jueves, octubre 27, 2011

¿Qué conde?

Uno de los mitos más atractivos de la Historia de España es el del conde Don Julián. Es decir, el español cristiano que habría traicionado a su herencia, su raza y sus creencias, facilitando la llegada de las tropas mahometanas a España y abriendo con ello un largo periodo de dominación de los creyentes de Alá en la península. Mito polimorfo y polisémico, para unos significa el atraso secular creado por la llegada del infiel, para otros quiere ser la acción de un hombre enamorado del progreso que quiso, con ello, abrir los ventanales de España para que en su interior corriese el aire de la cultura y el progreso.

Polladas, en ambos casos.

El mito del conde Don Julián, que es eso, un mito, es, como casi todos los mitos, un destilado de varias cosas más complejas, que tienen que ver, no tanto en por qué los musulmanes nos escogieron para invadir, como por qué lo que había aquí se fue al carajo con tanta facilidad. En realidad, aunque muchos pueden pensar que Tariq metió el penalty, la verdad histórica, a mi parecer, nos dice que fue, más bien, Don Rodrigo el que no supo, o no pudo, pararlo.

La España que vieron los musulmanes desde su lado del Estrecho era una monarquía visigoda. Lo cual quiere decir que, teóricamente, era heredera del sólido montaje romano, aunque en realidad los siglos godos habían introducido debilidades manifiestas.

Lo que más nos importa del Estado visigodo es una cosa: nunca consiguió perfeccionar su sistema monárquico. La visigoda ha sido, de largo, la monarquía más republicana (o más puramente monárquica; depende del punto de vista) que ha habido jamás en España, combinada con un spoil system que acabó por labrar su perdición. Los godos eran un pueblo guerrero y, consecuentemente, le exigían a su rey que fuese el más bruto de la partida. Esta exigencia se ha acabado metaforizando en las monarquías haciendo del rey el máximo mando del Ejército, pero ya sin exigirle que sea una mala bestia parda. Los godos, sin embargo, nunca modernizaron este concepto, así pues seguían considerando que el rey era aquél que era capaz de apiolarse a todos los demás. Si el hijo de un rey resultaba ser un pollas flacucho, no tenían ningún reparo en tonsurarlo, cegarlo, degollarlo o hacerle cura, quitarlo de en medio, y elegir otro en su lugar. La corona visigoda no se heredaba; se ganaba.

En tal sentido, en el entramado político visigodo la nobleza tenía una importancia exponencialmente superior a la que encontramos en periodos posteriores que, en el imaginario de muchos, son el no va más del poder aristócrata. A poco compleja que sea una sociedad, un jefe militar no puede contar con su propio brazo para imponerse; necesita aliados, y por aquello todo aquél que, en el reino, era capaz de poner caballeros y espadones al servicio de una candidatura real, pasaba a tener un papel predominante en el país; y lo perdía, inmediatamente, cuando el rey palmaba y era sustituido (de ahí el componente de espolio). La mayor parte de las fortunas de los nobles dirigentes en cada momento eran poseídas causa stipendii, es decir en directa vinculación con los servicios prestados. Si no hay servicio, no hay fortuna. Cuando los reyes tenían necesidad de deshacer un juramento previo, como le pasó a Égica por prometer a su antecesor, Ervigio, que protegería a su familia, se convocaba un concilio en Toledo y automáticamente los obispos se buscaban una buena razón teológica para justificarlo.

La monarquía visigoda, por lo tanto, se acabó conformando como una especie de club de Montescos y Capuletos, con agravios y venganzas acumulados en pasados tránsitos del poder, siempre dispuestos a enfrentarse, y a traicionarse. No debe extrañarnos, por lo tanto, que Recaredo tuviese que sofocar la rebelión del obispo Ataloco, el conde Granista y el conde Vildigerno, la del obispo Sunna y los nobles Segga y Viterico, y la del conde Argimundo. O la traición de Viterico a Liuva. O las rebeliones contra Suintila de Judil y Gelia, que para colmo era su hermano. Finalmente, Sisenando y Dagoberto depusieron a Suintila. Al rey Tulga lo depuso Chindasvinto. En el reinado de Recesvinto, Froia, con un ejército euskaldún, llegó a sitiar Zaragoza (toma ya mito del árbol Malato, o sea que los vascos nunca han luchado salvo para defender su territorio). Hilderico le dio un golpe de Estado a Wamba, pero no fue el único. Contra el rey con nombre de zapatilla también se alzaron el obispo Gunildo, el duque Renosindo, o Hildigiso, que para colmo era gardingo, o sea personal de confianza, del rey. Fue Ervigio, sin embargo, el que se lo acabó llevando por delante.

Un gran defecto de este sistema es que se autoalimenta. Una monarquía, para evolucionar, necesita sacar al rey de la condición de guerrero más poderoso de la manada. Sólo de esa manera el rey podrá ser un buen estratega, o un buen estadista, o alguna otra habilidad interesante para ampliar el poder y las fronteras de la nación. Sin embargo, cuando una monarquía entra en un bucle de dominación violenta; cuando se autocondena a ejecutar, cada pocos años, la instrucción GOTO A_hostia_limpia.exe, jamás sale de él.

En la monarquía visigoda falló, además, la única institución que podía haber estabilizado las cosas: la Iglesia. La Iglesia, receptora de la legitimidad de los reyes (ante Dios), es el principal elemento estabilizador de las monarquías en los siglos posromanos premedievales, como bien sabe Carlomagno. La Iglesia toledana visigoda, sin embargo, no es más que una extensión del poder monárquico, le rinde pleitesía o se rebela contra él; no hay zonas grises. En los siglos subsiguientes, los abades herederos de aquellos obispos disfrutarían los beneficios de esta política en forma de tierras y privilegios para conventos, catedrales y demás. Sin embargo, la actitud pastueña, yo casi diría que corrupta, de la Iglesia en tiempos visigodos, no tuvo otro resultado que impedir la consolidación de auténticas estructuras de poder.

En los minutos de descuento, la monarquía visigoda descarriló. Chindasvinto llegó al poder tras una más de las muchas conspiraciones que animó o dirigió y, nada más ocupar el trono hispánico, comenzó un auténtico genocidio entre los partidarios de sus antecesores. En un espectáculo estalinista, purgó buena parte de los efectivos de las 700 familias principales del país. Lo hizo para dejar Hispania sin nobles que le compitiesen en fuerza, porque ambicionaba el trono para su hijo Recesvinto. Éste, que efectivamente heredó el trono, trató de pacificar el país, pero era tal el nivel de enfrentamiento que Chindasvinto había dejado tras de sí que las crónicas hablan de su reinado con la expresión «confusión babilónica». Wamba, de nuevo, practicó la mano dura, para poder pacificar el país. Ervigio, que le siguió, operó en sentido contrario. A sus partidarios, Iglesia incluida, les dio todo, y se puede decir que inauguró el feudalismo al declarar conforme a la ley que los patrocinados y clientes luchasen en ejércitos levantados por sus señores. Egica, su yerno, profundizó en la labor, persiguiendo con saña a sus enemigos y despojándolos de todo lo que tenían (familiares de Ervigio incluidos). Vitiza fue un rey conciliador, que concedió amnistías y devolvió tierras.

Pero Vitiza murió en febrero de 710, dejando tras de sí tan sólo hijos menores de edad, y un país embarcado en una sangrienta lucha de poder que duraba ya cien años. Los nobles de su círculo, probablemente implicados en la labor conciliadora del monarca y conscientes de que el problema hacía ya inviable una monarquía peninsular, pensaron en la división de España entre los hijos. Sin embargo el llamado Senado, es decir la asamblea de nobles y prelados que tenía la prerrogativa constitucional de elegir al nuevo rey, y que tantas veces en los últimos siglos había votado con un cuchillo apretándole la yugular, se opuso a la solución, que consideró una reforma constitucional de excesivo calado. Haciendo uso de símiles modernos, podemos imaginarlos, airados, gritando eso de: «¡España se rompe!»

El Senado, pues, rechazó una solución, digamos, romana para España; la misma división en imperio de Oriente y de Occidente, sólo que en plan cañí. Para defender su constitucionalidad, decidieron nombrar a un rey. Siguiendo su tradición, eligieron a uno muy bestia, Don Rodrigo, gran general. Lo primero que tuvo que hacer fue guerrear contra el partido de Vitiza. Las crónicas contemporáneas nos dicen que Rodrigo tumultuose regnum invadit. O sea, que tomó la corona por la fuerza. Esto quiere decir que en aquella España del 710, hace ahora pues 1.401 años, hubo una guerra civil, una de las primeras. El bando de Vitiza fue vencido y sometido, pero no arrasado.

Mientras tanto, los musulmanes habían llegado a Gibraltar y a Ceuta, donde se encontraron con una inesperada oposición. Se encontraron allí con un gobernador que era fiel a Vitiza; o sea, no es por nada, pero la población ya tenía vínculos con Hispania antes que el Magreb fuese musulmán; lo digo más que nada porque a veces, cuando uno escucha o lee a los marroquíes interesados o a los españoles despistados, da la impresión de que los hispanos llegaron a Ceuta el mes pasado por calendas.

Este pollo es el que se llamaba Olbán, o tal vez Urbán, Ulyan, Alyán o, quizá, sólo quizá, Julián. Es probable que fuese cristiano, aunque difícilmente sería godo ni romano; Sánchez Albornoz, por ejemplo, lo dice bereber. Vitiza había estado enviándole pertrechos y armas para resistir al moro; pero al morir el rey y derrumbarse el Estado, Julián quedó solo, y capituló. Pero capituló reteniendo el mando de la plaza, por lo que, básicamente, lo que hizo fue cambiar de señor.

La Crónica de Albelda nos dice: Sarraceni evocati Spanias occupant. O sea: «los sarracenos, llamados para ello, ocuparon España». Y Alfonso III, en su crónica histórica, va más allá: Ob causam fraudis filiorum Uitizani sarraceni ingressi sunt Spaniam. Por un engaño de los hijos de Vitiza, los sarracenos entraron en España.

No hay, pues, un conde Don Julián que traiciona a toda España. Lo que hay es lo mismo que hubo cuando Franco llamó a Mussolini y Hitler: un bando de la guerra civil concita ayuda extranjera para ganarla.

Al Tariq, general coránico, consulta con su jefe, Muza, quien asimismo manda un e-mail al califa de Damasco. Éste, desde las tierras ya totalmente mahometanas, le indica a sus adelantados que vale, que pasen el Estrecho y comprueben lo que hay allí. En julio del 710, un adelantado de nombre textil, Tarif abu Zara, desembarca en el lugar al que daría nombre Tariq, Tarifa, con 500 hombres. Tras esta primera llegada, Tariq ibn Ziyad prepara la invasión.

En ese momento, para colmo, los abertzales se ponen a dar por culo.

Hay historiadores que destacan el hecho de que los vascos, en tiempo de los godos, solían aprovechar los momentos de debilidad o de luchas intestinas del Estado visigodo para atacarlo. Le pasó a Leovigildo cuando llegaron a España los bizantinos, o a Sisebuto a la muerte de Recaredo, con la cuestión arriana todavía hirviendo. Así las cosas, no es nada extraño que los euskaldunes, conocedores de la división del país entre vitizianos y rodrigueros, dijeran ésta es la mía y allá que me voy.

Hacia el infinito y más allá, como Buzz Lightyear, los vascos tiraron hacia el sur, que era lo que más les gustaba cuando arrasaban, y bajaron y bajaron hasta que se encontraron con las tropas de Rodrigo, que llegaban a enfrentarse con ellos. En la madrugada del 28 de abril del 711, mientras Rodrigo y los vascones guerreaban en el norte, Tariq desembarcó en la entonces llamada roca de Calpe, pero que sería renombrada por los musulmanes como la roca de Tariq, Yabal Tariq, o, como lo pronunciamos nosotros, Gibraltar. Unos siete mil hombres fueron transportados, probablemente en barcos facilitados por el jefe de Ceuta.

Conocedor Rodrigo de la invasión, tomó el camino hacia el sur, mientras Tariq avanzaba por la calzada romana hacia Sevilla, reforzado con 5.000 hombres más que le envió Muza. Finalmente, en Guadalete, en la confluencia de dos vías romanas, los ejércitos se encontraron.

Nunca sabremos si Tariq tenía o no una quinta columna en el ejército godo. A mí me parece bastante probable que sí. Los ejércitos se vigilaron, sin atacarse seriamente, durante dos días, dos jornadas que fueron aprovechadas por los partidarios de Vitiza para minar la moral de las tropas hispanas. Finalmente, cuando se produjo la batalla, los nobles vitizianos, en unión de sus clientes y amigos, se pasaron al otro bando con armas y bagajes. Aunque Rodrigo pudo resistir un tiempo, ya no pudo evitar la derrota, y su propia muerte. Vana fue la batalla que los restos del ejército visigodo presentaron poco después en Écija.

El 11 de noviembre del 711, en Toledo, Tariq decretaba la dominación musulmana sobre España.

La invasión musulmana berberisca de España, por lo tanto, fue un proceso en buena parte inevitable. La presión de los coránicos era muy fuerte y, de haber sido derrotado Tariq, sin duda habría habido más expediciones. Pero, además, tuvo su lógica en las serias imperfecciones de la monarquía visigoda, que nunca llegó a estructurarse. Como consecuencia, todos los que pacían en el solar español salieron perdiendo, excepción hecha, quizá, de los judíos, que en Toledo pactaron con Tariq. Para los godos, la dominación damascena supuso la desaparición o, más bien, la mutación en una monarquía, la asturiana, que debió iniciar un doloroso proceso de reinvención que no fue nada fácil. Y perdieron los vascos, que meses después de la proclamación de Tariq, durante la expedición de Muza por el cauce del Ebro, habrían de ir a postrarse a sus pies como buenos vasallos; lo cual no les libró de ver arrasadas sus tierras, notablemente Vitoria, durante trescientos años. Con el tiempo, acabarían enviando vírgenes al harén de Almanzor. Such is life.

Lo que no hubo fue traición alevosa. Hubo una alianza mal calculada en el marco de una guerra civil.

Una más de las muchas.

lunes, octubre 24, 2011

Franco y el poder (18: Burgos: el proceso)

Todas las tomas de esta serie:



Eran las cinco de la tarde del 7 de junio de 1968. José Pardines Arcay, guardia civil de Tráfico, se encontraba cerca de San Sebastián, de servicio en la carretera que unía la capital donostiarra con Madrid. Había obras en la vía que comprometían la seguridad y, por eso, los motoristas de la guardia civil estaban distribuidos cada pocos metros. Se daba la circunstancia de que Pardinas, por estar apostado antes de una curva, estaba fuera del campo de visión de su compañero más cercano. Muy posiblemente, esta circunstancia casual labró su desgracia.

jueves, octubre 20, 2011

Franco y el poder (17: Tres mil camisas blancas)

Todas las tomas de esta serie:


Poco tiempo después de llegar el gobierno nacido del escándalo Matesa, el gobierno de la defenestración del entourage falangista del franquismo, se produjo un hecho que levantó auténticas polvaredas en la prensa. Resulta que se supo, gracias a la agencia Europa Press, que la Secretaría General del Movimiento había encargado la compra de tres mil camisas. Las condiciones de la compra establecían que las prendas debían de ser blancas. El detalle en cualquier otro país, o en cualquier otro tiempo, habría sido apenas atendido por la opinión pública. Pero ésta quiso ver, por mucho que la Secretaría se desgañitase explicando que el pedido era anterior al cambio gubernamental, la prueba irrefutable de que los tiempos de la camisa azul se habían terminado en España.

martes, octubre 18, 2011

La Historia de Europa, según Kofi Annan (et alia)

Tras la batalla de Las Ardenas, Adolf Hitler tuvo claro que la posibilidad de que el Reich perdiese la guerra contra los Aliados era más que real. Así pues, se reunió con el estado mayor del Partido Nacionalsocialista alemán, con el objeto de estudiar soluciones al asunto.

En febrero de 1945, cuando las tropas rusas casi llamaban a las puertas de Berlín, el NSDAP decretó un alto el fuego unilateral y comenzó a coquetear con su disolución. Hitler tomó los micrófonos de radio Berlín y le comunicó al pueblo alemán que el tiempo del nacionalsocialismo había pasado. Seguía existiendo, sí, les dijo, un conflicto entre Alemania y el resto de Europa. El Conflicto Alemán, lo llamó. Alemania tenía derecho a extender su territorio legal hacia todo aquel punto de la Tierra en el que viviesen más de dos alemanes. «Un alemán solo no es nación», proclamó en aquel discurso; «pero dos, ya son un Imperio». El Führer, en consecuencia, proclamó que la lucha por la Nación Alemana Universal continuaba, pero que entraba en una fase dialéctica distinta. Ahora se trataba, dijo, de encontrar una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

A esas alturas de la guerra ya había pocas escuelas en Alemania que siguieran dando clase. Pero en las que así era, casi milagrosamente, el Estado se las arregló para hacerles llegar un nuevo mapamundi, de obligada exhibición en todas las aulas según rezaba un decreto que decían redactado por la misma mano de Goebbels. Aquel mapamundi mostraba una ancha mancha de color rojo en el mismo centro de Europa: Alemania. En tonos algo más suaves, el imperio alemán se extendía a derecha e izquierda. Alemania Oeste se extendía por Suiza y Holanda, tomaba la parte flamenca de Bélgica y, merced a una curva elegante, también se extendía por Alsacia y Lorena. Alemania Este tomaba grandes porciones de Polonia, la Checoslovaquia Sudete, el oeste de Rumania y luego, serpeando en arabescos que parecían dibujados por un geógrafo con Parkinson, incluso penetraba en Ucrania.

El nacionalsocialismo acabó por disolverse. Pero la PGA, o Pan-Germanische Allianz, fue fundada 24 horas después de la disolución del NSDAP. A su frente ya no figuraban ni Hitler, ni Goebbels, ni Göring. Pero, tal vez sólo por casualidad, todos sus dirigentes eran o habían sido Gauleiter, sargentos de la SS o jefes de las Juventudes Hitlerianas. En su declaración programática, la PGA dijo que deploraba la guerra. Cuando los corresponsales extranjeros les preguntaron si eso quería decir que llamaban al Führer a decretar un alto el fuego o una rendición, contestaron explayándose sobre la sonoridad de las epopeyas de la saga nibelunga y declarando, campanudamente, que ellos estaban en contra de la guerra en sí. Amén de reclamar una Solución Democrática para el Conflicto Alemán.

Cuando fueron, asimismo, preguntados sobre cómo deploraban ahora la guerra si hasta el día anterior habían sido miembros de organizaciones que la apoyaban y alentaban, se excusaron diciendo que a ellos lo único que les tocaba en la SS o en las Juventudes era comprar los chuscos de pan y las latas de sardinas para la merienda. Del resto no se enteraron bien.

Cada una de las cada vez más frecuentes victorias de las tropas aliadas, al Este y al Oeste de Alemania, era saludada por la PGA con un doble mensaje: por un lado, afirmaban que aquellas acciones demostraban el belicismo de los aliados y, por lo tanto, su nulo interés por encontrar una Solución Democrática al Conflicto Alemán; y, por otro, llamando a la negociación sobre la materia para encontrar una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

La mayor parte del Reich estaba para entonces en manos de los aliados y en la que no, se desarrollaba una guerra atroz. Pero, aún así, la PGA convocó unas elecciones democráticas en el país, a las que se presentó. Raudos, los aliados comunicaron al mundo que consideran esas elecciones una farsa y que, en cualquier caso, de celebrarse la PGA no podría presentarse, puesto que, al fin y al cabo, sus miembros no eran sino ejecutivos y militantes del partido, el NSDAP, que había impedido la celebración de elecciones en Alemania en los últimos años. La PGA contestó recordando que ellos no eran el NSDAP, que ellos deploraban la guerra y que lo fundamental era encontrar una Solución Democrática para el Conflicto Alemán.

Las tropas rusas, en su avance hacia Berlín, encontraron, no lejos de la capital, un local del antiguo NSDAP repleto de armas de destrucción masiva. Preguntada la PGA sobre qué lógica tenía deplorar la guerra mientras era evidente que sus mentores de siempre seguían preparándose para ella, contestó recordando que, desde la creación de la orden de los Caballeros Teutones, el pueblo alemán ostenta derechos inalienables sobre los territorios donde se asienta. Completaron la declaración llamando a la construcción de una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

Durante las semanas fijadas para la fantasmagórica campaña electoral, la PGA fue conminada por el Centro Judío Internacional para reconocer los crímenes de genocidio perpetrados en los campos de concentración cuya existencia había sido descubierta por el avance ruso sobre Polonia. Sin embargo, la PGA jamás admitió dichos crímenes, limitándose a decir que «en las guerras hay muertos» y que, al fin y al cabo, los aliados también habían matado alemanes o los habían encarcelado en campos de prisioneros; y matizó que, en su opinión, el centro del problema era discutir los derechos de los jefes de los campos de concentración que habían sido ya encarcelados a ser ingresados en cárceles cerca de sus familias o, mejor que mejor, amnistiados en el entorno de la Solución Democrática al Conflicto Alemán.

La guerra terminó. Finalmente, hubo elecciones en Alemania, y la PGA consiguió presentarse. Y ganó alguna que otra alcaldía. En aquellos pueblos donde ocurrió eso, al día siguiente de las elecciones, en la fachada del ayuntamiento se colocaron retratos de Adolf Hitler, Hermann Göring, Josef Goebbels y Heinrich Himmler, todos ellos apelados de Mártires de la Causa Alemana y dignos luchadores en pro de la Solución Democrática al Conflicto Alemán.

Finalmente, en Potsdam se convocó una Conferencia de Paz, a la que acudieron personajes señeros de la filosofía conductista, un intelectual autor de haikus en letón, ex dirigentes de antiguos partidos nazis satélites del NSDAP, varios diplomáticos desprestigiados, un señor de marrón que dijo ser de Heilderberg y que nadie sabía qué hacía allí y, por supuesto, los cuadros dirigentes de la PGA.

En dicha conferencia se acordó que existía un Conflicto Alemán, y que había que resolverlo mediante una Solución Democrática. Esta Solución Democrática consistió en diversos puntos, entre los cuales destacan los siguientes:

1.- La PGA era autorizada a actuar libremente en las elecciones de aquellos países situados en territorios que ella considerase integrados en la Pan-Alemania de los mapas escolares. Ciertamente, los dirigentes del NSDAP, cuando ganaron unas elecciones libres, lo que hicieron fue acabar con la democracia y con las propias elecciones; pero los asistentes a la Conferencia de Paz entendieron que eso no volvería a ocurrir en el marco de una Solución Democrática al Conflicto Alemán.

2.- No hubo juicio de Nuremberg. Los criminales de guerra nazis fueron considerados legítimos luchadores de una guerra entre iguales y, consecuentemente, el derecho internacional pasó a clasificar a las víctimas de los campos de concentración como combatientes y POW (prisioneros de guerra), fallecidos como consecuencia de las naturales privaciones consustanciales a un entorno bélico.

3.- Ambos bandos intercambiaron la totalidad de sus presos de guerra. En la práctica, pues, Alemania liberó a los soldatos que la habían atacado en el marco de una guerra, y los aliados liberaron a esos mismos soldados alemanes, más todos los criminales de guerra.

4.- Todas las tropas aliadas hubieron de abandonar Alemania en 24 horas. 25 horas después de su abandono, el nuevo gobierno alemán decretó el Pangermanismo nacionalsocialista como materia de obligada exposición en todas las escuelas, desde el kindergarten hasta el COU.

5.- El mariscal Göring conservó su palacio, petado de obras de arte robadas durante las invasiones del ejército alemán de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Grecia, Checoslovaquia, Polonia, Austria, Italia y media Francia. Museos y particulares de toda Europa litigaron para recuperar la propiedad de sus obras de arte, pero Göring se escudó en los términos de la Solución Democrática al Conflicto Alemán para oponerse. Su familia aceptó devolverlas, casi todas, en los años setenta, con cuentagotas y a cambio de elevadísimas indemnizaciones. Hoy en día, Pocholo Göring, bisnieto del mariscal, es considerado por la revista Forbes como el sexto hombre más rico del mundo.

6.- Henrich Himmler se hizo profesor universitario en el campus de Maguncia, donde comenzó a enseñar ariosofía y a escribir libros sobre el racismo (a favor). Fue investido doctor honoris causa por un par de universidades del sur de los Estados Unidos, amén de la de Hanoi.

7.- Josef Göbbels, su mujer y sus seis hijos se establecieron en el norte de Alemania. Se hizo millonario dando conferencias sobre política internacional.

8.- Adolf Hitler nunca volvió a la vida pública, pero vivió holgadamente hasta 1964 en su villa de la Costa Azul, en el centro de una urbanización privada cuyos vecinos sólo podían serlo bajo autorización de Naciones Unidas. Hasta su muerte, el Gobierno francés nunca consiguió que se derogase la resolución de la ONU por la cual ningún judío podía residir a menos de medio kilómetro de su casa.

jueves, octubre 13, 2011

Sobre Cataluña

Los lectores más fieles de este blog se habrán dado cuenta de que en los comentarios a un post muy reciente se ha producido el embrión de un debate, uno más de los eternos debates entre catalanes y no catalanes. Es, ya lo he dicho, un debate eterno. Leyendo estos mensajes, contestándolos, y entendiendo a base de ver la tele de las críticas que desde Cataluña van llegando, de un tiempo a esta parte, hacia otras comunidades de España, muy especialmente Andalucía, he pensado en escribir unas notas sobre este tema.

Mi balance personal, ya lo digo por delante, es muy de gallego: eso que podemos llamar el problema catalán o la cuestión catalana surge y se emponzoña por culpa de ambas partes. Ambas riberas del río (Ebro) han cometido errores que han servido para llegar a la situación actual; lo cual quiere decir que, de alguna manera, será sólo dando marcha atrás en dichos errores que se podrá lograr esa solución o pacto definitivo de la que hablábamos en el post.

¿Cuáles han sido, entonces, los errores de España o, por decirlo en términos históricos, Castilla?

El primero y más importante es haber pretendido que una fusión fuese, en realidad, una absorción. En el siglo XV, cuando Isabel de Castilla libró su particular batalla por ser reina frente a Juana, a quien la Historia conoce como La Beltraneja, la situación del reino castellano no era como para tirar cohetes. Se trataba de un reino dominado por clanes de nobleza que estaban enfrentados entre sí y que usaban a las candidatas para ello. Mayores niveles de cohesión y estabilidad había logrado Juan de Aragón en su reino, quizá gracias a su condición, más estética que real, de primus inter pares de la nobleza local; aunque el reino carecía de los medios para realizar la política exterior que ambicionaba el rey, y que le había transmitido a su hijo Fernando. El reino de Aragón se encontraba en ese estadio en el cual una nación comercial se da cuenta de que, lejos de ganar mercados, lo que ha de hacer es poseerlos, porque los tiempos de las soluciones a la veneciana ya han pasado. La unión de las coronas de Castilla y Aragón, en tal sentido, fue la unión entre un reino y una de las facciones del otro, en provecho mutuo.

Mediante el matrimonio, Fernando de Aragón se convirtió en el jefe militar del ejército común, embarcado en la misión histórica de la Reconquista. Isabel de Castilla inventó aquello del tanto monta, monta tanto, el yugo, las flechas y toda la pesca; pero la verdad es que ni ella, ni desde luego el entourage que la había hecho reina y que no dejó de gobernar España, estaba dispuesto a hacerlo cumplir. La empresa imperial fue una empresa castellana y fueron Castilla y Portugal los dos jugadores del tablero que se reunieron en la que tal vez puede considerarse la primera conferencia de Yalta de la Historia: la de Tordesillas.

España, entendida como Castilla, siempre ha propugnado su prelación estratégica a la hora de diseñar los designios de los pueblos que se han ido mezclando en la península ibérica. Por eso, cuando desde la gobernación general del país se asevera eso de que España es un cúmulo de nacionalidades, todo eso de la unidad en la diversidad, estas afirmaciones aparecen como poco creíbles; nunca, o casi nunca, se han visto acompañadas por los hechos. Ni siquiera en los tiempos de la sacrosanta y angélica II República, compendio de todas las cosas buenas de la Historia de España para tantos, fue así. El presidente Manuel Azaña, que hizo de Zapatero en aquella ocasión, protagonizó en la persona del coronel Maciá y sus despistados delegados catalanes el mismo tipo de trile burlón que, setenta años después, practicaría otro presidente del gobierno frente a casi los mismos actores políticos.

Hay que hablar claro: si España es un compendio de naciones, entonces a esas naciones ha de otorgárseles el que, en la Edad Moderna, es el principal privilegio de las naciones: la recaudación de impuestos. Donde hay una nación hay un pueblo entendido como tal; donde hay un pueblo entendido como tal hay un proyecto colectivo que es distinto, e incluso distante, de otros que lo puedan rodear geográficamente. Y, consecuentemente, ha de existir la capacidad de financiar dicho proyecto.

Puede ser, también, que España ya no sea un compendio de naciones. Puede ser que a Cataluña, y al País Vasco, le pase un poco lo que al idioma gallego: pudo existir un momento en el que, pese a compartir la raíz latina, fuese un lenguaje plenamente distinguido del castellano, pero hoy en día está tan íntima y profundamente castellanizado que la distancia entre ambos es la mitad de la mitad. Con las mismas, si hubo un tiempo, que lo hubo, en el que el conjunto Aragón-Cataluña-Baleares-Valencia (porque no olvidemos que, en este debate histórico, el concepto Cataluña opera como una sinécdoque) fue un conjunto propio, con moneda propia, con instituciones propias, con dinámica nacional propia, hoy dicho conjunto está tan españolizado que la diferencia es mucho menos apreciable, cuando no negligible. Les guste o no a los catalanes y a los madrileños, cuando los expertos en mercadotecnia dividen España en zonas homogéneas según el comportamiento de los consumidores (la zonificación más conocida es la de Nielsen) suelen crear una extraña "provincia" consistente en las áreas metropolitanas de Madrid y de Barcelona. Porque parecerse, parecerse, lo que se dice parecerse, a lo que se parece un habitante de Sant Boi es a un habitante de Alcobendas. Para ambos, Lloret de Mar y Guadalix de la Sierra son como Marte.

Algo que habitualmente no se infiere de las famosas palabras del presidente del Gobierno, “la nación es un concepto discutido y discutible”, es que abren la puerta de una frase antónima: el concepto de la nación inexistente, o de la nación de naciones, es, en la misma medida, discutible. El problema con España, con Castilla, es que nunca ha hablado claro en este punto. En lugar de hacer suyo un proyecto, uno de los posibles, ha preferido nadar entre aguas permanentemente, consciente de que la rápida debilidad del castellanismo, que se hizo evidente desde el momento en que España comenzó a estrellarse contra el muro flamenco, le hacía, cada vez, más dependiente de la ayuda de aquéllos con los que no quería malquistarse.

A ello hay que unir que, además, desde principios del siglo XVIII España como proyecto es un proyecto francés, identificado con una dinastía francesa que no se cortó de enviar en comisión de servicio a reyes de España que ni siquiera hablaban español. Si Carlos de Habsburgo llenó el poder en España de posibilistas centroeuropeos, la caída de España en el remolino galo petó los pasillos del poder de franceses, jacobinos antes del jacobinismo; porque, dado que la Historia de Francia, en buena parte, se explica mediante la eliminación, cuando no el genocidio, de todos aquéllos que no quisieron unirse al proyecto de La Grandeur o lo pusieron en peligro, todo lo que fue quedando fue ese centralismo a ultranza que acabó teniendo nombre en la Revolución Francesa, pero existía de mucho antes.

El afrancesamiento del proyecto de España partía de la base de que en España se podía hacer con todo como en Francia se había hecho con borgoñones, normandos, hugonotes, cátaros y demás patulea: al que se mueva, pepino por el culo. Así, empiezan a pasar cosas como que los reyes prometan respetos fueristas para conseguir un abrazo y una tregua y a vuelta de correo se caguen y se meen en sus promesas, y todas esas cosas que comienzan a hacer el chiringuito ingobernable.

Para cuando el nacionalismo catalán se estructura en una idea económica, en las bases de Manresa, y reclama el Gran Derecho (recaudar los impuestos), España ya está en el plan de no dar un paso más en ese punto, apenas aceptando el fuerismo como animal acuático, y aceptándolo, tan sólo, por la cantidad de muertos que ha provocado. Para colmo, cuando, en circunstancias muy especiales, una generación de políticos españoles buenistas hasta un punto tal que a su lado Zapatero parece una desalmada abuela encabronada, van y le dan barra libre a los nacionalismos para que se desplieguen, convencidos de que tó er mundo é güeno y que eso de la España crisol de naciones funciona solito, se arrean tal hostia que lo que consiguen es convencer al centralismo de que está en la verdad de las cosas. El miedo creado por la I República es el miedo que tiene Azaña cuando coge el estatuto diseñado por los catalanes en la República (o sea, el de Nuria), y lo deja en la mitad de la mitad del cacho de un trozo.

La actitud sempiterna de España respecto del asunto de Cataluña, puesto que Cataluña ha terminado por ser el gran continuador de las ambiciones del reino de Aragón de ser algo distinto, de concebir España como una joint venture, se ha basado, por lo tanto, en el doble lenguaje y el miedo, combinados por la fuerte presión de un proyecto que es inenarrablemente centralista desde el momento en que caímos en la desgraciada órbita del amigo parisino y tuvimos que tragar con su familia real.

Este sueño, además, ha producido monstruos, el más conocido de los cuales es esa cosa llamada franquismo o, mejor deberíamos decir, falangismo. Esa puta manía de lo español de no hablar claro dejó al fin y a la postre espacio para que quienes hablasen claro fuesen los radicalismos. Así acabó por nacer el radicalismo español, una vez más de patrón francés pues los Maeztu y demás no hacen sino mirarse en el ejemplo de Action Française;el tándem Primo de Rivera-Ledesma no hacen sino tunear esta ideología.

Este radicalismo español no por casualidad acude a los Reyes Católicos para buscar su figura cimera y toma de ellos los símbolos. En la concepción de José Antonio, la unificación de las coronas de Castilla y Aragón es el único momento en el que las cosas, en lo que al proyecto España se refiere, estuvieron en su sitio; lo que demuestra que José Antonio sabía un huevo de derecho hipotecario, pero no se había mirado demasiado la Historia. Leer la Historia de España con habilidades intelectuales propias de la LOGSE permite alcanzar estas interpretaciones epidérmicas, según las cuales España tiene que estar unida porque tiene una misión imperial y un solo destino común, que es un fistro diodenal filofascista porque, en los pueblos organizados y libres, el personal tiene el destino que le sale del guaino tener; paradójicamente, hoy son los nacionalismos periféricos los que se han acercado a esta idea, y se llenan la boca hablando de Cataluña como un ente totalizador que a todos sus ciudadanos engloba, o de esa figura retórica de “los vascos y vascas”, que viene a ser más o menos lo mismo.

Como España ha dejado de vivir el franquismo pero vive el franquismo inverso, todo esto está presente en la calle y en las gentes. Son escasos los falangistas, cierto; pero son bastantes más los que se resisten a conceder que no exista un proyecto español que deba respetarse sí o sí. Y yo no digo que no sea así; lo que digo es que eso será, en todo caso, el resultado de una discusión que nunca se ha tenido, que nunca la nación española ha fomentado ni permitido. Que, probablemente, debió hacerse en la Transición, pero se orilló porque en aquel momento nuestra democracia, por decirlo mal pero con mucha precisión, no tenía el coño para ruidos.

Esta estrategia de no hablar claro se puede apreciar muy bien en la reciente polémica creada por un político catalán que ha criticado la molicie de los perceptores de las prestaciones especiales diseñadas para jornaleros del campo en el sur de España. La polémica no tendría mucho sentido, o más bien tendría otro tono, si todo el mundo tuviese claro que España, como Estado social, está conformada constitucionalmente como una organización en la cual las personas que tienen más aportan para transferir recursos a los que tienen menos; es, pues, una nación socialmente solidaria. Que esas personas pobres estén en Figueras o en Don Benito es irrelevante. Sin embargo, orillando el debate histórico de qué es España, y no solo eso sino aprobando en paralelo normas como el Estatuto catalán, que se basa en el concepto de que la solidaridad en España es entre territorios, se permite que se produzcan estas interpretaciones. Y, por el camino, el camino que realmente deberíamos transitar, que es la discusión en torno a la eficiencia del PER, queda enterrado bajo un falso debate sobre si los catalanes pagan o dejan de pagar a los jornaleros de Marinaleda.

El radicalismo españolista es culpable, asimismo, de haber inventado otro elemento jodidísimo del debate territorial: el concepto de lengua propia. España siempre ha amado y valorado su idioma, que siempre ha tenido cotas muy elevadas de universalidad. Pero nunca nadie como los falangistas fomentó la idea del español como la lengua propia; la lengua que no sólo hablaban los españoles, sino que les hacía españoles. Hablad la lengua del Imperio, dictaminaba el falangismo más radical tras el final de la guerra civil. Contra lo que se pueda pensar, el concepto de lengua propia, que está en todos los estatutos de autonomía de España de territorios en los que se habla algo más que castellano, no es un concepto creado por el autonomismo. Es falangismo reciclado, perceptible en conceptos absurdos como que el catalán tiene que hablar catalán o el valenciano valenciano (que, además, no es catalán), porque si no lo hace es algo así como un catalán o valenciano de baja intensidad, una bomba sucia filológica.

Cada individuo tiene una lengua propia, que es la que le enseña su madre, la que utiliza, al principio de su vida, para pedir pan, cariño, o la comodidad de ser llevado en brazos. El 4 de julio, bajo la bandera de las barras y estrellas, se apiñan centenares de miles de estadounidenses cuya lengua propia es el castellano, el ruso, el polaco, el arapahoe, el maorí, el italiano. La lengua propia de las naciones no existe: pariéndola, el fascismo español parió un aborto; y el nacionalismo periférico, adoptándolo, no hizo sino alimentar un monstruito que siempre nos estará jodiendo mientras viva.

España es culpable, pues. Pero Cataluña está lejos, muy, muy lejos, de ser un mero ente pasivo, inocente, que todo lo que ha hecho ha sido ser el objeto de estas culpas.

Obviamente, la primera culpa de Cataluña y del nacionalismo catalán es manipular la Historia. Uno puede sentirse agraviado siempre que lo esté; pero de ahí a pretender convencer al mundo de que ese agravio ha existido siempre, hay un paso que los nacionalistas de toda laya dan con una elegancia digna de mejor labor. Con la misma facilidad con que Hitler interpreta en sus teorías que Alemania es un imperio cuyo desarrollo ha sido siempre alevemente impedido por fuerzas ignotas distribuidas por toda Europa, el nacionalismo catalán quiere ver en todos y cada uno de los conflictos que ha protagonizado en la Historia de España las raíces de un sentimiento separatista. Poco le importan hechos tan poco compadecidos con esa realidad como que la corona de Aragón fuese bastante más amplia que eso que se llaman países catalanes; o que las conquistas imperiales aragonesas se consolidaron gracias al espadón de militares andaluces; o que el Corpus de Sangre fuese provocado por una presencia militar escasamente formada por españoles y provocase una misiva de la Diputación que empezaba por hacer profesión de fe en la corona; o que Rafael de Casanovas fuese un señor que estuviese muy lejos de morir con Cataluña en los labios. Por no citar hechos más palmarios aún, como que los reyes de España, desde Felipe II hasta Carlos IV, tuvieron siete u ocho preocupaciones mayores en que pensar que no fuesen las reivindicaciones de los catalanes (cosa que no le pasa a los reyes actuales). El nacionalismo convierte una guerra dinástica en la procura de un sueño independentista que los catalanes guardarían como un grimorio sagrado de siglos atrás, y ni una cosa, ni la otra, son del todo ciertas.

Cataluña es culpable de esa monumental manipulación, como es culpable de la adopción de ese falangismo reciclado, al que me refería con anterioridad, de la lengua propia. Todo lo que rodea a la lengua usada en un sentido mítico identitario se hace enormemente complejo; esto es algo que cualquier estudioso serio del franquismo sabe pero, por razones que tienen que ver con cómo se hizo la Transición, en la democracia hemos cometido el tremendo error de repetirlo. No fue así siempre: los cronistas extranjeros de la España de la preguerra civil y de la guerra señalan, no pocas veces, la sencillez del planteamiento catalán en ese momento. A Franz Borkenau, autor de The Spanish Cockpit, un obrero catalán le explica, durante los años de la República, que el enfrentamiento con Madrid se ha terminado porque el problema que los catalanes tenían era que no se les dejaba hablar en catalán; una vez que se les deja, ¿por qué seguir enfadados?

Los largos años del franquismo, sin embargo, aportaron al nacionalismo ese invento de la lengua propia, que ellos adoptaron con total proclividad. Ahora ya no se trata de que pueda llevarse a cabo el uso de la lengua en la que una parte de la cultura y la vida catalanas se despliega. Ahora se trata de que toda la cultura y la vida catalanas se despliegue en esa lengua, porque es la lengua propia y, consecuentemente, las otras (la otra, vaya) son impropias. Como impropias eran, en tiempo del franquismo, las lenguas hoy cooficiales con el castellano.

El nacionalismo catalán ha adoptado, en este punto como en otros, planteamientos que no necesitaba. Y que no los necesitaba es obvio si uno estudia la evolución de ese mismo nacionalismo en el pasado bien reciente y la ausencia de esas ideas. El nacionalismo catalán tradicional, de hecho, era consciente de que no hay progreso de Cataluña sin progreso de España. El discurso catalanista de finales del siglo XIX y principios del XX es un discurso que combina, por una parte, la concepción de una idea de España y de sus necesidades. Tengo en mi biblioteca un libro de 1916 que aglutina una serie de conferencias sobre política económica pronunciadas en 1916 en Barcelona por políticos de la Solidaridad Catalana; y la palabra Cataluña prácticamente no se cita. En ocho o nueve conferencias diferentes se aborda todo: la industria, la agricultura, los transportes, el sector financiero... y la palabra de los conferenciantes, todos ellos constantes reclamadores de su autonomía federal, de sus mancomunidades efectivas, todos ellos políticos relapsos que abandonaron por aquellas fechas las Cortes de Madrid porque no entendían a Cataluña, todos ellos, digo, disertan sobre lo que España debe de hacer en materia económica.

Este hecho, la idea de España, se combinaba entonces, como ahora, con un segundo factor, que es la simple y pura defensa de los también simples y puros intereses de Cataluña. Los catalanes no llevan, como pensarán algunos, menos de diez años sacando a pasear el concepto de balanza fiscal. De hecho, este concepto trufa ya las discusiones del Estatuto catalán de la República. Eso de “nosotros ponemos más de lo que recibimos” es discurso viejo del nacionalismo catalán. Pero es un discurso parcial, porque esconde dos grandes elementos: uno, que el concepto en sí de balanza fiscal es una chorrada atécnica, que la balanza fiscal real no hay quien la calcule (y esto es algo que hace setenta años ya explicó en el Parlamento José Calvo Sotelo, fino hacendista); y, dos, que en esa hipotética balanza habría, de hacerla, que colocarlo todo.

En 1898, con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, el modelo económico catalán, que ya venía renqueando de décadas atrás, colapsó. Colapsó tan gravemente que una institución como la banca catalana, hasta entonces todo lo provechosa que podía ser la banca en España y en seria competencia con la banca madrileña, desapareció para no volver hasta que un día el neonacionalismo finisecular pujolista creyó que una cosa que llamó Banca Catalana resucitaría el sueño hasta que la entidad quebró y acabó en los sótanos del hoy BBVA.

La reacción de España al colapso del modelo catalán fue sacrificarse para evitar dicha pérdida. No fue una reacción en modo alguno altruista; en realidad, históricamente esa España que no es Cataluña ha entendido que la necesita para sobrevivir; es, en este punto, Cataluña la que se empeña en no entender. En realidad, ya durante todo el siglo XIX Cataluña había condicionado la política económica española, que en lugar de apuntarse al libre comercio, que le habría metido en vena toneladas de modernidad, se apuntó al proteccionismo gremialista y neomedieval que reclamaba Foment del Treball, retrasando el progreso nacional y entrando en una espiral que, como ocurre varias veces en la Historia (sin ir más lejos, con la crisis del 29) vino a enmascarar una guerra, la del 14 (conflicto en el que, al calor de la neutralidad, los mismos industriales que estaban a punto de irse a la mierda, se forraron). Pero Cataluña le debe al resto de España esa implicación solidaria en sus necesidades, como le debe que los intereses particularísimos de los industriales catalanes retrasasen prácticamente hasta la muerte de Franco la construcción en España de un sistema fiscal racional y equilibrado (para muestra, la reforma Alba de 1918, descarrilada por los industriales catalanes y vascos, a los que no les salió del pingo pagar un impuesto de sociedades).

El nacionalismo colonial se basa en la imagen de un país colonizado cuyo colonizador explota sin piedad ni preocupación alguna por el bienestar de sus naturales. Cataluña, históricamente hablando, no puede exhibir esa imagen. Es, más bien, al revés. Es, más bien, ella la que ha condicionado la evolución económica del resto de España. Es en este sentido que el cachondo de Agustín de Foxá decía que Cataluña es la única metrópoli del mundo que vive obsesionada con separarse de sus colonias.

Todo esto lo sabían los nacionalistas viejos, y es por eso que no practicaban el victimismo. Pero la ausencia de memoria del moderno nacionalismo ha provocado que haga un uso industrial de dicho sentimiento, incluso tratándose, como acabo de decir, de un territorio que tiene poco margen para justificarlo.

Porque el nacionalismo catalán ha abrazado el victimismo, su postrer error, que es en el que se encuentra en el momento presente, consiste en ser incapaz de jugar el partido que ha acabado presentándose. El victimismo catalán está diseñado para que la idea central de la movida sea que Madrid aplasta a Cataluña. En el momento en que lo que ha pasado es que fuera de Cataluña se ha comenzado a convertir en verdad social la imagen de una Cataluña que aplasta al resto, el discurso ha devenido torpe y absurdo.

La mala resolución del problema catalán durante la República, la represión del movimiento del 34 (que fue un golpe de Estado independista, cosa que no suelen recordar quienes acusan a Madrid de ser desleal... ¿hay algo más desleal que un golpe de Estado?), los desencuentros entre Madrid y Barcelona durante la guerra, que hicieron más por Franco que toda la fuerza aérea nacional, y la decisión del nacionalismo catalán de levitar fuera de la realidad y aislarse durante la larga noche del exilio (los catalanes no estuvieron en el Contubernio de Munich porque no se iba a hablar de lo suyo), alimentaron durante décadas el alma del victimismo catalán y construyeron ese mundo de mitos intocables que es hoy este nacionalismo.

El otro día le comentaba a un amigo residente en Cataluña, que en un comentario dejó los amargos versos de Machado sobre Castilla, que tal vez un problema de Cataluña es que no tenga poetas así; vates más catalanes que el pan tumaca que, sin embargo, hayan cantado con amargura el lado oscuro de su tierra. Lejos de ello, el nacionalismo catalán actúa como si no hubiese lado oscuro; como si, sin ir más lejos, Cataluña no fuese, a día de hoy, quizá el territorio de España donde más caro es vivir, donde más cara sale el agua, y las autopistas, y tantas cosas. Lejos de dejar entrar el aire de la crítica, Cataluña se concibe a sí misma como el compendio de todo bien; es todo lo contrario que Castilla/España, que no para de darse golpes de pecho por haber quemado judíos y violado mujeres aztecas. En consecuencia, los mitos catalanes son intocables, y por alguna esquina de You Tube pulula un video, muy visto fuera de Cataluña, donde se muestra cuál es el destino que le cabe esperar a alguien a quien, en un programa de la televisión catalana, se le ocurra la valentía de criticar a Lluis Companys. Ello a pesar de ser don Luisote un personaje con más fondo de armario que la comisión gestora del Día del Orgullo Gay.

El mito-victimismo catalán funcionó extraordinariamente durante la Transición porque la Transición, en buena parte, se construyó sobre él. En los años ochenta, sin embargo, el nacionalismo catalán recibió un toque. Se formó una operación de centro-derecha, buscando inventar el PSOE del otro lado, y al frente de la misma se puso la mano derecha de Pujol, Miquel Roca. En aquellos tiempos, el siempre afilado Alfonso Guerra dijo en público que Roca nunca podría ganar unas elecciones en España. Roca saltó como el Puma de Baracoa: eso me lo dices porque soy catalán. La respuesta de Guerra es importantísima para entender este problema: no es que seas catalán, le dijo; es que eres nacionalista catalán.

Los catalanes nacionalistas son un subconjunto de los catalanes, como los nacionalistas gallegos son un subconjunto de los gallegos o los habitantes de Vitoria que se duchan por las mañanas son un subconjunto de los vitorianos (ampliamente mayoritario, espero). El victimismo catalán, sin embargo, cuadraba mal aceptando esto. ¿Cómo podía haber catalanes que no sintiesen la mordedura de la persecución española? Por lo tanto, el nacionalismo jugó la baza de la identificación de ambas cosas. Catalán, por lo tanto, equivale a nacionalista catalán. Es posible que Roca, a día de hoy, todavía no entienda qué le quiso decir Guerra aquella vez, hace treinta años.

En los famosos tiempos de la República, ni se le habría ocurrido hacer eso. Por muchos votos que cosechase entonces la Esquerra, cualquier catalán medio cultivado sabía que en Cataluña había una clase obrera a la cual todo eso de la identidad nacional catalana se la rechuflaba. El victimismo, combinado con la movida de la lengua propia y la manipulación de la Historia, tuvo como objetivo cambiar eso.

Cataluña, sin embargo, se ha encontrado con un inesperado cambio de guión. Al nacionalismo español o castellano le ocurrió lo mismo tras la muerte de Franco cuando, de repente, tuvo que convivir en el mismo dormitorio con otras sensibilidades territoriales que no entendía. Fruto de esa falta de adaptación son las toneladas de chorradas que desde esas posturas se dijeron del autonomismo, que fue ridiculizado en artículos periodísticos y novelas de éxito para solaz de muchos salones de clase media.

Los nacionalistas de toda laya nunca pensaron que eso les podría pasar a ellos porque creyeron que ser nacionalista es algo connatural a ser demócrata; así pues, sus postulados nunca se pondrían en solfa. Desde el 2004, sin embargo, estos mismos nacionalistas, y muy específicamente los catalanes, se encontraron con el problema de morir de éxito. En el palacio de la Moncloa, por primera vez en la Historia de la democracia, se sentó un primer ministro que se dedicó a sobreactuar su total y natural asunción del fenómeno de lo catalán, obligado por el hecho de que los votos cosechados allí por el PSC le eran totalmente necesarios para mantenerse en el poder. Así las cosas, el hombre de Moncloa emitió su nihil obstat para el pacto de gobierno con ERC (craso error, porque suponía amigarse con un socio que nunca aceptaría ser moderado) y no escondió sus preferencias por soluciones a la catalana, como ocurrió con la famosa operación de Endesa. Como consecuencia, afloró la condición, que en realidad siempre ha tenido, colonizadora del catalanismo, y los goznes comenzaron a chirriar. Cuando los catalanes habituales en Madrid regresaron a Barcelona contando que en su hotel del centro ya no se servía cava catalán, el problema comenzó a mostrarse.

Cataluña tenía, en ese punto, una encrucijada. Podía haber tomado el sendero estrecho, pedregoso y empinado, pero al fin y al cabo virtuoso, de entonar un mea culpa histórico y comenzar desde ahí. O podía tomar la autopista de montar victimismo sobre victimismo. Esto último es lo que hizo. No sólo ponemos un montón de pasta, sino que encima caemos mal. Sorprende comprobar que muchos catalanes que piensan así son capaces de preguntarse incrédulos, dos minutos después, cómo es posible que los estadounidenses no sean capaces de entender por qué el resto del mundo los odia. En el fondo, es el mismo problema, y resulta relativamente sencillo de ver. Pero el nacionalismo catalán está tan profundamente falto de autocrítica que es imposible que lo vea.

En suma, lo que tenemos son dos partes enfrentadas. Una no quiere hablar claro y la otra se pasa todo el día mirando a su espejito mágico y preguntándole quién es el más guapo; y cómo el espejito recibe jugosas subvenciones de quien le está preguntando, ya sabemos cuál es, siempre, su respuesta. Es un círculo vicioso en el que ambos lados, castellanos y catalanes, están muy cómodos. Hay mucha pasta y muchos votos en no entenderse, y por eso ambas partes bailan, constantemente, la ceremonia de la confusión. Y del desencuentro.

Es, lamentablemente, lo que hay.