lunes, enero 05, 2015

Dislexia franquista

El final de la guerra civil en los términos en que se produjo supuso, como es bien sabido de todos, la represión y el ninguneo de la media España que había militado en el bando perdedor. Esto hizo que la España surgida del conflicto tuviese que reinventar muchas cosas. Y una de las muchas cosas que tuvo que reinventar prácticamente desde cero fue el periodismo.

El reto no era nada fácil: no sólo buena parte, si no la mayoría, de los periodistas en ejercicio en España habían abandonado esa profesión por muerte, exilio o silencio; sino que, además, la España de Franco se convirtió en muy poco tiempo en uno de los países con más medios de comunicación de la Historia. El Estado, el Partido Único, los movimientos afectos (como la Iglesia), todos ellos fueron regados tras la victoria con la formación de un entorno de medios de comunicación estatales. Un montón de columnas de periódico que alguien tenía que llenar. Y ese alguien fue, como digo, en buena medida improvisado.

Este fenómeno convierte el franquismo, en sus primeros veinte años, en un campo abonado para un clásico del cachondeo como es el gazapo periodístico.
Usualmente, el gazapo es producto de un error no querido (vamos a ser buenos y pensar que es así) por parte del periodista y del medio, y que hace que la noticia publicada no sea la escrita. Ejemplo evidente de este tipo común de gazapo es un titular del diario Pueblo sobre la guerra en el Zaire, que textualmente decía: El jefe de los mercenarios se muestra dispuesto a pastar con Mobutu. Otras veces, lo que falla son los mecanismos del periódico para la revisión de originales (si es que los tiene, claro), que hacen que lo que en un principio no se pensaba fuese a publicarse saliese finalmente impreso. Ejemplo de esto, una crónica deportiva en un periódico del sur de España, en el que, bajo el titular, se pudo leer: El subtitulillo va acá, acá, acá, y a ver si os enteráis, cohone. Por lo que se lee, no se enteraron, no...

Otro clásico de aquella prensa son los errores de composición. No es cuestión de extenderse aquí en la materia, pero conviene que sepáis, los que no, que en aquellos tiempos, y hasta hace relativamente poco, los periódicos (como los libros) se hacían fundiendo cada línea de lectura en plomo y colocándola en unas cajitas que tenían el tamaño de las páginas. El texto, además, estaba allí puesto del revés, para que al imprimirlo en el papel quedase del derecho. Así las cosas, era bastante común en la época equivocar los textos, colocándolos en la noticia que no era y generando situaciones chuscas y, a veces engorrosas. Por ejemplo, no creo que el responsable de la edición del compostelano La Noche del 11 de septiembre de 1957 lo pasase muy bien después de haber dejado que bajo el titular:

Detención de un ladrón de prendas de vestir

figurase el siguiente texto:

Hoy es esperado en esta ciudad el ministro de Obras Públicas, general Vigón, gobernador militar que ha sido de esta plaza y a quien tanto se lo quiere y respeta en Ferrol.

La inmensa mayoría de las erratas vistosas de una prensa ignorante (de hecho, la localización de las de este tipo es una buena manera de hacer una buena clasificación de medios donde se escribe bien, regular, jodidamente mal o como el culo) no tienen que ver con la ignorancia conceptual, sino con la del idioma escrito y sus reglas. La sabiduría estilística del periodista, como el valor al soldado, se asume axiomáticamente; pero, la verdad, no siempre se da. Habitualmente, el periodista desconoce la manera correcta de redactar las frases, de estructurar sus subordinaciones, de ordenar los elementos; y, consecuentemente, acaba escribiendo lo que no está pensando, que, para un periodista, es como un cardenal purpurado que se defecase en la Deidad. De aquellos polvos de la escuela mal asumida vienen lodos como éste, precioso, de la publicación cordobesa Ecos (1953):

El problema vital de Córdoba es el de la vivienda. Once mil ochocientas setenta familias viven en una sola habitación, y cinco mil ventinueve en peores condiciones.

De este error más que frecuente hacía remoquete Miguel Gila en sus monólogos, durante los cuales afectaba leer una noticia de un periódico: Un hombre resulta atropellado en Nueva York cada dos minutos. Miraba al público y, sonriéndose, decía: «¡Pues cómo debe estar el tío!»

Aquí tenéis otro ejemplo no menos vistoso (del diario Madrid)

Por la rapidez con que lo hizo, derrapó y subió la furgoneta a la acera izquierda de la calle del general Pardiñas, causándole tan graves heridas que falleció inmediatamente.

La víctima de las heridas, un atropellado, estaba, claro, en la frase anterior. Pero aquel periodismo patrio no dominaba demasiado lo de la cercanía de los referentes. 

Mucho más claro se ve el error en este texto de Noticias de actualidad (1956):

También dos unidades de la Sexta Flota de la Marina de los Estados Unidos, que navega las aguas del Mediterráneo, han fondeado en el estuario onubense, en las mismas aguas de Palos, donde cuatrocientos setenta y cuatro años antes levaban anclas las naves del Descubrimiento a las órdenes del capitán de corbeta M. R. Massie, jefe de la 85 División de Minas de la flota norteamericana.

Cuando la clase periodística es ignorante, sin embargo, se producen otro tipo de errores, totalmente imputables a la incultura. Tengo yo escuchado en una entrevista de radio que le preguntasen a un especialista en protocolo «qué tipo de prevenciones hay que seguir en la relación con las altas autoridades estadísticas»; sin que el apelado aclarase demasiado cómo hay que desempeñarse cuando uno almuerza o cena en compañía de los responsables de elaborar el Índice de Precios al Consumo, que cabe suponer es de lo que iba la pregunta. En el periodo temporal que aquí recensiono, tenemos un ejemplo de lo dicho en la siguiente crónica de La Gaceta del Norte, con fecha 20 de abril de 1956:

Dentro del Plan de cortesía que B y K [se refiere a Nikolai Bulganin y Nikita Kruschev, entonces en Londres; el hecho de que el periodista los cite por este orden demuestra ya que no sabe de lo que habla] están realizando durante su estancia en Inglaterra [que, en realidad, es una estancia en el Reino Unido], le ha tocado el turno a la ofrenda de coronas. Los dos picatostes soviéticos colocan una ante el monumento funerario erigido en Londres.

Aparte de que el periodista no parece tener demasiada información sobre el tipo de monumento funerario al que se refiere la noticia, es de suponer que apela a los dos mandatarios soviéticos de picatostes por querer decir prebostes, que tampoco es palabra que les sea muy de aplicación. Pero, vaya, por pura ignorancia léxica, los convierte en dos apetitosos trocitos de pan frito.

Además los gazapos, pues, está el error que el periodista, y el medio que lo ampara, cometen por burros, por animales, por ignorantes. De éstos sigue habiendo bastantes y hasta son motivo de exitosos blogs. Pero, como digo, nunca, en la Historia del periodismo español, ha habido tantos de éstos como en los primeros años del franquismo, tiempo en el que los periódicos eran mayoritariamente escritos por una caterva de juntaletras de camisa azul, algunos de ellos incluso extraordinariamente pagados de sí mismos y convencidos de que merecían un Pulitzer o algo así, pero que, en realidad, eran unos cabestros con balcones a la calle y trienios de antigüedad.

Una serie de libros se ocupó, en su día, de recopilar muchos de estos errores. Se trata de los distintos tomos de El despiste nacional, obra de Evaristo Acevedo, quien si no recuerdo mal solía publicar sus comentarios en La Codorniz, en una sección llamada La cárcel de papel.

Hoy he echado mano de esta obra y os he seleccionado algunos bloppers especialmente indicativos de la cultura del periodista patrio en aquellos momentos, pero relacionados con la Historia, puesto que es el tema de este blog. Las cursivas, o sea redondas, que leeréis, son mías (o sea, del libro)

Empezamos con un artículo del ABC, agosto de 1956. Texto:

Recuerda con acierto El Español que, cuando en febrero de 1860 nuestras tropas ocuparon Tetuán, llevando allí por primera vez «la prensa, la luz eléctrica, los telégrafos, los teléfonos, la sanidad modernas y tantos otros elementos necesarios para el despertar de un país» (...)

Aquí tenéis un clásico de la incultez histórica de un escribidor. Una persona ignorante es una persona que dice o escribe algo que no puede ser, pero se queda tan pancho porque, como es ignorante, no alcanza a conocer dicha imposibilidad. El ignorante económico traduce un billón americano por un billón español, dice o escribe El puente sobre el río Pollas podría costar dos billones de dólares, y se queda tan tranquilo, sin pararse a pensar que dos millones de millones de dólares dan para construir un puente, literalmente, de plata. Con las mismas, el ignoto amanuense del diario monárquico se quedó tan tranquilo al aseverar que los españoles estaban en condiciones de llevarle a los marroquíes la luz eléctrica y el teléfono unos cuantitos años antes de que Edison y Graham Bell (o Meucci, según gustos) los desarrollasen.

Otro clásico de los errores de la época es la mala cita bíblica. El clima religioso del país reclamaba casi constantes apelaciones a las Escrituras, pero lo cierto es que los Evangelios son como el Quijote, pues todo el mundo habla de ellos, pero pocos los han leído. Véase esta muestra del Noticiario Universal de Barcelona, que supongo levantará ronchas entre los lectores que crean que Alá es grande:

El padre Miguel ha debido concretar su pensamiento en aquellas palabras evangélicas: «Si la montaña no puede venir a nosotros, iremos a la montaña».

Ahora bien: si creéis que lo habéis leído todo en materia de incultura bíblica, al loro con este parrafito de 7 fechas, 1957:

EL DISCO TRESCIENTOS MIL.- Esta cantante de la risa amplia y el largo pelo [se refiere a Dalila que, en todo caso, creo que se llamaba Dalida], tiene nombre igual al de la dama que dejó sin guedejas a Napoleón.

Napoleón rima con Sansón; en puridad, es lo único en lo que se parecen.

Pero no son sólo los textos sagrados los que se citan mal. Sin ir más lejos, este ejemplo de una entrevista de Pueblo:

También se ha dicho, por Cervantes, que «lo bueno, si breve, dos veces bueno».

... pues va a ser que no, mon ami, porque el autor de la dicha frase fue don Baltasar Gracián.

Otro ejemplo de incultura religiosa es del diario Sur, de Málaga, escrito por algún redactor que cree que los Evangelios son bastantes más de los que son:

El escultor Juan Ávalos está esculpiendo los sepulcros de los amantes de Teruel, para conservar sus momias. Es el escultor de nueve figuras gigantescas en el Valle de los Caídos, los evangelistas, que tienen 18 metros de altura cada uno.

Un apartado especial merecen los errores que no tienen ni puñetera disculpa. O sea: son obra de gentes ignorantes hasta la tranca que, simple y llanamente, no saben de lo que escriben y consecuentemente la cagan. Una crítica de cine del diario Jaén:

Lástima que ese letrerito del principio califique al emperador Maximiliano de «extranjero» en Méjico [sic]. Nunca supimos que ningún español lo fuese en esta nación entrañablemente unida a España (...)

El redactor de este texto, a todas luces, interpreta que alguien que se llama Maximiliano, y reina en México, por fuerza ha de ser español. Le habría bastado con atender en la escuela, o con consultar alguna de las excelentes enciclopedias que seguro tenía el periódico a su disposición, para averiguar que Maximiliano era hijo de del archiduque de Austria, y tenía de español lo que Cristiano Ronaldo de Frente Atlético.

Mucho le voy a dedicar la siguiente cagada a mi amigo Eborense. De seguro que disfrutará con ella:

Como Felipe II en la circunstancia histórica de Trafalgar, la U.D. Las Palmas pudiera exclamar: «yo no mandé a mis hombres a luchar contra los elementos».

No nos vamos a poner estupendos para recordar que lo que Felipe II no envió a luchar contra los elementos fue sus naves, no sus hombres. Pero, vaya, lo que ya no le pasamos al ignoto cronista es que pretenda pasar al Rey Prudente por responsable de la derrota sufrida en Trafalgar, más que nada porque la mentada batalla se produjo cuando el monarca llevaba 207 años durmiendo la Siesta, así, con mayúsculas.

Felipe II, ahora mismo lo vamos a ver, parece ser una especie de rey polivalente para el periodismo falangista de primera hora franquista. Sabido es que el franquismo, influido en esto por la mítica joseantoniana, practica una admiración sin par hacia los reyes católicos (los del yugo y las flechas, sin ir más lejos); admiración que, a menudo, se extiende, como en una coda sinfónica, en beneficio del rey Felipe, quien parece haber reinado para todo y en todo tiempo. Pues no sólo Felipe II perdió la batalla de Trafalgar. Véase esta entrevista de La Verdad de Murcia (1956), sobre la guitarra:

PERIODISTA: ¿Me podría dar algunos antecedentes del instrumento?
ENTREVISTADO: Los tiene en los vihuelistas del siglo XVIII, de la corte de Felipe II.


El otro gran ejemplo, repetido hasta la saciedad en aquella prensa (y en ésta) proviene de la recepción por parte de la clase periodística de un error que es, hay que reconocerlo, muy común en la sociedad española. Los ejemplos son varios, pero me apoyaré en uno del compostelano Correo Gallego (1957); entre otras cosas, porque es un texto de la sección donde más se cometía este error, que era la de Deportes:

Bien el portero de La Felguera, si bien peca de confiado. Floja defensa y una media de brega en la que destacó Trompi. Lo mejor de este equipo -por lo visto en el estadio- su línea delantera y, en ella, el ferrolano Fábregas, que sirvió balones de esos que le ponían a Felipe II.

Este texto, aquí reproducido, es un buen ejemplo de la acostumbrada insoportable levedad del periodismo deportivo patrio. Vamos a ver: ¿qué pichas de balones le iban a poner a Felipe II? Vale que el Real Madrid es un equipo señor y el Barça más que un club, pero... ¿tanto como para datar de los tiempos del Renacimiento? ¿Será que no sabíamos que la amplia explanada del monasterio de El Escorial fue, en realidad, diseñada para albergar la final de la Copa del Rey Prudente? 

Ya bastarían estos argumentos para haber convencido al sufrido testigo del partido de La Felguera para haber tascado la pluma. Pero, vaya, es que ni en el sentido metafórico vale la frase porque, la verdad, y como digo éste es un error que comete mucha gente, a quien se las ponían no era a Felipe II, sino a Fernando VII. Y no eran balones de fútbol, sino bolas de billar. Porque a Fernando VII le gustaba ganar siempre, hasta el punto de que se especula, con bastante razón, que incluso trató de amañar la lotería para que le tocase. Y una de las cosas que hacía, o dejaba que le hiciesen, según el rumor popular, era colocar las bolas de billar en posiciones de carambola fácil, para así ganar las partidas. 

El periodismo deportivo de la época, abundantoso en una redacción de alta épica muy propia de quien no sabe escribir comme il faut, está trufado de referencias históricas, porque la Historia, al fin y al cabo, es épica en mayor medida que cualquier otra cosa. Pero para acertar hay que saber, y ése no es el caso de este cronista de El Correo Español-El Pueblo Vasco:

El Atlético llegó a la ciudad canaria, vio, jugó y empató. Como si fuera un Nabucodonosor futbolístico, aunque menos.

Y tanto que menos, bertzolari de todo a cien...

Otro cagadón galáctico lo podemos leer en la publicación Dígame, en la que un tal señor Cristino Fernández Villegas se jacta de los muchos amigos que tenía su padre, con estas palabras:

Mi padre hacía tertulia con Cánovas del Castillo, Pérez Galdós, Blanca de los Ríos, Tirso de Molina, Jacinto Benavente y otros muchos escritores prestigiosos.

Correcto: el padre del señor Fernández no hacía tertulias; hacía ouijas. Sólo así se explica que Tirso de Molina estuviese presente en las mismas. Ya puestos, por lo tanto, es probable que entre los otros «escritores célebres» que acudían a la tertulia se encontrasen Juvenal, el Arcipreste de Hita y hasta el ignoto autor del Cantar de Mío Cid.

Ya que hemos hablado de Tirso, que era religioso y escritor, habremos de hacer notaría aquí de otro curioso error histórico repetido: el uso de otro religioso literato, fray Luis de León como una especie de sinécdoque en la que se acrisolan todos los escritores de nuestra Historia distante. Al buen fraile, a menudo, se le adjudican las cosas que dijeron, en realidad, otros de sus colegas de oficio. Véase este ejemplo de la hoja del lunes de Las Palmas (1957):

«Cualquier tiempo pasado fue mejor». Esto no lo decimos nosotros. Lo dijo fray Luis de León y por consiguiente nosotros, repetimos, estamos de común acuerdo con esta maravillosa oración que encierra en sí mismo un postulado y un significado que se viene añorando en todos los tiempos y de generación en generación.

Me gustaría aclarar dos cosas sobre este texto. La primera, obvia, que el autor de la frase no es el buen fraile, sino Jorge Manrique, el de las coplas. La segunda que, lo creáis o no, el texto que acabáis de leer iba debajo de un titular que decía Decadencia del fútbol canario

Otro clásico acojonante de los errores periodísticos es el que se refiere a esos pasatiempos en los que hay que adivinar la respuesta correcta. Un buen director de periódico haría bien en seleccionar con cuidado al autor o autora de estas secciones, no sea que su falta de conocimientos le vaya a jugar una mala pasada. Pero en aquella prensa en la que los años de carné valían más que los conocimientos, era relativamente habitual que cayesen en manos de auténticos ignorantes. Como el que elaboraba dicho pasatiempo en la murciana Línea, y que en 1954 propuso la siguiente pregunta:

Si es usted aficionado a la Medicina, recordará muy bien que el descubridor de los rayos X fue:

Ronsard
Nobel
Linneo
Curie
Pascal
Newton
Cajal

El sufrido lector que fuese, en el número siguiente, a chequear la solución, se encontraría con que, según la publicación, ésta era: Ronsard, o sea Pierre de Ronsard, admirado poeta francés. La cosa tiene bemoles, porque no sólo Ronsard nunca inventó los rayos X sino que, de hecho, ninguno de los propuestos lo hizo, ya que en la lista no está Wilhelm Röntgen.

En fin, la cosa daría, y para mucho. Habremos de dejarlo aquí, no sin recomendaros, a quien no lo conozcáis, la lectura de los libros de Acevedo. Bastante fáciles de encontrar en los libreros de viejo, y a precios más que asequibles.