lunes, enero 14, 2013

Sor Patrocinio



La invasión de España por las tropas francesas supuso la puesta en fuga de muchas personas que formaban la corte de los reyes borbones, de las cuales hubieran esperado los galos la principal resistencia hacia sus objetivos en el país; en realidad, en lo mucho que se equivocaron reside buena parte de la grandeza de ese episodio que llamamos guerra de la Independencia; suceso que, en cualquier otro país, sería venerado por la sociedad desde la escuela hasta las series de televisión, pero que en esta España nuestra pasa por nuestras vidas casi sin romperlas ni mancharlas.

Una de las personas que hubo de huir con gran prevención de su seguridad fue don Diego de Quiroga y Valcárcel, gentilhombre de la Corte, administrador de rentas del rey; y su mujer, doña Dolores Cacopardo del Castillo. Tanto temor sentían Diego y Dolores por su vida, que resolvieron huir de España viajando en solitario, cada uno por su cuenta, para así dificultar su búsqueda y ampliar sus posibilidades de, al menos uno, salir airoso del trance.


 

Doña Dolores huía embarazada. Al pasar por el pinar de San Clemente, en tierras de La Mancha, se siente romper aguas, yace en una posada cercana y ahí, ayudada por las venteras, alumbra a una niña (el mito dice que alumbró ella sola en el pinar, por no dar pistas al francés de su paradero). A los pocos días del alumbramiento, acierta a pasar por el mismo lugar su marido, y el matrimonio se reagrupa.

Esa niña es María Josefa Dolores Anastasia de Quiroga y Cacopardo; la que, siendo una pizpireta, será conocida como La Quiroguita en el Palacio Real de Madrid que hoy visitan los rusos prósperos; y que la Historia conoce como sor Patrocinio. Era el 27 de abril de 1811; algunos querrán ver ya en el día del alumbramiento las señas de lo prodigioso, pues fue un día en el que, a pesar de lo avanzado del año, señalan las crónicas que nevó muy copiosamente en los campos de la Castilla del sur.

Hay porciones de la vida histórica que son imposibles de reconstruir. Nunca sabremos, creo yo, por qué, desde los primeros inicios de la vida de Dolores, su madre, que lleva su mismo nombre, la desprecia y se distancia de ella. Se habla de que las preferencias de la madre estaban con Ramona, otra de sus hijas; pero parece poca razón ésa para justificar que la niña se vea, casi desde los tiempos del mamoneo, privada de la presencia de su madre, por deseo de ésta. En todo caso, la niña pasa sus primeros años lejos de Madrid, en la casa solariega de la familia, jugando con uno de sus hermanos, Juan, a construir pequeños altares. Cabe deducir de ello, por lo tanto, que la futura sor Patrocinio tiene desde muy niña la querencia por lo religioso.A falta de madre, Madre.

Terminada la guerra, los Quiroga se trasladan a Chinchilla y luego, como no puede ser de otra manera con el regreso de El Deseado, a Madrid. Sin embargo, en ese momento muere el cabeza de familia, dejando una viuda y cinco hijos (Diego, Esteban, Dolores, Ramona y Juan) en situación comprometida. Es 1823 y Lolita, como todos la conocen, tiene 12 años. La madre vende todo lo vendible y se establece definitivamente en Madrid. Una vez allí, es recibida por el rey felón, a quien, antes de morir, don Diego le ha ponderado las virtudes de su niña. Es Fernando quien la llama quiroguita con cariño.

¿Formaba parte el atractivo físico de aquella querencia real? Sin duda. El retrato tal vez más famoso de sor Patrocinio la inmortaliza a los cuarenta años de edad, que son como cincuenta y muchos o sesenta y tantos de hoy en día; y, aun así, en el lienzo se puede ver a una mujer con una mirada interesante, algo achinada, y una boca fina y sensual; aunque, todo hay que decirlo, la nariz no acompaña al resto del conjunto, nos encontramos ante una mujer de belleza, como poco, notable. ¿Pibón? Tal vez. A Fernando VII, además, no le hacen ascos los infanticidios… Que Dolores es guapa, además, lo sabemos porque, más bien pronto que tarde (para ser concretos, en el párrafo siguiente), la veremos sorber el seso, y durante años, de un notable calavera, putero y cachondo como pocos, de la política española decimonónica.

A los quince años, según todas las crónicas, su madre doña Dolores designa a Lolita para acabar con las estrecheces de la familia gracias a una buena boda. El pretendiente es un hombre de leyes riojano, para entonces permanentemente trasladado a Madrid, llamado a ser uno de los diez o doce nombres más importantes de la Historia decimonónica española. Hay que ser, en efecto, perdidamente carlista para negarle esa calidad a Salustiano Olózaga.

Olózaga terminará por ser hombre de orden liberal en España, parlamentario no exento de brillantez y político influyente. Pero en aquellos tiempos de 1826, lo que es, básicamente, es putero. Putero con dinero, como lo son casi todos los jóvenes casquivanos que baten casi cada noche el barrio de las putas de Madrid, que hoy se llama de Las Letras (un pareado famosísimo, hoy olvidado, dice: calle de las Huertas, / más putas que puertas). Joven y dinámico, poligonero decimonónico, abrazado cada madrugada al umbral de cualquier after hours, Olózaga es el impulsor de un club, llamado Los Caballeros de la Cuchara, que viene a ser como una especie de choco vasco a la madrileña, portátil y movible, que visita en grupo las tabernas de la ciudad para cenar allí opíparamente, cogerse un moco heliopolitano a los postres, y terminar la noche durmiéndose plácidamente entre las tetas abundantosas de cualquier hetaira, en cualquier burdel. Pero eso es así hasta que en cualquier paseo por los madriles (por ejemplo, en el más frecuentado, generalmente conocido, en la segunda mitad de siglo, como el tontódromo) se cruza con la Cacopardo y su niña (quince/años/tiene mi amor…) y decide: the girl is mine.

Salus se camela a la madre. Si la madre no se empalma con la idea de casar a la niña con tamaño señor, es sólo porque no tiene pene. Resuelta, llega a casa, llama a su hija, y le da una orden: te casas, niña.

Y la niña le dice: y una polla como una olla. Bueno, en realidad le dice algo así como que ella sólo quiere tener un Divino Esposo. Pero, a los oídos de la madre, la cosa no tiene gran diferencia.

Benjamín Jarnés, sarcástico y a la vez respetuoso biógrafo de la monja de las llagas, especula en el relato de su vida con que Dolores Quiroga fuese, en algún grado, autista. La brevedad de su obra no le permite desplegar todos los argumentos que le llevaron a esa hipótesis, pero hay uno que se adivina en las cosas que se saben de la vida de sor Patrocinio que podría cuadrar con esa teoría, así como con el hecho de que, con quince años, y sin tener su vocación religiosa totalmente formada, rechazase la posibilidad de casar con un abogado de brillantísimo futuro: la repugnancia por el contacto físico.

Una monja de 90 años, sor María del Triunfo, que con veinte tomó los votos de manos de sor Patrocinio, le contará al propio Jarnés, en 1929, que una vez cayó en la tentación maligna, pues albergó deseos de darle un beso a la que entonces era su abadesa: sor Patrocinio. Se lo confesó y la monja, ya talluda, sonrió y le dijo: “pues dámelo”. Aquella anécdota, como digo recogida de primera mano de una anciana que, si la tuvo alguna vez, ya no tenía razón para mentir o inventar, es, a mi modo de ver, expresiva de la dureza de la regla diaria de aquellas monjas concepcionistas descalzas; regla que, para el momento de la anécdota, de mucho tiempo atrás era diseñada y regida por la propia sor Patrocinio, que gobernó todas sus comunidades monjiles durante décadas. Por lo tanto, podemos concluir que, en el mundo que construyó a su alrededor la monja de las llagas, no había besos, no había abrazos, no había nada. Nada. A mi modo de ver, eso viene a sugerir que la monja conservó durante toda su vida el rechazo hacia el contacto físico (del sexual ya ni hablamos) que la llevaría a doblar la esquina de la vida sin la compañía de aquel joven Salustiano Olózaga que, cabe sospecharlo, en asunto de contactos le podría haber enseñado todo lo enseñable.

Lejos de hacer caso de su madre, y contra sus deseos, Lolita Quiroga ingresa como educanda en el convento de las Comendadoras de Santiago. Las monjas del convento, y muy especialmente Petronila Zurita, hermana de la abadesa que es encargada de cuidar a la niña, comenzarán muy pronto a hablar de ciertos prodigios de los que es protagonista la adolescente. Honradamente, no podemos saber si estas cosas son interpolaciones creadas con el tiempo para sostener la fama de aquella monja santera, invenciones de las comendadoras, o reflejo, más o menos ficcionado, de las extrañezas de una niña que, como ya hemos insinuado, ofreciese alguna rareza mental que hoy la llevaría a ser objeto de educación especial, pero entonces, hace ya casi 200 años, bien podría parecer otra cosa.

El caso es que se empieza a decir que un día traen al convento el cadáver de un hombre antes de darle sepultura y Lolita aparece en la sala donde está el muerto, sentada sobre él, pálida, sudorosa y con la mirada perdida. Dejo a la apreciación de los peritos en sicología de qué puede ser esto indicio; en su tiempo dijeron las monjas, y pronto la calle, que el mismo Lucifer jugaba con la niña, tal vez porque la temiese. De la anécdota, la niña sacó un miedo cerval a los difuntos (lógico) que, dicen las crónicas, le duró hasta casi la hora de su propio óbito.

Aquellas cosas que pasan, o que no pasan pero como si hubiesen pasado porque es un hecho que Madrid las cree, hacen que la vocación de Dolores Quiroga quede sellada: será monja. Pero, por razones que no he logrado esclarecer en mis lecturas, no lo hará con las Comendadoras, sino en un convento de regla más estricta, el de la orden de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora (para abreviar, Concepcionistas Descalzas) del convento de Jesús, María y José, más conocido por todos como el convento del Caballero de Gracia; nombre que le viene por haber sido fundado por Jacobo de Grattis, un noble y ricohombre italiano que, en los tiempos de Felipe II, iba de burdel en burdel por Madrid, perseguido por un cura, fray Simón de Rojas, quien le espera a la salida de los burdeles para llamarlo a la vida virtuosa. Un día, rondando a una amada turolense de la que está enamoriscado, Grattis oye una voz, tal vez la de Dios, tal vez la de fray Simón escondido, que le reclama un cambio de vida, y ni corto ni perezoso se hace virtuoso, y funda el monasterio.

Entra en el establecimiento el 19 de enero de 1829, a las órdenes, como prelada, de sor María Benita de Nuestra Señora del Pilar; y adopta el nombre de sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio.

El primer preceptor espiritual de sor Patrocinio, el que la prepara para profesar, es el padre Joaquín Serrano, capellán de las Salesas. Pero luego tendrá otro, el capuchino Fermín Alcaraz, que tiene mucha más importancia en esta historia.

En el convento del Caballero de Gracia se inicia la teórica relación de sor Rafaela con Lucifer. Es, en realidad, poca cosa. Por lo general, lo que hace el demonio es trastabillar a la niña para que se pegue algún que otro hostión bajando las escaleras; pero la cosa no pasa de ahí. Una sola vez se atreverá el señor oscuro (léase rey de las tinieblas, no contrincante de Batman) a jugar con sor Patrocinio la Champions League del encantamiento diabólico, y será en una anécdota que acabará en los sumarios judiciales.

Al parecer, una noche Lucifer se apodera de la niña y se la lleva volando. Volando la transporta al puerto de Guadarrama; esto lo sabemos porque el confuso relato de sor Patrocinio nos dice que vio un león de piedra, que se quiere creer es el que hay en el puerto de Los Leones. Luego la lleva a ver un estanque con patos y ya, de ahí, sin mensajes ni tentaciones ni mayores historias, de vuelta a casa; la deja en un alféizar del edificio del convento, sucia de tierra, y confusa. De allí la recogen unas monjas que se cuelan desde una buhardilla.

¿Por qué quiso el demonio llevarse a la núbil monja al puerto de Guadarrama? No se explica. Tal vez quería, a la luz de la evolución futura de la zona, proponerle un bisnes inmobiliario; teniendo en cuenta la influencia que acabaría teniendo la monja en los resortes del poder, tal vez pensó el demonio que camelarse a la niña era la mejor forma de conseguir oportunas recalificaciones. Lo del estanque con patos ya es más confuso todavía, porque estanques hay muchos, y casi todos tienen palmípedos. Podría ser un campo de golf. De la anécdota podría concluirse, pues, que tal vez Belcebú tuvo en algún momento en la cabeza poner un campo de golf en los aledaños del puerto de Guadarrama. Quizá, para olvidarse allí, en ambiente tan frío, de las calenturas del Averno.

En el día de San Cosme y San Damián, se conoce que a sor Patrocinio le están saliendo las llagas de Cristo: en las manos, en el pecho, en el costado, en la frente, haciendo la figura de la corona de espinas. En realidad, según relata el sumario que con el tiempo se instruirá, las llagas van llegando en varias etapas, pero éstos son detalles nimios. Lo realmente importante es que a esta monja le nacen las mismas heridas que a Jesús, signo en sí de santidad y de mensaje del Cielo.

La primera llaga se había abierto en julio de 1829, aunque la monja-niña, parece ser, lo ocultó hasta marzo del año siguiente; de ser ciertas estas fechas, pues, sor Patrocinio habría recibido las llagas bien poco tiempo después de hacerse monja.

Las monjas y sus acólitos relatan la buena nueva. Pronto, todo Madrid la conoce. Se ha producido en la ciudad un nuevo prodigio de santidad. Nótese la situación del país, que seis años antes ha ahorcado a Rafael de Riego, enterrado la Constitución de Cádiz, dejado de cantar el Trágala, y todo lo demás. La nueva historia, la verdad, le viene de coña a esa España absolutista y tradicional que se ve peligrar por mucho que haya cerrado esa importante hemorragia. Prosigue el tiempo, nace la reina niña, y los tradicionalistas afilan los cuchillos, ante la posibilidad de que esa Isabel se convierta en reina de liberales. Quizá por casualidad, sor Patrocinio sigue a lo suyo, y en agosto de 1831, estando en el coro de la iglesia del convento, ve bajar a la Virgen, que viene a la Tierra a regalarle a la monja una imagen mariana (o sea, que la Virgen, como Javier Marías, gusta de citarse a sí misma), que el arcángel San Miguel coloca en el altar. La colega conventual sor María Juana de la Santísima Trinidad y “otras dos monjas más”, declarará sor Rafaela, son testigos de haber oído la música que tocaban los ángeles mientras pasaba todo esto. Esa talla de la Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias acompañará a sor Patrocinio toda su vida, hasta reposar, hoy, en el convento de las Concepcionistas Franciscanas Descalzas de Guadalajara; aunque en el actual oratorio de Caballero de Gracia hay una copia desde el 2007.

1834 es un año fundamental para los movimientos sociales anticlericales en Madrid y en España. La extensión del cólera en la ciudad lleva a mucha gente a la desesperación, y una anécdota bastante estúpida, ocurrida en la Puerta del Sol y de la que es protagonista un mozalbete irresponsable, acaba con el dicho muchacho cosido a puñaladas y con el pueblo todo de Madrid convencido de que los curas están envenenando las aguas de la ciudad. Se monta la de San Quintín y los conventos arden. Al albur de ese momento de pérdida de, diríamos hoy, imagen pública para la Iglesia, sor Patrocinio se convierte en un elemento más de las hablillas. En todo Madrid se dice que en Caballero de Gracia las monjas tienen encerrada a una niña a la que torturan para montarse el momio de las llagas y tal.

Estamos ya en 1835, y no querréis saber quién es gobernador civil de Madrid…

Pues sí. El otrora novio de Lolita Quiroga, que todavía la ama, la desea o ambas cosas, es el máximo fautor del orden público en ese Madrid donde lo más tierno que se dice que su ex novia es que se deja torturar AMDG (vale, las concepcionistas son franciscanas, no jesuitinas; pero queda más culto poner AMDG que “a la mayor gloria de Dios”). Así las cosas, Olozi actúa: el 7 de noviembre del dicho año, envía una pequeña compañía de la Guardia Nacional al convento. Luego el juez. Y a la buena monja se le comunica que está procesada.

¿Por qué el proceso? Pues, en mi opinión, en parte por los secretos deseos de venganza de Olózaga (yo sí que te abría una buena llaga, cordera…), o tal vez porque la amase sinceramente y aun soñase con salvarla. Y, en otra parte, porque en 1835 las cosas están ya que arden en el ámbito dinástico, ya se han definido las dos Españas, el trono y el incienso contra el trono y el progreso, y las autoridades saben que no pueden permitir ese espectáculo de santería disfrazada de pitufa, que tiene cohortes enormes de seguidores en la ciudad y puede ser convenientemente manipulada. A sor Patrocinio la acusan de montarse aquella milonga con la intención de socavar al Estado, por mucho que el sumario trate de respetarla considerando que ha sido manipulada; la acusación es, a todas luces, excesiva. Como suelen ser siempre las causas que se quieren profilácticas y ejemplarizantes.

En el sumario sale a relucir la noche en que Belcebú hizo de tour-operador y se llevó a la niña a ver el puerto de Los Leones y, por supuesto, el asunto de las llagas. La lectura del sumario es un tanto coñazo, declaración tras declaración de la prelada del convento, de las monjas, tal. Yo recomendaría, eso sí, a mis lectores que le metan córnea al escrito del fiscal, don José Sirvent y Bonifacio, que a mi modo de ver les hará cuenta de lo ocurrido de forma más resumida y amena.

El licenciado Sirvent ni se molestó en ir a la vista del juicio, debiendo leer su alegato el señor juez, don Modesto Cortázar. Quizás sabía el acusador que el caso lo tenía ganado, y así fue. Lo primero de lo que informa, y se duele, el escrito del fiscal, es de que no se haya podido tomar relato de fray Fermín Alcaraz, el segundo confesor de la joven monja, pues el buen fraile se encuentra huido y en paradero desconocido desde que el brazo secular ha metido las narices en los asuntos de Dios. ¿Por qué es tan importante el testimonio del fraile? Pues porque sor Patrocinio ha declarado que fue él quien le entregó una reliquia que provocaba las llagas, instándola a usarla pero no decírselo a nadie. Otrosí decimos, el ausente capuchino habría sido clave para desentrañar, por completo, el misterio de la monja de las llagas.

El paciente escrito del fiscal va desmontando, una por una, las piezas del edificio de santidad construido, sobre todo, por el testimonio de la prelada del convento y de la propia Patrocinio. En primer lugar, recuerda que esto del nacimiento de los estigmas es vieja tradición franciscana, como franciscana es la militancia de las monjas de autos. En segundo lugar, recuerda los relatos de las monjas en el sentido de que hubo un médico, ya muerto, que confirmó el carácter sobrenatural de las llagas; y un segundo, vivo, de nombre Rafael Costa, que también lo confirmó. Sin embargo, sigue el fiscal, el doctor Costa no confirmó una mierda; según depone ante el tribunal, se limitó a quedarse callado, según su confesión ante el juez Cortázar, más o menos por no meterse en líos (el texto literal de Sirvent, en este punto, es de una belleza coloquial encomiable: “llamado para visitar a otra monja vio las llagas en las manos de sor Patrocinio y, aunque conoció no dependían de causas sobrenaturales, no tuvo por conveniente decir so ni arre, por no exponerse a autorizar supersticiones, ni aparecer desatento diciéndolas que aquello era artificial o ficticio”).

Una vez aclarado que nunca hubo, que se sepa, médico que afirmase la sobrenaturalidad de las llagas, a no ser el doctor ya muerto, pasa el fiscal a relatar que, por comisión judicial, tres médicos notables de Madrid, los doctores Diego Argumosa, Mateo Seoane, y Maximiano González, reconocieron las llagas (durante cuatro horas; la descripción, más puntillosa que los twitters del doctor House, está en el sumario y ocupa varias páginas) y no sólo afirmaron que eran de origen natural, sino, a más a más que dicen en Cataluña, curables. Y, de hecho, en mes y medio las curaron (bueno: para ser precisos, comprobaron la curación de todas menos la del costado de la monja pues, aunque se habían preparado las cosas para una comprobación con total decoro, mediante un hábito con agujerito, se consideró que con la observación de las visibles quedaba atestada la curación completa).

Sobre la visita del diablo, se limita prácticamente Sirvent a informar, con frialdad, de que él mismo ha podido comprobar in situ que en el segundo piso del convento hay una ventana desde la cual se accede sin problemas al presuntamente inaccesible alféizar donde fue la monja teóricamente abandonada por un Lucifer volante.

En fin. Hecha notaría del sumario, volvamos a la tarde-noche de la detención. Lo que no consiguieron los representantes de la ley que se presentaron en Caballero de Gracia el 7 de noviembre de 1835 fue sacar a sor Patrocinio del lugar. Eso, hasta aquel momento, sólo lo había conseguido el Diablo con ocasión de la excursión a Collado-Villalba. Finalmente, tras mucha porfía, la chica quedó en el convento, pero al cuidado de su madre, doña Dolores Cacopardo; y de Ramona, su hermana.

La señora Caco aprovechó aquel oficio de carcelera para comerle la oreja a su niña para que se dejase de hostias (nunca mejor dicho) y se casase con Olózaga, quien todavía andaba como mandril en androceo por ella. Pero la monja se resistió.

Podemos imaginar, como en un guion de cine, que tal vez la madre hizo saber a su adorado protoyerno la resistencia de la monja. Porque lo cierto es que el gobernador civil da órdenes y el día 9, una tropa de guardias a bayoneta calada saca a sor Patrocinio del convento y se la lleva al número 119 de la calle de la Almudena, bajo, residencia de Manuela Peirote. En esta casa, donde se cuelan de matute la madre y la hermana de la seudodetenida, se producirá un encuentro privado entre Salustiano y Dolores cuyos detalles se desconocen, pero no en modo alguno su outcome, porque la monja, una vez más, le da al señor gobernador civil, futuro diputado, unas calabazas del tamaño de las criadillas del caballo de Espartero.

Cuatro meses después, es trasladada a la calle de Hortaleza, a un convento de Arrepentidas. Este tipo de establecimiento consiste en un lugar de adoración religiosa en el que profesan diversas putas y sirleras de la calle que deciden abandonar la mala vida. Son lugares poco recomendables porque, en realidad, esas cristianas de vocación tardía no son sino mujeres que, por habérseles descolgado los pechos, o por haber perdido la habilidad de afanar con sigilo, ya no valen para delinquir, así pues hacen como que creen, pero no creen. En medio de ese ambiente, nunca mejor dicho, prostibulario, es metida sor Patrocinio, en una medida que aparece, a todas luces, como un castigo, quizá por haber resistido, impasible el ademán, cuatro meses de acoso de las fuerzas conjuntas formadas por su enamorado, su madre, y su hermana.

En la noche del 26 de abril de 1837, por lo tanto como año y medio después del día en el que las fuerzas de orden público penetraron en Caballero de Gracia, la Justicia decide que ha llegado la hora de que la monja cumpla la pena de destierro a la que ha sido condenada “por no resistirse al fraude”, así que es facturada a Talavera de la Reina, al convento de las Concepcionistas Calzadas de la Madre de Dios. Pero allí sor Patrocinio enferma, y los médicos aconsejan que abandone aquel lugar, por lo que es traslada a Torrelaguna, donde escribe un libro mariano; que no quiere decir que Rajoy haya escrito allí un libro, sino que el libro va sobre la Virgen María.

Sor Patrocinio permaneció nueve años, nueve, en Torrelaguna, sin poder volver a Madrid. Regresa en 1844, en septiembre. A pesar de la distancia temporal, el gobierno no podrá evitar que sor Patrocinio se convierta en eso que hoy llamamos un personaje mediático; una Belén Esteban celeste. Está en la flor de la vida, la edad de Cristo, y su destierro la ha engrandecido. En el convento de La Latina se juntan cuatro congregaciones de monjas distintas, al calor de la reducción de conventos (en el Madrid de antes de la desamortización hay casi tantos conventos como, ejem, burdeles). Las monjas veteranas de la comunidad de Caballero de Gracia, de Constantinopla, de los Ángeles y del convento de las Concepcionistas Franciscanas se juntan para loar a su Luz, le cantan, le recitan poemas y, sobre todo, dicen hablillas interminables sobre las muchas cosas que sor Patrocinio hace. Porque de sor Patrocinio, que es monja franciscana, pronto se cuentan maravillas muy en el tono del santo de Asís, que también se llevaba con los animales. Cuentan, por ejemplo, que un día en su convento las monjas más jóvenes quieren hacer una fiesta y para la manduca piensan cazar con un saco unos pájaros que paran todas las tardes en el mismo árbol. La noche antes se lo cuentan a sor Patrocinio, ésta se lo casca a los pajaritos, y desde el día siguiente los gorriones, sin faltar uno, dejan de parar en el árbol y se van a los alféizares donde no hay saco que los pille. Otra que se cuenta es que en un lugar de pesca, un día la monja le dice a un pez que se hurte de la red, y a partir de ese día, los peces ya no pican; hasta que la buena Patrocinio decida pedirles amablemente que se entreguen al sacrificio.

Estas cosas se cuentan por todo Madrid, y medio Madrid las cree; el otro medio las odia. No es coña la analogía con Belén Esteban. Son famas de parecido jaez. El moderno fanatismo religioso es la creencia en la política o en los famosos; tendencias ambas que se quintaesencian en la admiración a los actores con ínfulas políticas.

Tan cierta es esta fama que por ese convento de La Latina acaban pasando la reina María Cristina y sus hijas, María Luisa Fernanda e Isabel. La cosa viene de antiguo. Poco tiempo antes, la infanta María Luisa Carlota, sintiéndose morir, ha pedido le traigan la talla de la Virgen entregada de las mismas manos de la misma a sor Patrocinio. La familia real, piadosa y probablemente nada concorde con la salida judicial dada al caso de las llagas, protege a la cada vez más admirada monja. Cualquiera que haya podido poner en la puerta de su establecimiento el cartel “Proveedor de la Casa Real” sabe lo que significan las visitas regias.

Isabel II reconoció, al final de su vida, que siempre, desde muy niña, había querido saber de la monja de las llagas. La monja no era ninguna tonta y, siendo Isabelita una niña, hizo le hiciesen llegar, de su parte, una reliquia, con lo que la joven reina se puso como una moto (religiosa, sí; pero moto). Antes de casarse, explicó la ya ex reina, la vio dos o tres veces; y, cuando se casó, se encontró con que su novio, el famoso Francisco de Asís, le pidió que en el altar de su boda colocasen a la famosa Nuestra Señora del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias (casi sale solo: y de las JONS…).

Las gentes que tienen informaciones esquemáticas de la España decimonónica suelen despachar con dos o tres brochazos gruesos la figura de Francisco de Asís, el hispano duque de Edimburgo que gobernó al lado de su señora Borbona. Que si era esto o lo otro, que si su señora se la pegaba hasta con los palos de escoba, que si para qué fijarse en figura tan prescindible… Pero Francisco de Asís tiene más importancia de la que parece. Redactó cartas y memoriales para los ministros y en los asuntos que le interesaban, pronto lo veremos, presionó como toro que amurca contra las tablas.

Francisco de Asís es hijo de Luisa Carlota. Es un dato que merece la pena conocerse. Y también conviene saber que, cuando la buena mujer pidió a la santa virgen prodigiosa a su lado, con ella llegó la misma sor Patrocinio, quien pasó con la ilustre moribunda el tiempo que hizo falta hasta que la enferma se marchó para siempre. El futuro rey estaba allí, lo vio todo, y le quedó a la monja agradecido de por vida. Así pues, si para el enorme peso que aquella concepcionista descalza llegó a tener en los pasillos del poder en España fue importante la propia reina, mucho más lo fue su marido de ella.

El 29 de octubre de 1845, la brasa constante que en los despachos gubernamentales dan ejércitos de señoras pías, marquesadas y baroneadas, en favor de esa monja en la que creen más que en la soberanía popular, da sus frutos. Sor Patrocinio es trasladada al convento de Jesús Nazareno, donde comenzará su carrera de lideresa espiritual; es nombrada maestra de novicias. Todos los testimonios existentes hablan de sor Patrocinio como educadora como una mujer que nunca utilizaba la violencia ni la disciplina exagerada; todo lo conseguía mediante la dulzura y la suavidad en el trato; lo mismo que ha quedado escrito, por cierto, de otro gran líder espiritual, habitual de las lecturas de este anotador, el ferrarés fra Girolamo Savonarola.

Un día, año 1849, llaman a la puerta del convento requiriendo a sor Patrocinio. Tras algunas negativas de la monja, acaba bajando con la abadesa. El hombre que la espera le da los buenos días, saca una pistola, le dispara un tiro, y sale corriendo. Ha fallado. Sor Patrocinio  está ilesa; pero, a su lado, yace moribunda la abadesa. La bala no le ha dado, pero la pobre señora, décadas de clausura, acaba por morirse del susto.

El 7 de febrero, como consecuencia del óbito de la jefa, es elegida abadesa, por primera vez, sor Patrocinio. Ya no dejará de serlo hasta su muerte, y eso que queda como medio siglo para eso. Sor Patrocinio será elegida abadesa todo el resto de su vida, y con el 100% de los votos monjiles. Aunque la cosa tiene su truco, siquiera parcial, porque no son pocas las veces en que la monja reina sobre comunidades hechas a su imagen y semejanza.

Un día, la monja es inopinadamente desterrada a Badajoz. ¿Por qué la tal medida? De tiempo atrás, sor Patri ha hecho patota con un cura, el padre Fulgencio, confesor del marido de Isabel, Francisco de Asís. Don Fulgencio era, a decir de las crónicas, persona de sólidas creencias, pero escaso intelecto. Sor Patrocinio, a quien probablemente le sobraban neuronas para volver seis veces cada vez que el rey o su confesor iban la primera, acaba manipulándolos a los dos a placer. Y, mediante esta manipulación y la de la propia reina, acaba convenciendo a la corte de que el gobierno Narváez es una puta mierda que hay que cargarse.

En el fondo de toda la movida late una espinosa cuestión política y religiosa. Tras los conflictos en Roma que han llevado al Papa a transigir durante algún tiempo con los republicanos, demócratas y unionistas, el inquilino del Vaticano quiere volver a los tiempos de poder absoluto, a los que, la verdad, los vicarios de Cristo siempre han tenido cierta querencia. Dado que los Borbones son una pieza fundamental del montaje que hace de España el último gran baluarte del poder temporal del papado (aunque unos llevan la fama y otros cardan la lana; para país conservador en lo religioso, Francia. Y, si no, que se lo digan a François Hollande ahora que quiere legalizar el matrimonio homosexual), los reyes intiman al presidente del Consejo de Ministros para que apoye las pretensiones del Pontífice. Cosa a la que Narváez se niega, no por convicciones democráticas, que las suyas eran más bien tenues; sino por no malquistarse con París, principal opositor del proyectado retroceso.

Así pues, es bien posible, como sostienen algunos, que la crisis ministerial nada tuviese que ver con sor Patrocinio y sus hablillas; pero también es más que lógico que, tratándose de una cuestión ligada a la Fe y al compromiso con la cristiandad, fuese ella usada para intervenir en el asunto, puesto que los reyes la tenían en gran estima.

Ni corta ni perezosa, la Borbona ninfómana fuerza, con esas artes que los de su dinastía desplegaron con tanta premura y habilidad durante como poco siglo y medio, la dimisión del Espadón de Loja (aunque hay historiadores, todo hay que decirlo, que la convierten en el centro de una pequeña conspiración destinada a desarrilar el proyecto, que habría sido entonces impulsado por su marido). A Narváez, lógicamente, no le gustaba un cojón dimitir, menos aun si el fautor del hecho eran una religiosa o eso que el general Miguel Primo de Rivera dio en llamar, en felicísima expresión, borboneo (a mí éste no me borbonea, sólìa decir de Alfonso XIII). La reina, entonces, nombró un gobierno prácticamente dictado por la santa de las llagas (se ve que la clausura tenía sus porosidades), presidido por el conde de Cleonard. María Cristina, la reina madre y mucho más política que su hija multiplicada cien veces, le aconseja a su hija que no haga tal. Pero el 19 de octubre de 1849, el dicho gobierno jura.

Mientras el pobre Cleonard gobierna España como pollo sin cabeza (sus ministros se presentan en los ministerios, inopinadamente, ante la mirada incrédula de los funcionarios), la clase política se agolpa en el domicilio de Narváez, encabronada en grado sumo. El día 20, un día después de la jura del gobierno apenas, la reina visita a la reina madre. Maria Cristina, hemos de sospechar, pone a su hija de tonta’l’culo, por lo cual la reina vuelve a palacio, llama a Narváez, y le dice que nada, que juego revuelto, que todo ha sido una broma, ¿no ves la cámara oculta?

Luis José Sartorius, conde de San Luis y personaje más bien siniestro de la política española decimonónica, es el encargado de poner a trabajar a ese gobierno. Siguiendo instrucciones de Narváez, que son muy precisas y proceden de un hombre que nunca perdonó, ni olvidó, ni cosa que se le pareciera. Esa misma noche es detenido el padre Fulgencio, enviado rápidamente a rezar a un convento de Archidona; así como cuatro sirvientes del rey, que entiendo colaboraban en la transmisión de mensajes semidivinos, que, quede anotado para la Historia, se apellidaban Rodón, Quiroga, Fuentetaja y Baena.

También se decide, esa misma noche, el destierro de sor Patrocinio, que no se verifica, sin embargo, hasta dos días después, por aquellas cosas.

Apenas dos meses después, el 10 de diciembre, Narváez ya se ha convencido de que todos los protagonistas de la movida, sor Patro, el Fulgen y hasta Paquito de Asís, en el fondo son unos pollas y, consecuentemente, no ha de temer de ellos un golpe de Estado ni nada parecido. Como consecuencia, la monja regresa a su convento madrileño de Jesús.

Advertencia para navegantes, para que vayamos entendiendo qué es España: el padre Fulgencio, que un día colaboró para derribar un gobierno que no le gustaba a los defensores de la Fe, acabó siendo obispo de Cartagena. A veces, el Cielo escribe con renglones acojonantemente torcidos.

Sor Patrocinio enferma. Vomita sangre, de cuando en cuando, pero, que se sepa, no se le atribuye a Lucifer el dicho síntoma. Un día, la monja dicen que le dice a todo el mundo que no entren en el coro del convento. Pocas horas después, a las dos de la mañana, va y se derrumba. La anécdota, por lo demás, sirve para medir el enorme poder que tiene esta mujer frente a la familia real: Francisco de Asís compra, de su propio dinero, el palacio del duque de Osuna en la calle Leganitos (hoy refugio de chinos y del Cuerpo Nacional de Policía) para que, en mayo de 1851, se abra un nuevo convento en Madrid, que parece que había pocos.

Francisco de Asís ha hecho lo que quería: colocar muy cerca de sí a su admirada y, dicen las hablillas de Madrid, también adorada monja; una gaceta de la época especula con que el rey pueda tener “apegamientos fuera de modo” con la monja. El origen del rumor es lo mucho que el marido de Isabel, mientras Isabel sueña con tirarse a todo lo que se mueve, visita el convento, incluso a horas de escaso decoro. Dudo muchísimo, la verdad, que el rey y la monja tuviesen comercio carnal. Más bien parece que era tanta la influencia de la sor en la majestad que ésta, cada vez que tenía una duda, corría a contársela, como si el convento fuese la puerta de urgencias del Hospital de la Princesa.

En febrero de 1852, la numerosa grey tradicionalista e hiperreligiosa de Madrid dirá que ha sido la Virgen del Olvido la que, con mano invisible, frenó el brazo del cura Merino, quien el día 2 de febrero, a la salida de las celebraciones por el nacimiento de la primera hija de la pareja real, le ha metido puñal a la reina. Algo pasa entre los sucesos de febrero y el 4 de marzo que no ha quedado muy aclarado. Pero el caso es que el mentado día sor Patrocinio recibe la comunicación en su convento de que debe ir a Roma a presentarle sus respetos al Papa con nombre de pastelillo: Pío IX. Acojonante: las crónicas nos cuentan que cuando los hombres del gobierno van a referirle a rey y reina la dicha decisión, han de esperar porque ambos están en la calle Leganitos, y no precisamente comiendo en un chino, sino visitando a la monja a la que elgobierno quiere desterrar. Juan Bravo Murillo, primer ministro, tiene muchísima prisa en que la monja abandone Madrid, y a ello la intima.

Sor Patrocinio parte hacia Bayona, atentamente vigilada por la policía. Cruza la raya de Francia y empieza allí una peregrinación angustiosa. En sus cartas, la monja se queja de todo. Los conventos donde la alojan no son de clausura, lo cual la mosquea cantidad (no lo hemos dicho aun, pero sor Patrocinio, en lo tocante a forma de ser, es una especie de Sheldon Cooper de la Fe). Cada vez que creen obtenidos los pasaportes necesarios para dar el siguiente paso, van y se los niegan; en realidad, lo de visitar al Papa es una coña que se ha inventado el gobierno español para quitarse de en medio a la maldita monja. Sinceramente, las privaciones que sufren los viajeros debieron ser bien jodidas. Sor Vicenta de la Presentación, que acompaña a la abadesa, muere en Montpellier. La cosa no mejora hasta que consiguen meterse en un convento de ursulinas de Pau.

En octubre de 1853, supongo que pensando que la carne ya está blanda, el gobierno español autoriza a la monja a volver. A Toledo, para ser más exactos. A su vuelta no es, en modo alguno, ajeno Francisco de Asís, quien, primero de forma sacariniana más que dulce, después con cartas desabridas y cortantes, exige del primer ministro el regreso de la mujer santa.

El 30 de junio de 1854, la antigua comunidad de Caballero de Gracia es colocada en el monasterio de Montserrat, en la calle Ancha de San Bernardo, y al poco, desde Toledo, se les une su abadesa. Vuelve justo en el momento de la entrada de O’Donell en Madrid y el regreso de Espartero.

La extensión del poder esparteril hace soplar en España vientos inesperados. El gobierno español se niega a sancionar el dogma de la infalibilidad del Papa y, de paso, destierra a sor Patrocinio again, entre otros elementos que considera partidarios de esa idea según la cual el vicario de Cristo ha sido durante siglos un civil más con derecho a equivocarse pero, repentinamente, ha adquirido la naturaleza semidivina de quien, cuando menos en temas eclesiales, siempre dice la verdad. Esta vez la mandan a Baeza, esa población en la que, como dice un famoso ejemplo de la Antología del disparate, nació Machado estando sus padres de viaje. Es el 16 de marzo de 1855 y a la monja le dan 24 horas para estar fuera de Madrid como si fuera un peligroso espía de la Unión Soviética. En Baeza se acoje a un convento de monjas clarisas, donde recibe cartas de los reyes afirmando su convicción de que su persecución es infundada. Pero no pueden hacer nada. Espartero va al palacio real más a cumplir con formalismos que a recibir órdenes o indicaciones. Nunca le gustó Espartero a la pata Borbón; los borbones, históricamente, han querido a su alrededor gentes que les hiciesen caso; que les den las respuestas que quieren oír, y les planteen las preguntas que quieren contestar.

Por razones de salud, sor Patrocinio es trasladada de Baeza a Benavente. De entrada, lo acepta con alegría, porque en Baeza está enferma e incómoda. Pero en cuando se empieza a enterar de la rasca que hace en Benavente, las quejas se inician. Prueba de la desesperación de la sor en Benavente (se queja de todo, hasta de las monjas dominicas del convento de Santi Spiritus donde la han acogido) es que incluye el tema de su eventual traslado a algún sitio mejor incluso en las cartas que le manda a la hija de los reyes... ¡que tiene 4 años!.

Las cartas no dejan lugar a dudas: lo que quiere sor Patrocinio es estar en un convento cuyas monjas sean las que ella elija. Ya no se conforma sino con el mando y, finalmente, los cabildeos palaciegos consiguen lo buscado. El 13 de febrero de 1856 ya está un grupo de concepcionistas, cuidadosamente elegido, en un convento de Torrelaguna. Votan la abadesa; y gana la elección quien la gana, con todos los votos.

Es en Torrelaguna donde sor Patrocinio se transmuta en el Inem. De aquel año de 1856 son varias toneladas de párrafos suyos, siempre dirigidos a la Corte, en los que intercede por muchas personas de su cuerda, amén de pedir o agradecer diversas donaciones de dinero que le va haciendo, sobre todo, la reina, con las que va dotando el convento de Torrelaguna, que estaba hecho unos zorros. Esta correspondencia del 56, efectivamente, es la mejor expresión de la fuerte capacidad de influencia que alcanzó esta religiosa en la mente de los reyes, pues apenas le niegan nada; y el ambiente político, presidido por la creación de la Unión Nacional, favorece estas cosas, puesto que las ínfulas progresistas se hallan notablemente aquietadas. En 1859, cuando la elección de abadesa debe repetirse (con resultados más que esperados), el rey y la reina están allí para contemplar el triunfo de su amiga. Tras su elección como abadesa, sor Patrocinio se lanza a una carrera de fundación de comunidades de monjas, acción para la que nunca falta dinero en el Palacio Real. Para entonces, sor Patrocinio se encuentra en Aranjuez, rodeada de pretorianas de la fe. Un día de 1861, un hombre se presenta en la puerta del convento de Aranjuez y pide hablar con la abadesa. Cuando sor Patrocinio baja, le pega dos tiros (que falla). Para entonces, la monja no para de recibir anónimos amenazadores, que ella reenvía a la reina en cartas en las que afirma que ella no quiere nada con las cosas del siglo. No quiere nada, pero bien que le escribe a la reina, en otras misivas, que cese a los políticos que murmuran contra ella en Madrid.

Se habla de sor Patrocinio en las Cortes, y es por boca de su amante despechado. Salustiano Olózaga brama contra la excesiva influencia de la monja en las alcobas reales. Probablemente, él es uno más de ésos, que, sin citar, señala Patrocinio en sus cartas privadas a la reina, y que terminan con frases retóricas que no quieren decir otra cosa que: “Fóllate a ése; ahora”. Entiéndase que es una licencia poética. Sor Patrocinio jamás habría escrito esa grosería y, last but not least, si lo hiciera correría el peligro de que la reina se lo tomase por lo literal.

1868. Al producirse La Gloriosa, varias decenas de exaltados se presentan en el convento de Aranjuez y gritan que van a entrar. Las monjas rezan los maitines y, por orden de su abadesa, los siguen rezando. Pasar, no pasa nada, pero apenas unos días después el obispo de Toledo, Primado de España, le escribe a la monja intimándola para que coja un tren para Francia “mañana mismo”. Sor Patrocinio es famosa en toda España. Todo el mundo sabe que, no sólo los reyes, sino el mismo O’Donell, no movían un dedo sin consultarla. Ahora que la reina toma las de Villadiego, el pueblo quiere que la monja la siga.

En Bayona, en Montmorency y, finalmente, en el castillo de Bonneuil, sor Patrocinio es bien tratada por los obispos y el gobierno francés, pudiendo fundar nuevas comunidades. Pero en Bonneuil le sorprenderá la propia némesis del Estado francés, en 1870. Dicen que cuando las monjas estaban tomando el tren para salir del pueblo, los prusianos estaban entrando en él. En París, adonde huyen más de cuarenta religiosas, son, finalmente hospedadas en una casa facilitada por el embajador de España: Salustiano Olózaga.

Las monjas pueden volver finalmente a Bonneuil, donde pasarán los años hasta que los Borbones vuelvan a pisar tierra española en modo de mando. Hacerlo y comenzar a cabildear para conseguir el regreso de la monja es todo uno. Algo de razón no les falta, pues, en realidad, sor Patrocinio es ya la última exiliada de la revolución. Pero el gobierno quiere esperar. La Restauración es un pacto que no excluye la comprensiva crítica del progresismo, del republicanismo incluso; y traer de nuevo a sor Patrocinio a España supondría insinuar la idea de que el país va a volver a estar regido por consejos de convento. Volverá, a Guadalajara, el 21 de septiembre de 1877, después de presiones inconmensurables de Isabel de Borbón desde París. Los gastos del viaje fueron sufragados del peculio personal del rey Alfonso XII.

Ya sólo queda por relatar una vida mucho más calmosa, la vida de una abadesa ya anciana que sigue impulsando la creación de comunidades monásticas mientras su salud se deteriora rápidamente, hasta hacerle casi imposible poderse gastar las 2.000 pesetas que, puntualmente, le llegan cada mes desde París, subvención de Isabel, la otrora reina, que nunca la abandonó, hasta el 27 de enero de 1891, cuando expiró.

Sor Patrocinio pasó todas aquellas décadas de éxtasis y destierros llevando en todo momento las manos rodeadas de gasas. Ninguna de las monjas que la rodeaban, como le dijo sor María del Triunfo a Benjamín Jarnés en 1929, vieron jamás sus manos; sus llagas. Llagas que, de todas formas, no volvieron a aparecer.

Sor Patrocinio es uno de los pocos personajes del siglo XIX español que tiene portal en internet. En dicho portal hay un enlace a una crónica del periódico La Razón, de octubre del año 2012; crónica en la que su autor tiene el cuajo de afirmar que, durante el famoso proceso, los jueces querían que la monja “confesase lo inconfesable: que las llagas se las había hecho ella”. Parece mentira que en pleno siglo XXI todavía haya gentes coqueteando con la pretendida naturaleza milagrosa de los hechos que rodearon a esta mujer. Hay en ese mundo quien piensa que los verdaderos cristianos piensan lo que pensaba Juan de Cruz: que cuando Dios y Jesucristo quisieron hablar, ya hablaron; y que las milagrerías, consecuentemente, no le hacen ningún favor a la fe.

Sor Patrocinio es la España del siglo XIX, con todas sus contradicciones. Es la resistencia irredenta al cambio del catolicismo ultramontano del cual la monja era todo un ejemplo. Es la sobreactuación de un liberalismo ciego que tenía tanta prisa por desarrollarse que, durante sus periodos de gobierno, como en la primera de las repúblicas, como en la segunda, arrambló con España como si fuera suya y pudiese cambiarla por decreto. Porque yo doy por cierto que muchas de las movidas e influencias que se le atribuyen a la monja de las llagas, en realidad, como ella misma dice en sus misivas, nunca se produjeron. La realidad construye el mito y, por decirlo en términos muy gruesos, si la derecha española ha sido históricamente muy pacata combatiendo a la izquierda, la izquierda no se ha recatado de usar de la mentira y la exageración cuando de combatir a la derecha se trata. La propia actitud de los progresistas españoles hizo grande a sor Patrocinio; fueron ellos los primeros que la tomaron en serio y, en su afán por llevársela por delante, acabaron adjudicándola todo tipo de capacidades políticas. El progre carbonario que, en cualquier cafetín, bramaba exaltado que tenía pruebas ciertas de que La Gaceta de Madrid pasaba por la celda de sor Patrocinio antes de publicarse para recibir su nihil ostat apenas se distingue de la monja beata que afirma haber visto a Lucifer llevar a una niña de excursión a la sierra.


En todo caso, sor Patrocinio es, sobre todo, un buen ejemplo de la asombrosa imbecilidad (no hay otra palabra) con la que se ha llegado a ejercer el poder en nuestra Historia reciente. Abona el cronista del periódico de Planeta, en el citado recorte, la idea de que sor Patrocinio nunca tuvo veleidades políticas… ¡pero si hasta pedía el cese de quienes la atacaban! Nunca sabremos a ciencia cierta cuántas de las pequeñas y grandes decisiones tomadas en Palacio durante los tres últimos cuartos del siglo XIX fueron inspiradas por la monja, porque los reyes ni escriben memorias ni se someten a auditoría en vida (afortunadamente, ya se han bajado de esa interesada burra según la cual sólo eran responsables ante Dios y ante la Historia; pero qué duda cabe que queda camino por andar). Pero la correspondencia de la sor da que pensar que fueron muchas, por mucho que la oposición laica alimentase el mito con excesos.

Personaje unidimensional, pero no por ello menos interesante, el hecho de que los españoles de hoy apenas sepan de ella es una prueba más del maltrato al que nos sometemos a nosotros mismos. El español es ser cuidadoso; cuida de no saber demasiado, no sea que eso le vaya a liar las reflexiones.