lunes, enero 19, 2015

Nacht der langen Messer (3: el discurso de Marburgo, y la inmediata reacción de Göbels)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo.



Un síntoma de que en el partido nacionalsocialista de 1934 había ambiciones muy a flor de piel, y que a menudo se olvida en algunos papelitos, es que aquélla de Venecia, que fue la primera salida al exterior de un Hitler en el poder, fue paralela a una serie de viajes, también fuera de Alemania, realizados por sus lugartenientes principales; viajes en los que algunos de ellos se hicieron tratar como si ellos fueran el Poder.

Göbels se hizo invitar a una conferencia en Varsovia, por ejemplo. Pero fue, sobre todo, Röhm quien destacó en este tema. Decidió visitar la moderna Duvrovnik, teóricamente para descansar y tratar de recuperarse de una antigua herida de guerra que se había reactivado. Sin embargo, hasta la propia prensa nacionalsocialista alemana reconoció que había sido recibido por el gobierno yugoslavo «como un soberano». Tras unos días así, Röhm, con el pretexto de las fiestas de Pascua, inició un viaje de placer que lo llevó a Atenas y a Budapest, acompañado por un séquito de una veintena de personas del que formaba parte, incluso, un alto aristócrata alemán: el príncipe de Hesse.

El periplo del jefe de las SA por Yugoslavia fue tan intenso desde el punto de vista de la valoración política que cuando, acto seguido, sea Göring el que viaje a Belgrado, se encontrará con un gobierno yugoslavo renuente a montarle un recibimiento a todo plan, pretextando los esfuerzos ya realizados con Röhm. Así pues, Hermann se tiene que contentar con hacer en Yugoslavia una discreta escala técnica en el aeropuerto de Ziemun, durante la cual realizó las violentas declaraciones antiitalianas que esperaba poder haber soltado en grandes banquetes oficiales. De estos polvos datan los lodos del odio africano de Göring hacia Röhm que, como veremos, va a ser más que importante en la historia de la NCL.

Es importante destacar aquí, o recordárselo a quienes sepan sobre la Anchsluss, que viajar a Yugoslavia no era, para Alemania, ninguna estupidez sin importancia. Yugoslavia era el país que tenía, de alguna manera, la llave, o por lo menos una llave, del poder italiano en la cuestión austríaca. Una actitud decididamente proalemana por parte de Belgrado era susceptible de romper las posibilidades de un frente eslavo antialemán en la zona, apoyado por Francia y de alguna manera patrocinado por Italia, que era la jugada con que soñaban los diplomáticos de Londres para ponerse un tampón a Hitler por su frontera oriental y forzarle, con ello, a entenderse con Inglaterra y Francia. Así pues, las relaciones entre Berlín y Belgrado eran una cuestión de la máxima importancia y delicadeza; y, como acabamos de ver, los segundos escalones del nazismo, aprovechando que el jefe estaba fuera, se aprestaron, con una notable dosis de temeridad, a jugar sus propias bazas en aquella partida.

En realidad, el fenómeno es más profundo y delicado. Hitler era hombre de amores muy apasionados (por muy poca gente) y de odios insondables (por mucha gente). Con ese concepto que tenía de los hombres de la vieja Alemania como una, ejem, casta; y puesto que durante mucho tiempo llevó dicho concepto hasta el extremo, tenía serios problemas para relacionarse con porciones de la sociedad germana con las que le hubiera venido bien haber tenido cauces de diálogo abiertos. Odiaba especialmente a aquellas porciones de la sociedad y del poder que estaban ocupadas por familias o clases seculares, esto es la aristocracia alemana. Y esto quiere decir: el Ejército y la diplomacia. Hitler, como ya hemos dicho, y por imposición de Hindenburg, nombró a un no nazi, Von Neurath, como ministro de Asuntos Exteriores; pero tal vez precisamente por lo impuesto del nombramiento, practicó una calculada y ancha distancia respecto del hard core del Ministerio, básicamente formado por personas de sonoros apellidos cuyas familias llevaban incluso siglos dedicadas a la cosa. Sin embargo, no tuvo huevos, o no pudo ponerlos sobre la mesa, para entrar en el Ministerio y dejar los despachos más vacíos que el estómago de Carpanta. Como consecuencia, la Alemania de 1934 tenía un Ministerio de Asuntos Exteriores que apenas tenía instrucciones, un canciller que iba a su bola... y unos ejecutivos del partido gobernante que hacían exactamente lo mismo.

Los principales interlocutores reales de Francia en aquella época, por ejemplo, eran Von Papen y Hess. Von Neurath, apoyado en esto por Hjalmar Schacht e incluso algún nazi como Alfred Rosemberg, era el interlocutor y defensor de la anglofilia. El Ejército presionaba todo lo que podía para reeditar la vieja alianza con Rusia. Göring era proeslavo; se podría decir que polonófilo y serbiófilo...

En consecuencia, en aquella época, para los representantes de intereses extranjeros, un concepto tan sencillo como «hablar con Berlín» era mucho más difícil de expresar de lo que parece. Los escalones de poder germanos bullían de interlocutores con filias y fobias distintas y todos ellos con alguna parcela de poder que por supuesto exageraban; por lo que resultaba harto difícil dirimir si una conversación estaba siendo productiva, o no.

En estas circunstancias, nadie deberá extrañarse de que Von Neurath acabase dirigiéndose a Hitler para decirle que el ámbito de su Ministerio era un puto cachondeo, y que hiciese algo para ordenarlo. Curiosamente, la misma demanda que recibía por parte del Ejército al hablar de las SA.

Es en este ambiente de Estado-cachondeo, en el que cada círculo nazi hace política por su cuenta, en el que Von Papen, sin haber consultado al jefe de su gobierno y aprovechando que está fuera del país, pronuncia el discurso de Marburgo.

El discurso de Papen en Marburgo no es fácil de encontrar; y es una pena porque hay que reconocer que, incluso en una versión traducida, se aprecia muy bien la elevada calidad propagandística de la pluma de Jung, que escribió unas notas brillantes y ponderadas. El tema del discurso, debemos recordar que pronunciado por el vicepresidente de un gobierno nacionalsocialista, es la tolerancia. El retorno a un régimen liberal, aunque sin perder las raíces conservadoras del movimiento que ha ganado el poder en el país. Von Papen dice que el régimen vigente en ese momento responde a «una necesidad provisional», y que es necesario que en un Estado sano haya una distinción estricta entre el Partido y el poder. Anuncia la llegada de una nueva etapa, la de la Alemania renovada, en la cual la libertad de pensamiento renacería garantizada por un Presidente del Reich consolidado como árbitro entre los partidos.

También dice en su discurso cosas como «no hay derecho a calificar de intelectualismo la vía del espíritu» (alambicada defensa del catolicismo y la religión); o que hay que estar en guardia respecto de «estos revolucionarios jóvenes y demasiado violentos que tratan de reaccionarios a aquellos conservadores que se dedican a lo que consideran su deber». También criticó el hecho de que «cada crítica se considere una traición» y que a los que las hacen «se les estigmatice como enemigos del Estado».

En Berlín, un innominado operador de teletipos de la Deutches Nachrichten Büro o DNB, la agencia de prensa oficial, recibe el comunicado con el texto del discurso de Papen y, asustado, se dirige a la mesa de su también innominado redactor-jefe, quien, tras leer el texto, casi tiene un infarto. Abrumado por el peso de tamaña toma de posición, decide llamar a Göbels.

El ministro de Propaganda, sin embargo, no duda ni un minuto: censura el discurso de su superior. Si algo no le faltaba a Joseph, era agilidad y agudeza a la hora de interpretar estos gestos. Nada más leer el discurso, juntó piezas y vio claro por dónde iba la movida. Inmediatamente, cursó una orden a todos los periódicos alemanes para que no publicasen ni una línea del tema, así como una orden a las estaciones de tren fronterizas para que interceptasen los ejemplares del diario suizo Bale Nachrichten, que llevaba una larga crónica del discurso, y que se solía vender en Alemania. La prohibición abarcaba incluso al hecho de informar de que se había producido el acto de Marburgo.

Quede para la Historia el dato de que un solo periódico alemán informó aquel día del acto de Marburgo. Fue La Gaceta de Francfort, un periódico que, para cuando recibió la orden de Berlín, había impreso ya, y distribuido, su primera edición, destinada a los abonados. Göbels reaccionó cursando una orden urgente al servicio de Correos para que no la repartiese.

Göbels entendió inmediatamente que el movimiento de Von Papen sólo se podía haber producido con una condición: que contase con el apoyo (el testamento) de Hindenburg. Así pues, no quedaba otra que iniciar en la prensa nacionalsocialista un contraataque inmediato. Sin embargo, Göbels siempre tuvo su punto de cobardía, expresado en sus últimas consecuencias en el gesto de llevarse a sus hijos por delante cuando decidió suicidarse. No podía olvidar que Papen tenía en ese momento el gobierno de Alemania, y que, por consiguiente, si actuaba él solo podía encontrarse con ser una víctima del proceso antes incluso de que Hitler acudiese en su ayuda (si es que acudía, claro). Consciente, pues, de que necesitaba compañeros en su coalición, decidió levantar el teléfono y trazar las cifras de un número que de seguro le provocaba herpes labial marcar: el de Hermann Göring.

Göring era la llave. Tenía el control sobre las fuerzas policiales prusianas, y eso quiere decir que si había alguien capaz de encapsular a Von Papen y al círculo 15M de Hindenburg, ése era él. Göbels no podía hacer nada de eso. Pero, al mismo tiempo, tenía que ser cauto, porque Göring, él lo sabía bien, no le habría hecho ascos a un movimiento que tuviese como consecuencia la eliminación o cauterización del ala izquierda del NSDAP, del jonsismo del nacionalsocialismo, representado por el propio Göbels, el de muerte al capitalismo, la casta de los aristócratas y bla.

Cuando Göbels contacta con Göring, se encuentra con un dirigente nazi que tiene claro que lo de Von Papen no tiene un pase, y que hay que hacer algo. De hecho, casi inmediatamente la presión del poder nacionalsocialista sobre los católicos se hace más estrecha, y los enfrentamientos de las organizaciones hitlerianas con las católicas comenzarán a ser la orden del día. Los obispos reunidos en Fulda, entendiendo lo delicado de la situación, terminan su reunión sin pactar ni publicar un comunicado final. En este gesto puede que tuviera algo que ver el viejo canciller Brüning, quien al parecer había tenido no malas relaciones con Göring cuando éste era diputado de la oposición, y que pudo tener en aquellos días alguna conversación con él (el hecho innegable, en este sentido, es que Brünning dejó Alemania diez días antes de la NCL, en la que más que probablemente habría sido asesinado). En todo caso, lo importante es que el gesto de los obispos demuestra que el discurso de Papen ha tenido en ellos el efecto contrario al buscado, porque los ha acojonado.

La jugada ha salido mal. Si Von Papen quiere, verdaderamente, luchar por el poder, no le va a bastar con insinuar que tiene el testamento de Hindenburg. Pero si los nazis han sido capaces de conseguir que todo un país desconozca un discurso, más fácil aún les será hacer desaparecer un papel.


Por primera vez, probablemente, Franz von Papen se acaricia preocupadamente la garganta, pensando en Hitler.