viernes, enero 30, 2015

In memoriam Colleen McCollough





Lo más triste de este obituario es que la persona que recuerda lo será por haber escrito una novela, The Thorn Birds, esto es el pájaro espino, que es, ciertamente, la obra más vendida en Australia de todos los tiempos. No obstante lo dicho, no es por este libro, un tanto moñas para qué negarlo, por lo que hago que su rostro se asome hoy al blog.  Colleen McCollough es autora, entre otras cosas, de una serie de novelas, que empaquetó con el título genérico Masters of Rome, que permanecen, y permanecerán, entre lo mejor de la novela histórica del siglo XX. 

Lo primero y fundamental que debe de ser, tal y como yo lo veo, un novelista histórico, es respetuoso, y meticuloso. Ambas características están íntimamente ligadas. El autor debe de ser respetuoso con el tiempo y las personas que utiliza para su trama, porque es un tiempo, y en ocasiones unas personas, que tuvieron una realidad, y esa realidad ha de respetarse. Esto nos lleva a la meticulosidad. El buen novelista histórico es una persona consciente de que la observación de la Historia nos lleva a la misma conclusión que aquella canción de Presuntos Implicados: Cómo hemos cambiado. El número y magnitud de los cambios en la vida cotidiana y oficial es tan enorme que, en puridad, es imposible hacer la novela histórica perfecta, sobre todo conforme el tiempo elegido se aparta más del presente y, consecuentemente, documentarse es una labor más compleja. 

Aun aceptando el hecho, imposible de regatear, de que, siempre, toda ambientación histórica va a generar un gradiente de error, hay umbrales. Y la novela histórica moderna, que se ha convertido en un subsector industrial de la literatura best-seller, supera, desgraciadamente, todas las barreras. Y la siguiente expresión mercantil del fenómeno, que son las versiones filmadas, las tritura. Ya tuve ocasión de comentar en este blog lo infumable que resulta sentarse delante del televisor para ver una serie titulada la II República, y encontrarse con una escena en la que un militar conservador recibe una carta en cuyo remite pone (la cámara nos lo enseña), «general José Sanjurjo Secanell»; y que luego la voz en off nos lea el texto, que más o menos dice «querido amigo, va siendo tiempo de que algunos nos alcemos en defensa de los privilegios de la iglesia y los terratenientes». Las preguntas son muchas: ¿qué clase de conspirador llama a la conspiración en una carta que firma hasta en el remite? ¿qué clase de conspirador reconoce que está conspirando en defensa de unos privilegios? ¿qué clase de conspirador era Sanjurjo en el tiempo de la serie (verano-otoño del 31), cuando era director general de la Guardia Civil, totalmente afecto a la República? 

La mayor parte de las elaboraciones históricas fallan por el terreno del respeto. Una vez, en un foro de internet, puse a parir la serie de Antena 3 Viriato, y una persona que decía ser su guionista me escribió indignado. Me dijo que todas las cosas que yo decía que Viriato no había sido o no había podido hacer tal vez eran ciertas (¿tal vez?); pero que la tele es la tele y que hay que usarlas para atraer a la audiencia. Yo le respondí: me parece de puta madre; pero no lo llames Viriato. Llámalo Manolo, pastor lusitano, y entonces invéntate lo que se te ponga en las narices.

Susanne Alleyn, en su divertido Medieval underpants, analiza y describe lo fácil que es cagarla al ambientar una novela histórica. Sin ir más lejos, el título del libro viene a colación porque nos recuerda que ponerle bragas a casi cualquier mujer, antes de 1850, es un grave error. Las novelas históricas modernas, que son, en su mayoría, la suma de un escritor aseado, un esquemita argumental más o menos pergeñado, y un editor que paga un adelanto, son novelas escritas en el menor tiempo posible (que es la forma de rentabilizar el adelanto que, para no pocos escritores, es todo o casi todo lo que hay). En tal sentido, la novela histórica se convierte en la antinovela histórica, porque el género, lo que pide, son toneladas de horas de investigación. 

A todo esto hay que añadir, además, que no debemos confundir novela histórica con novela ambientada en la Historia. Una cosa es hacer una novela sobre el capitán Alatriste, y otra distinta hacer una novela sobre Ambrosio Spínola. Inventarse a Alatriste es un trabajo jodido, no digo que no, y hay que hacerlo con cuidado y tomando muchas notas (que luego va TVE y se carga, colocando una Union Jack cuando, y donde, no podía estar); pero siempre tendremos la ventaja de que el personaje es nuestro, y lo podemos hacer virar hacia donde nos dé la gana. Sin embargo, si hacemos una novela cuyo personaje principal sea Spínola, vendremos (teóricamente) obligados a respetar su forma de ser, sus filias, sus fobias, etc. 

La mayor parte de las novelas históricas que se venden por ahí son del primer tipo. No son novelas sobre momentos históricos, sino en momentos históricos. Que sus protagonistas sean personas inventadas le da al escritor una capacidad de licencia argumental muy elevada, y eso, a menudo, le chirría al lector friki (pero, claro: deberemos aclarar que la persona que sabe de Historia no es el público target que buscan los editores de estas obras). A mí, personalmente, un aspecto que me chirría del copón en las novelas históricas que me desplazan más de siglo y medio o dos siglos es el tema de las relaciones personales. En novelas y películas históricas, reyes y princesas se relacionan, se casan, por amor. Si un personaje femenino, normalmente hijas de reyes o de nobles, es obligada a casarse con alguien, siempre hay por ahí algún mediopensionista, incluso de alta alcurnia, dispuesto a defender, página tras página, el derecho de la tal fémina a casarse por amor (tal vez con él mismo). A mí, estas cosas me parecen estragantes, y me han hecho abandonar más de un libro. Resulta curioso que, ahora, millones de personas en todo el mundo se declaren fans y seguidores de una serie como Juego de tronos, que consideran novedosa y distinta a todas las demás. Distinta es, desde luego. Pero novedosa, no tanto. Porque es una serie, y unas novelas, que no dejan de describir un entorno de relación entre familias gobernantes en un tiempo que se parece mucho a nuestra Edad Media y que viene a ser el que verdaderamente se producía, al contrario que las relaciones moñas a las que estamos acostumbrados en las pelis. La capacidad que muestra la mayoría de los personajes de esa trama para casarse por pura conveniencia es el modo de cosas en el que se desenvolvieron, por poner un ejemplo, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, que ni de coña se gustaron, se enamoraron y bla; sino que, por intermedio de los consejeros de una y el padre de la otra, se dieron cuenta de que en su matrimonio se producía una conjunción planetaria: la de la necesidad de ella de legitimarse después de haber dado un golpe de Estado en toda regla; y las ambiciones imperialistas de él. Y, como lo vieron, lo hicieron. El clítoris y la pilila no tuvieron nada, absolutamente nada, que ver en ello.

En mi personal opinión, el siglo XX ha dado dos grandes novelistas históricos: Gore Vidal, y Colleen McCollough. Vidal lo tuvo más fácil para la mayoría de su obra, puesto que está ambientada en tiempos relativamente cercanos; pero sus aproximaciones a los tiempos antiguos, como Creación o Juliano el Apóstata, resultan de una calidad muy elevada. Por su parte, Masters of Rome es un ejercicio de interpretación personal (cosa que la autora nunca escondió) de un momento de cambio crucial para Roma, que quiere decir para Europa. Personalmente, prefiero los primeros libros (la vida de Mario y Sila) que los segundos (César), pero eso es una cuestión de gustos. Lo importante es que son unos libros valientes, cuyos protagonistas no son inventados esclavos, comerciantes y patricios a los que la autora hace interactuar en aquella Roma, sino los propios personajes que, en el aquel momento, movieron la manija de la República, de su Senado, de su tribunado. Son novelas que también son, en sí, propuestas históricas; hay, por ejemplo, en el relato de la vida de Sila, todo un armazón argumental que creo yo destinado a explicar los porqués de una dictadura incuestionada. 

Resulta, como digo, un tanto decepcionante que alguien que ha construido un armazón literario tan complejo, erudito y cautivador, vaya a ser recordada por haber escrito la historia de un cura rijoso y su novia imposible. Pero es, literalmente, lo que hay. 

Eso sí: si no las has leído, ya tardas.