miércoles, julio 13, 2011

Calvo Sotelo en Telemadrid

La Historia no es cosa que atraiga demasiado a las televisiones, motivo por el cual siempre es interesante, y loable, que se produzcan iniciativas como la de ayer en la noche de Telemadrid; cadena que, aprovechando que era el 75 aniversario del asesinato de José Calvo Sotelo, convirtió su programa Madrid Opina en un debate sobre Historia, más concretamente sobre aquel hecho; debate lanzado, por así decirlo, un poco como en formato La Clave, por un documental previo realizado por historiadores del CEU.

Desde mi punto de vista, el debate sirvió para confirmar dos cosas que no son nada positivas. La primera de ellas, que en esto de lo que podríamos llamar R+GC+F (República + Guerra Civil + Franquismo) sigue habiendo mucha gente que toca de oído. La segunda, que, 75 años después de los hechos, la historiografía sigue polarizada y sirviendo a precondiciones de todo tipo. La Historia de la Guerra Civil, tres cuartos de siglo después, sigue siendo una mierda que se enfanga en detalles que no son nimios, pero cuya discusión impide la profundización hacia temas más interesantes.

Los contendientes (porque así hay que formular las cosas en España cuando se debate cualquier cosa que tenga que ver con R+GC+F) estuvieron, cada uno, en su línea. A Alfonso Bullón y Luis Togores, del Instituto CEU de Estudios Históricos y autores del documental, les tocó defender su trabajo; morlaco que les fue fácil de torear teniendo en cuenta la blandura de los tornillazos que tiraba.

A Julio Aróstegui, historiador, le tocó el papel de juzgar el documental desde la técnica y el conocimiento histórico, cosa que hizo con pulcritud pero dejándose en el tintero los elementos a mi modo de ver más flojos de dicho documental (apuntados, sin embargo, por Antonio Elorza) y centrándose en los asuntos que menos cuadraban con su propia visión de la guerra civil y la defensa de su tesis principal sobre la misma.

Antonio Elorza hizo de embajador en el programa de la cosmovisión hecha decreto con la Ley de la Memoria Histórica. Cabreado desde el primer momento, según él porque pensaba que se iba a hablar de otra cosa en el programa, se encontró con que el tema era el asesinato de Calvo Sotelo, ergo, de alguna manera, la responsabilidad del PSOE en el mismo; tema que a todas luces no le gustaba y que le hizo exclamar al final del debate, en una salida de pata de banco que no venía a cuento y que le hizo, por cierto, flaco favor al citado, que al documental sólo le había faltado decir que «Rubalcaba iba en la camioneta» donde los asesinos de Calvo Sotelo se desplazaron a su domicilio. Esta nebulosidad de sus puntos de vista debilitó la crítica del documental, puesto que al menos yo saqué la conclusión de que era el que tenía las cosas más claras sobre sus puntos débiles. Pero se explicó mal y se enfangó en un asunto indefendible, tal cual es colocar el asesinato de Calvo Sotelo y el intento de asesinato de Jiménez de Asúa al mismo nivel.

Justino Sinova estaba allí para hablar, como Umbral, de su libro (sobre la prensa durante la II República) y, consecuentemente, hizo una intervención al respecto de escaso interés, porque no es la prensa, precisamente, el elemento más interesante de la ecuación de la preguerra civil.

Por último, Gabriel Albiac llegó al estudio de Telemadrid levitando y allí permaneció, a unos siete metros del suelo, durante todo el programa. Es probable que aún siga allí.

Digo que el documental salió vivo de la crítica porque en dichas críticas apenas se apuntó su gran punto débil. En el documental, Calvo Sotelo es presentado como un leal servidor de la dictadura de Primo de Rivera, perseguido por la República, líder en los últimos estertores de ésta de una heterogénea coalición de derechas. Un análisis, a mi modo de ver, demasiado superficial.

Calvo Sotelo, en primer lugar, era un político de convicciones democráticas más bien tenues. Por eso colaboró sin problemas con una dictadura. Era, además, un líder de derechas sin liderazgo, a causa (el documental lo dice) de su larga ausencia de España entre 1931 y 1934 pero, sobre todo, a causa del nacimiento de la CEDA de Gil Robles y la ocupación por parte de ésta del espectro de voto católico conservador, que es el voto de derechas español de toda la vida. La necesidad de buscar un espacio al sol de las derechas, escaso, le hizo radicalizar su discurso y coquetear con soluciones totalitarias. Esto es lo que hace que a su Bloque Nacional se una gente como Albiñana, que es presentado en el documental como «independiente», cuando el apelativo que mejor le cae, históricamente hablando, es el de primer fascista español.

El documental, por lo tanto, dejó intocado el asunto de por qué las izquierdas odiaban tanto a Calvo Sotelo. Por qué lo amenazaban de muerte en sede parlamentaria (por cierto: absurda la discusión que pretendió iniciar Aróstegui en torno al hecho de que la amenaza sólo fue una, la de Ángel Galarza. Primero, no fue la única; segundo, ¿y si lo fuera?); y por qué las izquierdas, a pesar de ser plenamente conscientes de que la muerte del diputado precipitaba la guerra civil, la festejaron. Ocurre a menudo en la Historia que cuando alguien muere fruto de la violencia política, la Historia se retrae de analizar las causas y motivaciones del asesinato, como si hacerlo supusiera justificarlo. Si esto le ocurre a los historiadores más de derechas con Calvo Sotelo, a los de izquierdas les pasa, por ejemplo, con Salvador Allende.

Como digo, este importante matiz, es decir la ideología y actuaciones totalitarias de Calvo Sotelo; el propio hecho de que el político orensano, sin ser centro ni pieza del golpe de Estado, algo sabía de los movimientos en los cuartos de banderas; los coqueteos retóricos con el fascismo realizados en sede parlamentaria, son todos elementos que no aparecieron en el documental ni en el debate; como decía, Elorza los esbozó pero Aróstegui, empeñado en sus propias embestidas, no le siguió.

Más allá, tomé nota de algunas cosas que tienen que ver con la forma simplista, tremendamente estereotipada, con que se enfrenta el problema de historiar, entender y analizar un periodo histórico como éste.

Julio Aróstegui, en este caso, creó el principal debate de la noche, que es un debate muy querido de la historiografía, digamos, progresista, del periodo R+GC+F. Según su teoría, el origen de la guerra civil hay que buscarlo en la intención de una serie de grupos de detener la labor democratizadora del Frente Popular. Teoría que, a mi modo de ver, olvida algunos elementos.

Olvida que el franquismo duró 40 años; lo cual, en sí, es una demostración de que el golpe de Estado del 36 fue realizado, apoyado o tolerado, no por «grupos», sino por masas enteras de españoles.

Olvida que no todos los integrantes del Frente Popular querían realizar una labor democratizadora. Es más: no son pocos los que piensan que las fuerzas democratizantes en el FP eran minoritarias, puesto que, aún sin tener en cuenta a la CNT-FAI, la suma del POUM, el PC y el PSOE caballerista (que no puede afirmar su voluntad democratizadora después de haber dado en 1934 un golpe de Estado para implantar en España la dictadura del proletariado) podría entenderse superaba a la suma de las izquierdas burguesas, el PSOE besteirista y el prietista; sobre todo en la calle.

En todo caso, esta teoría precisa de la desactivación del asesinato de Calvo Sotelo como elemento actuante en el estallido del golpe. Considerar que el asesinato influyó en la producción del golpe de Estado equivale a admitir que, en fecha tan tardía como el 13 de julio, el golpe de Estado era evitable; y esto no cuadra con la teoría de que estaba montado de antiguo, incluso antes, tal es la tesis de Aróstegui, de la victoria del frente popular.

Éste, a mi modo de ver, es un debate ajado e inútil; lo cual quiere decir que el programa se acabó enfangando en un debate ajado e inútil. Yo creo que para cualquier persona medianamente cultivada en los hechos de la República y la Guerra Civil y que no los analice redactando el fallo antes que los fundamentos de Derecho (cosa que siempre tengo la sensación de que hacen muchos; la mayoría, incluso) están claros dos hechos: uno, que el asesinato de Calvo Sotelo no genera un proceso ex novo de realización de un golpe de Estado. Otro, que no es un hecho inocuo para la producción, el 17 de julio, de la sublevación de Melilla.

Lo que pasa es que, a mi modo de ver, los «defensores» de la importancia del asesinato para la guerra, el dúo Bullón-Togores, no estuvieron muy finos defendiendo su tesis. En mi opinión, el principal modo de desmentir la versión de cierta historiografía, representada por Aróstegui en el debate, es afirmar que lo que hizo el asesinato de Calvo Sotelo no fue generar el golpismo, sino colocarlo más allá de la masa crítica de partidarios teóricamente necesaria para triunfar (teóricamente porque el golpe, de hecho, fracasó). Esto es: matar a Calvo Sotelo tuvo la consecuencia de que, a partir de ese hecho, y sobre todo tras el entierro, los golpistas tuviesen la sensación de que, una vez que se alzasen, la gente en la calle les recibiría con los brazos abiertos como los garantes del orden que demandaban.

¿En enero había ya militares conspirando? Por supuesto. Y, antes de enero, conversaciones en Roma para ganar a Mussolini para el golpismo monárquico. El golpismo antirrepublicano comienza el día que las clases propietarias, agrarias o industriales, se dan cuenta de que la República no les va a aportar nada; nómina de indignados a la que rápidamente se unió la Iglesia (y estuvo aquí hábil Bullón recordándole a Aróstegui que estaba intentando minimizar las quemas de iglesias como factor de la ecuación golpista) y, poco a poco, el ejército.

Porque el hecho de que ya exista golpismo antes del Frente Popular no quiere decir que ese golpismo fuese viable. De hecho, esto es algo que Franco le confesó a Portela cuando le instó a poner orden en el país tras las votaciones del 16 de febrero del 36, y Portela le espetó, de gallego a gallego, que mejor que lo hiciese el ejército. Por Franco, pues, sabemos que en febrero del 36 los militares que, aceptemos la versión arosteguiana, querían acabar con la labor democratizadora del Frente Popular (que, por cierto, ¿cómo se puede querer frenar la labor de alguien que todavía no gobierna?), sabían bien que carecían de músculo social para dar un golpe de Estado. Pero el 17 de julio sí tenían la sensación de tenerlo. Y sostener que el asesinato de Calvo Sotelo no tiene algo que ver con eso es, en mi modesta, de aurora boreal historiográfica.

Otra cosa que eché de menos en el documental fue el golpe del 34, luego citado en el debate como de pasada. A veces me da la impresión de que los historiadores españoles tenían todos gripe el día que en la carrera se explicó el golpe del 34, porque pasan por él sin romperlo ni mancharlo, cuando es el gran elemento que anima el debate sociopolítico del 36. Casi todo lo que hacen las izquierdas en el 36 tiene por frontispicio el golpe del 34; y la violencia obrerista del último año de la República se justifica, a sus ojos, como respuesta de equilibrio ante la violencia ejercida por el gobierno de las derechas al reprimir el golpe del 34. El odio a Calvo Sotelo tiene mucho que ver con las cosas que decía sobre aquella asonada revolucionaria y sobre la actitud de las izquierdas hacia ella. Pero en el documental, como digo, el golpe ni se cita.

Más allá, algunos de los argumentos habituales de la historiografía más de izquierdas.

Primer argumento: aquella violencia era normal en el marco de una Europa en la que todos andaban a tiros unos con otros (Elorza). Según y cómo. Esta teoría genera una especie de fatalismo sociohistórico en el que al menos yo no creo; en realidad, si analizamos el mundo de entreguerras, descubriremos que eran mucho más los países que no se dieron de leches que los que sí. La postura contraria es fuertemente eurocéntrica.

Y es que la Europa de los años treinta era el escenario de una serie de estrategias muy concretas; estrategias de las que sus animadores y ejecutantes son históricamente responsables. Esos tiros se pegaban por la acción de una serie de movimientos de agitación, fascistas en las derechas y comunistas (o sea, fascistas de izquierda) al otro lado. Los comunistas seguían instrucciones muy concretas de la Internacional, que están sobradamente documentadas y que le permitieron a Elorza decir, según mis notas, que el PC no era un partido revolucionario. Supongo que se refería a que el comunismo, en aquel entonces, obedecía a la orden de Moscú de colaborar con los partidos burgueses. Pero que lo hacía para darles un hachazo final también es obvio. Además, decir que no era revolucionaria una formación que apoyó el golpe del 34, que fue revolucionario, no sé muy bien cómo se come: ¿PRTP (Partido Revolucionario a Tiempo Parcial)?.

Segundo argumento: el asesinato de Calvo Sotelo no tiene demasiado de inusual en el marco de la violencia del 36. En este terreno, de nuevo Elorza sacó a relucir varias veces el caso del penalista socialista Jiménez de Asúa, también diputado, ponente de la Constitución del 31 y abogado defensor de las malas bestias de Castilblanco. A don Luis, efectivamente, lo intentaron matar unos falangistas en la calle Goya disparándole desde un coche (que, mira que hay que ser mindundi, se les gripó unas calles más abajo). Se cargaron a su guardaespaldas, pero Asúa salió vivo.

Una vez, y otra, y otra, y otra, y las que te rondaré, morena, cierta historiografía lleva décadas empeñada en no entender una diferencia esencial: si una persona es asesinada por la ETA, está mal; pero si sus asesinos son miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado; si son policías y guardias civiles, que, además, para poder asesinar a la víctima se escudan en el hecho de estar realizando una detención oficial, la cosa es mucho, mucho, muchísimo más grave.

Un asesinato por terroristas genera la duda sobre la protección efectiva que las fuerzas del orden. Un asesinato por miembros de las fuerzas del orden genera dudas sobre el orden en sí. No entender esto, evidentemente, es no entender la importancia del asesinato de Calvo Sotelo. Es natural que las personas que no comprenden este elemento miren sin comprender cuando se les dice que el cadáver del político gallego alimentó la convicción de media España de que estaba más segura alzada en armas que en casa jugando al julepe.

El tercer gran elemento del argumentario que se vio en el debate fue el intento de aislar, como en compartimentos estancos, el atentado contra Calvo Sotelo y el PSOE. Esto es algo, ya lo hemos dicho muchas veces, que es sempiterno en la historiografía de izquierdas, y las propias memorias de los republicanos de dicha ideología. Todo lo malo hecho por el bando republicano, desde el propio asesinato de Calvo hasta las matanzas de la Modelo de Madrid o los fusilamientos de obispos, fue siempre obra de incontrolados. La memorabilia republicana divide a sus propios partidarios, por lo tanto, en controlados, que son los republicanos buenos que estaban realizando esa labor democratizadora contra la cual se alzaron los militares; e incontrolados, que son unos tipos chulos, violentos, revolucionarios, de cuyos desmanes nadie responde; ni siquiera los gobiernos que se los permitían, formados por controlados.

De una forma torpe, se intentó contestar el argumentario del documental, que dice sin decir (la verdad, no sé por qué esos melindres; lo que es, es) que el PSOE, si no estuvo en la organización del atentado, conoció sus autores y los encubrió. Lo primero es algo que no se ha demostrado nunca ni se desmostrará, entre otras cosas porque la anécdota del cambio de escolta de Calvo Sotelo es mucho más confusa de como la cuenta el documental. Lo segundo está fuera de toda duda. Tanto Zugazagoitia como Prieto, y esto como mínimo, sabían perfectamente quiénes habían matado a Calvo Sotelo apenas horas después de producido el asesinato. Y se callaron. Esto es algo, y aquí sí que tuvo razón el profesor Bullón al comentarlo, que no está sujeto a interpretación o mayores confirmaciones; es algo confesado por ambos protagonistas.

La historiografía, de ambos bandos, nunca ha valorado suficientemente, a mi modo de ver, la importancia de este factor. Los dos grandes sentimientos que, es mi opinión, animaron a media España a volverse golpista, empiezan por i. Uno es, ya lo hemos dicho, la inseguridad: en un país en el que la policía se llevaba aforados en una camioneta y les descerrajaba la nuca, nadie estaba a salvo. Pero el otro es la impunidad. Siempre he pensado, y sigo pensando, que el gran error sectario de Casares Quiroga en el 36 fue permitir que un tipo que había ametrallado a unos manifestantes y disparado a quemarropa en el pecho de un joven, el teniente José Castillo, anduviese tan tranquilo por la calle, sin causa formada, expediente ni mínima sanción. La inseguridad es un sentimiento jodido; pero la impunidad, o si se prefiere la impotencia ante la impunidad, es un sentimiento estragante, que pone de muy mala hostia. El tipo que se siente inseguro quizá huye; el que, además, tiene sensación de impunidad en su contrario, no huye; se queda y pelea, aunque sea a mordiscos.

Como quizá, espero, se ha podido ver en los párrafos de este comentario, el debate histórico fue, más bien, un debate histérico, centrado en aspectos menores del problema, matices incomprobables (como la exégesis de por qué Azaña entrecomilló el sintagma «Frente Popular» en una carta a Cipirano Rivas, que es algo que pudo hacer por varias razones distintas) y elementos muy relacionados con la polémica política presente. Hubo, incluso, quien se quejó de que se sacara este tema ahora con la que está cayendo; olvidando, elegantemente, que la que está cayendo ahora, en este tema, es fruto de la invención de la Memoria Histórica, esto es, es el fruto de un proceso iniciado por quienes ahora, parece, lo quieren parar. En el paroxismo de centrarse en detalles estúpidos se llegó a criticar que el documental hubiese utilizado un corte de una «película fascista» sobre el Alcázar; cuando la citada escena no hace sino reproducir, coma a coma, las actas de las Cortes.

Como consecuencia de un debate de tal mala calidad, hubo elementos cruciales de la polémica histórica que quedaron ignotos. Citaré, porque me parecen los más importantes, la personalidad de los asesinos, tanto Condés como Cuenca y el guardia José del Rey. La entrevista previa con Alonso Mallol, que es de todo punto irregular por participar en ella Condés (que no era guardia de asalto) y más aún Cuenca, que era panadero. Un documental relativamente largo y un debate de hora y media no hicieron el menor esfuerzo por esbozar la mínima hipótesis, o ramillete de hipótesis, sobre quién, cuándo, cómo y por qué decidió matar a José Calvo Sotelo.

Un ejemplo, pues, triste, de lo inmadura, sectarizada y, al fin y a la postre, tuerta, por decirlo elegantemente, que está nuestra historiografía de la República, la Guerra Civil y el Franquismo.

jueves, julio 07, 2011

De salarios reales

He leído en un reciente estudio patrocinado por Edad & Vida (accesible aquí), dedicado a las necesidades de jubilación, dos tablas que desplegaban los incrementos salariales medios producidos en la economía española desde 1920, así como la evolución estimada de los precios desde la misma fecha; combinación de datos que permite inferir el crecimiento real de los salarios, esto es con, o sin, ganancia de poder adquisitivo. Esto me ha llevado a mirarme las cifras un poco más a fondo y hacer algún que otro calculín.

El gráfico que sigue es la expresión de la evolución de los salarios reales (esto es, descontada la inflación) en el periodo considerado. De alguna manera, por lo tanto, este gráfico «dibuja» la evolución del poder adquisitivo de los salarios del trabajador español medio por cuenta ajena.




Bueno, este gráfico, supongo, responde a una cuestión que tal vez alguien se haya hecho una vez, y es la referente a la evolución del nivel de vida del español medio. Si por nivel de vida entendemos capacidad de compra, podemos entender que el español, o trabajador, español medio del año 2009 quintuplica en nivel de vida al de 1920. Viéndolo en términos históricos, pues, una explicación de por qué en los años veinte existían el pistolerismo, las ideologías revolucionarias y la lucha de clases en una intensidad distinta a la actual, ello tiene que ver con que los trabajadores eran cinco veces más pobres que sus homólogos del tiempo presente.

En el gráfico se aprecia perfectamente, por otra parte, el impacto que supuso la llegada de la II República que, como sabemos, actuó en el terreno de los salarios, sobre todo de los rurales, a través de la famosa Ley de Términos Municipales, que en no pocos lugares del sur de España multiplicó los jornales por dos. La citada ley impedía que los contratadores (o sea, los terratenientes; porque esa dinámica retórica de decir que se hacían leyes contra los ricos ya se daba entonces, mucho más incluso) pudiesen especular a la baja con los jornales que ofrecían a los eventuales del campo amenazándolos con irse a otro pueblo a buscar gente más necesitada que ellos. En suma, un empleador de Bollullos de Abajo no podía ir a Bollullos de Arriba a buscar jornaleros mientras quedase un solo parado en la plaza de su pueblo. A esta ley, llena de buenas intenciones, le pasó lo que a muchas otras normas bienintencionadas, y es que fue agarrada por las hojas por algunos, más concretamente los sindicatos; los cuales, en muchos lugares, la convirtieron, en la práctica, en una Ley de Términos Municipales y Afiliación Sindical; esto es, no sólo has de contratar a los del pueblo, sino, con prevalencia, a los afiliados al sindicato fuerte de la comarca.

El poder adquisitivo de los salarios cae dramáticamente al iniciarse la pavorosa década de los cuarenta, es decir los años de las privaciones, las cartillas de racionamiento, la autarquía y los errores. A España, ser fascista le sentó de pena, y los trabajadores españoles pagaron la autarquía franquista con veinte años de comida de mocos, durante los cuales hubieron de vivir con el mismo nivel de vida que habían tenido veinte, treinta o cuarenta años antes; o sea, como si hoy tuviésemos que vivir como vivíamos en 1971.

El gran momento de la recuperación de los salarios reales se produce durante la famosa, por muchas causas, década de los sesenta; que aquí lo es, fundamentalmente, por dos fenómenos: los planes de desarrollo, que impulsan la economía no agrícola a cotas hasta entonces inimaginables; y la emigración masiva, sobre todo hacia una Europa que va también como un tiro, que eliminó de la economía española el fenómeno del paro obrero masivo; España no tenía parados porque los parados, en España, se iban a Alemania, como el pariente aquél con el que hablaba Josele por teléfono en su famoso sketch Vente p'España, tío.

La gráfica explica perfectamente el baby boom. Es lógico que los trabajadores jóvenes de los años sesenta hiciesen caso de la máxima católica -hijos, los que Dios te de-, puesto que estaban en un entorno histórico de ganancia de poder adquisitivo; los años en los que llegó la capacidad de comprarse la tele, el coche, las vacaciones en la costa de Tarragona, y esa gitana de porcelana que compró tu padre en Málaga y que tú todavía tienes en tu salón, no sabes muy bien por qué dado que es de dudoso gusto. Aquello no se volvió a repetir ni, probablemente, se repetirá. Y es una lástima, porque, en realidad, al menos en mi opinión, es una tontería discutir sobre políticas de apoyo a la familia. La mejor política de natalidad es empinar esta gráfica.

Hasta que se murió, en 1975, Franco le repetía en los consejos a sus ministros económicos la misma cantinela cada vez que le contaban lo mal que estaba la cosa: ya, pero no suban la gasolina. Desde 1973 había una crisis de mil demonios pero el franquismo, cuya economía tenía multitud de precios sometidos a decisión pública (el teléfono, la gasolina, etc.), consideraba que había que mantener la baratura del carburante y que así se le evitarían males mayores a la gente corriente. Franco, pues, tuvo una grave laguna teórica, consistente en pensar que una crisis económica se puede superar a base de hacer como que no está ahí, y así nos fue.

Aquello era algo lógico del carácter militar de nuestro caudillo. En la monumental Historia de los Forrenta Años, de Forges, hay una viñeta impagable en la que se ve a Franco estudiando los planos de un Valle de los Caídos en construcción, rodeado de arquitectos falangistas que sudan la gota gorda. Uno le musita: «Excelencia, dicen los ingenieros que el terreno no tiene consistencia». Y Franco, sin despegar los ojos del plano, contesta: «Díganle a la consistencia ésa que venga». Igual que se creía con capacidad de darle órdenes a la consistencia del terreno, también la creía tener para darle órdenes al precio de la gasolina.

La consecuencia, en términos de salarios, es que a partir de 1976, cuando la cosa cambia, el ritmo de ganancia de poder adquisitivo se frena. No se para, desde luego, y esto es algo que es atribuible a los Pactos de la Moncloa, primero, y a la política realista practicada por los primeros gobiernos socialistas, después. El crecimiento de los salarios se frena aún más en los años noventa, a pesar de que son años expansivos; y, en lo que se refiere a la presente crisis, puesto que es presente, la serie carece de datos que permitan juzgar adecuadamente la cosa.

He hecho el ejercicio de simular carreras salariales continuadas de 30 años, para ver cuál es la ganancia de poder adquisitivo en cada una. Luego las he ordenado de mayor a menor. El resultado es que el chollo total de ganancia de poder adquisitivo del siglo XX en España es la carrera laboral 1952-1982. El pollo o gallina que curró esos años obtuvo, en términos medios, un nivel de vida en el año de Naranjito que era 3,87 veces el del primer año que curró; seguido muy de cerca por la carrera 1951-1891, con un multiplicador de 3,81, y la carrera 1960-1990 (3,71).

El cagao maravillao de la serie es el español que comenzó a trabajar en 1934 y terminó en 1964, pues lo hizo, según los datos, con un nivel de vida que era, mutatis mutandis, la mitad de cuando era joven (y el modelo no tiene en cuenta, además, que se retiró prácticamente sin derechos de pensión).

En el largo plazo, las volatilidades de las dos magnitudes básicas (aumento de salarios y aumento de precios) son bastante parejas. La desviación estándar de la serie 1920-2009 de incrementos salariales es 0,0864, mientras que la de los precios es 0,0733.

miércoles, julio 06, 2011

Franco y el poder (6: the caudillo goes fascist)

Todas las tomas de esta serie:

Esta parte de la descripción de la Historia de la relación del general Franco con el poder no es apta, quiero dejarlo claro desde el principio, para todos aquéllos que consideren que autoritario o dictatorial son términos sinónimos de fascista. Estos lectores no entenderán por qué se habla, en estas notas, de una etapa fascista de Franco y se postula, por lo tanto, que las hubo no-fascistas. Para mucha gente, en efecto, Franco fue un devoto creyente del fascismo del primer tercio del siglo XX que lo practicó hasta el último día de su vida. El autor de este blog siente confesar que considera esta visión, digamos, limitadita. Franco tuvo una etapa fascista que no coincide ni siquiera con los años de pujanza del fascismo alemán e italiano. Una dictadura es un régimen que niega las libertades de los individuos y la expresión de una o más ideologías. Un régimen fascista niega todo lo que no es él mismo; hay, pues, una diferencia entre dictatorial y fascista que no hace al primero más deseable; pero sí lo hace distinto. Éste es un postulado capital para entender todo lo que viene detrás.

lunes, julio 04, 2011

Sobre la(s) crisis económica(s)

Creo que no sería sano para el blog que me embarcase en una contestación a Tiburcio punto por punto, porque las polémicas han de terminar en algún momento o, si se prefiere lo mismo dicho de otra forma, un blog no puede convertirse en un matrimonio. Así pues no voy a puntualizar a mi colega probiscídeo, aunque no dejaré de invitarle a plantearse qué le habría pasado a la humanidad si, llevada por la necesidad de enfrentarse a un what if respecto del que carecía de constancia, se hubiese embarcado en hacerle caso a Malthus y hubiese practicado durante el siglo XIX el control consciente en el crecimiento de la población. En fin, eso de prevenir situaciones por si son ciertas parece ser un dechado de virtudes; pero sólo lo parece.

Más importante me parece reflexionar, un poco más a fondo, sobre las crisis económicas y su producción, ahora que estamos en medio de una de las gordas. En parte estas líneas tienen la intención, no la escondo, de colocarle un grano en el lacrimal a Tiburcio, pero también, de alguna manera, van más allá de lo que él ha escrito y tratar de ir hacia una visión histórica más general. A ver si lo consigo.

Mi primera proposición: yo no soy partidario, en el mundo moderno y concibiendo la expresión como la civilización occidental al menos desde 1750, de afirmaciones del tipo: «la crisis económica fue provocada por los Bla», siendo bla un colectivo finito de humanos distinto de los gobernantes. En realidad, ya me gustaría a mí poder creer que los banqueros, o la Mesta, o los catalanes, o los indignados, son capaces de crear una crisis sismética, esto es una crisis susceptible de arrastrar incluso a quien no tiene condiciones para entrar en crisis. Lamentablemente, al menos yo, no puedo.

Sé que la visión de un mundo dominado por un estrecho grupo de personas reunidas en un sótano es muy atractiva; hay incluso quien se ha forrado escribiendo libros que más o menos abonan esa tesis. Lo cierto es que el mundo moderno está formado por una multiplicidad de puntos de decisión que dificulta mucho esa concordancia, incluso si existiese; que yo, sinceramente, si no me creía las historias de Hitler sobre la conspiración mundial judía, si no me creía las de Franco sobre la masonería como fuerza internacional supragubernamental, no veo por qué me voy a creer que la cuna del mundo sea mecida por la mano del Club Chorranberg o de los pérfidos banqueros. Montar una crisis económica es algo tan difícil que ni siquiera las catástrofes lo consiguen. En agosto de 1983, el 8%, repetimos, el 8% del PIB del País Vasco desapareció en menos de una semana. Chao, finito, kaput. La patria de Sabino Arana valía un día 100, y una semana después 92. La diferencia se fue por el desagüe de una cosa que entonces se llamó gota fría. Seis meses, un año, dos años más tarde, que yo sepa, los pobres, famélicos niños euskaldunes no iban por la calle mendigando un mendrugo de pan, y sus padres no sesteaban en kilométricas colas de desempleo (al menos no más largas que las del resto de España, o de Europa). Como digo, una crisis no es tan fácil de montar.

Me cuesta entender este asunto de los banqueros, en primer lugar, por la cantidad de pasta que han perdido. Entiendo que las noticias que medren en los periódicos e internet sean aquéllas de los ejecutivos financieros que han conservado y aún incrementado sus sueldazos; pero eso no puede esconder el hecho de que hay países donde los banqueros privados han sido arrasados casi al completo (Irlanda, por ejemplo) y se han quedado sin bonus, o sin trabajo. No se acaba de entender que alguien monte un momio para quedarse con el culo al aire. De donde cabe deducir que, quizás, haya más cosas.

Una cosa que no veo que se destaque lo suficiente de la crisis del 2008 y de 1929 es que ambas son crisis de sobreproducción. La del 29 más industrial con remate en el sector financiera, la del 2008 financiera con remate en el sistema productivo. Pero en ambos casos se produce un recalentamiento económico que es el que provoca las prácticas que llevan a la crisis.

Veamos. El negocio bancario, dice un viejo aforismo sajón, es un 2-3-3: capta dinero al 2, préstalo al 3, y a las 3 vete a jugar al golf. Esto es lo que se denomina margen financiero y es el teórico centro del negocio del crédito; no se diferencia gran cosa del dueño del bar que paga tres céntimos por una taza de café por la que cobra un euro diez (práctica que, por cierto, por alguna razón mucha gente considera más ética que la del banquero), sólo que en este caso la materia del negocio es el propio dinero.

Los bancos captan pasivo, y lo captan retribuyéndolo porque el pasivo también tiene su ley de la oferta y de la demanda. Una vez que han captado pasivo, no ganan nada reteniendo ese dinero en sus cajas; tienen que ponerlo a trabajar para que gane tanto dinero como el necesario para pagar los intereses comprometidos, y algo más. Un banquero, por lo tanto, no gana nada teniendo un pasivo de la leche junto con un activo negligible. En este caso, lo más probable es que sus accionistas lo reputen de gilipollas.

El negocio bancario se asemeja al gesto que hace Iniesta en el anuncio de Kalise: vamos, tiki-taka, tiki-taka. El dinero tiene que moverse. Y tiene que moverse, además, en condiciones de liquidez. Porque si suponemos un banco que ha captado 1.000 euros prometiendo el 3% anual y luego va y presta esos 1.000 euros comprando un bono cupón cero a siete años, es evidente que hay un problema: al final del primer año, el depositario de los 1.000 euros exigirá sus 30 de intereses, pero el banco, como no va a cobrar hasta seis años más tarde, no tendrá con qué pagarle.

De aquí podemos sacar una conclusión lógica: si el dinero tiene que moverse, si una mano presta lo que la otra capta, cuando más dinero capte el sistema bancario, más créditos dará. Porque si no los da, entonces está concentrando en sí mismo las pérdidas del sistema. Es su cuenta de resultados, que capta pero no presta, la que presentará pérdidas.

Este efecto ha sido descubierto desde hace décadas, en puridad más de cien años, por los bancos centrales. Teóricamente, los bancos centrales están ahí para vigilar la solvencia de las entidades financieras. Solvencia quiere decir que la entidad tiene (o va a generar en el futuro) recursos suficientes para responder por todo lo que ha prometido. En la práctica, sin embargo, los bancos centrales, y muy especialmente desde que Milton Friedman escribió sus libros, existen también como instrumentos de política económica. Los bancos centrales pueden controlar, más o menos, la masa monetaria; la cantidad de dinero que hay en el sistema. También pueden controlar lo que los bancos hacen o no hacen. Por lo tanto, pueden controlar la temperatura de la olla llamada economía. Si concebimos la economía como un metrónomo de ésos que usan los estudiantes de música, el banco central tiene la capacidad de establecer la cadencia con la que va a sonar dicho metrónomo.

Los economistas, y los políticos, y por supuesto los gobernadores de los bancos centrales, saben desde hace mucho tiempo, otra vez cien años como poco, que lo importante de la economía son los fundamentals y los equilibrios. Que, en el fondo, son la misma cosa. Una economía sana correlaciona sus grandes elementos de una forma sana. Conseguir mucho crecimiento con mucha inflación es relativamente sencillo. Es lo que ha hecho Islandia durante décadas, sin ir más lejos, y es por eso que en los años en los que en toda Europa había parados a tutiplén en Islandia no había paro, pero había inflación de dos dígitos. También es relativamente fácil controlar los precios sin crecimiento; las economías centralizadas lo hicieron durante décadas, eso sí, a base de tumbar su competitividad por los suelos y generarle a sus ciudadanos un nivel de vida subsahariano. Lo jodido es crecer, generar empleo, tener una inflación baja, y poder financiar todo eso con dinero básicamente propio.

Toda economía se asemeja, pues, a un anciano que sufre diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia y fibrilación auricular ( o sea: la economía es mi madre) y todas esas dolencias las trata. A base de insulina, inhibidores de la angiotensina, sinvastatina y sintrón, el anciano tiene calidad de vida; tiene, incluso, la sensación de que cada año está mejor. No obstante, es ineluctable que, algún día, alguno de estos cuatro fundamentos de su salud se descojone; y, además, ese descojone suele correlacionar con algún otro que también comienza a dar problemas.

La economía mundial que salió de la primera guerra del golfo era ese anciano; lo que pasa es que el subidón de autoestima que le provocó la bajada del petróleo le hizo creer que no sólo se sentía bien, sino que se iba a sentir cada vez mejor. Tuvo una recaída breve pero muy grave en el 92, pero no le hizo ni puto caso. Lo mismo ocurrió, por cierto, en la Europa y los EEUU de entreguerras, embarcados en una razzia expansiva hija del concepto de que el mundo había cambiado, que no habría más guerras, que Versalles lo había dejado todo tied, and definitively tied, y que el mundo entraba en una fase de movimiento uniformemente acelerado.

Los años noventa animaron a los gurús del momento, no pocos de ellos asesores gubernalmentales, a anunciar el fin de la Historia a lo Fukuyama y a sostener que el crecimiento continuado era posible. Esto se postuló, por ejemplo, de los precios inmobiliarios, que jamás descenderían ya. En este entorno, los gobernantes vieron el cielo abierto. Para ellos, la novedad era ambrosía.

Entiéndase. Ningún gobernante quiere gestionar entornos a la baja. Tienes que parar carreteras que otros comenzaron a construir. Tienes que negarle a la gente cosas que otros les prometieron. El nuevo entorno económico fue abrazado, primero que por nadie más, por los gobernantes, porque les ponía un piso. Les permitía pensar en su oficio como un eterno ofrecer más que el anterior. Al fin y al cabo, la paga con la que un gobernante ofrece cosas es un determinado porcentaje del PIB; si el PIB cada vez es más grande, el porcentaje también lo será, luego la capacidad de comprar cosas para el pueblo también será más grande.

Una cosa que me sorprende no se destaque lo suficiente, en este punto, es que la crisis de las hipotecas subprime nace de una decisión del Congreso de los Estados Unidos, animada por el presidente Clinton, que obligaba a las dos entidades hipotecarias semipúblicas, Freddy Mac y Fanny Mae, a que concediesen el 55% de sus préstamos a personas cuyos ingresos estuviesen por debajo del ingreso mediano americano. Dicho de otra forma: ¿cómo podemos ahora reprochar a los banqueros que prestasen dineros a personas con alto riesgo de insolvencia, si los gobiernos poco menos que se lo estaban pidiendo (cuando no obligando)?

¿Por qué hacían eso los gobiernos? Pues, sencillo: para cebar la máquina de la expansión. En Brasil, cada año, centenares de miles de ciudadanos abandonan la pobreza e ingresan en las clases medias. Este tipo de política practicada por Lula (afortunadamente para él, con mayor mesura y planificación que en otros lugares) es el tipo de política que se ha generalizado en las casas blancas del mundo en los últimos veinte años. Los españoles no somos ajenos a eso; ¿acaso todas las prestaciones que hemos visto incluirse en el catálogo de pagadas por la sanidad pública pueden considerarse imprescindibles para la salud? No. Pero ganan votos. Si los políticos se rigiesen por el bien común, gastarían el dinero teóricamente sobrante de la sanidad pública en habilitar plazas para enfermos psiquiátricos; lo que da votos, sin embargo, es financiar operaciones de cambio de sexo. Desde cualquier punto de vista, es inmoral prestarle un solo euro a alguien que quiere ser mujer, por mucha angustia que le provoque ser tío, mientras haya una sola familia en España pasando las noches acojonada temiendo que su joven hijo esquizofrénico se brote, saque el cuchillo jamonero y se los pase a todos, uno a uno, por la piedra.

«¡Más madera, es la guerra!», gritaba Groucho Marx. Los modernos grouchos están en los consejos de ministros y gritan: «¡Más masa monetaria, es la expansióooon!» Cada vez más crecimiento. Cada vez más rentas, más consumo. Cada vez más dinero. O sea, cada vez más pasivo bancario. Ergo activo; hay que prestar. Hasta llegar a un punto que se prestaba sin tasa y sin garantía. Cuando los banqueros se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, y éste es el punto en el que converjo con Tiburcio, titulizaron la mierda para esconderla. Pero la mierda, al final, huele.

Lamento opinar que los libros de Historia Económica del siglo XXII harán poco hincapié en la titulización de hipotecas subprime y la culpa de los consejos de administración de los bancos. Esos manuales, muy al contrario, hablarán de las estrategias de recalentamiento sin red, amasadas por los bancos centrales, por ejemplo en Alemania, donde el Bundesbank sabía muy bien cuáles iban a ser las consecuencias del cambio 1:1 entre marcos del Este y del Oeste dictada por Helmut Kohl, pero le dio igual; porque en ese momento, ni la inflación interna ni la estabilidad monetaria le importaba un guaino, todo lo que le importaba es que el Jefe se hinchase a conseguir votos en aquellas tierras donde la gente se había acostado proletaria y se había levantado clase media, sin solución de continuidad.

Lo dicho: el poder sobre el bien común en su vertiente financiera, es decir los bancos centrales, sabe medir la temperatura de la olla, y tiene la capacidad de regularla. No puede mirar ahora la olla reventada con ojos de tontuelo, simulando que no logra entender lo que ha pasado. Somos hijos de la convicción de los gobernantes de que ya nunca jamás le tendrían que prometer a sus ciudadanos sangre, sudor y lágrimas.

Y lo realmente, realmente, realmente preocupante de la presente crisis económica, a mi modo de ver, es que lo siguen pensando.

domingo, julio 03, 2011

El siglo (Tiburcio ataca de nuevo)

Me manda un post Tiburcio que repostea otro mío. No está completo, pero lo completará en las próximas horas. Aquí está, en todo caso, lo que hay hasta el momento.

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Me gusta cómo escribe JdJ hasta cuando se equivoca, como ocurre cada vez que me rebate.

A nivel geopolítico los próximos años estarán marcados por la crisis sistémica en la que estamos entrando. Crisis sistémica es como llaman los enterados a una crisis del carajo. En mi opinión los elementos principales de esta crisis serán:

+ La crisis económica: sólo conozco a dos tipos de personas que afirman que la crisis económica que empezó en 2007 se ha terminado: los políticos, que no saben cómo salir de ésta, pero tampoco quieren alarmar a los votantes, y los periodistas de The Wall Street Journal”porque a Murdoch y a unos cuantos más les ha ido muy bien en estos años.

Resumiendo un poco las cosas. La crisis de las hipotecas basura norteamericanas se extendió a medio planeta porque los maestros en ingeniería financiera (que solían ser llamados estafadores, antes de que el neoliberalismo económico triunfase) habían ideado métodos para diversificar riesgos que lo que hicieron fue aumentarlos. La idea base es que si creo un producto que englobe hipotecas malas, regulares y buenas, por arte de birlibirloque consigo que las hipotecas malas se contagien de la bondad de las hipotecas buenas. En la práctica lo que ocurría es que eran productos tan complicados que el comprador no tenía ni idea de lo que realmente estaba comprando. Esos productos al final funcionaron como células cancerosas, que transmitieron el cáncer del mercado hipotecario norteamericano al sistema financiero de medio mundo.

En la segunda mitad de 2008 el sistema financiero occidental estuvo a punto de irse al carajo y sus banqueros de irse a la cárcel. Lo segundo era menos lamentable que lo primero. Se sabía que había mucha deuda incobrable en el sistema, pero los nuevos productos financieros habían enturbiando tanto las aguas, que nadie sabía quién la tenía. Los Estados resolvieron la situación inyectando dinero a los bancos. Nos salvamos del peligro de la quiebra del sistema financiero para caer en el abismo de la deuda de los Estados. En otras palabras: el contribuyente corrió con la factura de los banqueros, que no habían sido diligentes en los años anteriores y habían permitido que todo esto ocurriera.

La situación a la que hemos llegado en 2011 es jodida. Los Estados occidentales tienen unas deudas elevadísimas, lo que hace que la tradicional receta keynesiana de inyectar dinero en la economía vía gasto público no sea aplicable. Si la economía se tiene que recuperar, tendrá que hacerlo por sus propios esfuerzos (demanda interna), porque por la vía del gasto público o por la del comercio exterior (cuando la mitad de tus clientes lo están pasando igual de mal que tú) no podrá. Ahora bien, en un contexto de elevadas tasas de paro, bajada de los salarios y recorte de los beneficios sociales, ¿quién se va a poner a consumir?

Los capitales especulativos que tanto tuvieron que ver con la burbuja inmobiliaria de la primera década del siglo, andan a la búsqueda de nuevas burbujas. Lo de tener rentabilidades del 0’25% (tipo de interés del Fed norteamericano) no mola cuando la inflación es del 3’6% y te acostumbraste a beneficios del 15% durante los años del boom inmobiliario. Desde que reventó la burbuja inmobiliaria en EEUU y Europa ha habido subidas sospechosísimas de precios en: los alimentos, el petróleo, el oro, los bienes inmuebles en Asia… Algo me dice que hay capitales esperando que se repitan los pelotazos de la década de los 90 y los inicios de los 2000. Lo malo es que si vuelve a pinchar la burbuja, papá Estado ya no tiene dinero para venir a rescatar a los inversores, a los especuladores y a los estafadores.

Para terminar de complicar las cosas, tenemos el dólar norteamericano, que desde 1971 ha funcionado como la divisa de referencia y la divisa refugio. Hace ya algún tiempo que muchos se preguntan si se pueden fiar de una divisa emitida por un país tan endeudado como EEUU que, además, ha recurrido a su manipulación para salir de la crisis. EEUU sigue teniendo unos activos que le hacen atractivo: es la primera economía mundial; tiene estabilidad política; no suele dar sorpresas demasiado desagradables a los inversores extranjeros. A eso se añade que no hay alternativas creíbles al dólar en estos momentos. Pienso que las debilidades del dólar se harán cada vez más evidentes, a medida que se vea que la economía norteamericana no consigue recuperarse. Tal vez a medio plazo acabemos funcionando con algún tipo de cesta de monedas en la que el dólar tenga un papel preponderante, pero no único.

Vuelvo a resumir: nos esperan económicamente unos años de Estados endeudadísimos, con poco margen de maniobra; sistemas financieros tocados del ala (sospecho que si supiéramos más cosas de los balances bancarios no podríamos dormir por las noches); demanda interna renqueante; tasas de desempleo enormes; sueldos reales deprimidos (menos para los banqueros) y brutales desequilibrios mundiales.

+ La crisis demográfica que va acompañada del cambio en la pirámide de edades a la que aludía JdJ. Nadie sabe cuántos seres humanos puede acomodar el planeta con un nivel de vida decente, aunque parece que estamos decididos a descubrirlo por nosotros mismo vía polvos sin condón. Se calcula que en los próximos meses podríamos alcanzar los 7.000 millones, algo por delante de lo que decían algunos pronósticos que nos daban un par de añitos más antes de que alcanzáramos un número tan redondo. Cierto que las tasas de fertilidad están bajando en todo el mundo, pero dudo que lo hagan a una velocidad tal que impidan que para el 2050 seamos como poco 9.000 millones. Desde el siglo XVIII cada vez que los maltusianos han gritado con alarma que el ritmo de crecimiento de la población era más rápido que el de creación de recursos, han venido los avances tecnológicos a desmentirlos. Puede que ocurra lo mismo en el siglo XXI o puede que no. Un romano del siglo II d.C. también tenía derecho a pensar que el limes resistiría a los bárbaros como había venido haciendo durante los 200 años precedentes.

El tema de la pirámide poblacional es bastante jodido y tiene un agravante: carecemos de precedentes históricos que nos indiquen lo que cabe esperar. No sabemos bien cómo puede ser una sociedad donde más de la tercera parte de la población tengan más de 65 años. La experiencia más parecida en la japonesa de finales del siglo XX, que además se les juntó con una burbuja reventada, y no resulta muy apetecible.

Por cierto que en algunos países de Asia, a ese mogollón del envejecimiento de la población se le sumará el de la falta de mujeres. Las ecografías han permitido la realización de abortos selectivos, cuando lo que viene es una niña en lugar del ansiado varón. Es más limpio que el infanticidio. El resultado es que en varias partes de Asia ya se ha empezado a notar la falta de mujeres. El caso más extremo es el de la ciudad de Lianyungang en China, donde nacen sólo 100 niñas por cada 163 niños. Los efectos los veremos muy pronto, cuando todos esos niños alcancen la pubertad. Por orden de más a menos probable puede ocurrir: 1) Que tengan que importar mujeres para emparejarse (ha ocurrido regularmente en Asia y mientras no se sequen las fuentes de suministro…): 2) Que se produzca un aumento de la violencia social, porque lo de tener 18 años y no poder echar un quiqui irrita al más apacible; 3) Que se multiplique lo que se denomina la homosexualidad situacional: a falta de pan, buenas son tortas.

Finalmente, está la cuestión de los desequilibrios. Unos no se reproducen nada (los europeos, por ejemplo) y otros no paran de parir (los africanos subsaharianos, por ejemplo). Por más controles aeroportuarios que pongamos y más pateras que paremos, no se pueden poner puertas al campo: los que se reproducen con mayor entusiasmo, que suelen ser también los que vienen de países más cutres, desean emigrar a sociedades ricas y con déficit demográfico. ¿Cómo reacciona una sociedad cuya composición demográfica cambia drásticamente en dos o tres décadas? Mal, si nos atenemos a los ejemplos francés y británico.

+ El cambio climático: Podremos discutir si es culpa humana o no, pero lo que resulta indiscutible es que el planeta se está calentando a ritmo allegro y troppo. Incluso parece que el ritmo del calentamiento va en aumento. Me pregunto si no existe el peligro de que el calentamiento adquiera vida propia, que no haya mecanismos naturales o humanos que lo frenen y que un día nos encontremos con que las playas de Siberia con sus 40 grados a la sombra son un lugar demasiado caluroso para pasar el verano. Para quienes piensen que pase lo que pase la Tierra seguirá siendo un lugar hospitalario para la vida, tengo malas noticias. Los científicos piensan que durante sus primeros mil millones de años Marte tuvo un clima como el de Torrevieja y que el Venus primigenio hubiera sido un buen lugar para que el Club Mediterranée colocase un resort. Hoy Marte es un desierto con temperaturas bastante por debajo de los cero grados y si vas a Venus y te asfixian sus 460 grados de temperatura, espera a que llueva un poco de ácido sulfúrico y se refresque el ambiente.

El cambio climático ya nos está causando problemas del carajo, tantos que hasta lumbreras como el ex-Presidente Bush han empezado a reconocer que después de todo puede que sea un poco marroncete. Entre estos problemas podemos señalar: inundaciones, sequías, cosechas más irregulares y, en general, menores, enfermedades tropicales que se aclimatan a nuevas latitudes, extinciones masivas… ¿Qué se está exagerando lo del cambio climático? Puede, pero en la duda, prefiero ponerme del lado de los que exageran, que no tomármelo en serio. Si en 2100 descubrimos que los alarmistas tenían razón, será demasiado tarde para remediarlo. Como curiosidad, puedo aconsejar a los interesados el libro “Colapso” de Jareed Diamond, que describe varias civilizaciones a las que los desastres ecológicos que ellas mismas habían creado se las llevaron por delante.

Y mañana me meto con mis pronósticos geopolíticos.

jueves, junio 30, 2011

Franco y el poder (5: a lo tonto, a lo tonto, voy y me lo monto)

Todas las tomas de esta serie:

Tras el 1 de abril de 1939 y el final de la guerra, el general Francisco Franco, máximo urdidor de la estrategia que lo ha llevado a ser la cabeza indiscutible de un Nuevo Estado que apenas tres años antes tenía candidatos mucho más netos, no sólo no hace el menor gesto de considerar su jefatura provisional y, consecuentemente, consumida tras la victoria, sino que se mueve rápido para quedarse aún más solo. De alguna manera, el 31 de marzo de 1939 todavía puede haber algún incauto analista en el bando nacional que piense que Franco aceptará ser un dictator a la romana, esto es una persona dotada de un imperium especial para ganar una guerra, pero carente de la auctoritas de un gobernante en tiempos de paz. Lejos de ello, sin embargo, la paz será el gran beneficio de Franco; y el chantaje de su pretendida fragilidad, su gran aval.

El siglo (III)

El siguiente pequeño capítulo en la historia de la relación entre Franco y el poder, aquélla que cuenta cómo el caudillo siguió dando codazos para hacerse sitio bajo la canasta inmediatamente después de terminada la guerra, está ya casi terminada y sólo le falta apuntalar un par de datos. Dicho lo dicho, no obstante, el artículo escrito por Tiburcio y que colgué el miércoles me ha parecido muy interesante, y no me puedo resistir a apostillarlo en alguna medida.

Y apostillo porque hay algunas cosas que no comparto del todo. Por ejemplo, el concepto de que nuestros avances han comenzado a ir más deprisa que nuestro ingenio. Yo en esto tengo una visión más optimista. El error de apreciación en este punto estriba en olvidar algo que Tiburcio dice en su post, y que no por simple se deja de obviar: hoy somos muchos más que ayer, y mogollón más que antes de ayer. Por lo tanto, parece que la Humanidad es más destructiva que nunca y, si bien ello es verdad en términos absolutos, no lo es tanto en términos relativos.

Los españoles de los siglos XX y XXI, con toda nuestra especulación inmobiliaria que ha mandado, dicen algunos, nuestras costas a tomar por saco, no hemos cambiado nuestro país ni la mitad de lo que lo cambió el imperialismo naval hispano que, en apenas unos pocos siglos, se llevó por delante buena parte de la riqueza boscosa de la península. Esto es así, entre otras cosas, porque Felipe II no repoblaba lo que talaba, y nosotros repoblamos nuestros bosques. En mi opinión, el mundo se estaría enfrentando a ese horizonte apocalíptico que dibujan muchas organizaciones ecologistas si la Humanidad, hoy, tuviese las intenciones de Felipe II y las capacidades de Zapatero. Pero no es el caso, porque la Humanidad ha sabido entender, mutatis mutandis, las consecuencias de tener cada vez más capacidad de cambiar las cosas.

A todo ello se une un principio moral que tiene su aquél, que se podría enunciar así: ¿por qué la conservación del medio ambiente tiene que ser el límite del progreso? La respuesta a esta pregunta es bastante obvia para un ciudadano de clase media de Hamburgo; pero Hamburgo no es el mundo.

Imaginemos que es cierto que la temperatura de la Tierra va a subir dos grados; imaginemos que esto será así por los cienes y cienes de miles de miles de toneladas de C02 que se van a verter a la atmósfera en los próximos cien años. Un residente en Barcelona, probablemente, considerará esto intolerable. Pero si le preguntamos a un ciudadano de Namibia, quizá nos diga: «oye, depende. Porque si todas esas emisiones industriales se van a hacer para que mi país se desarrolle y yo pase de tener una renta per cápita negligible a un nivel de vida europeo, pues que le vayan dando por culo a la temperatura de la Tierra». Así las cosas, ¿por qué la situación actual del planeta es la que hay que conservar? La respuesta habitual es aquélla de: porque es la herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos. Ya. Pero, ¿seguro que el tipo que ahora mismo tiene la expectativa de dejarle en herencia a su hijo un país sin futuro, una economía casi de la Edad de Piedra, corrupción, dictadura, guerras, violaciones y hambre, piensa lo mismo?

Es porque pienso que a los africanos no les va a parar el milenarismo del camjbio climático por lo que postulo la idea de que África protagonizará el «milagro económico» del siglo XXI, aprovechando las limitaciones europeas a la actividad industrial y la relativa saturación de los gigantes asiáticos y latinoamericanos, lo que le permitirá buscar su lugar bajo el sol. El siglo XXI va a cambiar, en buena parte, la faz de la cooperación internacional: primero fue darle de comer; luego fue enseñarle a pescar; y ahora será dejarle que produzca rodamientos a lo bestia. Y aquí no hay nada que imaginar; es lo que hemos hecho con China, sin ir más lejos.

Esto hará desaparecer, quizá, los gorilas, ciertamente. Pero un futuro presidente congoleño bien nos podrá decir a los europeos: cuando usted se apioló a todos los uros de su continente, a todos los osos, yo no dije nada, así que ahora déjeme usted en paz.

Por lo demás, el problema del siglo XXI no es, Samsa dixit, la superpoblación, a mi modo de ver, sino la estructura de la población. Los demógrafos parecen estar de acuerdo en que la longevidad en los países desarrollados (y no tan desarrollados; véanse, sin ir más lejos, las estimaciones demográficas a medio plazo de la ONU para América Latina y el Caribe) se desplaza a un ritmo relativamente regular, sin que le veamos aún el techo. La longevidad humana se asemeja al salto de pértiga: uno siempre piensa que habrá un límite, que habrá un listón que ya nadie pueda saltar, pero acaba surgiendo un Bubka que va y lo pasa. Hace años escuché una conferencia de un tipo que decía que el hombre está estructuralmente preparado para vivir mil años. Del yuyu que me entró casi me hago monje.

Humoradas aparte, por lo que he podido leer, si existe una clara tendencia de la longevidad, no está tan clara en lo que se llama EVLD, Esperanza de Vida Libre de Discapacidad. Hay datos que sugieren que la EVLD se desplaza con la EV a secas (es decir, que el número de años en los que el hombre debe soportar ceguera, sordera, invalidez, Alzheimer o similar permanece más o menos estable). Pero también hay otros datos que sugieren que se estanca mucho más que la EV: esto es, el hombre cada vez vive más, pero eso quiere decir que cada vez vive más años necesitando de otros para muchas cosas, todas incluso.

El problema demográfico, por lo tanto, es que el perfil de gasto del hombre medio (occidental) está cambiando. Hasta ahora, el humano acomodado medio gasta cada vez más con los años hasta alcanzar un pico más o menos en la cuarta década de la vida, que es cuando se casa, tiene los hijos, se compra el piso, sale por ahí de farra, se hace las vacaciones de puta madre de las que saca plúmbeos videos de cuatro horas… etc. A partir de los cuarenta la cosa cambia, con la excepción de las crisis pitopáusicas que generan divorcios y adquisiciones de vehículos con tracción a las cuatro ruedas. A partir de los cincuenta, puesto que la pulsión de gasto se modera y los hijos ya se han ido de casa, el gasto se modera aún más y con la jubilación el humano medio ingresa en un entorno más modesto aún, de escasas necesidades y también recursos más escasos.

La evolución asimétrica de EV y EVLD genera que esta dinámica cambie y genere unos últimos años de la vida en los que, en realidad, el perfil de gasto, lejos de moderarse, se dispara. El anciano de cuarta edad de hoy en día demanda centros de día, residencias, ayudas de terceras personas, pastillas, aparatos, rehabilitación, y toda la pesca. Esto cuesta dinero, y ese dinero debe teóricamente generarlo quien está en el momento de la vida en el que ya no genera, sólo consume.

Estos días de discusiones de altura sobre la economía española, el Estado de la Nación y de las JONS, escuchamos mucho decir eso de que la clave de la competitividad está en la productividad. Cierto es; pero menos que antes. Aumentar la productividad no es lo que nos hace competitivos; es, más bien, una conditio sine qua non para serlo. A mi modo de ver, la clave de la competitividad del siglo XXI estará en ser capaz de activar las potencialidades de las personas más mayores, y gestionar con habilidad sus necesidades. Dicho de otra forma: el país competitivo del 2060 será aquél país que no tenga que transferir a su tercera y cuarta edad más de un X% de su PIB, bien porque haya desplazado el concepto de tercera edad (como se está haciendo en casi todos los países y se quiere hacer en España); bien porque haya desdibujado la frontera entre vida activa y vida pasiva (eso de la flexiseguridad); bien porque generalice la eutanasia activa prescrita por el Ministerio de Asuntos Sociales (solución Hitler); bien porque se las arregle de alguna otra forma. En suma, yo no veo guerras en el siglo XXI porque en el siglo XXI lo importante no será tanto tener ejércitos potentes como retaguardias que no te retarden demasiado.

La otra cosa que no veo clara en la visión tiburciana y que me gustaría apostillar es eso de la globalización. En primer lugar, la globalización nos ha traído una parte de la crisis que ahora estamos viviendo (otra parte la han traído los políticos; por ejemplo Clinton, con su decisión sobre los límites de las operaciones hipotecarias de sus entidades semipúblicas, que origina la crisis subprime), pero también nos ha traído los periodos de crecimiento económico más largos y estables que casi recordamos.

En segundo lugar, como también apuntaba en mi post, la globalización, como fenómeno sociocultural, ha fracasado. El hombre del siglo XXI se siente más catalán, ruteno, kurdo o de Orcasitas que nunca. Creo recordar, escribo de memoria, que Saladino era kurdo de origen y aglutinó bajo su alfanje a todo tipo de musulmanes que se unieron por el objetivo común de echar a los infieles de Palestina. Hoy por hoy, en Palestina hay otros infieles, hebreos, y estos mismos musulmanes se han demostrado incapaces de echarlos, quizá porque ni los kurdos ni, un suponer, los suníes iraquíes aceptarían ir juntos ni a comprar lotería. ¿Dónde está la globalización?

El problema del siglo XXI es centrífugo. Eso que los libros llaman Edad Moderna, que no sé muy bien lo que es la verdad, lo concibo como el inicio de la pelea entre dos grandes concepciones de comunidad: la basada en los intereses compartidos y una idea de bien común (la nación); y la sociocultural, basada en el elementos inmateriales de cohesión como la lengua, la cosmovisión, la costumbre de comer con tenedor o con palillos, etc.

El siglo XXI está viendo el final de esa lucha, que ha ganado de largo la segunda de las alternativas. Ésta es la razón de que el concepto de nación, Zapatero dixit, sea discutido y discutible; mientras que nadie discute un concepto que hasta hace dos telediarios era un fistro diodenal, como la lengua propia.

La Humanidad se fragmenta, y esa fragmentación podría verse como una medida de protección contra sí misma. Es como si la sociedad mundial se diese cuenta de que el concepto de nación (y su expresión oligopolística, que es el concepto de imperio o potencia) crea monstruos, Godzillas que se lo comen todo, y se defiende fragmentándose. Porque Rusia podrá ser la polla de Montoya, no lo dudo; pero ni modo esa geometría fractal de nacionalidades de que se compone hoy el antiguo territorio de la URSS se puede comparar con el nivel de poder e influencia que tenía ésta. El poder de A más el poder de B más el poder de C no es equivalente al poder de A más B más C.

Quizá por eso creo que Estados Unidos está lejos de perder su posición mundial prevalente: porque es una nación que hizo su guerra civil en el momento justo, con las elevadísimas dosis de violencia necesarias como para que a nadie le quedasen ganas de repetirla y, consecuentemente, es una nación que muestra una enorme resiliencia frente a estas tendencias centrífugas; es más: de las tendencias centrífugas del Canadá, con el tiempo, puede acabar sacando petróleo (bueno, quien dice petróleo, dice pescadilla). Ni China, ni India pueden decir eso. Brasil, sí. Brasil tiene un gran futuro en el ámbito geopolítico mundial.

Nuestros problemas por venir, por lo tanto, tienen que ver, sobre todo, con cómo vamos a reinventar y gestionar el concepto de comunidad y, sobre todo, cuánto podremos pagar del viejo concepto que aún está vigente. Acabaremos, me temo, por ponerlo todo en duda. Pero, como soy optimista por naturaleza, nada me dice que lo que venga tenga que ser, necesariamente, peor. Sólo distinto.

miércoles, junio 29, 2011

El siglo (versión Tiburcio)

Lo prometido es deuda. Aquí tenéis la versión de Tiburcio Samsa sobre lo que pasará en el resto de este siglo.

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Tarde o temprano todo aficionado a la Historia cae en la tentación de jugar al adivino y hoy aprovecho para hacer lo propio la excusa de una pregunta que le hicieron a JdJ en su blog sobre si pensaba que habría una guerra entre EEUU y China.

Mi idea de lo que nos espera en las próximas nueve décadas se basa bastante en las observaciones de Ian Morris en su libro “Why the West rules-for now”. No pretendo ser original, sólo pretendo ser acertado en mis predicciones. Al menos algo más que el Presidente del Gobierno cuando dijo en 2008 que a España apenas le afectaría la crisis y sería de los primeros países que saldría de ella.

La Historia de la Humanidad ha sido una carrera continua entre los problemas y los avances. Descubríamos la agricultura y al momento nos encontrábamos con el problema de cómo guardar los excedentes. Descubríamos la cerámica para guardarlos y ahora el problema era qué hacer como el crecimiento demográfico provocado por una alimentación más abundante. Inventábamos la irrigación para explotar nuevos terrenos de cultivo y nos encontrábamos con que hacían falta especialistas y la sociedad igualitaria y matriarcal original se iba al carajo… Cuando nuestra capacidad inventiva ha ido más rápida que los problemas, hemos ido para arriba. Cuando los problemas se han multiplicado más rápido que nuestro ingenio, nos hemos ido a la eme.

En torno al siglo I d.C. el Imperio Romano en Occidente y el Imperio Han en China alcanzaron una cima de desarrollo social y luego vino el marasmo. Hacia el siglo XII el Imperio Song en China y la Europa cristiana en el siglo XIV recuperaron las cotas alcanzadas antes por romanos y han y zozobraron poco después.

Estas experiencias parecen mostrar que hay un techo de desarrollo social cuando una sociedad está basada en la agricultura y no conoce más fuentes de energía que la muscular del hombre y los animales. Si en el siglo XVIII, después de tres siglos de progreso, no volvimos a colapsar fue porque tuvimos la Revolución Industrial. La Revolución Industrial, con su empleo de nuevas fuentes de energía (el carbón primero y luego el petróleo) y sus avances tecnológicos, nos permitió romper ese techo de desarrollo social.

Mi opinión es que hemos llegado al límite de las potencialidades de la Revolución Industrial que empezó en el XVIII y de la revolución científica que la acompañó. Nos hemos encontrado con otro techo. Los problemas generados por nuestro progreso en los últimos 250 años han empezado a correr más deprisa que nuestro ingenio.

Algunos de los problemas, que se están haciendo cada vez más acuciantes y para los que no parece que seamos capaces de encontrar una respuesta con las herramientas que pusieron a nuestra disposición la Revolución Industrial y la revolución científica, son:

- La superpoblación: La combinación de alimentos abundantes (que puede que esté a punto de acabarse) y desarrollo de nuevas técnicas agrícolas ha permitido que la Humanidad se cuadruplique en 200 años. Ha llegado el momento de preguntarse si el planeta está preparado para albergar a tanta gente. Hasta ahora los avances tecnológicos han ido permitiendo que el ritmo de producción de alimentos fuese más rápido que el crecimiento de la población. No está claro si esta tendencia se va a mantener. De hecho la perspectiva a medio plazo es que nuestra capacidad para producir alimentos disminuya por los siguientes hechos: el cambio climático está afectando a las cosechas; la contaminación y la sobreexplotación están poniendo en peligro los recursos pesqueros; el desarrollo urbanístico se está comiendo algunas de las mejores tierras de cultivo; la producción de biocombustibles está compitiendo con la producción de alimentos.

- La contaminación y el cambio climático: La contaminación empezó el día que el primer ser humano tiró por la ventana los restos de una vasija que se le había roto. Cuando éramos pocos y estábamos poco avanzados, que fuésemos guarros tenía poca importancia. Ahora, ya no. Nuestra capacidad para contaminar ha crecido mucho más deprisa que nuestra tecnología para limpiar lo que hemos contaminado, nuestra sabiduría para saber que el crecimiento económico a corto plazo no compensa el desastre ecológico a largo plazo y nuestro conocimiento sobre los efectos de nuestras acciones sobre el clima. Parece que los expertos ya dan por descontado que para 2100 las temperaturas habrán aumentado dos grados. Pero hay tanto que ignoramos sobre el funcionamiento del clima que no sabemos si esos dos grados de incremento tendrán un efecto malo, muy malo o catastrófico.

- La globalización: El resurgir de los nacionalismos, el fracaso del multiculturalismo, la pérdida de diversidad cultural, la anomia social, hacen pensar que el ser humano tiene problemas para adaptarse a una situación caracterizada por: sociedades masificadas y con cambio social muy rápido, en las que además convergen elementos culturales de distintas procedencias y se producen movimientos masivos y rápidos de poblaciones. En un lado tenemos al progre de buen rollito y tolerancia con todas las culturas y en el otro al fundamentalista saudí que no quiere saber nada de otras culturas. Ambos son reacciones extremas ante un problema: ¿qué hacemos cuando las sociedades se convierten en lugares de encuentro de distintas etnias y culturas a un ritmo más rápido del que pueden absorber? ¿qué normas pueden darse en una sociedad así? ¿hay que forzar la integración o hay que dejar que se formen guetos de minorías étnicas? si se opta por lo primero, ¿es posible realmente esa integración forzada?

Para colmo, estamos tocando techo en un momento de cambio geopolítico. Los momentos de cambios geopolíticos son muy peligrosos, porque cambian los actores y las reglas del juego y es muy fácil que ocurran accidentes (guerras). Si consideramos los momentos geopolíticos por los que hemos pasado desde 1900, tenemos:

1.- 1900-1918: El Imperio Británico estaba desinflándose y varias potencias iban recortando posiciones (EEUU, Alemania, Rusia y Japón). Las tensiones causadas por la pugna entre los que querían mejorar su lugar bajo el sol y los que querían mantener su posición (Imperio Británico y Francia) acabaron desembocando en la I Guerra Mundial.

2.- 1918-1945: Versalles cerró en falso la herida de la I Guerra Mundial y no dio paso a un sistema geopolítico estable. Estaban las potencias en declive que querían mantener el status quo, pero carecían de fuerza para ello (Imperio Británico y Francia), una potencia ascendente, que se negaba a jugar el papel global que le correspondía (EEUU) y cuatro potencias descontentas con el resultado de la I Guerra Mundial que querían que les dieran lo suyo (Alemania, Japón, Italia y la URSS). La URSS además introdujo un elemento ideológico en las relaciones interancionales, que no había existido desde la época de la Revolución Francesa.

3.- 1945-1989: El sistema bipolar que surgió de la II Guerra Mundial trajo la etapa más estable y predecible que hemos tenido en las relaciones internacionales en los últimos 110 años. Cierto que siempre estuvo la amenaza de una guerra nuclear entre las dos superpotencias, pero la gente no era consciente de que el sistema funcionaba de tal manera que dicha guerra hubiera sido muy difícil. EEUU y la URSS sabían que no era en su interés echarle un órdago nuclear al otro.

4.- 1989-…: No sé cómo calificar el sistema geopolítico actual. El final de la Guerra Fría parecía que había generado un sistema monopolar, que yo llamo Blancanieves (EEUU) y los siete enanitos (China, Japón, la UE, Rusia, India, Brasil y el resto). El poderío norteamericano parecía tan abrumador que parecía que se mantendría durante décadas sin nadie que le hiciese sombra. Bush II sólo necesitó ocho años de mandato para echar por tierra la mayor parte de las bazas de las que disponía EEUU: con su chulería y prepotencia, dañó una de las grandes bazas de EEUU, la “soft diplomacy” y su capacidad persuasiva; su insistencia en el neoliberalismo con su mantra de privatizaciones y desregulación condujo a una crisis que algún día nos daremos cuenta que ha dejado pequeña a la Gran Depresión (quienes piensan que la crisis que empezó en 2007 se ha terminado o está a punto de hacerlo, son los mismos que responden llenos de entusiasmo a las ofertas que les llegan por internet de banqueros nigerianos); endeudó al país hasta las cejas y lo dejó empantanado en dos guerras inganables. Me pregunto si el EEUU de 2011 no será un poco como la España de Felipe III, un país que por fuera parecía imbatible y por dentro estaba todo carcomido.

Es posible que EEUU sea ahora como el Imperio Británico cuando murió la Reina Victoria (1901): la potencia dominante, que estaba empezando a perder delantera.

China es la gran competidora de EEUU, pero China es consciente de sus debilidades: gravísimos problemas medioambientales; riesgo de problemas sociales; retraso tecnológico con respecto a EEUU; carencia de una “soft diplomacy”. En la actualidad y durante muchos más años, China sólo pedirá que se la trate con un respeto acorde con su poderío. Sabe que no está en condiciones y que sería muy peligroso que intentase reemplazar a EEUU por las bravas.

No habrá guerra entre los dos. No sólo porque China sabe que la perdería, sino porque ambos saben que sería tan costosa, que tampoco le serviría de mucho a EEUU el ganarla. Económicamente se harán todas las zancadillas que puedan. China sigue necesitando el mercado norteamericano y EEUU sigue necesitando el dinero chino. Siendo así las cosas, la ventaja en la guerra económica a largo plazo está del lado de los chinos.

Pero reducir la previsión para los próximos años a un mero problema geopolítico es un error. En los próximos años vamos a tener que enfrentar tantísimos problemas, que afortunados son aquéllos a los que lo único que les quita el sueño es la posibilidad de una guerra entre EEUU y China.

lunes, junio 27, 2011

Este siglo

Felipe ha dejado recientemente un comentario en un post del blog lanzando el guante de un artículo, no sobre el pasado, sino sobre el futuro, o sea qué creo yo que será historia del siglo XXI en el siglo XXII. Tiburcio y yo leímos ese comentario casi al mismo tiempo y hemos decidido abordar el asunto cada uno por nuestra cuenta. Lo que vas a leer ahora, por lo tanto, es mi aportación; la de Samsa llegará, espero, algo más tarde.

Lo primero que me gustaría comentar sobre el tema es que estamos en el 2011; así pues, nuestra capacidad de imaginar lo que va a pasar en el conjunto del siglo XXI es la misma que tenían del siglo XX los ciudadanos de 1911, esto es personas que desconocían que en unos pocos años se produciría una guerra global que lo cambió todo (y que, sin embargo, apenas fue el preludio de otra más global todavía); así como la eclosión de la clase proletaria en el mundo del poder a través de la revolución rusa. Hemos de ser, por lo tanto, humildes y reconocer que somos ciudadanos de principios de siglo, vamos por la vida con nuestras levitas, nuestras chisteras y nuestras patillas abundantosas, y no podemos saber lo que va a pasar dentro de cincuenta años. Salvo los expertos en cambio climático, claro, que saben perfectamente la temperatura que va a hacer en la afueras de Sotillo de la Adrada a las 16,35 horas del 8 de marzo del 2076.

La única pregunta que se hace Felipe es si va a haber una guerra entre EEUU y China. Querrá decir otra, porque China y Estados Unidos están en guerra desde que son amigos, esto es desde que Nixon visitó Pekín. Las guerras hoy en día son más elegantes, pero no dejan de ser guerras. Alemania, escaldada en la primera mitad del XX, llegó a la conclusión de que era más fácil invadir con el Commerzbank que con las Panzerdivisionen, y es a lo que se ha dedicado en las últimas décadas. Por lo tanto, la guerra chino-americana no ha disparado ni un tiro (entiéndase en EEUU y China; en países terceros, unos cuantos), pero ha tenido sus batallas bien definidas.

Florituras semánticas aparte, yo no soy demasiado optimista (o pesimista, según se vea) sobre las posibilidades de China a medio plazo. En los años noventa se filmó una película de Sean Connery, Sol Naciente creo que se llamó en España, que describía la investigación de un asesinato en el mundo de altos negocios de Tokio. El ambiente de aquella película era el del mundo financiero e industrial de la época: los japoneses lo estaban comprando todo. Compraban siderúrgicas en Estados Unidos de siete en siete, eran los líderes en tecnología, bla. Por aquel entonces, recuerdo haber oído al presidente mundial de la IBM, de paso por Madrid, declamando en una conferencia: «el día que los japoneses quieran vivir como nosotros, las cosas ya no serán tan fáciles para ellos». Y acertó. El milagro japonés se asentaba sobre millones de familias viviendo en cajas relativamente amplias, que ellos tenían por pisos, con niveles de consumo relativamente modestos. La mayoría de edad de la economía y la sociedad japonesas abocó al país a una recesión larguísima, de la que en buena parte no ha salido; hoy, nadie habla del dragón japonés y el sushi se ha pasado de moda.

China tiene, que diría Marx, enormes y crecientes contradicciones internas. Es un país crecientemente contaminado. Es un país con unas diferencias sociales entre el campo y la ciudad que asustan. Es un país enormemente monetizado, porque exportar al ritmo que ha exportado durante tantos años ha recalentado de tal manera su masa monetaria que la única forma de evitar la hiperinflación ha sido comprar deuda a lo bestia (lo cual no evita que sea un país hiperinflacionario, que lo es). Asimismo, es un país que carece de pilar de bienestar (tan sólo hay sistema de pensiones como tal concebido para los funcionarios, y no todos) y, sin embargo, se enfrenta a unas tensiones demográficas impresionantes; algunos teóricos han dicho de China que es el primer país del mundo que es viejo antes que rico (todos los demás, antes de envejecer, nos hemos forrado en mayor o menor manera) y que, en realidad, nadie sabe cuál va a ser el resultado de esa realidad. La guinda del pastel es la pregunta de si China va a poder aguantar una década más, o un cuarto de siglo más, fagocitando sus tensiones democráticas internas.

China es, pues, una bomba de relojería económica (lo cual explica su crecimiento acelerado) que podría estallar conforme se acerquen los años malos de la pirámide demográfica. Todos los países que sufrieron la segunda guerra mundial tienen un crédito demográfico derivado del hecho de que un montón de gente que debería haber nacido en los años cuarenta, y que hoy estaría cobrando sus pensiones y generando sus gastos, nunca nació. Pero eso se acaba.

Yo no creo, por lo tanto, en una guerra entre Estados Unidos y China; entre otras cosas porque desde que surgió la Guerra Fría, las guerras entre potencias ya no se producen agrediéndose entre ellas, sino a través de países terceros.

En lo que creo es en la posibilidad de una recesión mundial aproximadamente en el 2030 provocada por China, puesto que buena parte del esquema económico presente se basa en la existencia de una potencia monetizada, fuertemente exportadora, y monopolística en esa posición. Ese monopolio, sin embargo, está en entredicho: India y Brasil ya están al acecho, y África no se va tirar toda la puta vida en el banquillo esperando su oportunidad. De hecho, creo que el siglo XXI vivirá eso que llaman un «milagro económico» en África; mi apuesta personal es Senegal. Otros países del mundo, como Indonesia, tienen también altas capacidades teóricas. Económicamente, de hecho, el siglo XXI será, en mi opinión, el de los países antes considerados musulmanes.

China, además, tiene un potencial disgregador que yo al menos veo cada vez más evidente. Hay muchas chinas dentro de China pero, sucintamente, hoy ya podemos hablar de una China moderna, flexible, dinámica; y una china pobre, tradicional y menos densa. Más abajo hablo de los nacionalismos; ¿por qué no consideraremos que los chinos no se van a ver golpeados por ello? ¿Puede romperse China? Pues sí, sin duda. Como poder, puede, sobre todo si su argamasa socialista cae como el Muro de Berlín, cosa que también puede pasar si, finalmente, los jerifaltes chinos son incapaces de contener la hiperinflación.

Pero vayamos con eso del tiempo de los países antes considerados musulmanes. Creo que el siglo XXI va a vivir unas tensiones importantes en el seno del mundo musulmán. Lo que empezó en la plaza Tahir aún no ha terminado. Los países musulmanes viven, de momento, revoluciones imperfectas; pero esto se corregirá cuando en esos países acaben surgiendo cohortes demográficas jóvenes básicamente laicas. De hecho, mucha gente cree que el integrismo educativo musulmán es una forma de agredir a Occidente; yo creo, más bien, que son medidas defensivas. Buscan evitar el efecto de desafección respecto de las verdades sociales de origen religioso, que los gobernantes saben que acaba ocurriendo en cuando a la gente le pones una tele o un ordenador en su casa y se pone a ver Friends; exactamente igual que, a su manera, La tribu de los Brady acabó con la forma un tanto pacata que teníamos de ver la vida los españoles.

A mi modo de ver, será el Indostán el área donde surgirán estas tensiones de forma más perceptible, en cuanto la renta per cápìta suba unos puntos. Creo que si hay un país que va a dar un giro copernicano en el siglo XXI, es India, que está llamada, mucho más que China, a ser la Alemania de Asia. Indios ricos significa paquistaníes económicamente colonizados y, a la larga, elevación del sentido crítico social. El 13 de agosto del 2047, el Casino de Montecarlo estará petado de millonarios de tez oscura, no pocos de ellos nacidos parias o talibanes.

Europa se enfrenta ya a su propia crisis. La Europa de la Comunidad Económica Europea era una Europa de los despachos, y es bastante obvio que éste es un esquema que deja insatisfecha a buena parte de la sociedad europea; sociedad que, en todo caso, está escasamente armada para enfrentarse a los cambios del mundo, porque mira el mundo con gafas de hace cincuenta años, por lo que su capacidad de adaptación prácticamente no existe.

Esta crisis contra la euroburocracia se junta con otra de mayor calado, y es que en Europa, en los años sesenta y setenta, compramos un piso cuya comunidad ya no podemos pagar porque es demasiado cara. La encrucijada, ya hoy, es si mantener, reinventar o recortar eso que se llama Estado del Bienestar. Dicen los teóricos que es imposible que un Estado pueda recaudar más del 9% del PIB en impuestos. Y bien, nuestro Estado del Bienestar corre peligro de llegar a costar mucho más que eso (el 15% en el caso español, obviamente antes de la reforma que ahora se ha pactado). Podemos hacer varias cosas: podemos trabajar más, para así poder pagar la comunidad; podemos irnos del piso y cambiarnos a otro más modesto, pero más barato; o podemos permanecer en el viejo caserón, como las viudas ignotas del centro de nuestras ciudades, rodeados de los muchos recuerdos de nuestros años guapos, pero sin gastar ni un céntimo en nada, porque en el fondo seremos unos pordioseros con mansión.

El del Estado del Bienestar, en todo caso, no es el fondo del problema. El fondo del problema, a mi modo de ver, es si Europa va a poder enseñar al mundo una capacidad de converger en políticas económicas y sociales de la que hasta ahora ha carecido. Si realmente va a poder exhibir una fuerza económica común. Es un punto en el que yo soy pesimista, y es por eso que veo fortísimas tensiones centrífugas en la Unión Europea. Si se intensifica la colaboración del eje franco-alemán, nuestro aliado natural es Italia. ¿Italia? Sí, Italia.

Pero eso será, claro, si Italia, o nosotros mismos, seguimos existiendo.

Una de las grandes preguntas del siglo XXI, que condiciona todo el entorno geopolítico, es si el nacionalismo, como forma de pensar, va a seguir gozando de buena salud. Ahora mismo, es la ideología más fuerte en la sociedad mundial, sin duda. El nacionalismo pudo con la URSS, y eso es mucho, pero mucho, poder. La potencia de esta incógnita x determina toda la ecuación. Yo, sinceramente, no veo tendencias de reducción del nacionalismo; es más, se da la circunstancia paradójica de que internet (la interconexión global de los ciudadanos del mundo, y bla) ha incluso aumentado las tensiones nacionalistas, porque ha sido habilísimamente utilizado por los nacionalismos en su provecho. Creo que el nacionalismo explica el 80% del siglo XX y explicará un porcentaje no mucho menor del XXI. La tendencia del mundo le va a favor de corriente; véase, sin ir más lejos, el leve detalle de que el euro, en lugar de estar donde se pensó en su día, es decir a punto de comerse la libra esterlina y las monedas escandinavas y tal, lo que está es a punto de desaparecer. Este párrafo significa, sí, que España seguirá registrando tensiones muy fuertes por el flanco nacionalista, que podrían llegar a obligarla a reinventarse.

Si el nacionalismo pervive y la gripe, si no pulmonía mortal, del Estado del Bienestar, alimenta los radicalismos intervencionistas (como lógica reacción contraria), esto vendría a suponer que la inmigración será en el siglo XXI un problema aún mayor de lo que lo fue en el XX y que, en general, el siglo XXI será una sopa de Oparin para los radicalismos. Eso siempre, o casi siempre, quiere decir totalitarismo; lo totalitario, como los sombreros, volverá. A mi modo de ver, existe la posibilidad de que, como poco, dos, si no tres o más, de los seis grandes jugadores del tablero mundial del siglo XXI (Estados Unidos, Rusia, China, Brasil, India, Europa) sean políticamente de índole totatlitaria o cuasitotalitaria. Esto depende también de la violencia que generen los problemas del Estado del Bienestar (véase Grecia).

El siglo XXI no verá una solución para el problema del Estado de Israel. Entre otras cosas, porque veo muy difícil que los países musulmanes del área sean capaces de mantener su inestable unidad. A mi modo de ver, el tiempo (o sea, el proceso de laicización de los países musulmanes) juega en contra de Hamas y movimientos adyacentes; pasado el primer tercio de siglo, Israel podría entrar en la UE (incluso antes que Turquía, que anda un poco despistada). Pero eso será, claro, si no hay guerra civil en Egipto, porque ésta cambiaría el mapa completamente.

No sé; no soy, como se ve, demasiado optimista.

domingo, junio 26, 2011

Un país, dos guerras

Bueno, pues el país que yo tengo documentado estuvo en guerra, al mismo tiempo, con los dos bandos de la segunda guerra mundial, es... Bulgaria.

El rey búlgaro Boris III falleció en Sofía, en extrañas circunstancias, en 1943, poco después de una visita de Hitler al país. Bulgaria estaba adherida al Eje y era firmante del Pacto AntiKomintern, aunque nunca realizó acción bélica alguna contra Rusia. La sociedad búlgara no era partidaria de pegarle tiros a los rusos, a los que estaba históricamente agradecidos por haberles ayudado a sacudirse la dominación turca. Por ello, el gobierno pronazi del arqueólogo Bogdan Filov le declaró la guerra a Reino Unido y, después de Pearl Harbour, a Estados Unidos, pero no actuó contra Rusia por mucho que Hitler porfió en dicho sentido.

La muerte de Boris III provocó la creación de un consejo de regencia en el que estaban presentes un miembro de la familia real, el principe Zyrill; el propio Filov; y el general Nicola Michov, ministro de Defensa. El joven príncipe, Simeón, se fue dando cuenta de la pérdida de poder de Alemania, especialmente después de que los frecuentes bombardeos de Sofía le obligaron a refugiarse en la estación de Tscham Kuria. Desde allí, trató de influir al nuevo jefe de gobierno, Konstantin Murawjev, líder del Partido Agrario, para que buscase fórmulas de entendimiento con los aliados.

El 4 de septiembre de 1944, cuando los rusos terminan la ocupación de Rumania y se asoman a la ribera del Danubio, Murawjev denuncia el Pacto AntiKomintern, y el 5 le declara la guerra a Alemania. En la tarde del 5, la URSS hace saber por conducto oficial que considera la declaración búlgara insuficiente y, al alba del 6, la ataca.

Es en ese momento, pues, en el amanecer del 6 de septiembre de 1944, cuando el Estado búlgaro se encuentra en guerra con: Alemania (desde el día anterior), URSS (que la está atacando), Reino Unido y Estados Unidos. Esto es, con todos los grandes contendientes de ambos bandos a la vez. De hecho, el día 9 el gobierno cambia por el dirigido por Georgiev, y se firma un armisticio con la URSS.

martes, junio 21, 2011

Adivinanza in itinere

Me asomo a la ventana en medio de una semana complicada de viajes y gestiones. Ayer tuve la ocasión de mirar largamente la lluvia caer sobre Bruselas mientras esperaba en su aeropuerto que la prez de la salida de mi avión cayese, nunca mejor dicho, del cielo. Además de mirar la lluvia leí un poco (cómo no); y di con una cosita que me inspira esta pequeña adivinanza.

¿Sabéis de algún país que, en el curso de la segunda guerra mundial, estuviese al mismo tiempo en guerra con los dos bandos, esto es aliados y Eje? Yo sé de uno, pero no puedo jurar que sea el único.

A la vuelta de unos días, os contaré cuál es el que yo sé (bueno, qué digo; si ahora son las 12,07, seguro que no antes de las doce y media ya lo ha contado alguien; que nivel, el escritor no tiene mucho, pero a los lectores les sobra).

jueves, junio 16, 2011

Franco y el poder (4: La unificación)

Todas las tomas de esta serie:



La información factual sobre el conflicto generado por la unificación política que convirtió el golpismo contra la República en franquismo ya ha sido contada aquí. Es lo que habitualmente se conoce como los sucesos de Salamanca. No obstante, la historia de los sucesos de Salamanca es una historia que, en realidad, concierne a Falange. En esta serie, sin embargo, de lo que hablamos es de Franco. No es exactamente lo mismo. De momento, a este blog le queda por contar cómo vivió Franco aquel proceso y, lo que es más importante, por qué lo impulsó. Y para explicar esto hay que romper un mito que muchos quienes saben algo de esa época tienen por cierto, y es que el conflicto de la primavera del 37 en Salamanca es un conflicto sólo falangista.

lunes, junio 13, 2011

El plan de Hitler contra el desempleo

Creo haberme leído en torno al 80% de los discursos públicos de Adolf Hitler. Alguno de ellos, incluso, lo tengo en edición realizada por la embajada alemana en Madrid, en los tiempos en que España era fascista. Y desde esa experiencia doy mi opinión de que el más vibrante de todos, probablemente el más trabajado, es el que declamó, con su particular prosodia, en septiembre de 1936 en Nuremberg, durante la reunión monstruo del Partido Nacionalsocialista Alemán NSDAP.