miércoles, octubre 28, 2026

El cabreo (21): Beaumarchais, en escena

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


 A la literatura de tono polémico se unió, en todo caso, la literatura no necesariamente jansenista, elaborada por juristas que, como los jueces que hoy opinan en X, decidió saltar a la palestra pública. En este punto tenemos, por ejemplo, a Athanase Alexandre Clément de Boissy, un profundo creyente en la idea de que existía un contínuo entre el presente de Francia y las viejas, seculares asambleas en el Campo de Marte; y que, por lo tanto, consideraba a Maupeou un delincuente que había delinquido contra la nación. Su obra Réflexions générales sur le système projeté par le Maire du Palais pour changer la constitution de l'Etat se convirtió pronto en un best seller.

Tanta ebullición amanuense tenía que generar, y generó, no tanto un nuevo género de publicaciones, como la intensificación de uno que ya existía: las nouvelles à la main, precedentes del boletín o la newsletter actual. Publicaciones, por lo tanto, que hacían un seguimiento de los temas al minuto. Quizá el más famoso de estos boletines, que circuló desde finales de 1770 hasta 1776, y que fue publicado en forma de libro en 1776, fue el Journal historique de la révolution opérée dans la constitution de la France par M. de Maupeou, chancelier de la France. Su autor fue Mathieu-François Pidansat de Mairobert.

Gracias a PdM, hoy podemos conocer con un extraordinario nivel de detalle sucesos que ocurrieron en esos tiempos. Tanto, tanto nivel de detalle que cualquier guionista de cine que quisiera hacer un guion de esas escenas tendría poco que trabajar; salvo, quizás, salpimentar las calles del París del siglo XVIII con vietnamitas, moluqueños y activistas LGTBIQ+¥Ѝ argelinos. Por ejemplo, la escena del París del 22 de marzo de 1771. Ese día, como todos los años, los franceses celebraban la Réduction de Paris, es decir, celebraban la aceptación de Enrique IV como el nuevo rey católico de Francia. Esta ceremonia era de extremada importancia para los franceses, dado que, hasta la llegada de Napoleón, De Gaulle o Macron, que son momentos que ya bajaron bastante el nivel, los franceses, en su mayoría vivían convencidos de que Enrique IV había sido, de largo, el mejor jefe del Estado que habían tenido nunca.

La que se montaba ese día en París era parda. Una gran procesión recorría la ciudad desde Nôtre Dame hasta el convento de los Grands Augustins, en cuya capilla se celebraba una misa cantada. A esa misa acudían todos los que mandaban algo en el Hôtel de Ville y en los parlamentos soberanos. Los magistrados procesionaban con una especie de capas rojas desde el Parlamento, en un orden establecido: Parlamento de París, Chambre des comptes (tribunal de cuentas) y Cour des aides. Aquel año de 1771, obviamente, los magistrados que marcharon en primer lugar eran ya los nombrados por Maupeou; no así, sin embargo, los de los otros dos tribunales.

Lo primero que pasó aquel 22 de marzo de 1771 es que las calles y avenidas por las que tenía que percorrer la procesión fueron literalmente tomadas por el ejército y la policía. La celebración de Enrique IV, ya os lo he dicho, normalmente no necesitaba de seguridad porque era la conmemoración de un rey muy querido y admirado. El hecho de ese despliegue de fuerzas dejaba bien clara la convicción de los Borbones en el sentido de que la gente lo mismo se ponía a gritar Pedro Sánchez hijo de puta.

El problema, sin embargo, no estuvo en la calle. Cuando la procesión de magistrados llegó a los agustinos, los del parlamento parisino se sentaron en los lugares de preeminencia en el coro que siempre tenían reservados. Cuando llegaron detrás los del Tribunal de Cuentas, el presidente del mismo, viendo a los otros sentados, se dirigió al maestro de ceremonias y le intimó: “¿quiénes son esos señores?” Cuando el maestro de ceremonias le informase de que eran los magistrados del parlamento de París, el otro dijo: “No, señor mío. Esos señores no son los magistrados del Parlamento de París. Los magistrados del Parlamento de París están en el exilio. Nosotros no reconocemos la calidad de magistrados de esos señores”. Acto seguido, el presidente guio a los magistrados fuera de la iglesia; gesto que repitieron los miembros de la Cour des aides.

Se montó la de dios es Cristo y vive en el Cielo. Hubo carreras, empujones, tirones. Un velón cayó estrepitosamente contra el suelo. Los soldados tuvieron que entrar en la iglesia a disolver a un grupo de gente que se había aposentado en un balcón elevado de la iglesia, con vistas al coro, y se estaba dedicando a tirar basura encima de los magistrados del parlamento.

Los terrenos donde Matías Francisco Pidansat estaba claramente mejor informado eran la propia Versalles y el parlamento. En el caso de éste último, se despachaba a gusto describiendo la tropa de tuercebotas que Maupeou había nombrado. Del primer presidente de la nueva cámara, Louis Jean Bertier de Sauvigny, contó que era tan ignorante de los hechos procesales, que en los juicios tenía que tener a un tipo a su lado apuntándole al oído todo lo que había que hacer en cada momento. Las sentencias comenzaron a ser aleatorias. No era lawfare, tan sólo subnormalidad. Personas perfectamente inocentes eran condenadas a la horca, y delincuentes más que evidentes salían de rositas.

En este punto, Maupeou perdió el interés por ganarse a la opinión pública. Asumió que el ejército de quienes no le eran parciales era mucho más numeroso (por no mencionar que tenía la razón de su parte). Así que tomó el camino del general Franco: que vale, que opinéis lo que se os ponga en el coño florido, pero aquí mando yo.

Maupeou tenía todo lo que necesitaba tener: un rey que comía en su mano como un pajarito su alpiste. Su objetivo fundamental era acabar con todos los parlamentos como había hecho ya con el parisino. Y eso lo quería hacer, sobre todo, desprestigiándolos. Consideraba el primer ministro que no era del todo desenfocado decir que los parlamentos franceses habían adquirido en la noche de los tiempos el derecho a aprobar los impuestos. Pero, acto seguido, argumentaba, no sin interesantes dosis de cinismo, que Luis XV venía a ser el rey de Francia que más impuestos había recaudado; por ello, consideraba que los franceses, lejos de considerar a los parlamentos sus aliados, deberían ser conscientes de que eran sus enemigos.

En mayo de 1772, Maupeou había conseguido que su parlamento alternativo comenzase a funcionar comme il faut. La provisión de una justicia razonable y profesional calmó los ánimos e hizo, de hecho, que muchos abogados que habían abandonado la práctica litigiosa, la recuperasen. Los príncipes de sangre estaban mucho más blanditos (y deseosos de volver a la Corte). Terray imponía nuevos impuestos, y allí nadie decía nada.

Maupeou, por lo tanto, había ganado la batalla. D'Aiguillon no podía aspirar a hacerle sombra. Eso sí, toda su fuerza, como os he dicho, se basaba en una sola cosa: la voluntad del rey, que poseía en su completitud. Pero Luis XV no duraría mucho; la cascó el 10 de mayo de 1774.

A mediados del año 1773, los franceses ya se habían resignado al exilio del parlamento capitalino, aunque cierto es que Maupeou seguía teniendo bastante más que problemas para encontrar gente que quisiera currar para él de magistrado. Esta paz relativa, sin embargo, se rompió aquel mes de junio con el estallido del affaire Goezman.

Un consejero del parlamento llamado Louis Valentin Goezman, que había sido magistrado del consejo soberano de Alsacia, lanzó un conflicto contra un hombre que entonces era famosillo, pero llegaría a serlo mucho más: Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais.

Como os he dicho, en ese momento Beaumarchais era famosillo, ma non troppo. Había estrenado dos obras en la Comédie Française, estrenos que le habían reportado cierta admiración, pero sin sobrarse.

Beaumarchais, además, era un personaje habitualmente muy polémico. Una especie de Coto Matamoros de su época. En febrero de aquel año, había dado con sus huesos en la prisión de Fort L'Evêque por desobedecer una orden judicial que le impedía salir de su casa, a causa de una denuncia de Louis Joseph d'Albert d'Ailly, duque de Chaulnes, a la sazón casado con Marie-Paule-Angélique d'Albert de Luynes, y que era la señora a la que Beaumarchais se estaba puliendo. Se podría decir, pues, que el escritor había violado una orden de alejamiento.

Beaumarchais era un hombre bien relacionado en aquel París; por eso, pronto consiguió un tercer grado gracias al cual sólo tenía que ir a dormir a la prisión. Sin embargo, en ese momento la mejor manera de describir su situación era que su estrella se estaba apagando. Como muchos escritores de su época, Beaumarchais tenía un mecenas o protector. El suyo era Joseph Pâris Duverney; pero el problema que tenía esa relación era que Duverney había muerto en 1770; y luego está el problema de que su fortuna se la quedó un sobrino, Alexandre Joseph de Falcoz de La Blache, tercer conde de La Blache, sobrino efectivamente de Duverney por parte de madre; y un tipo al que la Historia todavía le iba a reservar una vivencia importante, ya que, representando al Delfinado, habría de ser diputado de los Estados Generales de 1789 y de la Asamblea Constituyente. Aunque no importe mucho, por cierto, también era feo de cojones.

Beaumarchais, como casi todos los artistas cejudos que por lo tanto viven de la paguita, era persona en constante conflicto con su cuenta corriente. Cuando Duverney falleció, tenía una deuda muy fuerte, de unas 75.000 libras, que esperaba enjuagar con el dinero que su protector había prometido dejarle en el testamento; dinero en el que incluso se le habían prometido 15.000 libras de más.

A la muerte de Duverney, La Blache llevó a Beaumarchais a los tribunales, reclamándole la pasta, y perdió. Ese fue el momento en el que apeló al parlamento parisino. Como siempre, el tribunal designó un ponente o rapporteur como lo llaman los franceses; normalmente, el criterio de este ponente solía ser fundamental para la resolución final de los casos. Beaumarchais se dedicó, en las mañanas que tenía libres cuando salía de la cárcel, a tratar de trabajar amistad con el ponente de su caso.

Pues sí, los más listos de entre vosotros ya lo habéis adivinado: el ponente fue Goezman el alsaciano. En Goezman, el parlamento buscó poner el asunto en manos de un maopeupista total: en 1772, Goezman se había hecho un nombre al impulsar una serie de medidas judiciales destinadas a terminar con la publicación de los panfletos que se metían con el Mairie de Paris.

El 6 de abril de 1773, siguiendo la recomendación del ponente como se esperaba, la Corte sentenció en contra de Beaumarchais. Aquello fue la ruina para el escritor. Tuvo que vender sus tierras en provincias, y abandonar su casa. Permaneció en la cárcel hasta el 8 de mayo, semanas durante las cuales sus acreedores entraron en su casa, se llevaron todo lo que encontraron, y lo que era demasiado voluminoso, como libros, muebles y demás, lo subastaron.

Algún tiempo después de la sentencia, por París comenzó a circular el rumor de que Beaumarchais había intentado comprar a Goezman. La historia, fuera cierta o bulo, era bastante precisa. Beaumarchais habría usado a un librero llamado Lejay y a la propia esposa de Goezman, Gabrielle-Julie Jamart, para llegar al ponente; se decía que le había ofrecido 50 luises de oro, que vienen a ser unas 1.200 libras. En una segunda oferta, añadió otros 50 luises y un reloj de oro con diamantes. Goezman, en medio de un escándalo que amenazaba con acabar con su imagen, tomó la decisión de denunciar a Beaumarchais por intento de compra. Lejay fue arrestado. Aquello, muy rápidamente se convirtió en un juicio sobre cómo trabajaba el parlamento de Maupeou.

Conforme cedían los calores de aquel verano de 1773, en París comenzó a decirse que Goezman, un tanto desesperado por las evidencias que comenzaba a haber de que la oferta había existido, trataba de salir de aquella culpando de todo a su mujer; a la que algunos decían que quería ingresar en un convento.

Beaumarchais y la Jamart no habían sido detenidos, pero sí fueron llevados al tribunal a declarar. Beaumarchais negó el intento de soborno. Pero era un intenso bastante fútil porque, aunque la mujer de Goezman le había devuelto las monedas y el reloj, se había quedado 15 luises para sus gastos; y ahora le pasaba lo mismo que a Zapatero: le habían encontrado un pastón, y no sabía cómo justificar su posesión. La señora de Goezman declaró ante el tribunal más de cinco horas y, según las crónicas, incurrió en una contradicción detrás de otra.

Un Beaumarchais totalmente desesperado decidió echar mano de lo único que verdaderamente tenía, que era su talento como escritor. No era abogado ni sabía de leyes; pero sabía escribir de forma cautivadora, y eso era algo. Llegó a publicar cuatro memorias jurídicas sobre el caso. En los textos que publicó se ve con claridad que su primer objetivo fue enmerdar al matrimonio Goezman; pero, conforme fue avanzando el tiempo y avanzó también el caso, su prosa ácida y de denuncia comenzó a dirigirse hacia todo el sistema judicial de Maupeou.

Dos días antes de que la Corte se definiese, a Beaumarchais se le permitió tener una entrevista con los Goezman. El encuentro no sirvió para gran cosa. Inasequible al desaliento, el escritor volvió al día siguiente para entrevistarse con la señora Goezman; quien le dijo que testificaría a su favor, siempre y cuando él le hiciese algún regalito más. Beaumarchais se marchó y volvió con el famoso reloj de oro y brillantes. Entonces la señora le dijo que, como tenía que ablandar la voluntad del secretario de su marido, necesitaba 15 luises adicionales. Beaumarchais le dio lo que pedía, pero se encontró con la sorpresa de que, al regresar al domicilio, el portero no le dejó pasar. Horas después recibió una esquela de la mujer en la que ésta le juraba que le devolvería los regalos si perdía el caso.

Al final de todos estos dimes y diretes, Beaumarchais consiguió recuperar todo lo que había entregado, menos los 15 luises.

Aunque 15 luises, teniendo en cuenta lo que se estaba ventilando allí, era una cifra bastante modesta, Beaumarchais no pudo soportar no recuperarlos, y por eso los convirtió en su leiv-motiv en las siguientes memorias, tres, que escribiría y publicaría sobre el caso. Acusaba al parlamento de Maupeou de ser lenitivo frente a aquel robo. “[El parlamento de Maupeou] Luis XV lo creó, y 15 luises acabarán con él”, llegó a escribir.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario