jueves, diciembre 18, 2014

Esperar y ver

De tanto repetirse, por parte de los protagonistas y los comentaristas, que el anuncio realizado ayer a capella y por colleras por el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y el jefe de todo en Cuba, Raúl Castro, es un anuncio histórico, he dado en pensar en que tenía que soltar algo en este blog sobre el temita. Cuestiones de la especialización.

Bromas aparte, una cosa como la que pasó ayer, como es probablemente inevitable, ha tenido dos grandes tipos de reacciones: la de aquéllos a los que el tema les ha gustado de la muerte, y las de los que consideran que han sido traicionados. Entre los primeros hay de todo; los segundos son, fundamentalmente, la oposición cubana y sus tentáculos, o fuentes, en Estados Unidos y sus movimientos de corte más republicano conservador, que es donde se refugia buena parte del voto cubano exiliado.

¿Cuál de los dos tiene razón? Esa pregunta sólo tiene una respuesta:


Depende.

Antes de seguir con la argumentación, quisiera comentar que, del rosario de reacciones que he visto, hay algunas que me han llamado bastante la atención. Por ejemplo, la de España. En España, este acuerdo ha sido visto de forma enormemente positiva porque, cuando menos según mi percepción es el argumento principal, va a ser en beneficio de los cubanos, que podrán vivir mejor gracias al esperado fin del bloqueo estadounidense.

A mí, ya lo he dicho, me extraña esta posición, a pesar de que la comparta. Me extraña porque nueve de cada diez personas a las que conozco y sostienen esa idea parecen olvidar que algo muy parecido a lo que ha hecho Estados Unidos con Cuba en el 2014, lo hizo con España en la segunda mitad de los años cuarenta del siglo pasado. En efecto:

España, como Cuba, era una dictadura que obligaba a muchos de sus ciudadanos a exiliarse por razones ideológicas, si no querían exponerse a largos encarcelamientos, un pavoroso aislamiento en la vida civil y, en ocasiones, la muerte.

España, como Cuba, había quedado aislada internacionalmente, al haberse distinguido como báculo de una ideología internacional de corte totalitario que, sin embargo, había sido inapelablemente vencida.

España, como Cuba, estaba bajo el peso de un mandato personal carismático, centrado en una persona (vale, en Cuba son dos) que no tenía ni la más mínima intención de incluir su dimisión y marcha entre las condiciones de un eventual pacto.

España, como Cuba, era mayoritariamente condenada por sus acciones en el orbe internacional, y era objeto de un bloqueo que, en el interior del país, obligaba a racionarlo todo y tener a sus gentes viviendo en condiciones muy comprometidas.

España, como Cuba, tenía sus cárceles petadas de personas que no estaban allí precisamente por haber estafado, robado o violado.

... pero España, como Cuba, podría jugar un papel interesante para Washington: nosotros, como gendarmes furibundamente anticomunistas en un área mediterránea en la que tampoco era tan fácil saber hasta dónde podían llegar los partidos comunistas francés e italiano, y una Grecia que estaba poco menos en una guerra civil de posguerra mundial en la que los comunistas, apoyados por Moscú, iban al copo. Y Cuba, por su parte, está situada en un área del mundo fuertemente golpeada por algo que se suele denominar con la sinécdoque «bolivarianismo»; y, caso de distanciarse del mismo o de convertirse en un país tibiamente bolivariano, para la Casa Blanca es como poner una pica en Flandes.

Las circunstancias, como digo, son muy similares en 1950 y el 2014; y la decisión de Estados Unidos ha sido la misma. La misma. Es decir: ir a una normalización diplomática, a sabiendas de que el gesto va a arrastrar a otros cuya política internacional más o menos se indexa con lo que les diga el John Kerry de turno; hablar poquito de derechos humanos y mucho de EBITDA; y, finalmente, pactar con el dictador las cuotas de dictadura que se consideran aceptables. Lo único en lo que se diferenciarán España y Cuba es que en la segunda no hay manera de impulsar una solución monárquica.

Como la decisión es la misma, me llama la atención de la cantidad de gente que veo que, con su mano izquierda, dice que el apoyo de EEUU a Franco «a cambio de las bases» (mantra explicativo habitual de una estrategia bastante más compleja) fue intolerable y vergonzoso; pero con la mano derecha dice que la decisión de Obama es histórica, superpositiva de la muerte ozea, y que demuestra la talla de gran estadista del Potus. O sea, el tono intelectual español habitual: sostener una cosa, y la contraria, en la misma frase. Porque, ejem, no es por nada, pero el vuelco que dio el nivel de vida de los españoles a partir de 1950, no digamos ya en la segunda parte de la década, no creo que sea cosa como para negarla. Si aquí todo lo que importa para juzgar una decisión así es el bienestar de los cubanos, entonces habría que erigirles sendas estatuas a Harry Truman y Dwight Eisenhower en el paseo del Prado...

Pero, bueno, hecho este inciso cojonero, ¿esto es bueno, o es malo?

Yo creo que es bueno. En primer lugar, me parece que es algo que tenía que pasar, porque se dan dos circunstancias confluyentes muy importantes que lo favorecen: por una parte, Barack Obama tiene ya la vista puesta en unas elecciones que, a día de  hoy, su partido tiene más papeletas de ir a perder que de ir a ganar. La economía va mejor, pero no tira lo que debería porque, ya lo siento Barry, la crisis es sistémica, y eso quiere decir que de la misma no se sale con sólo coger un poquito de impulso en plan quantitative easing y bla. Para colmo, al primer presidente tiznado de la Historia de los Estados Unidos van las policías americanas y le ponen las cosas todavía más difíciles, a base de estrangular y tirotear negros. En este punto, es normal que un equipo de estrategas mire al exterior, porque todos los políticos, en Washington y en Tombuctú, tienen siempre la sensación de que los temas exteriores no cuestan dinero y, bien vestidos, pueden quedar pintones. Nadie gana unas elecciones siendo un hacha de las relaciones internacionales; si no, que se lo digan a Gorbachov. Pero los temas internacionales, sobre todo si son históricos, sí que sirven para evitar perderlas.

El segundo elemento es el precio del petróleo. El viaje de EEUU hacia la autosuficiencia energética, la ralentización china y la crisis económica general han tumbado el precio del barril de petróleo, y esto es algo en lo que los árabes de la península de tal nombre han visto una oportunidad de oro. Arabia y los países de la zona no sólo tienen mucho petróleo; además, les resulta extraordinariamente sencillo (barato) extraerlo. Hace ya tiempo que las economías árabes se dieron cuenta de que, con precios baratos, su producción de petróleo seguía por encima del break even o punto de beneficio, mientras que otros, no. Hay un montón de pozos de petróleo en el mundo (casi todos los de Venezuela, sin ir más lejos) que necesitan vender el barril bastante más caro para poder ganar dinero. Si a eso le unimos el coste añadido por las responsabilidades colocadas al barril de petróleo (en el cual descansa toda la política social del chavismo, las pensiones bolivianas y una parte no desdeñable del envidiado Estado del Bienestar noruego, por poner sólo tres ejemplos), nos encontramos con puntos de beneficio siderales; para Venezuela, según he leído por ahí, se han calculado en 150 dólares por barril.

Arabia Saudita y los otros países árabes son, hoy, un monstruoso Amazon del petróleo: venden más barato que nadie para que los otros tengan que cerrar, porque si venden barato es porque pueden, y saben que los demás no pueden. A esta decisión, por supuesto, no serán ajenos los propios Estados Unidos, que no olvidan que uno de los botiguers que se puede ver afectado, y muy seriamente, por este tema, es Rusia. Pero otro es Nicolás Maduro, habitual proveedor de Cuba.

A finales de los años setenta del siglo pasado, cuando Leónidas Breznev ya no fue capaz de seguir regalándole el petróleo a sus países satélite, éstos tuvieron que echarse en las manos del capital occidental para financiar una industria que, además de ineficiente, ahora pasaba a tener unos insumos carísimos. Esto es lo que puede, muy fácilmente, acabar pasándole a Cuba en no mucho tiempo, porque bastante va a tener Maduro con lo que consiga cobrar por sus barriles a la hora de tapar agujeros en casa. Eso, claro, si no lo desalojan del poder; pues si así fuese, el que viniese en su lugar, muy comunista no iba a ser.

Estados Unidos tiene un interés electoral en arreglar lo de Cuba, y Cuba tiene un interés vital en hacer hilo. Lo que no está claro, y será muy interesante comprobarlo en el tiempo futuro, es comprender qué jugada exactamente está haciendo Estados Unidos.

Porque puede estar haciendo, en el largo plazo, una de dos cosas distintas: puede estar montando la «operación Francisco Franco», esto es consolidando un aliado, socio y cliente en la zona, que lo defienda de otros países y gobiernos que no le son tan proclives, a cambio de que pueda seguir apaleando a sus disidentes; o puede estar haciendo la «operación Breznev», esto es disfrazarse de Ostpolitik, de Willy Brandt clamando «¡Si somos todos alemanes! ¡Vamos a llevarnos bien, hombre!» cuando lo que realmente está haciendo es generando una dependencia, que con el tiempo sería absoluta, del régimen cubano respecto de los capitales americanos. No lo olvidemos: los países soviéticos, con la única y especial excepción de la propia URSS, cayeron porque fueron aplastados por su deuda externa con el capital occidental. El día que aceptaron financiar sus desarrollos industriales y económicos con créditos del Citibank, metieron a la zorra en el gallinero; y las zorras, una vez dentro, no se van si no es con la panza llena.

Yo, personalmente, creo que la opción más probable es la segunda. A pesar de que Obama ya me ha dado alguna que otra prueba de ser un muy mal estratega en temas internacionales (a veces da la impresión como de que no los entiende; como que ha nacido para alcalde de una ciudad de tamaño medio, más que para presidente), creo que es más que probable que la hoja de ruta real del pacto de ayer sea exactamente ésa. Carlton Hayes explica en sus memorias que recibió orden de la Casa Blanca de darle a Franco el 60% de la gasolina que sabían que necesitaba. De esta manera, la embajada USA llevaba al general agarrado del huevo izquierdo y con la lengua fuera. Tengo la impresión de que la jugada de los Estados Unidos es okupar, digamos, el 60% de la economía cubana. El día que haces eso, tienes en la mano la válvula social: cuando la cierras, las calles son limpias y seguras; cuando la abres, las calles se llenan de manifestantes hambrientos a los que les da igual ocho que ochenta.

Es cierto, como vienen a decir los cubanos de Florida, que  Barack Obama ha desistido, conscientemente, de irse a Miami y declamar: Ich bin ein Kubanisch. Pero me parece a mí que esos mismos círculos cubanos de la oposición se dan demasiada prisa al tirarle cebollazos al gesto de ayer.

El buen jugador de mus no juega con lo maravillosas que son sus cartas, sino con la mierda de mano de su oponente. El mus, en esencia, no se diferencia mucho del póker. A ver las próximas manos.