Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica
La clave del optimismo antropológico de los franceses cuando fueron a la guerra de 1870 era que estaban convencidos de que Austria e Italia declararían la guerra a Prusia inmediatamente. La verdad, no sé de dónde salía esa convicción, porque los hechos no la confirmaban. En Viena, Francia seguía siendo la nación que les había humillado en Solferino, y que les había dejado solos en Sadowa. Ciertamente, Austria sentía una repugnancia y un miedo intensos hacia Prusia, lo cual quiere decir que podría unirse a la lucha contra ella; pero sólo cuando Francia tuviera buena parte de la partida ganada. En lo tocante a Italia, los sentimientos pro franceses en aquel país se podían dar ya por totalmente desaparecidos. Aunque Víctor Manuel, tal vez, pudiera haber sido partidario de luchar codo con codo con su amigo el emperador, ni el gobierno, ni el parlamento, ni la opinión pública tenían la sensación de que les fuese nada en aquella movida.