jueves, febrero 12, 2015

Nacht der langen Messer (8: el triste destino de Edgar Julius Jung)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.



El día 28 de junio, mientras Hitler volaba a Essen, comienza la Noche de los Cuchillos Largos propiamente dicha. Y comienza con un acto que pasa casi desapercibido y del que Hitler no sólo está informado, sino que sabe, mientras vuela en el avión que lo saca de Berlín, que al día siguiente le van a entregar un informe estrechamente relacionado con ello.

El día 28, a primera hora, el periodista Edgar Julius Jung, jefe de prensa del vicecanciller Von Papen, es discretamente secuestrado por la Gestapo.

Jung cometió el mismo error que cometen muchos periodistas: no tener más vida que su trabajo. Esto se lo puso relativamente fácil a Himmler. Cuando fue abordado por miembros de la Gestapo que lo invitaron a irse con ellos, comenzó una ausencia de horas en la que muy poca gente, en realidad, echó de menos al pobre Edgardo; sobre quien sí supo de su desaparición hablaremos pronto, pero no para bien precisamente.

Desde hacía tiempo, Jung había asumido la función de ser el enlace de Papen entre Neudeck y Berlín, así pues se pasaba el día viajando de un sitio a otro; a nadie le extrañó no verlo en su entorno. ¿El motivo del secuestro? Muy sencillo: Hitler le había dado órdenes tajantes de Göring de que había que sacarle a hostias a Jung la información de dónde estaba, y quién tenía, el testamento de Hindenburg. Así de claro. Le había dicho el canciller a su mano derecha en la NCL que quería un informe por escrito en la mañana del 29. Lo cual quiere decir que había que ser muy expeditivos al presionar a Jung.

¿Dónde estaba Von Papen?. Pues estaba representando al gobierno en un congreso de alemanes en el exterior. En la mañana del día 28, el vicecanciller recibió la angustiada visita de la señora de la limpieza que trabajaba para Jung, que le dijo que se había encontrado el apartamento hecho unos zorros y, para colmo, la palabra «Gestapo» escrita (más que seguramente por Jung, al que tal vez dejaron entrar a mear antes de irse) en el espejo del baño. Tal vez pensó (aunque yo lo dudo) en ponerse a investigar, pero no contaba con que todo aquello lo estaba montando Himmler; que para otras cosas no serviría, pero para las casualidades que no lo son, se vestía por los pies. Casi inmediatamente después de esa entrevista, apareció un enviado de la Cancillería, que le pedía disculpas al vicecanciller por aquel atraco, pero le transmitía el deseo de Hitler de que lo sustituyese en el famoso congresito de alemanes diasporados.

Lo que sigue no es que hable muy bien de Von Papen. Lo que cabría esperar de él, teniendo en cuenta que Jung era su perro fiel, que ya le había dado su vida y pronto le daría, además, su existencia; y teniendo en cuenta que, con Hitler fuera de Berlín, aquel hombre era la primera autoridad de Alemania, lo suyo habría sido que levantase un teléfono, llamase a Göring, lo pusiera firmes y le conminase a liberar a Jung en minutos tres. Pero no hizo nada de eso. Lo que hizo fue acudir al congreso al que Hitler le pedía que fuese y, una vez allí, realizar un discurso notablemente suave y comprensivo hacia los nazis; buscando, claramente, hacerse perdonar lo de Marburgo. Hacerse perdonar el discurso que, bajo sus órdenes, le había escrito Edgar Julius Jung.

Siempre he pensado, de verdad, que lo más arrastrado que se puede ser en esta vida es la mano derecha de alguien de poder. Mientras a tu jefe las cosas le van bien, tu vida es la hostia. Comes en los mejores restaurantes, te salen amigos incluso entre tus declarados enemigos, todo eso. Pero si un día el barco zozobra, es a ti a quien tu querido amigo, tu querido jefe al que le has dado todo, echa primero por la borda. Esto es, ya digo, muy común. Pero lo de Jung, es de traca. Y la reacción de Papen, de traca y media.

Para desesperación de Papen, además, cuando llega al congreso de marras se encuentra con que, al contrario de lo que rezaba el programa, ni Göring ni Göbels están allí. A las primeras de cambio, lo más parecido a un nazi con cresta de macho alfa que encuentra es Kurt Schmidt, ministro de Economía; un hombre que sabe que su propia silla se está moviendo. De hecho, Hitler se lo quiere cargar, y Kurt se lo va a poner muy fácil: precisamente durante aquel acto del 28, Schmidt reventará de un ataque al corazón que le obligará a guardar un amplio reposo que le facilitará las cosas a Hitler, quien lo cesará por razones de salud y lo sustituirá por el doctor Schacht.

También está por ahí Seldte; pero con Kitzingen ha tenido más que suficiente, así pues las posibilidades de que haga piña a favor de Papen son nulas.

Finalmente, Von Papen encuentra a Rudolf Hess. Pero, por mucho que le pregunta y le inquiere sobre la situación, Hess dice no saber nada de las intenciones de su jefe. La verdad es que a Hess hacer de estúpido se le daba de coña.

Es en esas circunstancias, sabiendo más que sospechando que su mano derecha ha sido secuestrada por Himmler, en las que Papen pronuncia un discurso en el que, entre otras cosas, dice «los extranjeros se han mostrado muy interesados estas últimas semanas por ciertas diferencias de criterio que han surgido en el seno del gobierno. Estas personas normalmente han llegado a conclusiones dictadas o por la maledicencia o por el desconocimiento. Yo afirmo delante de vosotros que no existe ningún tipo de duda: el Führer posee la confianza de toda la nación, y nosotros estamos estrechamente unidos alrededor de él. Cualquier cálculo que se haga en el extranjero fundado en pretendidas disensiones interiores no llevará sino a adjudicarle a Alemania una política totalmente inexacta».

Como digo, una delicia trabajar para un tipo así, tan valiente. Que, por cierto, tenía que saber, a ciencia cierta, que soltando esas frases glamurosas, vergonzosamente pastueñas, no estaba haciendo otra cosa que mandarle a Himmler el mensaje de que se podía cargar a Jung sin problemas. El oído de Himmler, por supuesto, no falló.

¿Y Hitler? Pues algunas horas después de que Papen tiemble en la tribuna de oradores, ya día 29, el canciller está visitando la factoría de Alfried Krupp von Bohlen und Halbach. Si pudieseis ver con paciencia las imágenes que por supuesto se tomaron de aquella visita, observaréis que Hitler habla muy a menudo con Wilhelm Bruckner quien, como siempre, está a su lado en ese tipo de actos. Se vuelve Hitler para saber sólo una cosa: si ha llegado ya el informe de Göring. Bruckner se acerca a la oreja izquierda del Führer para musitar: «Jung todavía no ha hablado». Yo creo que han de ser pocas las escenas que ofrezca la Historia del jefe de un gobierno esperando, impaciente, las noticias de la tortura e interrogatorio de la mano derecha de su vicepresidente. Dislocad los hechos y pensarlos en términos de hoy: Rajoy, la Sáenz de Santamaría... os ayudará a daros cuenta el nivel de esquizofrenia que alcanzó la política en aquellos momentos.

Una de esas veces, Bruckner, que se ha ausentado brevemente, trae un telegrama. A Hitler se le ilumina la faz. ¡Por fin, las noticias de Göring! Pero Bruckner niega y aprieta los labios.

El telegrama viene de Wiessee. Es de Röhm.

El jefe de las SA reclama confirmación de la hora a la que Hitler llegará a la reunión con jefes de las secciones de asalto que, como ya hemos dicho, debe celebrarse antes de la desmovilización de julio, al día siguiente. Röhm, siempre en todo, dice en el telegrama: «he encargado un menú vegetariano en previsión de que llegues antes de la comida».

Quiere la casualidad que en ese mismo momento, el señor Krupp esté tratando de decirle algo a Hitler. Ese algo es que, er, mi Führer, ya tu sabes, er, la ley prevé que en las factorías, o sea, en las factorías, también en las mías que están trabajando, mi Führer, para el rearme de Alemania, pues, tú sabes, la ley dice, er, que a los obreros que sean de las SA y que pretexten, o sea, cualquier cosa para no venir a trabajar, pues que hay que dejarles ir. Y que esto, er, mi Führer, es un problema.

Hitler se para, lo mira de hito en hito (es de suponer que Krupp se caga un poquito; pero eso no lo sabemos), y dice: «las SA van a ser desmovilizadas. Pronto no habrá ejercicios ni marchas a las que se puedan escaquear.»

La visita termina sin que Bruckner anuncie la llegada de noticias de Berlín. Para entonces, Hitler es una puta bomba de ardillas con los estómagos petados de jalapeños. Le cuesta concentrar sus pensamientos, le cuesta seguir el hilo de lo que le dicen. Es como un autómata, porque en realidad está pensando en otra cosa. Sin saber quién tiene el testamento de Hindenburg, a quién hay que matar, la NCL pierde la mitad de su razón de ser. Con los minutos, eso sí, se da cuenta de que todavía queda la otra mitad. Y, sobre todo, que él ha alcanzado eso que los pilotos de avión llaman la velocidad de no retorno, ésa en la que, o despegas, o te la pegas. Tal y como yo lo veo, el Hitler que, en la mañana del día 29, está oyendo sin escuchar las plúmbeas explicaciones técnicas del señor Krupp, no puede estar del todo seguro del montaje de la NCL. Es decir: si el tomador actual del testamento de Hindenburg sobrevive a la matanza, siempre puede encontrar la forma de hacer llegar el documento, por ejemplo, a Von Blomberg, y colocar al Ejército en la disyuntiva entre aceptar las condiciones impuestas por la violencia de las SS (ejecutoras de la Noche), o las marcadas por el Presidente de la nación en su última voluntad política. Esta es la razón de que Hitler necesite saber quién tiene el papel y, sobre todo, si lo tiene Von Papen; porque sabe que cargarse a su vicecanciller es un paso muy arriesgado que le puede salir muy mal si los alemanes católicos deciden no creerse toda la basura que, en ese caso, los nazis habrían elaborado para demostrar que el vicecanciller estaba traicionando a la nación y bla.

Tengo por probable, aunque lógicamente no puedo demostrarlo (Hitler no suele responder a las ouijas), que la reflexión estratégica de Hitler fue tal que así:

1) Voy a sufrir una encerrona en la reunión de jefes de las SA. Las posibilidades son muchas, pero la más probable es que Röhm me rodee con sus mandos, haga algún tipo de demostración de fuerza y, acto seguido, reclame de mí un acto público inconfundible. Podría ser, por ejemplo, anunciar la inmediata integración de las SA en las Fuerzas Armadas, conservando los galones.

2) Por lo tanto, esta reunión, simplemente, no puede producirse. De otra forma, yo podría entrar en ella Führer y salir pelele.

3) No sé dónde está el testamento de Hindenburg. Pero el peligro real es que quien lo tenga se lo haga llegar a Blomberg. Si se lo entrega a alguien fuera de Alemania, me la pela: diré que es una falsificación. Toda Alemania lo dirá. Y la Iglesia no se va a quemar las manos por esto.

4) Si el problema es Blomberg y las fuerzas armadas, no hay que olvidar que, si sigo adelante, en 48 horas me deberán una muy gorda. Sus incentivos para seguir conmigo serán muchos; y los de que pelear para sustituirme por un Kronprintz que es una incógnita, pocos. 


Rápidamente, Adolf Hitler escoge un restaurante, a la orilla del río. Le dice a Bruckner que llame allí para reservarlo (no una mesa: el restaurante). Y pide el coche. Krupp esperaba alojarlo en sus propios aposentos, pero Hitler se niega educadamente. Quiere ir a lo que la Historia conoce como el albergue de Godesberg, a orillas del Rhin. Se llama restaurante de las Limas, y será famoso por dos veces. Una, en 1938, porque será allí donde Hitler reciba a Neville Chamberlain para hablar de Checoslovaquia. Otra, en 1934, por lo que nos hemos comprometido a contar en estas notas.