sábado, diciembre 27, 2014

Sir John (9: la batalla de La Coruña)

Fin de año, fin de serie. Aunque os destroce el final, os diré que al terminar este texto veréis morir a sir John Moore.

[Antes de nada: para los muy friquis, paso de rayadas. He colocado las fuerzas en el mapa de acuerdo con algunos disposiciones publicadas en los libros y con grabados antiguos. Sé que no son del todo exactas, pero entiendo que dan una ligera impresión.]













[Aquí tenéis una versión más contemporánea, que sitúa a Paget más cerca de la batalla.]


















Dejemos las cosas claras: el amor de sir John Moore por los gallegos tiene su razón de ser. Aunque en realidad, en un matiz que para el escocés probablemente no tenía importancia alguna pero que para este amanuense, y muchos de sus conocidos, sí que la tiene, era amor a los coruñeses.

Los testimonios de que disponemos de aquellas jornadas de mediados de enero de 1809, una vez que los británicos llegaron a La Coruña, son claros al señalar que éstos se encontraron en la ciudad una resolución a la lucha como no habían visto todavía en el resto de Galicia ni en el resto de España. Los hombres coruñeses les decían y repetían que preferían perecer a rendirse, en una actitud, escribió un oficial inglés, que «de haber sido la misma en el resto de España, las cosas habrían sido bien distintas, hasta el punto de que nosotros podríamos estar todavía en Salamanca». El día 18, durante la retirada de los últimos ingleses, habrían de dar buena prueba de todo esto, luchando hasta el último hombre y la última mujer contra los franceses. Ya recién llegadas las tropas de Moore, mujeres y niños colaboraban en la preparación de la batalla, arengados por su alcalde, que se movía de un lado a otro de la ciudad. Incluso se decretó el cierre del teatro local para que los actores y trabajadores del mismo pudiesen aplicarse a la construcción de las defensas.

El 13 de enero, la sensación de peligro, que hasta entonces era un concepto, se convirtió en una realidad. Un oficial de caballería se encontraba coordinando una operación de recogida de forraje en un almacén cuando, según relató, «el suelo tembló a sus pies». Luego, llegó otra explosión, todavía más violenta. Todo el mundo que estaba en la calle se echó al suelo, las puertas y ventanas se rompieron, y de dentro de las casas venían quejidos tremendos. Los ingleses se fijaron en que la explosión había mandado a tomar Fanta todos los miradores de la ciudad, tan típicos.

El capitán Gordon estaba desayunando. Se asomó a la ventana para ver gente vestida en pijama, arrodillándose en la calle para rezar. Entonces vio dos espesas columnas de humo que subían del lugar donde estaba (en realidad, donde había estado) el almacén de 1.500 barriles de pólvora que habían sido enviados desde Inglaterra semanas atrás, y que no habían sido utilizados.

El primer ataque a La Coruña, por lo tanto, fue una cagada de los artilleros que custodiaban aquel material. Y causó varios muertos.

El 14 de enero, casi todo lo que era útil para el ejército inglés en La Coruña había sido usado o destruido. Al caer la tarde de aquel día, un centenar de barcos de transporte zarpó del puerto hacia Vigo, escoltado por doce barcos de guerra. Sólo entonces el embarque pudo empezar. Los primeros en embarcar fueron los soldados de caballería, y algunos de sus caballos (la mayoría fueron sacrificados). Aunque hoy en día no sea fácil de apreciar porque la naturaleza está cubierta por el asfalto y las casas, cualquier persona que haya estado en La Coruña y que imagine la ciudad en las dimensiones que entonces tenía, muy reducidas y limitadas a la vecindad del puerto y la península, concluirá que los accesos a esa ciudad antigua estaban repletos de colinas y terrenos en alturas muy diferentes (por no citar la muralla); lo cual convertía a los soldados a caballo en los menos útiles para la lucha. La ejecución de los caballos fue muy cruel: fueron llevados a los acantilados y, una vez allí, les dispararon. Muertos o moribundos, eran despeñados hasta la playa allí abajo, donde otros soldados, con martillos, remataban a aquéllos que todavía respirasen. No pocos huyeron a la tortura y acabaron por las calles de La Coruña, acabando por morir en cualquier parte.

En la madrugada del día 15, todos los hombres de la caballería estaban embarcados, pero Moore sabía bien que la infantería no podría entrar en los barcos sin ser hostigada por los franceses. Desde La Coruña, los exploradores podían ver bien que las divisiones de Merle y Mermet, claramente tras haber reparado el puente de O Burgo, habían pasado hacia la otra orilla de la ría y ocupaban las alturas de Palavea y de Penasquedo. El propio Moore habría querido ocupar estas dos alturas, pero había tenido que reconocerse que eran demasiado anchas como para poder defenderse con eficacia con las tropas de que disponía. Así pues, optó por defenderse desde el Monte Mero; yo diría que más o menos por detrás del Complejo Hospitalario Universitario de la ciudad, dominando la ladera de Eirís. Desde luego, el gran riesgo de esa posición era que podía ser fácilmente flanqueada por los franceses si tomaban la avenida de San Cristóbal. Por eso hacía falta que la pantalla formada por los ingleses fuese muy disciplinada y supiese dosificar con precisión los nueve artefactos artilleros que no habían sido embarcados.

Al oeste de la ladera del monte Mero se encontraba una pequeña aldea, llamada ya entonces Elviña, donde muy pronto se derramaría la sangre escocesa. Ahí fue donde Moore decidió que los franceses atacarían. Más al este, hacia el mar, la ladera del monte era más empinada, lo que daba más ventaja a los defensores. Así pues, emplazó en la cresta del monte Mero sólo a dos de sus cuatro divisiones. A las otras dos las dejó en reserva: Paget en Eirís y Fraser más atrás, comprándose pantalones en el For de Linares Rivas, esto es en el entonces llamado barrio de Santa Lucía. En el punto de ataque se situó la división de Hope, con la brigada de Rowland Hill, primer vizconde de Hill, pegada al mar; Leith hombro con hombro, ocupando el espacio entre O Burgo y la carretera hacia La Coruña; y, finalmente, la brigada de Catlin Craufurd detrás, de reserva.

La otra división era la de sir David Baird, el cual colocó la brigada de Coote Manningham junto a Leith (Manningham, por cierto, habría de morir pocos meses después, de las secuelas que le dejara la batalla coruñesa); la brigada de Henry Warde de reserva; y, más a la derecha, sobre Elviña y San Cristóbal, la brigada de lord William Bentinck. Eran estas tropas de Bentinck las que estaban llamadas a llevarse la primera hostia si Soult atacaba por donde se lo esperaba.

Las tropas de Paget esperaban en Eirís porque desde allí podían bajar con relativa facilidad hacia San Cristóbal para, así, alargar el flanco derecho inglés en el caso de que los franceses tratasen de flanquear la formación de Hope-Baird.

Los artefactos artilleros fueron colocados el día 11, pero el 15 todavía no habían bramado, por ninguna de las dos partes. Moore comenzaba a pensar, como en Lugo, que los franceses no atacarían. Soult, por su parte, apretaba su catalejo en los puestos altos de Penasquedo, observando la formación inglesa y ambicionando poder superarla por el flanco derecho británico, consiguiendo así llegar a La Coruña. Para entonces, y aunque Moore pensara lo contrario, el francés había decidido atacar y, además, hacerlo como el escocés esperaba. Lo que quería el francés era contener la línea inglesa en su centro e izquierda (esto es, el flanco oriental, acostado sobre la ría), y atacar el flanco derecho. Sólo apretaría en el centro y la izquierda cuando el ataque sobre el flanco derecho estuviese muy adelantado, para impedir que fuesen a ayudarle.

En la mañana del día 15, la división del general Henri François Delaborde cruzó el Mero, mientras que las tropas de Pierre Hughes Victoire Merle y de Julien Augustin Joseph Mermet se situaban en Penasquedo. Delaborde, a su derecha, desplegó en los altos de Palavea un par de artefactos artilleros con los que empezó a hostilizar a la vanguardia de Hope. Uno de los coroneles de éste, llamado M'Kenzie, decidió tomar unos soldados y realizar una carga sobre el lugar donde estaban los artefactos, que supuso sin protección. Atravesó Pedralonga con sus hombres y luego, en la falda de la colina, los desplegó para la carga; pero apenas avanzaron. De unos muretes bajos surgieron infantes franceses que realizaron una devastadora carga de fuego cruzado que le costó la vida al propio coronel y a la mayoría de quienes le habían acompañado.

Asimismo, en el flanco derecho inglés se produjeron durante todo el día cargas de la caballería francesa que provocaron muchas bajas por ambas partes.

Como solía ocurrir con la guerra en aquellos tiempos, la puesta de sol supuso el cese de las hostilidades. Sir John Moore, que había pasado prácticamente el día entero subido a su caballo, estaba exhausto. Así pues, se retiró al alojamiento que se le había designado en el número 13 del Cantón Grande, y se durmió como un bendito.

A las seis de la mañana, Moore estaba en pie de nuevo. La salida del sol, por otra parte, no supuso, inicialmente, ningún movimiento por parte de los franceses. Moore, tras una primera inspección de la línea del frente, regresó a la ciudad, para supervisar personalmente la estiba de los equipajes. En ese momento, los ingleses apenas necesitaban unas horas para poder dejar La Coruña sanos y salvos. Esperaba que todo lo que no fuesen los propios soldados estuviese ya en los barcos a las cuatro de la tarde.

A las doce de la mañana, el ejército de reserva recibió órdenes de moverse hacia el puerto. Sus oficiales les dijeron que aquel gesto era una recompensa por haber sido (lo fueron; de largo) la más civilizada de las unidades inglesas durante su periplo español. A causa de ello, tendrían el derecho de embarcar los primeros y, así, coger los mejores sitios. Robinson, el corresponsal de The Times, se fue a su hotel a almorzar, y allí se encontró a un montón de soldados y oficiales ingleses, haciendo lo mismo y brindando por su último día en España. Dejó escrito el periodista que los camareros coruñeses, mientras les servían, los observaban in a sort of gloomy anger. No parece que míster Robinson pensara eso de que nunca se sabe lo que piensa un gallego.

Todo era alegría y relajación. Pero cambió en un minuto. Antes de que Robinson pudiera darse cuenta, todo el mundo había abandonado el comedor. Muchos soldados, y civiles, corrieron escaleras arriba, a los balcones más altos del edificio, para asomarse desde allí; no pocos se subieron a los tejados. Del sur, de Palavea, de Eirís, de Elviña, llegaba el inconfundible ruido sordo de las explosiones en la distancia. Un oficial llegó a uña de caballo y les ordenó, secamente, volver a sus posiciones.

Para entonces, Moore ya estaba junto a las tropas apostadas en la línea entre la ría y Elviña. Había ido allí, a toda leche, en cuanto le llegó el despacho del general Hope, en el sentido de que las líneas francesas se estaban movilizando. En ese momento, existen testimonios, el más importante el del coronel Thomas Graham, de que el comandante en jefe estaba transformado. A pesar de ser un hombre agotado por largas jornadas de marcha y huida, en ese momento el rostro de Moore, nos dice Graham, se veía almost boyish in its gaiety; lo cual quiere decir que estaba iluminado de felicidad. Esto nos da la pista de que, probablemente, quien más sufrió entre las tropas británicas por tener que huir sin enfrentarse al francés no fueron sus soldados, sino su comandante. En el momento en que supo que habría lucha, y a pesar de que la noticia daba obviamente al traste con sus planes de salida de La Coruña, Moore se sintió relajado y atento: por fin iba a tener lo que quería. No se iría de España sin pelear. En realidad, no se iría de España de ninguna manera.

Una infantería de más de medio millar de franceses bajó con las laderas de Penasquedo contra el ala derecha de los ingleses, presionando fuerte sobre su primera línea. Al frente de ellos iba Henri Antoine Jardon, un general de los salidos del pueblo, fuerte bebedor y hombre campechano y rudo. Jardon avanzaba con lo mejor de la infantería de Mermet, mientras que, a sus espaldas, la artillería disparaba contra las líneas inglesas.

Casi al mismo tiempo que se producía este ataque con el Land-Rover de tres hebillas (que es como me enseñaron en la mili a llamar a la infantería), en las colinas de San Cristóbal avanzaba la caballería al mando de Armand Lebrun de Lahoussaye y de François Franceski. Claramente, buscaban flanquear el ala derecha de los británicos e impedir su retirada hacia La Coruña. Moore, sin embargo, vio esos movimientos y se coscó de la movida: al instante ordenó a Fraser que subiese las cuestas de Santa Margarita, avenida de Finisterre arriba; mientras que Paget recibió órdenes de desplazarse hacia el oeste, desde Eirís hacia San Cristóbal. Después, picó espuelas para dirigir personalmente las acciones de la infantería en el centro de sus líneas.

El ataque francés seguía centrándose en las líneas al mando de sir William Bentinck. A pesar de que otras unidades de Hope en Palavea también estaban siendo hostigadas, Moore pasó de ello porque sabía que la suerte de la batalla estaba en su flanco derecho. De hecho, para entonces Mermet había conseguido desalojar a las tropas inglesas de Elviña y perseguirlas monte arriba.

En medio de aquella batalla fiera, el mayor Charles Napier trababa de que sus soldados no se sintiesen acojonados por los disparos de artillería. «No os agachéis», les decía; «para cuando escuchéis el silbido de la bala, ésta ya habrá pasado; no sirve de nada». No obstante, en un gesto muy humano, los soldados, al escuchar el temible sonido, se echaban al suelo. Todos menos un soldado bajito y ancho que, como un jefe orco, permanecía erguido en la batalla, como si supiera que ninguna bala sería para él. You are a little fellow, dice Napier que le dijo, but the tallest man in the 50th today for all that. Come to me after the battle and you shall be a sergeant.

La promesa de Napier, sin embargo, nunca se cumplió. El soldado medio enano nunca fue a buscarlo tras la batalla.

Aquel innominado, y más que probablemente muerto, soldado inglés, no fue, sin embargo, el único que permaneció en aquella batalla ajeno a las balas de cañón. El propio Napier habría de ver a Charles Stanhope liderando a sus hombres, erguido como si quisiera que le diesen. Lo cual, en el caso de Stanhope, sí que tenía su mérito, pues medía unos dos metros.

Aparte estas muestras de heroísmo alfa, la línea derecha inglesa se derrumbaba. Napier, por lo demás, no sabía que hacer, pues nadie sabía darle razón de Bentinck y no tenía órdenes frescas de Moore. Baird, que como comandante de división podría haber tomado el mando, había sido herido en su brazo izquierdo y evacuado a retaguardia. Entonces, Napier se encontró con Moore. Un tanto desesperado, le propuso enviar a los granaderos contra los tiralleurs gabachos. Moore, sin embargo, se negó; de hacerse así, dijo, los granaderos podrían disparar sobre los ingleses que estaban en Elviña. Sin embargo, las tropas que Moore pretendía proteger ya no estaban en la aldea, por lo que Moore recapacitó y autorizó la operación. La anécdota (suponiendo que Napier la refiriese como fue) es un buen indicativo del caos informativo que rodeaba el enfrentamiento.

En ese momento, por cierto, Moore pudo ya morir, pues una bala artillera cayó justo a los pies de su caballo; pero ni animal ni caballero resultaron heridos.

Moore estaba, para entonces, de un humor muy positivo. Había acertado no preocupándose demasiado por la presión sobre el centro y la izquierda de sus líneas. Había supuesto que eran simples acciones francesas de diversión para desviar la atención inglesa sobre el ataque sobre el flanco derecho, que es el que abría la lata de La Coruña; y no se había equivocado. Ahora, comenzaba a pensar en contraatacar, pero todavía no sabía cómo ni por dónde. Además, sabía que no podía precipitarse, porque aquélla era una escena que no podía repetir: tenía que salir bien a la primera, o los franceses los echarían al mar.

Otro dato positivo era el avance de la caballería francesa. San Cristóbal no era entonces un lugar tan fácil de recorrer como ahora, porque todavía no se habían inventado ni las apisonadoras ni el asfalto. El camino de los franceses era un camino desabrido, complejo, que le daba bastante tiempo a Fraser y Paget para llegar a sus posiciones. Cuando vio que Soult ordenaba la marcha de tropas de su infantería en la misma dirección que la caballería, ordenó al coronel Whynch que colocase a sus hombres en el flanco extremo derecho de los ingleses en perpendicular al resto de la formación; de esta forma, estos soldados podían, con sus mosquetones, barrer el avance francés hacia el oeste.

Finalmente, Moore decidió que había llegado su oportunidad. Tras pasar Elviña, el 31 Regimiento francés se había partido en dos. El flanco derecho francés quedó justo delante del 42 regimiento inglés y, a causa de la pérdida de efectivos causada por la partición, hubo de detenerse para desplegarse.

En ese momento, Moore ordenó al 42 que cargase.

El coronel James Sterling, al frente de sus highlanders, bajó la pendiente como un león a quien hubiesen acoplado unos alicates en los huevos. Al principio tuvieron éxito; pero, al fin y a la postre, los sorprendidos franceses se recuperaron, y consiguieron parar a los highlanders a mitad de pendiente.

A la derecha, Napier había, finalmente, encontrado a lord Bentinck. Pero, según dejó escrito, no le sirvió de nada, porque su brigadier se dirigió a él con una voz calmada, «como si estuviésemos a punto de ir a tomar el desayuno». Dice Napier en sus memorias que no sacó nada en limpio y que sus tropas comenzaban a mostrar cansancio. Pero, claro, los escritos de Charles Napier muestran cierta tendencia a insinuar la idea de que Charles Napier es la hostia en verso...

Sea cierto o no, Napier nos dice que, ante la vista de los highlanders del 42 y las pérdidas que estaban sufriendo, decidió que, tuviese o no tuviese órdenes, debía ayudarlos.

Con enorme sangre fría (siempre y cuando, no nos cansaremos de repetirlo, la fuente sea fiable) Napier hizo a sus tropas avanzar, colina abajo, hacia los highlanders, la mayoría de los cuales se habían refugiado en unos muretes que entonces debían de ser bastante comunes en la zona. El avance se hizo bajo la estricta prohibición de disparar, por mucho que los soldados le pidieron a su oficial que diese la orden. Finalmente, los hombres de Napier alcanzaron los muretes. Sólo allí, Carlitos preguntó.

Do you see our enemies plain enough to hit them now?

Un coro de acentos irlandeses contestó:

By Jesus we do!

Y fue entonces cuando el jefe gritó:

Then, blaze away!

En medio de una ensalada de disparos continuó el avance, que iba de murete en murete. Stanhope, refugiado tras uno de ellos, lo saltó para seguir avanzando colina abajo, y sus highlanders le siguieron. Los hombres de Napier, sin embargo, se quedaron clavados, así pues el oficial utilizó su propia arma para golpearlos y obligarles a avanzar. Esta situación en la que había tropas que no avanzaban y otras que sí facilitaba el fuego amigo. A Napier, una de estas balas casi le mata.

El caso es que los ingleses lograron entrar en Elviña, con los franceses en retirada. Pasaron la iglesia del pueblo y luego vieron una colina, sobre la cual los franceses estaban reorganizándose. Napier quiso ir a por ellos, aunque menos de cincuenta hombres, oficiales incluidos, le siguieron. Arriba de la colina, sin embargo, el principal problema que se encontró Napier fue que sus propios soldados, abajo en Elviña, les disparaban. Napier envió tres oficiales abajo, al pueblo, para conseguir hombres que subiesen la cuesta y se les uniesen. Encontraron a Stanhope en la iglesia del pueblo y éste se mostró dispuesto a obedecer. Sin embargo, cuando había dado apenas unos pasos, una bala le reventó el corazón y lo dejó seco, y eso bastó para que ya nadie quisiera seguir su ejemplo.

Cuando los tres oficiales subieron la colina y le informaron de la muerte de Stanhope y de que nadie subiría, Napier, más que probablemente, perdió el control de sí mismo. En un gesto estúpido que debería haberle costado la vida, se asomó a la colina, mirando hacia Elviña y, dando la espalda a los franceses, y comenzó a agitar su sombrero, llamando a los ingleses que estaban allí abajo. Charles Napier sobrevivió a su gesto tan imbécil. Pero eso no fue por la suerte; fue por el sentido del honor de los militares franceses, pues la mayoría de los oficiales dieron orden a sus soldados de que no le disparasen en esa situación. Luego trató de ir hacia el flanco izquierdo para encontrar más tropas, pero a medio camino fue herido en la pierna. Cojeando malamente, fue testigo del contra-contraataque francés.

Los napoleónicos habían tomado Elviña de nuevo.

Cuando caía la tarde sobre La Coruña, el valle entre las posiciones francesas y británicas era un hervidero de tiros y ataques cuerpo a cuerpo, dentro de una densísima nube de humo en la que era difícil ver. Sir John Moore recibía diferentes informes de diferentes correos que le contaban cosas distintas, y él había perdido, con la luz, la capacidad de discernir por sí mismo la marcha de la batalla en algunos puntos.

Lo que sí tenía claro era que la acción del 50 y Napier, junto con el 42, había sido un gran acierto. No se oculta, ya lo hemos dicho, que los franceses habían retomado Elviña, amén de haber hecho bajas muy importantes como el carismático Charles Stanhope. Sin embargo, ahora que las tropas de Soult volvían a bajar por Elviña, ya no lo hacían ni con la alegría ni con la despreocupación de su primera carga; ahora desconfiaban, y eso era muy bueno. Esa extrema cautela le hizo albergar la idea de una nueva carga antes de la noche y por eso envió a uno de sus oficiales al puesto de mando de Warde, con la orden de fetch his Guards up immediately. Luego se desplazó hacia el flanco derecho para ver cómo iban las cosas.

Paget, siguiendo las órdenes dadas por Moore, había enviado diversas tropas avanzando por la ribera derecha del río Monelos. Habían alcanzado la ladera del monte Mero, desde donde podían ver a la caballería francesa tratando de moverse por el laberinto de muretes y obstáculos existente entonces entre las aldeas de Elviña y San Cristóbal. Paget, consciente de que sus hombres tenían más facilidad para moverse en aquel terreno irregular, ordenó cargar sobre la caballería gabacha con inmediatez.

Conforme comenzó el ataque, Lahoussaye se dio cuenta de que, en realidad, estar subido en un caballo que lo tenía muy difícil para moverse, corcovar, volverse, era un problema. Así pues, desenvainó su famoso sable (regalo personal de Napoleón), lo blandió sobre su cabeza gritando la orden de poner pie a tierra. Fue una decisión inteligente. Pero aquellos luchadores de a caballo no eran tiradores, y sus salvas apenas hicieron mella en los hombres del 95 británico, que venían hacia ellos. Además, no hay que olvidar que estaban los tiradores del coronel Whynch, hostigando a los franceses. Como resultado, la infantería inglesa consiguió que los franceses, dos horas después de haber salido de allí, regresasen a Penasquedo.

Moore, que vio esa retirada, pensó que era el momento de realizar una carga por el centro. Modelo Clemente: por el frente, con dos cojones, y si hay que dar hostias, se dan. Planeaba enviar un batallón a tomar una gran casa con jardín que había en las afueras de Elviña, y desde donde, se veía, los franceses estaban hostigando a las unidades británicas del ala derecha que habían avanzado hacia la aldea. El 42, o sea los bravos highlanders, estaba recibiendo ese castigo, se había quedado sin munición, y comenzó a retirarse. Moore personalmente, que lo vio, picó espuelas, se acercó a su posición, y les gritó desde el caballo: My brave 42nd, if you've fired your ammunition, you've still your bayonets. Remember Egypt! Think on Scotland! Come on, my gallant countrymen!

Funcionó. Los highlanders, en su mayor parte campesinos y pescadores escoceses que no sabían leer pero albergaban el orgullo de ser todo eso (incluso analfabetos) dieron la vuelta y atacaron .

Moore salió del lugar, galopando de nuevo hacia su puesto de mando. Allí estaba, subido a su caballo, acompañado por el coronel Graham, Henry Percy, el capitán John Woodford, cuando llegó Henry Hardinge, que sería primer vizconde de Hardinge, y que había sido utilizado durante todo el día de correo de las órdenes de Moore, para anunciar que las tropas de Warde estaban llegando (que era lo que Moore esperaba para lanzar su ataque frontal).

Moore miró en la dirección del dedo de Hardinge y, repentinamente, cayó de su caballo. Cayó de espaldas a los pies del caballo de Graham. Pero ni Graham ni Hardinge pensaron que estuviese herido. No había gritado ni se quejaba, y tampoco tenía un gesto de dolor en el rostro. Graham desmontó para lo que creyó era simplemente el gesto de ayudarle a levantarse; pero entonces reparó en el hombro izquierdo de Moore. Según dijo, un disparo le había impactado dejando un agujero tan grande que se podía ver el pulmón y las costillas que hacen de carcasa del corazón estaban destrozadas. Para entonces, lógicamente, el general se bañaba en su propia sangre. Hardinge se quedó con él mientras Graham, Percy y Woodford salían a la naja a buscar un médico. Según Hardinge, Moore hizo un esfuerzo por volver la cara hacia Elviña, por lo que su ayuda de campo tuvo que asegurarle que los highlanders seguían avanzando.

Con la ayuda de un soldado, Hardinge buscó para Moore el refugio de un murete, y allí esperó a que llegase un médico. Hardinge se arrancó la faja del uniforme y trató, sin éxito, de parar la hemorragia masiva que sufría su general. Así las cosas, tuvo que preguntarle a Moore si consentiría ser llevado a la retaguardia, y el escocés asintió. Con la ayuda de algunos highlanders, lo pusieron en una sábana. Hardinge estaba intentando sacar el sable de Moore, que se le había enredado entre las piernas, cuando le escuchó decir, con su calmado tono habitual: it is as well as it is. La calma del herido (que, en realidad, era resignación bien evidente) era tal que el propio Hardinge comenzó a pensar que tal vez la herida no era tan terrible, y le dijo a su jefe que, una vez en Coruña, el cirujano lo curaría. No, Hardinge, le contestó el escocés, I feel that to be impossible.

Moore fue llevado a La Coruña por un pequeño grupo de soldados que llevaban la camilla improvisada atada a sus hombros. Varias veces, su general les hizo parar y volverse hacia la batalla para contemplar su avance. En la carretera hacia Santa Lucía, yo calculo que más o menos al principio de Alfonso Molina, fueron alcanzados por dos cirujanos que llegaban de la ciudad a toda prisa. Venían de hacer lo posible con el brazo de Baird (que no fue mucho, pues pronto habrían de mutilárselo).

Baird fue extraordinariamente generoso al decirle a los cirujanos, nada más conocer la herida de Moore, que dejasen su brazo. Y Moore hizo lo mismo. A la llegada de los médicos, les dijo, con voz calmada, que mejor se ocupasen de los soldados que todavía podían salvar sus vidas o volver a luchar; que él ya no tenía salvación. Se definió a sí mismo como quite a hopeless case.

El coronel Whynch, que estaba siendo evacuado en un carromato, también herido, se cruzó con los highlanders y, al saber a quién portaba, les intimó para que lo subiesen al vehículo. Pero Moore se negó; con buen criterio. En ese momento, la poca vida que le quedaba necesitaba el menor número de movimientos bruscos posible; y, realmente, iba mejor portado por los hombros de los escoceses que en un carromato.

Finalmente, llegaron a la residencia del general, la casa décimo tercera del Cantón Grande, y lo dejaron sobre una alfombra. Para entonces, Moore apenas podía hablar y su obsesión era que el coronel Anderson, que lo acompañaba, no lo abandonase. En otro momento, se volvió hacia él y le dijo: «Anderson, tú sabes que yo siempre he querido morir así».

Moore se moría, pero nadie podía, sinceramente, responderle afirmativamente a la pregunta que le hacía a todos los que entraban en la habitación: are the French beaten? El 42 regimiento, que había avanzado por Elviña tras las palabras del propio Moore, se encontraba ahora con fiera resistencia francesa. Más al este, en la aldea de Piedralonga también se luchaba con fiereza, después de que un ataque francés provocase que Hills le hubiese ordenado al coronel Jasper Nicholls retomar la aldea. Caía la noche cuando los ingleses lograron retomar Palavea de Abaixo. La noche terminó cayendo con media aldea en manos de unos, y la otra media de los otros. En el teatro fundamental de la batalla, el silencio se iba haciendo el dueño, tan sólo interrumpido, cada vez más, por los ayes de los heridos. Al norte, Franceski había logrado pasar San Cristóbal con su caballería, para encontrarse con tropas frescas al mando de Fraser (mi teoría es que el encuentro fue en Mezonzo) que las repelieron con relativa facilidad.

Hope, al mando de la batalla ahora, sabía que los ingleses habían conseguido lo que querían: habían parado a Soult, lo habían obligado a consumir buena parte de su munición; en otras palabras, habían conseguido el suficiente respiro para poder aprovechar la pleamar del día siguiente para salir de La Coruña. Por esta razón, aunque hubo oficiales que le recomendaron utilizar las tropas de reserva de Fraser para atacar a los franceses, Hope prefirió pasar.

La batalla terminaba mientras los sufrimientos de Moore se acumulaban. Ahora ya no conseguía permanecer sin fuertes dolores en postura alguna. Por lo que se refiere a sus pensamientos, se centraban en su futuro. Porque los jefes militares tienen un futuro tras su muerte que a menudo, Moore es un buen ejemplo, les importa mucho más que cualquier cosa. A sir John Moore, lo que más le preocupaba era que su país le hiciese justicia. Luego le recordó a Anderson que transmitiese su voluntad de que Colborne, uno de sus oficiales, fuese designado teniente general. Después comenzó a quejarse de sus sufrimientos, para pasar a musitar frases absurdas.

Tiempo después entró en la sala James Stanhope, el hermano de Charles, el bravo escocés que había muerto a pocos metros de la iglesia de Elviña. Moore abrió los ojos, le vio, y le susurró: Stanhope, remember me to your sister.

Y ya no dijo más.

Toda aquella noche, los soldados ingleses quemaron hogueras en sus posiciones del frente de batalla, y tuvieron a hombres corriendo de unas a otras, para dar, en la distancia, la sensación de febril actividad. Era una farsa, porque la febril actividad se produjo en el puerto. Los británicos preparaban su salida.

En la mañana, todos los heridos y la mitad de las fuerzas estaban ya en los barcos. Las armas y las unidades estaban mezcladas. Tal fue la confusión de un embarque producido en la oscuridad que, finalmente, personas y bultos eran colocados donde cabían, no donde debían estar.

Muy cerca de la ciudad vieja, hombres del 9 regimiento habían cavado una tumba. Muchas veces se ha dicho y escrito que Moore quería que lo enterrasen en Galicia. Lamentablemente, no es cierto. Lo que Moore le dijo al coronel Anderson es que quería ser enterrado allí donde cayese. Si la tierra que lo recibiese era Galicia, El Cairo o Waterloo, eso le daba igual. Quería reposar donde esa bala que todo militar piensa que lleva su nombre, por fin, le había encontrado. Siguiendo su petición, el general Hope ordenó que la tumba fuese vecina de la del general Robert Antrusther, muerto unas horas antes.

Todo aquel día continuó el embarque, y por la noche todas las tropas, con la sola excepción de la brigada de Beresford, integrada en la división de Fraser, estaba en las naves. Beresford debía proteger la salida de los británicos. Su salida, el día 18, no fue nada fácil, pues se produjo bajo el bombardeo de los franceses.






La llegada de aquella tropa de soldados extremadamente delgados, sucios, agotados (algunos de ellos, según las crónicas, ni siquiera se despertaron durante los varios días de viaje) fue un trauma para Inglaterra. El resultado de aquella campaña fue considerado por la prensa local a shameful disaster. Los ingleses habían perdido a 8.000 de sus 35.000 hombres (poco más de la décima parte en la batalla coruñesa propiamente dicha) y, tal y como probablemente Moore sospechaba por las cosas que dijo mientras conservó la consciencia, el comandante en jefe de la operación no se libró de la culpa. Se dio, de hecho, la situación extraña de que su figura era fieramente atacada en Inglaterra, ante la pasividad del gobierno, mientras su oponente, el mariscal Soult, daba órdenes de que se le erigiese un monumento en La Coruña. Su heroísmo en la esquina noroeste de España no evitó que la opinión pública pensase que, con su retirada, evitando detenerse para luchar, sir John Moore se había convertido en el responsable de la lenta e inexorable perdición del ejército inglés de la península. La coronación de José Bonaparte no hizo sino confirmar estos pensamientos de los indignados.

Meses después, la corriente de la opinión pública había cambiado. Seguía habiendo pesimistas euroescépticos, que consideraban que la batalla de La Coruña demostraba que ningún soldado inglés debía volver a poner un pie en el continente; pero la mayor parte de los ingleses consideraban que era su obligación lavar su honor. El 15 de abril, sir Arthur Wellesley navegó hacia Portugal. Venía este movimiento a coincidir con la expedición austríaca en auxilio de los alemanes y un nuevo levantamiento de los españoles. A principios de mayo, Wellesley avanzó hacia el Duero para encontrarse con Soult. Allí comenzó la guerra española de los ingleses. Les costó cuatro años, pero echaron a los franceses.

Wellesley, en todo caso, reconoció que la esencia de las tropas que lograron vencer a los franceses estaba formada por los regimientos que habían servido para sir John Moore. Le confesaría a uno de sus secretarios: we'd not have won, I think, without him.


Sin embargo, Inglaterra, Escocia incluso, había comenzado, de todas formas, el inexorable proceso por el cual sus héroes de guerra son olvidados.