miércoles, diciembre 17, 2014

Sir John (7: el Infierno se llama Pedrafita)

Recuerda que ya te hemos contado:

La extraña combinación de circunstancias que puso a John Moore al mando de las tropas británicas en España.

Las opiniones no demasiado buenas que los ingleses se llevaron en su primer contacto con La Coruña.

Los miedos de sir John Moore de que en España estallase la burbuja.

Los cambios de planes de los ingleses, después de que un cartero vallisoletano se cargase a un francés pollas.

El momento en el que Napoleón se puso en la boca el cuchillo de capar.

El pedazo resacón que se pillaron los ingleses en el Bierzo.

Los cerca de cien kilómetros que tuvieron que atravesar las tropas inglesas para superar el puerto de Pedrafita fueron, a decir de quienes los recorrieron y conservaron fuerzas para escribir sobre ello, el peor de los tramos de aquella expedición casi maldita. Según dejó escrito un oficial, el capitán Gordon, «todos los problemas que habían ocurrido en algún momento anterior serían considerados como la perfecta disciplina comparados con la retirada desde Villafranca del Bierzo, que más parecía la huida de una chusma que el movimiento de una tropa organizada. Cualquier comparación entre las tropas inglesas en ese momento y cualquiera de las unidades españolas del marqués de la Romana no le habría hecho ningún favor a éstas últimas».

Realizando ese mismo trabajoso camino a pie que hoy hacen muchos animosos peregrinos camino de Compostela, pero sin las comodidades y la carretera de que éstos disfrutan, la desordenada y silenciosa tropa inglesa, que hacía muchos días que había dejado de cantar, perdía en los campos a sus miembros. Borrachos, hombres agotados, pálidos y delgados hombres enfermos ya de días atrás, caían desmayados sobre los helechos nevados, sin que alguien tentase siquiera intentar levantarlos. Las tropas de retaguardia, muy habitualmente, se encontraban en la vera del camino a soldados que se habían detenido, tal vez pensando en un simple take a rest, y habían muerto allí, mientras, silenciosa, la mano helada de la muerte invernal les había apretado el corazón hasta exprimirlo. Un soldado superviviente de aquella marcha mortal recordó luego, en sus escritos, que la carretera was a line of bloody foot marks; esto es, que la sangre de quienes habían pisado antes, con sus pies semidesnudos y tapizados de heridas, era la que guiaba las pasos sobre la nieve de los que venían detrás.

Aquella tropa inglesa había alcanzado ese punto del sufrimiento en el que el ser humano ya no se permite los sentimientos. Los camaradas veían a sus amigos caer al suelo y morir lentamente sin por ello sentir el impulso de ayudarlos. Los hombres marchaban reducidos a la condición de simples seres vivos caminando hacia algún tipo de supervivencia. Quien fallaba, quien caía era, simplemente, alguien que no lo había conseguido. Ya no tenía nombre, ni historia, ni recuerdos compartidos. En esas situaciones, muere quien ha de morir, y el resto lo acepta. Un oficial vio una vez a una mujer doblarse hacia adelante y caer, agotada, sobre un arroyo helado; los hombres que llegaron detrás, sin una palabra, la usaron para no mojarse los pies.

Porque ahora, ante la indiferencia de los soldados, también morían las mujeres. Aquéllas que estaban en la expedición siguiendo a sus maridos, tal vez los habían perdido antes. Y las putas, la verdad, hace tiempo que los soldados no las necesitaban. La mayoría de ellas, además, estaba tan borracha como la tropa, tan enferma, débil y desesperada. Tres de esas mujeres encontraron una casa en la montaña en la que se refugiaron. Allí las encontraron unos dragones franceses, algunos días después. Las violaron repetidamente, mientras las golpeaban, y luego las dejaron allí, para morir.

No hay en las laderas de Pedrafita, que yo sepa, ni una sola estela o lápida que recuerde a los hombres, y mujeres, que murieron de sed, de hambre, de frío, de miedo, desangrados, por ayudar en la defensa de España.

También es cierto que, como dice la canción, las chicas son guerreras y, en realidad, mucho más fuertes y resistentes al dolor que nosotros los hombres. Un fusilero llamado Harris quedó impresionado por una mujer irlandesa, bajita y ancha, que había seguido a su marido a aquella aventura y marchaba con él por la montaña. Estaba embarazada, y subiendo la montaña del Cebreiro notó las contracciones. Sin una palabra, se paró y dejó que la formación la dejase atrás. Harris pensó que no volvería a verla pero, poco tiempo después, la mujer, a paso rápido, recuperó la altura de su regimiento, con un bebé en los brazos. Otro integrante de la expedición, un cirujano llamado Griffiths, encontró a una mujer tirada en el suelo, muerta, mientras su hijo trataba de mamar de su seno.

Una buena demostración de lo simple que se había hecho la vida en aquellas condiciones es que los carros del Paymaster, esto es los que llevaban en monedas las futuras soldadas que habrían de pagarse, fueron abandonados cuando los bueyes que tiraban de ellos no pudieron más. Un soldado fue encomendado de vigilar los carros, pero a cada oficial que pasaba le pedía ser relevado de su misión, porque, por mucho de que se le hubiesen confiado 25.000 libras, quedarse allí era una muerte segura.

Cuando la tropa todavía estaba atravesando aquel puerto de montaña infernal, los franceses tomaron ya contacto con la retaguardia, y comenzaron los enfrentamientos con la misma. En estas condiciones, el Paymaster contactó con el general Paget para confesarle que todo el tesoro de la tropa se había quedado atrás, sin que los bueyes pudiesen con él. Paget tuvo un violento acceso de cólera, en el que no le faltaba razón: un Paymaster tenía que saber bien que su obligación era siempre viajar con un día de adelanto sobre la tropa; así pues, amenazó con ahorcar al oficial encargado de la paga. Finalmente, lo envió con la orden de mover los carros fuese como fuese, y lo hizo acompañar de un teniente llamado Bennet, al que dio las instrucciones de que si los franceses llegaban tirase las monedas por la ladera de la montaña y disparase a todo aquél que se descolgase para recogerlas. Bennet tuvo que cumplir esa orden, y las monedas bajaron montaña abajo. Eso sí, las monedas que habían caído en el propio camino sí que eran presa fácil; tan fácil que, para cuando los franceses llegaron sable en mano, se encontraron a muchos soldados ingleses que, en lugar de luchar con ellos, estaban metiéndose dinero en los bolsillos, sin caer en la cuenta de que de poco les serviría si les abrían la cabeza de un tajo. Incluso, en medio del enfrentamiento, hubo soldados que, finalmente, decidieron descolgarse por el barranco, en busca de la pasta que les esperaba allí abajo (muy abajo).

A todos los sufrimientos de aquella tropa se unía, en no pocos casos, la incomprensión hacia lo que estaba pasando. En efecto, si hemos de creer los testimonios disponibles, entre aquellos soldados había muchos que no lograban entender el porqué de aquella retirada. En puridad, los ingleses no habían perdido batalla alguna desde que salieron de Portugal.

El día 6 de enero, Moore recibió un mensaje de su primer ingeniero, el coronel Fletcher. El comandante de las fuerzas inglesas llevaba días discutiendo consigo mismo y con su entorno la mejor elección de un puerto para embarcar sus tropas. Consideraba la posibilidad de elegir Vigo, Ferrol o La Coruña. No le gustaba Vigo, porque consideraba que el emplazamiento y las condiciones de la ciudad no permitían defender bien la operación de embarque. Por su parte, la Marina británica no tenía en mucha estima el puerto coruñés.

Por eso había enviado a Fletcher en una expedición en la que había visitado Vigo, La Coruña, Ferrol y Betanzos (esta última villa, la verdad, se me escapa por qué; supongo que, siendo un experto ingeniero, al coronel Fletcher no se le escaparía el detalle de que Betanzos no tiene puerto de mar, ni de río, ni de una hostia). El 5 de enero contactó con el Estado Mayor de Moore. Fue ese informe de Fletcher el que recomendó el puerto de La Coruña. El que llevó a Moore hacia la muerte en Elviña.

Las divisiones de vanguardia tenían la instrucción de virar hacia Vigo al llegar a Lugo, razón por la cual George Napier fue enviado a uña de caballo para comunicarles las nuevas órdenes de ir hacia la ciudad donde nadie es fontanero. La primera unidad que encontró fue la de sir David Baird en Los Nogales. Napier tuvo que levantarlo de la cama, lo cual hizo que la cosa no empezase bien. Conforme iba leyendo las nuevas órdenes, Baird se iba poniendo cada vez de peor hostia. Baird siempre fue favorable a salir de España por Vigo (y no pudo ser porque le gustase el aguardiente; porque todo el mundo sabe que se toma mejor aguardiente en La Coruña, de fijo). Tras terminar la lectura, le preguntó fríamente a Napier si iba a trasladar estas órdenes a Hope y Fraser. Napier, un tanto acojonado, le informó de que no tenía órdenes de hacerlo; pero que si él, Baird, no disponía de ningún oficial que pudiese hacer el mandado, no tendría ningún problema en asumirlo.

A pesar de los obvios intentos de Napier por ser diplomático, la respuesta terminó por cabrear al fácilmente cabreable John Baird. Con un tono gélido, despachó a Napier de vuelta al cuartel de Moore. Napier, temiéndose que Baird no hiciese lo que tenía que hacer, insistió en llevar él las instrucciones; pero el general le cortó con un grito seco, con el que le anunció que él se encargaría de enviar el comunicado por medio de uno de sus dragones.

Y, de hecho, lo envió. Pero aquel soldado a caballo encontró por el camino quien le dio, de buen o mal grado, unas cuantas botellas de vino. Se cogió una cogorza del setenta y siete, cayó a la tierra mamado, perdió la orden y, consiguientemente, nunca la entregó. Por razón de esto, las tropas al mando de Alexander Fraser habían hecho casi 20 kilómetros de la carretera hacia Vigo cuando fueron advertidas de los cambios. En la vuelta atrás, exhaustos como estaban los soldados, 400 de ellos quedaron en la carretera.

Murieron en Galicia, agotados hasta su último aliento, porque un señor general sir David Baird se levantó de mal humor, y no le salió de los cojones cumplir una orden con eficiencia.



Los ingleses que vinieron a España a librar lo que conocen como Peninsular War se portaron como auténticos cabestros infumables. Como radikales de un Frente Hooligan, violento y despiadado. Se bebieron nuestro vino, mataron a nuestro ganado, se follaron a nuestras mujeres, y a nuestras niñas. Muchos de nosotros, probablemente, llevamos su sangre, porque somos, a día de hoy, todo lo que queda de aquella borrachera que se pillaron en Sahagún, en Cacabelos, en Villafranca, mientras descargaban puñetazos en la cara de nuestra tatarabuela para que dejase de resistirse. Pero por un momento, sin duda, merece un recuerdo, algo parecido a un homenaje, la imagen de los muchos de ellos que murieron en el puerto de montaña que separa Galicia de la España que tiene al sur, esa mole que hoy se supera en unos cuarenta kilómetros a 120 por hora. 

Pedrafita fue los Alpes inabarcables de aquella tropa, agotada y aterida, y, aunque no lo puedo asegurar, tengo por mí que muchos de sus cuerpos se quedaron allí para siempre, pues sería difícil que los españoles de la zona quisieran o pudieran enterrarlos a todos. Así pues, sus huesos se confundirían con las piedras, y el resto de sus cuerpos regresó, literalmente, a sus orígenes, pues hombre, homo, viene de humus, tierra. Pulvis eris, et in pulverem reverteris. Incluso es posible que en el fondo de esas laderas, en ese distante lugar que se ve abajo, amenazador, cuando se hace el ejercicio de subir el puerto por la carretera antigua; en alguno de esos lugares que hoy siguen siendo bastante inaccesibles, reposen aun, en su tumba de barro, lluvia y hierba, algunas o muchas de aquellas monedas que un día el teniente Bennet hizo caer montaña abajo.

Creo que es justo un pequeño homenaje a aquel esfuerzo, a aquel sufrimiento.