Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica
Una vez más y, la verdad, ya no sé cuántas van desde que llegó a ser emperador, Luis Napoleón firmó una cosa, pero buscaba otra. Sus intenciones en México eran muy distintas de las que le había dicho a los ingleses (y había firmado) que eran. Desde los lejanos tiempos de la prisión de Ham, donde las toneladas de tiempo libre que disfrutó le dieron para pensar en muchos temas, el emperador estaba convencido de que Francia tenía mucho que ganar si aprovechaba los problemas internos mexicanos para establecer en Centroamérica una monarquía católica y latina, que se opusiera como poder a los Estados Unidos protestantes y anglosajones. Enseguida pensó en que el soberano de esa monarquía podría ser Maximiliano, el hermano del emperador Francisco José de Austria.