sábado, enero 03, 2015

Rodolfo Valentino, el Malote Misterioso

A mediados de los años ochenta, en un éxito del pop llamado Manic Monday, la cantante del grupo The Bangles decía tener un mal despertar de lunes en un momento en el que estaba en su mejor sueño. La letra de la canción define ese momento con las palabras: I was kissing Valentino.



Una mujer probablemente nacida en los años sesenta del siglo pasado, por lo tanto, consumía las últimas horas buenas de su sueño frotándose con un hombre que había muerto cuarenta años antes de que ella naciese, y sesenta de que la canción saltase a las listas. Más o menos el mismo tiempo transcurrido hasta que una marca de congelados española, Pescanova, escogiese el mismo icono para vender sus langostinos: Rodolfo Langostino, quien, con voz meliflua gardeliana, nos decía desde la tele aquello de: shevame a casa...


Estos dos ejemplos lo son, y en muy buena medida, del enorme fenómeno social que fue Rodolfo Valentino. Si pensamos que las grandes figuras actuales del cine y de la canción son mediáticas y admiradas, deberíamos echar mano de la humildad; pues, en realidad, no hay hoy famoso alguno, ni en el cine, ni el el rock, ni el fútbol, que concite la admiración y la envidia que concitó este italiano bajito, bendito por un pequeño defecto físico.

La fama de Rodolfo Valentino no tiene parangón con ninguna de hoy en día, y esto es lógico porque hoy, la fama, es como el sorteo de El Niño: está muy repartida. Quien no quiera ver en Scarlett Johansson a una mujer arrebatadoramente bella, tiene, literalmente, centenares de alternativas de las que echar mano para satisfacer su admiración. En un solo desfile de Women's Secret pasan mujeres suficientes como para tapizar con sus pósteres todas las paredes de un adolescente que viviese en una nave industrial. Sin embargo, Adriana Lima, Angelina Jolie o los Mettalica, con sus cienes y cienes de miles de seguidores en Twitter, son pulguitas insultas a las que la fama de Valentino ni se molestaría en  matar de un pisotón. Los suyos eran los tiempos para ello. El paso de los Beatles por Madrid no generó ni la mitad de histeria que la llegada del mexicano Jorge Negrete a la misma ciudad.

¿Cuál es la razón? Pues, evidentemente, que, décadas atrás, los mitos eran monopolísticos. Especialmente los del cine mudo. Los pediatras, por lo que sé, suelen decir que el momento en el que un bebé da un salto cualitativo en lo que se refiere a capacidad de conocer el mundo no se da cuando aprende a andar, sino antes, cuando aprende a gatear. Lo que nosotros, los adultos, vemos como un paso previo e intermedio es, en realidad, el momento en el que el ser humano gana autonomía. De una forma parecida debemos ver el cine mudo y el cine hablado. Aunque pensemos que el primero no es sino un escalón tecnológico hacia el segundo, en realidad el cine mudo, como fenómeno social, no sólo tiene entidad propia, sino que es una entidad brutalmente superior.

El cine mudo es la democratización del teatro. Antes del cine, algunas personas hablaban de grandes actores y actrices (o grandes tenores y sopranos), mientras que el resto los admiraban sin, en realidad, conocerlos. Conocer el arte de muchos actores, bailarines, o músicos, se reducía, para mucha gente, a leer lo que escribían sobre ellos, en los periódicos, quienes sí les habían visto. Pero el cine cambia eso. Poco a poco, en cada esquina de cada país, el genio de los actores, de los directores, puede ser visto por cualquiera. Varias veces, incluso. Puede haber, en ese mundo, artes superiores, pues el cine no tiene diálogos. Pero nadie puede superar la capilaridad del nuevo espectáculo. Así pues, quien antes era grande, ahora es muy, muy grande. Cuando Gloria Swanson entraba en un teatro como espectadora (cosa que, además, tenía por costumbre hacer cuando la función llevaba una media hora), la representación se paraba para que todo el público pudiese admirarla. Los mitos del cine mudo no eran mitos. Eran dioses. Y en aquel Parnaso reinó, como no reinaría nadie antes ni después, Rodolfo Valentino.

Alfonso Guglielmi di Valentino era hijo de un veterinario de la ciudad tarentina de Castellaneta y de una mujer de origen francés. Nació el 9 de mayo de 1895 y, desde muy pronto, concibió y acunó el sueño de ser militar. Con doce años de edad, ingresó en la escuela militar de Tarento, con la idea de pasar luego a la naval de Venecia para ser almirante. Sin embargo, el que acabaría siendo el sex symbol más inenarrable de la historia social del siglo XX (y, de momento, del XXI) no pudo entrar en la escuela del Véneto por ser estrecho de hombros, amén de corto de vista. No poder ser militar, según todos los indicios, lo vació de ilusiones. Lo matricularon en una escuela agrícola; pero pasar su vida entre silos y estiércol no era lo que Alfonso quería. Cuando murió su padre, con su parte de la herencia se resolvió a vivir su propia vida.

En 1912, este joven, muy moreno y de cabellos de azabache, llega a París, su Sangri-la. Inmediatamente, comienza a pulirse la herencia familiar, lo que le abre las puertas de las fiestas mundanas de la entonces capital social del mundo. Luego estuvo en Montecarlo y en Biarritz; poblaciones ambas en las que se frotó a todo lo que se movía.

Todo aquello duró un año; lo que duró el dinero. Cuando éste se acabó, Alfonso comenzó a vivir a crédito y, cuando el crédito se acabó, la familia, asustada, resolvió que la única forma de huir de las consecuencias era que se fuese a América.

 Marchó Alfonso a Nueva York en un barco llamado Cleveland y, a su llegada, sin conocer apenas el idioma, vagó por el puerto viviendo una vida de vagabundo hasta que un día un policía le recomendó pasarse por Little Italy, ese lugar de la ciudad que los mitómanos de The Godfather conocen bien. En los siguientes meses, Alfonso sería lavaplatos, jardinero, lavacoches, camarero y recadero. Sin embargo, un día, en la esquina entre la calle 26 Oeste y la Octava Avenida, un hombre que lo conocía del barco en el que ambos habían ido a América lo vio, lo reconoció y, tras escuchar sus muchas penas, le dio una tarjeta para que pidiese empleo en un cabaret llamado Maxim's. Allí lo contrataron.

¿Qué tenía Rodolfo Valentino? En principio, no mucho. Ya hemos dicho que tendía a ser estrecho de pecho. Además era bajito, bastante bajito. Durante una parte de su carrera hubo de filmar con rellenos en las hombreras, sin los cuales era incapaz de presentar aspecto de macho alfa. Lo solían  maquillar para disimular el tamaño y posición de su labio inferior, que tendía a colgar como en la expresión facial de los tontos del culo. Pero, primero, bailaba decentemente; y, segundo, era corto de vista y, sobre todo, tenía un párpado caído.

Se ha especulado mucho sobre en qué medida el estrabismo de James Dean colaboraba para hacer única su mirada y cimentar su atractivo ante las mujeres. A Valentino le pasaba algo muy parecido. Ese párpado caído, y esa forma de mirar sin ver (porque veía malamente) le concedía a su mirada un adarme de misterio. Si a eso se une su tez aceitunada, entonces prácticamente desconocida en el show business estadounidense, y su aspecto tan mediterráneo que parecería turco, tenemos los dos grandes ingredientes del macho admirado por la fémina de principios del XX, o sea las dos emes: Malote, y Misterioso. Cabe comprender que hoy en día sea difícil de entender, teniendo en cuenta que los gustos venusianos se decantan más por hombres que miran con ojos moñas de gato doméstico que acabara de tirar un jarrón, tipo Clooney. Pero es, literalmente, lo que había.

En 1914, gira que va, gira que viene, Alfonso recala en Los Ángeles. Allí se quedará el italiano, dada la falta que hace, para la naciente industria del cine, gente que haga los papeles que él sí puede hacer. Porque EEUU, a pesar de la inmigración masiva, es todavía un mundo WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant), pero ya necesita, sobre todo para los espectáculos que transcurren en equívocos escenarios orientales, a ese aguerrido jinete con chaqueta corta, pantalones de montar, y las dos emes. Malote y Misterioso. Valentino hace casi siempre, por no decir siempre, de malo, de hijo puta.

En 1919, el tarentino se casa con una compañera, la bailarina Jean Acker. Fue un calentón de pubis de la chica del que ella se arrepintió tan pronto, que lo abandonó en la noche de bodas. Acker era lesbiana y, en aquel entonces, era la amante de otra actriz del cine mudo, Grade Darmond; que fue, de hecho, con la que tuvo sexo la noche que se casó con Valentino. Probablemente, le hizo gracia probar un pene; pero, asimismo, se vio superada por la rudeza de un mediterráneo rural como Valentino pues, tras el divorcio, no dijo que no quería volver a ver a otro hombre, sino que no quería volver a ver a un italiano.

La primera oportunidad interesante le llega con el rodaje de The delicious little devil (donde todavía figura como Rudolfo de Valintine), película para la que hacía falta un actor que supiese bailar el vals. Esta película, por cierto, estuvo perdida hasta 1991 y en ella trabaja con una estrella hoy olvidada (Mae Murray). Aquí tenéis a Valentino en la escena en la que hace de Harry el Sucio, more and less...




Tras esa película, consciente de los papeles que le cabe hacer en la industria de Hollywood, Valentino se deja patillas (lo cual colaborará para hacerle pasar por argentino; léase, gaucho) y hace deporte para evitar la endeblez corporal.

En 1921, apenas cinco años antes de su muerte, a Valentino le llega la oportunidad de hacer esa escena categóricamente histórica que lo catapultará a esa cumbre del Olimpo donde viven los que ya no serán olvidados. Se trata del film Four horsemen of the Apocalypse, donde ha de bailar un tango vestido de gaucho.

Por mucho que el tango de la escena (see below) no es muy canónico, especialmente de la parte de la compañera de Valentino, toda la tórrida cercanía de este baile, cebolletero como pocos, fue conservada en la filmación. El rostro y el glamour de Valentino hicieron el resto.




Ese mismo año de 1921, en todo caso, Valentino lo petará ya para siempre con la película The sheik, film en el que, literalmente, se come con los ojos a la interesante Agnes Ayres, una mujer de interpretaciones muy interesantes, heterodoxas, tal vez causadas por su débil salud mental.




The sheik terminó por catapultar a Valentino a la fama. Para entonces, se  movía en un hermoso Rolls Royce protegido por la policía en moto, porque las hordas de fanáticas admiradoras se lanzaban al vehículo para obtener algún tipo de recuerdo de su galán. Si, por lo que fuese, la vigilancia cometía algún fallo y las mujeres llegaban a él, lo desnudaban literalmente arrancándole botones, trozos de tela, lo que fuese. A Valentino, en realidad, este expolio le daba igual, porque había adquirido la costumbre de ponerse sólo trajes de estreno. Una vez, cuando un periodista le aconsejó un sastre, fue allí y le encargó cincuenta de una tacada.

Valentino se compró una mansión en Withley Heights donde realizó un homenaje al personaje que le había traído la fama. Su dormitorio estaba adornado con alfombras orientales. Su cama, por cierto, estaba orientada de la forma idónea escogida por los más reputados (y caros) magos y videntes de Hollywood. Poseía, lo hemos dicho, un traje para cada día del año, medio millar de zapatos, y miles de corbatas.

Rudy Valentino, como todo el mundo lo conocía y lo conoció en vida, sin embargo, no era feliz. Yo diría que por dos razones. La primera porque, como hemos adivinado, buscaba la felicidad en un sitio donde es difícil encontrarla, que era en la constante y caprichosa prodigalidad. La segunda, compartida a pachas con otras muchas estrellas de sus tiempos del cine mudo, era la soberbia. En efecto, como ya hemos dicho la mítica disfrutada por los actores del cine mudo no tiene comparación con ninguna otra cosa en la Historia social del mundo, por cuanto la suya era una fama monopolística. Era tal la admiración que despertaban, y además actuaban en un Hollywood todavía en pañales, cuyos estudios apenas podían actuar como contrapeso, que resulta muy fácil entender que cayesen en el divismo. Max Linder, que se había hecho famoso con la película Seven years bad luck, se hacía acompañar, al recibir a sus visitas, de dos efebos rubios. En esta película, por cierto, hay una escena, celebradísima en su día, en la que muchas personas han querido ver un más que evidente precedente de otra, no menos famosa, de Duck soup, de los Marx Brothers. La escena del espejo roto:




Asimismo, también cabe recordar a Marion Davies, figura en la que, tal vez, yo no lo puedo asegurar, se inspiró Orson Welles para el personaje de Susan Alexander Kane, interpretado por Dorothy Comingore en Citizen Kane. Davies, de hecho, fue más que amiga de Randolph Hearst, e hizo que éste le regalara docenas de obras de arte. Cuando se iba de picnic con sus amigos, se hacía acompañar por un tren en el que iban sus sirvientes y vajillas.

Todos estos actores eran insoportables a la hora del rodaje. Todo les parecía mal, y por todo (muy especialmente, por retribuciones que consideraban escasas) amenazaban constantemente con abandonarlo. Valentino no era una excepción y, además, es probable que tuviese cierto complejo de inferioridad, pues apenas tenía memoria, por lo que, según los testimonios que nos han quedado, todos los directores tenían que trabajar el doble con él los diálogos (algo que pasaría de nuevo, medio siglo después, con el otro gran animal sexual del cine estadounidense, Norma Jean Baker. Ambos, da la impresión, sabían muy bien por qué estaban delante de la cámara, y no era precisamente por sus dotes interpretativas). 

Valentino tenía frecuentes crisis de confianza, durante las cuales se embarcaba en océanos de ira causados por el hecho, que él consideraba palmario, de que le pagaban poco. A ello ayudaba, obviamente, el hecho de que, llevando el tren de vida que llevaba, no fuese extraño que se quedase sin un mango.

La vida de Valentino, sin embargo, estaba lejos de ser un camino de rosas. Sufría enormemente del estómago, razón la cual tomaba toneladas de bicarbonato. En realidad, tenía un principio de úlcera, pero los médicos tardaron mucho en darse cuenta.

En la cumbre de su fama, Valentino se enamoró. La afortunada fue Winifred Hudnut, hija adoptiva de un hombre acaudalado, y que había cambiado su nombre artístico por Natacha Rambova. Valentino resolvió casarse con aquella mujer que se movía por el mundo ricamente vestida con turbantes orientales y joyas brillantes. Así que la metió en un coche y se fue a Tijuana, México, donde le pidió al alcalde que los casara. El regidor mexicano, que sabía de sobra quiénes eran los contrayentes, los casó sin pedirles ningún documento; por lo que Valentino, automáticamente, incurrió en bigamia, por cuanto nunca había llegado a divorciarse legalmente de Jean Acker.

La noticia de la boda fue publicada inmediatamente en California y, al instante, las ligas de las buenas costumbres, que ya le tenían bastante tirria a Valentino por el efecto que causaba en las mujeres, fueron a por él. El matrimonio tuvo que separarse; Winifred-Natacha se fue a Nueva York con su familia. Valentino, por su parte, tuvo que hacer una lagrimeante confesión pública y, aun y a pesar de que la propia Acker hizo público su apoyo a la boda, tuvo que estar un año sin ver a su mujer hasta que las aguas del escándalo se remansaron. Hasta su segunda boda en Crow Point, Indiana, Valentino se convirtió en un perfecto hijo de puta de plató, torturando a directores y productores con sus demandas quisquillosas y su continua ambición de ganar más dinero.

Cuando por fin se reunieron, Valentino se convirtió en una especie de esclavo consentido de su mujer. La Rambova, efectivamente, pasó a ser la dueña de la persona, el tiempo y las habilidades de su marido, lo que empeoró las cosas para los productores. Valentino, por lo demás, jamás siquiera osaba dudar de la menor de las decisiones tomada por su esposa. Una situación tan potencialmente explosiva acabó por deflagrar cuando, en un rodaje, Valentino abandonó el trabajo, y fue denunciado en los tribunales.

La sentencia fue demoledora. Se prohibía a Valentino aparecer prácticamente en cualquier tipo de espectáculo hasta febrero de 1924; aproximadamente, dos años. El italiano, que para entonces estaba totalmente arruinado, tuvo que hacer un arabesco muy jodido para él, cuando sus abogados descubrieron que la sentencia sólo había dejado un cabo suelto: el circo. Así las cosas, Rodolfo Valentino tuvo que dedicarse a hacer una gira por los Estados Unidos. Su trabajo era revivir la arrebatadora escena de los cuatro jinetes, bailando un tango en el escenario vestido de gaucho; para, acto seguido, recomendar al distinguido público una crema de belleza llamada Mineralava.

Para Rodolfo, aquella gira fue, probablemente, una humillación. Pero funcionó para mantenerlo en el candelero. En Chicago, veinte mil personas se agolparon en la estación de tren a su llegada, y prácticamente lo desnudaron a base de arrancarle trozos de su vestimenta. Viajaba en un tren-hotel especial en el que no era extraño, tras alguna parada, encontrarse mujeres escondidas en los armarios o los lavabos. Todo con tal de arrancarle a Rudy un botón o, mejor aun, obtener de él una de esas miradas de doble eme.

Terminada aquella gira y de nuevo con la faltriquera llena, la Rambova hizo partícipe a Valentino de su siguiente proyecto (léase orden): dirigir una película. Winifred había decidido rodar una historia titulada The hooded falcon, para cuya ambientación, vaya por dios, necesitaba hacer un largo viaje por Europa. A Valentino la idea no le molaba demasiado, pues suponía abandonar el epicentro de su fama justo cuando había conseguido mantener encendido el fuego sagrado; pero, como siempre, obedeció. Así pues, Rodolfo Valentino visitó Italia, su tierra natal, donde era un práctico desconocido, epatando con la exhibición de su riqueza. Su vida durante el viaje era tan lujosa que el muy exclusivo Hotel Grosvernor de Londres acabó cobrándole veinte fundas de butacas que había destrozado con el barniz negro que usaba para disimular su calvicie, así como otras piezas de mobiliario y alfombras que habían destrozado sus perros policía.

El matrimonio que volvió de Europa apenas tenía dinero y no había trabajado una mierda en la película (que nunca se rodó, de hecho). Además, para entonces Natacha y Rodolfo (por este orden) comenzaban a llevarse como el culo. Finalmente, Natacha pretextó un viaje para ver a su madre del que no regresó y que, además, aprovechó para solicitar el divorcio. Valentino fue presa de una honda depresión que le provocó que apenas saliese de su nueva mansión de Falcon's Lair, en Beverly Hills. Sin embargo, una periodista del corazón, quizá la más famosa de la época, Louella Parsons, tuvo el acierto de invitarlo un día a la piscina de Marion Davies, donde le presentó a la condesa Negri.

Pola Negri era un trueno de señora. Gozaba de una mirada sensual, párpados caídos (escuela Valentino, se podría decir) y de la gran característica que tienen las mujeres realmente bellas: no necesitar de la sonrisa para serlo. Era de origen eslavo auténtico (polaca) y, como la Rambova, iba constantemente vestida con motivos orientales, lo que le daba un aspecto notablemente misterioso. Llegó a Estados Unidos con la vitola de haber triunfado en la Carmen de Ernst Lubitsch. La peli la podéis ver entera si pincháis aquí:




Pola Negri, nacida Apolonia, era hija de un polaco opositor al zar que había sufrido los rigores de su posición política, lo que había provocado la huida de su hija a Berlín, donde con veinte años se había casado, y divorciado, con el conde Eugenio Domski. A su llegada a Hollywood rompió muchos corazones, entre otros el de Charlie Chaplin. Mujer que gustaba de hacer alarde de ambiciones intelectuales, se ganó a Valentino al confesarle, en la orilla de la piscina de Davies, que para conocerle a él había sacrificado su primer plan para aquella tarde, que era leer un libro de Schopenhauer.

Valentino y Pola Negri se hicieron inseparables, y el italiano volvió a reinar en las fiestas de Hollywood. En el verano de 1926 rodó la secuela de The sheik y, en agosto de dicho año, se desplazó a Nueva York para el estreno del filme. Allí recibió el disgusto de que un anónimo articulista de un periódico de Chicago había criticado la moda estética impuesta por él, apelándola de afeminada y refiriéndose a él como el bello jardinero. Fue muy probablemente el estrés causado por dicha crónica (Valentino retó públicamente al autor de la misma, que nunca dio la cara) lo que provocó un agravamiento de sus dolencias gástricas crónicas. El día 18 de agosto, Valentino era llevado a una clínica, se dijo que para operarse de apendicitis. Pocos días después, fallecía.

En las últimas jornadas de la vida de Valentino, la policía de Nueva York tuvo que cortar el tráfico en los alrededores del hospital, entre Broadway y la calle 52. Era tal el gentío que se agolpaba allí para conocer la suerte de Rudy que, incluso, un enfermo grave que acudía al centro en taxi falleció sin poder ser atendido, porque el vehículo nunca llegó al hospital. La centralita del centro médico estaba literalmente colapsada por mujeres que, desde todos los rincones del mundo, ofrecían su sangre para Rudy. El lunes 23, a las doce y diez minutos de la mañana, una enfermera salió a la escalinata del hospital y anunció la muerte de Valentino. Fue la mundial.

Aquella misma noche, en el tanatorio Campbell de la ciudad, un Valentino en el que habían trabajado los tanatoprácticos durante horas, maquillado, empolvado, impecablemente peinado, fue expuesto, con un cristal de por medio (de no ser así, las admiradoras habrían desnudado el cadáver) al público. Se había previsto un tráfico de ochenta personas por minuto durante dos días, a 15 horas por día, todo ello vigilado por 150 policías. Pero hasta esa imponente fuerza, y la generosidad de la exposición, fueron superadas. La gente, temerosa de quedarse sin ver a su ídolo, rompió pronto las barreras de seguridad y, en su carrera hacia el tanatorio, arrasó incluso los coches que estaban aparcados en la zona. Por tres veces, la policía a caballo cargó contra el público. Se produjeron 120 heridos, y varios centenares de mujeres sufrieron desmayos. Hay que reconocer, en todo caso, que hacía un calor de mil demonios, así como que hubo muchos desmayos e histerias provocados. Sin ir más lejos, a muchas jóvenes se les encontraron gajos de cebolla entre los pañuelos, auténticos responsables de sus lágrimas.

Al día siguiente le comunicaron la noticia a Pola Negri. Adoptando una pose angustiosa muy cine mudo, la polaca declamó: «¡Nunca volveré a mirar a otro hombre!» A pesar de no mirar a los tíos, la verdad es que, apenas unos meses más tarde, se las arregló para casarse con uno.

La United Artists quería enterrar a Valentino con todo lujo. Había previsto una comitiva de centenares de coches, pero, finalmente, la policía le hizo desistir el proyecto, ante la imposibilidad de garantizar la seguridad en un evento así. Aun así, la ceremonia íntima finalmente organizada hubo de ser protegida por cuatrocientos policías y a pie y una dotación fuerte a caballo.

A la hora de enterrar a Valentino, la cosa fue distinta. El cuerpo le fue entregado a Pola Negri, pero ésta no estaba dispuesta a gastarse un duro en el entierro y Valentino, la verdad, no había dejado sino deudas. Así las cosas, el cuerpo del hombre más atractivo de la Historia pasó semanas en medio de un cementerio, sin ser enterrado, bajo una cúpula de flores. Finalmente, una familia rica de origen italiano acogió el ataúd en su panteón. Los precios de las parcelas en las cercanías de la tumba en el cementerio de Beautiful Hollywood se incrementaron inmediatamente. Otra gente hizo negocio con el asunto. Jaadan, el caballo de Valentino en The sheik y su secuela, fue exhibido públicamente cada domingo, por el precio de un dólar, y recibió unos dos mil visitantes cada día hasta su muerte. Por su parte, vender perritos calientes en la entrada del cementerio Beautiful Hollywood el día 23 de agosto costó el doble de lo normal hasta pasada la segunda guerra mundial, veinte años después de la muerte de Valentino.



Dicen que Valentino dijo, antes de morir: «sólo soy un campesino, todo fue un error». Una confesión demasiado impostada para ser cierta. Valentino estaba encantado de ser Valentino, porque desde el lejano día en que no pudo, como canta la zarzuela española, portar los entorchados de brigadier, ya todo lo que le atrajo fue la vida loca y la dolce far niente, que es lo que el cine le aportaba. Me cuesta mucho creer que Valentino muriese añorando la vida que voluntariamente dejó atrás; pero lo que si es cierto es que en la escena de su fallecimiento hay una imagen que metaforiza, en buena medida, su vida: la persona que estuvo a su lado, la persona que apretó su mano mientras moría, era Jane Acker. Una perfecta desconocida. Aquella mujer fogosa a la que un ataque de furor uterino había llevado a casarse con aquel italiano malote y misterioso que, tras un par de horas, dejó caer el velo que lo cubría para enseñar a un enano italiano, inseguro y caprichoso, del que salió huyendo.

Valentino, el primer y auténtico, cabría decir, James Dean de la mitología cinematográfica norteamericana, comparte con su colega posterior, y con su otra colega Marilyn, la inteligencia, por así decirlo, de haberse muerto pronto y en el culmen de la fama, dejando, que diría Carmina Ordóñez, un bonito cadáver. En el caso de Valentino, además, la muerte fue aun más oportuna pues, en 1926, el mundo estaba a dos telediarios de conocer el cine sonoro; una novedad que, para muchos de los mitos vivientes del mudo, supuso revelar ante sus admiradores lo insulso, chirriante o enervante de sus voces; lo cual daría con muchos de ellos en el albañal del olvido. No le pasó esto a Valentino; no nos ha quedado la posibilidad de conocer el sonido de su voz delante de una cámara. Así las cosas, todo lo que nos queda es la habitual manipulación cinematográfica de sus medidas, la elección de actrices bajitas para disimular sus limitaciones, y esa mirada con las dos emes, mirada de malote, mirada de misterioso, que se troqueló en la entrepierna de América hasta construir un mito al que, todavía sesenta años después, las chicas le dedicaban un recuerdo.