sábado, septiembre 17, 2011

Kronstadt

Las revoluciones no tienen más remedio que eclosionar en momentos jodidos. Como escribió una vez el politólogo Karl Deutsch, la decisión política básica se produce entre orden y caos; y, esto lo añado yo, en tiempos de bonanza general sólo los muy frikis apuestan por lo segundo. Sin embargo, cuando pintan bastos en las calles, en las casas, en los cuarteles y en las panaderías, hay mucha más gente que, por no tener nada que perder y sí mucho que ganar en el caos, se apunta a bombardear lo que sea necesario.

Es por esta razón que cuando se produjeron las revoluciones rusas (y es que yo veo dos: la que echó al zar y la que echó del nido revolucionario a todos los pajaritos que no fuesen el pájaro cuco leninista) la situación fuese, más que mala, malísima. La Rusia heredada por Kerenski primero, y Lenin-Trotsky después, estaba hecha unos zorros. A Kerenski, teórico representante de la mayoría, le acabó costando muy cara su decisión de seguir en guerra con Alemania, pues el deseo de cambiar esto, mucho más que el deseo de construir la dictadura del proletariado, alimentó los pies de la masa que pasó por el Palacio de Invierno como la Acorazada Brunete.

Instalados los bolcheviques en el machito, y sobre todo porque estaban dispuestos a no compartir el nido con nadie más anymore (cosa que cumplieron durante 70 años), su principal objetivo fue parar la guerra. Como es bien sabido, enviaron a Trotsky a negociar con los alemanes, que a las primeras de cambio sólo enviaron militares a la mesa. La combinación entre la urgencia que tenía Lenin por parar el belicismo ruso y el hecho de que Trotsky no era ningún genio militar que digamos tuvo como consecuencia que la paz de Brest-Litovsk estuviese preñada de triles que los bigotudos mariscales de campo teutones le vendieron al revolucionario judío, y que éste se tragó como ruedas de molino. Pero, al fin y a la postre, Trotsky volvió a Petrogrado con la paz debajo del brazo.

Llegado el momento de la paz, llegaba el de la construcción del socialismo. Comenzaron las medidas socializadoras, sobre todo en el campo, porque el leninismo, para mi gusto con gran acierto, se sentía razonablemente seguro de las masas proletarias urbanas, pero sabía que en las zonas rurales no las tenía todas consigo. El bolchevismo se aplicó con dureza con el campo, y esto despertó los recelos de sus antiguos socios: socialrevolucionarios, anarquistas, comunistas de izquierda (curiosa expresión, que incluso los hagiógrafos de la URSS utilizan, pese a que automáticamente presume la existencia de un comunismo de derechas); y, por supuesto, mencheviques, kadetes, liberales, etc.

A las innúmeras torpezas y violencias de Lenin y Trotsky les vino a salvar la impaciencia occidental. A las otrora aliadas de Rusia en la Gran Guerra, la paz unilateral soviética les había jodido bastante, entre otras cosas porque Trotsky la negoció tan de puta pena que no logró evitar, aunque juró que lo haría, que dejar de luchar en el frente ruso reforzase a los alemanes en el frente occidental. Entre esto y el internacionalismo de Trotsky, que llevaba a los bolcheviques a estar todo el día llamando a la rebelión a los proletariados de las otras naciones (esto encuentra su lógica en que Lenin esperaba soltar presión hacia la URSS mediante una revolución comunista en Alemania), Francia e Inglaterra acabaron mosqueándose y decidiéndose a apoyar a los contrarrevolucionarios. En junio de 1918, galos y brits desembarcan en Murmansk y Arkangel y nombran un gobierno del Norte de Rusia. Como ese toro que se lanza a cornear al compañero de manada al que de repente ve débil, los japoneses respondieron entrando en el país por Vladivostok.

Para responder a esta situación es por lo que Lenin dictó el comunismo de guerra que, en mi opinión, debería llamarse comunismo a secas, pues no significó otra cosa que la aplicación hasta el final del catón marxista, la estatalización de absolutamente todo, del control total de lo que las personas poseían o consumían, y todo ello al servicio del esfuerzo bélico.

A Lenin no le salieron las cosas bien. En Alemania, el régimen burgués que él consideraba podrido y a punto de derrumbarse se llevó por delante a Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht, aplazando con ello la revolución comunista en Alemania sine die. El almirante Kolchak atacó desde Siberia, Yudenich en la zona de Petrogrado, y Denikin en la de Moscú. Hay quien ha escrito que en varios momentos entre 1918 y 1920, apenas dos divisiones razonablemente pertrechadas podrían haber tomado Petrogrado con la punta del nabo. Pero no hubo tal. Lenin, o más bien Trotsky, multiplicándose en los frentes en aquél su famoso tren que se recrea en Doctor Zhivago, logró sacar petróleo de un Ejército Rojo que tenía más voluntad que otra cosa. Entre eso y el esfuerzo sobrehumano que se le exigió a la población, la guerra terminó por ganarse.

En marzo de 1920 se celebra el primer acto que podríamos decir normal de la etapa bolchevique: el IX Congreso del PCUS. Lenin convocó esa reunión para poner el contador a cero y llamar al país a una especie de Plan de los Mil Días, durante los cuales la economía sería robustecida, los pequeños negocios permitidos, las infraestructuras construidas... lo normal en un país que quiere salir de la mugre. Sin embargo, para su desesperación se encontró con lo que podríamos denominar la oposición bolchevique. Una parte de esta oposición se centra en el Ejército Rojo, al que quiere convertir en unidades de milicianos que hagan guerra de guerrillas y no sean, en modo alguno, un ejército jerarquizado y disciplinado; este mismo problema, por cierto, se lo encontrarán los comunistas otra vez en la guerra civil española y entonces, como en la URSS, conseguirán hacer valer su criterio de que debe construirse un ejército como tal. La otra vertiente de la oposición a Lenin está formada por los comunistas más anarcoides, asamblearios, que exigen algo así como un régimen de soviets de verdad y que, por lo tanto, las fábricas, los barrios, los hospitales, etc., no los gobiernen burócratas desde Moscú, sino asambleas de trabajadores.

Lenin bien podría haber perdido esa batalla, porque esas teorías tenían mucho eco fuera del partido bolchevique entre socialrevolucionarios y, sobre todo, anarquistas. Pero, una vez más, la flor le brotó en el culo en forma de guerra. Los polacos invadieron Ucrania y la necesidad de ir a la guerra lo borró todo. La URSS contraatacó, apisonó a los polacos y puso proa hacia Varsovia; pero tuvo el problema de que el comandante de su ala izquierda se desvió en exceso en su avance, y por el espacio que dejó libre se coló el mariscal Pilsudsky, obligando a los soviéticos a retirarse con el fusil entre las piernas.

Aquel comandante se hacía llamar, ya por entonces, Stalin. Por supuesto, la historiografía soviética le echa la culpa del error a Trotsky, faltaría más.

Producida la victo-derrota de los soviéticos, las tensiones internas regresaron. Todos los no bolcheviques comenzaron a cargar contra Lenin a todo trapo. 1920 terminó con manifas en Petrogrado donde a Zinoviev, presidente del soviet local, le llamaban de todo menos bonito; y, poco a poco, el ambiente social en la ciudad se hizo más contrario al bolchevismo. Zinoviev declaró el estado de sitio.

Cerca de Petrogrado estaba la base naval de Krondstadt. Sabido es que, por motivos que sería interesante explorar algún día, en general los hombres de mar suelen ser más cultivados y concienciados que la media. Marineros de Kronstadt participaron en la pre-revolución de 1905, y habían recibido a Lenin en la Estación de Finlandia. De hecho, el 13 de enero de 1918, cuando en un Petrogrado convencido de que Alemania iba a atacar a Rusia de nuevo se celebró una reunión del Comité Central (a la que Lenin, siempre tan valiente, no asistió, dejándole el marrón a Trotsky), portavoces de diversas unidades militares fueron invitados a hablar. Uno por uno, todos los comisarios de las divisiones subieron a la tribuna para quejarse de estar mal alimentados y peor pertrechados, y echar la culpa a los bolcheviques de la situación. El único discurso que escucharon los jerifaltes rusos favorable a sus tesis fue, precisamente, el de Baranov, representante de la flota.

Más pruebas. El primer acto de los bolcheviques tras forzar la disolución de la Asamblea Constituyente y la ilegalización de facto de todos los partidos revolucionarios distintos de ellos, fue asesinar a dos ministros mencheviques: A. I. Shingarev y F. F. Kokoshkin. Estos dos ministros se encontraban encarcelados en la fortaleza de los santos Pedro y Pablo y fueron trasladados el 19 de enero de 1918 al Hospital de María, con la excusa de su delicada salud. A la una de la madrugada del 20, unos militares entraron en la sala pretextando que tenían que auditar la situación de los detenidos para comprobar que estaban bien aunque, en realidad, lo que hicieron fue matarlos. Como responsable de estos sucesos se llevó a encarcelar a dos de los guardias del hospital, Kulikov y Baskov. El primero de ellos fue colocado en la misma celda que el coronel Kalpashnikov, otro señor que tuvo una experiencia directa del concepto bolchevique, o más bien troskista, de Justicia (cualquier día, si hay tiempo, contaremos el caso Kalpashnikov); coronel que escribió un libro de su cautiverio en el que incluía el relato de una conversación con Kulikov en el que éste ofrecía datos muy precisos de que habían sido los marineros los que habían realizado la acción criminal.

Once upon a time, pues, los marineros de Krondstadt habían sido devotos comunistas; pero, en realidad, su intenso espíritu revolucionario les había hecho virar, con el tiempo, hacia posiciones más cercanas al anarquismo. El anarquismo, además, se nutría, como ocurrió también en España en la primera mitad del siglo pasado, del descontento de ver que los avances de la sociedad comunista no se producían.

Los marineros de Kronstadt enviaron a una delegación a Petrogrado para hablar con los manifestantes y conocer sus reivindicaciones. Esa delegación regresó apoyando al cien por cien las reivindicaciones de las manifas.

El 28 de febrero de 1921, la tripulación del buque Pretropavlosk elabora un manifiesto que hace público el 1 de marzo. Es éste:

Habiendo oído a los representantes de las tripulaciones enviados por la Asamblea General de las brigadas navales para informarse sobre la situación en Petrogrado, los marineros han decidido:

1.- Dado que los actuales soviets no expresan la voluntad de los obreros y campesinos, organizar inmediatamente reelecciones a los soviets con voto secreto y tratando de realizar una propaganda electoral libre.

2.- Exigir la libertad de reunión y la libertad de organizaciones sindicales y campesinas.

3.- Exigir la libertad de palabra y prensa para los obreros y campesinos, los anarquistas y los partidos socialistas de izquierda.

4.- Organizar, lo más tarde para el 10 de marzo de 1921, una asamblea de obreros sin partido, soldados y marineros de Petrogrado, de Kronstadt y del departamento (provincia) de Petrogrado.

5.- Liberar a todos los prisioneros políticos de los partidos socialistas, así como a todos los obreros y campesinos, soldados y marineros detenidos, de los diferentes movimientos obreros y campesinos.

6.- Elegir una comisión para la revisión de los expedientes de los detenidos en prisiones y campos de concentración.

7.- Suprimir todas las secciones políticas, puesto que ningún partido debe tener privilegios para la propaganda de sus ideas, ni recibir subvenciones del Estado. En su lugar, deben crearse círculos culturales con recursos procedentes del Estado.

8.- Suprimir inmediatamente los destacamentos de control.

9.- Igualar la ración para todos los trabajadores, excepto en los oficios insalubles y peligrosos.

10.- Suprimier los destacamentos de choque comunistas en las unidades militares y desaparición del servicio de guardia comunista en las fábricas. En caso de que estos servicios de guardia sean necesarios, designarlos por compañía de cada unidad militar, teniendo en cuenta la opinión de los obreros.

11.- Dar a los campesinos completa libertad de acción, así como el derecho a tener ganado, que deberán cuidar ellos mismos sin utilizar trabajadores asalariados.

12.- Pedir a todas las unidades militares, así como a todos los camaradas oficiales, que se adhieran a estas resoluciones.

13.- Exigir que se dé en la prensa una amplia publicidad a todas las resoluciones.

14.- Designar una oficina de control itinerante.

15.- Autorizar la libre producción artesanal, sin utilizar trabajo asalariado.


Los quince puntos del manifiesto del Pretropavlosk contienen lo que mucho comunista de oído cree que reivindicaban los comunistas soviéticos en aquellos años; es posible, de hecho, que los marineros de Krondstadt lo pensaran también. En su manifiesto, de hecho, hay mucho marxismo: considerar que sólo los obreros y sus partidos merecen la libertad y poder expresarse (dictadura del proletariado); y la prohibición el trabajo asalariado (asunción básica de la teoría marxista sobre la plusvalía del obrero). Sin embargo, si el marxismo que quizá Lenin podía compartir con ellos está presente, mucho más lo están dos elementos que, lejos de lo que consideran los comunistas de oído, jamás estuvieron en la agenda de los bolcheviques: uno, las consideraciones egalitaristas y anarquistas, que repelían el control estatal; y, otra, la consideración de que todos los revolucionarios tenían derecho al mismo nivel de libertad. O sea, que todos los pajaritos tenían derecho a estar en el nido con el pájaro cuco.

El manifiesto de Krondstadt, lejos de identificarse con el bolchevismo, era un torpedo en su línea de flotación. Un clamor por un cambio en el gobierno en el que los bolcheviques deberían dejar de tener el monopolio.

El 2 de marzo, siguiendo las directrices revolucionarias que habían aprendido en el proceso que luego el régimen soviético sacralizaría como la revolución perfecta, los marineros de Krondstadt eligieron un Comité Provisional, presidido por un marinero llamado Petricenko.

Por lo que se refiere al PCUS, jamás pensó ni remotamente en negociar o acordar nada con los sublevados; que, además, no estaban formalmente sublevados, pues no habían agredido a nadie. Trotsky y Zinoviev fueron designados para gestionar el problema. El 3 de marzo, bajo la inspiración del primero de los citados, los medios de comunicación de Moscú emitieron la noticia de la sublevación en Krondstadt del Petropavlosk, a las órdenes de un fantasmagórico general ruso blanco Kozlovski, que no era más real que Mickey Mouse, puesto que el general Kozlovski, que efectivamente era bastante conservador, había sido precisamente relevado de todo mando por los marineros amotinados. Asimismo, tomando el rábano por las hojas de una forma acojonante, se basaban en el hecho de que un periódico francés (Le Matin) hubiese publicano noticias de la sublevación para concluir que Francia e Inglaterra estaban implicadas en la conspiración, con la ayuda de los socialrevolucionarios.

Lejos de lo que defiende Trotsky a través de estas afirmaciones, todas falsas, la sublevación de Krondstadt no estuvo dirigida por ninguna formación política. Surgió de una forma tan espontánea que se produjo en invierno, es decir en una época en la que los buques no eran operativos por estar helado el mar; cualquier revolucionario organizado habría montado la tangana en primavera o verano. De hecho, los marineros de Kronstadt, aquejaos de un buenismo revolucionario que recuerda en algo a los tiempos presentes, pensaron que su simple ejemplo movería a los demás a unírseles, así pues no tomaron más medida que hacer asambleas. En dichas asambleas se hablaba de un nuevo orden socialista, que sustituiría al orden comunista burocrático.

Con una simpleza que, sin embargo, tiene la virtud de hacerse entender, los marineros de Kronstadt acusaban a la dictadura del proletariado de haberse convertido en dictadura sobre el proletariado. Recuperaban, además, la vieja máxima de Lenin (el desaparecido Lenin) en sus tesis de abril, y que es bien conocida: todo el poder para los soviets. En esas circunstancias, la ideología de Krondstadt viraba a marchas forzadas hacia el anarquismo, y así, para cuando los socialrevolucionarios, a través de Tchernov, intentaron hacerle una OPA al movimiento, ya era tarde. Todo lo que no fuese autogestión les parecía poco.

Trotsky tenía que terminar con Krondstadt para poder convocar el X congreso del partido. El 6 de marzo, esta luminaria de los derechos humanos y las libertades civiles da por escrito orden de preparar lo que haga falta «para aplastar la revuelta y a los rebeldes por la fuerza de las armas».

El 7 de marzo, por la tarde, comenzó el ataque. Aprovechando el terreno de más regalado por el mar helado, las tropas del gobierno (éstas sí, dirigidas, por cierto, un general ex-zarista, Tujachevski) pudieron presentar un frente muy amplio, lo cual hizo difícil, cuando no imposible, la defensa de la plaza. A partir del 8, Trotksy ordena un ataque non-stop, buscando una rendición rápida del puerto que impida la posible rebelión de otros puntos de Rusia. El 16, Tujachevski atacó por el flanco más inesperado, es decir desde el camino de Petrogrado (el área para cuya defensa se construyó Kronstadt). A partir de ese momento, sólo necesitó dos días para tomar la plaza.

Como ya dijo Víctor Serge, Kronstadt marca el momento de la ruptura definitiva entre el anarquismo y el comunismo. Hasta ese momento, ambas ideologías, amalgamadas en su condición obrerista, habían convivido e incluso colaborado. Pero, a partir de ese momento, devienen incompatibles. En Kronstadt, el comunismo como forma de gobierno se muestra con dos características fundamentales: en primer lugar, como gobierno absolutamente pragmático, por lo tanto capaz de la mentira y el engaño con tal de defender sus intereses; en segundo lugar, como régimen totalitario, en el sentido de régimen que no sólo pretende prevalecer sobre los demás, sino que también pretende hacer desaparecer a los demás.

La intelectualidad de izquierdas, por otra parte, se ha pasado todo el siglo XX escribiendo páginas y páginas en las que los marineros de Kronstadt eran tratado con la conmiseración que se le dedica a alquien bienintencionado que, sin embargo, está equivocado. Así, en efecto, son tratados los marineros de Krondstadt: buenos chicos que se empeñaron en no darse cuenta de que Lenin y Trotsky eran dos gobernantes amenazados por potencias exteriores, por la resistencia interior y la amenaza de los rusos blancos; eran, pues, unos pobres chicos que no tuvieron más remedio que acallar todas las voces que no fuesen la suya, meter a los opositores a puñados en las checas, joderle la vida a miles de personas, cuando no asesinarlas.

Todo eso lo hicieron, estos santos varones, porque no tenían más remedio. Y los burros de la Historia, por lo visto, son los marineros de Kronstadt, que no supieron entenderlo.

miércoles, septiembre 14, 2011

Franco y el poder (14: de nuevo, los equilibrios)

Todas las tomas de esta serie:

Recién comenzada la segunda mitad de los años cincuenta, el Banco Exterior de España, la entidad financiera pública con oficinas en el extranjero y que por eso era utilizada para rendir los pagos de las legaciones diplomáticas españolas, carecía de dinero para pagar dichos gastos corrientes. Definitivamente, el sueño económico de Franco se había ido a la mierda.

domingo, septiembre 11, 2011

La educación, hace cien años


Estos días andan las cosas revueltas en el mundo de la educación. Por otra parte, sé positivamente que alguno de los amables lectores de este blog tiene la profesión de maestro. Un poco por todo esto, he rescatado de mi estantería el folleto cuya portada figura encabezando este post. Folleto que reproduce las intervenciones que se produjeron en el seno de un mitin organizado por los profesores de la escuela primaria, el 13 de julio de 1919. Hace, como quien dice, unos cien años.

¿Qué pedían los maestros (de primaria) hace cien años? En palabras de un dirigente de su asociación apellidado Vecina, pedían "una escuela mejor, un amparo mayor para el niño español, un mejoramiento de verdad para el magisterio nacional".

Se quejan amargamente los maestros en sus intervenciones de ser la hez de la sociedad, algo que justifica el origen de la frase hecha, que claramente pesa sobre ellos como un baldón, que dice "pasas más hambre que un maestro escuela". Al señor Vecina, sin ir más lejos, le duelen los "miserables haberes" del maestro, por los que éstos "recibían a cambio el desprecio de las gentes". El maestro, nos dice su dirigente corporativo, es despreciado por los demás, y eso es algo que sólo cambiará "concediéndonos igual categoría social, lo que en la actualidad equivale a igual categoría económica, que al resto de los funcionarios del Estado". Se quejaban los maestros, por lo tanto, no sólo de ganar poco, sino de ganar menos que otros funcionarios, lo que contribuía a que fuesen vistos como trabajadores de segunda.

Lo dice más categóricamente el señor Casero, representante en el mitin de los maestros catalanes: "si la función del maestro es una necesidad imprescindible en la vida social, que se le retribuya y se le considere, que se le pague y se le dignifique. Si, por el contrario, se cree que se puede prescindir fácilmente de él, que se le suprima". "Nosotros", prosigue el orador de Barcelona, "venimos aquí para decir a todos, rojos y azules [sic], Gobierno y pueblo, prensa y opinión, que es preciso resolver el problema de la escuela y que éste no puede resolverse sin dignificar y retribuir dignamente al encargado de ella".

Estamos en tiempos presindicales, pero el lenguaje de la reivindicación laboral ya fluye. Así, Vecina brama, y el público aplaude: "No creáis que el último de los maestros españoles os está invitando a la rebelión; quien os invita a ella es el propio poder público"; más aún, remacha: "una cosa es el heroísmo, y el heroísmo es cosa voluntaria, y otra cosa es que se nos obligue a ser héroes, y entonces ya no se es héroe, se es esclavo".

Obsérvese la queja con la que comienza su breve disertación la notable feminista vasca, maestra en Madrid ya en los tiempos de este acto, Benita Asas: "resulta anómalo, por no decir absurdo, el que personas dignísimas, sí, pero completamente ajenas a la enseñanza, puedan ser hoy directores generales, consejeros y hasta ministros [se entiende, de Educación]". Juzgue el lector si el tiempo ha borrado esta queja. Como se queja de algo tan aparentemente moderno como los impagos de la Administración Pública. A ella y otras maestras, dice Asas, se les deben aún (1919) unos cursos impartidos en 1912.

El señor Cortés Cuadrado, que de sus propias palabras cabe deducir dirigía en 1919 la Escuela Normal y se dice en el discurso ya valetudinario, abunda en la queja de Benita doliéndose del desprecio de los gobernantes y legisladores hacia la formación del maestro: "es bien raro que aquéllos que promulgan las leyes vengan a quejarse, vengan a decir que el maestro es inculto, cuando, después de todo, aquél es como el Estado lo hizo; y si no es más culto, es porque el Estado o no ha querido, o no ha sabido darle cultura". El tono de la defensa, en todo caso, que es un tono que no desmiente el fondo de la cuestión, da que pensar que en 1919 la acusación de gañanería en la persona de los maestros debía de ser tan frecuente como frecuentemente acertada. De otro modo, la defensa bien habría sido otra. Ítem más: reflejando el enorme esfuerzo de muchos maestros por formarse de forma autodidacta, reconoce Cortés Cuadrado que lo que obtienen de la Escuela Normal es, apenas, una "cultura ínfima".

La mayor parte del contenido de los discursos se refiere al que será el primer punto de la base reivindicativa de la Asociación, presentada en el mitin: más escuelas El maestro, nos dicen los oradores, necesita escuelas. Y de sus palabras cabe deducir las condiciones deplorables en que debían estudiar nuestros abuelos y bisabuelos. Para muestra, este párrafo del señor Cortés Cuarado; párrafo, por otra parte, teñido de un buenismo en torno a la persona del alumno que refleja cierto punto de vista naif:

"Si el niño se negara a ser educado, todo el trabajo del más inteligente y laborioso maestro se estrellaría contra esa voluntad rebelde. Por fortuna, podemos apoderarnos de esa voluntad del niño y podemos hacer que se preste de una manera gustosa a ser un objeto activo de su propia educación. ¿Cómo? En vez de ofrecerle esas escuelas que para él son una prisión oscura y triste, donde se le obliga a permanecer varias horas del día en una inactividad casi absoluta, donde no tiene aire que respirar, ni luz para sus ojos, donde no encuentra más que el tormento de un potro y donde constantemente piensa en el momento de salir de él; en vez de eso, debe ofrecérsele una escuela en donde encuentre todos los elementos que fuera de ella le deleitan y fascinan: luz, aire, árboles frondosos, flores y pájaros, colores y aromas, músicas y cantos, espacio libre donde correr y desarrollarse, espacio también para contemplar la hermosura de los cielos [este punto de la disertación fue interrumpido por los aplausos], y de ese modo veréis cómo ese niño que ahora, naturalmente, se resiste a acudir a la escuela, porque la escuela es un entorpecimiento perpetuo y constante para el cumplimiento de las leyes de la naturaleza del niño, veréis, repito, cómo acude gustoso, ansioso, deseoso de estar ahí el mayor tiempo posible; y en lugar de pensar en el momento de salir, estará prestándose con todas las fuerzas de su alma a recibir gustosa y fructuosamente la acción inteligente y constante del maestro".

Dejo al lector la decisión sobre si ahora que el niño tiene en la escuela luz, aire, cantos frondosos, espacios aromáticos y músicas celestiales, acude a ella gustoso y deseoso de estar en ella el mayor tiempo posible y de recibir gustosa y fructuosamente las enseñanzas del maestro.

Pilar Oñate, de quien he podido saber que en el momento del mitin tenía 30 años de edad, que era maestra por oposición y hablaba francés, inglés, italiano y alemán, es más prosaica y concreta al demandar, para la mejora de la escuela, más dinero. Pero, ojo: "ese dinero es preciso que se emplee en lo que es debido, y que se acabe de una vez ese absurdo, por desgracia tan corriente en España, de que en lugar de buscar personas para los cargos, se busquen cargos para las personas". Otra vez invito al lector a preguntarse sobre si hoy en día, verdaderamente, se buscan personas para los cargos, como reclamaba doña Pilar entre aplausos frondosos.

Me interesa reproducir, del discurso de esta maestra, unas líneas que describen bastante puntillosamente el día a día del maestro de hace cien años:

"A las personas que son ajenas a la enseñanza, es menester que los profesionales les den una idea de lo que representa la vida del maestro. Para serlo ha seguido una carrera de cuatro o cinco años; después ha necesitado hacer unas oposiciones y, cuando al fin está al frente de su escuela, tiene seis horas de trabajo intenso, en que necesita poner su inteligencia, su voluntad, su tacto, su habilidad; trabajo en que no caben desmayos, pues si el maestro desmayara, la escuela vendría a la ruina. Hoy, en todos los oficios se pide la disminución del trabajo. Pues bien: el maestro, después de las seis horas que ha permanecido encerrado en su escuela, cuando las bandadas de pajaritos sueltos marchan a sus hogares, alegrando por un momento la tristeza de las callejas pueblerinas, va a su casa y encima de su mesa encuentra trabajos para corregir, planas que tiene que revisar, trabajos manuales a que tiene que dar una última mano. Nosotras las maestras nos encontramos con labores que tenemos que preparar. Todo esto representa un par de horas del trabajo. Y si el maestro quiere además estar al corriente de lo que en el mundo sucede, perfeccionarse y adquirir mayores conocimientos para que su escuela no marcha como el día que la recibió, sino siempre al compás de las corrientes de los tiempos, necesita también dedicar otro par de horas a estos trabajos y a preparar las lecciones".

Como estamos, ya lo dije, en tiempos presindicales, Pilar Oñate deja brotar de sus labios algunas palabras que hoy sonarán anacrónicas a los dirigentes de la enseñanza:

"Yo deseo que no cesemos en esta campaña que, por decirlo así, ahora se inaugura. Hemos de pedir nuestras justas reivindicaciones, pedirlas sin mendigar, porque la justicia no se mendiga; pero al mismo tiempo sin amenazar, porque la amenaza tiene algo de degradante, puesto que tiene su eficacia en la cobardía ajena. De suerte que yo quisiera, en este momento, aprovechando esta ocasión, hablar de una palabra que ha sonado en los corrillos y hasta se ha hablado algo de ella en la prensa: me refiero a la palabra huelga, que yo quisiera ver borrada de nuestro diccionario profesional".

¿Por qué? Pues porque "la huelga es un arma de indudable eficacia cuando significa la paralización inmediata de servicios; pero reflexionad un momento y decidme: ¿qué representa una huelga de maestros de escuela? Nada, absolutamente nada. Los niños creerían que se habían anticipado las vacaciones. Hace ya algunos años que, gracias a Dios, los maestros de escuela no servimos de tema a piezas del género chico, y una huelga así, creedme, haría que volviéramos a figurar en las revistas cómicas; acabaríamos de la manera peor, cayendo en el ridículo. Supongamos que la huelga se prolongara durante algún tiempo. La nación hasta en los últimos rincones tiene escuelas privadas, en las cuales matricularían a sus hijos los padres españoles. Pues bien: el día que viniera un Gobierno poco amante de las escuelas públicas y deseoso de economías, podría decir: suprimo las escuelas públicas y subvenciono a las escuelas que han recibido a los niños mientras los maestros se declararon en huelga."

Al acto de 1919 asistieron varios diputados, entre ellos al menos dos que serían ministros de Educación (Marcelino Domingo y José Gascón). En general, todos los padres de la patria se emplearon en sus discursos a pasarle la mano por el lomo a los maestros, a justificar de variadas formas los sueldos deplorables que cobraban, y a prometer, que es lo que mejor han hecho los políticos de siempre. Aunque hubo uno cuya intervención, por los propios comentarios del folleto, fue bastante polémica. Se trata de un señor La Portilla (he encontrado un José de la Portilla, diputado por Santander; pero en las cortes de 1854, así pues o es éste mismo hecho un Matusalén, o su hijo, que podría ser, o alguien sin relación) que fue varias veces interrumpido por decir cosas como, atacando la voluntad de los maestros de volverse reinvidicativos: "si la escuela ha de ser centro de rebeldía, que se hunda". No obstante, pudo desarrollar su intervención, porque los mítines decimonónicos, y éste lo es, no son como los nuestros actuales, en los que sólo encontramos gentes que dicen lo que queremos escuchar. A los mitines de entonces no sólo se invitaba a personas de otras creencias, sino que se les dejaba hablar y se les escuchaba.

Eso sí, La Portilla montó la mundial cuando propuso que se formasen comités provinciales para decidir dónde era necesario construir nuevas escuelas; y propuso, además, que dichos comités estuviesen formados por maestros y (cursiva mía) "dos autoridades que creo son indispensables por su prestigio y su fuerza positiva social, que son el gobernador y el obispo". De alguna manera, y aunque nadie los cite en los discursos, los intereses de la Iglesia andan detrás de todo lo que en esa mañana de julio se dijo en el Teatro Centro de Madrid. Inmediatamente después de La Portilla, otro padre de la patria, de apellidos Requejo Velarde, se queja de que aún haya que terminar con (ojo con el orden) "la vergüenza de que sea España una nación donde vivan misérrimamente los curas, donde el labrador está abandonado y continuamente cortejado por el desamparo oficial, donde el maestro se muere de hambre". Este señor clama también, entre aplausos: "¡Es triste que mientras en España no hay escuelas se levanten cines, donde enjambres de niños se corrompen!" Anda que, si llega a conocer las videoconsolas, le da un parraque...

Terminemos. José Gascón y Marín, aragonés, futuro ministro de Educación, sentencia: "¿qué es la escuela en España? En las cuatro quintas partes de la misma, almacén de niños".

Juzgue el lector si en esto se ha avanzado.



Y, bueno, por hacer una referencia al presente, me limitaré a decir que me llama un poco la atención que en todo el conflicto sobre la educación en España, las inversiones que demanda, el salario de los maestros, etc., haya un colectivo de españoles a los que nunca se nos pregunta nada: aquéllos que no tenemos infantes en la escuela, pero que, recuérdese, de todas formas la pagamos. En la más cutre de las comunidades de vecinos se deja que el del bajo pueda opinar sobre qué tipo de ascensor habría que poner.

jueves, septiembre 08, 2011

Franco y el poder (13: la solución tecnocrática)

Todas las tomas de esta serie:


El 12 de diciembre de 1956, los tres españoles con capelo cardenalicio (monseñores Pla y Deniel, Quiroga Palacios y Arriba y Castro) fueron a El Pardo, donde tuvieron una audiencia con Francisco Franco. Allí hicieron algo bastante inusual: entregarle al Caudillo una nota con la valoración eclesial de los proyectos de ley que en ese momento se estaban discutiendo. La Iglesia, fundamentalmente a través del Consejo del Reino y de las Cortes, tenía su cuota de poder dentro del franquismo, cuota que le correspondía dados los esfuerzos en pro de Franco que hizo durante la guerra. Sin embargo, rara vez ejercitaba la jerarquía eclesiástica ese poder interviniendo en el proceso de aprobación de las leyes con enmiendas a la totalidad. Por otra parte, los jerarcas eclesiales españoles sabían que tenían una posición preeminente ante Franco de la que podían hacer uso. De hecho, seguramente la única persona ante la cual Franco admitió la posibilidad de poder abandonar la jefatura del Estado fue un arzobispo.

sábado, septiembre 03, 2011

Franco y el poder (12: el gallinero se revoluciona)

Todas las tomas de esta serie:

En mayo de 1956 queda claro el dominio falangista sobre el diseño de lo que tendría que ser el orden constitucional franquista. El 17 de aquel mes, la Junta Política del partido, presidida por el propio Franco, acordó la formación de la ponencia que redactaría esas leyes. La ponencia tenía dos representantes del Gobierno de corte claramente no falangista: el almirante Carrero y el ministro tradicionalista de Justicia Antonio Iturmendi. Pero, más allá, por el Consejo Nacional fueron designado Tomás Gistau Mazzantini y Luis González Vicent; Raimundo Fermández Cuesta y Rafael Sánchez Mazas por la propia Junta Política; dos representantes de la Secretaría General del Movimiento (Diego Salas Pombo y Joaquín Reguera Sevilla); y, por último, representando al think tank franquista, el Instituto de Estudios Políticos, Javier Conde y Emilio Lamo de Espinosa. Todas estas personas trabajarían, además, sobre un texto de ley del gobierno preparado en noviembre del 55 por una ponencia presidida por Jorge Jordana de Pozas y donde estaban Antonio Castro Villacañas, Mario Hernández Sánchez-Barba, Manuel Galea, César García Sánchez y Gabriel Elorriaga.
Además, Luis González Vicent, conspicuo miembro del ala más «auténtica» del falangismo, presentó por su cuenta un documento de bases en que atribuía al Consejo Nacional de FET y de las JONS la propuesta de candidatos a Jefe del Estado, posteriormente votado por plebiscito. El jefe del Estado debería, además, consultar con el Consejo Nacional la disolución de las Cortes.

viernes, septiembre 02, 2011

Aviso

Que ya he conseguido encontrar tiempo para refundir las tomas sobre la Normalidad del 36. Están en la biblioteca, a la que se accede por un enlace que aparece en la columna de la izquierda.

Franco y el poder (11: Las cosas se tuercen... un poquito)

Todas las tomas de esta serie:


Tres días después de la gran manifestación de la plaza de Oriente, el 12 de diciembre de 1947, la ONU, reunida en Flushing Meadows, aprobaba una resolución contra el gobierno español. Se suele decir que este punto, junto con la declaración de San Francisco, marcan el punto más bajo del prestigio internacional del franquismo. Y es cierto. Pero, sin embargo, tan cierto como eso lo es el hecho de que, aguas adentro de España, las iniciativas de la ONU, en realidad, le vinieron de perlas al dictador.

miércoles, agosto 31, 2011

Franco y el poder (10: Johnny (Borbón) cogió su fusil)

Todas las tomas de esta serie:

En el proceloso mundo de las opiniones sobre el franquismo, donde proliferan los clarinetistas de oído, hay no pocos analistas, monárquicos por supuesto, que consideran que, en el fondo, todo lo que hizo Franco desde que fue designado Generalísimo de los ejércitos nacionales, lo hizo para sacarse de encima el pecado original de haber llegado a tal posición gracias al apoyo de los generales dinásticos; es decir, gracias a la idea, engendrada pero no creada, de que el general se comprometía, de alguna manera, a limitarse a ser agente para el regreso borbónico. Por una vez y sin que sirva de precedente, estoy bastante, por no decir muy de acuerdo, con este punto de vista coronado.

domingo, agosto 28, 2011

Falsas historias

Que en el mundo siempre ha habido caraduras es algo que nos dijo Santos Discépolo hace más de un siglo. Sin embargo, una de las cosas que aceptamos con facilidad es que todo lo que pertenece al pasado es como nos llega descrito, sin pararnos a pensar que los hombres de la antigüedad tenían la misma falta de escrúpulos que tenemos nosotros hoy en día. De hecho, ésta es una limitación insalvable de la Historia conforme se refiere a periodos más antiguos, por cuanto, más atrás en la edad del hombre, los testimonios se hacen más escasos y, además, la probabilidad de que los que hayan sobrevivido sean creaciones interesadas es mayor. En efecto, las creaciones de la propaganda tienen la virtud de ser ampliamente distribuidas, lo cual mejora sus posibilidades de haber sobrevivido al paso del tiempo. Es, por ello, bastante difícil que nos podamos hacer una idea cabal de lo que ocurrió en muchos periodos de nuestro pasado.

Pero hay un paso más, que es aquél en el cual los contemporáneos de los hechos hoy narrados como parte del pasado intentaron cambiarlos deliberadamente. En este punto, entramos en el terreno de las falsificaciones. Contra lo que se pueda pensar, el pasado del hombre está petado de falsificadores y falsificaciones; lo que ocurre es que, muy a menudo, han sido descubiertas porque la falsificación perfecta, como el crimen perfecto, casi no existe. Hoy quiero hablaros de esas falsificaciones y, precisamente porque son muchas, me centraré sólo en tres; dos de ellas por su elevada importancia histórica; de hecho, ambos casos nos deben hacer reflexionar, porque vienen a demostrar que una mentira puede llegar a mover la Historia. La tercera la cito porque se produjo hace tan poco tiempo que muchos somos contemporáneos de la misma.

La primera, y probablemente, mayor falsificación de la Historia es la perpetrada por un Papa, Esteban II. El bueno de Stephen, como casi todos los vicarios de Cristo, vivía en Roma y defendía, de consuno, la primacía política y espiritual de la sede romana. Pero tenía un problema. En el siglo VIII en el que vivió, el Imperio Romano, que era la organización política de referencia para el mundo occidental (tanto que, décadas después, Carlomagno lo resucitaría) se había dividido en dos grandes comunidades autónomas: el imperio occidental, con centro en Roma; y el oriental, con centro en Costantinopla y que conocemos como Bizancio.

Bizancio, que en su inicio era como una sucursal imperial, resultó ser una organización política y social mucho más dinámica que la vieja Roma, invadida de godos y querellas. A su manera iba desarrollando su propia religiosidad, lo cual lo alejaba de la disciplina del de blanco; y, sobre todo, desarrollaba un gran poder temporal alrededor de su emperador, que se consideraba por encima del papal. Los emperadores de Bizancio, en efecto, musitaban en privado aquello que Stalin dijo del Papa en Yalta: «¿Tan poderoso es? ¿Cuántas divisiones tiene?»

Esteban sabía que sólo era cuestión de tiempo que el papado acabase atraído por el centro de poder bizantino, lo cual le haría perder toda su autonomía. Así pues, hizo llamar a sus mejores amanuenses, los cuales elaboraron la llamada Constitutio Constantini, un documento falso de toda falsedad pero sin el cual difícilmente existiría hoy la cúpula de San Pedro levantada por Miguel Ángel.

En la conocida como donación de Constantino, el emperador romano afirma que abandona Roma para no tener que ejercer su poder en la misma sede que el Papa (de aquella, Silvestre I), pero ofreciendo antes a éste la abdicación de su corona; esto es, donando al Papa el Imperio.

La donación de Constantino fue publicada en el año 754, esto es 430 años después de que Constantino realizase dicha teórica donación, sin que nadie, al parecer, se preguntase seriamente por qué había estado más de cuatro siglos perdida. Y es un documento de grandísimo valor porque es en él en el que se ha basado todo el poder temporal de la Iglesia Católica hasta, como poco, el siglo XV. Por mor de la donación de Constantino, todos los reyes de Europa, emperadores incluso, no dejaban de ser usufructuarios de un derecho que en realidad reposaba en las manos del Papa, pues era a éste a quien se le había legado el poder imperial. Obviamente, con la llegada en el Renacimiento del concepto de nación, de rey responsable ante Dios y ante la Historia y bla, éste entra en directo conflicto con el concepto de la donación, con lo que el poder temporal del papado comienza a diluirse; pero para entonces el Vaticano ya era una institución tan rica como influyente, capaz de asentarse en otras pilastras para permanecer.

La donación de Constantino es también la base del teórico derecho papal de posesión de Roma e incluso de casi toda Italia, que sustentó la creación de los Estados Pontificios y aún en la segunda mitad del siglo XIX fue un serio obstáculo para la creación de la nación italiana.

No fue hasta el siglo XV que un docto italiano, Lorenzo Valla, demostró la falsedad del documento, a base de profundizar en el latín del mismo que, demostró, no podía haber sido usado por Constantino por contener usos y giros impropios de su era. O sea, más o menos que como si alguien se inventase ahora una pretendida carga de Robespierre a los españoles en la que utilizase palabras como troncos, guay, o fistro. Desde la propia iglesia, Nikolas Krebs, al que conocemos más como Nicolás de Cusa, fue quizá el primer teólogo que afirmó la falsedad del documento.




En 1868, un tal Hermann Gödsche, escritor que firmaba con el seudónimo Sir John Retcliffe, publicó una novela, titulada Biarritz, en la que lanzaba la idea de que la existencia de un grupo secreto de judíos que pretendía la dominación del mundo. Gödsche, sin saberlo, había puesto la primera piedra de la segunda gran falsificación de la Historia, que habría de ser enormemente sangrienta.

Todo surgió en los desagües de la Rusia zarista autocrática. En los inicios del siglo XX, el zar Nicolás II vivía bajo la creciente preocupación de los grupos subversivos, anarquistas, socialistas, nihilistas y mediopensionistas, que cada vez eran más pujantes en el país y ya algún año antes se habían llevado por delante a algún monarca. Debió de pedir a sus especialistas en espionaje que hicieran lo necesario para parar aquello, y algunos de estos espías decidieron que una forma de mantener al pueblo ocupado y lejos de las teorías revolucionarias sería buscarle un enemigo (esto no es nuevo; los nacionalismos viven de esto los días pares, y los impares, también). Conociendo la idiosincrasia del ruso medio, este enemigo no podía ser otro que los judíos. Cualquiera que ocupe dos minutos en leer la historia eslava comprobará que, en efecto, los judíos son los maketos de Rusia.

En las cloacas del zarismo, probablemente, se redactaron los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, que se dieron a la luz pública en 1903 y se supone contenían las comunicaciones realizadas en una reunión secreta de la Sociedad de los Sabios de Sión, o sea el Club Chorrenberg de la época. Esta reunión, se decía, había tenido lugar en 1879 en Basilea, y de la misma había salido un programa para la dominación del mundo por los judíos (una vez más, nunca se explicó por qué dicho programa estuvo 25 años durmiento el sueño de los justos). Concretamente, según los protocolos los planes hebreos eran: corromper a la juventud «mediante una educación subversiva»; dominar a los pueblos a través de sus vicios; acabar con la institución familiar, desacreditar la religión, activar la lujuria y «mantener divertidas a las gentes para impedirles pensar», entre otras cosas. Por supuesto, también se proyectaba realizar la bancarrota internacional.

Hay que reconocer que les ha salido de coña. Aunque, bueno, también puede ser que los protocolos sean un ejemplo más de eso que las pitonisas y mediums de vía estrecha hacen cada lunes y cada martes en la tele y en la radio: a base de contarte cosas obvias, te dan la impresión de que saben la hostia sobre el futuro.

Cierto es que Nicolás II se acabó giñando, al ver el resultado de la campaña, y ordenó retirar los libros de la circulación; para entonces, sin embargo, los protocolos ya habían sido traducidos y media Europa los creía. En 1921, un periodista británico, Philip Graves, demostró la falsedad de los protocolos, en 1935, una corte suiza, a causa de una demanda de la Unión de Comunidades Israelitas, dictaminó judicialmente su falsedad, sentencia que fue ratificada en apelación en 1947. Pero para entonces daba ya igual. Muchas personas los creyeron, y los creen incluso (ya en los setenta, el rey Feisal de Arabia Saudita obsequiaba a sus visitantes con un ejemplar; y no hace ni un mes que he pillado un mensaje en un muro de Facebook que los citaba).

Entre los creyentes se cuenta un desclasado nacido en Linz, que probablemente los leyó durante su primera residencia en Munich, cuando vivía casi como un sin techo y se sostenía, apenas, a base de vender copias al carboncillo de monumentos de la ciudad que él mismo pintaba. Ese joven decía llamarse Adolf Hitler, y al calor de la pretendida necesidad de reaccionar a la conspiración judía mundial, asesinó a tres millones de personas y dictó la más cruel legislación xenófoba de los tiempos modernos en el mundo occidental.

Pero no siempre los intereses de la falsificación son la propaganda y el poder. Las más de las veces, es el dinero. Quizá el mayor falsificador por pasta del que tiene idea la Historia sea el francés Denis Vrain-Lucas, quien llegó, él sólo, a crear en sólo tres años más de 27.000 documentos falsos, que incluían desde cartas de Julio César hasta confidencias de la corte barroca francesa, y que vendía a muy buen precio antes de ser descubierto. Con todo, el escándalo crematístico que mejor recordarán algunos de mis lectores será el que perpetraron un periodista, Gerd Heidemann, y un peripatético anticuario, Konrad Kujau. Kujau era un conocido nostálgico del nazismo; tenía una tienda de recuerdos nazis en Stutgardt, y era muy aficionado al saludo fascista. Ya de natural falsificador, cuando se registró su casa se encontraron en la misma cuadros falsos de Goya, Durero o Rembrandt.

Heidemann puso sus contactos en una revista importantísima alemana, Stern, y Kujau sus conocimientos sobre Hitler. Juntos, crearon los diarios del Führer, hasta un número de setenta cuadernos. El anuncio del descubrimiento conmocionó a la Alemania de finales de los setenta. El gobierno alemán exigió pruebas, con lo que al instante se inició una larga batalla con la revista que culminó con la entrega por parte de ésta de siete de los setenta cuadernos. Del análisis de dichos cuadernos quedó establecida, sin lugar a dudas, la falsedad de los diarios.

Dos fueron las pistas que llevaron a los investigadores a esta conclusión. En primer lugar, como en la donación de Constantino, el lenguaje presuntamente utilizado por Hitler en sus diarios era incompatible con el de un austríaco de formación bávara de principios del XX (aparte de que, en algún cuaderno, Kujau había metido la pata y resultaba que Hitler comentaba hechos que se habían producido después de su suicidio; pero esto no hacía sino alimentar a los mistabobos que opinaban que Hitler estaba vivo). La segunda pista era más moderna: ni el papel, ni la tinta, ni el cordón, ni el lacre de los presuntos cuadernos era el de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, sino más moderno. Además, estaban los testimonios de la vida del dictador alemán. En primer lugar, no tenía sentido que Hitler comenzase a escribir un diario en el año 33, dado que su actividad política había sido frenética ya con anterioridad. Por lo demás, personas que convivieron con él dejaron bien claro en sus memorias que Hitler odiaba escribir a mano; sin mencionar en el hecho de que, en los últimos años o meses de su vida le habría sido penosamente difícil hacerlo por el mal de Parkinson galopante que sufría.

Los falsificadores fueron finalmente juzgados y condenados. Pero llegaron a cobrar 3,75 millones de dólares de la revista alemana, y los derechos de publicación de los diarios se subastaron en todos los países. Los compró Paris-Match, el semanario italiano Panorama y The Sunday Times. ¿En España? Pues en España hubo una subasta a la que se presentaron la agencia Efe (hay que joderse; con dinero público) y las revistas Hola, Cambio 16 y Tiempo, resultando ganadora ésta última, que apoquinó 21 millones de pesetas de la época.

No estoy seguro, pero creo que la memoria no me falla si digo que algún «cuaderno» llegó a publicarse por parte de la revista, pero ésta suspendió la publicación a las pocas semanas, una vez que el engaño fue ya innegable.

martes, agosto 23, 2011

Vicente Aranda, la intelectualidad y la Historia

El director de cine Vicente Aranda, que anda por Canadá presidiendo el jurado de una promenade de su oficio, le ha hecho unas declaraciones a la agencia Efe que, a mi modo de ver, no tienen desperdicio. Es por este motivo que me ha entrado el interés de dejar aquí las ideas que me ha dejado la lectura.

Dice Aranda, por ejemplo: "los intelectuales en España no están bien vistos ni reconocidos", hecho éste que encuentra su jusficación en que la derecha española "no tiene intelectuales a su favor y por eso los niega".

Es bastante obvio que Aranda, que hace las declaraciones que acabo de copiar en el marco de una entrevista en la que se queja de que se maltrate al cine español, considera a los cineastas, ergo a él mismo, parte de esa intelectualidad mal vista. Por ello, cabría recordarle al director de cine que un intelectual que realmente lo sea jamás se autocalifica de intelectual; porque ser intelectual no es un oficio, sino una condición; y no se la adjudica uno mismo, sino que se la adjudican los demás.

Uno puede decir: soy escritor, soy director de cine, soy sexador de hipopótamas. Eso son oficios y, por lo tanto, todo aquél que ha estudiado para ejercerlos, o los ejerce, puede decir yo soy tal cosa o tal otra. Pero un intelectual no es un oficio. Un intelectual es una persona que, a través de variados caminos, ha llegado a un punto en el cual dispone de una capacidad de análisis, una clarividencia, que está por encima de la media. Es la única razón de que la opinión de un intelectual sobre, digamos, el cambio climático, sea más respetable que la mía. Pero esa clarividencia no es algo que se otorgue uno a sí mismo, o que le otorguen por cooptación sus amiguitos intelectuales. La clarividencia sólo se consigue sudando neuronas y ganándose el respeto del personal.

Utilizo bastante habitualmente la expresión "sedidentes intelectuales" para referirme a los intelectuales españoles, y es precisamente porque, en España, tenemos el problema que está inscrito en las palabras de Aranda. En España, ser intelectual es un oficio; en España se dan certificados de intelectual y de cabestro, y son los propios sedicentes intelectuales los que los otorgan. Claro, al señor Aranda le jode que el personal haya reaccionado pasando de ellos.

¿Qué personal? Aranda dice que la derecha. Pero, sin embargo, no hay encuesta sociológica en España que sea capaz de demostrar que en nuestro país existen tantas personas de derechas como para liderar o mover la opinión. En sus mejores momentos, el PP y otros partidos de derechas apenas consiguen en torno al 45% de los sufragios de la gente que vota; de donde cabe entender que la derecha militante (votante) anda ligeramente por encima de un tercio del país. Si los otros dos tercios respetasen a los intelectuales, ¿acaso no perderían sentido las palabras de Aranda?

El director también acusa a la misma derecha de no ver cine español. Pero este hueso no se lo traga nadie, con perdón. Los datos existentes sobre audiencias del cine en España nos dejan claro que la debacle de la creación fílmica hispana va mucho más allá que el exilio interior que ese tercio del país que, por lo visto, está dispuesta a poner su ideología por encima de sus necesidades de ocio (que, por cierto, ¿por qué fueron a ver Bowling from Columbine?).

En todo caso, nos dice Aranda: "la derecha española se niega a ver cine español". ¿Y? ¿Cuál es la conclusión: que habría que obligarles a verlo? Resulta abracadabrante leer las declaraciones de un director de cine en las que no aparece por lado alguno la simple y pura admisión del principio de que el espectador es soberano y hace lo que le da la gana. Aranda formula el problema de la falta de espectadores como si tuviese que ser resuelta mediante un decreto.

Perla de gran valor en la entrevista es ésta: "el tema histórico más importante del país, la Guerra Civil, no se puede tocar porque la derecha piensa que una cinta sobre este asunto siempre es de izquierdas". Pero... ¿en qué país dice que vive y trabaja Vicente Aranda? ¿Que no se puede tratar la guerra civil en el cine español? Prácticamente, el cine español lleva treinta años dedicado a hacer películas que, ora se refieren al sexual intercourse en diversas acepciones, ora se refieren a la guerra civil. Como digo, no sé de qué país está hablando Vicente Aranda ni de qué guerra civil. Pero la española no puede ser.

La porción más sincera de la entrevista de Aranda viene en el punto en el que dice que, pese a que los creadores del cine español lo intentan continuamente, no han encontrado la fórmula pra que sus obras sean accesibles y atractivas para el público. ¡Pues claro, señor Aranda! Cuando la gente no ve una película, no suele ser porue sea de derechas ni porque quiera arruinar a nadie; suele ser porque le han dicho que es un coñazo. Aunque la entrevista no lo dice así de claramente, es cierto que el problema del cine español, mutatis mutandis, es que no ha encontrado la fórmula para dejar de ser un coñazo. El público, se queja Aranda, prefiere pelis americanas con actores de éxito y que, además, duran más. ¿No se ha parado a pensar que si las películas españolas, además de ser tan malas como son, encima durasen dos horas, habría suicidios en las salas?

Billy Wilder lo pudo decir más alto, pero no más claro: no aburras. Ésta es la primera máxima del cine. El mandamiento que no se puede romper. Con todos los respetos, Ingmar Bergman será un genio; pero sus películas, a día de hoy, venden menos DVD que el episodio Pocoyó estudia la heterocedasticidad de la demanda financiera. ¿Es una obra de arte? No lo pongo en duda. Pero es que Aranda, en su entrevista, no habla de arte, sino de industria. Y hacer industria a base de filmar el episodio XXVI de la saga Contables anarcosindicalistas discuten sobre Schopenhauer durante la batalla de Teruel, es mala estrategia.

Otra cosa que me llama la atención de la entrevista de Aranda es que, a la hora de hablar de la crisis del cine español actual, no haga más que hablar de dinero: la crisis económica ha reducido lo presupuestos, se ha creado un sector de películas baratas, sin subvenciones no hay cine, etc., etc., etc.

Digo que me llama la atención porque se me hace extraño que alguien que está mapeando la situación de una actividad creativa, el cine, no hable jamás de creatividad. Es más: con tanta queja presupuestaria, está formulando una teoría en la que cuando menos este bloguero no cree, y es que la calidad de una creación intelectual no correlaciona con la creatividad, sino con la disponibilidad de recursos.

Falso. Mentira. La historia de la creación intelectual está petada de hombres y mujeres que hicieron obras maestras en absoluta pobreza de condiciones. No tenían medios, pero eran creativos. Asimismo, la historia está petada de proyectos que contaron con todo el dinero del mundo pero que, al haber sido realizados por aficionados, fueron una simple y pura puta mierda.

Las declaraciones de Aranda, en consecuencia, muestran una sorprendente, acromegálica, falta absoluta de autocrítica. No hay nada en las palabras del director pidiendo mejores guiones, mejores historias, mejores producciones, más conocimientos técnicos. La culpa es siempre de otros. Incluso, en un paroxismo liberador de culpas, Aranda llega a echarle la culpa a España entera que, dice, no tiene habitantes suficientes que hagan que las películas puedan ser negocio.

Por lo demás, las películas americanas, que no subvenciona nadie, son la gran competencia de cine español. El cine español, que lleva décadas subvencionado, no encuentra la manera de que la gente lo vea. Pero la solución es profundizar en el modelo: dar más subvenciones.

Y encima insinúa que es un intelectual.

La moviola marxista

Edmund Wilson: Hacia la estación de Finlandia. Editado por RBA. Los filósofos, politólogos e historiadores marxistas se suelen caracterizar por la intención de deshacerse de aquello que en el pasado de su ideología les estorba. En esto, básicamente, consiste la moviola marxista. Comienza en el momento presente y, acto seguido, gira hacia el pasado, como en una moviola, hasta encontrar un punto en el cual el analista se siente cómodo. Llegado a ese punto, el teórico marxista planta ahí la bandera del auténtico marxismo, de la auténtica izquierda, y declara que todo lo que ocurrió después no fue obra de marxistas, sino de falsos marxistas, traidores al marxismo o, ésta es una interpretación muy querida la historiografía de la guerra civil española, elementos incontrolados.

La moviola marxista se basa, por lo tanto, en asumir que hay un marxismo bueno y un marxismo malo que, en puridad, es un no-marxismo; al cual son adscritos todos los genocidas alumbrados por el fascismo de izquierdas, tales como Stalin, Mao, Pol Pot, etc. Ninguno de ellos es, por lo tanto, propiamente un marxista. Así, desbastado de sus incómodas rebabas totalitarias, el marxismo pasa, o se supone que pasa, la prueba del algodón que se le viene exigiendo a las buenas filosofías de 50 años para acá: la de la intención y la práctica democráticas.

La moviola marxista suele pararse, según los autores, en dos de los grandes personajes del marxismo. Para los optimistas, la moviola se para en Vladimir Lenin. Es en el alma de la Revolución Rusa, a juicio de algunos teóricos, donde el marxismo encuentra a ese marxista auténtico, en el fondo un demócrata influido por las circunstancias de su tiempo, aborrecedor de las prácticas de terror policial y censura que practicó la Unión Soviética. Muchos biográfos rusos de Stalin, por ejemplo, suelen exhibir esta forma de pensamiento e invierten páginas y páginas en describir algo que, por otra parte, es totalmente cierto, y es que, en vida de Lenin, el Politburó del PCUS vivió unos tiempos de crítica interna y libertad de palabra inusitados en los setenta años que siguieron. Esta visión buenista del leninismo, no obstante, tiene sus problemillas, más que nada porque al camarada Vladimiro le dio tiempo más que suficiente para apiolarse kulaks y burgueses por sí solo, sin necesidad de que Stalin tuviese que hacer nada; y porque el Estado leninista ya era una dictadura de libro antes de que Pepe el Georgiano la heredase. Que los miembros del Politburó pudiesen criticar a Lenin en reuniones a puerta cerrada no quiere decir, ni mucho menos, que el tío Nikolai del Arbat pudiese decir lo que le diese la gana, mucho menos criticar al bolchevismo.

Los pesimistas, que quizá ven estas dificultades, retrasan más la moviola; se olvidan, por lo tanto, de demostrar que Lenin fue alguna vez una santa ONG solidaria con perilla, y giran la moviola hasta llegar al fundador de la movida, es decir el alemán Karl Marx.

Edmund Wilson, aun no siendo, creo, propiamente un marxista, ofrece un ejemplo de esto.

Una de las grandes virtudes que se suele señalar para el ensayo Hacia la estación de Finlandia, que no es sino una historia del nacimiento y crecimiento del marxismo como ideología (ojo al matiz: como ideología. No su praxis), es que, desde mediados de los años cuarenta del siglo pasado que Wilson lo escribió, no ha hecho falta cambiarlo ni actualizarlo. No es del todo verdad. En la edición de RBA publicada en España podemos leer una nueva introducción al libro, escrita por su autor en 1971, en la cual Wilson reconoce sin ambages que su obra resultó ser excesivamente alabatoria y comprensiva con la figura de Marx; y si no introduce modificaciones en el texto de su ensayo es, probablemente, porque la intención alabatoria es tan generalizada que, si quisiera corregirla, tendría que escribir todo el ensayo de nuevo.

A base de enmiendas y matizaciones, en efecto, resultaría imposible repintar un texto cuya intención evidente es demostrar que la obra de Marx es la gran novedad del pensamiento moderno, y sus tesis marcan un antes y un después en la concepción de la Humanidad. Estando, pues, ante un milenarismo de izquierdas de tal calibre, es lógico que no haya enmiendas o matizaciones, puesto que lo que está fallando es, cuando menos a mi modo de ver, la tesis central.

Carlos Marx fue el Francis Fukuyama de su época. Igual que este bienintencionado pensador interpretó la caída del Muro de Berlín como señal de que la Historia, tal y como se había concebido hasta entonces, había muerto; igual que Fukuyama, digo, Karl Marx creyó, en el curso de los 30 o 40 años centrales del siglo XIX, que la Historia estaba a punto de terminar. El capitalismo, en su visión, estaba a punto de llegar al punto en que sería aplastado por el peso de sus propias contradicciones, dando paso al poder del proletariado, que habría de fundar una nueva sociedad sin Estado, sin propiedad, sin relaciones económicas y sin desigualdades. Un nuevo mundo, pues. Cabe recordar, en este punto, que cuando Marx y Engels parieron su famoso Manifiesto Comunista, creían que esta sociedad era puramente nueva; sólo años más tarde se dejaron seducir por la idea de que ya había existido con anterioridad en algunas civilizaciones primitivas (otro elemento bastante común del análisis marxista, así como de algunos teólogos católicos y protestantes: confundir una organización social comunista perfecta con la pobreza extrema)..

Estas convicciones tan distintas a la filosofía de la época son las que hacen a Wilson defender la idea de que el marxismo es un pensamiento único e intensamente renovador. Ve un contínuo, que más que probablemente existe, que comienza con la crisis de la filosofía burguesa clásica (ruptura que él ejemplifica con Michelet, Taine y Anatole France; la selección, a mi modo de ver, es bastante más que discutible), a la que adjudica el, por así decirlo, mérito de ser la primera que se da cuenta de que el protagonismo de la Historia no es de las personas ni las dinastías, sino de las sociedades. Esta ruptura genera en el centro mundial del pensamiento de la época, Alemania, toda una revisión de conceptos que cristaliza en Hegel; pues el marxismo es, básicamente, una reelaboración de Hegel.

Hacia la Estación de Finlandia es, además de un ensayo analítico de la evolución de la filosofía decimonónica hasta Marx (primer error, porque la filosofía decimonónica, lejos de terminar en Marx, en muchos puntos lo supera), una biografía del marxismo y de sus creadores. Con agilísima pluma inmejorablemente traducida por Tomero, Zalén y Gortázar (aunque se echan de menos algunas notas de edición que aclararían algunos puntos), Edmund Wilson pone delante de nuestros ojos la película, pocas veces contada, de la vida, bastante compleja y desgraciada, de Karl Marx, Friedich Engels, Ferdinand Lasalle, Paul Lafargue, y algunos otros popes del marxismo. El libro, a mi modo de ver, es especialmente justo con Engels, un personaje que habitualmente se nos hace bastante antipático a los que tenemos de marxistas lo mismo que de capadores de cabritos, y que se hace casi simpático tras la descripción por parte de Wilson de su vida bipolar, ora empresario de relativo éxito, ora apóstol de la destrucción de la propiedad privada; así como de su condición eterna de sufridor en casa a causa de las constantes presiones de su amigo y mentor Karl que, como bien explica el libro, jamás fue capaz de vivir por sí mismo, lo cual le llevó en ocasiones a explotar a su amigo en formas y maneras que yo calificaría de poco éticas.

En todo caso, el libro está centralmente dedicado a la descripción de las dimensiones, que Wilson reputa máximas, del terremoto intelectual introducido por el marxismo en el mundo del pensamiento, directamente relacionado con esos dos grandes terremotos producidos por el siglo en el terreno de lo real que son las revoluciones de 1848 y, muy notablemente, el episodio de la Comuna de París que siguió a la mano de hostias que Prusia le arreó a la orgullosa Francia (y es que la Historia de Europa en los últimos 150 años consiste, básicamente, en episodios en los que los alemanes le aplastan el cráneo a los franceses y, por medio, publicidad). Karl Marx, de la mano de su extraordinaria capacidad de comprender y procesar informaciones en materia económica, de su experiencia directa sobre las deplorables condiciones de vida del proletariado británico, y de la filosofía de Hegel, acaba por darse cuenta de que la Historia se encuentra ante un tipping point en el que (como habían predicho ya algunos filósofos burgueses; de ahí que el recorrido de Wilson comience en Michelet) el protagonismo se va a desplazar a un hecho que existe de mucho tiempo atrás, pero que permanece de alguna manera larvado: la lucha de clases.

Lo curioso del libro de Wilson es que sea, como él mismo reconoce, excesivamente comprensivo con Marx, a pesar de la lucidez que el propio texto tiene a la hora de juzgar los puntos débiles de la filosofía marxista. La limitación del libro está en otra parte, que citaremos más adelante.

Como digo, el análisis del marxismo por parte de Wilson es acertado y acerado. En efecto, como él mismo dice, hay varios grandes elementos del marxismo en los que Marx patinó, y no logró remediarlo. El primero fue la concepción dialéctica de la Historia. Es muy discutible, en efecto, que los hechos históricos se desarrollen de una forma dialéctica; para que estos números cuadrasen, de hecho, la visión marxiana de los hechos pasados tuvo que conformarse con algunos análisis como poco curiosones, como ocurre con la Europa medieval.

El segundo error de Marx fue creer (pues eso fue lo que hizo: creer en la teoría. En puridad, ni la formuló ni la demostró nunca) en la teoría del valor-trabajo. El marxismo, de hecho, “funciona” si aceptamos la premisa de Marx de que todo el valor que hay en un bien es el trabajo de su productor; esto es, que el empresario, el burgués, no aporta valor alguno (ni el capital). Como digo, y lo recuerda Wilson en su libro, Marx se murió sin demostrar esta premisa, y toda la impresión es de que siempre creyó que Engels se comería ese marrón; cosa que éste, a pesar de completar los tomos de El Capital, no hizo. La existencia de otro valor distinto del trabajo podría en serio peligro la eliminación de la propiedad privada y el propio concepto de dictadura del proletariado. Y lo cierto es que la modernidad, conforme se ha ido desplegando, no ha hecho otra cosa que confirmar esta impresión, pues en el valor de las cosas y los servicios producidos cada vez han estado, y están, más presentes factores y elementos distintos del trabajo.

Con todo, el principal elemento de error en el marxismo es, sin duda, su predicción referida a las contradicciones internas del capitalismo, que habrían de hundirlo. Lejos de lo que Marx y Engels dijeron que ocurriría, el capitalismo no ha seguido, en estos últimos 150 años, una tendencia de empobrecer cada vez más a los proletarios, sino todo lo contrario. El análisis de Marx obvió la posibilidad, en primer lugar, de que el capitalismo pudiese generar sus propios elementos de reequilibrio y control interno. Marx creía, por ejemplo, que la burguesía tendería crecientemente a la concentración oligopolística o monopolística, hecho éste en el que el tiempo le ha dado la razón; pero nunca previó que las propias polìticas económicas podrían general comisiones Anti-trust y mecanismos similares, que impidiesen el desarrollo excesivo de estas tendencias. En segundo lugar, Marx nunca entendió que, para el sector productor/empresario, el beneficio no está tanto en convertir al trabajador en alguien que trabaja por una mera transferencia de supervivencia, como en hacer de él un consumidor. Si el marxismo, pues, es filosóficamente bastante sólido, desde el punto de vista del análisis económico es bastante endeble.

¿Por qué, por lo tanto, un libro que es, ya en los años cuarenta del siglo pasado, tan clarividente al analizar los puntos débiles del marxismo es, sin embargo, excesivamente comprensivo con él? Pues porque apenas realiza un análisis, no ya de sus fundamentos, como de su praxis. Cierto es que cuando Wilson escribió su ensayo hay algunas cositas, como el peor Mao, o Hoh-Chi-Min, o Pol Pot, o la familia Kim, que aún no se habían producido. Pero sí se habían producido algunas otras que dejaban bien a las claras cuál iba a ser la evolución de la ideología a la hora de gobernar.

El gran error del marxismo no fue teórico, sino práctico. Su gran problema es la cantidad de cosas que dejaba en el aire (la más importante de ella, la formulación concreta de un concepto teórico como es la dictadura del proletariado) y que, una vez en manos de cabestros fascistas, se convirtieron en cabestreces. Algo de esto nos cuenta Wilson cuando relata en su libro el gravísimo problema que para Marx supuso la eclosión de Bakunin. Por pura lógica, Marx no quería la revolución proletaria; consideraba que ésta sólo se podría producir cuando las contradicciones del capitalismo fuesen suficientemente evidentes, así pues quería que la clase obrera esperase a la industrialización de los países para alzarse (Lenin lo desmentiría, haciéndose con el poder en un país fundamentalmente agrario).

Frente a esta visión, más filosófica que política, en la segunda mitad del XIX surgió la figura de Bakunin, un auténtico líder de la acción directa que gustaba de invitar a sus amigos a rondas de bofetadas. Evidentemente los obreros decimonónicos, entre morirse de asco esperando que a la dialéctica histórica le saliese de los cojones pasar a la siguiente fase o alzarse mañana por la tarde para cortarle el cuello al cabrón de su patrón, ni se lo pensaban. En realidad, contra lo que Marx pudo pensar nunca, incluso después del choque con Bakunin en la Internacional Obrera, la historia de los últimos 150 años, además de la historia del enfrentamiento entre marxismo y capitalismo, es la historia de la guerra a muerte entre marxismo y anarquismo. Mayo del 37 en Barcelona es un interesante ejemplito de ello.

La presencia de Bakunin, en suma del anarquismo, obligó, no tanto a Marx como a los marxistas, a adoptar una posición más radical y pragmática. Adelantaron el momento de la revolución y, como digo, la intentaron en lugares donde las condiciones, según el manual del maestro, eran insuficientes para la realización de la obra revolucionaria.

Wilson pasa de puntillas, en muy pocas páginas, por las figuras de Trotsky y Lenin. Al primero, que en el momento en que él escribía estaba exiliado y se beneficiaba de su imagen de víctima, le dedica unas flores injustificadas por los propios escritos de Davidovich, donde queda bastante claro que, de haber ganado la partida a Stalin, habría sido igual o peor que él. Sobre Lenin menos aún se cuenta, situando toda la descripción de su obra en el plano teórico (sus escritos) y sin una sola palabra sobre su praxis (economía de guerra, NEP, estado policial, defenestración de los mencheviques, social-revolucionarios, anarquistas...); lo cual es, la verdad, de aurora boreal.

Queda huero el ensayo, pues, de un elemento importantísimo que, como digo, son las esclusas que la formulación del marxismo dejó, y que permitieron a sus devotos justificar el genocidio, la mentira, el golpismo, el asesinato, la dictadura, el terror, los exilios masivos, la tortura...

Habría sido muy interesante que un pensador tan afilado como Wilson hubiese abordado esta labor. Desgraciadamente, nos confiesa el autor en 1971, “no sospeché que la URSS pudiera convertirse en una de las dictaduras más odiosas que jamás existieron”.

Tampoco es para reprochárselo mucho. Al fin y al cabo, eso mismo le ocurrió, y le ocurre, a muchos sedicentes intelectuales.