jueves, enero 08, 2015

El hombre que sabía hacer bien las cosas (27, y fin)

Sin duda, Leónidas Breznev esperaba que su visita a Alemania acabase por ser tan histórica como había sido aquella otra, años antes, del presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy. Se quedó con las ganas, por mucho que, probablemente, se tratase de una cita con una proyección casi comparable.

Cuando sólo quedaban dos horas para que el Tupolev tocase tierra en el aeropuerto de Bonn, los altos funcionarios germanos todavía estaban discutiendo sobre si le darían a Breznev un saludo con aparataje militar, esto es con categoría de jefe de Estado. Problemas inesperados causados por las especificidades soviéticas. Breznev, en efecto, no era ni jefe del Estado ni jefe de gobierno; sin embargo, frente a las posiciones estrictas y literales, se impuso el criterio del ministro de Exteriores, Walter Schell, en el sentido de tributar al dirigente soviético el recibimiento que en realidad merecía. Toda esa polémica es la que está detrás del hecho de que Brandt se dirigiese a Breznev usando la expresión, un tanto etérea, de «primer hombre de la URSS».

Unas pocas semanas después, Breznev viajó a la casa de Richard Nixon, quien en ese momento estaba más preocupado por el escándalo Watergate que por las sutilezas del juego geoestratégico. Breznev consiguió lo que buscaba: ambas partes firmaron un acuerdo de no agresión nuclear, que se vendió como un pacto de desarme aunque, en la práctica, las vías que permitían incumplirlo eran muchas, y que permitió a ambas partes vender ante sus audiencias la idea, un tanto precipitada la verdad, de que habían dado carpetazo a la guerra fría.

En la URSS, sin embargo, los halcones ultramontanos todavía tenían ganas de pelea. Durante los meses de agosto y septiembre de aquel año, en el país se recrudecieron las campañas contra las grandes figuras de la disidencia soviética: el escritor Alexander Solzenitsin y el científico Andrei Sajarov. Otros dos importantes voces críticas, Pyotr Yakir y Viktor Krasin, fueron objeto de un juicio al mejor estilo estalinista. Breznev, que estaba en su dacha de vacaciones, las interrumpió abruptamente, con seguridad tratando de dejar claro que no estaba de acuerdo con lo que estaba pasando.




En 1973, aunque obviamente no lo supiera, Leónidas Breznev estaba en el ecuador de su mandato como primer hombre de la URSS, por usar la expresión de Willy Brandt. En la primera mitad del año 1973, y a pesar de la reacción producida en la segunda, había conseguido ganar definitivamente la batalla contra los conservadores enemigos de su Westpolitik, lo cual le había permitido barrer a su oposición, relegándola a puestos de poco fuste en el laberinto de pasillos de poder que era la administración soviética; y, last but not least, había pagado el almojarifazgo que debía al Ejército por haberle encumbrado y apoyado, y por haber hecho posible, de palabra, de obra y, sobre todo, de omisión, su cercanía con los enemigos de la Guerra Fría: los militares estaban en el Politburó, también eran el Politburó; y eso les garantizaba que la URSS fuese, además de muchas otras cosas, eso que se llamó un complejo militar-industrial.

Así las cosas, los nueve años que le quedaban a Breznev en el poder deberían haber sido los años de disfrutar. Pero no lo fueron. Fueron nueve años en los que la silla del poder ya no se la movió nadie de entidad. En realidad, el gran peligro para el poder soviético habían dejado de ser otros soviéticos, sino el exterior: la oposición no comunista, y los enemigos geoestratégicos. Pero eso a Breznev, probablemente, le daba igual, porque sabía que no viviría lo suficiente como para ser, él, el objeto de esa derrota; y no se equivocaba: la URSS lo sobrevivió, más o menos, en una década.

La cosa, además, empezó bien. En ese año de 1973, el petróleo se volvió loco; y eso significó que la maquinaria económica de la URSS se cebó de recursos inesperados. No pocos comentaristas sovietólogos han reconocido que los ciudadanos de la Unión habrían de recordar con nostalgia los escaparates de las carnicerías durante «los años de Breznev». La propaganda oficial decía que eso ocurría porque Leónidas siempre se había ocupado de la agricultura; recordaban lo de las tierras vírgenes, y tal; pero, la verdad, las dotes de Leónidas como planificador agrícola no tenían nada que ver con la relativa abundancia de recursos. En puridad, en la URSS de Breznev el sector agrícola creció tan poco, y tan mal, que hacia lo que avanzó fue hacia el desabastecimiento de la población; pero eso, paradójicamente, no se notaba.

Los últimos años de Breznev fueron los de su fracaso. Hasta el punto de que yo creo que lo justo es decir que el primer trozo de concreto que se arrancó del Muro de Berlín, lo arrancó él. El fracaso Breznev se compone, a mi modo de ver, de tres subfracasos, que son los siguientes:

El primero de ellos fue la polarización de la URSS. En un fenómeno realmente paradójico, conforme la sociedad soviética se modernizaba a marchas forzadas, como una consecuencia lógica de la mejora de sus condiciones de vida, la nomenklatura en el poder se esclerotizaba. Todavía tras la muerte de Yuri Andropov, cuando algunos bienintencionados e optimistas analistas occidentales hablaban de la llegada al poder de un joven distinto y con ideas llamado Milhail Gorvachov, éste fue ampliamente derrotado en la carrera del poder por un anciano esclerotizado, borracho y sin ideas (sus textos políticos son de lo más insulso), antiguo colaborador de Breznev: Konstantin Chernenko. La llegada al poder de Chernenko es todo un símbolo del concepto breznevita del poder. Para que nos entendamos, es como si, tras la salida de Adolfo Suárez, y tras el breve experimento Calvo Sotelo, en España se hubiese impuesto como primer ministro a Landelino Lavilla.

Como Breznev necesitaba tener en el poder a personas que o bien pensaran como él o bien, si pensaban otra cosa, se lo callasen, se convirtió en un líder absolutamente renuente al cambio. El espectáculo de un Andrei Gromiko envejecido y gagá paseándose por las cumbres del poder mundial fue, durante mucho tiempo, para hacérselo mirar. Breznev no duró en dejarle el poder a un amigo y vecino de toda la vida que ya estaba enfermo cuando lo tomó; y de Chernenko ya hemos hablado. Así pues, mientras la sociedad soviética descubría la Coca-Cola, el rock, mientras trataba de por la cintura/cortar la falda como canta Silvio Rodríguez, el poder soviético se encerrada en un salón decorado al estilo estalinista, tiraba la llave, y se dedicaba a tomar el té (léase vodka), los socios mirándose unos a otros sin llegar a darse cuenta de lo muy viejos que se estaban haciendo, puesto que no había ningún joven por allí para comparar.

El segundo error de Breznev fue la economía. Las cancillerías del mundo están preñadas de gobernantes que creen que las medidas económicas no tienen consecuencias. Ellos las toman y, como ven que a las 24 horas no ha pasado nada malo, deciden que no hay problema; y para cuando las consecuencias se presentan, meses, años más tarde, suelen ser lo suficientemente imbéciles como para adjudicarle la responsabilidad a otras cosas. Esto, sucintamente, fue lo que le pasó a Breznev al bloquear la reforma económica que le llegaba desde la banda Kosigyn/Podgorny. Estoy seguro que, sinceramente, pensó que esa decisión era gratis et amore. Pero ni modo. Esa decisión mató a la URSS o, más concretamente, la alejó de la última purga que podía haberle limpiado los intestinos y evitar la muerte en medio de una potente e imparable diarrea.

A partir de 1973, ostensiblemente, la economía soviética comenzó a evolucionar más despacio que sus competidoras. Simple y llanamente, se quedó atrás. Esto es así, primero que todo, porque lo único que realmente le importaba a una gran parte de la cúpula de mando soviética (recuérdese el almojarifazgo) era la superioridad militar, sobre todo nuclear, respecto de los EEUU. En aras de la victoria en una carrera que finalmente se consiguió, y se consiguió para nada, se sacrificó la maquinaria entera de la economía, que siguió a base de planes quinquenales y una centralización enemiga de la creatividad y del riesgo. En 1979, un Breznev crecientemente acojonado (en los momentos de lucidez) ante lo que estaba pasando, que no era tanto el hundimiento económico de la URSS como el de sus satélites, trató de cambiar el paso, y Kosigyn abordó un plan de modernización. Pero murió al año siguiente, y, para tener la valentía de colocar a un reformador al frente del gobierno económico, Breznev tendría que haber estado hecho de otra pasta, y el Politburó debería haber estado formado por otros miembros. Vino Tijonov quien, simple y llanamente, se cargó las reformas. 

El tercer error de Breznev ya lo hemos señalado, y analizado, en el enlace que se ha situado en el párrafo anterior. Yo no sé si, en puridad, se puede considerar un error algo que se hace porque se tiene que hacer; quiero con esto decir que este tercer gran elemento del fracaso de Breznev es aquél en el que su capacidad de maniobra era menor porque Breznev, simplemente, no podía sacudirse la enorme influencia del poder militar sobre su administración.

Aunque sea hacer una comparación un tanto espuria, a mí, de los acontecimientos más contemporáneos del momento en que escribo esto, el que más me hace pensar en la situación de Leónidas Breznev es la primavera egipcia. Este proceso ha terminado como tenia que terminar: con un gobierno militar; porque el ejército, en Egipto, no lo es todo, pero lo es casi todo, ya desde los tiempos de Nasser. Con la URSS de Breznev pasa algo parecido. El Ejército tuvo mucho que ver con el cese de Kruschev. No hay que olvidar que las Fuerzas Armadas soviéticas de los años sesenta del siglo XX está formada por los viejos generales que, cuando eran tenientes, capitanes y coroneles, fueron lo suficientemente obedientes, lo suficientemente cabrones o lo suficientemente invisibles como para que Stalin no se plantease purgarlos. No era un ejército de genios estratégicos, sino de genios de la supervivencia. El superviviente siempre piensa que los malos tiempos, ésos en los que vivía acojonado pensando que cualquier noche el KGB iba a llamar a su puerta, pueden volver. La única opción del Ejército para evitar eso era convertirse, él, en Stalin. La Guerra Fría le vino a ver, haciéndolo imprescindible (como lo es el Ejército en Egipto, teniendo como tiene un enemigo a centenares de kilómetros que lo ha breado a capones en el pasado).

Kruschev fue, a su manera, el último leninista. El último comunista que creyó en el esquema de Lenin, según el cual el Poder es cosa de una élite civil para la cual el ejército es un medio, razón por la cual lo convierte en un ejército popular; en un ejército de militares profesionales que tienen que obedecer a un comisario político. Tengo yo por bastante probable que en la crisis de los misiles cubanos, Moscú nunca se planteó seriamente ir a las hostias; y, precisamente, descubrir eso fue lo que hizo que los generales se diesen cuenta de que con aquel pígnico alopécico ucraniano no iban a ninguna parte. Desde ese día, su candidato fue y siguió siendo Leónidas Breznev; porque Breznev no estaba dispuesto a enfrentarse con ellos.

Así las cosas, mientras que la RFA de Willy Brandt estaba construyendo una Ostpolitik para drenar líquido de la pleura hinchada de una Europa partida en dos y tensionada por ello, permitiendo así que ingentes recursos se pudiesen dedicar a la creación de un mercado común, con sus descrestes arancelarios, sus tratados de Mastrique, su Banco Central, sus fondos estructurales, sus rescates y todo eso; mientras ocurría eso en occidente, digo, en oriente Breznev construía una Westpolitik cuyo objetivo final no era rebajar tensión para poder dedicarse a elevar el nivel de vida de los rusos y la competitividad de su economía, sino crear un espacio de paz que le permitiese al Ejército construir su ansiada superioridad cuantitativa (que no cualitativa) sobre los EEUU y China. Así de claro: era un tema de a quién se le daba la pasta para que se la gastase. Como decía el profesor Fuentes Quintana, «gobernar es gastar», y nunca nadie aplicó este principio en mayor medida que el Ejército soviético, y sus industrias apadrinadas, durante el periodo Breznev. Leónidas, literalmente, puso el PIB ruso en posición de firmes, como un soldado más de la formación, a servir las órdenes que los generales tuviesen a bien ordenar.

Quiso la casualidad de las cosas y la evolución del mundo que la URSS despertase de ese sueño de la forma más humillante. Porque no fueron Richard Gere y los impolutos soldados de Pensacola los que le encendieron el pelo a esa Unión que se creía la Polla de Montoya militar del mundo mundial: fueron unos cuantos mataos, bien financiados eso sí, escondidos en las hondas cárcavas de las montañas afganas. Afganistán le descubrió a la URSS que la invencible maquinaria que creía haber construido, a base de enterrar en ello kopeks como para alicatar la Luna, era un ejército mal pertrechado, mal entrenado, desincentivado, dipsómano y tonto'l'haba.

Para entonces, sin embargo, Leónidas Breznev estaba más p'allá que p'acá.




He escrito estas notas sobre los años de gobierno de Leónidas Breznev porque siempre me ha sorprendido que incluso las personas que saben lo que fue la URSS (que ya van siendo menos, la verdad) desconocen, no en lo fundamental, sino en lo absoluto, el nombre de Leónidas Breznev, y el hecho de que fue el primer hombre de la URSS durante tanto tiempo, y con consecuencias tan importantes, que resulta, para mí, el segundo nombre más importante de la historia de la Unión, por detrás de Stalin.

De hecho, tengo observado que las personas, digamos, proclives a ser comprensivas o directamente positivas a la hora de valorar el experimento soviético, no suelen saber nada de él. Lo cual viene a ser como juzgar el juego del Real Madrid sin saber que Sergio Ramos está en la plantilla. No hay juicio sobre la URSS que valga un pimiento si nada se sabe de Leónidas Breznev, de su amplia y largamente próspera Mafia del Dnieper, de sus años de mandato, y de las consecuencias de éstos.

Aquí queda el esfuerzo. Ahora te toca a ti. Subraya la expresión «camarada primer secretario general», y coméntala con tu compañero.