lunes, marzo 07, 2011

La crisis del papelito

Casi siempre que un político cae en desgracia, hay algún correligionario suyo que tiene algo que ver. En política, eso lo saben bien los políticos, hay que guardarse mucho de los enemigos; pero los realmente peligrosos son los amigos y correligionarios.

Si os digo que hay un montón de gente en la Historia del mundo que ha probado la política como modo de vida y ha salido asqueada, supongo que no os descubro nada. En todas partes cuecen habas y hasta en la ocupación más gilipollas puede uno encontrarse con la envidia y la ambición de otros haciendo de las suyas. Pero lo de la política rompe moldes. Los ciudadanos solemos pensar que los políticos nos maltratan; pero eso es porque no tenemos ni idea de cómo se maltratan entre ellos.

Siendo así las cosas, en la Historia tiene que haber, y de hecho los hay, puñados de episodios que son canónicos a la hora de expresar las metíferas consecuencias de la ambición política. Hoy os quiero hablar de una de la que, quizá, nunca hayais oído hablar: la crisis del papelito.

La crisis del papelito es una crisis ministerial que provocó la que quizás es una de las dos o tres broncas parlamentarias más sonadas de la Historia de España. Pero antes de llegar a la crisis propiamente dicha, que es corta, deberemos contar algunos antecedentes.

Necesito que os transportéis al año 1903. La Restauración española, es decir ese montaje político de Cánovas que pretendía exportar el modelo bipartidista inglés a nuestro país a base de dejarse la democracia por el camino, ha perdido ya a sus dos principales arquitectos: Cánovas y Sagasta. Tras la desaparición de estos dos políticos, y en medio de algunos titubeantes experimentos, los conservadores son los primeros en encontrar un líder neto: el político entonces de 50 años de edad Antonio Maura. Desde el 4 de diciembre de 1903 es Maura presidente, y la autoridad de su liderazgo partidario hace pensar en una estabilidad que España está pidiendo a gritos.

La estabilidad, sin embargo, tenía un problema. Como consecuencia de la temprana muerte de Alfonso XII, que era quien había sido llamado por la Historia a ser el Juan Carlos de Borbón de la Restauración, reinaba en España un chavalote, un niño pijopera bastante caprichoso, que la Historia conoce como Alfonso XIII. El rey Alfonso era poco menos que un adolescente, fuertemente influenciable y dotado de cierta ambición de poder que le llevó, en su juventud como en su madurez, a exprimir sus soberanías de rey constitucional al máximo. El hecho de que la Constitución canovista hubiese sido redactada en unos términos blandi-blub para que todo le cupiera dentro, le ayudó bastante en la acción.

El 14 de diciembre de 1904, cuando el gobierno Maura caminaba hacia la inusitada marca de un año seguido de administración, el ejecutivo cayó por una gilipollez de su majestad. Una de esas cosas que cualquier rey sinceramente constitucional se cortaría un dedo antes que hacer. Alfonso XIII, sin embargo, la hizo, y con ello marcó un jodido precedente para el reinado que apenas comenzaba.

Quedó vacante la jefatura del Estado Mayor del Ejército. Algún día, alguno de los lectores expertos en el tema militar de este blog, que sé de buena tinta que los hay, ha de explicarme la verdadera importancia que, en el intrincado laberinto de la jerarquía militar, ejercen los estados mayores; pero, aún sin dicha explicación precisa, es obvio que es un puesto de gran importancia. De tan gran importancia que los gobiernos ni por asomo quieren tener un JEM que no sea de su estricta obediciencia, conocimiento y confianza.

Propuso el gobierno Maura al general Loño, militar, al parecer, de impolutos hoja de servicios y prestigio. Como digo, era su prerrogativa realizar tal nombramiento, jugando el rey, teóricamente, apenas un papel sancionador. Pero no fue así. El rey tenía otro candidato, casualmente el jefe de su Cuarto Militar, el general Polavieja, también muy valorado de la opinión pública. Por mucho que porfió Maura, el jovenzuelo Borbón no se bajó de la burra. Había de ser Polavieja, y a él la soberanía gubernamental no le iba a joder el capricho. Reunido el consejo de ministros, sus miembros decidieron darle una lección al niñato anunciando su dimisión si no era nombrado Loño. Alfonso XIII, en lugar de recular inteligentemente, tiró de su carácter voluble y, por qué no decirlo, un poco gilipollas, y, simple y llanamente, aceptó la dimisión.

Como digo, fue un conflicto favorecido por la evanescencia constitucional de la Restauración. La Constitución canovista concedía a Alfonso XIII la suprema jerarquía del ejército; cosa que también hace la actual, aunque en términos que dejan más claro que se trata de un mando constitucional y por lo tanto el rey, por muy supremo jefe de los ejércitos que sea, no le puede ordenar mañana por la mañana que invada Bielorrusia porque a él le de la gana. La Constitución canovista, sin embargo, le dejaba margen al rey para pensar, sobre todo si era tan tonto como para pensarlo, que su supremo mando era efectivo y, por lo tanto, el nombramiento de un JEM era cosa suya (o, más bien, de su camarilla).

Con este detalle, Alfonso XIII sumió al país en el pozo de los gobiernos provisionales que habría de caracterizar su reinado. El día que el rey juró como tal 17 de mayo de 1902, se había formado un gobierno Sagasta que cayó en diciembre del mismo año. El 6 de dicho mes juró como presidente del Consejo de Ministros Francisco Silvela, que dimitiría en julio del año siguiente. Todavía antes de Maura, durante los cuatro meses y medio que tardó en gobernar él, gobernó Raimundo Fernández Villaverde. Por lo tanto, entre mayo de 1902 y diciembre de 1904 había habido la friolera de cuatro gobiernos.

Alfonso XIII había demostrado con la anécdota del general Loño que le gustaba trabajar con gente que o le bailase el agua o le dejase en paz. En ambas cosas era bastante experto el general Marcelo Azcárraga, y probablemente fue por eso que el rey pensó en él para encargarle la sustitución de Maura. De hecho, casi el primer acto de gobierno de Azcárraga fue, por supuesto, firmar el nombramiento de Polavieja como Jefe del Estado Mayor del Ejército, tal y como quería el Borbón. No era la primera vez que la personalidad afable y acomodaticia de este militar le había valido la alta magistratura gubernamental. En 1897 había ya sustituido a Cánovas, superando a rivales teóricamente mejor colocados, por las mismas razones. En 1900 repitió.

El problema que tenían don Alfonso y don Marcelo es que, probablemente, eran los únicos que pensaban que aquello podía ser estable. Azcárraga cayói pronto en la cuenta de que, en cuanto pasadas las Navidades se abriesen las Cortes, y puesto que no tenía partido ni facción que estuviese dispuesta a inmolarse con él, los señores diputados le iban a dar un cañete en todo el colodrillo. Solución: las Cortes no se abrieron. No obstante, Azcárraga comprendió que aquélla era una situación que no podía mantenerse. Una cosa es que la Restauración fuese un pastiche caciquil en el que, sólo por casualidad, las elecciones siempre las ganaba el partido que las convocaba; y otra muy distinta que se convirtiese en una dictadura con todas las de la ley.

El 23 de enero 1905, apenas unas semanas después de nombrarse el gobierno pues, se abren las Cortes y Cobián, ministro de Marina, considerando que el Ejecutivo no es sostenible con el Parlamento abierto, dimite, y dimitiendo abre un portillo por el que se cuela, sin perder minutos tres, el titular de Guerra (o sea, Defensa), Villar y Villate, estrechísimamente ligado al monarca. Es evidente que los ministros militares, en un gobierno formado bajo los auspicios de un rey que quería hasta jefes de Estado Mayor que le molasen, eran de la camarilla real. Así pues Azcárraga, tras la marcha de los Chaconos de la época, interpretó que el rey no quería gobiernos que abriesen parlamentos y les dejasen votar, y se fue a su casa, pues hombre tan afable como él no tenía, desde luego, madera de dictador.

Tras este modélico gobierno de 40 días llegó, de nuevo, ese señor que hay mucha gente que piensa que ha sido una calle toda su vida: Raimundo Fernández Villaverde. Villaverde era conservador, es decir teórico correligionario de Maura. La elección del rey era toda una muestra de mala leche o, si se prefiere, de una forma de actuar, que Alfonso sacaría a pasear bastantes veces en los siguientes años, por la cual el monarca llamaba a formar gobierno, no a los líderes partidarios, sino a aquellos, que decimos hoy, barones del partido que consideraba más proclives a sus peripatéticos puntos de vista. Lo cierto es que el gobierno Villaverde no sirvió para otra cosa que para consolidar el liderazgo de Maura en el partido conservador, lo cual llevó al gobierno a cerrar el Parlamento, una vez más, durante meses, para poder legislar sin que le votasen en contra. Pero como aquello no podía durar eternamente, a los cinco meses de haber jurado, se abrieron las sesiones y el gobierno cayó.

Visto que si encargaba gobierno a los conservadores tendría que ser Maura, que era algo que el rey no quería, probó con los liberales en la persona de Eugenio Montero Ríos. Dimitió unos cinco meses después.

Estamos en el 1 de diciembre de 1905. Hace un año ya de caída de Maura, y nos parece que han pasado ocho años. El rey sigue erre que erre con los gobiernos liberales, y llama a Segismundo Moret, quien jura como primer ministro en tal día y dimite en julio de 1906, ante el hecho palmario de que carece de más apoyo que el regio para gobernar.

El rey llama a formar gobierno a un mediana fila en este partido, militar además: el general José López Domínguez, a quien definen el Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro de esta manera: «genuina representación de la mediocridad discreta, ni victorioso ni vencido jamás en ninguna batalla, campal o parlamentaria, orador poco elocuente, aun cuando supiese hablar seguido, y escritor nada brillante, aún cuando fuese capaz dar forma gráfica a sus ideas sin ayuda de secretario». Sobrino del famoso general Serrano y liberal canalejista, era tenido por lo que entonces se llamaba, pero que nadie se asuste, la extrema izquierda dinástica.

Pero que el rey llame a López Domínguez, no creais, tiene su lógica.

No os fijéis en López Domínguez. El pobre general es sólo un peón. Un peón canalejista porque José Canalejas es, en realidad, su padre político, y el hombre cuya labor el general se compromete a llevar a cabo al frente del gobierno. Lo que hay detrás del gobierno López Domínguez es una guerra de altos vuelos entre los dos personajes que quieren dominar en el Partido Liberal. Porque si en el conservador el liderazgo de Maura está claro en ese momento (diez años más tarde, ya la cosa cambia), en el Partido Liberal hay dos culos para la misma silla: el de Segismundo Moret y el de José Canalejas. Moret tiene a su favor una larga labor ministerial en los diferentes gobiernos liberales de la Restauración; es, pues, una especie de Rubalcaba de la época. Canalejas, sin embargo, es un político más joven, que mira hacia el futuro, que tiene aún escasa experiencia en el poder y que maneja conceptos que el liberalismo antiguo tal vez maneja con más torpeza: laicismo, política económica liberal, convergencia con republicanos e incluso socialistas... Canalejas es, pues, un poco la Chacón de esta historia.

Moret cometió un error. Le hemos visto dar un paso adelante en diciembre de 1905 aceptando ser presidente del Gobierno, y marcharse con el rabo entre las piernas 7 meses después. En parte es, claro, por la oposición monolítica que le hacen los conservadores, pero, en parte, es también porque su propio partido no pone toda la carne en el asador defendiéndolo, porque hay una mitad de la formación que no lo quiere como líder. El nombramiento de López Domínguez, a sus ojos, le presenta la oportunidad de devolver el golpe.

Así pues, nos encontramos ante un panorama que hoy tenemos por inusitado: un gobierno liberal al que le hacen la guerra parlamentaria los propios liberales moretistas. Las fuerzas de Canalejas eran muchas: no sólo su hombre era presidente del Gobierno sino que él mismo era presidente de las Cortes. Juntos, ambos cargos urdieron una derrota parlamentaria de Moret y, consecuentemente, dieron instrucciones al partido de que votase en contra de una proposición de los conservadores que Moret había ya apoyado públicamente. Moret tuvo que conseguir de sus contrincantes que retirasen la dicha proposición a pelo puta para no ser derrotado. El siempre maniobrero Conde de Romanones, siempre atento a todo movimiento que le pudiese dar poder, aprovechando su presencia como ministro en el gobierno López Domínguez, redactó una proposición parlamentaria para darle la puntilla a su correligionario y sin embargo enemigo; pero López Domínguez se acojonó, pensó que quizás si la presentaban el Partido se iba a tensionar en exceso, y decafeinó la proposición de tal manera que hasta Moret pudo votarla a favor.

El general López Domínguez tenía entonces 77 años, y un carácter afable. Al ver a Moret votar la proposición de Romanones, en su ingenuidad senil, consideró las viejas rencillas acabadas, por mucho que hubo quien le advirtió de lo contrario; y no me refiero a Romanones, pues Romanones, en sus memorias, siempre dice que lo sabía todo de antemano, pero eso, claro, lo escribe a toro pasado.

Moret, de hecho, hizo algo más para que López Domínguez pensase que el movimiento liberal había entrado en fase Viva la Gente, pues el 20 de noviembre de 1906 vota campanudamente una proposición de apoyo al gobierno.

Al día siguiente, un relajado López Domínguez va al palacio real a despachar con el rey. Confiado, le dice al monarca que no tiene gran novedad que comentarle. Y el rey, torciendo el gesto, le dice que él, en cambio, sí tiene algo que contarle.

Alfonso XIII ha recibido una carta. Una carta que será el «papelito» que dé nombre a esta historia.

Una de las obsesiones de José Canalejas era el laicismo, qué el consideraba condición necesaria para un Estado moderno. En momentos posteriores, cuando llegase a la presidencia del Gobierno, dejaría buena marca de ello, pero ya entonces, cuando era presidente del Congreso y alma mater del Gobierno, tenía las mismas intenciones. Por esa razón, en las semanas anteriores al papelito, Bernabé Dávila, ministro de Gobernación, había preparado un proyecto de ley de Asociaciones que suponía un recorte notable del poder de las órdenes religiosas. De hecho, el conocimiento del borrador había provocado una cascada de misivas desde el Episcopado.

¿Era Moret contrario al laicismo? Como buen liberal, en modo alguno. A lo que era contrario era al éxito de Canalejas. Ambos eran correligionaros, miembros de la misma mayoría formada en ese momento, pero Moret no podía soportar que aquel proyecto saliese adelante, así pues tomó la decisión, de una inconstitucionalidad flagrante, de saltarse el escalafón partidario y gubernamental y enviarle una carta directamente al rey. Fue un felón Moret por enviar la carta y un idiota el rey por darle pábulo. Ninguno de los dos tuvo con sus gestos el más mínimo respeto por el orden constitucional.

En su carta, Moret auguraba que el proyecto de Asociaciones rompería al Partido Liberal, y añadía: «Tal vez sean exagerados estos patrióticos temores; pero el rey tiene el medio de aquilatarlos, llamando a los representantes caracterizados del Partido Liberal y contrastando sus juicios con el que respetuosamente someto a Vuestra Majestad».

Moret, por lo tanto, invitaba al rey a operar de árbitro en una discusión partidaria, y lo que es más acojonante aún, el rey hizo algo distinto de limpiarse el sobaco con aquella carta. No sólo no la rompió, ni la quemó, ni la olvidó; sino que, a la llegada del primer ministro liberal, se la leyó, y debió de dejarle bien claro que le pensaba hacer lo que Moret le recomendaba, porque López Domínguez, noqueado pero gallardo, dimitió al instante.

Hay, por cierto, un tercer conspirador en esta milonga: Santiago Alba, político de larga trayectoria que acabaría incluso presidiendo las Cortes republicanas, y que en ese momento era gobernador civil de Madrid, nombrado durante el gobierno de Moret. Él fue quien llevó en mano la carta y se aseguró de que acabase en regias manos, sin intermediarios.

El 28 de noviembre, por si eran pocoas las sospechas de que pudiese haber una conjunción entre el monarca y Moret, es a éste a quien Alfonso XIII encarga la formación del gobierno. Así las cosas, toda la conspiración palaciega, toda una movida de camarilla a las que Alfonso XIII era desgraciadamente muy aficionado, quedó en evidencia. La política española avanzó hacia un episodio vergonzoso.

El 3 de diciembre, en doble sesión, compareció el gobierno Moret ante el Congreso y el Senado. Según las crónicas, fue recibido como el Real Madrid en el Camp Nou. Ni siquiera los liberales no canalejistas, teóricos ganadores de la movida, apoyaron a Moret, conscientes de que lo que había hecho el político liberal no había sido en beneficio de facción alguna, sino en el estricto beneficio propio.

Ya de camino al Congreso desde Palacio tras haber jurado, el personal les iba llamando de todo a los ministros. Moret estuvo torpe en su discurso, lo cual no es de extrañar porque le interrumpieron varias decenas de veces coreando gritos prostibularios. En cambio, a López Domínguez, erguido y noble, lo escucharon con reverencia y saludaron el final de su discurso con una cerrada salva de aplausos.

Al día siguiente, esto es al tercer día de vida del gobierno, un senador presentó una moción de censura contra el Ejecutivo. No creo que haya muchos precedentes de esto en la Historia parlamentaria del mundo. La moción, en cambio, no se votó. El gobierno Moret dimitió inmediatamente, tres días después de haber jurado.

Dado que en ese momento nadie se fiaba del rey ni para comprar un caramelo, el monarca tuvo que nombrar primer ministro a Antonio de Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo, marqués de Mos, conde de Bobadilla, vizconde del Pejullal, Grande de España. El marqués era un viejo político liberal que entonces tenía la friolera de 80 años y que había sido ministro de Isabel II. La pollada de Alfonso XIII fue, por lo tanto, del mismo calibre que si mañana dimitiese Zapatero y el rey llamase a formar gobierno a alguno de los ministros del último gobierno del general Franco.

Ciertamente, el marqués de la Vega de Armijo fue echado del poder por los conservadores en sólo tres sesiones parlamentarias. Pero para la Historia ha quedado un gesto de este pizpireto aristócrata liberal, que mostraba un optimismo incurable. De regreso a su casa, ya habiendo tenido que dimitir, en enero de 1907, encontró a sus parientes y clientes compungidos y contritos. Él, en cambio, se quitó el sombrero y el gabán, y les gritó.

- No os desaniméis, amigos. ¡El porvenir es nuestro!