miércoles, febrero 04, 2015

Nacht der langen Messer (6: una conversación en la que Hitler tuvo que escuchar)

Te recuerdo que antes de seguir leyendo te hemos recomendado que pases por una cabina de descompresión y te hemos contado el cabreo de Hindenburg que lo comenzó todo. Asimismo, te hemos contado el discurso de Von Papen en Marburgo, y la que montó. El relato siguió contando cómo Hitler decidió comenzar a apaciguar a las SA, y cómo Röhm se la metió doblada. Como consecuencia de todo esto, Göbels pasó a la ofensiva y se acojonó a partes iguales.


Tal y como Göbels sabía bien, Hitler pasó las jornadas del 21 y 22 de junio con Göring. Precisamente en esas horas, Hermann había procedido al traslado de los restos de su primera esposa sueca, Karin, a los terrenos de su finca de Schofheide. Allí, mientras las secciones de asalto de la policía prusiana procedían a trasladar los restos mientras cantaban el Horst Wessel Lied y otras canciones parecidas, el Führer y su ministro del Aire se encontraron en una rara comunión. No se trata exactamente de que Hitler le tomase a Göring un cariño que nunca le había tenido, sino que, durante aquellas horas, el ministro del Aire y principal mandatario de Prusia se las arregló para convencerlo de que era el candidato ideal para poner orden en la casa nazi.


Durante aquellos dos días, en medio de una celebración semipagana de nuevo y viejo cuño a la vez, Adolf Hitler y Hermann Göring diseñaron la noche de los cuchillos largos. Muy probablemente, hicieron una lista de nombres que, de todas formas, dejaron abierta a la creatividad del momento y las circunstancias.

La prensa del día 23 se hizo eco de una extraña noticia, según la cual un miembro de las secciones de asalto habría disparado contra el coche de Hitler al regreso de éste a Berlín. Inmediatamente se supo que aquel SA era uno de los muchos extraños nazis que había en la grey de Röhm, que exhibían un importante pasado comunista. La noticia no tuvo gran impacto, pero lo cierto es que, a la luz de lo que luego ocurrió, hoy podemos pensar que, tal vez, fue un primer intento de la Gestapo por desacreditar a los camisas pardas.

El día 23, apenas regresado a Berlín de estar con Göring, Adolf Hitler vuelve a abandonar la capital. Esta vez, su destino será Neudeck, es decir la casa de Hindenburg. Nunca se aportó versión oficial alguna sobre el motivo de este viaje.

En el diseño que Hitler y Göring han realizado ya, sólo queda un cabo suelto, que es el presidente de la nación. Hindenburg podría, en efecto, responder a la matanza en la que Hitler está pensando, que no olvidemos no va a centrarse en sus propias secciones de asalto sino que también se va a llevar por delante a una importante caterva de políticos conservadores de la línea Hindenburg-Papen; responder, digo, con algún tipo de reacción deslegitimadora. En puridad, a Hitler no es el propio Hindenburg el que le preocupa, sino todo su entourage, que es el que realmente puede moverle a hacer cosas. Por último, Hitler necesita saber qué es lo que dice el testamento de Hindenburg, para saber a qué atenerse.

Pero, en realidad, hay otro motivo casi tanto o más importante para ir a Neudeck: Hitler sabe que allí se encuentra, junto al presidente, el general Von Blomberg; y éste es el hombre en ese momento más importante para el Canciller. Von Blomberg está en Neudeck para girar una visita de cortesía al jefe del Estado en medio de una gira de inspección por la Prusia oriental. Sin embargo, es más que posible que Von Blomberg y Hitler hubiesen hablado por teléfono y hubiesen convenido en construir ese encuentro casual entre ambos. El ministro de la Guerra quería ver a su Canciller lejos de Berlín y de los ojos y oídos de otros ministros.

Hitler llega a Neudeck y es inmediatamente informado por Meissner de que el presidente está muy débil. Tanto, que el canciller no puede pensar, le dice, en una audiencia normal. En la tarde, cuando se levante de la siesta, y antes de que los médicos entren a reconocerle, tal vez tenga tiempo para un encuentro breve. Hitler asiente, deja a Meissner con Hindenburg, e invita a Von Blomberg a pasear por el jardín.

La entrevista Hitler-Von Blomberg de Neudeck, en la primera tarde del 23 de junio de 1934, mientras Hindenburg dormía su siesta no lejos de ellos, selló definitivamente la suerte de las personas que murieron en la Noche de los Cuchillos Largos.

Hitler, ya lo hemos dicho o insinuado en otros puntos de estas notas, pasaba aquel mes de junio en un excitadísimo estado de nervios. Fue por esta razón que, nada más comenzar el paseo con Von Blomberg, y de una forma exenta de diplomacia, le preguntó al ministro de la Guerra si el ejército le era fiel o si debía creer a todos aquéllos que le contaban que la oficialidad alemana conspiraba a favor de monárquicos, católicos y judíos. Von Blomberg no se inmutó. Con una tranquilidad que muy pocas personas exhibieron al ser presionadas por Hitler, le contestó que el Ejército alemán siempre sería fiel a aquel personaje que personalizase la patria. Sabía el ejército, además, que el mariscal Hindenburg ya para poca cosa contaba, en su estado terminal. Le recordó a Hitler, sin perder la calma, que las Fuerzas Armadas habían hecho ya concesiones al nacionalsocialismo, como aceptar la expulsión de algunos oficiales no arios.

Hitler hizo la pregunta que quería hacer: todo eso es hoy, dijo. Pero, ¿y mañana? ¿Y el día en que Hindenburg finalmente falte, y sólo quede yo? ¿Seré yo esa figura que personalice la patria?

Von Blomberg le contestó: «El Ejército alemán depositará la fidelidad que se le debe a sus reyes al nuevo jefe del Estado que se den los alemanes».

Es evidente que esta respuesta no pudo placer a Hitler. En primer lugar, por la referencia, valiente a la par que inoportuna, a la esencia monárquica de la obediencia castrense. Y, en segundo lugar, por la calculada poliglosía encastrada en el uso reflexivo del verbo dar.

«¿Qué entiende usted, exactamente, por eso de que Alemania «se de» un jefe del Estado?», preguntó, como un resorte, Hitler.

Von Blomberg, dominando la conversación, se alzó de hombros: «Yo no soy político, señor Canciller. No sé mucho de mecanismos constitucionales y esas cosas. Hasta donde yo sé, Su Excelencia no ha sustituido la Constitución de Weimar, y se ha limitado a abolir algunas de sus disposiciones. Dígame: la designación del jefe del Estado, ¿es una de éstas?»

A Hitler, el gambito de Von Blomberg lo dejó patidifuso. Es evidente que hablamos de la opinión del amanuense que está relatando estos hechos; pero esa opinión es muy neta en el sentido de que Adolf Hitler nunca hubiera esperado que su ministro de Defensa le diese una respuesta así de garantista y legalista, enfrentándose, a sabiendas, a sus deseos; y poniéndoles freno, de hecho. El rostro del Canciller se endureció.

«No pretenderá usted, señor ministro, reeditar las querellas entre partidos y dejar que Alemania, en unas pocas semanas que como mucho tardará en morir el Presidente, se instale de nuevo en la inestabilidad».

Von Blomberg se paró y miró a Hitler de hito en hito. Luego le dijo: «Tiene razón, Su Excelencia. Mucho mejor sería que no hubiese un interregno, y que las Fuerzas Armadas tuviesen claro a quién deben ser fieles».

El curtido general Von Blomberg había llevado a Hitler exactamente a donde quería. Es posible que fuese la única persona en el mundo y en la Historia que lo consiguió, cuando menos desde el día en que Hitler obtuvo el poder hasta el de su suicidio. Durante esos doce años, Hitler llevó siempre a todo el mundo del ronzal, y acostumbró al mundo entero a temerlo. Sólo dos veces, en mi creencia, fue más débil que su contraparte: una, cuando Hess lo traicionó, cosa que él no esperaba; y otra, cuando el general Von Blomberg lo fue llevando, colina abajo, hacia el punto en el que quería tenerlo: el punto de explicarle por qué el Ejército no podía confiar plenamente, no en él, sino en el nacionalsocialismo.

Hitler tampoco era tonto y sabía que con su última frase, Von Blomberg había dicho dos cosas: una, que el Ejército alemán no tenía ningunas ganas de batirse el cobre por un régimen democrático. No, no era ése el problema (no podía serlo, pues la tradición castrense alemana carecía de elementos de respeto constitucional). Y la otra, que estaba en un estado en el que no sabía qué pensar. Y era obvio que el ministro de la Guerra estaba allí para explicarle por qué.

«El Ejército está inquieto», explicó Von Blomberg, mientras Hitler, a su lado, caminaba con las manos a la espalda y mirando al suelo, absorbiendo sus palabras; «a las Fuerzas Armadas les inquieta pensar que si algún día el Partido y la Patria acaban por ser la misma cosa, ciertas personas que hablan en nombre de ese Partido se considerarán no en la meta, sino en el inicio de sus planes y objetivos. Querrán que haya una segunda revolución [la primera, entiéndase, es la llegada al poder del NSDAP]. Pero el Ejército, para reconstituirse, necesita calma. Y Su Excelencia conoce bien...»

Hubo un breve silencio. Pasos ahogados en la tarde. Hace calor ya, es finales de junio. Dos hombres paseando juntos. Los dos pensando lo mismo: «Ahora. Es el momento. Ahora viene».

Y vino. Porque Von Blomberg terminó la frase:

«... su Excelencia conoce bien las reivindicaciones de algunos jefes de las SA que, en el marco de esa segunda revolución, querrían obtener mando en el Ejército».

Y ya estaba. La cita de Neudeck había llegado a su punto de ebullición. Hitler había ido allí a reclamarle a Von Blomberg el apoyo del Ejército para suceder a Hindenburg. Von Blomberg le había contestado que, para eso, tenía que limpiar su banquillo, quitarse de en medio a los compañeros de viaje que tenían otra idea del Poder, otra idea de la nación. Otra idea del Ejército.

Hitler se paró y miró a su ministro.

«Esté usted tranquilo, general. El nacionalsocialismo es un régimen de orden. No habrá segunda revolución. Le doy mi palabra de honor.»


Adolf Hitler acababa de aprender que no sólo debía llevarse por delante a los hombres de las listas que había elaborado con Göring. Ahora, además, podía.