jueves, mayo 07, 2020

Fernando (41: Recap: por qué este tío nos jodió)

Aquí están todos los capítulos presentes y futuros de esta serie. Los enlaces irán apareciendo conforme se publiquen.

Un niño en el que nadie creyó
El ascenso de Godoy
La guerra en el mar
Trafalgar
A hostias con Godoy
El niño asustado y envidioso de Carlota
Escoiquiz el muñidor
La conspiración de El Escorial
Comienza el proceso
El juicio se cierra en falso y el problema francés se agudiza
Napoleón aprieta
Aranjuez
Los porqués de una revolución
C'est moi le patron
Francia apremia
La celada
El día que un vasco lloró por España delante de un rey putomierda
Bayona
Napoleón ya no se esconde
Padre e hijo, frente a frente
La carta del rey padre
La (presunta) carta de Fernando
La última etapa en la hoja de ruta de Napoleón
El 2 de mayo se cocina
Los madrileños no necesitamos que nos guarden las espaldas
De héroes, y de rocapollas
Murat se hace con todo, todo y todo
La chispa prende
Sevilla y Zaragoza
Violentos y guerrilleros
La Corte de Bayona
Las residencias del rey padre
Bailén
La "prisión" de Valençay
Dos cartas que dan bastante asco
Un ciruelo tras otro
El Tratado de Valençay
¡Vente p'a España, tío!
El rey, en España
El golpe de Estado
Recap: por qué este tío nos jodió

Bueno, ya hemos llegado al último escalón de esta escalera. Tras haber contado, como os dije que haría al principio de esta serie, la historia de cómo Fernando de Borbón llegó a ser rey de España, ha llegado el momento de la recapitulación. Es una recapitulación fácil, por así decirlo, puesto que Fernando, la verdad, no tiene hoy defensores; de hecho, prácticamente dejó de tenerlos ya hacia la mitad del siglo XIX. La valoración de Fernando de Borbón, en su trazo grueso, es, pues, bastante homogénea. Lo llamamos, con razón, El Rey Felón. Era un puto cobarde, un nenaza, un mentiroso, una persona probablemente incapaz para la empatía, un ser de una crueldad refinada (solía hacer regalos y cucamonas a las personas que sabía iban a ser represaliadas a la salida de esa misma audiencia); era jugador de ventaja (así se las ponían a Fernando VII), corrupto, insensible, hipócrita... Una perlita, el muchacho. Sobre todos esos factores comunes, sin embargo, yo creo que hay algunos elementos que cuando menos yo tengo la ambición de compartir con vosotros. Los elementos que me llevan a decir que este tío, a los españoles, nos ha jodido mucho; y nos sigue jodiendo. En fin, ahí van.

Don Claudio Sánchez Albornoz rememora, en su libro Anecdotario político, las clases de Historia a las que acudió en el viejo caserón de la universidad madrileña en la calle San Bernardo. Era su profesor Juan Ortega y Rubio, un historiador bastante prolífico en sus libros y traducciones quien, al parecer del recordante, era muy poco sistemático a la hora de explicar la materia, pues se perdía habitualmente en descripciones literarias y muy imaginativas del momento que describía, amén de saltar de un hecho histórico a otro sin orden ni concierto.

Tenía el profesor Ortega, nos dice Sánchez Albornoz, tres bestias negras de la Historia de España: fray Tomás de Torquemada, Felipe II y Fernando VII. Y, prosigue el recuerdo, terminaba el curso, en su última clase, aquel profesor, diciéndole a sus alumnos: "¿Me piden ustedes que perdone a Torquemada? ¡A Torquemada! Pues lo perdono. ¿Me piden ustedes que perdone a Felipe II? ¡A Felipe II! Pues lo perdono. Pero no me pidan nunca que perdone a Fernando VII. ¡No lo perdonaré nunca!"

Aquel buen nombre, nacido no pocos años después de que hubiera muerto el monarca de sus horrores, no iba nada mal tirado.

La primera jodienda debida a Fernando es la importante dirupción histórica que introduce en España. Aquí debo decir que yo me aparto de la mayoría de las visiones que leo. Para la mayoría de los historiadores y opinadores de la Historia, Fernando VII pretendió reinstaurar en España la monarquía absoluta o, si se prefiere, el Antiguo Régimen. Yo creo que este juicio es un poco limitado. Si Fernando de Borbón hubiese creído, de verdad, en la monarquía absoluta, habría tenido que admitir que la mecánica de las cosas le obligaba a esperar la muerte de su padre para ser rey. Podría, desde luego, tratar de acelerar el proceso mediante algún proceso habitual en la Historia, como envenenarlo (acciones que, en todo caso, ya no estaban muy de moda en su tiempo); pero no fue eso lo que hizo.

Fernando de Borbón, excitado y acojonado ante el surgimiento de un elemento nuevo en la ecuación: Godoy; un elemento al que, sin duda, sus padres preferían a su propia persona para todo, lejos de creer en la monarquía absoluta, decidió subvertirla. Ésta es una situación en la que lo nuevo, insisto, no es Godoy, pues Godoy no es el primer valido de la Historia de España; aunque sí es, eso sí, el primero que tiene ínfulas de llegar a ser valedor y no valido, esto es, de llegar algún día a ser rey. Eso sí, yo tengo muchas dudas de que ni Godoy ni su amante, si es que lo fue, ni el marido de su amante, fueran a pensar alguna vez que era candidato a ser rey de España. Pero ésa, lo admito, es una discusión abierta.

En esencia, sin embargo, Godoy es el producto típico del Antiguo Régimen; el que no lo es, insisto que en mi opinión, es Fernando. En otras palabras: Fernando VII es el primer golpista de la Historia de España, tal vez acicateado por los sucesos en Francia, pues la Revolución Francesa, y esto es algo que sus hagiógrafos suelen olvidar, no sólo abrió la puerta a las libertades; también dio carta de naturaleza al golpismo político.

Los antepasados Borbones de Fernando ya le habían hecho parte del trabajo pues, desde hacía un siglo, venían aplicando su visión afrancesada a un país que se había regido durante siglos por leyes muy claras, que ellos desleyeron a conciencia. La escasa voluntad de los Borbones por convocar Cortes comme il faut, tan sólo tardíamente rescatada por Carlos IV, y eso porque sentía en la nuca el aliento frío de la Revolución, se lo puso muy fácil a un príncipe de Asturias maniobrero y egoísta. La Ilustración, que tan buena prensa tiene por lo general, merecida en algunos de sus ángulos, tuvo, sin embargo, esta consecuencia espuria de alumbrar la idea de la elite al mando que todo lo hace por el bien de la masa, pero que rehuye a la masa. Desde ahí hasta Lenin, los estragos que ha hecho esa concepción suponen una sombra muy espesa sobre los logros; y es quizás por la espesura de esa sombra que el estro ilustrado se ha preocupado siempre de malquistar a las gentes con las bases del absolutismo. Que el absolutismo debía morir es ley de vida histórica; pero, en el último cuarto del siglo XVIII, en modo alguno estaba escrito que tenía que morir de la forma que murió en España, esto es, en medio de una confusión constitucional que fue el mejor caldo de cultivo de un rey traidor.

A mi modo de ver, si los siguientes 100 o 150 años de la Historia de España son un rosario de asonadas, es por dos razones: la primera, porque Napoleón introduce al Ejército en la ecuación del poder; la segunda, por el ejemplo de Fernando. ¿Qué impedirá que alguien con fuerza o voluntad suficientes albergue el proyecto de hacer caer a un rey o a un gobierno, si eso mismo es lo que hizo su príncipe heredero en El Escorial? Isabel de Inglaterra no quería decapitar a María, reina de los escoceses, porque temía que los ingleses, al ver a una reina absoluta en el cadalso, acabaran por concluir que quien se apiola a una, se puede apiolar a todas. Y, a la postre, acabó teniendo razón. El gesto de Fernando de volverse contra su padre levantó otro tapón en el desagüe de nuestra propia Historia.

Otro efecto importante del conjunto de defecciones de Fernando (esto es: El Escorial, más, según algunos, Aranjuez, más el golpe de Estado a su vuelta a España) es que, además de escribir en piedra el efecto napoleónico de elevar al Ejército a la condición de actor político de primer nivel, hacer lo mismo con la Iglesia; lo cual, en mi opinión, es el principal elemento de la construcción de las dos Españas.

La Iglesia católica, apostólica y romana es muy importante en la Historia de España. A despecho de lo que pueda decir hoy tanto negacionista de la Reconquista, el hecho de que España, y la identidad española (o ibérica, si se prefiere) se construye desde la misión histórica de recristianizar la nación, a mí me parece absolutamente evidente. Desde los Reyes Católicos, siempre hemos sido la niña bonita de Roma, y ahí está el Patronato Real para demostrarlo; el hecho, para mí incontestable, de que ninguna otra nación de Europa ha tenido acuerdos concordatarios con la Santa Sede que le otorgasen tantas prerrogativas (y algún día, espero que no muy tardío, tengo la idea de contaros lo mucho que tuvo que remar el general Franco para intentar recuperarlos). Nosotros, pues, siempre hemos sido mucho de Dios, para qué negarlo; y eso le ha dado siempre mucho poder a la Iglesia, que hasta entrado el siglo XIX seguía cobrando exacciones formalmente relacionadas con las cruzadas. Esto, sin embargo, no quiere decir, necesariamente, que la Iglesia fuese un poder político como tal. El suyo era un poder ejercido a través de las instituciones, nominalmente la monarquía.

Cuando Fernando se apunta al golpismo y decide hacerse rey de España por el artículo 33, lo hace porque sabe que, en ese momento, es la persona más popular del país, hondamente querida por sus vasallos. Pero ese cariño está fundamentalmente basado en los púlpitos; que son, también, los que encabezarán la campaña antiliberal producida antes de su regreso a España. Fernando, pues, le enseña a la Iglesia el camino de la prevalencia social, al mismo tiempo que le enseña a las fuerzas liberales, a la izquierda decimonónica, el concepto de que su defensa y desarrollo tendrá que pasar por el anticlericalismo. Yo ya sé que hay muchos autores, como Caro Baroja, dedicados a la idea de que en España siempre ha habido corrientes anticlericales. Y es cierto. Pero la intensificación que experimenta este movimiento en el siglo XIX, hasta llegar a límites realmente muy violentos, es eso que llamamos una curva de palo de hockey.

A partir de la llegada de Fernando a España desde Valençay, la Iglesia ya no dejará de ser un problema en España. Y no serán sus canonjías ni sus pretendidos derechos sobre la moralidad el problema mayor; será su pura y simple participación en el poder político, que alcanzará un clímax, entre grotesco y enormemente preocupante, en la figura de sor Patrocinio, la monja de las llagas.

Salvo extrañísimos personajes-bisagra, como Leopoldo Alas, que ha sido acertadamente descrito como un agnóstico postrado ante un altar sin Dios, nuestro siglo XIX carecerá de personajes in between, capaces de concordar los dos lados de la trinchera.  Y ese tipo de enfrentamiento es el que nos enseñó Fernando.

El tercer gran elemento distorsionador generado por Fernando de Borbón fue bloquear la evolución de la monarquía. España, para bien o para mal, esto es algo que no tiene que ver con opciones ideológicas, tiene un serio compromiso histórico con la monarquía; somos una especie de Inglaterra mediterránea en esto. El monarquismo, sin embargo, siempre ha de contar con la capacidad de la institución de adaptarse a los tiempos o, incluso, liderar ese cambio.

El papá de Fernando, el pígnico Carlos IV, ya apuntaba maneras; pero su hijo las confirmó. Que soñase, al albur de la segunda década del siglo XIX, con la reinstauración de la monarquía absoluta en España, no es algo que le podamos reprochar, pues no fue el único que tuvo ese sueño. Pero Fernando fue, por así decirlo, más retardatario que nadie. Lo fue por lo que he explicado en el punto anterior: porque, apoyándose en dos nuevos (e ilegítimos) actores políticos; el ejército y la Iglesia, creó la dinámica de las dos Españas. Esa dinámica forzó la evolución pendular que a partir de entonces tuvo el país, que muy pocas veces durante el siglo reposaría en zonas templadas.

En ese entorno, lo que tenía que haber pasado, si el guión estuviese bien escrito, es que la monarquía, como institución, liderase el proceso de constitucionalización del país, de definición de unas reglas de juego en las que todos cupiesen; un poco el esfuerzo que hizo Cánovas a finales de siglo con su constitución restauradora, pero antes. Entrado el siglo XX, todavía el tataranieto de Fernando, Alfonsito Tacatún, se permitía el lujo de aceptar el cese de todo un consejo de ministros porque en pleno estaba en desacuerdo con él; e, incluso, años más tarde pronunciaría un famoso discurso en Córdoba en el que se permitía enmendarle la plana al gobierno. Todo eso, claro, sin contar su actuación en 1923, que muy constitucional no fue.

Alfonso XIII, lo he dicho, era tataranieto de nuestro Rey Felón. Era de su pata. Hacía lo que había aprendido, lo que había mamado. Era, cien años después de las felonías de su no tan ilustre pariente, un reflejo de él, un resultado del proceso durante el cual, durante un siglo, una monarquía permanece intratable en su convicción de ser preconstitucional.

Fernando VII es una mancha en la Historia de España. El problema, en todo caso, es que es una mancha muy gorda, muy ancha, que nos ha marcado para siempre; pesimistas, enfrentados, apuntados a un constante sistema de expolio en el que el ganador siempre se lo lleva todo, y no comparte nada. Fernando VII está en cada tuitero que quiere echar de España a Podemos; en cada español que quiere ilegalizar a VOX; en cada persona que considera que tener la mitad más uno de los votos le da la capacidad de desarrollar el 100% de su política; en cada persona que opina o vota en contra, que está dispuesta a hacer lo que sea para que no gobierne X, o Y.

Fernando VII, amigos, somos nosotros. Todos nosotros. Ahí es donde nos jodió.

17 comentarios:

  1. Buenos días.
    Yo estudié el siglo XIX a fines de los años 80. Carr y su España, 1808-1939 era el libro importante (de hecho sigue imprimiéndose, y avanzando en años).
    ¿Tiene usted alguna recomendación de libros generales de la época?¿O de libros particulares que abarquen el period?

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  2. Por dónde empezar...

    Miguel Artola, por ejemplo. Sus dos tomos sobre partidos e ideologías en España desde 1808 yo creo que son fundamentales. O su libro sobre las Cortes de Cádiz.

    Gil Novales, también. Es un periodo ligeramente posterior, pero vale. Entre los clásicos, las memorias de Mesonero, las de Toreno y, por supuesto, Galdós. Del recientemente fallecido Carlos Seco, su libro sobre Godoy, o el excelente estudio preliminar de la edición que hizo de sus memorias (más las anotaciones; a mí me parece la mejor edición que se ha hecho de este libro).

    Producciones recientes, la biografía de Emilio la Parra.

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  3. Solo felicitarte por esta extensísima serie y por una epílogo tan inspirado e inspirador. No sé si puedo esperar a la siguiente serie y mucho menos volver al ritmo de dos posts a la semana :) ¡Muchas gracias!

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  4. Anónimo5:05 p. m.

    ¿Y no te animarías a continuar con su reinado y la pérdida de los territorios americanos?

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    1. Me da algo de prevención. La independencia de los Estados latinoamericanos no es mi fuerte. Quiero decir que no es algo sobre lo que haya leído de la hostia, y, por citar sólo las cifras de esta semana, de lunes a jueves han entrado en blog: 152 lectores desde Argentina, 144 desde México, o 74 desde Perú. Me da cierta cosa que me digan, con razón, que resbalo en alguna curva.

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  5. Anónimo10:50 p. m.

    He disfrutado mucho este articulo, gracias. Me quedo pensando que hubo un par de tipos en Argentina que sentaron las bases de males seculares.

    Chofer Fantasma

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  6. Anónimo11:13 p. m.

    Respecto a tus prevenciones de tratar las perdida de las colonias americanas ante un auditorio latinoamericano, te recuerdo que a todos nos gusta que se hable de nosotros, aunque mas no sea para desmentir los dichos. A mi me parecería muy interesante escucharte contar desde el punto de vista de un español esos episodios, que siempre he escuchado desde historiadores argentinos. Y si de males para España hablamos, la pérdida de territorios desde Tierra del Fuego hasta Mexico sin duda califica como mal absoluto.


    Nuevamente el pesao del chofer fantasma

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    1. Lo mismo me animo un día a escribir unas primeras notas sobre "por qué fue Carlos IV quien perdió las colonias".

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    2. Yo creo que fue Carlos III, y su apoyo a la independencia de las Trece colonias. :-D

      Aunque era el sino de los tiempos, claro.

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    3. En principio, sí. Pero quien la terminó por cagar fue el hijo.

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    1. Razón lleváis tú y Pablo. Era bisnieto, ciertamente.

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  8. Excelente serie como siempre, me ha gustado mucho. En lo personal, siempre he pensado que todos los hispanófilos actuales que consideran el proceso de independencia como un error garrafal, se olvidan de Bayona, de que jamás habría pasado nada, de no ser por la traición del rey felón.

    Alfonso Más Me Crece era bisnieto de Fernandito, no tataranieto.

    Como lector venezolano, creo que podrías empezar a estudiar las guerras de independencia hispanoamericanas con John Lynch, es un excelente punto de partida.

    Obviamente, Madariaga no es una opción, se dejó llevar demasiado por su resentimiento hacia Bolívar y los demás líderes patriotas.

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  9. Anónimo1:41 p. m.

    Una pregunta respecto a Fernando VII, ¿es cierto eso que se dice que solo comía carne y cocido y que solo transigió cambiar su dieta en los peores momentos de gota para comer sopa... de cocido?

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    1. Ni idea, la verdad. El chico, desde luego, era lo que en mi tierra se denomina un larpeiro. O sea, de buena mesa.

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