miércoles, enero 14, 2015

Nacht der langen Messer (2: El cabreo de Hindenburg que lo empieza todo)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión.


La primavera de 1934 es un periodo efervescente para Alemania. Especialmente en la cúpula del poder, donde, desde la victoria electoral del nacionalsocialismo, una pregunta aparece en todas las tertulias: ¿quién sucederá a Hindenburg?

El viejo mariscal tiene mil años y su salud está flaqueando de una forma preocupante. Hindenburg es totalmente consciente de este deterioro, pues, cada vez más, tiende a quedarse en su feudo de Neudeck, alejado, literalmente, del mundanal ruido. Y casi nunca convoca a Adolf Hitler para que despache con él. Presidente y canciller es como si no se conociesen.

Hindenburg está cabreado. Contra Hitler, fundamentalmente, aunque también se lleva su ración el resto de su entorno. El viejo militar no soporta la retórica que el NSDAP ha puesto en marcha, casi desde el día en que alcanzó el poder, destinada a presentar a su jefe como el salvador de Alemania. Hindenburg, y las personas de su entorno, consideran que ese mérito le corresponde a él. Así pues, Alemania vive en esas semanas el caso increíble, poco conocido en la Historia, de un jefe del Estado que se declara en huelga. Apenas firma decretos y leyes y nunca aparece en actos oficiales, escenificando un desencuentro casi absoluto con su jefe de Gobierno.

Los nacionalsocialistas, sin embargo, no están exentos de terminales en Neudeck. Tanto Otto Meissner, secretario general de la Presidencia, como el propio Oskar Hindenburg, trabajan, de alguna manera, para ellos, o cuando menos a favor de un acercamiento del viejo general y el partido gobernante. La diferencia entre Meissner y Hindenburg junior, por un lado, y el viejo mariscal, por el otro, es la edad, y las expectativas. Al presidente del Reich, simple y llanamente, se la sopla que el futuro tenga que pasar por el nacionalsocialismo, porque él ya sólo tiene pasado y presente. A las gentes que están con él, sin embargo, sin embargo, les preocupa el hecho de que, faltando su jefe, ellos tendrán que buscarse las habichuelas, y eso es algo que está muy difícil si no se entienden con el NSDAP en general, y con Hitler muy particular. Es por esto que tratan de convencer a Hindenburg de un proceso que, de todas formas, es prácticamente inapelable: la progresiva pérdida de su soberanía y de sus labores en favor del canciller. Hindenburg asiste al espectáculo de cómo su figura va haciéndose crecientemente cosmética, pero también sabe que tiene un arma total y definitiva que le compete sólo a él.

Su testamento.

Por muy gagá que esté Hindenburg, y por muchos admiradores que tenga Hitler en la sociedad alemana, en el seno de esa sociedad con tendencia hacia el conservadurismo y muy nostálgica de los good old times que el Presidente representa mejor que nadie, un documento firmado por el mariscal, en modo de testamento político, tendría, y él lo sabe, el poder de una ley constitucional. No nos debe de sorprender a los españoles tal nivel de predicamento, pues fue el mismo que tuvo el general Franco, quien con su dedo designó a un sucesor cuya condición de tal sobrevivió incluso al desmantelamiento de su régimen dictatorial. El pueblo alemán, por mucho que marque el paso en las demostraciones de Nuremberg delante de la cámara de Leni Riefenstahl, aceptará a aquél que Hindenburg designe como su sucesor si el anciano militar da el paso de decidirse por un nombre. Y, según no pocos indicios, en su residencia de Neudeck va dando paulatinamente forma a la idea de testar la primera magistratura de la nación en la persona de alguien que no sea miembro del Partido Nacionalsocialista.

Hindenburg, viejo zorro, se guarda mucho de hacer evidentes sus pensamientos. Sus planes no los comenta nada más que con una persona: Franz von Papen. El vicecanciller visita Neudeck con relativa frecuencia (mucha más que la del canciller, quien, como ya hemos dicho, nunca es convocado) y mantiene conciliábulos con el Presidente de los que éste se guarda mantener ajenos a su propio hijo y, sobre todo, a Meissner. El 11 de mayo de aquel año de 1934, según la mayoría de los indicios, Hindenburg le entrega a Papen su testamento.

Hitler, si no es informado de la existencia del documento, sí lo es, cuando menos, de suposiciones racionales captadas por el tipo de personas que no suelen errar al hacerlas. Nada más conocer la noticia o más bien el rumor, comenzará para el canciller nacionalsocialista el grave ataque de nervios del que será presa durante más de un año, hasta que solucione toda aquella movida por la vía parda. El que está tan tranquilo, sin embargo, es Von Papen. Poco tiempo antes, cuando Göring le había arrebatado el poder efectivo en Prusia, se había sentido acorralado y en peligro; pero ahora, le dice a sus colaboradores más íntimos, tiene un papel firmado por Hindenburg que dice que lo quiere a él, a él, en la Presidencia de Alemania cuando muera. ¡Presidente! En la mentalidad de Von Papen, cuando Hindenburg muera y estas previsiones se lleven a cabo, será como si Hitler hubiese ganado la Liga, y él la Champions. El año que un equipo español gana la Champions, ¡quién se ocupa de quién ganó la Liga!

Con todo, y pese a que todo lo que se diga sobre el presunto testamento de Hindenburg está obviamente nublado por la especulación, la verdadera bomba de relojería del testamento de Hindenburg bien pudo ser otra. Resulta plenamente coherente con la sicología del mariscal, que probablemente veía todo lo ocurrido en Alemania desde 1918 como un paréntesis provocado por la derrota militar, el pensamiento, que en términos españoles podríamos denominar canovista, de que Alemania tenía, en el largo plazo, que respetar sus esencias. Cánovas, en efecto, consideraba que España tenía una serie de características superiores, tradicionales, esenciales, que estaban por encima de las constituciones y que las constituciones debían respetar. Estas dos grandes esencias eran, para él, la monarquía y el catolicismo. El más que probable pensamiento de Hindenburg era, probablemente, muy coincidente con este esquema canovista, aunque con obvios matices en lo religioso. Dicho de otra forma: las probabilidades son muchas, la lógica aplastante, de que Hindenburg expresase en su testamento el deseo de que Alemania volviese a ser una monarquía. Tendría toda la lógica, además, que pensase en Von Papen para que fuese el piloto de ese proceso: literalmente, no tenía un candidato mejor a mano, y a Von Papen, como católico, no le faltaban posibles a la hora de armar una coalición de fuerzas conservadoras en este sentido, cuya argamasa, lejos de ser el NSDAP, podría ser la Iglesia. Lo que sería muy difícil de creer es que el viejo Presidente dejase la puerta abierta en su testimonio político final a un Estado nacionalsocialista, sin más referente que su Jefe.

La Noche de los Cuchillos Largos, pues, no es un problema con Röhm. Röhm, y las SA, daban sus problemas, problemazos incluso. Pero el viejo capitán, de haberse decidido a ponerle la proa a su Führer, se habría encontrado, de seguro, con importantísimos problemas de disciplina en sus filas, porque Hitler era el Führer de las SA; así las cosas, poner a las secciones de asalto contra Hitler habría sido como poner a la Brunete contra Franco: lo mismo los oficiales te obedecen y sacan los tanques para bombardear El Pardo, que no.

Hindenburg, sin embargo, no tenía esa limitación. Él no mandaba sobre una porción de Alemania que, en el momento procesal 1934, le tributase una obediencia ciega a Hitler y al nacionalsocialismo; le obedecían, le escuchaban, a él. Y resulta plenamente lógico que desease ver reinstaurada en su país la monarquía que, como buen «canovista», creía que estaba en la esencia de Alemania (recordemos, una vez más, que Hitler y el nazismo equilibraban esta idea, hasta cauterizarla, mediante sus creencias ariosóficas que retrotraían la grandeza de Alemania a los tiempos de Wotan, los Nibelungos y su pastelera madre).

La clave de la NCL, pues, no es Röhm, ni sus SA. Es Hindenburg, y su testamento.

Pero volvamos a Von Papen, feliz como una perdiz con su papelito. Le cuenta todo el tema a Herbert von Bose, su jefe de gabinete (que pagará el conocimiento en la NCL con su vida); se lo dice, lógicamente, a Von Tchirchky, su secretario personal. Y, también por supuesto, a Edgar Julius Jung, su agente de prensa, que será el que más putas las pase por saberlo, además de apiolarla como Bose.

Von Bose y Jung forman el estrecho círculo de Von Papen. Y en esos días tibios de principios de mayo de 1934, les pasa lo que a un corredor de Moto GP demasiado temerario: se pasan de frenada. Dicho de frente y por derecho: como no conocen a Hitler como lo conocemos ahora, dan la batalla por ganada. Tal cual. Rien ne va plus. A tomar por saco el bigotes.

Lo primero que le aconsejan sus áulicos adláteres a Von Papen es que no discuta el tema con Hitler. Eso, le dicen, y la verdad es que en esto no se equivocan, sería darle ventaja; otorgarle capacidad de movimiento para hacer algo que cambiase las cosas. Lo mejor que se puede hacer, opina Jung, es colocarlo frente al fait accompli de un testamento público y conocido por todo alemán destetado. Hitler, razonan, no se atreverá a oponerse a la opinión conocida del mariscal; a decir: el Presidente dirá lo que quiera, pero el jefe del Estado quiero ser yo, o quiero que sea Fulano.

En todo caso, razona el portavoz del vicecanciller ante los periodistas, hace falta una campaña de prensa. Es importante que el pueblo alemán llegue, creyendo que llega por sí solo, a la convicción de que es necesario que el Presidente de la nación sea un personaje independiente, no partidario. Esto sacará de la pista, de un plumazo, tanto a Hitler como a cualquier otro en quien pudiera confiar para presentarlo a la candidatura en su lugar. Todo esto pasa, concluyen los asesores de Von Papen, porque, desde ese momento, el viejo vicecanciller comience a labrarse una imagen propia, de carácter nacional, alejada de los nacionalsocialistas y, muy específicamente, de Hitler.

El distanciamiento de Papen respecto del nacionalsocialismo no puede producirse, obviamente, de una forma rupturista. No sería creíble que ahora se dejase coleta y se dedicase a predicar la revolución, y tal. La forma de distinguirse es hacer una llamada a las porciones del electorado que han llevado al poder al NSDAP sin ser nacionalsocialistas. Esto es: el electorado conservador y, muy especialmente, católico.

La ocasión, además, la pintan calva. En esos días, Hitler prepara un viaje a Venecia, donde tendrá un encuentro con el Duce, Benito Mussolini. Esto significa que Von Papen estará al frente del gobierno en su ausencia. Aprovechará ese día para hacer un discurso público en el que dé la vuelta a sus cartas.

Jung, obviamente, fue el redactor de dicho discurso. Von Bose, por su parte, cumple con la importantísima misión de mensajero que, una vez escrito el discurso, lo lleva personalmente a Neudeck y se lo lee a Hindenburg, que lo aprueba. Esa actitud acaba de decidir a Von Papen, que elige la pequeña ciudad católica de Marburgo para dar su discurso.

La elección de Von Papen no es baladí. En aquella Alemania, pulida la izquierda, la única organización que, como tal, podía pensar en hacerle sombra al nacionalsocialismo, era la Iglesia católica. Los jefes naturales de la grey católica, esto es los obispos alemanes, están en ese momento reunidos en Fulda, a escasos cien kilómetros de la propia Marburgo. En realidad, partes muy importantes del discurso de Von Papen están directamente inspirados, sin mácula de duda, en las discusiones de Fulda. En dicha reunión, monseñor Adolf Bertram, cardenal primado de Silesia, ha bramado: «¡Guardaos de los falsos profetas!», y ha advertido contra «los ateos, que, brazo en alto, agitan conscientemente la lucha contra la fe católica.» El discurso de Von Papen no hace otra cosa que disputarle a esos hombres del brazo en alto el monopolio del patriotismo.

En esos mismos momentos, Adolf Hitler está, ya lo hemos dicho, nervioso. Su baño de masas el primero de mayo, en Tempelhof, frente a un millón de miembros de las SA, no ha sido todo lo brillante que esperaba y no ha galvanizado a la sociedad alemana. Apenas duerme. Gasta las noches en compañía de su asistente, el fiel coronel de las SA Wilhelm Bruckner, escuchando a un pianista. Deja de ir a casa de los Göbels y comienza, asimismo, cierto distanciamiento personal respecto de Göring y de Röhm, puesto que ambos, en el poder, se han apuntado rápidamente a las altas relaciones sociales y las fiestas caras; cosas que Hitler siempre despreció.

El 14 de junio, Hitler y Von Neurath vuelan a Italia. Es el encuentro de Venecia, del que ya hemos tenido ocasión de hablar cuando analizamos el procesode anexión de Austria. Y ahora tenemos una clave algo más precisa de por qué Hitler, durante aquellas entrevistas, dejó hablar a Mussolini y no puso el menor reparo al apoyo cerrado del italiano a los compromisos de Stressa y, consecuentemente, a la independencia de Austria. En parte, calló porque, estratégicamente, era lo que debía hacer. Pero en parte, también, calló porque tenía la cabeza en otra cosa. Tanto es así que el Duce acabó por notarlo. En uno de sus paseos, el italiano sacó, ladinamente, el tema del liderazgo. Hitler, con pocas palabras, le habló de los hombres que estaban con él y le obedecían. Y entonces Mussolini hizo algo que gustaba de hacer a menudo: le contó a Hitler la historia de Tarquinio el Viejo, quinto rey de Roma y, a decir de algunos historiadores, el verdadero fundador de la ciudad. Tarquinio, le dijo el jefe fascista italiano al jefe fascista alemán, tenía una costumbre: llevaba siempre en la mano una vara, con la que golpeaba en horizontal las flores de su jardín, para nivelarlas. Nunca dejaba, pues, que una o varias flores destacasen sobre las demás.

«Ahora mismo», le dijo Mussolini a Hitler, «no eres el Amo. Es tu responsabilidad, y tu labor, poner en orden tu propia casa».

Siendo como era Mussolini, es más que probable que si una voz le hubiera dicho, en ese momento, que con esa frase estaba sellando, a un año vista, el destino de muchas personas, se habría sonreído y lo habría tomado como algo normal. Mussolini era así.


Hitler, también.