martes, diciembre 23, 2014

Sir John (8: de Lugo a La Coruña)

Sir John Moore decidió que sus tropas se detuviesen en Lugo. Esto, él lo sabía bien, suponía exponerse a ser alcanzado por las tropas francesas y obligado a luchar. Perspectiva que al general no acababa de gustarle aunque, como ya hemos dicho, era lo que muchos de sus oficiales e incluso soldados deseaban, después de haberse visto abocados a un trekking de semanas, aparentemente sin sentido, por una meseta de los cojones. Eso sí, le dejó muy claro a su estado mayor que, en el caso de vencer a los franceses, no se quedaría para perseguirlos. I have had enough of Galicia, contestó, por toda razón, sir John Moore; el mismo militar al que la tradición adjudica un amor y una admiración casi sin sin límites hacia la comunidad autónoma.

En realidad, es más que probable que aquella frase tuviese más componentes de los estrictamente descritos en la misma. Moore no sólo estaba jodido por lo mal que lo había pasado en la meseta castellana y las tierras gallegas; también esta decepcionado con sus propias tropas, y no era para menos portándose como se portaron. Le confesó a sus más cercanos que jamás, ni en sus peores sueños, habría podido imaginar que una tropa británica se pudiese desempeñar con la violencia, la indisciplina, el desprecio y, en general, el ánimo criminal con que lo habían hecho sus hombres.

La situación militar de Moore no era demasiado halagüeña. Con tropas francesas avanzando por el norte, en Asturias, y por el sur, en las riberas del Miño, corría un peligro más que evidente de encontrarse atrapado. Sus asesores españoles le decían que eso no era para tanto porque podrían encontrar macizos montañosos en los que refugiarse; pero, por decirlo mal y pronto, Moore hacía mucho tiempo que no creía en esos españoles con los que por lo visto se llevaba tan bien y admiraba tanto. Para el escocés, eran lentejas: él tenía 20.000 hombres en España, además desharrapados, mal alimentados, e instalados en la sedición; y Napoleón tenía 300.000 bien equipados y disciplinados. Como puede verse, a la hora de sumar las tropas españolas, el general miraba para otro lado.

Los argentinos suelen decir: «soldado que huye, vale para otra guerra». Un pensamiento muy parecido tenía Moore. La británica era la única fuerza con que contaban los españoles para defenderse. La decisión más racional, sin duda, era sacarla de la península, mejor antes que después, para así poder usarla algún día en mejores condiciones.

Sin embargo, Moore le confesó en una carta a lord Castlereagh que, en realidad, lo único que conseguía cohesionar mínimamente a sus soldados, obedecer órdenes y, al fin y a la postre, parecer un ejército, era la perspectiva de luchar. Fue por esta razón fundamental por la que decidió parar y defender las colinas de Lugo: como la única forma que se le ocurrió de volver a convertir en un ejército a una patota de animales a los que ni siquiera un fusilamiento público o una larga sesión de vergarazos había puesto en razón.

Llegaron a la ciudad el día 6 de enero, festividad de los Reyes Magos. A los lucenses, sin embargo, lejos de llegarles ese día Melchor, Gaspar y Baltasar, les llegó aquella tropa desordenada y dipsómana. Además, la abundancia de recursos que los británicos habían esperado encontrar no fue para tanto. Sin embargo, el relativo confort que encontraron los soldados, unido al hecho de que la posición que tenían parecía sólida, sirvió para atemperar mucho las cosas respecto de lo que se había vivido pocas jornadas atrás. Además, la brigada del entonces mayor general James Leith, perteneciente a la división de David Baird y que se había retirado con más rapidez que el resto de la armada, hasta el punto de que ya no había participado en los hechos de Sahagún, se pudo unir en Lugo al resto de la tropa, añadiendo 1.800 hombres. Sin embargo, las largas y difíciles jornadas que acababan de ocurrir también habían dejado su tributo. Por ejemplo, aproximadamente 1.000 caballeros cuya montura había muerto en el camino fueron remitidos a La Coruña, adonde se dirigieron a pie. Moore contaba con no más de 18.000 combatientes.

El día 7, el mariscal Soult avistó la posición británica, pero al parecer la juzgó mal. Creyó que el centro de la misma se encontraba en un punto diferente del real, así pues apostó una batería artillera para batirla que, sin embargo, quedó a merced de las posiciones artilleras británicas, que se encontraban además en una ventajosa posición en altura. Sin embargo, inmediatamente después Soult ordenó un ataque por su flanco izquierdo, que impactó con las tropas de Leith, que se batieron en retirada. Hubo un momento de gran confusión, durante el cual incluso Moore tuvo que huir, llevándose consigo a la mujer de uno de sus coroneles, a la que encontró en medio del campo de batalla y de los disparos, totalmente desorientada como cualquier mastuerzo de más de 35 años en medio de una partida online de Call of Duty. Sin embargo, algo más tarde Leith personalmente encabezó una carga tan exitosa que dejó varios centenares de cadáveres franceses sobre el terreno, y obligó a Soult a retirarse para reorganizarse.

El tiempo, sin embargo, jugaba a favor del francés. El día 8, cerca de 20.000 hombres reforzaron las fuerzas francesas desde el área de Astorga, y Soult pudo colocar una temible línea de medio centenar de artefactos artilleros preparados para la batalla. Además, los ingleses recibieron noticias de que el mariscal francés, tal y como Moore había temido, había ordenado a Ney un avance de tropas desde el lugar que las fuentes inglesas suelen citar, pensando tal vez que Galicia es Cataluña, como Val des Orres (Valdeorras), para realizar una pinza sobre los ingleses.

Todo el día 8, las tropas inglesas esperaron en un tenso silencio el ataque francés. Pero dicho ataque no se produjo. Y, al llegar las nueve de la noche, Moore dio la orden de la retirada. La decisión más racional en su posición. Ahora, Soult le superaba en tropas, él corría el peligro de verse embolsado y, para colmo, tampoco estaba nada claro qué valor podría tener para él una eventual victoria. Lo mejor que podía hacer era largarse, tratando de que el francés no se diese cuenta.

Aquella salida fue, como casi todas, desastrosa. La opción de los mandos fue no contarle a los soldados que estaban huyendo una vez más. Por lo demás, la marcha nocturna provocó que muchas de las unidades tomasen rutas erróneas por las montañas lucences, con lo que, con la llegada del amanecer, tuvieron que empezar a reorganizarse. A la una de la mañana, el regimiento que iba en la vanguardia alcanzó, citamos de las memorias de uno de sus oficiales, a dirty miserable-looking village called Guitoriez (sic), en medio de una tormenta invernal de grandes proporciones. Dos centenares de caballos fueron alojados en los establos de la posada del pueblo, pero sus jinetes tuvieron que hacinarse en los pasillos y la cocina de la misma, ya que todas las habitaciones, sin excepción, fueron ocupadas por sir David Baird y sus oficiales. El capitán Gordon contó en sus memorias que encontró un lugar, empaquetado junto con varias decenas de otros soldados, junto a un fuego; pero que, repentinamente, apareció la cocinera de sir David y pretendió echarlos de allí para poder calentar el té del general. La mandaron al equivalente británico de ser violado al modo griego.

Inmediatamente, comenzó la gran gala inglesa de Guitiriz. En sus recorridos por el pueblo, los soldados encontraron vino, pescado salado y ron, que tomaron para sí con sus acostumbradas buenas maneras. La combinación de ron y pescado salado en estómagos que llevaban días sin comer fue tremenda para muchos soldados. Uno de ellos, por lo visto, se alzó sobre un tonel en la calle, se proclamó el general Moore, y gritó que lo que tenía que hacer la tropa era dar la vuelta y luchar.

En este ambiente tan marcial la tropa, poco a poco, se fue acercando a la costa coruñesa, alcanzando Betanzos el día 10.

A pesar de la decisión de Moore de dirigirse hacia La Coruña, todavía había unos 3.500 hombres camino de Vigo desde Astorga. Se trataba de los integrantes de la brigada ligera, que habían sido enviados por este camino para guarnecer el flanco sur del avance inglés. Aquel avance se desarrollaba en mayores condiciones de orden, en parte por ser la tropa menor y más fácil de controlar; en parte por la determinación del coronel Robert Craufurd, Black Bob como lo conocían, quien es tenido por no pocos estudiosos del tema como uno de los militares más dotados de los británicos que lucharon en España; y que acabaría muriendo en nuestro país, en Ciudad Rodrigo. Craufurd era un obseso de la disciplina al viejo estilo inglés, pese a ser escocés, y durante aquella marcha fue capaz de flagelar soldados tan sólo por haber pretendido no pasar un río vadeándolo sino por un puente. Según le decía a sus oficiales, el coronel detestaba el uso del látigo, pero consideraba que era necesario para mantener la disciplina de la tropa. De hecho, uno de los soldados de aquella marcha que escribió sobre la experiencia, un fusilero llamado Harris, dejó bien clara su impresión de que había sido la disciplina mantenida por Craufurd la que había conseguido que la tropa, finalmente, acabase por ver la hermosa bahía de Vigo (aunque, todo hay que decirlo, sin puente de Rande).

Las tropas que llegaron a Betanzos también lograban avizorar el mar desde las colinas más elevadas. Pero no se quedaron allí mucho tiempo. El día 11, siguiendo el curso del río Mero, que va a morir en la ría de O Burgo, llegaban al puente que cruza esta última. Con una marcialidad parcialmente recuperada, las tropas entraron en lo que hoy es casi La Coruña, entonces sus inmediaciones, atravesando las aldeas de Pedralonga y Eirís.

Es importante entender, aunque cualquier puede sospecharlo, que La Coruña que vivitaron las tropas de Moore no es la ciudad que es hoy. La Coruña decimonónica estaba básicamente limitada por el monte de Santa Margarita al oeste; una línea diagonal que uniría la propia Santa Margarita, el barrio de Santa Lucía (como se llamaban entonces las casas de pescadores que estaban a la rivera del puerto) y la Palloza, que todavía tiene ese nombre, hacia el sur. Mientras que Puerta Real, la ciudad vieja y el castillo de San Antón, Orillamar y la península de Hércules completaban el mapa.

La tropa que llegaba estaba notablemente diezmada (había batallones que habían perdido incluso un centenar de hombres) y en un estado tan deplorable que, para enfado de sir John, algunos de sus oficiales no escondieron su posición favorable a la negociación de un armisticio con Soult.

Una vez que las tropas hubieron cruzado el puente, el general Edward Paget se quedó en la zona con la misión de mantener a los franceses a raya en la orilla oriental del Mero, mientras en el puerto coruñés se realizaban los trabajos para apañar el embarque de las tropas. En el corto plazo, la primera labor era volar el puente de O Burgo. La verdad, en este tema los británicos no habían sido ningunos linces pues, con la única excepción del puente de Castro Gonzalo, no habían sido capaces de volar ninguno más; la última tentativa, en Betanzos, había terminado con el puente tan sólo levemente magullado. Por esta razón, esta vez los ingenieros forraron la base de los arcos del puente con pólvora suficiente como para volar un puente cuatro veces más grande. La explosión fue tan brutal que se escuchó en el puerto coruñés. Los militares que se encontraban más cerca del puente, y que esperando una explosión normal se creían sobradamente a salvo, salieron huyendo del lugar, según un testigo, «como pavos, sin respetar rango alguno y tirándose a cualquier agujero que pudiese proveer con una mínima protección». En todo caso, un hombre murió y otros cuatro fueron severamente heridos. Eso sí, el puente se había ido a freír gárgaras, utilidad que los ingleses comprobarían esa misma noche cuando, al otro lado del río, apareciesen las primeras patrullas francesas.

El día 12, los franceses colocaron su primera artillería, y comenzó un combate a distancia entre franceses e ingleses, con el Mero de por medio, que duró dos días. Sin embargo, el día 13 los franceses encontraron, intacto, un puente en la aldea de Cela (Ponte Cela), y lo cruzaron. Moore ordenó a Paget que sacase a las tropas de reserva de O Burgo antes de que los franceses pudiesen aislarlas. La situación no era nada buena. Los soldados de Paget, viendo mástiles en el puerto desde O Burgo, habían pensado que los barcos estaban allí para llevárselos. Pero al llegar a Santa Lucía fueron informados de que aquellos barcos eran mercantes y barcos-hospital, porque los que los tenían que sacar de allí todavía no habían doblado el cabo de Fisterra.


No llegarían a tiempo de evitarles la batalla. Los ingleses tendrían que luchar contra los franceses con el culo contra el mar.