lunes, febrero 16, 2015

Nacht der langen Messer (9: esto ya está)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.

Acto seguido, te hemos contado una crucial conversación entre Hitler y el general Von Blomberg. Después ha llegado el tiempo de contarte cómo Hitler comenzó a tascar el freno, y la que se montó en Kitzingen. Después hemos pasado a contarte el secuestro de Edgar Julius Jung, y la vergonzosa reacción de su jefe.

Hitler se sentó al borde de una de las mesas de la terraza del restaurante Las Limas que dominaba el poderoso Rhin, sin que pareciese importarle la soledad de las otras decenas de mesas completamente vacías. Tras observar cómo Bruckner desaparecía dentro del edificio, a la búsqueda de un teléfono que le permitiese conectar con Berlín, se entretuvo charlando con el dueño del restaurante. De hecho, éste diría en el futuro que fue una conversación muy casual, en la que Hitler se interesó por su familia y por la marcha del negocio, en la que el buen hombre sacó la impresión de un interlocutor tranquilo y relajado; en realidad, Adolf Hitler estaba muy lejos de responder a esa descripción.


Repentinamente, con un gesto imperioso, Hitler pidió silencio y se quedó pensando, delante del hombre con el que charlaba. Éste no lo supo, obviamente, pero en ese momento, tal vez por esa eficiencia que le añade al cerebro el relajo de una conversación casual, el canciller de Alemania había calzado la última pieza del puzzle que necesitaba para cuadrar la Noche de los Cuchillos Largos.

Los divulgadores científicos suelen contar que algunos de los grandes descubrimientos de la física o de la química se produjeron cuando sus descubridores se encontraban en una situación totalmente ajena a la reflexión: por ejemplo, en el autobús camino de casa. A Hitler le pasó algo parecido. En medio de una discusión de nula importancia sobre el precio de la ensalada de arenques, había caído en una cosa que alguien le había comentado ese día de pasada: el obergruppenführer de las SA Viktor Luzte, comandante de las fuerzas de asalto en el gau de Hannover, se encontraba muy cerca de donde estaba él, aunque a punto de coger un tren hacia Munich, puesto que éste era el lugar designado para la reunión de altos mandos de las SA.

Hitler se dio cuenta de que era a Lutze a quien necesitaba ahora. Como hemos dicho, era alto mando de las SA, y también estaba físicamente cerca. Además, de los diez obergruppenführer de las fuerzas de asalto de Röhm, era de los menos conocidos; de hecho, su popularidad no superaba los límites de Hannover. No se le conocían historias personales raras o escandalosas, y su discreción era bien conocida (su nombre no aparecía en ninguna de las cartas intervenidas por Himmler). Su llegada a las SA y su desarrollo personal en ellas no estaba relacionada con los viejos halcones de las fuerzas de asalto, como Heines, o Helldorf, o Hans-Adam Otto von Heydebreck (otra de las víctimas de la NCL); nada hacía presagiar que le profesase un especial cariño u obediencia, ni a Röhm ni al resto. De hecho, Röhm se había quejado recientemente a Hitler de su falta de iniciativa.

Hitler sabía que esto mismo: alguien plano, sin iniciativa, sin especiales ambiciones personales ni tampoco fidelidades, era la persona ideal para ser colocada al frente de las SA, y desmantelarlas.

Hitler hizo llamar a Bruckner, y le dio instrucciones precisas de telefonear a Hannover para, una vez obtenida allí la información de dónde estaba Lutze en ese momento, hacerlo ir a Godesberg. A cualquier hora. Él esperaría en aquella terraza el tiempo que fuese necesario.

Hitler cenó aquella noche en la terraza, en la compañía de Wilhelm Bruckner y del mando de la SS Josef Dietrich. Ambos tenían muchas horas de vuelo de compañía con su jefe y, por lo tanto, sabían bien que era un momento que requería de silencio; eso es lo que le brindaron.

Sin embargo, en un determinado momento de la cena, Hitler preguntó la hora y se volvió a poner nervioso. No entendía que no le llegase ninguna noticia de Berlín. Estaba Bruckner a punto de levantarse para ir de nuevo al teléfono, cuando un coche se paró delante del restaurante. Los tres se miraron: aunque lo deseasen, no podía ser Lutze. Tendría que haber estado a sólo unas manzanas del restaurante como para tener tiempo de llegar tan rápido.

Y no se equivocaban, porque no era Lutze. Era Göbels.

El ministro de Propaganda había salido de Berlín a mediodía y se había dirigido a Essen, donde se había encontrado con que, contrariamente a lo que él sabía, Hitler no se había alojado en los aposentos de Krupp, sino que se había ido a Godesberg. Ni corto ni perezoso, hizo que le diesen un auto para poder ir allí. Se bajó el vehículo pálido y sudoroso y cojeó con toda la rapidez que pudo hasta la terraza donde lo esperaba Hitler (bueno; «lo esperaba» es una licencia poética).

Göbels estaba allí, sin duda, para protegerse. Aunque no lo sepamos con seguridad, es probable que las noticias del discurso de Papen, más otras más precisas que pudo recibir de algunos de sus canales de información, le convencieron de que la reunión de Munich no iba a tener lugar, porque Hitler iba a cargarse a sus integrantes antes de que empezase. En esas circunstancias, con seguridad, rebrotaron sus temores de que la reacción hitleriana acabase afectando a todos los apóstoles de la segunda revolución, a toda la izquierda del Partido Nazi; y eso le incluía a él. Así pues, hizo lo único que sabía hacer, que era estar cerca del que mandaba, Hitler, para poder controlar, o cuando menos prever, sus movimientos y, por supuesto, tener la ocasión de mostrarse como un devoto partidario de las medidas que tomase el canciller.

Traía Göbels, a buen seguro, una elaborada y ensayada explicación de por qué estaba allí cuando no había sido reclamado por Hitler. Pero no pudo hacer uso de ella. Hitler lo recibió con ojos fríos, no le dio la mano, y se limitó a preguntar: «¿Me trae usted los informes de Göring?»

En ese momento, Göbels se quedó sin palabras. Pensó: no sólo no traigo los informes de los cojones; es que, además, no se me ha ocurrido informar a Göring de que venía, cosa que el puto gordo seguro que se lo canta al Jefe en cuanto tenga ocasión.

De una situación así, alguien como Göbels sólo podía salir de una manera: contando milongas. Y eso fue exactamente lo que hizo, practicando una estrategia muy típica de los timadores, consistente en contarle a alguien lo que sabe haciéndole creer que se entera por ellos. El ministro de Propaganda, por lo tanto, comenzó a extenderse sobre una serie de «indicios» y «hechos preocupantes» que había comenzado a conocer nada más producirse la visita de Hitler a Neudeck (de esta manera, insinuaba sin decir que se trataba de una reacción a su acercamiento a Von Blomberg) y que todo indicaba que algo iba a pasar y, por eso, se había presentado.

Todo aquello era farfolla. El problema de Göbels era, seguía siendo desde hacía días, que, por carecer él de fuerzas propias, armadas o de policía, no tenía información. No sabía todavía de qué pie cojeaba la estrategia de Hitler. Él había colaborado con Göring en el acoso y derribo a Von Papen; pero también se había acercado a Röhm, a quien de hecho había prometido el apoyo de la prensa de partido en su pelea contra el Stalhelm. Esto quiere decir que, conforme fuesen las cosas, podía ser premiado en la misma medida que castigado, y por eso quería expresar su fidelidad al Führer en persona. Estar con él.

Siguiendo con sus evidentes habilidades de timador, Göbels consigue que poco a poco Hitler le muestre lo que quiere saber y, tras algunos minutos de conversación, ya tiene claro que la opción del Führer es inequívoca en favor de las Fuerzas Armadas y en contra de Röhm; a partir de ese momento, su discurso no tendrá otra función que apuntarse a ese carro. Le describe al canciller un Berlín triste y peligrosamente dividido por distintas facciones, así como los escándalos producidos por las fiestas de Röhm. Hinchando el perro, le dice a Hitler que Röhm difícilmente se abatirá como jefe de las SA, aunque caiga sobre él la campaña de prensa que el Führer le acaba de ordenar, y que no le importará abocar al país a una guerra civil.

Hitler, notablemente influido por su estado de nervios, se cree todas las historias que le cuela su ministro de Propaganda. Le pregunta si ha visto recientemente a Röhm. Göbels le miente y le dice que no. Hitler retruca: «aun así: ¿tú lo crees capaz de asesinarme?»

Göbels no responde. No ha querido ir tan lejos, pero quien sí lo ha hecho es Hitler. Suenan las campanas. Medianoche. Cuatro hombres: Hitler, Göbels, Bruckner y Dietrich, se miran sin saber qué decir. En ese momento, se oye un ruido, y un bulto sale de las sombras. Un bulto en camisa parda. En el estado de excitación en que estaban los cuatro hombres del restaurante, que acababan de dar por cierta la posibilidad de que alguien intentase el asesinato de Hitler, tuvo suerte de que no le disparasen allí mismo, sin preguntar.

El obergruppenführer Viktor Lutze acaba de llegar a Godesberg.

Cuando se da cuenta de quien es, Hitler se acerca al mando de las SA. Lutze es más alto que él (no era difícil) y lo mira con reverencia y el gesto duro de arriba a abajo. Hitler le ofrece una mano y, cuando el SA se la estrecha, une su otra mano al saludo, en un gesto de cercanía.

«Obergruppenführer Lutze», dice Hitler: «¿puedo contar con su fidelidad sin fisuras?»

Lutze se cuadra.

«¡A sus órdenes, mi Führer!»

Hitler se vuelve hacia Dietrich y le pide que le traiga papel y pluma. Allí mismo, sobre una mesa del restaurante, redacta el decreto de cese de Röhm como jefe de las SA y el de nombramiento de Lutze. El segundo de los borradores, por cierto, establece claramente que el nuevo jefe de Estado Mayor de las SA no tendrá sitio en el consejo de ministros.

Lutze asiste a la escena pálido y extrañadísimo. Pero fiel a su personalidad, hombre de pocas palabras, no dice nada.

Es tan profundo el silencio de Lutze que ni siquiera plantea una cuestión obvia que con seguridad tiene en la cabeza: ¿cómo se va a llevar a cabo la transmisión de poderes? Es Hitler, de hecho, quien saca el tema. Göbels se apresura a decirle que no se le ocurra hacerlo en la reunión de Munich.

Alguien (considerando las personalidades presentes, yo apostaría por Dietrich) sugiere que lo principal es coger a Röhm, y a las gentes que podrían serle fieles, por sorpresa. Hitler admite que es así y, consecuentemente, concluye que es necesario arrestar a Röhm, así como a sus altos mandos. Hitler se vuelve hacia Bruckner y le ordena localizar en Munich al ministro del Interior de Baviera.

Es en ese momento cuando, por fin, sonará el teléfono. Una llamada desde Berlín, con Göring al aparato.

Cuando la NCL sea una realidad y sea necesario justificarla, Hitler explicará lo que pasó tal que así: a eso de la una de la mañana recibió una llamada de Berlín que le advirtió de un movimiento sedicioso en Munich, en el marco del cual se estaban acumulando una serie de tropas de asalto, que llegarían a Munich a las cuatro de la mañana, para lo cual ya habían incautado varios camiones. A primera hora de la mañana, esas tropas iban a proceder a la ocupación de los ministerios bávaros. Dado que todos los mandos de las SA estaban en Wiessee con Röhm, ninguno de ellos podría estar encargado de coordinar la operación. Para este trabajo, Hitler «eligió» a Karl Ernst, el amigo de Edmund Heines. Lo cual era una mentira, y gorda: Ernst estaba en Bremen, tras haber conseguido escaquearse de la reunión de Munich dado que acababa de casarse, esperando para embarcar hacia las islas Canarias,donde esperaba pasar su luna de miel. Nunca fue: lo detuvieron allí. Con la operación de colocarle el marrón a Ernst, ya lo hemos dicho, Hitler mataba dos pájaros de un tiro: también se quitaba de encima a alguien que sabía muchas cosas sobre el incendio del Reichstag.

En todo caso, la conversación que según Hitler fue provocada por Göring en realidad, como ya sabemos fue provocada por él mismo; y no giró en torno a presuntos movimientos que no se estaban produciendo, sino a la persona del pobre Jung. El periodista había cantado, finalmente, así pues Göring pudo contarle a Hitler cuál era el contenido del testamento; ése fue el momento en el que el canciller nacionalsocialista se dio cuenta de que estaba en serio peligro de perder todo aquello por lo que había luchado.

Así las cosas, el líder nazi reacciona ordenando a Göring que en la mañana siguiente pase al ataque, sin especificar muy bien cuáles son los objetivos.


Pocos minutos después, Adolf Wagner, ministro del Interior de Baviera, llama al albergue de Godesberg. Para entonces, la Noche de los Cuchillos Largos está ya en su punto de no retorno.