lunes, julio 18, 2011
El por qué de los aniversarios
Sean como sean los aniversarios, lo importante es de qué se visten y cuál puede ser su utilidad. Habitualmente, los aniversarios tienen una utilidad bastante definida, pero lo cierto es que éste, el de la guerra civil española, carece de ella.
Ejemplos hay muchos, pero creo que la guerra civil española y la invasión japonesa de Manchuria durante la segunda guerra mundial son dos de los episodios históricos en los que el consenso superador es más difícil a día de hoy. Hace algunos meses leí en el International Herald Tribune que algún bienintencionado instituto cultural que no recuerdo había promovido una reunión en China entre historiadores de aquel país y de Japón para hablar sobre dicho episodio y alcanzar alguna que otra conclusión histórica conjunta; reunión que acabó como el rosario de la aurora. Los japoneses tienen una visión de aquello, los chinos otra, ambas son exactamente contrarias y mutuamente eliminatorias. O se tiene una, o se tiene otra.
A la guerra civil española le ocurre lo mismo, y el elemento causante de este hecho es claramente el franquismo. El franquismo es la mejor demostración posible de que la Historia no sigue un trazo regular ni se rige por reglas evolutivas más o menos inmanentes. En la Historia es posible dar pasos atrás, es posible frenar y es posible, sobre todo, distorsionar la visión del pasado, del presente y del futuro. Los cuarenta años de franquismo fueron concebidos por quienes los administraron como una purga necesaria para regenerar España. Hacía falta, según esa visión, vaciar la médula espinal del país de todo lo que tenía dentro, arrastrando así la leucemia de los errores, para volver a vivificarla con nuevas/viejas esencias, excluyentes de todo lo demás. El franquismo es, ante todo, un experimento de reingenería del alma española que fracasa por sus cuatro costados; porque si algo no han entendido ni entienden los fascismos, sean éstos de derechas o de izquierdas, es que la evolución de la sicología social no es algo que se pueda proyectar en una hoja de cálculo.
El franquismo interviene en la mayoría de las cosas que hoy pensamos sobre nuestro pasado. Si a los españoles de hoy nos gusta coquetear con la Leyenda Negra, es decir comprar esa idea según la cual la España de hace siglos fue más violenta, más discrimatoria, más torturadora, más violadora que ninguna otra civilización dominante, es porque ello nos permite zaherir tiempos que el franquismo, al fin y al cabo ideológicamente de raíz joseantoniana, admiraba y quería repetir; ahí están las admoniciones eclesiales de la época, considerando a Franco Espada de Trento, que tiene melendrines, para demostrarlo. Si a los españoles nos gusta autoflagelarnos con lo malos malísimos que fuimos en América (a pesar del dato objetivo de que hoy en día quedan sobre el mundo muchos más quechuas o miskitos que navajos, arapahoes o pies negros) es por rechazo consueutudinario a la idea imperial, que fue el demiurgo del fascismo español, que en esto copiaba de Mussolini y sus delirios abisinios, y que luego, una vez que el franquismo dejó de ser fascista, mutó en aquella cosa tan rara de la exaltación de la raza (y digo rara porque si hay un pueblo en el mundo que es un escándalo genético, ésos somos nosotros; euskaldunes incluidos, por cierto).
El franquismo afecta, por supuesto, a la guerra civil y su interpretación. Le afecta, en primer lugar, en el hecho de que, al ligar GCE y franquismo estrechamente, se hace necesario que los antecedentes de la guerra no se demoren demasiado más tarde que el momento en que Franco accedió al generalato, que es el momento, se supone, en que pudo empezar a dar por culo. Las personas que saben cosas sobre la guerra civil, en este sentido, no suelen saber gran cosa sobre la Restauración, que aparece ante ellos como una marea histórica gris de la que nada o casi nada saben. Los conocimientos de la mayoría de personas no dedicadas a la Historia con la que he hablado, o cuyos mensajes he leído en foros históricos de internet, comienzan en el momento en el que el rey Alfonso XIII da un golpe de Estado (sic) para ocultar sus responsabilidades en el desastre de Annual.
Así las cosas, en apenas diez años esta España Año Cero que comienza en 1923 pasa de la mayor de las ignominias a la perfección angélica. La dictadura de Primo de Rivera es lo peor de lo peor (AF, o sea Antes de Franco, claro), mientras que la II República es la pera limonera; una especie de régimen político que trae a España todo lo que España se merecía para ser un país moderno: divorcio, derechos laborales, autonomías... El hecho, por otra parte innegable, de que el franquismo da carta de naturaleza a un oligopolio militar-político-financiero que domina el país durante décadas, lleva a considerar que dicho oligopolio ya existía durante la República, que decidió hacerse con el poder y que provocó el golpe de Estado del que hoy hace 75 años.
Esta es una visión, como digo, fuertemente influida por el franquismo. En realidad, toda ella es tributaria de la dictadura; sin la dictadura, es al menos mi convicción que la visión sería muy otra.
Cuando uno se lee libros de recuerdos directos de la guerra civil y de la posguerra, se encuentra con una realidad que no cuadra muy bien con lo antescrito. Los veteranos combatientes y políticos de la República odiaban a Franco, pero no le reservaban a él todas las culpas de lo acontecido. En realidad, esta teoría de que Franco y sus mariachis son los únicos responsables del estallido de la guerra civil no es una visión republicana; es una visión comunista. Lo que pasa es que, como el comunismo ganó claramente la batalla de la opinión pública en la segunda mitad del siglo XX, logrando cautivar a centenares, si no miles, de periodistas, escritores, pintores, escultores, actores, biólogos, geógrafos, físicos, químicos, sexadores de pollos, por supuesto historiadores e, incluso, diletantes varios, parece como que esa opinión es la opinión de todo el mundo, siendo, sin embargo, una opinión parcial. A la muerte de Diego Martínez Barrio, cuando en la República en el exilio había que elegir sucesor al frente de la misma, se hicieron todos los arabescos necesarios para impedir que Dolores Ibárruri, que era vicepresidenta del Congreso hace hoy 75 años, accediese a la magistratura. En puridad, yo no sé si la República en el exilio consumió, durante sus años de existencia no fantasmagórica, más esfuerzos en demostrar a las cancillerías occidentales que Franco era un cabrón, o que lo eran los comunistas.
La posguerra española, en el bando de los perdedores, es una inmensa rueda de prensa de Mourinho donde todos o casi todos, por turnos, van preguntando: ¿Por qué? Si las cosas fuesen tan fáciles como pretende la teoría historiográfica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, no habría por qué hacerse esa pregunta. Mientras el comunismo oficial, que escribió una historia oficial de la guerra civil en este sentido, no tenía problema alguno al interpretar los hechos, otros no lo veían tan claro. El pistoletazo de la salida lo da el malogrado Julián Zugazagoitia, que no era plenamente consciente de estar entonando su canto del cisne al escribir Guerra y vicisitudes de los españoles, pero que con dicho libro inaugura, de alguna manera, la era de los balances críticos sobre la guerra. Luego le sigue Indalecio Prieto son su continuado ejercicio de contricción revolucionaria a través de decenas de artículos escritos en la prensa latinoamericana, y otros muchos, prendidos por supuesto de su ideología. El extremo de este fenómeno es la memorabilia anarquista que, directamente y sin ambages, acusa al comunismo de haber perdido la guerra.
Con todo, eso que podríamos denominar republicanismo consciente, una fuente de material historiográfico que obviamente la historiografía simplificadora por la izquierda suele olvidar, tiene sus fallos. En términos generales, el republicanismo consciente ve con claridad los errores cometidos durante la guerra, pero es renuente a considerar los errores cometidos que generaron la guerra. Estos errores son muchos y se cometieron durante un periodo histórico en todo caso muy largo, que para unos comenzará antes (para los catalanes, por ejemplo, comienza ya en los inicios del siglo XVIII) y para otros después; pero, en todo caso, tiene que ver con el hecho de que la Historia de España, durante más de cien años, se basa en el enfrentamiento entre dos grandes visiones enfrentadas, entre las cuales media un ejército de raíz golpista y una monarquía torpe cuando no venal, que cada vez son más incompatibles entre sí.
La violencia ejercida en el contrario ideológico no es un fenómeno nuevo de la GCE; esto es algo que sostienen quienes, juzgando la Historia de España con dos de pipas, nunca se han acercado a los relatos de las guerras carlistas ni de la represión ejercida durante los periodos conservadores del siglo XIX, que están repletos de gente apaleada sin piedad o de mujeres mirando a Cuenca a punta de bayoneta. Los soldados cristinos y sus oponentes que bajaban la colina cantando el Oriamendi no eran ningunos santos. Aún así, el abrazo de Vergara fue posible; pero fracasó y, un siglo después, ya fue, simple y llanamente, imposible, hubiese redactado Juan Negrín 13 puntos, o 13.000.
El problema de la Historia de España no es el fracaso del franquismo, sino el hecho de que España, desde 1808, va, con escasísimas y cortísimas excepciones, de fracaso en fracaso; y, muy especialmente, comienza con la I República una serie específicamente desgraciada de errores en la que las dos grandes visiones del país, más el anexo nacionalista, descarrilan gravemente.
La I República despierta al progresismo español del suelo proudhoniano o roussoniano de que lo que es bueno de por sí, es bueno de por sí, así pues se implanta sin problemas ni traumas. Lejos de ello, cuando los republicanos toman la vieja España y la convierten de la noche a la mañana en una titi poligonera tope enrollada, a la pobre vieja se le saltan las costuras de la faja al segundo bakalao, y España va y se rompe. En el after hours de la Historia, una sociedad desesperada que concibe el progresismo como una vena varicosa se echa en brazos del canovismo, que es una ideología convencida de que puede regresar al pasado disfrazándolo de pitufo.
En la Restauración, de la mano de un tipo bastante estúpido y de nula sensibilidad política, amigo de las camarillas y del basto correveidile cortesano; un tipo llamado Alfonsito Ordeno y Mando, que hace el número en la Historia de España que rima con míramela a ver si me crece; de la mano de este tipo, digo, en la Restauración se incuban buena parte de los problemas que, en tal día como hoy de hace 75 años, se convertirán en sacos de balas. Los primeros discursos de Pablo Iglesias, en el siglo XIX, son de advertencia. Ojo, que si no me dais ficha para jugar yo también, al final no habrá parchís. Veinte o treinta años después, como los propietarios, los abogados y los honrados comerciantes siguen a lo suyo sobre el tablero, esa parte de España para la que se reserva un banquillo eterno se cansará, y ese cansancio tendrá dos expresiones: por un lado, la estrategia de conjunción socialista, que lo llevará al parlamento de la mano del republicanismo oficial; por otra, la estrategia Rambo, ejercida por los anarquistas, que directamente se echarán al monte a matar charlies.
Todos estos problemas, y otros muchos, van quedando eternamente aplazados por un sistema de monarquía constitucional a la remanguillé basada en el fraude electoral y en el turnismo de unas sensiblidades políticas que, lejos de representar a los españoles, representan únicamente a aquellas ideologías con las que monarquía y ejército se avienen a convivir. Hay un famoso discurso de Alfonso XIII en Córdoba, en las postrimerías del régimen, que lo resume mejor de lo que yo podría hacerlo ahora.
El izquierdismo, por su parte, también hace su travesía; mala travesía. Los republicanos o progresistas, fuertemente influidos por la conjunción electoral, cada vez se sentirán más identificados con los ideales revolucionarios y, a pesar de que a partir más o menos de 1921 ya tienen bastantes pruebas de a lo que conduce esta revolución de nuevo cuño, proseguirán en su línea de adjuntarse al obrerismo, quizá considerándolo una tabla de surf sobre la que se van a subir ellos para cabalgar la ola de la Histoira; sin darse cuenta de que eso mismo es lo que los marxistas piensan de ellos. Los socialistas, por su parte, contando como cuentan con ejemplos en Europa de corte socialdemócrata, optarán, de la mano de su líder histórico y, después, de la extraña conjunción entre un catedrático de Ética y un estuquista, por la vía revolucionaria. En la sesión que aprobó la Constitución del 31 el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, se marcó un discurso que fue, en términos generales, una larga alabanza del posibilismo laborista británico. Si Besteiro hubiese pensado en 1920 lo que pensaba en 1931, tal vez la Historia del PSOE habría sido otra. O tal vez no, porque Largo era muy ídem.
Los anarquistas, por su parte, hicieron lo que les pedía el cuerpo. Filosofía Clemente: patadón p'alante, y si hay que dar [Censored], se dan. Así les fue y así le ha ido a España, país que ha tenido, a mi modo de ver, dos grandes noticias en el pasado siglo, que son la muerte de Franco, y la desactivación de facto de la CNT.
En los cotolengos de derechas y de izquierdas, pues, los cabrones cada vez tenían más predicamento. Los partidarios de los cordones sanitarios, del Tinell anulador del contrario, del guerracivilismo, en una palabra, eran cada vez más, y más poderosos, en sus organizaciones. Los que pudieron atemperar estos fenómenos y colocarlos por carriles adecuados, los Gil-Robles, Alba, Azaña, Alcalá, prefirieron seducirse masturbatoriamente con todo aquello de bueno que veían en sus correligionarios ultramontanos o bolchevizantes y, hasta el minuto 89 del partido, vivieron convencidos de que podían controlarlos.
En medio de este pastiche de torpezas demagógicas, surgieron los nacionalismos y su visión aldeanamente limitada de las cosas, que les lleva a ser eternos reivindicadores de lo suyo. Desde el momento en que, con razón o sin ella, existiendo para ello basamento histórico o no existiendo, que esto es algo que en política poco importa, los nacionalismos comenzaron a protagonizar la vida política española, los temas se enfangaron todavía más.
España tenía de tiempo atrás un problema con su concepción de sí misma; un problema que provocó tres guerras civiles en el siglo XIX, que se dice pronto. En el primer tercio del siglo XX, sin embargo, este problema adquiere tintes mucho más elevados con la llegada de Cambó y su estrategia de interpenetrar el debate sobre España y el debate sobre las nacionalidades. Cambó y la Lliga Regionalista, basados en un extraordinario pragmatismo nacionalista («¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!»), convierten la política española en un orden del día con un último punto de ruegos y preguntas que, en la práctica, supone que, una vez que se ha cuadrado todo lo demás, hay que cuadrar la participación de los nacionalismos. Si el foralismo vasco es el gran tema que acompaña a la pelea entre progresistas y conservadores del siglo XIX, el enfrentamiento en el XX entre las dos Españas se ve acompañado por la eterna cuestión catalana; tan eterna que ahí sigue. En 1930, durante la reunión del Pacto de San Sebastián, los coloquios para diseñar la futura España republicana se consumen, en la mayor parte de su tiempo, discutiendo las reivindicaciones catalanas.
La Cataluña del siglo XX, y ya veremos si la del XXI, se asemeja a ese vecino silencioso que jamás acepta la presidencia de la comunidad, pero que, sin embargo, acude a todas las asambleas de la misma, bloqueando cada decisión importante porque, como se ocupa de recordar cada vez que lo hace, todavía no se ha solucionado lo de la humedad de su terraza. Paso adelante, bloqueo, paso atrás. Una actitud legítima desde el punto de vista del nacionalismo catalán y exasperante para el nacionalismo español. Por lo tanto, al vector de enfrentamiento social entre las dos españas se une otro vector secante, que es el enfrentamiento territorial. Léase el lector de estas notas los debates constitucionales del 31 en torno a la autonomía catalana, y comprobará que no hay nada nuevo bajo el sol de España; hace 75 años ya existía el concepto de balanza fiscal, y se discutía sobre él.
No olvidemos, en cualquier caso, que si el foralismo vasco (y en parte también el autonomismo catalán) provocaron, en cóctel con otras cosas, tres guerras civiles en el XIX, la reivindicación de los derechos de Cataluña ha provocado dos golpes de Estado: uno contrario, el de Sanjurjo del 32; y otro partidario, que es el de Companys en el 34.
Si llenamos una olla de errores y la ponemos al fuego que genera el contacto entre dichos errores, lo normal es que estalle. Esto es lo que pasó el 18 de julio de 1936 pero, curiosamente, nadie parece querer admitirlo en sus recuerdos y memorias. Así las cosas, el análisis de estos errores quedó, durante décadas, en manos de la historiografía franquista; la cual realizó dicho análisis de una forma parcial (analizó, exactamente, la mitad de los problemas) y exagerada, viendo errores donde no los hubo y olvidándose de que la incubación de una pelea suele comprometer a ambos boxeadores.
A mi modo de ver, no sirve de nada celebrar aniversarios si no es para centrar estas cositas. Celebrar aniversarios para darse un baño de gilipollez es estúpido, porque al fin y al cabo eso de ver los errores del de enfrente y ser extraordinariamente tenue con los propios es lo que hacemos los días de diario.
Chinos y japoneses deberán esperar, tal vez, a que haga cien, o doscientos años, de la invasión de Manchuria, para poder hablar de ello con reposo y equilibrio. Nosotros deberíamos hacerlo antes. Pero, la verdad, no soy muy optimista.
viernes, julio 15, 2011
Franco y el poder (7: el fascismo, en la cima)
miércoles, julio 13, 2011
Calvo Sotelo en Telemadrid
Desde mi punto de vista, el debate sirvió para confirmar dos cosas que no son nada positivas. La primera de ellas, que en esto de lo que podríamos llamar R+GC+F (República + Guerra Civil + Franquismo) sigue habiendo mucha gente que toca de oído. La segunda, que, 75 años después de los hechos, la historiografía sigue polarizada y sirviendo a precondiciones de todo tipo. La Historia de la Guerra Civil, tres cuartos de siglo después, sigue siendo una mierda que se enfanga en detalles que no son nimios, pero cuya discusión impide la profundización hacia temas más interesantes.
Los contendientes (porque así hay que formular las cosas en España cuando se debate cualquier cosa que tenga que ver con R+GC+F) estuvieron, cada uno, en su línea. A Alfonso Bullón y Luis Togores, del Instituto CEU de Estudios Históricos y autores del documental, les tocó defender su trabajo; morlaco que les fue fácil de torear teniendo en cuenta la blandura de los tornillazos que tiraba.
A Julio Aróstegui, historiador, le tocó el papel de juzgar el documental desde la técnica y el conocimiento histórico, cosa que hizo con pulcritud pero dejándose en el tintero los elementos a mi modo de ver más flojos de dicho documental (apuntados, sin embargo, por Antonio Elorza) y centrándose en los asuntos que menos cuadraban con su propia visión de la guerra civil y la defensa de su tesis principal sobre la misma.
Antonio Elorza hizo de embajador en el programa de la cosmovisión hecha decreto con la Ley de la Memoria Histórica. Cabreado desde el primer momento, según él porque pensaba que se iba a hablar de otra cosa en el programa, se encontró con que el tema era el asesinato de Calvo Sotelo, ergo, de alguna manera, la responsabilidad del PSOE en el mismo; tema que a todas luces no le gustaba y que le hizo exclamar al final del debate, en una salida de pata de banco que no venía a cuento y que le hizo, por cierto, flaco favor al citado, que al documental sólo le había faltado decir que «Rubalcaba iba en la camioneta» donde los asesinos de Calvo Sotelo se desplazaron a su domicilio. Esta nebulosidad de sus puntos de vista debilitó la crítica del documental, puesto que al menos yo saqué la conclusión de que era el que tenía las cosas más claras sobre sus puntos débiles. Pero se explicó mal y se enfangó en un asunto indefendible, tal cual es colocar el asesinato de Calvo Sotelo y el intento de asesinato de Jiménez de Asúa al mismo nivel.
Justino Sinova estaba allí para hablar, como Umbral, de su libro (sobre la prensa durante la II República) y, consecuentemente, hizo una intervención al respecto de escaso interés, porque no es la prensa, precisamente, el elemento más interesante de la ecuación de la preguerra civil.
Por último, Gabriel Albiac llegó al estudio de Telemadrid levitando y allí permaneció, a unos siete metros del suelo, durante todo el programa. Es probable que aún siga allí.
Digo que el documental salió vivo de la crítica porque en dichas críticas apenas se apuntó su gran punto débil. En el documental, Calvo Sotelo es presentado como un leal servidor de la dictadura de Primo de Rivera, perseguido por la República, líder en los últimos estertores de ésta de una heterogénea coalición de derechas. Un análisis, a mi modo de ver, demasiado superficial.
Calvo Sotelo, en primer lugar, era un político de convicciones democráticas más bien tenues. Por eso colaboró sin problemas con una dictadura. Era, además, un líder de derechas sin liderazgo, a causa (el documental lo dice) de su larga ausencia de España entre 1931 y 1934 pero, sobre todo, a causa del nacimiento de la CEDA de Gil Robles y la ocupación por parte de ésta del espectro de voto católico conservador, que es el voto de derechas español de toda la vida. La necesidad de buscar un espacio al sol de las derechas, escaso, le hizo radicalizar su discurso y coquetear con soluciones totalitarias. Esto es lo que hace que a su Bloque Nacional se una gente como Albiñana, que es presentado en el documental como «independiente», cuando el apelativo que mejor le cae, históricamente hablando, es el de primer fascista español.
El documental, por lo tanto, dejó intocado el asunto de por qué las izquierdas odiaban tanto a Calvo Sotelo. Por qué lo amenazaban de muerte en sede parlamentaria (por cierto: absurda la discusión que pretendió iniciar Aróstegui en torno al hecho de que la amenaza sólo fue una, la de Ángel Galarza. Primero, no fue la única; segundo, ¿y si lo fuera?); y por qué las izquierdas, a pesar de ser plenamente conscientes de que la muerte del diputado precipitaba la guerra civil, la festejaron. Ocurre a menudo en la Historia que cuando alguien muere fruto de la violencia política, la Historia se retrae de analizar las causas y motivaciones del asesinato, como si hacerlo supusiera justificarlo. Si esto le ocurre a los historiadores más de derechas con Calvo Sotelo, a los de izquierdas les pasa, por ejemplo, con Salvador Allende.
Como digo, este importante matiz, es decir la ideología y actuaciones totalitarias de Calvo Sotelo; el propio hecho de que el político orensano, sin ser centro ni pieza del golpe de Estado, algo sabía de los movimientos en los cuartos de banderas; los coqueteos retóricos con el fascismo realizados en sede parlamentaria, son todos elementos que no aparecieron en el documental ni en el debate; como decía, Elorza los esbozó pero Aróstegui, empeñado en sus propias embestidas, no le siguió.
Más allá, tomé nota de algunas cosas que tienen que ver con la forma simplista, tremendamente estereotipada, con que se enfrenta el problema de historiar, entender y analizar un periodo histórico como éste.
Julio Aróstegui, en este caso, creó el principal debate de la noche, que es un debate muy querido de la historiografía, digamos, progresista, del periodo R+GC+F. Según su teoría, el origen de la guerra civil hay que buscarlo en la intención de una serie de grupos de detener la labor democratizadora del Frente Popular. Teoría que, a mi modo de ver, olvida algunos elementos.
Olvida que el franquismo duró 40 años; lo cual, en sí, es una demostración de que el golpe de Estado del 36 fue realizado, apoyado o tolerado, no por «grupos», sino por masas enteras de españoles.
Olvida que no todos los integrantes del Frente Popular querían realizar una labor democratizadora. Es más: no son pocos los que piensan que las fuerzas democratizantes en el FP eran minoritarias, puesto que, aún sin tener en cuenta a la CNT-FAI, la suma del POUM, el PC y el PSOE caballerista (que no puede afirmar su voluntad democratizadora después de haber dado en 1934 un golpe de Estado para implantar en España la dictadura del proletariado) podría entenderse superaba a la suma de las izquierdas burguesas, el PSOE besteirista y el prietista; sobre todo en la calle.
En todo caso, esta teoría precisa de la desactivación del asesinato de Calvo Sotelo como elemento actuante en el estallido del golpe. Considerar que el asesinato influyó en la producción del golpe de Estado equivale a admitir que, en fecha tan tardía como el 13 de julio, el golpe de Estado era evitable; y esto no cuadra con la teoría de que estaba montado de antiguo, incluso antes, tal es la tesis de Aróstegui, de la victoria del frente popular.
Éste, a mi modo de ver, es un debate ajado e inútil; lo cual quiere decir que el programa se acabó enfangando en un debate ajado e inútil. Yo creo que para cualquier persona medianamente cultivada en los hechos de la República y la Guerra Civil y que no los analice redactando el fallo antes que los fundamentos de Derecho (cosa que siempre tengo la sensación de que hacen muchos; la mayoría, incluso) están claros dos hechos: uno, que el asesinato de Calvo Sotelo no genera un proceso ex novo de realización de un golpe de Estado. Otro, que no es un hecho inocuo para la producción, el 17 de julio, de la sublevación de Melilla.
Lo que pasa es que, a mi modo de ver, los «defensores» de la importancia del asesinato para la guerra, el dúo Bullón-Togores, no estuvieron muy finos defendiendo su tesis. En mi opinión, el principal modo de desmentir la versión de cierta historiografía, representada por Aróstegui en el debate, es afirmar que lo que hizo el asesinato de Calvo Sotelo no fue generar el golpismo, sino colocarlo más allá de la masa crítica de partidarios teóricamente necesaria para triunfar (teóricamente porque el golpe, de hecho, fracasó). Esto es: matar a Calvo Sotelo tuvo la consecuencia de que, a partir de ese hecho, y sobre todo tras el entierro, los golpistas tuviesen la sensación de que, una vez que se alzasen, la gente en la calle les recibiría con los brazos abiertos como los garantes del orden que demandaban.
¿En enero había ya militares conspirando? Por supuesto. Y, antes de enero, conversaciones en Roma para ganar a Mussolini para el golpismo monárquico. El golpismo antirrepublicano comienza el día que las clases propietarias, agrarias o industriales, se dan cuenta de que la República no les va a aportar nada; nómina de indignados a la que rápidamente se unió la Iglesia (y estuvo aquí hábil Bullón recordándole a Aróstegui que estaba intentando minimizar las quemas de iglesias como factor de la ecuación golpista) y, poco a poco, el ejército.
Porque el hecho de que ya exista golpismo antes del Frente Popular no quiere decir que ese golpismo fuese viable. De hecho, esto es algo que Franco le confesó a Portela cuando le instó a poner orden en el país tras las votaciones del 16 de febrero del 36, y Portela le espetó, de gallego a gallego, que mejor que lo hiciese el ejército. Por Franco, pues, sabemos que en febrero del 36 los militares que, aceptemos la versión arosteguiana, querían acabar con la labor democratizadora del Frente Popular (que, por cierto, ¿cómo se puede querer frenar la labor de alguien que todavía no gobierna?), sabían bien que carecían de músculo social para dar un golpe de Estado. Pero el 17 de julio sí tenían la sensación de tenerlo. Y sostener que el asesinato de Calvo Sotelo no tiene algo que ver con eso es, en mi modesta, de aurora boreal historiográfica.
Otra cosa que eché de menos en el documental fue el golpe del 34, luego citado en el debate como de pasada. A veces me da la impresión de que los historiadores españoles tenían todos gripe el día que en la carrera se explicó el golpe del 34, porque pasan por él sin romperlo ni mancharlo, cuando es el gran elemento que anima el debate sociopolítico del 36. Casi todo lo que hacen las izquierdas en el 36 tiene por frontispicio el golpe del 34; y la violencia obrerista del último año de la República se justifica, a sus ojos, como respuesta de equilibrio ante la violencia ejercida por el gobierno de las derechas al reprimir el golpe del 34. El odio a Calvo Sotelo tiene mucho que ver con las cosas que decía sobre aquella asonada revolucionaria y sobre la actitud de las izquierdas hacia ella. Pero en el documental, como digo, el golpe ni se cita.
Más allá, algunos de los argumentos habituales de la historiografía más de izquierdas.
Primer argumento: aquella violencia era normal en el marco de una Europa en la que todos andaban a tiros unos con otros (Elorza). Según y cómo. Esta teoría genera una especie de fatalismo sociohistórico en el que al menos yo no creo; en realidad, si analizamos el mundo de entreguerras, descubriremos que eran mucho más los países que no se dieron de leches que los que sí. La postura contraria es fuertemente eurocéntrica.
Y es que la Europa de los años treinta era el escenario de una serie de estrategias muy concretas; estrategias de las que sus animadores y ejecutantes son históricamente responsables. Esos tiros se pegaban por la acción de una serie de movimientos de agitación, fascistas en las derechas y comunistas (o sea, fascistas de izquierda) al otro lado. Los comunistas seguían instrucciones muy concretas de la Internacional, que están sobradamente documentadas y que le permitieron a Elorza decir, según mis notas, que el PC no era un partido revolucionario. Supongo que se refería a que el comunismo, en aquel entonces, obedecía a la orden de Moscú de colaborar con los partidos burgueses. Pero que lo hacía para darles un hachazo final también es obvio. Además, decir que no era revolucionaria una formación que apoyó el golpe del 34, que fue revolucionario, no sé muy bien cómo se come: ¿PRTP (Partido Revolucionario a Tiempo Parcial)?.
Segundo argumento: el asesinato de Calvo Sotelo no tiene demasiado de inusual en el marco de la violencia del 36. En este terreno, de nuevo Elorza sacó a relucir varias veces el caso del penalista socialista Jiménez de Asúa, también diputado, ponente de la Constitución del 31 y abogado defensor de las malas bestias de Castilblanco. A don Luis, efectivamente, lo intentaron matar unos falangistas en la calle Goya disparándole desde un coche (que, mira que hay que ser mindundi, se les gripó unas calles más abajo). Se cargaron a su guardaespaldas, pero Asúa salió vivo.
Una vez, y otra, y otra, y otra, y las que te rondaré, morena, cierta historiografía lleva décadas empeñada en no entender una diferencia esencial: si una persona es asesinada por la ETA, está mal; pero si sus asesinos son miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado; si son policías y guardias civiles, que, además, para poder asesinar a la víctima se escudan en el hecho de estar realizando una detención oficial, la cosa es mucho, mucho, muchísimo más grave.
Un asesinato por terroristas genera la duda sobre la protección efectiva que las fuerzas del orden. Un asesinato por miembros de las fuerzas del orden genera dudas sobre el orden en sí. No entender esto, evidentemente, es no entender la importancia del asesinato de Calvo Sotelo. Es natural que las personas que no comprenden este elemento miren sin comprender cuando se les dice que el cadáver del político gallego alimentó la convicción de media España de que estaba más segura alzada en armas que en casa jugando al julepe.
El tercer gran elemento del argumentario que se vio en el debate fue el intento de aislar, como en compartimentos estancos, el atentado contra Calvo Sotelo y el PSOE. Esto es algo, ya lo hemos dicho muchas veces, que es sempiterno en la historiografía de izquierdas, y las propias memorias de los republicanos de dicha ideología. Todo lo malo hecho por el bando republicano, desde el propio asesinato de Calvo hasta las matanzas de la Modelo de Madrid o los fusilamientos de obispos, fue siempre obra de incontrolados. La memorabilia republicana divide a sus propios partidarios, por lo tanto, en controlados, que son los republicanos buenos que estaban realizando esa labor democratizadora contra la cual se alzaron los militares; e incontrolados, que son unos tipos chulos, violentos, revolucionarios, de cuyos desmanes nadie responde; ni siquiera los gobiernos que se los permitían, formados por controlados.
De una forma torpe, se intentó contestar el argumentario del documental, que dice sin decir (la verdad, no sé por qué esos melindres; lo que es, es) que el PSOE, si no estuvo en la organización del atentado, conoció sus autores y los encubrió. Lo primero es algo que no se ha demostrado nunca ni se desmostrará, entre otras cosas porque la anécdota del cambio de escolta de Calvo Sotelo es mucho más confusa de como la cuenta el documental. Lo segundo está fuera de toda duda. Tanto Zugazagoitia como Prieto, y esto como mínimo, sabían perfectamente quiénes habían matado a Calvo Sotelo apenas horas después de producido el asesinato. Y se callaron. Esto es algo, y aquí sí que tuvo razón el profesor Bullón al comentarlo, que no está sujeto a interpretación o mayores confirmaciones; es algo confesado por ambos protagonistas.
La historiografía, de ambos bandos, nunca ha valorado suficientemente, a mi modo de ver, la importancia de este factor. Los dos grandes sentimientos que, es mi opinión, animaron a media España a volverse golpista, empiezan por i. Uno es, ya lo hemos dicho, la inseguridad: en un país en el que la policía se llevaba aforados en una camioneta y les descerrajaba la nuca, nadie estaba a salvo. Pero el otro es la impunidad. Siempre he pensado, y sigo pensando, que el gran error sectario de Casares Quiroga en el 36 fue permitir que un tipo que había ametrallado a unos manifestantes y disparado a quemarropa en el pecho de un joven, el teniente José Castillo, anduviese tan tranquilo por la calle, sin causa formada, expediente ni mínima sanción. La inseguridad es un sentimiento jodido; pero la impunidad, o si se prefiere la impotencia ante la impunidad, es un sentimiento estragante, que pone de muy mala hostia. El tipo que se siente inseguro quizá huye; el que, además, tiene sensación de impunidad en su contrario, no huye; se queda y pelea, aunque sea a mordiscos.
Como quizá, espero, se ha podido ver en los párrafos de este comentario, el debate histórico fue, más bien, un debate histérico, centrado en aspectos menores del problema, matices incomprobables (como la exégesis de por qué Azaña entrecomilló el sintagma «Frente Popular» en una carta a Cipirano Rivas, que es algo que pudo hacer por varias razones distintas) y elementos muy relacionados con la polémica política presente. Hubo, incluso, quien se quejó de que se sacara este tema ahora con la que está cayendo; olvidando, elegantemente, que la que está cayendo ahora, en este tema, es fruto de la invención de la Memoria Histórica, esto es, es el fruto de un proceso iniciado por quienes ahora, parece, lo quieren parar. En el paroxismo de centrarse en detalles estúpidos se llegó a criticar que el documental hubiese utilizado un corte de una «película fascista» sobre el Alcázar; cuando la citada escena no hace sino reproducir, coma a coma, las actas de las Cortes.
Como consecuencia de un debate de tal mala calidad, hubo elementos cruciales de la polémica histórica que quedaron ignotos. Citaré, porque me parecen los más importantes, la personalidad de los asesinos, tanto Condés como Cuenca y el guardia José del Rey. La entrevista previa con Alonso Mallol, que es de todo punto irregular por participar en ella Condés (que no era guardia de asalto) y más aún Cuenca, que era panadero. Un documental relativamente largo y un debate de hora y media no hicieron el menor esfuerzo por esbozar la mínima hipótesis, o ramillete de hipótesis, sobre quién, cuándo, cómo y por qué decidió matar a José Calvo Sotelo.
Un ejemplo, pues, triste, de lo inmadura, sectarizada y, al fin y a la postre, tuerta, por decirlo elegantemente, que está nuestra historiografía de la República, la Guerra Civil y el Franquismo.
jueves, julio 07, 2011
De salarios reales
El gráfico que sigue es la expresión de la evolución de los salarios reales (esto es, descontada la inflación) en el periodo considerado. De alguna manera, por lo tanto, este gráfico «dibuja» la evolución del poder adquisitivo de los salarios del trabajador español medio por cuenta ajena.

Bueno, este gráfico, supongo, responde a una cuestión que tal vez alguien se haya hecho una vez, y es la referente a la evolución del nivel de vida del español medio. Si por nivel de vida entendemos capacidad de compra, podemos entender que el español, o trabajador, español medio del año 2009 quintuplica en nivel de vida al de 1920. Viéndolo en términos históricos, pues, una explicación de por qué en los años veinte existían el pistolerismo, las ideologías revolucionarias y la lucha de clases en una intensidad distinta a la actual, ello tiene que ver con que los trabajadores eran cinco veces más pobres que sus homólogos del tiempo presente.
En el gráfico se aprecia perfectamente, por otra parte, el impacto que supuso la llegada de la II República que, como sabemos, actuó en el terreno de los salarios, sobre todo de los rurales, a través de la famosa Ley de Términos Municipales, que en no pocos lugares del sur de España multiplicó los jornales por dos. La citada ley impedía que los contratadores (o sea, los terratenientes; porque esa dinámica retórica de decir que se hacían leyes contra los ricos ya se daba entonces, mucho más incluso) pudiesen especular a la baja con los jornales que ofrecían a los eventuales del campo amenazándolos con irse a otro pueblo a buscar gente más necesitada que ellos. En suma, un empleador de Bollullos de Abajo no podía ir a Bollullos de Arriba a buscar jornaleros mientras quedase un solo parado en la plaza de su pueblo. A esta ley, llena de buenas intenciones, le pasó lo que a muchas otras normas bienintencionadas, y es que fue agarrada por las hojas por algunos, más concretamente los sindicatos; los cuales, en muchos lugares, la convirtieron, en la práctica, en una Ley de Términos Municipales y Afiliación Sindical; esto es, no sólo has de contratar a los del pueblo, sino, con prevalencia, a los afiliados al sindicato fuerte de la comarca.
El poder adquisitivo de los salarios cae dramáticamente al iniciarse la pavorosa década de los cuarenta, es decir los años de las privaciones, las cartillas de racionamiento, la autarquía y los errores. A España, ser fascista le sentó de pena, y los trabajadores españoles pagaron la autarquía franquista con veinte años de comida de mocos, durante los cuales hubieron de vivir con el mismo nivel de vida que habían tenido veinte, treinta o cuarenta años antes; o sea, como si hoy tuviésemos que vivir como vivíamos en 1971.
El gran momento de la recuperación de los salarios reales se produce durante la famosa, por muchas causas, década de los sesenta; que aquí lo es, fundamentalmente, por dos fenómenos: los planes de desarrollo, que impulsan la economía no agrícola a cotas hasta entonces inimaginables; y la emigración masiva, sobre todo hacia una Europa que va también como un tiro, que eliminó de la economía española el fenómeno del paro obrero masivo; España no tenía parados porque los parados, en España, se iban a Alemania, como el pariente aquél con el que hablaba Josele por teléfono en su famoso sketch Vente p'España, tío.
La gráfica explica perfectamente el baby boom. Es lógico que los trabajadores jóvenes de los años sesenta hiciesen caso de la máxima católica -hijos, los que Dios te de-, puesto que estaban en un entorno histórico de ganancia de poder adquisitivo; los años en los que llegó la capacidad de comprarse la tele, el coche, las vacaciones en la costa de Tarragona, y esa gitana de porcelana que compró tu padre en Málaga y que tú todavía tienes en tu salón, no sabes muy bien por qué dado que es de dudoso gusto. Aquello no se volvió a repetir ni, probablemente, se repetirá. Y es una lástima, porque, en realidad, al menos en mi opinión, es una tontería discutir sobre políticas de apoyo a la familia. La mejor política de natalidad es empinar esta gráfica.
Hasta que se murió, en 1975, Franco le repetía en los consejos a sus ministros económicos la misma cantinela cada vez que le contaban lo mal que estaba la cosa: ya, pero no suban la gasolina. Desde 1973 había una crisis de mil demonios pero el franquismo, cuya economía tenía multitud de precios sometidos a decisión pública (el teléfono, la gasolina, etc.), consideraba que había que mantener la baratura del carburante y que así se le evitarían males mayores a la gente corriente. Franco, pues, tuvo una grave laguna teórica, consistente en pensar que una crisis económica se puede superar a base de hacer como que no está ahí, y así nos fue.
Aquello era algo lógico del carácter militar de nuestro caudillo. En la monumental Historia de los Forrenta Años, de Forges, hay una viñeta impagable en la que se ve a Franco estudiando los planos de un Valle de los Caídos en construcción, rodeado de arquitectos falangistas que sudan la gota gorda. Uno le musita: «Excelencia, dicen los ingenieros que el terreno no tiene consistencia». Y Franco, sin despegar los ojos del plano, contesta: «Díganle a la consistencia ésa que venga». Igual que se creía con capacidad de darle órdenes a la consistencia del terreno, también la creía tener para darle órdenes al precio de la gasolina.
La consecuencia, en términos de salarios, es que a partir de 1976, cuando la cosa cambia, el ritmo de ganancia de poder adquisitivo se frena. No se para, desde luego, y esto es algo que es atribuible a los Pactos de la Moncloa, primero, y a la política realista practicada por los primeros gobiernos socialistas, después. El crecimiento de los salarios se frena aún más en los años noventa, a pesar de que son años expansivos; y, en lo que se refiere a la presente crisis, puesto que es presente, la serie carece de datos que permitan juzgar adecuadamente la cosa.
He hecho el ejercicio de simular carreras salariales continuadas de 30 años, para ver cuál es la ganancia de poder adquisitivo en cada una. Luego las he ordenado de mayor a menor. El resultado es que el chollo total de ganancia de poder adquisitivo del siglo XX en España es la carrera laboral 1952-1982. El pollo o gallina que curró esos años obtuvo, en términos medios, un nivel de vida en el año de Naranjito que era 3,87 veces el del primer año que curró; seguido muy de cerca por la carrera 1951-1891, con un multiplicador de 3,81, y la carrera 1960-1990 (3,71).
El cagao maravillao de la serie es el español que comenzó a trabajar en 1934 y terminó en 1964, pues lo hizo, según los datos, con un nivel de vida que era, mutatis mutandis, la mitad de cuando era joven (y el modelo no tiene en cuenta, además, que se retiró prácticamente sin derechos de pensión).
En el largo plazo, las volatilidades de las dos magnitudes básicas (aumento de salarios y aumento de precios) son bastante parejas. La desviación estándar de la serie 1920-2009 de incrementos salariales es 0,0864, mientras que la de los precios es 0,0733.
miércoles, julio 06, 2011
Franco y el poder (6: the caudillo goes fascist)
lunes, julio 04, 2011
Sobre la(s) crisis económica(s)
Más importante me parece reflexionar, un poco más a fondo, sobre las crisis económicas y su producción, ahora que estamos en medio de una de las gordas. En parte estas líneas tienen la intención, no la escondo, de colocarle un grano en el lacrimal a Tiburcio, pero también, de alguna manera, van más allá de lo que él ha escrito y tratar de ir hacia una visión histórica más general. A ver si lo consigo.
Mi primera proposición: yo no soy partidario, en el mundo moderno y concibiendo la expresión como la civilización occidental al menos desde 1750, de afirmaciones del tipo: «la crisis económica fue provocada por los Bla», siendo bla un colectivo finito de humanos distinto de los gobernantes. En realidad, ya me gustaría a mí poder creer que los banqueros, o la Mesta, o los catalanes, o los indignados, son capaces de crear una crisis sismética, esto es una crisis susceptible de arrastrar incluso a quien no tiene condiciones para entrar en crisis. Lamentablemente, al menos yo, no puedo.
Sé que la visión de un mundo dominado por un estrecho grupo de personas reunidas en un sótano es muy atractiva; hay incluso quien se ha forrado escribiendo libros que más o menos abonan esa tesis. Lo cierto es que el mundo moderno está formado por una multiplicidad de puntos de decisión que dificulta mucho esa concordancia, incluso si existiese; que yo, sinceramente, si no me creía las historias de Hitler sobre la conspiración mundial judía, si no me creía las de Franco sobre la masonería como fuerza internacional supragubernamental, no veo por qué me voy a creer que la cuna del mundo sea mecida por la mano del Club Chorranberg o de los pérfidos banqueros. Montar una crisis económica es algo tan difícil que ni siquiera las catástrofes lo consiguen. En agosto de 1983, el 8%, repetimos, el 8% del PIB del País Vasco desapareció en menos de una semana. Chao, finito, kaput. La patria de Sabino Arana valía un día 100, y una semana después 92. La diferencia se fue por el desagüe de una cosa que entonces se llamó gota fría. Seis meses, un año, dos años más tarde, que yo sepa, los pobres, famélicos niños euskaldunes no iban por la calle mendigando un mendrugo de pan, y sus padres no sesteaban en kilométricas colas de desempleo (al menos no más largas que las del resto de España, o de Europa). Como digo, una crisis no es tan fácil de montar.
Me cuesta entender este asunto de los banqueros, en primer lugar, por la cantidad de pasta que han perdido. Entiendo que las noticias que medren en los periódicos e internet sean aquéllas de los ejecutivos financieros que han conservado y aún incrementado sus sueldazos; pero eso no puede esconder el hecho de que hay países donde los banqueros privados han sido arrasados casi al completo (Irlanda, por ejemplo) y se han quedado sin bonus, o sin trabajo. No se acaba de entender que alguien monte un momio para quedarse con el culo al aire. De donde cabe deducir que, quizás, haya más cosas.
Una cosa que no veo que se destaque lo suficiente de la crisis del 2008 y de 1929 es que ambas son crisis de sobreproducción. La del 29 más industrial con remate en el sector financiera, la del 2008 financiera con remate en el sistema productivo. Pero en ambos casos se produce un recalentamiento económico que es el que provoca las prácticas que llevan a la crisis.
Veamos. El negocio bancario, dice un viejo aforismo sajón, es un 2-3-3: capta dinero al 2, préstalo al 3, y a las 3 vete a jugar al golf. Esto es lo que se denomina margen financiero y es el teórico centro del negocio del crédito; no se diferencia gran cosa del dueño del bar que paga tres céntimos por una taza de café por la que cobra un euro diez (práctica que, por cierto, por alguna razón mucha gente considera más ética que la del banquero), sólo que en este caso la materia del negocio es el propio dinero.
Los bancos captan pasivo, y lo captan retribuyéndolo porque el pasivo también tiene su ley de la oferta y de la demanda. Una vez que han captado pasivo, no ganan nada reteniendo ese dinero en sus cajas; tienen que ponerlo a trabajar para que gane tanto dinero como el necesario para pagar los intereses comprometidos, y algo más. Un banquero, por lo tanto, no gana nada teniendo un pasivo de la leche junto con un activo negligible. En este caso, lo más probable es que sus accionistas lo reputen de gilipollas.
El negocio bancario se asemeja al gesto que hace Iniesta en el anuncio de Kalise: vamos, tiki-taka, tiki-taka. El dinero tiene que moverse. Y tiene que moverse, además, en condiciones de liquidez. Porque si suponemos un banco que ha captado 1.000 euros prometiendo el 3% anual y luego va y presta esos 1.000 euros comprando un bono cupón cero a siete años, es evidente que hay un problema: al final del primer año, el depositario de los 1.000 euros exigirá sus 30 de intereses, pero el banco, como no va a cobrar hasta seis años más tarde, no tendrá con qué pagarle.
De aquí podemos sacar una conclusión lógica: si el dinero tiene que moverse, si una mano presta lo que la otra capta, cuando más dinero capte el sistema bancario, más créditos dará. Porque si no los da, entonces está concentrando en sí mismo las pérdidas del sistema. Es su cuenta de resultados, que capta pero no presta, la que presentará pérdidas.
Este efecto ha sido descubierto desde hace décadas, en puridad más de cien años, por los bancos centrales. Teóricamente, los bancos centrales están ahí para vigilar la solvencia de las entidades financieras. Solvencia quiere decir que la entidad tiene (o va a generar en el futuro) recursos suficientes para responder por todo lo que ha prometido. En la práctica, sin embargo, los bancos centrales, y muy especialmente desde que Milton Friedman escribió sus libros, existen también como instrumentos de política económica. Los bancos centrales pueden controlar, más o menos, la masa monetaria; la cantidad de dinero que hay en el sistema. También pueden controlar lo que los bancos hacen o no hacen. Por lo tanto, pueden controlar la temperatura de la olla llamada economía. Si concebimos la economía como un metrónomo de ésos que usan los estudiantes de música, el banco central tiene la capacidad de establecer la cadencia con la que va a sonar dicho metrónomo.
Los economistas, y los políticos, y por supuesto los gobernadores de los bancos centrales, saben desde hace mucho tiempo, otra vez cien años como poco, que lo importante de la economía son los fundamentals y los equilibrios. Que, en el fondo, son la misma cosa. Una economía sana correlaciona sus grandes elementos de una forma sana. Conseguir mucho crecimiento con mucha inflación es relativamente sencillo. Es lo que ha hecho Islandia durante décadas, sin ir más lejos, y es por eso que en los años en los que en toda Europa había parados a tutiplén en Islandia no había paro, pero había inflación de dos dígitos. También es relativamente fácil controlar los precios sin crecimiento; las economías centralizadas lo hicieron durante décadas, eso sí, a base de tumbar su competitividad por los suelos y generarle a sus ciudadanos un nivel de vida subsahariano. Lo jodido es crecer, generar empleo, tener una inflación baja, y poder financiar todo eso con dinero básicamente propio.
Toda economía se asemeja, pues, a un anciano que sufre diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia y fibrilación auricular ( o sea: la economía es mi madre) y todas esas dolencias las trata. A base de insulina, inhibidores de la angiotensina, sinvastatina y sintrón, el anciano tiene calidad de vida; tiene, incluso, la sensación de que cada año está mejor. No obstante, es ineluctable que, algún día, alguno de estos cuatro fundamentos de su salud se descojone; y, además, ese descojone suele correlacionar con algún otro que también comienza a dar problemas.
La economía mundial que salió de la primera guerra del golfo era ese anciano; lo que pasa es que el subidón de autoestima que le provocó la bajada del petróleo le hizo creer que no sólo se sentía bien, sino que se iba a sentir cada vez mejor. Tuvo una recaída breve pero muy grave en el 92, pero no le hizo ni puto caso. Lo mismo ocurrió, por cierto, en la Europa y los EEUU de entreguerras, embarcados en una razzia expansiva hija del concepto de que el mundo había cambiado, que no habría más guerras, que Versalles lo había dejado todo tied, and definitively tied, y que el mundo entraba en una fase de movimiento uniformemente acelerado.
Los años noventa animaron a los gurús del momento, no pocos de ellos asesores gubernalmentales, a anunciar el fin de la Historia a lo Fukuyama y a sostener que el crecimiento continuado era posible. Esto se postuló, por ejemplo, de los precios inmobiliarios, que jamás descenderían ya. En este entorno, los gobernantes vieron el cielo abierto. Para ellos, la novedad era ambrosía.
Entiéndase. Ningún gobernante quiere gestionar entornos a la baja. Tienes que parar carreteras que otros comenzaron a construir. Tienes que negarle a la gente cosas que otros les prometieron. El nuevo entorno económico fue abrazado, primero que por nadie más, por los gobernantes, porque les ponía un piso. Les permitía pensar en su oficio como un eterno ofrecer más que el anterior. Al fin y al cabo, la paga con la que un gobernante ofrece cosas es un determinado porcentaje del PIB; si el PIB cada vez es más grande, el porcentaje también lo será, luego la capacidad de comprar cosas para el pueblo también será más grande.
Una cosa que me sorprende no se destaque lo suficiente, en este punto, es que la crisis de las hipotecas subprime nace de una decisión del Congreso de los Estados Unidos, animada por el presidente Clinton, que obligaba a las dos entidades hipotecarias semipúblicas, Freddy Mac y Fanny Mae, a que concediesen el 55% de sus préstamos a personas cuyos ingresos estuviesen por debajo del ingreso mediano americano. Dicho de otra forma: ¿cómo podemos ahora reprochar a los banqueros que prestasen dineros a personas con alto riesgo de insolvencia, si los gobiernos poco menos que se lo estaban pidiendo (cuando no obligando)?
¿Por qué hacían eso los gobiernos? Pues, sencillo: para cebar la máquina de la expansión. En Brasil, cada año, centenares de miles de ciudadanos abandonan la pobreza e ingresan en las clases medias. Este tipo de política practicada por Lula (afortunadamente para él, con mayor mesura y planificación que en otros lugares) es el tipo de política que se ha generalizado en las casas blancas del mundo en los últimos veinte años. Los españoles no somos ajenos a eso; ¿acaso todas las prestaciones que hemos visto incluirse en el catálogo de pagadas por la sanidad pública pueden considerarse imprescindibles para la salud? No. Pero ganan votos. Si los políticos se rigiesen por el bien común, gastarían el dinero teóricamente sobrante de la sanidad pública en habilitar plazas para enfermos psiquiátricos; lo que da votos, sin embargo, es financiar operaciones de cambio de sexo. Desde cualquier punto de vista, es inmoral prestarle un solo euro a alguien que quiere ser mujer, por mucha angustia que le provoque ser tío, mientras haya una sola familia en España pasando las noches acojonada temiendo que su joven hijo esquizofrénico se brote, saque el cuchillo jamonero y se los pase a todos, uno a uno, por la piedra.
«¡Más madera, es la guerra!», gritaba Groucho Marx. Los modernos grouchos están en los consejos de ministros y gritan: «¡Más masa monetaria, es la expansióooon!» Cada vez más crecimiento. Cada vez más rentas, más consumo. Cada vez más dinero. O sea, cada vez más pasivo bancario. Ergo activo; hay que prestar. Hasta llegar a un punto que se prestaba sin tasa y sin garantía. Cuando los banqueros se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, y éste es el punto en el que converjo con Tiburcio, titulizaron la mierda para esconderla. Pero la mierda, al final, huele.
Lamento opinar que los libros de Historia Económica del siglo XXII harán poco hincapié en la titulización de hipotecas subprime y la culpa de los consejos de administración de los bancos. Esos manuales, muy al contrario, hablarán de las estrategias de recalentamiento sin red, amasadas por los bancos centrales, por ejemplo en Alemania, donde el Bundesbank sabía muy bien cuáles iban a ser las consecuencias del cambio 1:1 entre marcos del Este y del Oeste dictada por Helmut Kohl, pero le dio igual; porque en ese momento, ni la inflación interna ni la estabilidad monetaria le importaba un guaino, todo lo que le importaba es que el Jefe se hinchase a conseguir votos en aquellas tierras donde la gente se había acostado proletaria y se había levantado clase media, sin solución de continuidad.
Lo dicho: el poder sobre el bien común en su vertiente financiera, es decir los bancos centrales, sabe medir la temperatura de la olla, y tiene la capacidad de regularla. No puede mirar ahora la olla reventada con ojos de tontuelo, simulando que no logra entender lo que ha pasado. Somos hijos de la convicción de los gobernantes de que ya nunca jamás le tendrían que prometer a sus ciudadanos sangre, sudor y lágrimas.
Y lo realmente, realmente, realmente preocupante de la presente crisis económica, a mi modo de ver, es que lo siguen pensando.
domingo, julio 03, 2011
El siglo (Tiburcio ataca de nuevo)
-------
Me gusta cómo escribe JdJ hasta cuando se equivoca, como ocurre cada vez que me rebate.
A nivel geopolítico los próximos años estarán marcados por la crisis sistémica en la que estamos entrando. Crisis sistémica es como llaman los enterados a una crisis del carajo. En mi opinión los elementos principales de esta crisis serán:
+ La crisis económica: sólo conozco a dos tipos de personas que afirman que la crisis económica que empezó en 2007 se ha terminado: los políticos, que no saben cómo salir de ésta, pero tampoco quieren alarmar a los votantes, y los periodistas de The Wall Street Journal”porque a Murdoch y a unos cuantos más les ha ido muy bien en estos años.
Resumiendo un poco las cosas. La crisis de las hipotecas basura norteamericanas se extendió a medio planeta porque los maestros en ingeniería financiera (que solían ser llamados estafadores, antes de que el neoliberalismo económico triunfase) habían ideado métodos para diversificar riesgos que lo que hicieron fue aumentarlos. La idea base es que si creo un producto que englobe hipotecas malas, regulares y buenas, por arte de birlibirloque consigo que las hipotecas malas se contagien de la bondad de las hipotecas buenas. En la práctica lo que ocurría es que eran productos tan complicados que el comprador no tenía ni idea de lo que realmente estaba comprando. Esos productos al final funcionaron como células cancerosas, que transmitieron el cáncer del mercado hipotecario norteamericano al sistema financiero de medio mundo.
En la segunda mitad de 2008 el sistema financiero occidental estuvo a punto de irse al carajo y sus banqueros de irse a la cárcel. Lo segundo era menos lamentable que lo primero. Se sabía que había mucha deuda incobrable en el sistema, pero los nuevos productos financieros habían enturbiando tanto las aguas, que nadie sabía quién la tenía. Los Estados resolvieron la situación inyectando dinero a los bancos. Nos salvamos del peligro de la quiebra del sistema financiero para caer en el abismo de la deuda de los Estados. En otras palabras: el contribuyente corrió con la factura de los banqueros, que no habían sido diligentes en los años anteriores y habían permitido que todo esto ocurriera.
La situación a la que hemos llegado en 2011 es jodida. Los Estados occidentales tienen unas deudas elevadísimas, lo que hace que la tradicional receta keynesiana de inyectar dinero en la economía vía gasto público no sea aplicable. Si la economía se tiene que recuperar, tendrá que hacerlo por sus propios esfuerzos (demanda interna), porque por la vía del gasto público o por la del comercio exterior (cuando la mitad de tus clientes lo están pasando igual de mal que tú) no podrá. Ahora bien, en un contexto de elevadas tasas de paro, bajada de los salarios y recorte de los beneficios sociales, ¿quién se va a poner a consumir?
Los capitales especulativos que tanto tuvieron que ver con la burbuja inmobiliaria de la primera década del siglo, andan a la búsqueda de nuevas burbujas. Lo de tener rentabilidades del 0’25% (tipo de interés del Fed norteamericano) no mola cuando la inflación es del 3’6% y te acostumbraste a beneficios del 15% durante los años del boom inmobiliario. Desde que reventó la burbuja inmobiliaria en EEUU y Europa ha habido subidas sospechosísimas de precios en: los alimentos, el petróleo, el oro, los bienes inmuebles en Asia… Algo me dice que hay capitales esperando que se repitan los pelotazos de la década de los 90 y los inicios de los 2000. Lo malo es que si vuelve a pinchar la burbuja, papá Estado ya no tiene dinero para venir a rescatar a los inversores, a los especuladores y a los estafadores.
Para terminar de complicar las cosas, tenemos el dólar norteamericano, que desde 1971 ha funcionado como la divisa de referencia y la divisa refugio. Hace ya algún tiempo que muchos se preguntan si se pueden fiar de una divisa emitida por un país tan endeudado como EEUU que, además, ha recurrido a su manipulación para salir de la crisis. EEUU sigue teniendo unos activos que le hacen atractivo: es la primera economía mundial; tiene estabilidad política; no suele dar sorpresas demasiado desagradables a los inversores extranjeros. A eso se añade que no hay alternativas creíbles al dólar en estos momentos. Pienso que las debilidades del dólar se harán cada vez más evidentes, a medida que se vea que la economía norteamericana no consigue recuperarse. Tal vez a medio plazo acabemos funcionando con algún tipo de cesta de monedas en la que el dólar tenga un papel preponderante, pero no único.
Vuelvo a resumir: nos esperan económicamente unos años de Estados endeudadísimos, con poco margen de maniobra; sistemas financieros tocados del ala (sospecho que si supiéramos más cosas de los balances bancarios no podríamos dormir por las noches); demanda interna renqueante; tasas de desempleo enormes; sueldos reales deprimidos (menos para los banqueros) y brutales desequilibrios mundiales.
+ La crisis demográfica que va acompañada del cambio en la pirámide de edades a la que aludía JdJ. Nadie sabe cuántos seres humanos puede acomodar el planeta con un nivel de vida decente, aunque parece que estamos decididos a descubrirlo por nosotros mismo vía polvos sin condón. Se calcula que en los próximos meses podríamos alcanzar los 7.000 millones, algo por delante de lo que decían algunos pronósticos que nos daban un par de añitos más antes de que alcanzáramos un número tan redondo. Cierto que las tasas de fertilidad están bajando en todo el mundo, pero dudo que lo hagan a una velocidad tal que impidan que para el 2050 seamos como poco 9.000 millones. Desde el siglo XVIII cada vez que los maltusianos han gritado con alarma que el ritmo de crecimiento de la población era más rápido que el de creación de recursos, han venido los avances tecnológicos a desmentirlos. Puede que ocurra lo mismo en el siglo XXI o puede que no. Un romano del siglo II d.C. también tenía derecho a pensar que el limes resistiría a los bárbaros como había venido haciendo durante los 200 años precedentes.
El tema de la pirámide poblacional es bastante jodido y tiene un agravante: carecemos de precedentes históricos que nos indiquen lo que cabe esperar. No sabemos bien cómo puede ser una sociedad donde más de la tercera parte de la población tengan más de 65 años. La experiencia más parecida en la japonesa de finales del siglo XX, que además se les juntó con una burbuja reventada, y no resulta muy apetecible.
Por cierto que en algunos países de Asia, a ese mogollón del envejecimiento de la población se le sumará el de la falta de mujeres. Las ecografías han permitido la realización de abortos selectivos, cuando lo que viene es una niña en lugar del ansiado varón. Es más limpio que el infanticidio. El resultado es que en varias partes de Asia ya se ha empezado a notar la falta de mujeres. El caso más extremo es el de la ciudad de Lianyungang en China, donde nacen sólo 100 niñas por cada 163 niños. Los efectos los veremos muy pronto, cuando todos esos niños alcancen la pubertad. Por orden de más a menos probable puede ocurrir: 1) Que tengan que importar mujeres para emparejarse (ha ocurrido regularmente en Asia y mientras no se sequen las fuentes de suministro…): 2) Que se produzca un aumento de la violencia social, porque lo de tener 18 años y no poder echar un quiqui irrita al más apacible; 3) Que se multiplique lo que se denomina la homosexualidad situacional: a falta de pan, buenas son tortas.
Finalmente, está la cuestión de los desequilibrios. Unos no se reproducen nada (los europeos, por ejemplo) y otros no paran de parir (los africanos subsaharianos, por ejemplo). Por más controles aeroportuarios que pongamos y más pateras que paremos, no se pueden poner puertas al campo: los que se reproducen con mayor entusiasmo, que suelen ser también los que vienen de países más cutres, desean emigrar a sociedades ricas y con déficit demográfico. ¿Cómo reacciona una sociedad cuya composición demográfica cambia drásticamente en dos o tres décadas? Mal, si nos atenemos a los ejemplos francés y británico.
+ El cambio climático: Podremos discutir si es culpa humana o no, pero lo que resulta indiscutible es que el planeta se está calentando a ritmo allegro y troppo. Incluso parece que el ritmo del calentamiento va en aumento. Me pregunto si no existe el peligro de que el calentamiento adquiera vida propia, que no haya mecanismos naturales o humanos que lo frenen y que un día nos encontremos con que las playas de Siberia con sus 40 grados a la sombra son un lugar demasiado caluroso para pasar el verano. Para quienes piensen que pase lo que pase la Tierra seguirá siendo un lugar hospitalario para la vida, tengo malas noticias. Los científicos piensan que durante sus primeros mil millones de años Marte tuvo un clima como el de Torrevieja y que el Venus primigenio hubiera sido un buen lugar para que el Club Mediterranée colocase un resort. Hoy Marte es un desierto con temperaturas bastante por debajo de los cero grados y si vas a Venus y te asfixian sus 460 grados de temperatura, espera a que llueva un poco de ácido sulfúrico y se refresque el ambiente.
El cambio climático ya nos está causando problemas del carajo, tantos que hasta lumbreras como el ex-Presidente Bush han empezado a reconocer que después de todo puede que sea un poco marroncete. Entre estos problemas podemos señalar: inundaciones, sequías, cosechas más irregulares y, en general, menores, enfermedades tropicales que se aclimatan a nuevas latitudes, extinciones masivas… ¿Qué se está exagerando lo del cambio climático? Puede, pero en la duda, prefiero ponerme del lado de los que exageran, que no tomármelo en serio. Si en 2100 descubrimos que los alarmistas tenían razón, será demasiado tarde para remediarlo. Como curiosidad, puedo aconsejar a los interesados el libro “Colapso” de Jareed Diamond, que describe varias civilizaciones a las que los desastres ecológicos que ellas mismas habían creado se las llevaron por delante.
Y mañana me meto con mis pronósticos geopolíticos.
jueves, junio 30, 2011
Franco y el poder (5: a lo tonto, a lo tonto, voy y me lo monto)
El siglo (III)
Y apostillo porque hay algunas cosas que no comparto del todo. Por ejemplo, el concepto de que nuestros avances han comenzado a ir más deprisa que nuestro ingenio. Yo en esto tengo una visión más optimista. El error de apreciación en este punto estriba en olvidar algo que Tiburcio dice en su post, y que no por simple se deja de obviar: hoy somos muchos más que ayer, y mogollón más que antes de ayer. Por lo tanto, parece que la Humanidad es más destructiva que nunca y, si bien ello es verdad en términos absolutos, no lo es tanto en términos relativos.
Los españoles de los siglos XX y XXI, con toda nuestra especulación inmobiliaria que ha mandado, dicen algunos, nuestras costas a tomar por saco, no hemos cambiado nuestro país ni la mitad de lo que lo cambió el imperialismo naval hispano que, en apenas unos pocos siglos, se llevó por delante buena parte de la riqueza boscosa de la península. Esto es así, entre otras cosas, porque Felipe II no repoblaba lo que talaba, y nosotros repoblamos nuestros bosques. En mi opinión, el mundo se estaría enfrentando a ese horizonte apocalíptico que dibujan muchas organizaciones ecologistas si la Humanidad, hoy, tuviese las intenciones de Felipe II y las capacidades de Zapatero. Pero no es el caso, porque la Humanidad ha sabido entender, mutatis mutandis, las consecuencias de tener cada vez más capacidad de cambiar las cosas.
A todo ello se une un principio moral que tiene su aquél, que se podría enunciar así: ¿por qué la conservación del medio ambiente tiene que ser el límite del progreso? La respuesta a esta pregunta es bastante obvia para un ciudadano de clase media de Hamburgo; pero Hamburgo no es el mundo.
Imaginemos que es cierto que la temperatura de la Tierra va a subir dos grados; imaginemos que esto será así por los cienes y cienes de miles de miles de toneladas de C02 que se van a verter a la atmósfera en los próximos cien años. Un residente en Barcelona, probablemente, considerará esto intolerable. Pero si le preguntamos a un ciudadano de Namibia, quizá nos diga: «oye, depende. Porque si todas esas emisiones industriales se van a hacer para que mi país se desarrolle y yo pase de tener una renta per cápita negligible a un nivel de vida europeo, pues que le vayan dando por culo a la temperatura de la Tierra». Así las cosas, ¿por qué la situación actual del planeta es la que hay que conservar? La respuesta habitual es aquélla de: porque es la herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos. Ya. Pero, ¿seguro que el tipo que ahora mismo tiene la expectativa de dejarle en herencia a su hijo un país sin futuro, una economía casi de la Edad de Piedra, corrupción, dictadura, guerras, violaciones y hambre, piensa lo mismo?
Es porque pienso que a los africanos no les va a parar el milenarismo del camjbio climático por lo que postulo la idea de que África protagonizará el «milagro económico» del siglo XXI, aprovechando las limitaciones europeas a la actividad industrial y la relativa saturación de los gigantes asiáticos y latinoamericanos, lo que le permitirá buscar su lugar bajo el sol. El siglo XXI va a cambiar, en buena parte, la faz de la cooperación internacional: primero fue darle de comer; luego fue enseñarle a pescar; y ahora será dejarle que produzca rodamientos a lo bestia. Y aquí no hay nada que imaginar; es lo que hemos hecho con China, sin ir más lejos.
Esto hará desaparecer, quizá, los gorilas, ciertamente. Pero un futuro presidente congoleño bien nos podrá decir a los europeos: cuando usted se apioló a todos los uros de su continente, a todos los osos, yo no dije nada, así que ahora déjeme usted en paz.
Por lo demás, el problema del siglo XXI no es, Samsa dixit, la superpoblación, a mi modo de ver, sino la estructura de la población. Los demógrafos parecen estar de acuerdo en que la longevidad en los países desarrollados (y no tan desarrollados; véanse, sin ir más lejos, las estimaciones demográficas a medio plazo de la ONU para América Latina y el Caribe) se desplaza a un ritmo relativamente regular, sin que le veamos aún el techo. La longevidad humana se asemeja al salto de pértiga: uno siempre piensa que habrá un límite, que habrá un listón que ya nadie pueda saltar, pero acaba surgiendo un Bubka que va y lo pasa. Hace años escuché una conferencia de un tipo que decía que el hombre está estructuralmente preparado para vivir mil años. Del yuyu que me entró casi me hago monje.
Humoradas aparte, por lo que he podido leer, si existe una clara tendencia de la longevidad, no está tan clara en lo que se llama EVLD, Esperanza de Vida Libre de Discapacidad. Hay datos que sugieren que la EVLD se desplaza con la EV a secas (es decir, que el número de años en los que el hombre debe soportar ceguera, sordera, invalidez, Alzheimer o similar permanece más o menos estable). Pero también hay otros datos que sugieren que se estanca mucho más que la EV: esto es, el hombre cada vez vive más, pero eso quiere decir que cada vez vive más años necesitando de otros para muchas cosas, todas incluso.
El problema demográfico, por lo tanto, es que el perfil de gasto del hombre medio (occidental) está cambiando. Hasta ahora, el humano acomodado medio gasta cada vez más con los años hasta alcanzar un pico más o menos en la cuarta década de la vida, que es cuando se casa, tiene los hijos, se compra el piso, sale por ahí de farra, se hace las vacaciones de puta madre de las que saca plúmbeos videos de cuatro horas… etc. A partir de los cuarenta la cosa cambia, con la excepción de las crisis pitopáusicas que generan divorcios y adquisiciones de vehículos con tracción a las cuatro ruedas. A partir de los cincuenta, puesto que la pulsión de gasto se modera y los hijos ya se han ido de casa, el gasto se modera aún más y con la jubilación el humano medio ingresa en un entorno más modesto aún, de escasas necesidades y también recursos más escasos.
La evolución asimétrica de EV y EVLD genera que esta dinámica cambie y genere unos últimos años de la vida en los que, en realidad, el perfil de gasto, lejos de moderarse, se dispara. El anciano de cuarta edad de hoy en día demanda centros de día, residencias, ayudas de terceras personas, pastillas, aparatos, rehabilitación, y toda la pesca. Esto cuesta dinero, y ese dinero debe teóricamente generarlo quien está en el momento de la vida en el que ya no genera, sólo consume.
Estos días de discusiones de altura sobre la economía española, el Estado de la Nación y de las JONS, escuchamos mucho decir eso de que la clave de la competitividad está en la productividad. Cierto es; pero menos que antes. Aumentar la productividad no es lo que nos hace competitivos; es, más bien, una conditio sine qua non para serlo. A mi modo de ver, la clave de la competitividad del siglo XXI estará en ser capaz de activar las potencialidades de las personas más mayores, y gestionar con habilidad sus necesidades. Dicho de otra forma: el país competitivo del 2060 será aquél país que no tenga que transferir a su tercera y cuarta edad más de un X% de su PIB, bien porque haya desplazado el concepto de tercera edad (como se está haciendo en casi todos los países y se quiere hacer en España); bien porque haya desdibujado la frontera entre vida activa y vida pasiva (eso de la flexiseguridad); bien porque generalice la eutanasia activa prescrita por el Ministerio de Asuntos Sociales (solución Hitler); bien porque se las arregle de alguna otra forma. En suma, yo no veo guerras en el siglo XXI porque en el siglo XXI lo importante no será tanto tener ejércitos potentes como retaguardias que no te retarden demasiado.
La otra cosa que no veo clara en la visión tiburciana y que me gustaría apostillar es eso de la globalización. En primer lugar, la globalización nos ha traído una parte de la crisis que ahora estamos viviendo (otra parte la han traído los políticos; por ejemplo Clinton, con su decisión sobre los límites de las operaciones hipotecarias de sus entidades semipúblicas, que origina la crisis subprime), pero también nos ha traído los periodos de crecimiento económico más largos y estables que casi recordamos.
En segundo lugar, como también apuntaba en mi post, la globalización, como fenómeno sociocultural, ha fracasado. El hombre del siglo XXI se siente más catalán, ruteno, kurdo o de Orcasitas que nunca. Creo recordar, escribo de memoria, que Saladino era kurdo de origen y aglutinó bajo su alfanje a todo tipo de musulmanes que se unieron por el objetivo común de echar a los infieles de Palestina. Hoy por hoy, en Palestina hay otros infieles, hebreos, y estos mismos musulmanes se han demostrado incapaces de echarlos, quizá porque ni los kurdos ni, un suponer, los suníes iraquíes aceptarían ir juntos ni a comprar lotería. ¿Dónde está la globalización?
El problema del siglo XXI es centrífugo. Eso que los libros llaman Edad Moderna, que no sé muy bien lo que es la verdad, lo concibo como el inicio de la pelea entre dos grandes concepciones de comunidad: la basada en los intereses compartidos y una idea de bien común (la nación); y la sociocultural, basada en el elementos inmateriales de cohesión como la lengua, la cosmovisión, la costumbre de comer con tenedor o con palillos, etc.
El siglo XXI está viendo el final de esa lucha, que ha ganado de largo la segunda de las alternativas. Ésta es la razón de que el concepto de nación, Zapatero dixit, sea discutido y discutible; mientras que nadie discute un concepto que hasta hace dos telediarios era un fistro diodenal, como la lengua propia.
La Humanidad se fragmenta, y esa fragmentación podría verse como una medida de protección contra sí misma. Es como si la sociedad mundial se diese cuenta de que el concepto de nación (y su expresión oligopolística, que es el concepto de imperio o potencia) crea monstruos, Godzillas que se lo comen todo, y se defiende fragmentándose. Porque Rusia podrá ser la polla de Montoya, no lo dudo; pero ni modo esa geometría fractal de nacionalidades de que se compone hoy el antiguo territorio de la URSS se puede comparar con el nivel de poder e influencia que tenía ésta. El poder de A más el poder de B más el poder de C no es equivalente al poder de A más B más C.
Quizá por eso creo que Estados Unidos está lejos de perder su posición mundial prevalente: porque es una nación que hizo su guerra civil en el momento justo, con las elevadísimas dosis de violencia necesarias como para que a nadie le quedasen ganas de repetirla y, consecuentemente, es una nación que muestra una enorme resiliencia frente a estas tendencias centrífugas; es más: de las tendencias centrífugas del Canadá, con el tiempo, puede acabar sacando petróleo (bueno, quien dice petróleo, dice pescadilla). Ni China, ni India pueden decir eso. Brasil, sí. Brasil tiene un gran futuro en el ámbito geopolítico mundial.
Nuestros problemas por venir, por lo tanto, tienen que ver, sobre todo, con cómo vamos a reinventar y gestionar el concepto de comunidad y, sobre todo, cuánto podremos pagar del viejo concepto que aún está vigente. Acabaremos, me temo, por ponerlo todo en duda. Pero, como soy optimista por naturaleza, nada me dice que lo que venga tenga que ser, necesariamente, peor. Sólo distinto.