Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica
En ese momento, se produjo un hecho que vino a complicar todavía más las cosas. En el principado rumano, el príncipe Alejandro Couza se había enfrentado seriamente con los boyardos, su nobleza local, al haber decretado la abolición de la esclavitud; además, estaba en una situación presupuestaria terminal, con el agravante de que entonces todavía no se había inventado el Banco Central Europeo para echar colonia sobre el estiércol. Couza fue arrestado en su mismo palacio y forzado a abdicar. Los nuevos hombres de poder en Rumania exigieron que un príncipe extranjero tomase el poder. Tanto Italia como Francia vieron en esa oferta la oportunidad de obtener el Véneto para la primera: si Austria se convertía en ese nuevo gobernante rumano, podría obtener la compensación necesaria para equilibrar una posible pérdida del Véneto. Inglaterra se puso de canto, sin embargo, por lo que Luis Napoleón acabó por proponer a su sobrino, Carlos de Hohenzollern-Sigmaringen. Carlos tenía entonces 27 años y era teniente en el segundo regimiento de la Guardia prusiana, acuartelada en Berlín.