represión.

En julio de ese mismo año, Atenas ilumina un golpe de Estado en Chjpre cuyos impulsores destituyen a Makarios y llaman a la Enosis. El arzobispo, sin embargo, se escapa, y desde refugio seguro clama por la vuelta a la normalidad. Pocos días más tarde, los turcos desembarcan en la isla y bombardean Nicosia.

El 22 de julio, un ejército griego más acojonado que otra cosa pide tiempo muerto. El alto el fuego precipitará el fin de la dictadura. El 23 de julio de 1974 se forma un gobierno de unión nacional. Al frente del mismo… ¿algún demócrata vocacional? Pues no: Constantin Caramanlis.

Grecia juega de nuevo al juego de Maricón y Tontico. Hoy gobierna Maricón, mañana Tontico. Y así mucho.

Tras la nueva cagada de Chipre, los griegos vuelven a cantar, como Les Luthiers, aquello de Perdimos, perdimos, perdimos otra vez. En consecuencia, las negociaciones con Turquía empiezan inmediatamente. Sin embargo, ahora es Ankara la que no está demasiado interesada en un acuerdo. A los pocos días, se levanta de la mesa y ordena una nueva operación militar, tras la cual llega a controlar un tercio de la isla. Unas 1.400 personas desaparecerán en la zona de ocupación turca, en la trastienda de Europa; sin que, por cierto, a las archifamosas ONG se les despeine el flequillo.

En Grecia, Caramanlis desmonta la estructura dictatorial, lo que supone aligerar muy significativamente las cárceles y un regreso masivo de exiliados. En 1974 Nea Democratia, el nuevo partido del primer ministro, gana las legislativas con comodidad. El Partido Comunista ha sido legalizado, pero apenas obtiene un 10% de los votos, la tercera parte que el PASOK de Andreas Papandreu. En Grecia, como en otros lugares de Europa, los comunistas sufren el trile de ser clandestinos mientras son importantes, para pasar a ser generosamente legalizados en cuanto su fuerza electoral se queda en un simple pedete.

Un referendo somete a los griegos la forma de Estado. Los desagradecidos helenos, a pesar de todo lo que sus reyes han hecho por ellos; a pesar de haberse desempeñado siempre como monarcas constitucionales conscientes de que la soberanía popular limitaba su libertad de acción. A pesar de todo ello, digo, y quizás porque esta acción idílica de los reyes griegos se produjo sólo en sus sueños, el 70% de la población vota por la República.

En la primavera del 77, nuevas elecciones, el PASOK es ya el primer partido de la oposición, por delante del centro, tras triplicar sus votos. Antes de que termine la década, Caramanlis negocia la adhesión de Grecia a la Comunidad Económica Europea y, acto seguido, dimite para presentarse a las elecciones a presidente de la República. En las legislativas, gana el PASOK.

Los socialistas gobernarán durante ocho años; y sé que lo que voy a escribir será muy difícil de asumir por un lector español, pero su final como partido mayoritario será labrado por la corrupción, con una cascada de escándalos que afectan a personajes del Gobierno. Sin embargo, la caída de los socialistas no se corresponde con una eclosión de la derecha, la cual obtiene resultados en votos tan magros que llega a tener que formar coalición de gobierno nada menos que con los comunistas.

La legalidad de los comunistas, y sobre todo un sentido de traición frente a la invasión turca, alimentan el antiamericanismo de Grecia. En agosto de 1974, Grecia anuncia su abandono de la estructura militar de la OTAN, aunque las bases americanas se mantienen. Esta medida de presión, sin embargo, no sirve para enfriar la olla turca. En 1977, los turcos declaran la creación de la república norchipriota, reconocida únicamente por Ankara. Esta decisión volverá a poner los temas muy jodidos entre griegos y turcos.

Con todo, la principal evolución de Grecia en los quince años que van entre 1975 y 1990 es socioeconómica; es en estos tiempos cuando se construye buena parte del país (descojonado) que ahora tiene los problemas que tiene. El PASOK, como buen partido socialdemócrata, tiene en el estatismo su principal bandera. Además, es un movimiento que accede al poder en esos años, después de una larga espera y, por lo tanto, cuando, sobre todo en los ochenta, el mundo comienza a avanzar en una dirección muy concreta (reaganomics en Estados Unidos, thatcherismo en Reino Unido, fracaso del experimento Mitterrand en Francia), los griegos deciden que, por su cara bonita, ellos son más listos que nadie y pueden ir en dirección contraria. Amagan con su marcha, de la OTAN, incluso de la CEE, pero nunca la llevan a cabo, porque saben que fuera de esa casa común morirían de frío (por no decir ahogados en su propia mierda). Pero, eso sí, la sociedad griega desarrolla con rapidez el concepto de «pertenencia crítica». Algo así como: estoy, pero soy consciente de que no debería estar. A mí, el conceptillo, la verdad, me recuerda mucho a la «no beligerancia» del general Franco durante la segunda guerra mundial.

El sector público siempre había sido muy importante en un país en el que el clientelismo político lo ha movido todo durante décadas. Sin embargo, lo de la década de los ochenta es una auténtica feria funcionarial. Grecia se convierte en el Eldorado de los movimientos que piden que todo sea público. El Banco Comercial y el Jónico, las dos grandes entidades privadas, acaban controladas por el Estado, lo que supone controlar también sus fuertes grupos industriales. El actor público compra o crea industrias en campos como el armamento, la metalurgia, el transporte, el pequeño sector de extracción de petróleo griego y hasta las líneas aéreas nacionales, que Aristóteles Onassis le deja en herencia al Estado griego. Ya en 1981, y de esto hace 30 años, uno de cada cuatro griegos con trabajo lo hacía para el Estado, directa o indirectamente.

La consecuencia lógica de esta estrategia nacionalizadora, mal que le pese a sus defensores, es la incompetencia de la empresa griega a la hora de competir con la europea; lo cual es un problema, porque a finales de los ochenta el país está a punto de ingresar en un club donde no se pueden cobrar aranceles. Es por ello que Grecia se adhiere a la CEE en unas condiciones que ya habría querido para sí España, o Portugal. El tratado de adhesión de Grecia está repleto de excepciones y derogaciones, algunas de las cuales han estado vigentes casi hasta ayer por la mañana, en virtud de las cuales porciones de la economía helena quedaban, de hecho, protegidas de la competencia extranjera. La economía griega y el cine español son los dos mejores ejemplos que se me ocurren para explicar qué mierda pasa cuando a un sector productivo lo encierras en una torre de marfil, lo proteges, y lo financias haga lo que haga.

A principios de los ochenta, a las puertas pues de la crisis por la guerra irano-iraquí, Grecia exhibe ya cifras propias de la España actual: déficit público equivalente al 9,1% del PIB, con el agravante de que la inflación es del 24%. Quien diga que los problemas de Grecia son de ahora, no está hablando de Grecia.

En Grecia, las últimas tres décadas, una sola cosa ha sido sacrosanta y, por definición, ha permanecido intocada por cualesquiera gobiernos se han sucedido: la tasa de paro. El modelo económico griego es un modelo montado para que el paro esté entre el 4% y el 8%, más o menos. Si para respetar esa tasa hay que hacer a medio país funcionario y mantener en pie empresas que no le venderían una botella de agua a un saharaui que acabase de hacer footing, se hace. Eso, más gastarse, cada año, el 7% del PIB, que se dice pronto, en gastos militares, para acojonar al turco.

Básicamente, lo que los gobiernos griegos han hecho en el pasado ha sido devaluar la dracma a lo bestia (hasta el 12% de una tacada), para que así los productos de sus empresas se vendan, si no por buenos, al menos sí por baratos; y, en paralelo, conforme el Estado recibía la lluvia de financiación vía fondos estructurales comunitarios y préstamos que ahora no puede pagar, se incrementaban salarios y prestaciones sociales. El sistema fiscal prácticamente no ha recaudado de las empresas durante años ni, sobre todo, de los autónomos y profesionales liberales; abogados y médicos que, fiscalmente hablando, están en la puñetera indigencia, viven en casas en el norte de Atenas, la zona pituca, con anchas y profundas piscinas a sus pies. El IVA, un impuesto que tiene como consecuencia incrementar la racionalización en los procesos de creación de valor, sólo fue implantado en Grecia ocho años después de haber entrado en la CEE. Una más de las excepciones.

En la década de los ochenta el Estado, presa de su propia estrategia, comienza a sentir lo que se entiende como paradoja de la bicicleta; cuando estás pedaleando tienes la impresión de que tu situación es muy estable, pero cuando se te van cansando las piernas te das cuenta de que, en realidad, toda tu estabilidad depende de que sigas pedaleando. Así las cosas, conforme este sistema económico cuya conclusión final es financiar y fomentar la ineficiencia hace crisis y las empresas empiezan a caer como moscas, el Estado se ve obligado a comprarlas para mantener el momio. En 1985, son 230 las empresas que se han nacionalizado, con un total de 280.000 trabajadores. Para entonces, el 45% de la población activa trabaja, directa o indirectamente, para el Erario público. Por supuesto, miles y miles de los jefes y cuadros de estas empresas serán elementos de total fidelidad partidaria. No menos de una cuarta parte de la economía estaba, y está, sumergida.

No fue hasta 1996 que el gobierno conservador de Constantin Mitsotakis abordó un programa de privatizaciones y flexibilización de la economía, pero en medio de profundísimas divisiones en el propio partido gubernamental sobre la materia. En los noventa, la deuda exterior ha llegado al 93% del PIB, y la dracma se ha depreciado en un 30%.

En los años siguientes, bajo los gobiernos de Costas Simitis y Costas Caramanlis (junior), Grecia sigue impasible el ademán con sus problemas sempiternos. La economía no tira y, en lo que se refiere al problema turco, si bien la intervención del presidente Clinton parece en un momento capaz de aquietar las aguas (y retirar las tropas), el asunto Ocalan, en el que Grecia trata de escamotearle a Turquía el dirigente kurdo de tal nombre, vuelve a poner las cosas en punto de ebullición.

Fue Costas Simitis quien se planteó la entrada de Grecia en el euro, para lo cual puso en marcha una política de restricción presupuestaria y reorganización fiscal que, según vamos sabiendo en el momento presente, fue más contable que real. En 1998, para poder meter la dracma en el Sistema Monetario Europeo (condición sine qua non para poder soñar con el euro), es necesaria devaluarla un 14%, que se dice pronto. Pero las cosas, por lo menos sobre el papel, funcionan: la inflación cae por debajo del 3% y el déficit público del 3,5%.

En una política que tal vez le suene a alguno de mis lectores, mientras el país trata de apañar unas cuentas públicas que, cuando menos, parezcan aseadas, al mismo tiempo se lanza, gracias a los generosos fondos europeos, a una feria de obras públicas que lo flipas. Se ejecuta la Egnatia, o sea el eje rodado entre el Épiro y Tracia, con un puente de tres kilómetros sobre el mar; el metro de Atenas; su nuevo aeropuerto internacional; y, sobre todo, buscando la admiración del mundo, las obras faraónicas ligadas a la celebración de los Juegos Olímpicos en su centenario. Los JJOO quedan hermosos en su ceremonia de inauguración, pero para el país son una puta ruina.

El país experimenta una explosión del crédito bancario y del mercado inmobiliario. Mogollón de gente se hace rica y Grecia se convierte en un país caro. No sé si le sonará a alguien esto también. El 31 de diciembre del 2001, un café en una barra de un bar ateniense vale 200 dracmas. Al día siguiente, 1 de enero del 2002, pasa a costar un euro; o sea, 340 dracmas. Con dos cojones.

Desde 1996, los griegos descubren la Bolsa y se dedican a especular como gorrinas en los miles de chiringuitos que florecen por todas partes.

El PASOK gana en el 2000, y pierde en el 2004, dejando paso a Caramanlis con una mayoría cómoda. Sin embargo, el regreso de Nea Democratia apenas cambia las cosas, porque las eventuales reformas que el sector liberal de la derecha pretende hacer encuentran dos obstáculos fundamentales: por un lado, el ala conservadora de su propio partido, que todo lo que pretende es prolongar el momio clientelar. Y, por otro lado, los sindicatos, fortísimos dado el elevado porcentaje de funcionarios que tiene el país, renuentes a cualquier tipo de reforma. En el 2009, el propio Caramanlis hará una confesión pública curiosa: «en Grecia», dice, «el gobierno no puede hacer nada frente a un funcionario que decida no hacer su trabajo».

En octubre del 2009, cuando el gobierno Caramanlis da paso al de Giorgos Papandreu, el primer ministro saliente afirma dejar un déficit público del 5%. Apenas unos días más tarde, el gobierno entrante corrige el cálculo y lo cifra en el 7%. Dos meses después, ha aflorado ya tanta mierda que el déficit ha trepado al 13%.

Es en esos días, a caballo entre el final del 2009 y el principio del 2010, cuando el modelo griego, ciento y pico años después de haber comenzado, estalla por los aires. Dice un dicho español que se puede engañar a unos pocos todo el tiempo o a todos durante un rato; pero es imposible engañar a todos todo el rato. Para Grecia llega el momento, un siglo después, de enfrentarse con los hechos, simples y sencillos: la griega es una economía que jamás, desde que es un país independiente, se ha autofinanciado. Siempre, desde los lejanos días de lord Byron, se las ha arreglado para conseguir que alguien le regalase papel higiénico para limpiarse el culo.

Pero a las puertas del 2010, es un país de funcionarios, con miles de personas de 50 y hasta de 40 años jubiladas con generosas pensiones (la tasa de sustitución de la pensión griega, es decir el porcentaje de salario que cubre, es del 97%; la española es del 82%; pero en la mayoría de Europa, la tasa suele estar entre el 40% y el 60%). Es un país con enormes bolsas de economía sumergida, un fraude fiscal que en realidad nadie puede ni valorar, con enormes cotas de corrupción.

Grecia es un ejemplo clarísimo de adónde conduce la política del avestruz. La incapacidad de autocrítica de la sociedad griega es, por ejemplo, lo que tiene cabreados a muchos alemanes (y muchos más finlandeses; porque nunca se habla de Finlandia cuando se habla del rescate de Grecia; pero es un país en el que se ha llegado a proponer que entregasen la Acrópolis como garantía de sus préstamos), que no pueden evitar la sensación de que las piscinas que se construyen en sus chalés atenientes abogados y arquitectos que pagan menos impuestos que un mecánico de taller germano, en realidad, han sido construidos con su dinero. Para la Unión Europea, además, Grecia está siendo un despertar muy jodido. Los alemanes creyeron que podrían hacer de Grecia lo que, quizá, conseguirán hacer de Hungría, o de la República Checa: a base de colocarlos al lado de alguien que hace las cosas con austeridad, les volverá austeros. Pero lo que ha pasado ha sido exactamente lo contrario. Lejos de limpiar Grecia con el euro, ha sido Grecia quien ha manchado la moneda.

La Historia de la Grecia moderna demuestra, a mi modo de ver, la importancia de contar con una moral social adecuada, una cultura del esfuerzo y una elevada calidad democrática, que son las cosas que acaban generando clases políticas que, a pesar de sus errores, acaben haciendo lo que tienen que hacer, razonablemente a tiempo. Lejos de ello, la clase política griega, desde hace cien años, se asemeja a aquel tipo que se tiró desde la terraza del Empire State y al que un amigo preguntó, a la altura del piso veinte, que tal le iba.

«Pues no es para tanto», contestó el pollas; «llevo un rato cayendo, y no ha pasado nada».