lunes, septiembre 26, 2011
Los trece puntos de ETA
Negrín sabía que había perdido la guerra. Que el jugador que, en el monopoly de la conflagración civil, logra juntar en sus manos Andalucía, Castilla y el Norte del país dispone de un barrio imbatible donde las fichas del enemigo van a caer una vez y otra. Con esos tres activos territoriales, Franco controlaba despensas y fábricas suficientes como para llevarse por delante casi lo que fuese.
Negrín sabía, también, que la apuesta hecha en su día por la República, muy al estilo soviético, de formar un ejército ideológico que pelease con algo más que con las balas, había desaparecido. En la primavera del 38, el ejército republicano era dos pizquitas de creencia ideológica y una montaña de amarga sal pasota, formada por quintos atrapados en el sumidero de las levas obligatorias, que luchaban acá como lo mismo habrían luchado acullá. El tipo de cannon fodder que, menos de un año después, en Cartagena, llegaría un día, se diría: estoy hasta los cojones de bombardeos, encendería los motores de los barcos donde servía, los pondría proa a África, y se largaría sin un ay. Incluso las famosísimas, míticas incluso, Brigadas Internacionales, estaban formadas para entonces, en más de un 70%, por soldados de quinta de Tomelloso, de Alpedrete, de Utiel-Requena, de Albacete. Sólo los mandos eran ya alemanes, franceses o checos. El sueño del ejército popular se había acabado por convertir, por consunción, en una armada más de muchas, mal pertrechada, desmoralizada, sin fe en la victoria y mucha menos fe todavía en la revolución.
Como acertadamente ha destacado Martínez-Bande, entre otros, ya en 1938 la imaginería pasquinera en las ciudades republicanas, así como los discursos de sus dirigentes, ha eliminado los conceptos de revolución social, poder del pueblo, justicia proletaria, etc., para cambiarlo por el concepto de España, el futuro de España, la integridad de España, y similares. El discurso ha cambiado porque las trincheras ya no se alimentan de la ilusión de construir la España revolucionaria. Se alimentan, según la creencia de los dirigentes, del deseo de salvar a España de la debacle. Aunque, en realidad, alimentarse, alimentarse, lo que se dice alimentarse, de lo que se alimentan básicamente las trincheras es del deseo de que la guerra se termine de una puta vez.
Cuando Negrín se dio cuenta de que no podría obtener de sus soldados siquiera una resistencia como es debido y/o le informaron de que la mamá que lo sostenía por la barriga para que no se hundiese iba a abandonar la piscina, se dio cuenta de que tenía que terminar la guerra. Hay quien dice que lo que quiso fue ganar tiempo para lanzar la ofensiva del Ebro, y así mejorar la probabilidad de que estallase la segunda guerra mundial. Yo no creo en esa teoría. La ofensiva del Ebro, lejos de ser una gran operación bélica en cuyos resultados positivos podían creer los mandos de la República, no dejó de ser una maniobra desesperada que buscaba, en el mejor de los casos, enquistar el frente de Cataluña sin que cayera ésta y, más tarde, retardar el avance nacional para permitir la huida por la puerta de atrás. No creo que nadie con dos dedos de frente creyese que esa ofensiva iba a cambiar el signo de la guerra. Gentes como Líster o Modesto pudieron creerlo, ciertamente; pero no eran militares propiamente dichos. Cualquier militar con tres minutos de clase en una escuela de Estado Mayor tenía que saber que el potente ejército republicano que se reunió en el Ebro sería capaz de avanzar, pero no de consolidar lo avanzado.
Con sus trece puntos, tal es mi teoría, Negrín no quiso prolongar la guerra, sino terminarla. El documento de los trece puntos no fue redactado para que lo leyese Franco. Fue redactado para que lo leyesen París y Londres, lo creyesen, y acto seguido fuesen al Comité de No Intervención a presionar a Hitler y Mussolini para que asimismo forzasen a Franco a aceptar unas negociaciones de paz. Todo, o casi todo, lo que hace Negrín durante el 38, está encaminado a aparecer ante las dos grandes potencias democráticas europeas como una excelente alternativa al reconocimiento diplomático del gobierno de Burgos, que sabe que está al caer. Las negociaciones, más o menos soterradas, con el Vaticano. La progresiva apertura de mano del férreo control revolucionario en zona republicana, que comienza, durante todo el 38, con la progresiva dilatación de procesos contra traidores contrarrevolucionarios hasta culminar, en diciembre, con un decreto que rehabilita de un plumazo a los funcionarios condenados o sancionados por tal motivo. Sobre todo, el gesto, pues en realidad es un gesto para la galería, de despedir en Barcelona a las Brigadas Internacionales, para poder decir que la República ya no hace uso de fuerzas armadas extranjeras (por lo visto, Stepanov era, como Fraga, de Villalba, provincia de Lugo; a Togliatti casi no se le entendía de lo cerrado que tenía el acento de Cai; y Clodovilla era del mismo Bilbao).
Todos estos movimientos estaban destinados a dar fuerza moral al discurso negrinista de finalizar la guerra, y los 13 puntos una formulación que, en su concepción, las potencias europeas no podrían rechazar. Sucintamente, los 13 puntos lo que dicen es que la guerra se termina, se consulta a los españoles democráticamente como cómo quieren organizarse, y sobre los crímenes cometidos en la guerra, se decreta una generosa amnistía.
Con todo, los 13 puntos no son tan equidistantes entre ambos bandos como pretendía Negrín. En primer lugar, se vedaba la solución monárquica, estableciendo como pie forzado que España sería una República. Así, se hace difícil de entender el crucial punto 4: «Plebiscito para determinar la estructuración jurídica y social de la República Española». ¿Cómo se puede determinar la estructura jurídica de una república si, un suponer, la mayoría quiere que sea una monarquía? Bueno, parece difícil, pero algunos pensarán que ése, y no otro, es el proyecto de la Transición...
El manifiesto, por lo demás, adolece de esos tufos seriamente intervencionistas propios del socialismo comunista avant la lettre que practicaba Jack Little Black en aquella época. Sustantivamente intervencionista, de hecho, es esperar que se puede decidir por referendo «la estructuración social» de un país. ¿Acaso la existencia de la clase media es algo que deba ser aprobado plebiscitariamente? Bien pensado, es lógico que alguien que admiraba a un régimen como el soviético, que suprimió la existencia de la burguesía o la clase propietaria rural por decreto, lo creyese.
Otro punto impagable es el sexto: «conciencia ciudadana garantizada por el Estado». hay dos frases cuyo significado nunca he entendido: uno de los versos del Credo («engendrado y no creado de la misma naturaleza del Padre») y el sexto punto de Negrín. No sé muy bien qué es la conciencia ciudadana, y menos aún cómo puede el Estado garantizarla. Pero creo innegable que la frase huele a intervencionismo que tira para atrás.
El documento, por lo demás, es un sí es no es, una plataforma estratégica a la galaica forma, que ora sube, ora baja, claramente diseñada para gustar a dos lectores tan distintos como los comunistas emplazados en la médula espinal de la República y los puntos de vista socialdemócratas, cuando no liberales, imperantes fuera de nuestras fronteras. Así, se utilizan algunos de los viejos mantras del discurso revolucionario (como «democracia campesina», que no se entiende muy bien lo que es o, más bien, se entiende muy bien que es un fistro inventado para no tener que escribir «reforma agraria»); pero al tiempo se acepta el punto de vista socialdemócrata de la lucha del proletariado (al que ahora, lejos de ofrecérsele la revolución, se le ofrece, en el punto 9, un reformismo jurídico); y, sobre todo, se santifica (punto 7) la propiedad privada, bien que poniéndole el calificativo de «legítima», cosa que, de haberse aplicado algún día estos trece puntos, habría dado para conflictos mil.
Los 13 puntos de Negrín, por lo tanto, son un documento redactado por alguien que sabe que la revolución se ha ido a la mierda, pero sin embargo ni quiere ni puede permitirse el lujo de desalentar a los revolucionarios o ponérselos en su contra. Así las cosas, fía la solución de los problemas a la generosidad del enemigo, al cual le exige: primero, que yendo como va ganando, teniendo como tiene el jaque mate en seis o siete movimientos, firme tablas; segundo, que además acepte que esas tablas vengan regidas por esos 13 puntos que, en la práctica, suponen que los mismos contra los que está luchando cuando menos optarán por dominar el régimen republicano; tercero, que acepte que todo ello es a cambio de una retribución etérea y dudosa de sus principales puntos reivindicativos.
Franco fue un cabrón por no aceptar los 13 puntos. Pero, la verdad, tenía razones de peso para rechazarlos; la primera de ellas, que iba a ganar.
Estos días me acuerdo mucho de este documento de Negrín porque cada vez que leo el denominado acuerdo de Gernika me da que pensar que son unos 13 puntos redivivos. Obviamente, el contenido de ambos documentos es distinto, como distinto es el fondo de lo que tratan. Pero sus espíritus se parecen bastante.
Ambos documentos orillan el problema de declarar un vencedor y un vencido. Negrín nada dice en sus trece puntos de negociaciones de paz y, en realidad, sólo se refiere a la guerra en su punto 12, de corte wilsoniano (renuncia a la guerra como instrumento de resolución de conflictos). Guernika, por su parte, aboga por «la declaración de ETA de un alto el fuego permanente, unilateral y verificable por la comunidad internacional como expresión de voluntad para un definitivo abandono de su actividad armada».
Esto es, apuesta por un gesto que podría querer decir que alguna vez, en el hipotético futuro, llegase la paz en forma de desarme de la organización terrorista. Este punto ha sido mayoritariamente interpretado por Prensa y voceros como una llamada de la izquierda abertzale para que ETA deje las armas. Yo no lo veo así. La llamada es, como digo, a que ETA haga un gesto [un alto el fuego con voluntad de permanencia] que signifique que algún día podría dejar las armas, lo cual no es lo mismo. Un mecanismo, como digo, muy parecido al de los 13 puntos, que parece pretendían que ambos contendientes se sentasen a negociar el futuro de España sin dejar de ser, en puridad, contendientes. Sin dejar de estar en guerra.
A partir de ahí, el acuerdo de Gernika establece una serie de puntos que, básicamente, lo que pretenden es generar una situación de partida para la negociación que favorezca a uno de los negociadores que firman dicho acuerdo; o sea, lo mismo que pretendía Negrín en sus 13 puntos. Teóricamente, se pone el contador a cero; aunque, en realidad, se pone a 0,5, es decir más cerca del autor de los puntos que de su contendiente.
Se aboga por una neutralidad estricta que otorgue derechos a todas las formas de pensar. La asunción de este principio supone legalizar automáticamente incluso a las formas de pensar que jamás han asumido el terrorismo como una estrategia intolerable. La pregunta es: si un partido politico español hubiese formado unas milicias privadas que una tarde de 1985 hubiesen realizado una matanza de centenares de vascos durante una celebración nacionalista: formación que, además, a día de hoy, lejos de renegar de aquel delito se mostrase orgullosa del mismo y exhibiese los retratos de los asesinos como si fueran estampitas de fray Leopoldo de Alpandeire, ¿la aceptaría la izquierda abertzale en una mesa de negociación del «conflicto vasco»? Mucho lo dudo, teniendo en cuenta que la izquierda abertzale ni siquiera es capaz de ir a un cóctel porque va el príncipe de Galicia Oriental (¡Puxa!).
Otro elemento importante del acuerdo de Gernika, coherente con ese intento de colocar el contador a 0,5 en lugar de a 0, es el tratamiento de los presos. En la práctica, las cláusulas del acuerdo establecen que la mayor parte de los presos etarras salen a la calle, quedando únicamente los muy sanguinarios, o muy relapsos y renuentes a cumplir con las normas carcelarias, dentro del maco. Dicho de otra forma, se pretende que, en el momento de negociar la paz, el negociador frente a los abertzales no cuente con los presos como elemento de presión para el acuerdo. Extrañamente, los 13 puntos de Negrín nada dicen de los POW que uno y otro bando poseen, en coherencia con su objetivo primario de hacer como que la guerra civil no existía; pero, en la práctica, aplicando el punto 13, o sea barra libre amnitiera para todos, cabe asumir que llega a la misma conclusión que el acuerdo de Gernika: todos a la calle, a lanzar perfume, y aquí no ha pasado nada. En efecto, los 13 puntos sólo le exigen a los criminales de la guerra que se muestren dispuestos a «reconstruir y engrandecer España» para poder acceder a una amnistía de todos sus delitos. Curioso sistema éste en el que la amnistía se merece por causa de lo que se está dispuesto a hacer después de ser amnistiado. Normalmente, las amnistías encuentran su razón de ser en que haya algo que la justifique en lo hecho antes de ser amnistiado.
Con todo, en mi opinión lo que más identifica a los 13 puntos de Negrín con el acuerdo de Gernika es la situación. Es mi convicción de que, en ambos casos, de haber tenido los redactores de ambos documentos la más mínima esperanza de poder ganar su guerra, jamás los habrían redactado. Negrín, si al día siguiente de redactar sus 13 puntos hubiese descubierto que el embargo efectivo de armas para la República desaparecía, y que Stalin le enviaba 27 divisiones acorazadas en taxi, habría cogido su propio manifiesto y, a la primera ocasión que se le soltase el vientre, lo habría tramitado en fase limpiadora comme il faut. Por lo que se refiere a ETA, si mañana Sarkozy perdiese las elecciones en Francia en favor de un candidato radicalillo que reinaugurase el santuario francés para los etarras, daría orden inmediata de tirar el acuerdo de Gernika, atado a un pedrolo, por la fosa de las Marianas.
Ambos documentos se identifican con la actitud del chaval de recreo que, después de haber retado al matón del patio y haber comprobado, a la primera hostia, que sus posibilidades de salir indemne son inexistentes, va y sale con que no puede haber pelea porque lleva gafas.
Negrín sabía que iba a perder, y ETA tiene, probablemente, la sensación de haber perdido. Probablemente, el terrorismo vasco nunca pensó que en España habría una ley de partidos que cercenase las terminales nerviosas abertzales en las instituciones democráticas y, por mucho que luego se haya colado el aire por los agujeros, desde el primer día de vigencia de esa ley sabe que tiene una espada sobre su cabeza. Por eso quiere negociar, y por eso ha decretado treguas, en el pasado y en el presente.
Ningún historiador serio se toma en ídem los puntos de Negrín. Ningún historiador con algo entre las orejas se atreve a sostener que el 30 de abril de 1938 el final de la guerra civil estuvo siquiera mínimamente más cerca que el día anterior. Todos, o casi todos los libros de Historia admiten y entienden que Franco, tal y como iba la guerra, ni quería ni podía aceptar aquel documento, como tampoco lo abrazaron las cancillerías a las que iba dirigido. Cuando uno ha perdido la pelea, su única salida es rendirse. Uno puede engañar a alguien que todavía tiene miedo; pero a alguien que va sobrado y sabe que la victoria sólo es cuestión de tiempo, no hay manera de tangarlo con subterfugios.
O sí.
domingo, septiembre 25, 2011
Aquella paz tan desastrosa

Tengo mis dudas de comentar mis lecturas en este blog, aunque a veces me lo piden o me lo insinúan, a causa de la puñetera manía que tengo de leer libros que, muy habitualmente, están descatalogados. Es, me temo, el caso de este libro, así pues no sé si no debería escribir este post.
Según el ISBN (tecleando Sisson en el el campo del autor), este libro, Cien días rojos, ni siquiera ha sido traducido al español. La búsqueda en páginas sajonas de la edición original tampoco da muchos resultados. Así pues, es un libro difícil de encontrar pero, ésta es mi opinión, de cierto interés para la lectura.
Cien días rojos tiene la virtud de ser un libro escrito en primera persona, relatando vivencias propias e incluyendo incluso cuatro fotos que intuimos fueron sacadas por el propio autor, que abarca un periodo de gran intensidad e interés. Edgar Sisson (Edgar Grant Sisson, como podéis ver en la imagen que corrige a lápiz el bibliotecario de la Biblioteca de Hartford, de donde procede mi volumen) fue, por lo que él mismo nos cuenta, un publicista americano muy cercano a la administración del presidente Wilson, que fue enviado por éste en la segunda mitad de 1917 a Rusia para realizar, en el entorno del nuevo régimen, labores de propaganda a favor de los Estados Unidos y su condición de aliado del país. El libro cuenta esta visita y abarca desde finales de noviembre de 1917 hasta marzo de 1918; por lo tanto, es una crónica que va desde los días inmediatamente seguidores de la salida y encarcelamiento de Kerensky por los bolcheviques, hasta la definitiva instalación de los mismos en el poder, tras la disolución de la Asamblea.
Existen otros recuerdos de estos tiempos, como los de John Reed (citado con, todo hay que decirlo, displicencia por Sisson) o Rhys-Jones, los más famosos yanquis prosoviéticos. Éste es de un entorno distinto e ideológicamente distante. Sin caer en el tono panfletario, en este caso antisoviético, el autor no esconde sus querencias, que no son tanto en contra del régimen soviético como a favor del wilsonismo; lo que pasa es que, en el punto y hora en que tiende a pensar que Wilson fue de alguna forma tradicionado por Lenin y Trotsky, sus lecturas de la realidad se dejan llevar un poco. Pero, la verdad, bastante más se dejan llevar las de Reed, y no por ello han dejado de haber sido consideradas durante décadas y por sedicentes intelectuales la verdad verdadera, sin mácula de mentira.
El libro se llama cien días rojos, pero mejor habría hecho en llamarse: Rusia antes, durante y después de la Paz. Porque la paz, la llamada paz de Brest-Litovsk, es la verdadera protagonista del libro. Teóricamente, lo que Sissons debería contarnos en su díario deberían haber sido sus labores imprimiendo pasquines con la traducción de los puntos de Wilson, o tratando que la prensa local se hiciese eco de tal o cual enfoque americano (entiéndase; entonces, el Izvestia y el Pravda eran sólo dos periódicos más, aunque los otros ya empezaban a ser suspendidos y perseguidos por razones varias...). Sin embargo, aunque todo esto nos lo cuenta (incluso con excesivo lujo de detalles, lo cual hace partes del libro algo coñazo), claramente el percorrer de los acontecimientos le supera, y se ve obligado a referirlo.
El hilo argumental, como digo, es la mal llamada paz de Brest-Litovsk, pues más debería llamarse capitulación soviética a la remanguillé. Cualquier persona interesada en este momento histórico concreto debe hacerse con este libro, leerlo y anotarlo en decenas de fichas, porque en él va a encontrar el puntilloso relato de cómo se vivió la paz con alemanes, austriacos, búlgaros, rumanos y turcos (o sea, con los alemanes) firmada por el Comisario del Pueblo de Asuntos Externos, Leon Davidovitch, alias Trotsky, en la ciudad de Petrogrado, principal centro del país en ese momento.
Sisson escribe su libro en 1931, cuando gran parte de la campaña internacional contra Trotsky, lanzada por Stalin y sus palmeros de Palacagüina en Europa Occidental, todavía no he tenido lugar; en realidad, casi no habla de Stalin en todo el libro. Y, sin embargo, para Trotsky ya reserva un juicio bastante poco positivo. El anuncio de que la URSS va a iniciar unas negociaciones bilaterales para firmar la paz con los beligerantes contra el zar dispara las alarmas en las cancillerías aliadas (algo que Sissons vive en lógica primera persona), que exigen, de inmediato, al partido bolchevique que garantice que nunca firmará una paz en la que se permita liberar tropas del frente de Este para trasladarlas al Oeste; es decir, una paz que refuerce a Alemania para proseguir la guerra contra Francia, Inglaterra y Estados Unidos. La URSS, o mejor dicho Trotsky, asegura que así lo hará, pero en la práctica no lo cumple. La cláusula final se referirá a los movimientos de tropas no ordenados con anterioridad a la firma del documento, lo cual dio a austriacos y alemanes un tiempo precioso.
Por otro lado, Trotsky se despliega a lo largo de decenas de páginas como un estratega bastante torpe que, con una mano, asegura que quiere que la de Brest sea una conferencia multilateral en la que se firme una paz definitiva entre todos los beligerantes; y con otra lanza propagandas dirigidas a los soldados y obreros de todos esos ejércitos, incluidos sus teóricos aliados, llamándolos a rebelarse contra sus jefes y gobernantes capitalistas. Sisson es de la opinión, en que la que han creído muchos historiadores, de que el verdadero muñidor de esta estrategia de mierda fue Lenin, quien no contaba tanto con la paz de Brest como con una rebelión comunista en Alemania que le restase presión.
Al final de la Historia, Trotsky se descolgará con una de esas chorradas infames que pasan a la Historia como tales, aquello de "Ni paz, ni guerra", que venía a significar que Rusia no firmaba la paz pero al mismo tiempo retiraba su ejército de los frentes; más que nada porque Lenin, en ese momento, lo estaba disolviendo para crear la Guardia Roja, o sea un ejército a su pleno servicio que luego le haría tantos servicios a Stalin (porque es que Stalin, se pongan los leninistas debubito supino o decubito prono, está en Lenin).
La idiotez de Trotsky, muy probablemente concelebrada con el propio Lenin, provocó la ofensiva alemana en Rusia, la llegada incluso a Riga y la firma acelerada de la paz de Brest por los rusos, en lo que fue, en realidad, la firma de una capitulación, puesto que los alemanes, cuando los rusos les dijeron que firmaban las condiciones iniciales, respondieron aquello de: "las cosas han cambiado, muñeca", y se apiolaron parte de Polonia, los países bálticos y Ucrania.
Ucrania, por cierto, es un elemento importantísimo en las negociaciones de paz, y leyendo las páginas de Sissons, en este punto bastante neutrales, uno se acaba por dar cuenta del porqué de que los ucranianos odien tanto a los rusos; por qué, digo, además de pequeños detallitos como que éstos matasen a aquéllos de hambre.
La Rada ucraniana no quería ni la guerra ni el bolchevismo. Ambos los rechazó y, de hecho, los representantes no comunistas del parlamento ucraniano llegaron a firmar bilateralmente con Alemania una paz que, sin embargo, no tuvo en su momento aplicación alguna, porque para cuando firmaron, los bolcheviques habían entrado en el país a sangre y fuego, aunque, en realidad, como las comunicaciones eran muy malas, aún no lo sabían con certeza. Los telegramas literales entre Stalin, en Moscú, y los jefes de la delegación de Brest sobre el tema, que Sissons reproduce en su libro, suenan a la guerra de Gila.
Así pues, los creyentes del centralismo democrático, vulgo leninistas, demostraron en las primeras semanas del 18 que eran muy centralistas, pero poco democrátricos; Ucrania tuvo que aceptar, siquiera momentáneamente, el bolchevismo, sí o sí, o por fuerza de las armas y de la represión.
El bolchevismo, de hecho, es el segundo gran protagonista del libro. Dos elementos fundamentales señalaría yo aquí. En primer lugar, la crónica que hace Sisson de sus visitas a viejos revolucionarios no bolcheviques, la mayoría en situación de semidetención, y sus opiniones depresivas sobre la realidad y el futuro; ellos, revolucionarios al fin y al cabo, saben bien de qué palo va Lenin, y por eso lo temen. Especialmente emotiva, diría yo, es la visita al príncipe Kropotkin.
En segundo lugar, Sisson estuvo presente en el Palacio Tauride durante la última sesión de la Asamblea rusa, tras la cual la democracia se apagaría en la URSS durante siete décadas, o sea dos franquismos completos. Su descripción de los marinos que formaban parte del cuerpo de seguridad de la Asamblea apuntando con sus armas a los mencheviques cuando hacían uso de la palabra pone los pelos de punta. Es puntillosa su descripción de cómo los bolcheviques, minoritarios, van llevando la asamblea a ebullición hasta que la hacen saltar por los aires. Una crónica tensa, casi telegráfica, de cómo se entierra una democracia, incluso algo que ya sólo se lo parece, como aquella Asamblea.
Al final de su estancia en Petrogrado, y aprovechando que los siempre valientes dirigentes bolcheviques abandonaban la ciudad en fila de a siete por la llegada de los alemanes, Sisson se las arregló para robar una maleta entera de cables soviéticos originales. Quizá por eso podríamos considerarlo el primer inventor de Wikileaks. Llevaba copiándolos un tiempo, con ayuda de algunos amigos en el interior de la Escuela Smolny, donde estaba la cúpula bolchevique, pero ahora que se iban, fue más allá y los robó. Se los llevó a Estados Unidos, donde los publicó, algunos años más tarde, en un folleto destinado a demostrar que Lenin era un agente alemán (sic); y los reproduce en el anexo de este libro. Resultan una traca final bastante divertida y entretenida. No revelan, eso sí, que Lenin fuese un agente alemán. Lo que revelan, en realidad, es que la negociación de la paz fue, por parte soviética, tan torpe, tan amateur, tan falsamente sobrada, y tan influida por aspectos interiores (necesidad de acordar la paz para perfeccionar la eliminación de oposición interior; necesidad de la paz para poder licenciar el ejército; asunto ucraniano; etc.); las cosas, digo, se hicieron tan mal, que al final a Lenin no le quedó más remedio que bajarse los pantalones, y resignarse a no morir con el ano incólume.
Lectura, pues, recomendable; especialmente, para amantes de la Historia de la diplomacia.
miércoles, septiembre 21, 2011
Franco y el poder (15: el Caudillo barrunta que algún día se morirá)
Avestruceando
Hasta hoy explicaba esto con estas palabras. A partir de hoy, gracias a un anónimo comentarista, diré eso del vexilo simétrico, que mola mucho más. Aunque he mirado en mi diccionario de la RAE y no figura el vocablo vexilo propiamente, en latín vexillum era estandarte. Esto lo sé porque este verano pasé una tarde de lluvia agradable leyendo sobre la diferencia entre estandarte, vexiloide y bandera, que es cuestión que tiene su miga (como todas).
martes, septiembre 20, 2011
Avestruces y justicia (adivinanzas)
En fin, aquí va ésta.
Las plumas de avestruz han sido durante muchos siglos un signo especial de nobleza. El origen de todo ello, por lo menos en mi nivel de conocimiento, está en el Antiguo Egipto, donde la pluma de avestruz (y su correspondiente signo jeroglífico) representaba el concepto de verdad y, sobre todo, justicia (y no hay que olvidar que, luego, en la civilización moderna las personas principales, nobles y tal, impartían la justicia).
La pregunta es: ¿por qué la pluma de avestruz fue escogida por los egipcios como símbolo de la Justicia?
La explicación, lo digo por adelantado, es elegante, y no exenta de poesía.
Tic, tac, tic...
sábado, septiembre 17, 2011
Kronstadt
Las revoluciones no tienen más remedio que eclosionar en momentos jodidos. Como escribió una vez el politólogo Karl Deutsch, la decisión política básica se produce entre orden y caos; y, esto lo añado yo, en tiempos de bonanza general sólo los muy frikis apuestan por lo segundo. Sin embargo, cuando pintan bastos en las calles, en las casas, en los cuarteles y en las panaderías, hay mucha más gente que, por no tener nada que perder y sí mucho que ganar en el caos, se apunta a bombardear lo que sea necesario.
Es por esta razón que cuando se produjeron las revoluciones rusas (y es que yo veo dos: la que echó al zar y la que echó del nido revolucionario a todos los pajaritos que no fuesen el pájaro cuco leninista) la situación fuese, más que mala, malísima. La Rusia heredada por Kerenski primero, y Lenin-Trotsky después, estaba hecha unos zorros. A Kerenski, teórico representante de la mayoría, le acabó costando muy cara su decisión de seguir en guerra con Alemania, pues el deseo de cambiar esto, mucho más que el deseo de construir la dictadura del proletariado, alimentó los pies de la masa que pasó por el Palacio de Invierno como la Acorazada Brunete.
Instalados los bolcheviques en el machito, y sobre todo porque estaban dispuestos a no compartir el nido con nadie más anymore (cosa que cumplieron durante 70 años), su principal objetivo fue parar la guerra. Como es bien sabido, enviaron a Trotsky a negociar con los alemanes, que a las primeras de cambio sólo enviaron militares a la mesa. La combinación entre la urgencia que tenía Lenin por parar el belicismo ruso y el hecho de que Trotsky no era ningún genio militar que digamos tuvo como consecuencia que la paz de Brest-Litovsk estuviese preñada de triles que los bigotudos mariscales de campo teutones le vendieron al revolucionario judío, y que éste se tragó como ruedas de molino. Pero, al fin y a la postre, Trotsky volvió a Petrogrado con la paz debajo del brazo.
Llegado el momento de la paz, llegaba el de la construcción del socialismo. Comenzaron las medidas socializadoras, sobre todo en el campo, porque el leninismo, para mi gusto con gran acierto, se sentía razonablemente seguro de las masas proletarias urbanas, pero sabía que en las zonas rurales no las tenía todas consigo. El bolchevismo se aplicó con dureza con el campo, y esto despertó los recelos de sus antiguos socios: socialrevolucionarios, anarquistas, comunistas de izquierda (curiosa expresión, que incluso los hagiógrafos de la URSS utilizan, pese a que automáticamente presume la existencia de un comunismo de derechas); y, por supuesto, mencheviques, kadetes, liberales, etc.
A las innúmeras torpezas y violencias de Lenin y Trotsky les vino a salvar la impaciencia occidental. A las otrora aliadas de Rusia en la Gran Guerra, la paz unilateral soviética les había jodido bastante, entre otras cosas porque Trotsky la negoció tan de puta pena que no logró evitar, aunque juró que lo haría, que dejar de luchar en el frente ruso reforzase a los alemanes en el frente occidental. Entre esto y el internacionalismo de Trotsky, que llevaba a los bolcheviques a estar todo el día llamando a la rebelión a los proletariados de las otras naciones (esto encuentra su lógica en que Lenin esperaba soltar presión hacia la URSS mediante una revolución comunista en Alemania), Francia e Inglaterra acabaron mosqueándose y decidiéndose a apoyar a los contrarrevolucionarios. En junio de 1918, galos y brits desembarcan en Murmansk y Arkangel y nombran un gobierno del Norte de Rusia. Como ese toro que se lanza a cornear al compañero de manada al que de repente ve débil, los japoneses respondieron entrando en el país por Vladivostok.
Para responder a esta situación es por lo que Lenin dictó el comunismo de guerra que, en mi opinión, debería llamarse comunismo a secas, pues no significó otra cosa que la aplicación hasta el final del catón marxista, la estatalización de absolutamente todo, del control total de lo que las personas poseían o consumían, y todo ello al servicio del esfuerzo bélico.
A Lenin no le salieron las cosas bien. En Alemania, el régimen burgués que él consideraba podrido y a punto de derrumbarse se llevó por delante a Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht, aplazando con ello la revolución comunista en Alemania sine die. El almirante Kolchak atacó desde Siberia, Yudenich en la zona de Petrogrado, y Denikin en la de Moscú. Hay quien ha escrito que en varios momentos entre 1918 y 1920, apenas dos divisiones razonablemente pertrechadas podrían haber tomado Petrogrado con la punta del nabo. Pero no hubo tal. Lenin, o más bien Trotsky, multiplicándose en los frentes en aquél su famoso tren que se recrea en Doctor Zhivago, logró sacar petróleo de un Ejército Rojo que tenía más voluntad que otra cosa. Entre eso y el esfuerzo sobrehumano que se le exigió a la población, la guerra terminó por ganarse.
En marzo de 1920 se celebra el primer acto que podríamos decir normal de la etapa bolchevique: el IX Congreso del PCUS. Lenin convocó esa reunión para poner el contador a cero y llamar al país a una especie de Plan de los Mil Días, durante los cuales la economía sería robustecida, los pequeños negocios permitidos, las infraestructuras construidas... lo normal en un país que quiere salir de la mugre. Sin embargo, para su desesperación se encontró con lo que podríamos denominar la oposición bolchevique. Una parte de esta oposición se centra en el Ejército Rojo, al que quiere convertir en unidades de milicianos que hagan guerra de guerrillas y no sean, en modo alguno, un ejército jerarquizado y disciplinado; este mismo problema, por cierto, se lo encontrarán los comunistas otra vez en la guerra civil española y entonces, como en la URSS, conseguirán hacer valer su criterio de que debe construirse un ejército como tal. La otra vertiente de la oposición a Lenin está formada por los comunistas más anarcoides, asamblearios, que exigen algo así como un régimen de soviets de verdad y que, por lo tanto, las fábricas, los barrios, los hospitales, etc., no los gobiernen burócratas desde Moscú, sino asambleas de trabajadores.
Lenin bien podría haber perdido esa batalla, porque esas teorías tenían mucho eco fuera del partido bolchevique entre socialrevolucionarios y, sobre todo, anarquistas. Pero, una vez más, la flor le brotó en el culo en forma de guerra. Los polacos invadieron Ucrania y la necesidad de ir a la guerra lo borró todo. La URSS contraatacó, apisonó a los polacos y puso proa hacia Varsovia; pero tuvo el problema de que el comandante de su ala izquierda se desvió en exceso en su avance, y por el espacio que dejó libre se coló el mariscal Pilsudsky, obligando a los soviéticos a retirarse con el fusil entre las piernas.
Aquel comandante se hacía llamar, ya por entonces, Stalin. Por supuesto, la historiografía soviética le echa la culpa del error a Trotsky, faltaría más.
Producida la victo-derrota de los soviéticos, las tensiones internas regresaron. Todos los no bolcheviques comenzaron a cargar contra Lenin a todo trapo. 1920 terminó con manifas en Petrogrado donde a Zinoviev, presidente del soviet local, le llamaban de todo menos bonito; y, poco a poco, el ambiente social en la ciudad se hizo más contrario al bolchevismo. Zinoviev declaró el estado de sitio.
Cerca de Petrogrado estaba la base naval de Krondstadt. Sabido es que, por motivos que sería interesante explorar algún día, en general los hombres de mar suelen ser más cultivados y concienciados que la media. Marineros de Kronstadt participaron en la pre-revolución de 1905, y habían recibido a Lenin en la Estación de Finlandia. De hecho, el 13 de enero de 1918, cuando en un Petrogrado convencido de que Alemania iba a atacar a Rusia de nuevo se celebró una reunión del Comité Central (a la que Lenin, siempre tan valiente, no asistió, dejándole el marrón a Trotsky), portavoces de diversas unidades militares fueron invitados a hablar. Uno por uno, todos los comisarios de las divisiones subieron a la tribuna para quejarse de estar mal alimentados y peor pertrechados, y echar la culpa a los bolcheviques de la situación. El único discurso que escucharon los jerifaltes rusos favorable a sus tesis fue, precisamente, el de Baranov, representante de la flota.
Más pruebas. El primer acto de los bolcheviques tras forzar la disolución de la Asamblea Constituyente y la ilegalización de facto de todos los partidos revolucionarios distintos de ellos, fue asesinar a dos ministros mencheviques: A. I. Shingarev y F. F. Kokoshkin. Estos dos ministros se encontraban encarcelados en la fortaleza de los santos Pedro y Pablo y fueron trasladados el 19 de enero de 1918 al Hospital de María, con la excusa de su delicada salud. A la una de la madrugada del 20, unos militares entraron en la sala pretextando que tenían que auditar la situación de los detenidos para comprobar que estaban bien aunque, en realidad, lo que hicieron fue matarlos. Como responsable de estos sucesos se llevó a encarcelar a dos de los guardias del hospital, Kulikov y Baskov. El primero de ellos fue colocado en la misma celda que el coronel Kalpashnikov, otro señor que tuvo una experiencia directa del concepto bolchevique, o más bien troskista, de Justicia (cualquier día, si hay tiempo, contaremos el caso Kalpashnikov); coronel que escribió un libro de su cautiverio en el que incluía el relato de una conversación con Kulikov en el que éste ofrecía datos muy precisos de que habían sido los marineros los que habían realizado la acción criminal.
Once upon a time, pues, los marineros de Krondstadt habían sido devotos comunistas; pero, en realidad, su intenso espíritu revolucionario les había hecho virar, con el tiempo, hacia posiciones más cercanas al anarquismo. El anarquismo, además, se nutría, como ocurrió también en España en la primera mitad del siglo pasado, del descontento de ver que los avances de la sociedad comunista no se producían.
Los marineros de Kronstadt enviaron a una delegación a Petrogrado para hablar con los manifestantes y conocer sus reivindicaciones. Esa delegación regresó apoyando al cien por cien las reivindicaciones de las manifas.
El 28 de febrero de 1921, la tripulación del buque Pretropavlosk elabora un manifiesto que hace público el 1 de marzo. Es éste:
Habiendo oído a los representantes de las tripulaciones enviados por la Asamblea General de las brigadas navales para informarse sobre la situación en Petrogrado, los marineros han decidido:
1.- Dado que los actuales soviets no expresan la voluntad de los obreros y campesinos, organizar inmediatamente reelecciones a los soviets con voto secreto y tratando de realizar una propaganda electoral libre.
2.- Exigir la libertad de reunión y la libertad de organizaciones sindicales y campesinas.
3.- Exigir la libertad de palabra y prensa para los obreros y campesinos, los anarquistas y los partidos socialistas de izquierda.
4.- Organizar, lo más tarde para el 10 de marzo de 1921, una asamblea de obreros sin partido, soldados y marineros de Petrogrado, de Kronstadt y del departamento (provincia) de Petrogrado.
5.- Liberar a todos los prisioneros políticos de los partidos socialistas, así como a todos los obreros y campesinos, soldados y marineros detenidos, de los diferentes movimientos obreros y campesinos.
6.- Elegir una comisión para la revisión de los expedientes de los detenidos en prisiones y campos de concentración.
7.- Suprimir todas las secciones políticas, puesto que ningún partido debe tener privilegios para la propaganda de sus ideas, ni recibir subvenciones del Estado. En su lugar, deben crearse círculos culturales con recursos procedentes del Estado.
8.- Suprimir inmediatamente los destacamentos de control.
9.- Igualar la ración para todos los trabajadores, excepto en los oficios insalubles y peligrosos.
10.- Suprimier los destacamentos de choque comunistas en las unidades militares y desaparición del servicio de guardia comunista en las fábricas. En caso de que estos servicios de guardia sean necesarios, designarlos por compañía de cada unidad militar, teniendo en cuenta la opinión de los obreros.
11.- Dar a los campesinos completa libertad de acción, así como el derecho a tener ganado, que deberán cuidar ellos mismos sin utilizar trabajadores asalariados.
12.- Pedir a todas las unidades militares, así como a todos los camaradas oficiales, que se adhieran a estas resoluciones.
13.- Exigir que se dé en la prensa una amplia publicidad a todas las resoluciones.
14.- Designar una oficina de control itinerante.
15.- Autorizar la libre producción artesanal, sin utilizar trabajo asalariado.
Los quince puntos del manifiesto del Pretropavlosk contienen lo que mucho comunista de oído cree que reivindicaban los comunistas soviéticos en aquellos años; es posible, de hecho, que los marineros de Krondstadt lo pensaran también. En su manifiesto, de hecho, hay mucho marxismo: considerar que sólo los obreros y sus partidos merecen la libertad y poder expresarse (dictadura del proletariado); y la prohibición el trabajo asalariado (asunción básica de la teoría marxista sobre la plusvalía del obrero). Sin embargo, si el marxismo que quizá Lenin podía compartir con ellos está presente, mucho más lo están dos elementos que, lejos de lo que consideran los comunistas de oído, jamás estuvieron en la agenda de los bolcheviques: uno, las consideraciones egalitaristas y anarquistas, que repelían el control estatal; y, otra, la consideración de que todos los revolucionarios tenían derecho al mismo nivel de libertad. O sea, que todos los pajaritos tenían derecho a estar en el nido con el pájaro cuco.
El manifiesto de Krondstadt, lejos de identificarse con el bolchevismo, era un torpedo en su línea de flotación. Un clamor por un cambio en el gobierno en el que los bolcheviques deberían dejar de tener el monopolio.
El 2 de marzo, siguiendo las directrices revolucionarias que habían aprendido en el proceso que luego el régimen soviético sacralizaría como la revolución perfecta, los marineros de Krondstadt eligieron un Comité Provisional, presidido por un marinero llamado Petricenko.
Por lo que se refiere al PCUS, jamás pensó ni remotamente en negociar o acordar nada con los sublevados; que, además, no estaban formalmente sublevados, pues no habían agredido a nadie. Trotsky y Zinoviev fueron designados para gestionar el problema. El 3 de marzo, bajo la inspiración del primero de los citados, los medios de comunicación de Moscú emitieron la noticia de la sublevación en Krondstadt del Petropavlosk, a las órdenes de un fantasmagórico general ruso blanco Kozlovski, que no era más real que Mickey Mouse, puesto que el general Kozlovski, que efectivamente era bastante conservador, había sido precisamente relevado de todo mando por los marineros amotinados. Asimismo, tomando el rábano por las hojas de una forma acojonante, se basaban en el hecho de que un periódico francés (Le Matin) hubiese publicano noticias de la sublevación para concluir que Francia e Inglaterra estaban implicadas en la conspiración, con la ayuda de los socialrevolucionarios.
Lejos de lo que defiende Trotsky a través de estas afirmaciones, todas falsas, la sublevación de Krondstadt no estuvo dirigida por ninguna formación política. Surgió de una forma tan espontánea que se produjo en invierno, es decir en una época en la que los buques no eran operativos por estar helado el mar; cualquier revolucionario organizado habría montado la tangana en primavera o verano. De hecho, los marineros de Kronstadt, aquejaos de un buenismo revolucionario que recuerda en algo a los tiempos presentes, pensaron que su simple ejemplo movería a los demás a unírseles, así pues no tomaron más medida que hacer asambleas. En dichas asambleas se hablaba de un nuevo orden socialista, que sustituiría al orden comunista burocrático.
Con una simpleza que, sin embargo, tiene la virtud de hacerse entender, los marineros de Kronstadt acusaban a la dictadura del proletariado de haberse convertido en dictadura sobre el proletariado. Recuperaban, además, la vieja máxima de Lenin (el desaparecido Lenin) en sus tesis de abril, y que es bien conocida: todo el poder para los soviets. En esas circunstancias, la ideología de Krondstadt viraba a marchas forzadas hacia el anarquismo, y así, para cuando los socialrevolucionarios, a través de Tchernov, intentaron hacerle una OPA al movimiento, ya era tarde. Todo lo que no fuese autogestión les parecía poco.
Trotsky tenía que terminar con Krondstadt para poder convocar el X congreso del partido. El 6 de marzo, esta luminaria de los derechos humanos y las libertades civiles da por escrito orden de preparar lo que haga falta «para aplastar la revuelta y a los rebeldes por la fuerza de las armas».
El 7 de marzo, por la tarde, comenzó el ataque. Aprovechando el terreno de más regalado por el mar helado, las tropas del gobierno (éstas sí, dirigidas, por cierto, un general ex-zarista, Tujachevski) pudieron presentar un frente muy amplio, lo cual hizo difícil, cuando no imposible, la defensa de la plaza. A partir del 8, Trotksy ordena un ataque non-stop, buscando una rendición rápida del puerto que impida la posible rebelión de otros puntos de Rusia. El 16, Tujachevski atacó por el flanco más inesperado, es decir desde el camino de Petrogrado (el área para cuya defensa se construyó Kronstadt). A partir de ese momento, sólo necesitó dos días para tomar la plaza.
Como ya dijo Víctor Serge, Kronstadt marca el momento de la ruptura definitiva entre el anarquismo y el comunismo. Hasta ese momento, ambas ideologías, amalgamadas en su condición obrerista, habían convivido e incluso colaborado. Pero, a partir de ese momento, devienen incompatibles. En Kronstadt, el comunismo como forma de gobierno se muestra con dos características fundamentales: en primer lugar, como gobierno absolutamente pragmático, por lo tanto capaz de la mentira y el engaño con tal de defender sus intereses; en segundo lugar, como régimen totalitario, en el sentido de régimen que no sólo pretende prevalecer sobre los demás, sino que también pretende hacer desaparecer a los demás.
La intelectualidad de izquierdas, por otra parte, se ha pasado todo el siglo XX escribiendo páginas y páginas en las que los marineros de Kronstadt eran tratado con la conmiseración que se le dedica a alquien bienintencionado que, sin embargo, está equivocado. Así, en efecto, son tratados los marineros de Krondstadt: buenos chicos que se empeñaron en no darse cuenta de que Lenin y Trotsky eran dos gobernantes amenazados por potencias exteriores, por la resistencia interior y la amenaza de los rusos blancos; eran, pues, unos pobres chicos que no tuvieron más remedio que acallar todas las voces que no fuesen la suya, meter a los opositores a puñados en las checas, joderle la vida a miles de personas, cuando no asesinarlas.
Todo eso lo hicieron, estos santos varones, porque no tenían más remedio. Y los burros de la Historia, por lo visto, son los marineros de Kronstadt, que no supieron entenderlo.
miércoles, septiembre 14, 2011
Franco y el poder (14: de nuevo, los equilibrios)
domingo, septiembre 11, 2011
La educación, hace cien años

Estos días andan las cosas revueltas en el mundo de la educación. Por otra parte, sé positivamente que alguno de los amables lectores de este blog tiene la profesión de maestro. Un poco por todo esto, he rescatado de mi estantería el folleto cuya portada figura encabezando este post. Folleto que reproduce las intervenciones que se produjeron en el seno de un mitin organizado por los profesores de la escuela primaria, el 13 de julio de 1919. Hace, como quien dice, unos cien años.
¿Qué pedían los maestros (de primaria) hace cien años? En palabras de un dirigente de su asociación apellidado Vecina, pedían "una escuela mejor, un amparo mayor para el niño español, un mejoramiento de verdad para el magisterio nacional".
Se quejan amargamente los maestros en sus intervenciones de ser la hez de la sociedad, algo que justifica el origen de la frase hecha, que claramente pesa sobre ellos como un baldón, que dice "pasas más hambre que un maestro escuela". Al señor Vecina, sin ir más lejos, le duelen los "miserables haberes" del maestro, por los que éstos "recibían a cambio el desprecio de las gentes". El maestro, nos dice su dirigente corporativo, es despreciado por los demás, y eso es algo que sólo cambiará "concediéndonos igual categoría social, lo que en la actualidad equivale a igual categoría económica, que al resto de los funcionarios del Estado". Se quejaban los maestros, por lo tanto, no sólo de ganar poco, sino de ganar menos que otros funcionarios, lo que contribuía a que fuesen vistos como trabajadores de segunda.
Lo dice más categóricamente el señor Casero, representante en el mitin de los maestros catalanes: "si la función del maestro es una necesidad imprescindible en la vida social, que se le retribuya y se le considere, que se le pague y se le dignifique. Si, por el contrario, se cree que se puede prescindir fácilmente de él, que se le suprima". "Nosotros", prosigue el orador de Barcelona, "venimos aquí para decir a todos, rojos y azules [sic], Gobierno y pueblo, prensa y opinión, que es preciso resolver el problema de la escuela y que éste no puede resolverse sin dignificar y retribuir dignamente al encargado de ella".
Estamos en tiempos presindicales, pero el lenguaje de la reivindicación laboral ya fluye. Así, Vecina brama, y el público aplaude: "No creáis que el último de los maestros españoles os está invitando a la rebelión; quien os invita a ella es el propio poder público"; más aún, remacha: "una cosa es el heroísmo, y el heroísmo es cosa voluntaria, y otra cosa es que se nos obligue a ser héroes, y entonces ya no se es héroe, se es esclavo".
Obsérvese la queja con la que comienza su breve disertación la notable feminista vasca, maestra en Madrid ya en los tiempos de este acto, Benita Asas: "resulta anómalo, por no decir absurdo, el que personas dignísimas, sí, pero completamente ajenas a la enseñanza, puedan ser hoy directores generales, consejeros y hasta ministros [se entiende, de Educación]". Juzgue el lector si el tiempo ha borrado esta queja. Como se queja de algo tan aparentemente moderno como los impagos de la Administración Pública. A ella y otras maestras, dice Asas, se les deben aún (1919) unos cursos impartidos en 1912.
El señor Cortés Cuadrado, que de sus propias palabras cabe deducir dirigía en 1919 la Escuela Normal y se dice en el discurso ya valetudinario, abunda en la queja de Benita doliéndose del desprecio de los gobernantes y legisladores hacia la formación del maestro: "es bien raro que aquéllos que promulgan las leyes vengan a quejarse, vengan a decir que el maestro es inculto, cuando, después de todo, aquél es como el Estado lo hizo; y si no es más culto, es porque el Estado o no ha querido, o no ha sabido darle cultura". El tono de la defensa, en todo caso, que es un tono que no desmiente el fondo de la cuestión, da que pensar que en 1919 la acusación de gañanería en la persona de los maestros debía de ser tan frecuente como frecuentemente acertada. De otro modo, la defensa bien habría sido otra. Ítem más: reflejando el enorme esfuerzo de muchos maestros por formarse de forma autodidacta, reconoce Cortés Cuadrado que lo que obtienen de la Escuela Normal es, apenas, una "cultura ínfima".
La mayor parte del contenido de los discursos se refiere al que será el primer punto de la base reivindicativa de la Asociación, presentada en el mitin: más escuelas El maestro, nos dicen los oradores, necesita escuelas. Y de sus palabras cabe deducir las condiciones deplorables en que debían estudiar nuestros abuelos y bisabuelos. Para muestra, este párrafo del señor Cortés Cuarado; párrafo, por otra parte, teñido de un buenismo en torno a la persona del alumno que refleja cierto punto de vista naif:
"Si el niño se negara a ser educado, todo el trabajo del más inteligente y laborioso maestro se estrellaría contra esa voluntad rebelde. Por fortuna, podemos apoderarnos de esa voluntad del niño y podemos hacer que se preste de una manera gustosa a ser un objeto activo de su propia educación. ¿Cómo? En vez de ofrecerle esas escuelas que para él son una prisión oscura y triste, donde se le obliga a permanecer varias horas del día en una inactividad casi absoluta, donde no tiene aire que respirar, ni luz para sus ojos, donde no encuentra más que el tormento de un potro y donde constantemente piensa en el momento de salir de él; en vez de eso, debe ofrecérsele una escuela en donde encuentre todos los elementos que fuera de ella le deleitan y fascinan: luz, aire, árboles frondosos, flores y pájaros, colores y aromas, músicas y cantos, espacio libre donde correr y desarrollarse, espacio también para contemplar la hermosura de los cielos [este punto de la disertación fue interrumpido por los aplausos], y de ese modo veréis cómo ese niño que ahora, naturalmente, se resiste a acudir a la escuela, porque la escuela es un entorpecimiento perpetuo y constante para el cumplimiento de las leyes de la naturaleza del niño, veréis, repito, cómo acude gustoso, ansioso, deseoso de estar ahí el mayor tiempo posible; y en lugar de pensar en el momento de salir, estará prestándose con todas las fuerzas de su alma a recibir gustosa y fructuosamente la acción inteligente y constante del maestro".
Dejo al lector la decisión sobre si ahora que el niño tiene en la escuela luz, aire, cantos frondosos, espacios aromáticos y músicas celestiales, acude a ella gustoso y deseoso de estar en ella el mayor tiempo posible y de recibir gustosa y fructuosamente las enseñanzas del maestro.
Pilar Oñate, de quien he podido saber que en el momento del mitin tenía 30 años de edad, que era maestra por oposición y hablaba francés, inglés, italiano y alemán, es más prosaica y concreta al demandar, para la mejora de la escuela, más dinero. Pero, ojo: "ese dinero es preciso que se emplee en lo que es debido, y que se acabe de una vez ese absurdo, por desgracia tan corriente en España, de que en lugar de buscar personas para los cargos, se busquen cargos para las personas". Otra vez invito al lector a preguntarse sobre si hoy en día, verdaderamente, se buscan personas para los cargos, como reclamaba doña Pilar entre aplausos frondosos.
Me interesa reproducir, del discurso de esta maestra, unas líneas que describen bastante puntillosamente el día a día del maestro de hace cien años:
"A las personas que son ajenas a la enseñanza, es menester que los profesionales les den una idea de lo que representa la vida del maestro. Para serlo ha seguido una carrera de cuatro o cinco años; después ha necesitado hacer unas oposiciones y, cuando al fin está al frente de su escuela, tiene seis horas de trabajo intenso, en que necesita poner su inteligencia, su voluntad, su tacto, su habilidad; trabajo en que no caben desmayos, pues si el maestro desmayara, la escuela vendría a la ruina. Hoy, en todos los oficios se pide la disminución del trabajo. Pues bien: el maestro, después de las seis horas que ha permanecido encerrado en su escuela, cuando las bandadas de pajaritos sueltos marchan a sus hogares, alegrando por un momento la tristeza de las callejas pueblerinas, va a su casa y encima de su mesa encuentra trabajos para corregir, planas que tiene que revisar, trabajos manuales a que tiene que dar una última mano. Nosotras las maestras nos encontramos con labores que tenemos que preparar. Todo esto representa un par de horas del trabajo. Y si el maestro quiere además estar al corriente de lo que en el mundo sucede, perfeccionarse y adquirir mayores conocimientos para que su escuela no marcha como el día que la recibió, sino siempre al compás de las corrientes de los tiempos, necesita también dedicar otro par de horas a estos trabajos y a preparar las lecciones".
Como estamos, ya lo dije, en tiempos presindicales, Pilar Oñate deja brotar de sus labios algunas palabras que hoy sonarán anacrónicas a los dirigentes de la enseñanza:
"Yo deseo que no cesemos en esta campaña que, por decirlo así, ahora se inaugura. Hemos de pedir nuestras justas reivindicaciones, pedirlas sin mendigar, porque la justicia no se mendiga; pero al mismo tiempo sin amenazar, porque la amenaza tiene algo de degradante, puesto que tiene su eficacia en la cobardía ajena. De suerte que yo quisiera, en este momento, aprovechando esta ocasión, hablar de una palabra que ha sonado en los corrillos y hasta se ha hablado algo de ella en la prensa: me refiero a la palabra huelga, que yo quisiera ver borrada de nuestro diccionario profesional".
¿Por qué? Pues porque "la huelga es un arma de indudable eficacia cuando significa la paralización inmediata de servicios; pero reflexionad un momento y decidme: ¿qué representa una huelga de maestros de escuela? Nada, absolutamente nada. Los niños creerían que se habían anticipado las vacaciones. Hace ya algunos años que, gracias a Dios, los maestros de escuela no servimos de tema a piezas del género chico, y una huelga así, creedme, haría que volviéramos a figurar en las revistas cómicas; acabaríamos de la manera peor, cayendo en el ridículo. Supongamos que la huelga se prolongara durante algún tiempo. La nación hasta en los últimos rincones tiene escuelas privadas, en las cuales matricularían a sus hijos los padres españoles. Pues bien: el día que viniera un Gobierno poco amante de las escuelas públicas y deseoso de economías, podría decir: suprimo las escuelas públicas y subvenciono a las escuelas que han recibido a los niños mientras los maestros se declararon en huelga."
Al acto de 1919 asistieron varios diputados, entre ellos al menos dos que serían ministros de Educación (Marcelino Domingo y José Gascón). En general, todos los padres de la patria se emplearon en sus discursos a pasarle la mano por el lomo a los maestros, a justificar de variadas formas los sueldos deplorables que cobraban, y a prometer, que es lo que mejor han hecho los políticos de siempre. Aunque hubo uno cuya intervención, por los propios comentarios del folleto, fue bastante polémica. Se trata de un señor La Portilla (he encontrado un José de la Portilla, diputado por Santander; pero en las cortes de 1854, así pues o es éste mismo hecho un Matusalén, o su hijo, que podría ser, o alguien sin relación) que fue varias veces interrumpido por decir cosas como, atacando la voluntad de los maestros de volverse reinvidicativos: "si la escuela ha de ser centro de rebeldía, que se hunda". No obstante, pudo desarrollar su intervención, porque los mítines decimonónicos, y éste lo es, no son como los nuestros actuales, en los que sólo encontramos gentes que dicen lo que queremos escuchar. A los mitines de entonces no sólo se invitaba a personas de otras creencias, sino que se les dejaba hablar y se les escuchaba.
Eso sí, La Portilla montó la mundial cuando propuso que se formasen comités provinciales para decidir dónde era necesario construir nuevas escuelas; y propuso, además, que dichos comités estuviesen formados por maestros y (cursiva mía) "dos autoridades que creo son indispensables por su prestigio y su fuerza positiva social, que son el gobernador y el obispo". De alguna manera, y aunque nadie los cite en los discursos, los intereses de la Iglesia andan detrás de todo lo que en esa mañana de julio se dijo en el Teatro Centro de Madrid. Inmediatamente después de La Portilla, otro padre de la patria, de apellidos Requejo Velarde, se queja de que aún haya que terminar con (ojo con el orden) "la vergüenza de que sea España una nación donde vivan misérrimamente los curas, donde el labrador está abandonado y continuamente cortejado por el desamparo oficial, donde el maestro se muere de hambre". Este señor clama también, entre aplausos: "¡Es triste que mientras en España no hay escuelas se levanten cines, donde enjambres de niños se corrompen!" Anda que, si llega a conocer las videoconsolas, le da un parraque...
Terminemos. José Gascón y Marín, aragonés, futuro ministro de Educación, sentencia: "¿qué es la escuela en España? En las cuatro quintas partes de la misma, almacén de niños".
Juzgue el lector si en esto se ha avanzado.
Y, bueno, por hacer una referencia al presente, me limitaré a decir que me llama un poco la atención que en todo el conflicto sobre la educación en España, las inversiones que demanda, el salario de los maestros, etc., haya un colectivo de españoles a los que nunca se nos pregunta nada: aquéllos que no tenemos infantes en la escuela, pero que, recuérdese, de todas formas la pagamos. En la más cutre de las comunidades de vecinos se deja que el del bajo pueda opinar sobre qué tipo de ascensor habría que poner.
jueves, septiembre 08, 2011
Franco y el poder (13: la solución tecnocrática)
sábado, septiembre 03, 2011
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miércoles, agosto 31, 2011
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domingo, agosto 28, 2011
Falsas historias
Que en el mundo siempre ha habido caraduras es algo que nos dijo Santos Discépolo hace más de un siglo. Sin embargo, una de las cosas que aceptamos con facilidad es que todo lo que pertenece al pasado es como nos llega descrito, sin pararnos a pensar que los hombres de la antigüedad tenían la misma falta de escrúpulos que tenemos nosotros hoy en día. De hecho, ésta es una limitación insalvable de la Historia conforme se refiere a periodos más antiguos, por cuanto, más atrás en la edad del hombre, los testimonios se hacen más escasos y, además, la probabilidad de que los que hayan sobrevivido sean creaciones interesadas es mayor. En efecto, las creaciones de la propaganda tienen la virtud de ser ampliamente distribuidas, lo cual mejora sus posibilidades de haber sobrevivido al paso del tiempo. Es, por ello, bastante difícil que nos podamos hacer una idea cabal de lo que ocurrió en muchos periodos de nuestro pasado.
Pero hay un paso más, que es aquél en el cual los contemporáneos de los hechos hoy narrados como parte del pasado intentaron cambiarlos deliberadamente. En este punto, entramos en el terreno de las falsificaciones. Contra lo que se pueda pensar, el pasado del hombre está petado de falsificadores y falsificaciones; lo que ocurre es que, muy a menudo, han sido descubiertas porque la falsificación perfecta, como el crimen perfecto, casi no existe. Hoy quiero hablaros de esas falsificaciones y, precisamente porque son muchas, me centraré sólo en tres; dos de ellas por su elevada importancia histórica; de hecho, ambos casos nos deben hacer reflexionar, porque vienen a demostrar que una mentira puede llegar a mover la Historia. La tercera la cito porque se produjo hace tan poco tiempo que muchos somos contemporáneos de la misma.
La primera, y probablemente, mayor falsificación de la Historia es la perpetrada por un Papa, Esteban II. El bueno de Stephen, como casi todos los vicarios de Cristo, vivía en Roma y defendía, de consuno, la primacía política y espiritual de la sede romana. Pero tenía un problema. En el siglo VIII en el que vivió, el Imperio Romano, que era la organización política de referencia para el mundo occidental (tanto que, décadas después, Carlomagno lo resucitaría) se había dividido en dos grandes comunidades autónomas: el imperio occidental, con centro en Roma; y el oriental, con centro en Costantinopla y que conocemos como Bizancio.
Bizancio, que en su inicio era como una sucursal imperial, resultó ser una organización política y social mucho más dinámica que la vieja Roma, invadida de godos y querellas. A su manera iba desarrollando su propia religiosidad, lo cual lo alejaba de la disciplina del de blanco; y, sobre todo, desarrollaba un gran poder temporal alrededor de su emperador, que se consideraba por encima del papal. Los emperadores de Bizancio, en efecto, musitaban en privado aquello que Stalin dijo del Papa en Yalta: «¿Tan poderoso es? ¿Cuántas divisiones tiene?»
Esteban sabía que sólo era cuestión de tiempo que el papado acabase atraído por el centro de poder bizantino, lo cual le haría perder toda su autonomía. Así pues, hizo llamar a sus mejores amanuenses, los cuales elaboraron la llamada Constitutio Constantini, un documento falso de toda falsedad pero sin el cual difícilmente existiría hoy la cúpula de San Pedro levantada por Miguel Ángel.
En la conocida como donación de Constantino, el emperador romano afirma que abandona Roma para no tener que ejercer su poder en la misma sede que el Papa (de aquella, Silvestre I), pero ofreciendo antes a éste la abdicación de su corona; esto es, donando al Papa el Imperio.
La donación de Constantino fue publicada en el año 754, esto es 430 años después de que Constantino realizase dicha teórica donación, sin que nadie, al parecer, se preguntase seriamente por qué había estado más de cuatro siglos perdida. Y es un documento de grandísimo valor porque es en él en el que se ha basado todo el poder temporal de la Iglesia Católica hasta, como poco, el siglo XV. Por mor de la donación de Constantino, todos los reyes de Europa, emperadores incluso, no dejaban de ser usufructuarios de un derecho que en realidad reposaba en las manos del Papa, pues era a éste a quien se le había legado el poder imperial. Obviamente, con la llegada en el Renacimiento del concepto de nación, de rey responsable ante Dios y ante la Historia y bla, éste entra en directo conflicto con el concepto de la donación, con lo que el poder temporal del papado comienza a diluirse; pero para entonces el Vaticano ya era una institución tan rica como influyente, capaz de asentarse en otras pilastras para permanecer.
La donación de Constantino es también la base del teórico derecho papal de posesión de Roma e incluso de casi toda Italia, que sustentó la creación de los Estados Pontificios y aún en la segunda mitad del siglo XIX fue un serio obstáculo para la creación de la nación italiana.
No fue hasta el siglo XV que un docto italiano, Lorenzo Valla, demostró la falsedad del documento, a base de profundizar en el latín del mismo que, demostró, no podía haber sido usado por Constantino por contener usos y giros impropios de su era. O sea, más o menos que como si alguien se inventase ahora una pretendida carga de Robespierre a los españoles en la que utilizase palabras como troncos, guay, o fistro. Desde la propia iglesia, Nikolas Krebs, al que conocemos más como Nicolás de Cusa, fue quizá el primer teólogo que afirmó la falsedad del documento.
En 1868, un tal Hermann Gödsche, escritor que firmaba con el seudónimo Sir John Retcliffe, publicó una novela, titulada Biarritz, en la que lanzaba la idea de que la existencia de un grupo secreto de judíos que pretendía la dominación del mundo. Gödsche, sin saberlo, había puesto la primera piedra de la segunda gran falsificación de la Historia, que habría de ser enormemente sangrienta.
Todo surgió en los desagües de la Rusia zarista autocrática. En los inicios del siglo XX, el zar Nicolás II vivía bajo la creciente preocupación de los grupos subversivos, anarquistas, socialistas, nihilistas y mediopensionistas, que cada vez eran más pujantes en el país y ya algún año antes se habían llevado por delante a algún monarca. Debió de pedir a sus especialistas en espionaje que hicieran lo necesario para parar aquello, y algunos de estos espías decidieron que una forma de mantener al pueblo ocupado y lejos de las teorías revolucionarias sería buscarle un enemigo (esto no es nuevo; los nacionalismos viven de esto los días pares, y los impares, también). Conociendo la idiosincrasia del ruso medio, este enemigo no podía ser otro que los judíos. Cualquiera que ocupe dos minutos en leer la historia eslava comprobará que, en efecto, los judíos son los maketos de Rusia.
En las cloacas del zarismo, probablemente, se redactaron los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, que se dieron a la luz pública en 1903 y se supone contenían las comunicaciones realizadas en una reunión secreta de la Sociedad de los Sabios de Sión, o sea el Club Chorrenberg de la época. Esta reunión, se decía, había tenido lugar en 1879 en Basilea, y de la misma había salido un programa para la dominación del mundo por los judíos (una vez más, nunca se explicó por qué dicho programa estuvo 25 años durmiento el sueño de los justos). Concretamente, según los protocolos los planes hebreos eran: corromper a la juventud «mediante una educación subversiva»; dominar a los pueblos a través de sus vicios; acabar con la institución familiar, desacreditar la religión, activar la lujuria y «mantener divertidas a las gentes para impedirles pensar», entre otras cosas. Por supuesto, también se proyectaba realizar la bancarrota internacional.
Hay que reconocer que les ha salido de coña. Aunque, bueno, también puede ser que los protocolos sean un ejemplo más de eso que las pitonisas y mediums de vía estrecha hacen cada lunes y cada martes en la tele y en la radio: a base de contarte cosas obvias, te dan la impresión de que saben la hostia sobre el futuro.
Cierto es que Nicolás II se acabó giñando, al ver el resultado de la campaña, y ordenó retirar los libros de la circulación; para entonces, sin embargo, los protocolos ya habían sido traducidos y media Europa los creía. En 1921, un periodista británico, Philip Graves, demostró la falsedad de los protocolos, en 1935, una corte suiza, a causa de una demanda de la Unión de Comunidades Israelitas, dictaminó judicialmente su falsedad, sentencia que fue ratificada en apelación en 1947. Pero para entonces daba ya igual. Muchas personas los creyeron, y los creen incluso (ya en los setenta, el rey Feisal de Arabia Saudita obsequiaba a sus visitantes con un ejemplar; y no hace ni un mes que he pillado un mensaje en un muro de Facebook que los citaba).
Entre los creyentes se cuenta un desclasado nacido en Linz, que probablemente los leyó durante su primera residencia en Munich, cuando vivía casi como un sin techo y se sostenía, apenas, a base de vender copias al carboncillo de monumentos de la ciudad que él mismo pintaba. Ese joven decía llamarse Adolf Hitler, y al calor de la pretendida necesidad de reaccionar a la conspiración judía mundial, asesinó a tres millones de personas y dictó la más cruel legislación xenófoba de los tiempos modernos en el mundo occidental.
Pero no siempre los intereses de la falsificación son la propaganda y el poder. Las más de las veces, es el dinero. Quizá el mayor falsificador por pasta del que tiene idea la Historia sea el francés Denis Vrain-Lucas, quien llegó, él sólo, a crear en sólo tres años más de 27.000 documentos falsos, que incluían desde cartas de Julio César hasta confidencias de la corte barroca francesa, y que vendía a muy buen precio antes de ser descubierto. Con todo, el escándalo crematístico que mejor recordarán algunos de mis lectores será el que perpetraron un periodista, Gerd Heidemann, y un peripatético anticuario, Konrad Kujau. Kujau era un conocido nostálgico del nazismo; tenía una tienda de recuerdos nazis en Stutgardt, y era muy aficionado al saludo fascista. Ya de natural falsificador, cuando se registró su casa se encontraron en la misma cuadros falsos de Goya, Durero o Rembrandt.
Heidemann puso sus contactos en una revista importantísima alemana, Stern, y Kujau sus conocimientos sobre Hitler. Juntos, crearon los diarios del Führer, hasta un número de setenta cuadernos. El anuncio del descubrimiento conmocionó a la Alemania de finales de los setenta. El gobierno alemán exigió pruebas, con lo que al instante se inició una larga batalla con la revista que culminó con la entrega por parte de ésta de siete de los setenta cuadernos. Del análisis de dichos cuadernos quedó establecida, sin lugar a dudas, la falsedad de los diarios.
Dos fueron las pistas que llevaron a los investigadores a esta conclusión. En primer lugar, como en la donación de Constantino, el lenguaje presuntamente utilizado por Hitler en sus diarios era incompatible con el de un austríaco de formación bávara de principios del XX (aparte de que, en algún cuaderno, Kujau había metido la pata y resultaba que Hitler comentaba hechos que se habían producido después de su suicidio; pero esto no hacía sino alimentar a los mistabobos que opinaban que Hitler estaba vivo). La segunda pista era más moderna: ni el papel, ni la tinta, ni el cordón, ni el lacre de los presuntos cuadernos era el de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, sino más moderno. Además, estaban los testimonios de la vida del dictador alemán. En primer lugar, no tenía sentido que Hitler comenzase a escribir un diario en el año 33, dado que su actividad política había sido frenética ya con anterioridad. Por lo demás, personas que convivieron con él dejaron bien claro en sus memorias que Hitler odiaba escribir a mano; sin mencionar en el hecho de que, en los últimos años o meses de su vida le habría sido penosamente difícil hacerlo por el mal de Parkinson galopante que sufría.
Los falsificadores fueron finalmente juzgados y condenados. Pero llegaron a cobrar 3,75 millones de dólares de la revista alemana, y los derechos de publicación de los diarios se subastaron en todos los países. Los compró Paris-Match, el semanario italiano Panorama y The Sunday Times. ¿En España? Pues en España hubo una subasta a la que se presentaron la agencia Efe (hay que joderse; con dinero público) y las revistas Hola, Cambio 16 y Tiempo, resultando ganadora ésta última, que apoquinó 21 millones de pesetas de la época.
No estoy seguro, pero creo que la memoria no me falla si digo que algún «cuaderno» llegó a publicarse por parte de la revista, pero ésta suspendió la publicación a las pocas semanas, una vez que el engaño fue ya innegable.