lunes, diciembre 15, 2014

Sir John: (6: Resacón en el Bierzo)

Recuerda que ya te hemos contado:

La extraña combinación de circunstancias que puso a John Moore al mando de las tropas británicas en España.

Las opiniones no demasiado buenas que los ingleses se llevaron en su primer contacto con La Coruña.

Los miedos de sir John Moore de que en España estallase la burbuja.

Los cambios de planes de los ingleses, después de que un cartero vallisoletano se cargase a un francés pollas.

El momento en el que Napoleón se puso en la boca el cuchillo de capar.


Napoleón Bonaparte, en Benavente, perdía a marchas forzadas interés en la caza de los ingleses. Es como si se creyese, como un lector más de las sátiras que publicaba con fruición la prensa francesa, todas las historias que contaban los papeles sobre la vergonzante retirada de los británicos, de cómo habían dejado a los españoles en la estacada mientras se arrastraban por la piel de toro bebiendo vino y metiéndole mano a las monjas.

Así las cosas, sin salir del pequeño pueblo castellano, Napoleón decidió dejarle a Soult el temita de los ingleses. Hizo detener a sus tropas en el camino hacia Astorga, las formó y, una vez así, les enseñó una carta que había recibido de París que, según afirmó, hablaba de problemas sin cuento que lo reclamaban en la capital del mundo. Y como lo dijo, lo hizo.

La napoleónica decisión eliminó un poquito, no mucho, de presión sobre los ingleses. La Guardia Imperial fue facturada de vuelta a Valladolid. Otras tropas, al mano de César Alexandre Debelle, a Madrid. Incluso Junot fue enviado a Zaragoza, mientras otras tropas eran enviadas a las riberas del Duero, donde algunas guerrillas españolas estaban dando por saco.

En las últimas horas del día de Año Nuevo, mientras tanto, tropas inglesas alcanzaban Bembibre. La villa no pasaba entonces por su mejor momento, teniendo en cuenta que uno de los oficiales que entraron en ella la definió como a wretched, filthy little hole; creo que una traducción conceptual adecuada sería «un puto agujero de mierda». Pero lo que vieron fue tremendo. Un espectáculo que tampoco se ha reproducido nunca en las muchas películas hagiográficas que sobre nuestra guerra de la Indepe hemos hecho nosotros y los propios británicos. Todo, absolutamente todo en el pueblo, estaba roto: puertas, ventanas, muebles. Todo. Las divisiones de Hope, Baird y Fraser habían pasado por el pueblo como los hunos. Se habían bebido hasta los meados de los bueyes, y se habían cogido una cogorza de tal calibre que casi mil efectivos de sus unidades hubieron de quedarse en el pueblo, demasiado mamados para poder andar. Los soldados y oficiales de la reaguard británica se encontraron eso: hombres tirados en el suelo, catatónicos, y mujeres y niños deambulando como zombies, según los relatos, tan borrachos como sus maridos y padres, hasta el punto de que uno de los relatos cuenta que de las narices de los niños manaba el vino como si estuviesen sangrando.

Los sobrios militares que acaban de llegar comenzaron a repartir hostias entre los borrachos, utilizando incluso las bayonetas, pero sin éxito. Como uno de sus sargentos dejó escrito, «poco o nada se podía hacer con personas que eran incapaces de mantenerse de pie, mucho menos de marchar».

Algunas horas más tarde de la llegada de los soldados de refresco, llegaron noticias de que por el este se acercaban dragones franceses. Algunos de los mamados intentaron huir, pero no pudieron evitar ser una presa fácil para los caballeros del general Armand Lebrun de La Houssaye. Sólo unos pocos pudieron huir y reagruparse con el resto de las unidades en la carretera de Villafranca del Bierzo.

Moore no podía más. En ese momento, era comandante de una tropa de dipsómanos pobremente vestidos, vulgares rateros que atacaban a todo el que se ponía a tiro de ellos, para robarle todo lo que tenía y penetrar a sus mujeres. En el camino hacia Villafranca, mientras rumiaba la necesidad de dar un escarmiento British style cuando llegara al pueblo que era su objetivo, fue dando órdenes de que las personas que fuesen descubiertas en flagrante situación deplorable fuesen separados del resto de la tropa y mostrados a la misma, para su vergüenza. Al llegar a Villafranca, los expuso en la plaza del pueblo, como condenados a muerte.

Las tropas, sin embargo, iban a su bola. Yo, honradamente, no sé si los villafranqueses recuerdan de alguna manera el 1 y 2 de enero de 1809. Pero deberían. Es probable que nunca se haya vivido en ese pueblo una situación igual. Nada más llegar al pueblo, el día 1, los soldados británicos iniciaron un motín que no pudo ser razonablemente controlado hasta la medianoche del 2. Durante esas más de 24 horas, los soldados robaron los caballos de los establos, saquearon las tiendas, profanaron las iglesias. Por supuesto, todos los toneles y recipientes de vino, en lo que ya era un clásico, fueron abiertos a hostias en plena calle. Las tropas se lo llevaron todo: la sal, la carne, el pescado, galletas, ropa, munición, medicinas. Todo quedó tirado e inservible en la calle, porque aquellos flemáticos británicos no robaban para quedarse nada; robaban por joder. Por robar. Por romper. Os copio aquí la descripción que hizo un oficial de la situación:

«Cualquier esquina del pueblo estaba llena de hombres. Muchos regimientos tuvieron que dormir al raso. Muchas de las mulas, de los bueyes y de los caballos de carga parecían al límite de sus fuerzas, y allí mismo se tumbaban y morían. Muy pronto se hizo imposible moverse en muchas de las calles. Finalmente, Villafranca había sido completamente saqueada, y la borrachera de la mayor parte de las tropas provocó los incidentes más vergonzosos. Hacia abajo, hacia el río, la artillería destrozó todos sus almacenes, y los vagones de munición, que habían sido destrozados con tal propósito, ardían en un gran fuego. Los soldados tiraron toda la munición al río. Varios centenares de caballos que estaban al límite de sus fuerzas fueron matados a tiros allí mismo. Día y noche escuchábamos los disparos. Todo estaba destrozado. La disciplina había desaparecido».

La jornada de Villafranca bien puede considerarse como una movida antisistema de primer nivel, provocada por una tropa de hooligans que no quería estar allí; que despreciaba a España y a los españoles. Que despreciaba aquella guerra, y a sus mandos. Y que había decidido tomar el poder de su mano.

Cuando Moore llegó al pueblo era ya la noche del día 2. Lo peor había pasado, pero los indicios eran bien evidentes en la calle. Con total frialdad, dio la orden de que toda la tropa formase en la plaza mayor del pueblo y calles adyacentes en la mañana siguiente. No fue tarea fácil para los oficiales conseguir que, horas después, los soldados estuviesen allí, pero lo consiguieron.

La plaza principal de Villafranca era entonces apenas un claro de tierra con un árbol en medio, junto al cual se situó Moore. Estuvo varios minutos sin decir nada, mirando a sus soldados, mientras estos formaban en silencio, esperando. Después de esta tensa espera, a una señal del comandante en jefe de las tropas, unos cuantos soldados de caballería, a pie, se dirigieron a la formación, y sacaron de la misma a un soldado que había saqueado una tienda y, en el saqueo, le había arreado una mano de hostias a un oficial que había intentado detenerlo.

Debéis pensar, ahora, en las películas que habéis visto en la tele, si es que las habéis visto, sobre el motín de la Bounty. El recuerdo os ayudará a entender que lo peor que te puede pasar cuando estás a las órdenes de un oficial inglés es que no te grite, no te insulte, no te escupa; sino que, simplemente, ordene a otros soldados que te inmovilicen. Esto suele ser el signo de que lo que viene no es muy agradable.

El soldado fue obligado a arrodillarse frente al árbol de la plaza. Un pelotón formó a sus espaldas, con las carabinas preparadas. Luego una orden de juego y, zas, el hombre yacía muerto. Disparado en la espalda; como se dispara a los cobardes. Moore dio orden de que toda la tropa desfilase delante del cadáver, mientras él mismo se iba a toda hostia a Cacabelos, donde le habían dicho que unos destacamentos de reserva estaban empezando a montarla.

El discurso de Moore antes de irse no pudo ser más claro. En un determinado momento, le dijo a sus soldados: «Si, como es más que probable, los franceses han capturado Bembibre, han conseguido un premio bastante extraño. Porque han atrapado, o han cortado en trozos, unos cuantos centenares de británicos cobardes y borrachos». Luego, en una frase que él no lo sabía pero sería de alguna manera premonitoria, continuó: «lejos de sobrevivir a la desgracia de una conducta tan infame, mi deseo es que la primera bala de cañón que dispare el enemigo me de en la cabeza».

Aquella misma noche, sin embargo, como ya hemos insinuado, los saqueos comenzaron en Cacabelos, hasta el punto de convencer a sir Edward Paget de que no se podía parlamentar ni convencer a su tropa. La mañana posterior a la ejecución y el discurso de Moore en Villafranca, Paget formó a las tropas de Cacabelos en lo alto de una colina. Una vez allí, hizo sacar de la formación a los peores de los amotinados y, en una especie de juicios rápidos, los condenó. Los así condenados fueron atados a triángulos formados con alabardas. Inmediatamente, bajo el lúgubre sonar de los tambores que marcaban la cuenta, comenzó la flagelación. Cada 25 vergarazos, un sargento comprobaba que el soldado podía aguantar una tanda más. Terminado el castigo, el soldado volvía a la formación, y se comenzaba con otro. Las flagelaciones duraron horas. Varias veces, llegaron mensajeros para comunicar a Paget que el enemigo se aproximaba. Pero nadie se movió.

El final de la escena era la pena reservada a dos soldados que, por su especial violencia, habían sido condenados a muerte. Fueron arrastrados a un árbol, con sendas cuerdas en el cuello. Las cuerdas fueron pasadas por otras tantas ramas, y así se quedaron, esperando la orden final de Paget que haría efectiva la sentencia.

Un momento ideal para que un pollas lo interrumpiese.

Y en la tropa británica había un pollas que ni modo iba a desaprovechar la ocasión.

En efecto: antes de que Paget pudiese dar la orden de ejecutar la sentencia, apareció el general John Slade en su caballo. Venía para contar que su tropa había tomado contacto con el enemigo y que, claro, estando bajo su mando los ingleses, no habían sido capaces de retenerlos. Paget se volvió hacia Slade y lo miró como se miraría a Jordi Pujol si nos parase en la calle y nos pidiese un par de euros para tabaco. Con voz de trueno, buscando que le oyese todo el mundo, le contestó: I am sorry for it, sir, but this information is of a nature that would induce me to expect a report rather by a private draggon than from you. You had better go back to your fighting picquets, sir, and animate your men to a full discharge of their duty. Para los que no sepáis inglés: lo trató de tontopollas incapaz del mando.

Cuando Slade se hubo ido, Paget, muy excitado según un testigo, gritó: «¡Dios mío! ¿Acaso no es lamentable comprobar que, en lugar de estar preparando a mis tropas para enfrentarse al enemigo, estoy aquí, ejecutando a dos ladrones? No obstante, estoy resuelto a ejecutar a estos delincuentes.»

Siguió un silencio. Bueno, un silencio... Las tropas en la formación estaban en silencio. Pero podían oír, perfectamente, el ruido que hacían las tropas de Slade, huyendo hacia ellos, colina arriba.

Paget, finalmente, se dirigió a los dos protoahorcados: «Si os conservo la vida, ¿prometéis reformaros?» Increíblemente, las noticias de los testigos nos dicen que los condenados se quedaron callados. Tan callados que tuvieron que ser sus oficiales los que les animasen a prometer lo que su jefe les intimaba. Finalmente, lo hicieron, y fueron desatados.

Justo a tiempo, porque los franceses estaban ya a tiro de lapo.

Era cerca de la una de la tarde, terminada la sesión de flagelaciones, cuando, y una vez que las tropas que habían hecho de pantalla respecto de los franceses se reagruparon con las demás, el general Paget dio la orden para que todos se moviesen en dirección al puente. Las tropas comenzaron a cruzarlo con la intención de dejar únicamente en el lado, por así decirlo, francés, al 28 regimiento.

Cabe decir, en todo caso, que a pesar de que todos acababan de vivir un fuerte castigo ejemplarizante, el mensaje estaba lejos de haber sido entendido por todos, incluso por alguno. Sin ir más lejos, en aquella retirada hacia el puente sabemos positivamente que hubo unidades, como la 95 de fusileros, que bajaron la colina haciendo eses, porque la práctica totalidad de sus miembros tenían unas tajadas bolingueras como pianos. Borrachos, sobrios y mediopensionistas no tardaron en encontrarse con el avance de las tropas del 15 regimiento de cazadores y tercero de húsares francés, al mando del general Colbert; más conocido entre sus íntimos como Auguste François-Marie de Colbert-Chabanais.

La llegada de los franceses convirtió el entorno del puente en lo que los ingleses suelen llamar a bloody shambles y nosotros un caos de la hostia. Las tropas francesas e inglesas se mezclaron, y los miembros de las segunda que estaban mamados, como los fusileros, reaccionaron disparando a todo y a todas partes porque, borrachos como estaban, no se encontraban en condiciones de distinguir amigos de enemigos. Para los franceses, el enfrentamiento supuso casi 50 fusileros que consiguieron matar y bastantes húsares que hicieron prisioneros. Los británicos casi no pudieron reaccionar, puesto que el puente estaba virtualmente bloqueado de gente.

En medio de aquel caos para la parte británica, cómo no, el general John Slade no perdió la oportunidad de cagarla. En efecto, se presentó ante Moore, quien se encontraba en un estado de confusión y excitación, para presentarle un informe, cosa que, dijo, le había sido requerida por un tal coronel Grant (podría ser Colqhoun Grant, pero no he podido adverarlo), asimismo subordinado de Slade. Moore se limitó a mirarlo con desprecio y preguntarle cuándo exactamente había sido él, general John Slade, nombrado ayudante de campo de un coronel.

La gran ventaja para los ingleses fue que los franceses no pudieron, no habrían podido, guardar el orden en medio de aquella batalla caótica. Esto llevó a Colbert a pensar que lo mejor era ordenar la retirada de sus hombres para recolocarlos y ordenarlos. Este respiro dio tiempo para que los fusileros mamados supervivientes pudiesen asimismo reorganizarse en unas viñas en el flanco del puente, y después dejasen tiempo y espacio para que los húsares hiciesen lo propio. Finalmente, la 28 pudo tomar posiciones, incluyendo algunas piezas de artillería con las que respondió a los franceses cuando volvieron a cargar. Además, la 52 y la 95, apostadas tras los muretes que delimitaban las viñas a ambos lados del lugar del enfrentamiento, pudieron así capturar a los franceses en un eficiente fuego cruzado. La batalla estuvo terminada en el momento en el que el fusilero Tom Plunkett acertó con una bala en el cuerpo de Colbert, y lo mató. Faltos de su carismático general, los franceses no tardaron en volver grupas. En realidad, habían perdido a un hombre que admiraban, pero de cuyas virtudes estratégicas dudan bastante, cuando menos, los ingleses. Robert Blackeney, un adolescente irlandés que en aquel momento tenía 15 años y formaba parte de la 28 que protagonizó la pelea, y que años después escribiría sus recuerdos de la guerra española, calificó la acción de ataque de Colbert de most ill-advised, ill-judged, and seemingly without any final object in view. «Suponiendo que hubiesen superado la barrera de la 28 y el fuego cruzado», escribió, «se habrían encontrado en una posición peor que al inicio, porque se habrían encontrado con el ala izquierda del 28 regimiento, apoyada, si fuera posible, por el ala derecha justo en el flanco de los franceses; teniendo en cuenta que eran 400 o 500, se habrían visto cuadruplicados, con lo que todos y cada uno de ellos habría sido disparados, ensartados con la bayoneta, o hechos prisioneros».

Tras esta retirada, los franceses realizaron otra tentativa de atacar la posición británica. Esta vez atacaron el flanco derecho británico, poniendo a los fusileros con resaca en una posición nada elegante, por lo que Moore tuvo que enviar tropas en su ayuda. El general francés Pierre Hughes Victoire Merle, que dirigía el ataque una vez muerto Colbert desde la cima de la colina donde poco antes habían sido las flagelaciones, vio el movimiento de los ingleses, y ordenó y ataque sobre el flanco izquierdo. Fue una decisión de pobrísima alma estratégica. Un ataque sobre el flanco izquierdo inglés colocaba a los atacantes en el perímetro de la artillería instalada por la 28 para repeler el embate anterior. En realidad, los colocaba tan dentro del perímetro que los artilleros tendrían que haber estado seis veces más mamados que los fusileros para no acertar. Cuando dispararon sus artefactos, el efecto sobre las líneas francesas fue tan devastador que perdieron el orden, luego la capacidad de ataque y, finalmente, se retiraron, arrastrando con ellos a los atacantes del otro flanco. Ahora, el problema fue para los oficiales ingleses; los fusileros, en medio de la borrachera, habían pasado primero por un momento de despiste y desesperación; pero, luego, desde el momento en que se apostaron en los viñedos para realizar el fuego cruzado, les entró esa cosa que también tiene que ver mucho con la dipsomanía. Me refiero a esa fase de la hemicránea que, en un civil, provoca lagrimeantes confesiones de cariño eterno; y, en un militar, un ardor guerrero de la hostia. Los fusileros vieron a los franceses retirarse y, empalmados como mandriles como estaban, salieron detrás de ellos, a cazarlos; los oficiales tuvieron que poner toda la carne en el asador para detenerlos, porque aquellos borrachos impresentables parecían dispuestos a correr hasta París si hacía falta.

En la noche se acabaron los disparos, y 400 cadáveres quedaron en el campo de batalla. La 28, que para entonces estaba sola, marchó hacia Villafranca en medio de canciones guerreras y abrazos múltiples; la ética del ganador. Cuando llegaron al pueblo, se encontraron con que todas las demás tropas lo habían abandonado. Sólo quedaban unos cuantos oficiales, encomendados de destruir toda la comida que podía haber en la zona, para evitar el aprovisionamiento de los franceses. Los hambrientos miembros de la 28, que llegaban a Villafranca después de haber obtenido una difícil victoria para Su Majestad, se encontraron pilas de carne en las plazas pero, cuando fueron a echar mano de ellas, los oficiales no se lo permitieron; en una rigidez conceptual muy British, argumentaron que sus órdenes eran destruir los alimentos sin que alguien pudiera tocarlos. Por mucho que los de la 28 porfiaron en que entendiesen que ese alguien tenía que ser francés, no lo consiguieron. Finalmente, frente a la flema británica se impuso el hambre humana: haciéndolos a un lado de buenos o malos modos, los soldados de la 28 rodearon las pilas de carne a medio quemar o por quemar, y con sus bayonetas pinchaban trozos de la misma, que se llevaban a la boca o guardaban en sus zurrones.

Tras aquel enfrentamiento, los británicos tenían delante de sí la mole del puerto de montaña de Pedrafita do Cebreiro. Un lugar que, sin necesidad de disparar un solo tiro, sería la tumba de muchos de ellos.