domingo, julio 03, 2011

El siglo (Tiburcio ataca de nuevo)

Me manda un post Tiburcio que repostea otro mío. No está completo, pero lo completará en las próximas horas. Aquí está, en todo caso, lo que hay hasta el momento.

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Me gusta cómo escribe JdJ hasta cuando se equivoca, como ocurre cada vez que me rebate.

A nivel geopolítico los próximos años estarán marcados por la crisis sistémica en la que estamos entrando. Crisis sistémica es como llaman los enterados a una crisis del carajo. En mi opinión los elementos principales de esta crisis serán:

+ La crisis económica: sólo conozco a dos tipos de personas que afirman que la crisis económica que empezó en 2007 se ha terminado: los políticos, que no saben cómo salir de ésta, pero tampoco quieren alarmar a los votantes, y los periodistas de The Wall Street Journal”porque a Murdoch y a unos cuantos más les ha ido muy bien en estos años.

Resumiendo un poco las cosas. La crisis de las hipotecas basura norteamericanas se extendió a medio planeta porque los maestros en ingeniería financiera (que solían ser llamados estafadores, antes de que el neoliberalismo económico triunfase) habían ideado métodos para diversificar riesgos que lo que hicieron fue aumentarlos. La idea base es que si creo un producto que englobe hipotecas malas, regulares y buenas, por arte de birlibirloque consigo que las hipotecas malas se contagien de la bondad de las hipotecas buenas. En la práctica lo que ocurría es que eran productos tan complicados que el comprador no tenía ni idea de lo que realmente estaba comprando. Esos productos al final funcionaron como células cancerosas, que transmitieron el cáncer del mercado hipotecario norteamericano al sistema financiero de medio mundo.

En la segunda mitad de 2008 el sistema financiero occidental estuvo a punto de irse al carajo y sus banqueros de irse a la cárcel. Lo segundo era menos lamentable que lo primero. Se sabía que había mucha deuda incobrable en el sistema, pero los nuevos productos financieros habían enturbiando tanto las aguas, que nadie sabía quién la tenía. Los Estados resolvieron la situación inyectando dinero a los bancos. Nos salvamos del peligro de la quiebra del sistema financiero para caer en el abismo de la deuda de los Estados. En otras palabras: el contribuyente corrió con la factura de los banqueros, que no habían sido diligentes en los años anteriores y habían permitido que todo esto ocurriera.

La situación a la que hemos llegado en 2011 es jodida. Los Estados occidentales tienen unas deudas elevadísimas, lo que hace que la tradicional receta keynesiana de inyectar dinero en la economía vía gasto público no sea aplicable. Si la economía se tiene que recuperar, tendrá que hacerlo por sus propios esfuerzos (demanda interna), porque por la vía del gasto público o por la del comercio exterior (cuando la mitad de tus clientes lo están pasando igual de mal que tú) no podrá. Ahora bien, en un contexto de elevadas tasas de paro, bajada de los salarios y recorte de los beneficios sociales, ¿quién se va a poner a consumir?

Los capitales especulativos que tanto tuvieron que ver con la burbuja inmobiliaria de la primera década del siglo, andan a la búsqueda de nuevas burbujas. Lo de tener rentabilidades del 0’25% (tipo de interés del Fed norteamericano) no mola cuando la inflación es del 3’6% y te acostumbraste a beneficios del 15% durante los años del boom inmobiliario. Desde que reventó la burbuja inmobiliaria en EEUU y Europa ha habido subidas sospechosísimas de precios en: los alimentos, el petróleo, el oro, los bienes inmuebles en Asia… Algo me dice que hay capitales esperando que se repitan los pelotazos de la década de los 90 y los inicios de los 2000. Lo malo es que si vuelve a pinchar la burbuja, papá Estado ya no tiene dinero para venir a rescatar a los inversores, a los especuladores y a los estafadores.

Para terminar de complicar las cosas, tenemos el dólar norteamericano, que desde 1971 ha funcionado como la divisa de referencia y la divisa refugio. Hace ya algún tiempo que muchos se preguntan si se pueden fiar de una divisa emitida por un país tan endeudado como EEUU que, además, ha recurrido a su manipulación para salir de la crisis. EEUU sigue teniendo unos activos que le hacen atractivo: es la primera economía mundial; tiene estabilidad política; no suele dar sorpresas demasiado desagradables a los inversores extranjeros. A eso se añade que no hay alternativas creíbles al dólar en estos momentos. Pienso que las debilidades del dólar se harán cada vez más evidentes, a medida que se vea que la economía norteamericana no consigue recuperarse. Tal vez a medio plazo acabemos funcionando con algún tipo de cesta de monedas en la que el dólar tenga un papel preponderante, pero no único.

Vuelvo a resumir: nos esperan económicamente unos años de Estados endeudadísimos, con poco margen de maniobra; sistemas financieros tocados del ala (sospecho que si supiéramos más cosas de los balances bancarios no podríamos dormir por las noches); demanda interna renqueante; tasas de desempleo enormes; sueldos reales deprimidos (menos para los banqueros) y brutales desequilibrios mundiales.

+ La crisis demográfica que va acompañada del cambio en la pirámide de edades a la que aludía JdJ. Nadie sabe cuántos seres humanos puede acomodar el planeta con un nivel de vida decente, aunque parece que estamos decididos a descubrirlo por nosotros mismo vía polvos sin condón. Se calcula que en los próximos meses podríamos alcanzar los 7.000 millones, algo por delante de lo que decían algunos pronósticos que nos daban un par de añitos más antes de que alcanzáramos un número tan redondo. Cierto que las tasas de fertilidad están bajando en todo el mundo, pero dudo que lo hagan a una velocidad tal que impidan que para el 2050 seamos como poco 9.000 millones. Desde el siglo XVIII cada vez que los maltusianos han gritado con alarma que el ritmo de crecimiento de la población era más rápido que el de creación de recursos, han venido los avances tecnológicos a desmentirlos. Puede que ocurra lo mismo en el siglo XXI o puede que no. Un romano del siglo II d.C. también tenía derecho a pensar que el limes resistiría a los bárbaros como había venido haciendo durante los 200 años precedentes.

El tema de la pirámide poblacional es bastante jodido y tiene un agravante: carecemos de precedentes históricos que nos indiquen lo que cabe esperar. No sabemos bien cómo puede ser una sociedad donde más de la tercera parte de la población tengan más de 65 años. La experiencia más parecida en la japonesa de finales del siglo XX, que además se les juntó con una burbuja reventada, y no resulta muy apetecible.

Por cierto que en algunos países de Asia, a ese mogollón del envejecimiento de la población se le sumará el de la falta de mujeres. Las ecografías han permitido la realización de abortos selectivos, cuando lo que viene es una niña en lugar del ansiado varón. Es más limpio que el infanticidio. El resultado es que en varias partes de Asia ya se ha empezado a notar la falta de mujeres. El caso más extremo es el de la ciudad de Lianyungang en China, donde nacen sólo 100 niñas por cada 163 niños. Los efectos los veremos muy pronto, cuando todos esos niños alcancen la pubertad. Por orden de más a menos probable puede ocurrir: 1) Que tengan que importar mujeres para emparejarse (ha ocurrido regularmente en Asia y mientras no se sequen las fuentes de suministro…): 2) Que se produzca un aumento de la violencia social, porque lo de tener 18 años y no poder echar un quiqui irrita al más apacible; 3) Que se multiplique lo que se denomina la homosexualidad situacional: a falta de pan, buenas son tortas.

Finalmente, está la cuestión de los desequilibrios. Unos no se reproducen nada (los europeos, por ejemplo) y otros no paran de parir (los africanos subsaharianos, por ejemplo). Por más controles aeroportuarios que pongamos y más pateras que paremos, no se pueden poner puertas al campo: los que se reproducen con mayor entusiasmo, que suelen ser también los que vienen de países más cutres, desean emigrar a sociedades ricas y con déficit demográfico. ¿Cómo reacciona una sociedad cuya composición demográfica cambia drásticamente en dos o tres décadas? Mal, si nos atenemos a los ejemplos francés y británico.

+ El cambio climático: Podremos discutir si es culpa humana o no, pero lo que resulta indiscutible es que el planeta se está calentando a ritmo allegro y troppo. Incluso parece que el ritmo del calentamiento va en aumento. Me pregunto si no existe el peligro de que el calentamiento adquiera vida propia, que no haya mecanismos naturales o humanos que lo frenen y que un día nos encontremos con que las playas de Siberia con sus 40 grados a la sombra son un lugar demasiado caluroso para pasar el verano. Para quienes piensen que pase lo que pase la Tierra seguirá siendo un lugar hospitalario para la vida, tengo malas noticias. Los científicos piensan que durante sus primeros mil millones de años Marte tuvo un clima como el de Torrevieja y que el Venus primigenio hubiera sido un buen lugar para que el Club Mediterranée colocase un resort. Hoy Marte es un desierto con temperaturas bastante por debajo de los cero grados y si vas a Venus y te asfixian sus 460 grados de temperatura, espera a que llueva un poco de ácido sulfúrico y se refresque el ambiente.

El cambio climático ya nos está causando problemas del carajo, tantos que hasta lumbreras como el ex-Presidente Bush han empezado a reconocer que después de todo puede que sea un poco marroncete. Entre estos problemas podemos señalar: inundaciones, sequías, cosechas más irregulares y, en general, menores, enfermedades tropicales que se aclimatan a nuevas latitudes, extinciones masivas… ¿Qué se está exagerando lo del cambio climático? Puede, pero en la duda, prefiero ponerme del lado de los que exageran, que no tomármelo en serio. Si en 2100 descubrimos que los alarmistas tenían razón, será demasiado tarde para remediarlo. Como curiosidad, puedo aconsejar a los interesados el libro “Colapso” de Jareed Diamond, que describe varias civilizaciones a las que los desastres ecológicos que ellas mismas habían creado se las llevaron por delante.

Y mañana me meto con mis pronósticos geopolíticos.

jueves, junio 30, 2011

Franco y el poder (5: a lo tonto, a lo tonto, voy y me lo monto)

Todas las tomas de esta serie:

Tras el 1 de abril de 1939 y el final de la guerra, el general Francisco Franco, máximo urdidor de la estrategia que lo ha llevado a ser la cabeza indiscutible de un Nuevo Estado que apenas tres años antes tenía candidatos mucho más netos, no sólo no hace el menor gesto de considerar su jefatura provisional y, consecuentemente, consumida tras la victoria, sino que se mueve rápido para quedarse aún más solo. De alguna manera, el 31 de marzo de 1939 todavía puede haber algún incauto analista en el bando nacional que piense que Franco aceptará ser un dictator a la romana, esto es una persona dotada de un imperium especial para ganar una guerra, pero carente de la auctoritas de un gobernante en tiempos de paz. Lejos de ello, sin embargo, la paz será el gran beneficio de Franco; y el chantaje de su pretendida fragilidad, su gran aval.

El siglo (III)

El siguiente pequeño capítulo en la historia de la relación entre Franco y el poder, aquélla que cuenta cómo el caudillo siguió dando codazos para hacerse sitio bajo la canasta inmediatamente después de terminada la guerra, está ya casi terminada y sólo le falta apuntalar un par de datos. Dicho lo dicho, no obstante, el artículo escrito por Tiburcio y que colgué el miércoles me ha parecido muy interesante, y no me puedo resistir a apostillarlo en alguna medida.

Y apostillo porque hay algunas cosas que no comparto del todo. Por ejemplo, el concepto de que nuestros avances han comenzado a ir más deprisa que nuestro ingenio. Yo en esto tengo una visión más optimista. El error de apreciación en este punto estriba en olvidar algo que Tiburcio dice en su post, y que no por simple se deja de obviar: hoy somos muchos más que ayer, y mogollón más que antes de ayer. Por lo tanto, parece que la Humanidad es más destructiva que nunca y, si bien ello es verdad en términos absolutos, no lo es tanto en términos relativos.

Los españoles de los siglos XX y XXI, con toda nuestra especulación inmobiliaria que ha mandado, dicen algunos, nuestras costas a tomar por saco, no hemos cambiado nuestro país ni la mitad de lo que lo cambió el imperialismo naval hispano que, en apenas unos pocos siglos, se llevó por delante buena parte de la riqueza boscosa de la península. Esto es así, entre otras cosas, porque Felipe II no repoblaba lo que talaba, y nosotros repoblamos nuestros bosques. En mi opinión, el mundo se estaría enfrentando a ese horizonte apocalíptico que dibujan muchas organizaciones ecologistas si la Humanidad, hoy, tuviese las intenciones de Felipe II y las capacidades de Zapatero. Pero no es el caso, porque la Humanidad ha sabido entender, mutatis mutandis, las consecuencias de tener cada vez más capacidad de cambiar las cosas.

A todo ello se une un principio moral que tiene su aquél, que se podría enunciar así: ¿por qué la conservación del medio ambiente tiene que ser el límite del progreso? La respuesta a esta pregunta es bastante obvia para un ciudadano de clase media de Hamburgo; pero Hamburgo no es el mundo.

Imaginemos que es cierto que la temperatura de la Tierra va a subir dos grados; imaginemos que esto será así por los cienes y cienes de miles de miles de toneladas de C02 que se van a verter a la atmósfera en los próximos cien años. Un residente en Barcelona, probablemente, considerará esto intolerable. Pero si le preguntamos a un ciudadano de Namibia, quizá nos diga: «oye, depende. Porque si todas esas emisiones industriales se van a hacer para que mi país se desarrolle y yo pase de tener una renta per cápita negligible a un nivel de vida europeo, pues que le vayan dando por culo a la temperatura de la Tierra». Así las cosas, ¿por qué la situación actual del planeta es la que hay que conservar? La respuesta habitual es aquélla de: porque es la herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos. Ya. Pero, ¿seguro que el tipo que ahora mismo tiene la expectativa de dejarle en herencia a su hijo un país sin futuro, una economía casi de la Edad de Piedra, corrupción, dictadura, guerras, violaciones y hambre, piensa lo mismo?

Es porque pienso que a los africanos no les va a parar el milenarismo del camjbio climático por lo que postulo la idea de que África protagonizará el «milagro económico» del siglo XXI, aprovechando las limitaciones europeas a la actividad industrial y la relativa saturación de los gigantes asiáticos y latinoamericanos, lo que le permitirá buscar su lugar bajo el sol. El siglo XXI va a cambiar, en buena parte, la faz de la cooperación internacional: primero fue darle de comer; luego fue enseñarle a pescar; y ahora será dejarle que produzca rodamientos a lo bestia. Y aquí no hay nada que imaginar; es lo que hemos hecho con China, sin ir más lejos.

Esto hará desaparecer, quizá, los gorilas, ciertamente. Pero un futuro presidente congoleño bien nos podrá decir a los europeos: cuando usted se apioló a todos los uros de su continente, a todos los osos, yo no dije nada, así que ahora déjeme usted en paz.

Por lo demás, el problema del siglo XXI no es, Samsa dixit, la superpoblación, a mi modo de ver, sino la estructura de la población. Los demógrafos parecen estar de acuerdo en que la longevidad en los países desarrollados (y no tan desarrollados; véanse, sin ir más lejos, las estimaciones demográficas a medio plazo de la ONU para América Latina y el Caribe) se desplaza a un ritmo relativamente regular, sin que le veamos aún el techo. La longevidad humana se asemeja al salto de pértiga: uno siempre piensa que habrá un límite, que habrá un listón que ya nadie pueda saltar, pero acaba surgiendo un Bubka que va y lo pasa. Hace años escuché una conferencia de un tipo que decía que el hombre está estructuralmente preparado para vivir mil años. Del yuyu que me entró casi me hago monje.

Humoradas aparte, por lo que he podido leer, si existe una clara tendencia de la longevidad, no está tan clara en lo que se llama EVLD, Esperanza de Vida Libre de Discapacidad. Hay datos que sugieren que la EVLD se desplaza con la EV a secas (es decir, que el número de años en los que el hombre debe soportar ceguera, sordera, invalidez, Alzheimer o similar permanece más o menos estable). Pero también hay otros datos que sugieren que se estanca mucho más que la EV: esto es, el hombre cada vez vive más, pero eso quiere decir que cada vez vive más años necesitando de otros para muchas cosas, todas incluso.

El problema demográfico, por lo tanto, es que el perfil de gasto del hombre medio (occidental) está cambiando. Hasta ahora, el humano acomodado medio gasta cada vez más con los años hasta alcanzar un pico más o menos en la cuarta década de la vida, que es cuando se casa, tiene los hijos, se compra el piso, sale por ahí de farra, se hace las vacaciones de puta madre de las que saca plúmbeos videos de cuatro horas… etc. A partir de los cuarenta la cosa cambia, con la excepción de las crisis pitopáusicas que generan divorcios y adquisiciones de vehículos con tracción a las cuatro ruedas. A partir de los cincuenta, puesto que la pulsión de gasto se modera y los hijos ya se han ido de casa, el gasto se modera aún más y con la jubilación el humano medio ingresa en un entorno más modesto aún, de escasas necesidades y también recursos más escasos.

La evolución asimétrica de EV y EVLD genera que esta dinámica cambie y genere unos últimos años de la vida en los que, en realidad, el perfil de gasto, lejos de moderarse, se dispara. El anciano de cuarta edad de hoy en día demanda centros de día, residencias, ayudas de terceras personas, pastillas, aparatos, rehabilitación, y toda la pesca. Esto cuesta dinero, y ese dinero debe teóricamente generarlo quien está en el momento de la vida en el que ya no genera, sólo consume.

Estos días de discusiones de altura sobre la economía española, el Estado de la Nación y de las JONS, escuchamos mucho decir eso de que la clave de la competitividad está en la productividad. Cierto es; pero menos que antes. Aumentar la productividad no es lo que nos hace competitivos; es, más bien, una conditio sine qua non para serlo. A mi modo de ver, la clave de la competitividad del siglo XXI estará en ser capaz de activar las potencialidades de las personas más mayores, y gestionar con habilidad sus necesidades. Dicho de otra forma: el país competitivo del 2060 será aquél país que no tenga que transferir a su tercera y cuarta edad más de un X% de su PIB, bien porque haya desplazado el concepto de tercera edad (como se está haciendo en casi todos los países y se quiere hacer en España); bien porque haya desdibujado la frontera entre vida activa y vida pasiva (eso de la flexiseguridad); bien porque generalice la eutanasia activa prescrita por el Ministerio de Asuntos Sociales (solución Hitler); bien porque se las arregle de alguna otra forma. En suma, yo no veo guerras en el siglo XXI porque en el siglo XXI lo importante no será tanto tener ejércitos potentes como retaguardias que no te retarden demasiado.

La otra cosa que no veo clara en la visión tiburciana y que me gustaría apostillar es eso de la globalización. En primer lugar, la globalización nos ha traído una parte de la crisis que ahora estamos viviendo (otra parte la han traído los políticos; por ejemplo Clinton, con su decisión sobre los límites de las operaciones hipotecarias de sus entidades semipúblicas, que origina la crisis subprime), pero también nos ha traído los periodos de crecimiento económico más largos y estables que casi recordamos.

En segundo lugar, como también apuntaba en mi post, la globalización, como fenómeno sociocultural, ha fracasado. El hombre del siglo XXI se siente más catalán, ruteno, kurdo o de Orcasitas que nunca. Creo recordar, escribo de memoria, que Saladino era kurdo de origen y aglutinó bajo su alfanje a todo tipo de musulmanes que se unieron por el objetivo común de echar a los infieles de Palestina. Hoy por hoy, en Palestina hay otros infieles, hebreos, y estos mismos musulmanes se han demostrado incapaces de echarlos, quizá porque ni los kurdos ni, un suponer, los suníes iraquíes aceptarían ir juntos ni a comprar lotería. ¿Dónde está la globalización?

El problema del siglo XXI es centrífugo. Eso que los libros llaman Edad Moderna, que no sé muy bien lo que es la verdad, lo concibo como el inicio de la pelea entre dos grandes concepciones de comunidad: la basada en los intereses compartidos y una idea de bien común (la nación); y la sociocultural, basada en el elementos inmateriales de cohesión como la lengua, la cosmovisión, la costumbre de comer con tenedor o con palillos, etc.

El siglo XXI está viendo el final de esa lucha, que ha ganado de largo la segunda de las alternativas. Ésta es la razón de que el concepto de nación, Zapatero dixit, sea discutido y discutible; mientras que nadie discute un concepto que hasta hace dos telediarios era un fistro diodenal, como la lengua propia.

La Humanidad se fragmenta, y esa fragmentación podría verse como una medida de protección contra sí misma. Es como si la sociedad mundial se diese cuenta de que el concepto de nación (y su expresión oligopolística, que es el concepto de imperio o potencia) crea monstruos, Godzillas que se lo comen todo, y se defiende fragmentándose. Porque Rusia podrá ser la polla de Montoya, no lo dudo; pero ni modo esa geometría fractal de nacionalidades de que se compone hoy el antiguo territorio de la URSS se puede comparar con el nivel de poder e influencia que tenía ésta. El poder de A más el poder de B más el poder de C no es equivalente al poder de A más B más C.

Quizá por eso creo que Estados Unidos está lejos de perder su posición mundial prevalente: porque es una nación que hizo su guerra civil en el momento justo, con las elevadísimas dosis de violencia necesarias como para que a nadie le quedasen ganas de repetirla y, consecuentemente, es una nación que muestra una enorme resiliencia frente a estas tendencias centrífugas; es más: de las tendencias centrífugas del Canadá, con el tiempo, puede acabar sacando petróleo (bueno, quien dice petróleo, dice pescadilla). Ni China, ni India pueden decir eso. Brasil, sí. Brasil tiene un gran futuro en el ámbito geopolítico mundial.

Nuestros problemas por venir, por lo tanto, tienen que ver, sobre todo, con cómo vamos a reinventar y gestionar el concepto de comunidad y, sobre todo, cuánto podremos pagar del viejo concepto que aún está vigente. Acabaremos, me temo, por ponerlo todo en duda. Pero, como soy optimista por naturaleza, nada me dice que lo que venga tenga que ser, necesariamente, peor. Sólo distinto.

miércoles, junio 29, 2011

El siglo (versión Tiburcio)

Lo prometido es deuda. Aquí tenéis la versión de Tiburcio Samsa sobre lo que pasará en el resto de este siglo.

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Tarde o temprano todo aficionado a la Historia cae en la tentación de jugar al adivino y hoy aprovecho para hacer lo propio la excusa de una pregunta que le hicieron a JdJ en su blog sobre si pensaba que habría una guerra entre EEUU y China.

Mi idea de lo que nos espera en las próximas nueve décadas se basa bastante en las observaciones de Ian Morris en su libro “Why the West rules-for now”. No pretendo ser original, sólo pretendo ser acertado en mis predicciones. Al menos algo más que el Presidente del Gobierno cuando dijo en 2008 que a España apenas le afectaría la crisis y sería de los primeros países que saldría de ella.

La Historia de la Humanidad ha sido una carrera continua entre los problemas y los avances. Descubríamos la agricultura y al momento nos encontrábamos con el problema de cómo guardar los excedentes. Descubríamos la cerámica para guardarlos y ahora el problema era qué hacer como el crecimiento demográfico provocado por una alimentación más abundante. Inventábamos la irrigación para explotar nuevos terrenos de cultivo y nos encontrábamos con que hacían falta especialistas y la sociedad igualitaria y matriarcal original se iba al carajo… Cuando nuestra capacidad inventiva ha ido más rápida que los problemas, hemos ido para arriba. Cuando los problemas se han multiplicado más rápido que nuestro ingenio, nos hemos ido a la eme.

En torno al siglo I d.C. el Imperio Romano en Occidente y el Imperio Han en China alcanzaron una cima de desarrollo social y luego vino el marasmo. Hacia el siglo XII el Imperio Song en China y la Europa cristiana en el siglo XIV recuperaron las cotas alcanzadas antes por romanos y han y zozobraron poco después.

Estas experiencias parecen mostrar que hay un techo de desarrollo social cuando una sociedad está basada en la agricultura y no conoce más fuentes de energía que la muscular del hombre y los animales. Si en el siglo XVIII, después de tres siglos de progreso, no volvimos a colapsar fue porque tuvimos la Revolución Industrial. La Revolución Industrial, con su empleo de nuevas fuentes de energía (el carbón primero y luego el petróleo) y sus avances tecnológicos, nos permitió romper ese techo de desarrollo social.

Mi opinión es que hemos llegado al límite de las potencialidades de la Revolución Industrial que empezó en el XVIII y de la revolución científica que la acompañó. Nos hemos encontrado con otro techo. Los problemas generados por nuestro progreso en los últimos 250 años han empezado a correr más deprisa que nuestro ingenio.

Algunos de los problemas, que se están haciendo cada vez más acuciantes y para los que no parece que seamos capaces de encontrar una respuesta con las herramientas que pusieron a nuestra disposición la Revolución Industrial y la revolución científica, son:

- La superpoblación: La combinación de alimentos abundantes (que puede que esté a punto de acabarse) y desarrollo de nuevas técnicas agrícolas ha permitido que la Humanidad se cuadruplique en 200 años. Ha llegado el momento de preguntarse si el planeta está preparado para albergar a tanta gente. Hasta ahora los avances tecnológicos han ido permitiendo que el ritmo de producción de alimentos fuese más rápido que el crecimiento de la población. No está claro si esta tendencia se va a mantener. De hecho la perspectiva a medio plazo es que nuestra capacidad para producir alimentos disminuya por los siguientes hechos: el cambio climático está afectando a las cosechas; la contaminación y la sobreexplotación están poniendo en peligro los recursos pesqueros; el desarrollo urbanístico se está comiendo algunas de las mejores tierras de cultivo; la producción de biocombustibles está compitiendo con la producción de alimentos.

- La contaminación y el cambio climático: La contaminación empezó el día que el primer ser humano tiró por la ventana los restos de una vasija que se le había roto. Cuando éramos pocos y estábamos poco avanzados, que fuésemos guarros tenía poca importancia. Ahora, ya no. Nuestra capacidad para contaminar ha crecido mucho más deprisa que nuestra tecnología para limpiar lo que hemos contaminado, nuestra sabiduría para saber que el crecimiento económico a corto plazo no compensa el desastre ecológico a largo plazo y nuestro conocimiento sobre los efectos de nuestras acciones sobre el clima. Parece que los expertos ya dan por descontado que para 2100 las temperaturas habrán aumentado dos grados. Pero hay tanto que ignoramos sobre el funcionamiento del clima que no sabemos si esos dos grados de incremento tendrán un efecto malo, muy malo o catastrófico.

- La globalización: El resurgir de los nacionalismos, el fracaso del multiculturalismo, la pérdida de diversidad cultural, la anomia social, hacen pensar que el ser humano tiene problemas para adaptarse a una situación caracterizada por: sociedades masificadas y con cambio social muy rápido, en las que además convergen elementos culturales de distintas procedencias y se producen movimientos masivos y rápidos de poblaciones. En un lado tenemos al progre de buen rollito y tolerancia con todas las culturas y en el otro al fundamentalista saudí que no quiere saber nada de otras culturas. Ambos son reacciones extremas ante un problema: ¿qué hacemos cuando las sociedades se convierten en lugares de encuentro de distintas etnias y culturas a un ritmo más rápido del que pueden absorber? ¿qué normas pueden darse en una sociedad así? ¿hay que forzar la integración o hay que dejar que se formen guetos de minorías étnicas? si se opta por lo primero, ¿es posible realmente esa integración forzada?

Para colmo, estamos tocando techo en un momento de cambio geopolítico. Los momentos de cambios geopolíticos son muy peligrosos, porque cambian los actores y las reglas del juego y es muy fácil que ocurran accidentes (guerras). Si consideramos los momentos geopolíticos por los que hemos pasado desde 1900, tenemos:

1.- 1900-1918: El Imperio Británico estaba desinflándose y varias potencias iban recortando posiciones (EEUU, Alemania, Rusia y Japón). Las tensiones causadas por la pugna entre los que querían mejorar su lugar bajo el sol y los que querían mantener su posición (Imperio Británico y Francia) acabaron desembocando en la I Guerra Mundial.

2.- 1918-1945: Versalles cerró en falso la herida de la I Guerra Mundial y no dio paso a un sistema geopolítico estable. Estaban las potencias en declive que querían mantener el status quo, pero carecían de fuerza para ello (Imperio Británico y Francia), una potencia ascendente, que se negaba a jugar el papel global que le correspondía (EEUU) y cuatro potencias descontentas con el resultado de la I Guerra Mundial que querían que les dieran lo suyo (Alemania, Japón, Italia y la URSS). La URSS además introdujo un elemento ideológico en las relaciones interancionales, que no había existido desde la época de la Revolución Francesa.

3.- 1945-1989: El sistema bipolar que surgió de la II Guerra Mundial trajo la etapa más estable y predecible que hemos tenido en las relaciones internacionales en los últimos 110 años. Cierto que siempre estuvo la amenaza de una guerra nuclear entre las dos superpotencias, pero la gente no era consciente de que el sistema funcionaba de tal manera que dicha guerra hubiera sido muy difícil. EEUU y la URSS sabían que no era en su interés echarle un órdago nuclear al otro.

4.- 1989-…: No sé cómo calificar el sistema geopolítico actual. El final de la Guerra Fría parecía que había generado un sistema monopolar, que yo llamo Blancanieves (EEUU) y los siete enanitos (China, Japón, la UE, Rusia, India, Brasil y el resto). El poderío norteamericano parecía tan abrumador que parecía que se mantendría durante décadas sin nadie que le hiciese sombra. Bush II sólo necesitó ocho años de mandato para echar por tierra la mayor parte de las bazas de las que disponía EEUU: con su chulería y prepotencia, dañó una de las grandes bazas de EEUU, la “soft diplomacy” y su capacidad persuasiva; su insistencia en el neoliberalismo con su mantra de privatizaciones y desregulación condujo a una crisis que algún día nos daremos cuenta que ha dejado pequeña a la Gran Depresión (quienes piensan que la crisis que empezó en 2007 se ha terminado o está a punto de hacerlo, son los mismos que responden llenos de entusiasmo a las ofertas que les llegan por internet de banqueros nigerianos); endeudó al país hasta las cejas y lo dejó empantanado en dos guerras inganables. Me pregunto si el EEUU de 2011 no será un poco como la España de Felipe III, un país que por fuera parecía imbatible y por dentro estaba todo carcomido.

Es posible que EEUU sea ahora como el Imperio Británico cuando murió la Reina Victoria (1901): la potencia dominante, que estaba empezando a perder delantera.

China es la gran competidora de EEUU, pero China es consciente de sus debilidades: gravísimos problemas medioambientales; riesgo de problemas sociales; retraso tecnológico con respecto a EEUU; carencia de una “soft diplomacy”. En la actualidad y durante muchos más años, China sólo pedirá que se la trate con un respeto acorde con su poderío. Sabe que no está en condiciones y que sería muy peligroso que intentase reemplazar a EEUU por las bravas.

No habrá guerra entre los dos. No sólo porque China sabe que la perdería, sino porque ambos saben que sería tan costosa, que tampoco le serviría de mucho a EEUU el ganarla. Económicamente se harán todas las zancadillas que puedan. China sigue necesitando el mercado norteamericano y EEUU sigue necesitando el dinero chino. Siendo así las cosas, la ventaja en la guerra económica a largo plazo está del lado de los chinos.

Pero reducir la previsión para los próximos años a un mero problema geopolítico es un error. En los próximos años vamos a tener que enfrentar tantísimos problemas, que afortunados son aquéllos a los que lo único que les quita el sueño es la posibilidad de una guerra entre EEUU y China.

lunes, junio 27, 2011

Este siglo

Felipe ha dejado recientemente un comentario en un post del blog lanzando el guante de un artículo, no sobre el pasado, sino sobre el futuro, o sea qué creo yo que será historia del siglo XXI en el siglo XXII. Tiburcio y yo leímos ese comentario casi al mismo tiempo y hemos decidido abordar el asunto cada uno por nuestra cuenta. Lo que vas a leer ahora, por lo tanto, es mi aportación; la de Samsa llegará, espero, algo más tarde.

Lo primero que me gustaría comentar sobre el tema es que estamos en el 2011; así pues, nuestra capacidad de imaginar lo que va a pasar en el conjunto del siglo XXI es la misma que tenían del siglo XX los ciudadanos de 1911, esto es personas que desconocían que en unos pocos años se produciría una guerra global que lo cambió todo (y que, sin embargo, apenas fue el preludio de otra más global todavía); así como la eclosión de la clase proletaria en el mundo del poder a través de la revolución rusa. Hemos de ser, por lo tanto, humildes y reconocer que somos ciudadanos de principios de siglo, vamos por la vida con nuestras levitas, nuestras chisteras y nuestras patillas abundantosas, y no podemos saber lo que va a pasar dentro de cincuenta años. Salvo los expertos en cambio climático, claro, que saben perfectamente la temperatura que va a hacer en la afueras de Sotillo de la Adrada a las 16,35 horas del 8 de marzo del 2076.

La única pregunta que se hace Felipe es si va a haber una guerra entre EEUU y China. Querrá decir otra, porque China y Estados Unidos están en guerra desde que son amigos, esto es desde que Nixon visitó Pekín. Las guerras hoy en día son más elegantes, pero no dejan de ser guerras. Alemania, escaldada en la primera mitad del XX, llegó a la conclusión de que era más fácil invadir con el Commerzbank que con las Panzerdivisionen, y es a lo que se ha dedicado en las últimas décadas. Por lo tanto, la guerra chino-americana no ha disparado ni un tiro (entiéndase en EEUU y China; en países terceros, unos cuantos), pero ha tenido sus batallas bien definidas.

Florituras semánticas aparte, yo no soy demasiado optimista (o pesimista, según se vea) sobre las posibilidades de China a medio plazo. En los años noventa se filmó una película de Sean Connery, Sol Naciente creo que se llamó en España, que describía la investigación de un asesinato en el mundo de altos negocios de Tokio. El ambiente de aquella película era el del mundo financiero e industrial de la época: los japoneses lo estaban comprando todo. Compraban siderúrgicas en Estados Unidos de siete en siete, eran los líderes en tecnología, bla. Por aquel entonces, recuerdo haber oído al presidente mundial de la IBM, de paso por Madrid, declamando en una conferencia: «el día que los japoneses quieran vivir como nosotros, las cosas ya no serán tan fáciles para ellos». Y acertó. El milagro japonés se asentaba sobre millones de familias viviendo en cajas relativamente amplias, que ellos tenían por pisos, con niveles de consumo relativamente modestos. La mayoría de edad de la economía y la sociedad japonesas abocó al país a una recesión larguísima, de la que en buena parte no ha salido; hoy, nadie habla del dragón japonés y el sushi se ha pasado de moda.

China tiene, que diría Marx, enormes y crecientes contradicciones internas. Es un país crecientemente contaminado. Es un país con unas diferencias sociales entre el campo y la ciudad que asustan. Es un país enormemente monetizado, porque exportar al ritmo que ha exportado durante tantos años ha recalentado de tal manera su masa monetaria que la única forma de evitar la hiperinflación ha sido comprar deuda a lo bestia (lo cual no evita que sea un país hiperinflacionario, que lo es). Asimismo, es un país que carece de pilar de bienestar (tan sólo hay sistema de pensiones como tal concebido para los funcionarios, y no todos) y, sin embargo, se enfrenta a unas tensiones demográficas impresionantes; algunos teóricos han dicho de China que es el primer país del mundo que es viejo antes que rico (todos los demás, antes de envejecer, nos hemos forrado en mayor o menor manera) y que, en realidad, nadie sabe cuál va a ser el resultado de esa realidad. La guinda del pastel es la pregunta de si China va a poder aguantar una década más, o un cuarto de siglo más, fagocitando sus tensiones democráticas internas.

China es, pues, una bomba de relojería económica (lo cual explica su crecimiento acelerado) que podría estallar conforme se acerquen los años malos de la pirámide demográfica. Todos los países que sufrieron la segunda guerra mundial tienen un crédito demográfico derivado del hecho de que un montón de gente que debería haber nacido en los años cuarenta, y que hoy estaría cobrando sus pensiones y generando sus gastos, nunca nació. Pero eso se acaba.

Yo no creo, por lo tanto, en una guerra entre Estados Unidos y China; entre otras cosas porque desde que surgió la Guerra Fría, las guerras entre potencias ya no se producen agrediéndose entre ellas, sino a través de países terceros.

En lo que creo es en la posibilidad de una recesión mundial aproximadamente en el 2030 provocada por China, puesto que buena parte del esquema económico presente se basa en la existencia de una potencia monetizada, fuertemente exportadora, y monopolística en esa posición. Ese monopolio, sin embargo, está en entredicho: India y Brasil ya están al acecho, y África no se va tirar toda la puta vida en el banquillo esperando su oportunidad. De hecho, creo que el siglo XXI vivirá eso que llaman un «milagro económico» en África; mi apuesta personal es Senegal. Otros países del mundo, como Indonesia, tienen también altas capacidades teóricas. Económicamente, de hecho, el siglo XXI será, en mi opinión, el de los países antes considerados musulmanes.

China, además, tiene un potencial disgregador que yo al menos veo cada vez más evidente. Hay muchas chinas dentro de China pero, sucintamente, hoy ya podemos hablar de una China moderna, flexible, dinámica; y una china pobre, tradicional y menos densa. Más abajo hablo de los nacionalismos; ¿por qué no consideraremos que los chinos no se van a ver golpeados por ello? ¿Puede romperse China? Pues sí, sin duda. Como poder, puede, sobre todo si su argamasa socialista cae como el Muro de Berlín, cosa que también puede pasar si, finalmente, los jerifaltes chinos son incapaces de contener la hiperinflación.

Pero vayamos con eso del tiempo de los países antes considerados musulmanes. Creo que el siglo XXI va a vivir unas tensiones importantes en el seno del mundo musulmán. Lo que empezó en la plaza Tahir aún no ha terminado. Los países musulmanes viven, de momento, revoluciones imperfectas; pero esto se corregirá cuando en esos países acaben surgiendo cohortes demográficas jóvenes básicamente laicas. De hecho, mucha gente cree que el integrismo educativo musulmán es una forma de agredir a Occidente; yo creo, más bien, que son medidas defensivas. Buscan evitar el efecto de desafección respecto de las verdades sociales de origen religioso, que los gobernantes saben que acaba ocurriendo en cuando a la gente le pones una tele o un ordenador en su casa y se pone a ver Friends; exactamente igual que, a su manera, La tribu de los Brady acabó con la forma un tanto pacata que teníamos de ver la vida los españoles.

A mi modo de ver, será el Indostán el área donde surgirán estas tensiones de forma más perceptible, en cuanto la renta per cápìta suba unos puntos. Creo que si hay un país que va a dar un giro copernicano en el siglo XXI, es India, que está llamada, mucho más que China, a ser la Alemania de Asia. Indios ricos significa paquistaníes económicamente colonizados y, a la larga, elevación del sentido crítico social. El 13 de agosto del 2047, el Casino de Montecarlo estará petado de millonarios de tez oscura, no pocos de ellos nacidos parias o talibanes.

Europa se enfrenta ya a su propia crisis. La Europa de la Comunidad Económica Europea era una Europa de los despachos, y es bastante obvio que éste es un esquema que deja insatisfecha a buena parte de la sociedad europea; sociedad que, en todo caso, está escasamente armada para enfrentarse a los cambios del mundo, porque mira el mundo con gafas de hace cincuenta años, por lo que su capacidad de adaptación prácticamente no existe.

Esta crisis contra la euroburocracia se junta con otra de mayor calado, y es que en Europa, en los años sesenta y setenta, compramos un piso cuya comunidad ya no podemos pagar porque es demasiado cara. La encrucijada, ya hoy, es si mantener, reinventar o recortar eso que se llama Estado del Bienestar. Dicen los teóricos que es imposible que un Estado pueda recaudar más del 9% del PIB en impuestos. Y bien, nuestro Estado del Bienestar corre peligro de llegar a costar mucho más que eso (el 15% en el caso español, obviamente antes de la reforma que ahora se ha pactado). Podemos hacer varias cosas: podemos trabajar más, para así poder pagar la comunidad; podemos irnos del piso y cambiarnos a otro más modesto, pero más barato; o podemos permanecer en el viejo caserón, como las viudas ignotas del centro de nuestras ciudades, rodeados de los muchos recuerdos de nuestros años guapos, pero sin gastar ni un céntimo en nada, porque en el fondo seremos unos pordioseros con mansión.

El del Estado del Bienestar, en todo caso, no es el fondo del problema. El fondo del problema, a mi modo de ver, es si Europa va a poder enseñar al mundo una capacidad de converger en políticas económicas y sociales de la que hasta ahora ha carecido. Si realmente va a poder exhibir una fuerza económica común. Es un punto en el que yo soy pesimista, y es por eso que veo fortísimas tensiones centrífugas en la Unión Europea. Si se intensifica la colaboración del eje franco-alemán, nuestro aliado natural es Italia. ¿Italia? Sí, Italia.

Pero eso será, claro, si Italia, o nosotros mismos, seguimos existiendo.

Una de las grandes preguntas del siglo XXI, que condiciona todo el entorno geopolítico, es si el nacionalismo, como forma de pensar, va a seguir gozando de buena salud. Ahora mismo, es la ideología más fuerte en la sociedad mundial, sin duda. El nacionalismo pudo con la URSS, y eso es mucho, pero mucho, poder. La potencia de esta incógnita x determina toda la ecuación. Yo, sinceramente, no veo tendencias de reducción del nacionalismo; es más, se da la circunstancia paradójica de que internet (la interconexión global de los ciudadanos del mundo, y bla) ha incluso aumentado las tensiones nacionalistas, porque ha sido habilísimamente utilizado por los nacionalismos en su provecho. Creo que el nacionalismo explica el 80% del siglo XX y explicará un porcentaje no mucho menor del XXI. La tendencia del mundo le va a favor de corriente; véase, sin ir más lejos, el leve detalle de que el euro, en lugar de estar donde se pensó en su día, es decir a punto de comerse la libra esterlina y las monedas escandinavas y tal, lo que está es a punto de desaparecer. Este párrafo significa, sí, que España seguirá registrando tensiones muy fuertes por el flanco nacionalista, que podrían llegar a obligarla a reinventarse.

Si el nacionalismo pervive y la gripe, si no pulmonía mortal, del Estado del Bienestar, alimenta los radicalismos intervencionistas (como lógica reacción contraria), esto vendría a suponer que la inmigración será en el siglo XXI un problema aún mayor de lo que lo fue en el XX y que, en general, el siglo XXI será una sopa de Oparin para los radicalismos. Eso siempre, o casi siempre, quiere decir totalitarismo; lo totalitario, como los sombreros, volverá. A mi modo de ver, existe la posibilidad de que, como poco, dos, si no tres o más, de los seis grandes jugadores del tablero mundial del siglo XXI (Estados Unidos, Rusia, China, Brasil, India, Europa) sean políticamente de índole totatlitaria o cuasitotalitaria. Esto depende también de la violencia que generen los problemas del Estado del Bienestar (véase Grecia).

El siglo XXI no verá una solución para el problema del Estado de Israel. Entre otras cosas, porque veo muy difícil que los países musulmanes del área sean capaces de mantener su inestable unidad. A mi modo de ver, el tiempo (o sea, el proceso de laicización de los países musulmanes) juega en contra de Hamas y movimientos adyacentes; pasado el primer tercio de siglo, Israel podría entrar en la UE (incluso antes que Turquía, que anda un poco despistada). Pero eso será, claro, si no hay guerra civil en Egipto, porque ésta cambiaría el mapa completamente.

No sé; no soy, como se ve, demasiado optimista.

domingo, junio 26, 2011

Un país, dos guerras

Bueno, pues el país que yo tengo documentado estuvo en guerra, al mismo tiempo, con los dos bandos de la segunda guerra mundial, es... Bulgaria.

El rey búlgaro Boris III falleció en Sofía, en extrañas circunstancias, en 1943, poco después de una visita de Hitler al país. Bulgaria estaba adherida al Eje y era firmante del Pacto AntiKomintern, aunque nunca realizó acción bélica alguna contra Rusia. La sociedad búlgara no era partidaria de pegarle tiros a los rusos, a los que estaba históricamente agradecidos por haberles ayudado a sacudirse la dominación turca. Por ello, el gobierno pronazi del arqueólogo Bogdan Filov le declaró la guerra a Reino Unido y, después de Pearl Harbour, a Estados Unidos, pero no actuó contra Rusia por mucho que Hitler porfió en dicho sentido.

La muerte de Boris III provocó la creación de un consejo de regencia en el que estaban presentes un miembro de la familia real, el principe Zyrill; el propio Filov; y el general Nicola Michov, ministro de Defensa. El joven príncipe, Simeón, se fue dando cuenta de la pérdida de poder de Alemania, especialmente después de que los frecuentes bombardeos de Sofía le obligaron a refugiarse en la estación de Tscham Kuria. Desde allí, trató de influir al nuevo jefe de gobierno, Konstantin Murawjev, líder del Partido Agrario, para que buscase fórmulas de entendimiento con los aliados.

El 4 de septiembre de 1944, cuando los rusos terminan la ocupación de Rumania y se asoman a la ribera del Danubio, Murawjev denuncia el Pacto AntiKomintern, y el 5 le declara la guerra a Alemania. En la tarde del 5, la URSS hace saber por conducto oficial que considera la declaración búlgara insuficiente y, al alba del 6, la ataca.

Es en ese momento, pues, en el amanecer del 6 de septiembre de 1944, cuando el Estado búlgaro se encuentra en guerra con: Alemania (desde el día anterior), URSS (que la está atacando), Reino Unido y Estados Unidos. Esto es, con todos los grandes contendientes de ambos bandos a la vez. De hecho, el día 9 el gobierno cambia por el dirigido por Georgiev, y se firma un armisticio con la URSS.

martes, junio 21, 2011

Adivinanza in itinere

Me asomo a la ventana en medio de una semana complicada de viajes y gestiones. Ayer tuve la ocasión de mirar largamente la lluvia caer sobre Bruselas mientras esperaba en su aeropuerto que la prez de la salida de mi avión cayese, nunca mejor dicho, del cielo. Además de mirar la lluvia leí un poco (cómo no); y di con una cosita que me inspira esta pequeña adivinanza.

¿Sabéis de algún país que, en el curso de la segunda guerra mundial, estuviese al mismo tiempo en guerra con los dos bandos, esto es aliados y Eje? Yo sé de uno, pero no puedo jurar que sea el único.

A la vuelta de unos días, os contaré cuál es el que yo sé (bueno, qué digo; si ahora son las 12,07, seguro que no antes de las doce y media ya lo ha contado alguien; que nivel, el escritor no tiene mucho, pero a los lectores les sobra).

jueves, junio 16, 2011

Franco y el poder (4: La unificación)

Todas las tomas de esta serie:



La información factual sobre el conflicto generado por la unificación política que convirtió el golpismo contra la República en franquismo ya ha sido contada aquí. Es lo que habitualmente se conoce como los sucesos de Salamanca. No obstante, la historia de los sucesos de Salamanca es una historia que, en realidad, concierne a Falange. En esta serie, sin embargo, de lo que hablamos es de Franco. No es exactamente lo mismo. De momento, a este blog le queda por contar cómo vivió Franco aquel proceso y, lo que es más importante, por qué lo impulsó. Y para explicar esto hay que romper un mito que muchos quienes saben algo de esa época tienen por cierto, y es que el conflicto de la primavera del 37 en Salamanca es un conflicto sólo falangista.

lunes, junio 13, 2011

El plan de Hitler contra el desempleo

Creo haberme leído en torno al 80% de los discursos públicos de Adolf Hitler. Alguno de ellos, incluso, lo tengo en edición realizada por la embajada alemana en Madrid, en los tiempos en que España era fascista. Y desde esa experiencia doy mi opinión de que el más vibrante de todos, probablemente el más trabajado, es el que declamó, con su particular prosodia, en septiembre de 1936 en Nuremberg, durante la reunión monstruo del Partido Nacionalsocialista Alemán NSDAP.

martes, junio 07, 2011

Franco y el poder (3: La pastoral colectiva)

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva



Todas las tomas de esta serie:


El segundo paso de Franco, tras conseguir el apoyo del ejército (que siempre fue la institución fundamental de su régimen) es la Iglesia. Hay que reconocer que, en este punto, lo tuvo fácil. En primer lugar, si sobre la forma de Estado podía haber sensibilidades distintas entre los alzados, en lo tocante al proyecto de identificar el nuevo Estado surgido del golpe del 36 con el catolicismo conservador no había duda. Una dictadura duradera se basa en el apoyo de una institución fuerte, como el ejército, unido a una oferta que pueda seducir a capas sociales amplias. Y ese proyecto fue la recuperación de la esencia católica de España.

domingo, junio 05, 2011

Franco y el poder (2: el trile monárquico)

Todas las tomas de esta serie:

Desde el primer mensaje que Francisco Franco dirige como alzado, a su llegada a Marruecos desde Canarias, se dirige a todos los españoles. Por lo tanto, el general asume, desde el primer momento de su aventura golpista, una dimensión nacional para sí mismo. Que se da ínfulas de estadista lo demuestra el hecho de que condecore al Gran Visir de Marruecos con la Laureada de San Fernando. Por lo demás, la rapidez con que el capitán Arranz llega a Hitler sólo puede deberse a unos buenos contactos con un personaje de gran importancia en el ejército alemán en ese momento, el almirante Canaris; lo cual sugiere que, como insinuaba en mi post anterior, Franco ya había tenido contactos anteriores. Gracias a esta fulminante ayuda alemana, que se instrumenta mediante elementos a toda luz y otros no tan vistosos, es como Franco, a pesar del relativo fracaso del golpe de Estado en la marina, consigue transportar tropas a la península, que es algo fundamental para llevar a cabo sus planes.

jueves, junio 02, 2011

La Historia es Grande y Libre, pero no es Una

El problema que tiene don Luis Suárez, polémico redactor de la no menos polémica recensión biográfica de Francisco Franco en el diccionario biográfico animado por la Real Academia de la Historia, es que debe internetear poco y, más aún, sus incursiones en los foros de discusión electrónicos deben de ser poco habituales. Como no es mi caso, yo sí sé cosas que, obviamente, el eminente medievalista desconoce, y así le ha lucido el pelo con la recensión de marras y las críticas que ha recibido, de las que, por lo que leo, se defiende como gato panza arriba.

Luis Suárez, probablemente, tiene en mente dos ideas básicas. En primer lugar, quien realiza una obra histórica concita a la labor a quien le da la gana. Quien, pongamos por ejemplo, desea editar un libro con artículos sobre, digamos, Dolores Ibárruri o la verdad democrática, ya supongo que a la dirección de este blog no escribirá pidiendo una colaboración.

La segunda idea que probablemente tiene Suárez es que el historiador es libre. Que, como intelectual que es su labor, tiene derecho a llegar a las conclusiones a las que los datos y la reflexión le lleven. Tanto derecho tiene el historiador, pensará Suárez, a llegar a la conclusión que le parezca, como derecho retiene el resto del mundo a decirle al historiador que eso que ha concluido es una chorrada o no se compadece con los datos.

Lo que está descubriendo estos días, quizá, es que, en esta España nuestra de la Memoria Histórica, ninguna de estas ideas es cierta. O, cuando menos, no son pocos los que pretenden que no lo sean. El editor de una obra histórica no es realmente libre de contratar a quien le dé la gana. Su primera obligación es, o debería ser para muchos, contratar a quien tenga la capacidad de elaborar una versión adecuada de los hechos. El tipo de versión que el lector debe conocer. No se trata exactamente de imponer visiones únicas, porque mucha gente se da cuenta de que ese tipo de iniciativas chirrían en el mundo moderno. Se trata de eliminar del punto de mira todas aquéllas que, por razones que no se sabe muy bien quién ha de definir, no «cuadran» con lo que se quiere que la gente sepa del pasado.

La procura de una versión adecuada de los hechos ha provocado, inmediatamente, el debate sobre cuál es esa versión adecuada y la conversión del conocimiento histórico en un motivo para el enfrentamiento político. La consecuencia de esta aberración se ve en cosas como la reciente propuesta, verdaderamente pintoresca, de Alejandro Muñoz Molina. Que una persona habitualmente bien amueblaba neuronalmente hablando defienda la idea de que una serie de historiadores deberían formar una comisión... ¡en el Parlamento!, para consensuar una visión sobre «lo que pasó» en la II República, la guerra civil y el franquismo, es, con perdón, de aurora boreal. Los historiadores no tienen que reunirse para «pactar» nada. Los historiadores tienen que interpretar la realidad histórica y someterla al juicio de otros intérpretes. Un historiador sincero y honrado sabe bien que la verdad histórica no existe.

Vaya por delante que yo no estoy demasiado de acuerdo con lo que sé que ha escrito Suárez. Especialmente eso de que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario sino autoritario. Sobre el primer elemento, el historiador se ciñe al significado de la palabra dictador stricto sensu, es decir, aquella persona a la que se le otorga el mando para gestionar la nación durante una situación especial. Éste es, efectivamente, el concepto clásico, romano, del dictator. Pero ni se puede ni se debe desconocer que la palabra ha adquirido otros significados que a Franco le van como un guante.

En el segundo elemento estoy sólo parcialmente de acuerdo. Para mí, el franquismo sí fue un régimen totalitario, que dejó de serlo tras la derrota alemana en la II guerra mundial y los problemillas entre Franco y su cuñado, que acabaron con éste apeado del poder y encerrado en su bufete haciendo bisnes. Tras la etapa totalitaria llegó el proceso que historiadores no precisamente de derechas llaman la desfascistización del régimen, que desde entonces, con mayor o menor acierto, y sobre todo cuando los tecnócratas tomaron el poder, hizo por parecer una especie de democracia spanish way (o sea, orgánica, sin sufragio, sin libertades...)

Pero es que el fondo del asunto no es la discusión histórica. Las reacciones fuera de tono, entre las que cabe incluir la de la ministra de Cultura aseverando que espera que los textos se cambien (a lo que Suárez ha contestado muy en su sitio, diciendo que él no va a cambiar nada, que quiten los editores todo su artículo y lo escriban de nuevo si quieren), han desplazado el ámbito de la discusión.

El ámbito de la discusión ya no es si Franco se rascaba el pie en los consejos de ministros o creía en la existencia de los vampiros. El ámbito de la discusión es si en España es posible, hoy, que alguien escriba un libro defendiendo la tesis de que, un suponer, Franco es el mejor estadista de la Historia de España. Si alguien hiciera eso, como decía antes, lo que debiera pasar es que catedráticos, historiadores y frikis de la cosa nos pusiéramos a discutir, con mayor o menor nivel de apasionamento, sobre la verdad o la mentira de la dicha tesis; y para mí, por cierto, que el autor perdería. Pero el problema no está ahí. El problema está en que hay una España, la España neofranquista de izquierdas, que pretende, de alguna manera, reproducir los esquemas culturales del franquismo, es decir que sólo las ideas que quepan dentro de su particular lecho de Procusto puedan crecer y desarrollarse.

Hay personas para las cuales la guerra civil ha terminado, y otras para las cuales no. En España existió toda una cohorte de españoles de derechas para los cuales la guerra nunca terminaría; españoles como Carlos Luján, el personaje que inventé para mi novelilla, que no están dispuestos a dejar de luchar contra su enemigo mientras quede uno solo de ellos y que, además, al igual que su Caudillo consideraban el país como su finca particular y, por lo tanto, se sentían con derecho a decidir quién, en su finca, publicaba o no, opinaba o no, estudiaba o no, era o no catedrático. La inmensísima mayoría de estas gentes ha fallecido ya, para desgracia del juez Garzón, que quería pedirles cuentas.

Este fenómeno de guerra permanente no se dio, o se dio menos, en las izquierdas perdedoras. La inmensa mayoría de los exiliados, sobre todo de los más singulares por haber ostentado posiciones preeminentes en la República, consumió sus tristes años en la distancia reflexionando acerca de la necesidad de volver a poner el reloj de España a cero y construir una reconciliación nacional. Muchos de los republicanos de los años cincuenta y sesenta, que en su mayoría lo habían perdido absolutamente todo, no odiaban. Consideraban que era precisamente el odio el que les había colocado en un piso de mierda de Buenos Aires, de Ciudad de México, de Londres, de Filadelfia, viviendo una vida de mierda con sus recuerdos de mierda y sus remordimientos de mierda; y, consecuentemente, no quisieron darle a ese odio la oportunidad de volver a jugársela. Hasta el Partido Comunista, después de una invasión de chichinabo en la que nadie les hizo ni puto caso, acabó por caerse del guindo de que el tiempo de las leches había pasado.

Durante décadas, pues, al franquismo irredento, prietas las filas e impasible el ademán, el franquismo que enterraba cada año de nuevo a los muertos de Alcubierre y de tantos otros sitios, el franquismo que reclamaba de la Iglesia que mantuviese encendida la llama votiva de la venganza; a ese franquismo, digo, los perdedores opusieron, en no pocos casos, la comprensión y el deseo de concordia.

Teóricamente, pues, a la muerte de quienes querían mantener el conflicto entre las dos españas en clave bélica, llegaría una nueva etapa. Pero hete aquí que setenta años después, desaparecidos de la faz de la tierra tirios y troyanos o, como escribiría Unamuno, muertos los hunos y los hotros, aparece una nueva casta que, desde el antifranquismo acérrimo, reinventa el franquismo de pensamiento: quien no piensa lo que yo, no merece ni el pan, ni la sal. Sólo hubo una República: la que yo recuerdo. Sólo hubo una guerra: la que yo relato. Sólo hubo una represión: la de Franco. Todo lo demás no tiene derecho a respirar. Si alguien osa, algún día, escribir otra cosa sobre un papel, exigiré que se cambie. ¿Por qué no, ya puestos, no exigimos que el libro se queme en la plaza pública? Si lo exigió Torquemada, si lo hicieron las Juventudes Hitlerianas, ¿por qué no vamos a hacerlo nosotros también?

Todo esto se monta y se aúpa sobre una triste realidad: el desconocimiento. Vivimos en un país donde por fascista se entienden tantas cosas que la palabra ha terminado por vaciarse de significado; fenómeno que sólo tiene un beneficiario: los fascistas. El personal es dejado a la buena de Dios frente a una realidad histórica complejísima como es la Guerra Civil para que la juzgue con dos de pipas y básicamente sin puta idea. No es algo que sea casualidad. Todo propugnador de una forma única de entender la realidad sabe bien que cuanto más hueco esté el cráneo de su interlocutor, más fácil le será moldearlo.

Luis Suárez tiene todo el derecho a escribir que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario. Como lo han tenido, y lo tienen, otros de escribir que Stalin era un devoto demócrata, si quieren. Las fronteras de lo que no se puede decir en Historia son muy pocas. Ciertamente, negar el Holocausto es ofensivo para el pueblo judío, y es por ello que en muchos países es delito. Pero imaginemos que mañana un historiador se dedica a estudiar documentación inédita y descubre que americanos y rusos inflaron las cifras de fallecidos en los campos de concentración; ¿acaso no podría publicar su obra?

Este orden de cosas, este pretender que un académico no pueda dar su opinión profesoral sobre hechos históricos, es, además, el mejor alimento para los radicales. Que pasen cosas así es lo que esperan, de hecho, para poder echarse al monte intelectual. Cuanto más de izquierdas es un opinador, más se extraña del arrollador éxito editorial de autores sobre Historia de un exacerbado radicalismo de derechas. Yo, la verdad, no sé de qué se extrañan. Si esos osos son tan grandes, es porque ellos, con su actitud, los alimentan.

Es posible, yo no lo sé, que toda la polémica parta de que la publicación del polémico artículo se haya producido en un libro subvencionado con dinero público. Vaya, éstas son las cosas que pasan cuando el dinero público se utiliza en cosas que no debería, tales como pagar todo o parte de la edición de libros, películas, y otros productos culturales.

No hay una sola Historia. Si merece la pena coleccionar biografías de Napoleón es por la cantidad de visiones distintas que se pueden descubrir leyéndolas. Lo que los españoles piensan de los Reyes Católicos va del blanco nuclear al negro negrísimo. La Historia es así. Y pretender que quien dice cosas que nosotros no decimos deba callarse; pretender que una Academia, por el hecho de ser Real, va a tener que rechazar todas las versiones del pasado que no sean del agrado del Consejo de Ministros; intentar, en suma, que el país piense, recuerde y analice, todos a una como Fuenteovejuna, no es más que un signo de inseguridad, y de cobardía.

Quienes están seguros de sus tesis, no temen el debate.

martes, mayo 31, 2011

Franco y el poder (1: Sin «pole», y por la zona sucia)

Todas las tomas de esta serie:

Algunos personajes oscuros, ignotos, podrían tener las claves de esta historia. Por ejemplo, las personas que estaban en Zaragoza a principios de los treinta, en los tiempos en que Francisco Franco dirigió la Academia Militar. Muy especialmente, un zaragozano llamado Cecilio Gasca: el librero de Franco. Estando Franco en Zaragoza y siendo Gasca su proveedor se produce al parecer, casi bruscamente, un cambio en los gustos del ferrolano. Dejó de encargar libros de táctica militar para encargar otros de política y economía. Desde entonces, el interés de Franco por los grandes asuntos de gestión política no decayó.

lunes, mayo 30, 2011

Un diario del quintacolumnismo

Durante la guerra civil funcionó en Madrid una especie de comité de la Quinta Columna, coordinador de diversas acciones de los nacionales en territorio republicano, comité que estaba presidido por un coruñés.

José María Taboada Lago era, en 1932, empleado de la oficina del Banco Pastor en Ribadeo. A raíz de su militancia católica, en febrero de 1932 dio una conferencia en el teatro Rosalía de Castro de La Coruña. Esta acción provocó una nota admonitoria de Ricardo Pastor, dueño del banco (y consecuente responsable de que, aún hoy, se llame Banco Pastor). Aquella llamada de aviso impulsó a Taboada a pasarse a la política profesional, por lo que se convirtió en secretario de Acción Católica, la formación política que crecía alrededor de la figura de Ángel Herrera Oria.

El 18 de julio del 36, Taboada vivía en Madrid, en la confluencia de las calles Prim y Barquillo. Desde el primer momento tuvo problemas por su militancia católica. Una de las cosas que se decretó tras las primeras horas del golpe de Estado, cuando menos en Madrid y Barcelona que yo sepa, fue que las casas deberían tener las ventanas abiertas y las luces puestas. Esto se hizo así para evitar en lo posible la acción de los pacos, es decir de los francotiradores que, a menudo desde los balcones y usando las celosías para permanecer ocultos, disparaban hacia la calle. Según cuenta el propio Taboada en sus memorias, tenía en la pared de su salón colgado un crucifijo tan enorme que se veía desde la calle. Los amigos le aconsejaron que lo descolgase, por un siaca.

En ese domicilio fue detenido por García Atadell y su tristemente famosa Brigada del Amanecer. El propio Taboada confiesa que, sin embargo, Atadell le salvó la vida; en lugar de llevarlo a la checa de Bellas Artes, donde probablemente lo habrían asesinado aquella misma noche, ordenó al chófer -y no sabemos bien si porque le dio la gana, o porque ésas eran sus órdenes- que pasara de largo y lo llevase a la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Allí, tras unos días, fue puesto en libertad, es posible (al menos en mi opinión) que tras alguna mediación vaticana.

Tras este episodio, montó una especie de comité de ayuda para los sacerdotes y monjas, que llevaban casi todos una existencia clandestina y difícil. No obstante, su papel más importante en la guerra llegó tras la unificación de Falange y Tradicionalistas, en la primavera del 37. Desde Salamanca se impulsó la creación de una especie de comité conspirador, cuya función principal era captar información de interés para los nacionales, esto es trabajar de Quinta Columna, no tanto saboteando la retaguardia como transfiendo datos sobre la misma. Quizá la acción más descollante de dicho comité fue pasarle a los nacionales un voluminoso fajo de documentación sobre las posiciones del ejército republicano durante la conocida como batalla del Ebro, operación que realizó personalmente Taboada atravesando las líneas sentado sobre los pliegos.

Como acabo de decir, alguna de las acciones se realizó traspasando las líneas. Un aspecto difícil de historiar sobre la guerra civil, sobre el que que yo sepa escasos datos hay, es la permeabilidad de los frentes de guerra. Ésta, evidentemente, tuvo que ser una realidad diferente según el lugar. En la guerra civil hubo frentes en los que uno y otro bando estaban tan cercanos que sus contactos eran bastante habituales. Además, hay que tener en cuenta que contra lo que se quiso hacer creer en los tiempos del franquismo, y lo que se quiere hacer creer en los actuales memoriohistóricos, a la inmensa mayoría de las gentes que hicieron la guerra civil los motivos de la misma se la traían ondulante penduleante; ellos estaban allí, básicamente, porque les había tocado.

Cercanía de muchos frentes y masa crítica de combatientes más o menos hueros de motivaciones ideológicas, hecho éste presente en el bando nacional desde el principio y en el republicano crecientemente conforme la guerra avanza, provocaron la permeabilidad de muchos frentes. De los testimonios que he leído he sacado la conclusión que el principal motivo de dicha permeabilidad fue la correspondencia. Soldados cuya familia estaba en la otra parte le escribían cartas a dichos familiares, que eran pasadas, bien por los profesionales en atravesar los frentes, bien por soldados del bando contrario, en el marco, casi siempre, de una relación quid pro quo. Algunos libros hablan de la existencia de esta práctica ya en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en el otoño del 36, por lo que cabe estimar que la permeabilidad de los frentes es tan antigua como los frentes mismos.

El Comité de Taboada no estuvo exento de problemas. Se llevaron de puta pena con los avanzados del SIPM, servicio de inteligencia militar franquista, destacados en Madrid, a los que acusaron de no ayudarles en lo absoluto. También tuvieron problemas cuando, tras la creación de FET y de las JONS, tamnbién se nombró en Madrid una especie de jefatura provincial del partido en la clandestinidad, pues ambos «órganos» compitieron de alguna manera por el mando de uno sobre otro. Algunos de los miembros del Comité, además, intentaron, al final de la guerra, que Franco los reconociese como mando natural del partido en Madrid también en tiempos de paz, a lo que Franco se negó.

Una prueba de lo sobrados que se sentían los conspiradores clandestinos de Madrid es una carta que Taboada le escribió a Franco en el 37, cuando la famosa estancia de Negrín en Suiza para un congreso médico que disparó todos los rumores en el sentido de que en el seno de la Sociedad de Naciones, republicanos y franquistas iban a pactar una solución para el conflicto (los tiempos, pues, del famoso «paz, piedad, perdón», de Manuel Azaña, AKA El Moñas). Taboada le escribió una carta a Franco mostrándose contrario a esta posible componenda, y lo hizo en unos tonos respetuosos pero que rozan la neta superioridad. Conociendo a Franco, es probable que fuese leyendo esa carta cuando decidió prescindir de Taboada en el futuro.

Las actas del citado Comité son una fuente histórica de gran interés, sobre todo por los datos que aportan sobre las negociaciones y contactos con el coronel Casado y con Julián Besteiro en las últimas semanas de la guerra. El Comité, de hecho, muta de función a partir de algún momento en la segunda mitad del 38. Deja de ser un grupo con la labor encomendada de pasar información a los nacionales, y pasa a ser un grupo destinado a estudiar el gobierno franquista sobre Madrid a partir del día cero, es decir del final de las hostilidades. Las subsiguientes divisiones del Comité, con un miembro dedicado Transportes, otro a Infraestructuras, etc., pasa a tener el mismo contenido, sólo que ahora los encargados lo que hacen es acopiar información sobre lo que hay, lo que queda y, por lo tanto, puede ser utilizado en el momento en que los nacionales entren en la ciudad, cosa que para entonces es ya segura para todo aquél que esté mínimamente informado. Como decía, elemento de gran importancia tiene la función del Comité en la realización de contactos, sobre todo con un médico amigo de Casado y que le hará de correo con los falangistas.

Taboada fue nombrado Consejero Nacional del Movimiento, pero no tuvo mayor actuación dentro del Estado franquista. Probablemente fue arrastrado por la desafección de importantes elementos católicos respecto del régimen (como Gil Robles), por lo que permaneció en una posición crítica, pero de total fidelidad al fin y a la postre.

Ignoro las circunstancias de su muerte, si es que se ha producido, cosa que es altamente probable.

Por una España mejor. José María Taboada Lago. Madrid. G. del Toro, 1977.