miércoles, noviembre 19, 2008
Bretton Woods
Históricamente hablando, que es como hablamos en este blog, la gilipollez se ha concentrado en establecer comparaciones entre una cumbre que sólo aspiraba a un comunicado final y a instilar confianza a los mercados con las reuniones de Bretton Woods. Esto es, con perdón, como comparar al Real Unión de Irún con el Real Madrid (estando el Real Madrid en condiciones normales, claro). O a la Bruja Avería con Angelina Jolie. Bretton Woods sí que fue un acuerdo con antes y después, aunque tampoco refundó el capitalismo. Se ocupó de algo que ha existido desde mucho antes que existiese el capitalismo liberal; de algo que, en realidad, ha existido siempre desde que existen relaciones económicas más allá del trueque, esto es: el sistema monetario.
Veamos. De toda la vida de Dios, los metales preciosos, y especialmente el oro, han sido utilizados como medio de pago. La necesidad del medio de pago surge desde el momento en que no puedes ir cargando con todo lo que posees para cambiarlo, así pues necesitas algo que represente tu riqueza para poder comerciar con ella. El oro tiene la ventaja de que es relativamente escaso, así pues es capaz de reproducir la propia escasez de la riqueza (por esta razón, y porque no se ven, los átomos de oxígeno no pueden ser utilizados como moneda); y tiene la capacidad de valer mucho pesando y ocupando poco.
Así pues, la plata y el oro son utilizados para los intercambios desde hace muchos siglos (desde luego mucho antes de que el capitalismo fuese, no refundado, sino fundado) y, posteriormente, registraron la novedad de que eso que hoy llamamos los poderes públicos, es decir reyes, emperadores y sátrapas varios, acabaron por descubrir el chollo de abrogarse el monopolio de acuñarlo, esto es establecer el valor de sus piezas.
A partir de mediados del siglo XIX, y ahora sí con el surgimiento de las economías capitalistas pero por otras razones como la mejora de las comunicaciones que permitió un comercio trasnacional que hasta entonces había sido imposible, las transacciones económicas globales se generalizan y se plantea el problema de que exista un sistema monetario que afecte a todas las naciones, para que así todos estemos de acuerdo de cuánto valen los papelitos o monedas que cualquiera recibe a cambio de sus mercancías. En realidad, el patrón-oro no lo inventó nadie, sino que lo creó el mercado (entonces no existía el G-20 y no había que pelear por silla alguna).
El sistema de patrón oro tiene un corte absolutamente liberal, es decir tiene una confianza ciega, excesiva, en que el mercado va a reequilibrar siempre las cosas. Según el sistema de patrón-oro, los países formulan su moneda de acuerdo con el oro que poseen; así, cada moneda, cada billete emitido por España es como un cachito de trozo de mitad de uñita de alguno de los lingotes de oro que España posee. Esto hace que las monedas tengan un valor en oro y que, asimismo, el oro tenga un valor en sí.
Imaginemos dos naciones que comercian entre sí; por ejemplo Francia y España (en los tiempos antes del euro, claro, es decir con dos monedas distintas). En un determinado momento, España tiene déficit comercial, lo cual quiere decir que compra a Francia más de lo que le vende. Teniendo en cuenta que el comercio internacional se pagaba en divisa o en oro, lo que pasará es que crecerá la demanda de francos franceses para pagar esas importaciones. Por pura ley de la oferta y la demanda, el precio del franco (la cotización) se apreciaría, hasta superar el valor del franco-oro. En ese momento, lo que harían los empresarios españoles sería dejar de comprar las importaciones en francos y pasar a pagarlas en oro, pues les saldría más barato. Pero eso supondría que España drenaría oro hacia Francia, restringiendo la masa monetaria española (recordad; en este sistema, cada país tiene tanta moneda como oro; menos oro, menos moneda), lo cual originaría deflación: menos dinero es menos demanda y menos demanda supone que la oferta se tiene que desplazar, bajando sus precios. Pero si los precios bajan, entonces los productos españoles se hacen más atractivos en Francia; a muchos franceses les resulta más barato importar la producción española que comprar la francesa. En ese momento la balanza comercial cambia de signo, luego son los franceses los que pasan a importar más de lo que exportan, y el sistema se reequilibra.
El patrón oro se fue a la mierda con la primera guerra mundial y su posguerra, durante las cuales las naciones, por motivos bélicos, se orinaron convenientemente en la relación moneda-oro y comenzaron a emitir papel a lo bestia, generando hiperinflaciones que derrumbaron las relaciones de cambio e hicieron imposible el retorno del sistema de patrón-oro. La segunda guerra mundial fue la guinda del pastel. Así pues, a principios de la década de los cuarenta se comenzó a hablar de alternativas para el sistema, y se manejaron dos.
La primera era debida al famoso economista británico John Maynard Keynes, y se basaba en la creación de un megabanco central mundial que otorgaría créditos a los países con problemas de déficit, en una moneda mundial que se inventó y que llamaba bancor.
La segunda la diseñó H. B. White, alto representante del Tesoro USA, el cual propugnaba la creación de instituciones financieras internacionales de carácter voluntario, rechazando por lo tanto la existencia de una supraautoridad monetaria y por supuesto una moneda mundial; y la elevación del dólar a la condición de moneda de referencia.
En realidad, estos dos planes buscaban objetivos distintos. La obsesión de Keynes era permitir que la libra siguiese teniendo una existencia propia e independiente. White quería exactamente lo contrario: la implicación a fondo del dólar como activo de referencia monetario.
En Bretton Woods, New Hampshire, ganó White. Se crearon el Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo, más conocido como Banco Mundial. Bretton Woods, contra lo que se dice muchas veces, no abandonó el sistema de patrón-oro totalmente. Se basó en el compromiso de que Estados Unidos, que en ese momento tenía 70 de cada 100 kilos de oro atesorados en el mundo, vendería dicho oro a un precio delimitado (35 dólares por onza). Pero lo realmente importante de Bretton Woods es que se permitió la posibilidad de que las naciones estableciesen el valor de su moneda, no respecto del oro, sino respecto del dólar (pues se consideró que, estando la barriga del dólar hasta el culo de oro, valorar una moneda respecto de la moneda USA equivalía a valorarla frente al oro). Asimismo, las naciones firmantes de Bretton Woods se comprometían a intervenir en los mercados, bien vendiendo o comprando divisas, bien tocando los tipos de interés, para mantener la paridad de sus monedas dentro de bandas estrechas. Eso sí, las intervenciones monetarias se realizarían contra dólares, esto es: si el problema es que la moneda nacional se estaba apreciando demasiado, la nación correspondiente debería comprar dólares; si el problema fuese el contrario, debería venderlos.
¿Por qué colapsó Bretton Woods? Pues por lo que colapsan siempre los modelos económicos (y no digamos los monetarios): porque el mundo cambia.
Bretton Woods es un calcetín que se adapta perfectamente al pie del mundo de los años cuarenta: una Europa descojonada que reconstruye carreteras, fábricas y de todo a marchas forzadas, en buena parte con financiación americana (Plan Marshall); y que, en consecuencia, es clara importadora neta del país que emite la moneda de reserva y referencia del sistema. Para Estados Unidos, que el dólar se convirtiese en moneda mundial no era problema, dado que los billetes acababan volviendo a casa a través de la gran demanda de dólares que los países escogorciados hacían para pagar sus milmillonarias exportaciones.
Pero, claro. El niño fue al colegio, luego a la universidad, salió arquitecto y empezó a ganar dinero; más aún: fundó la Comunidad Económica Europea. En ocasiones, el niño ganó mucho, mucho dinero, como ocurrió con la economía británica y, sobre todo, el conocido como «milagro alemán». En 1958, la situación cambia de signo; es el año en que Estados Unidos registra por primera vez déficit comercial o, dicho de otra forma, el dragón comienza a ver cómo los dragoncitos se lo están empezando a comer por las patas. A ello hay que unir que en los años sesenta, Estados Unidos se mete en Vietnam y, para financiar la guerra, expansiona su masa monetaria, generando un proceso inflacionario cuya lógica conclusión debiera haber sido la devaluación del dólar; no ocurrió así porque los bancos centrales, en cumplimiento de los acuerdos del Sistema Monetario Internacional, intervinieron para mantener las relaciones de cambio. Pero rápidamente les quedó claro a todos que el sistema empezaba a no funcionar. En los años sesenta, el presidente francés, Charles de Gaulle, con ese puntito antiamericano que siempre han tenido los franceses, decidió cambiar sus reservas de dólares por reservas en oro, mientras criticaba muy duramente que en el mundo hubiera un país que tuviese el, por así decirlo, privilegio de emitir una moneda que valía como el oro.
Al comenzar los años setenta, y tras dos décadas de salidas masivas de dólares fuera de los Estados Unidos como consecuencia de haberse convertido en un país que compraba más de lo que vendía, la confianza en el dólar cada vez era menor, y comenzó a pasar algo hasta entonces impensable, y es que los especuladores del mercado se atreviesen con la moneda estadounidense. Y eso que, en 1970, había otro efecto que apenas había comenzado, que era el despertar de Asia. Se podría decir que por aquel entonces la única potencia económica asiática era Japón (como si eso fuera poco) pero, en cualquier caso, el nacimiento de los dragones asiáticos generaba un problema añadido. No pocas de estas economías basaron su modelo de crecimiento durante años en un coste muy bajo del factor trabajo y en eliminar el riesgo de cambio respecto de su principal mercado de exportaciones, que era Estados Unidos y, en general, las transacciones en dólares. Esto lo hicieron mediante una técnica de shadowing, es decir, manteniendo una paridad estricta de sus monedas respecto del dólar, moviéndose con él; de esta forma, las únicas diferencias competitivas de los productos coreanos respecto de los americanos era la tecnología (y por eso los asiáticos la absorben con tanta facilidad) y el coste del factor trabajo (en el que los productos americanos, por supuesto, salían perdiendo). El colapso del modelo japonés tiene mucho que ver con el hecho de que no se puede mantener eternamente a un país moderno ganando un montón de pasta sin transferir bienestar a los trabajadores vía salarios más elevados (ergo menos competitividad); y es el elemento que, a mi modo de ver, no tienen en cuenta los economistas que hoy sostienen que la economía china será la misma dentro de 25 años que ahora mismo (defender esto, en mi opinión, equivale a defender la idea de que los chinos son todos tontos del culo).
Bretton Woods murió el 15 de agosto de 1971, fecha en la que el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, dio una alocución radiada en la que anunció que el dólar abandonaba la convertibilidad con el oro. Hubo que inventar, pues, otro sistema monetario.
Pero ésa es otra historia.
lunes, noviembre 17, 2008
(Pequeña) crónica de un post anunciado
Como suele ocurrir con los hechos que son Historia pero de los que uno ha sido contemporáneo (yo tenía 13 años aquel 20 de noviembre), el hecho en sí ha despertado siempre mi curiosidad. Yo no sé si todas las personas de mi generación estarán de acuerdo, pero para mí la muerte de Franco me sirvió para darme cuenta de muchas cosas. Tomé conciencia, por ejemplo, del concepto de cambio, cambio general, cambio social, político, histórico; algo que no existía hasta entonces en mi vida (ni siquiera mediando el asesinato de Carrero). También fue la primera vez que ví televisión en color, en un bar de La Coruña que la tenía de algunas semanas atrás y que se aprovechó, como si de una final de la Champions League se tratara, del hecho de que Televisión Española retransmitió todos los actos funerarios en color.
Así pues, no me ha sido difícil acopiar materiales y notas sobre la muerte de Franco. Es algo sobre lo que he leído no poco y sobre lo que he vuelto a leer estas últimas semanas, espoleado por alguna que otra necesidad personal de conocimiento.
Comencé a escribir un post. Una cosa fue llevando a la otra. El tema se fue complicando. Al principio, comencé pensando en unos párrafos sobre la enfermedad. Entonces me di cuenta de que no es fácil encontrar los partes médicos en su día hechos públicos durante la misma; así pues, los copié e hilé un relato derivado de dichos partes. Cuando había hecho esto, me dí cuenta de que la enfermedad de Franco no era nada sin lo que la rodeó: el problema de Marruecos, la negociación con Estados Unidos, la actitud de Juan de Borbón, las peleas entre las familias del franquismo y, por supuesto, los fusilamientos de septiembre. Así que empecé a contar todo esto.
El post ya no es un post. Es un coñazo infumable de más de 30.000 palabras.
Un amigo me dijo que había mirado en Google y que parece ser que el post más largo tiene unas 25.000 palabras. Podrías batir el récord, me dijo. Bueno. Tampoco es que me importe mucho.
Pero ahí estará. El jueves, 20, a las 2,40 horas de la madrugada, hora española, lo colgaré. Macho que soy, pretendo hacerlo en un solo post, aunque no sé si superaré algún umbral de blogger que me obligue a partirlo en cachitos. En todo caso, al inicio del post colocaré un vínculo en el que se podrá bajar una versión en pdf, para los que tengan impresora y cartuchos de tinta de sobra.
Aún estais a tiempo de huir.
jueves, noviembre 13, 2008
Mujeres atómicas
Lo que os puedo decir a aquéllos de vosotros que no seáis duchos en las cosas de la ciencia es que la historia del nacimiento de la bomba atómica, valoraciones morales aparte, es, quizá, uno de lo episodios más apasionantes que se pueden contar. A mí no se me ocurre casi ningún argumento mejor para una película histórica. Hay de todo: política, ciencia, amor, rivalidades, ambición. A aquéllos que no lo hayáis hecho ya, os invito encarecidamente a que os sumerjáis cualquier día en estos hechos. Os aseguro que no os decepcionarán.
Este post de hoy se titula mujeres atómicas porque me gustaría desgranar unas notas sobre el primer, e importantísimo paso, para la invención de la bomba atómica, que es la fisión del átomo. Porque es una historia curiosa y porque presenta algunas preguntas interesantes de ciencia-política-ficción. Y, sobre todo, y de ahí el título, porque creo que es justo destacar el papel nada estúpido que en todo aquello tuvo la mujer, a pesar que el mundo, hace setenta y pico años, todavía era un mundo de hombres.
Todo empezó en 1932. Eso sí, ni dios se enteró; pero empezó ahí. En Cambridge, un científico del equipo de Rutherford, James Chadwick, hizo un descubrimiento fundamental para la fisión nuclear: el neutrón. Esta pequeña bolita insulsa, y digo insulsa porque no tiene carga y en este mundo magnético nuestro el que no tiene carga parece como que es un mierda, apareció en el núcleo de los átomos merced a los experimentos de Chadwick y al excelente aparataje de medición con que contaba en el laboratorio Cavendish de la universitaria ciudad británica. En aquel entonces, el entorno de Rutherford allí estaba formado por un equipo impresionante. Cabe destacar a científicos como Pat S. M. Blackett, un marino extraordinariamente paciente que llegó a fotografiar 440.000 trayectorias atómicas. O al físico australiano Marcus Oliphant. Y, sobre todo, al coordinador de todos ellos, el ruso Pjotr L. Kapitza. Kapitza es uno de esos científicos que entra perfectamente en el mito del profesor chiflado. Le divertía sobremanera que sus experimentos terminasen en enormes explosiones; una vez le comentó a Rutherford el fracaso de uno de ellos anunciando orgulloso: «ahora sabemos exactamente qué aspecto tiene un arco de 13.000 amperios». Hombre de un extraño sentido del humor, cierta vez, en una reunión científica, cuando llegó el momento de hacer la foto de los asistentes, se colocó bajo las ruedas de un coche. «quería saber qué aspecto tengo cuando me atropellan», explicó. Lamentablemente para Rutherford, en 1934 Kapitza viajó a la URSS, pues había sido nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Leningrado; pero Stalin ya no lo dejó salir.
De aquel caldo de cultivo tan interesante salió el neutrón. A pesar de ser tan pequeñito (aunque mucho mayor que el electrón, el cual es un auténtico enano), el neutrón así lanzado desde Cambridge fue recogido en Roma, donde residía uno de los popes, y no es coña, de la física de aquella época: Enrico Fermi. Si no recuerdo mal la tabla periódica, tanto Rutherford como Fermi le dan su nombre a dos elementos.
Hasta el descubrimiento de Chadwick, cuando los físicos querían hacer experimentos bombardeando materia con partículas, utilizaban las denominadas partículas alfa. A Fermi, sin embargo, el nuevo juguete le pareció más divertido, y comenzó a bombardear materia con neutrones. Los experimentos eran realmente chuscos. Por razones de cómo estaba montado el laboratorio de Fermi, existía un largo pasillo, en uno de cuyos extremos estaba el lugar donde se procedía al bombardeo, y en el otro extremo otra habitación donde estaban los instrumentos de medición de radioactividad. Dado que el bombardeo generaba irradiaciones que duraban unos segundos, nada más proceder al mismo, Fermi y su ayudante salían echando hostias por el pasillo para poder llegar a la otra habitación a tiempo para poder leer los instrumentos.
Bombardearon ocho elementos distintos sin suerte. Pero en el noveno, el flúor, los aparatos de medición se movieron. Fermi había conseguido generar radioactividad de una forma artificial. A partir de ahí, comenzaron a observar los bombardeos con neutrones y observaron que, cuando el elemento bombardeado era el uranio, se originaban varios elementos que denominaron transuránidos. Esto quiere decir que Fermi se equivocó. No había generado ningún elemento nuevo; lo que había hecho era dividir el átomo de uranio. Pero no supo ver su propio descubrimiento.
Entra aquí en juego la primera mujer de nuestra historia. Se trata de Ida Noddak, apellidada así por estar casada con el también científico Walter Noddak. Pensando en Ida Noddak y en otros ejemplos como el de la propia Marie Curie, uno se pregunta si no será que la mujer está naturalmente dotada para la química. Ida Noddak se aplicó a analizar los transuránidos de Fermi, dado que una de sus líneas de investigación era la búsqueda de transuránidos naturales (es decir, producidos por la naturaleza y no por el hombre). Tras su análisis concluyó que Fermi se había equivocado al considerar que eran elementos nuevos. Escribió un artículo en el que defendía la idea de que el bombardeo con neutrones era capaz de generar reacciones en el núcleo de un átomo que no producían bombardeos con partículas alfa o protones. «Cabe pensar», dijo, «que al bombardear núcleos pesados con neutrones, esos núcleos se descompondrán en varias partes mayores las cuales, si bien serán isótopos de elementos conocidos, no serán vecinos de los elementos sujetos a radiación».
Era 1934. Ida Noddak acababa de escribir, como hipótesis, algo que no se comprobaría fehacientemente hasta 1938. Y cabe preguntarse qué habría pasado si aquel artículo de Noddak hubiese sido escrito por algún científico con más campanillas (hombre, tal vez) y, consecuentemente, más tenido en cuenta por la comunidad científica. Hacerse esa pregunta equivale a preguntarse cuál habría sido la evolución de la segunda guerra mundial si la fisión del átomo se hubiera conocido desde tres o cuatro años antes de lo que se conoció.
En realidad, no hay que reprochar a la comunidad científica que no siguiera los pasos de Noddak. Aceptar esa tesis, en aquel momento, era ir contra toda lógica. Era admitir que neutrones con escasísima fuerza pudiesen destruir núcleos que, según las teorías vigentes, sólo se romperían si fuesen bombardeados con partículas con millones de voltios en la barriga. Es como plantarte delante de un tipo que está intentando sin éxito romper una pared con un martillo pilón, mostrarle un cepillo de dientes y preguntarle con cara de idiota: ¿por qué no pruebas con esto?
Pero las mujeres le habían puesto cerco a la fisión nuclear. A mediados de 1938, Irene Joliot-Curie y el físico yugoeslavo Savitch realizaron y publicaron investigaciones sobre los transuránidos. Ya sabemos que la ciencia avanza por colaboración: uno da un paso, otro lo lee, se apoya en ese paso y da otro. El destino quería que quien diese el paso decisivo a partir de los análisis de Joliot-Curie fuera el físico alemán Otto Hahn. Pero, para que veamos que las historietas personales no son ajenas a los grandes hechos de la Historia, nuestro amigo Hahn no estaba en disposición de creer a la investigadora francesa. La razón es que la persona que más odiaba Irene Joliot-Curie era a la científica Lise Meitner, con la que había tenido una agarrada en 1933 a cuenta del bombardeo del aluminio con neutrones (¿a quién no se le ha ido alguna vez la boca discutiendo sobre el bombardeo del aluminio con neutrones?) y a la que profesaba cierto desprecio felino. La Meitner era discípula de Hahn, y es por esto que don Otto prefería utilizar los artículos de la Joliot-Curie para calzar las patas de las mesas que para leerlos en serio. En cambio, el ayudante de Hahn, Strassmann, sí que leía los artículos de la francesa, y los encontraba interesantísimos. En marzo de 1938, además, la anexión de Austria al Reich había hecho que las leyes de pureza racial también fuesen aplicables a los ciudadanos austriacos, como Meitner, que era judía. Por este motivo, Hahn la perdió, pues se vio obliga a huir a Estocolmo.
Estamos a finales del 38. Irene Joliot-Curie sigue publicando trabajos sobre los transuránidos, Strassmann leyéndolos y devorándolos como quien le ve las nalgas a la Patacky, y Hahn pasando de sus invitaciones a leerlos como de deglutir deposiciones. Hasta que Strassmann se colocó delante de él y le resumió, sí o sí, las conclusiones de la francesa. Según el testimonio de Strassmann, su jefe no tardó ni medio minuto en reconocer que se había equivocado.
¿Qué había descubierto Joliot-Curie? Pues, tras meses y meses bombardeando uranio, había descubierto que se originaba una materia parecida al bario. Los análisis químicos confirmaron que lo que tenían era, efectivamente, bario. O sea: la química aportaba un resultado que la física negaba.
Así, el primer paso en la dirección correcta de Hahn lo dio la inteligencia; la inteligencia de saber reconocer un resultado interesante incluso aunque lo haya descubierto una hija de puta. El segundo paso lo dio la nostalgia.
En las navidades de 1938, conforme enviaba un artículo con estos primeros descubrimientos, un artículo más especulativo que asertivo, Hahn, que echaba de menos a su colaboradora, le envió a Estocolmo una carta a Lise Meitner contándole toda la movida. La carta le llegó a la judía cuando estaba en el balneario de Kungelv en compañía de su sobrino O. R. Frisch, también físico. Nada más leerla, Meitner tuvo claro que estaba ante un descubrimiento extraordinario.
Lise Meitner y O. R. Frisch pasaron aquella noche entera en el salón de su hotelito de Kungelv, discutiendo. Se dieron cuenta de que la división del uranio en dos partes más o menos iguales (el peso del bario es más o menos la mitad que el del uranio) sólo se podía explicar de una forma: imaginaron que el núcleo se alarga y estrecha, como cuando hacemos un puro de plastilina, luego se estrecha por el centro y, finalmente, se escinde. Cuando el biólogo norteamericano James Arnold, que trabajaba igual que Frisch con Niels Bohr en Copenhague, le escuchó estas explicaciones, le recordó que en biología se produce un proceso muy parecido, el de la multiplicación de los protozoos por escisión, en inglés fission. Fue Arnold, por lo tanto, quien le dio a Frisch la idea de llamar a eso fisión nuclear.
La bomba atómica, y en general la física de primera mitad del siglo XX, tiene muchos padres. Y tiene que ser así, porque raro es el gran descubrimiento científico moderno que ha podido hacerse por una sola persona en solitario. La guerra del conocimiento es, desde hace mucho tiempo, una guerra de coaliciones.
Pero también tiene madres. La fisión nuclear, que ni de coña ha servido sólo para matar, tiene una deuda con Ida Noddak, con Irene Juliot-Curie, y con la no aria Lise Meitner.
miércoles, noviembre 12, 2008
Y al final de la cadena estaba....
Es jodido esto de las respuestas encadenadas. Una vez leí que algunas universidades con fuertes numerus clausus lo usan en sus exámenes de acceso, y no me extraña que la gente suspenda. Y si no, ahí está la prueba: teniendo que llegar a Fidel Castro, llegas a Jaume Carner.
El político al que Gil Robles acusa de haberle amenazado con una pistola es Indalecio Prieto. Si no recuerdo mal, incluso Azaña, en sus memorias, se cachondea del político de derechas por pretender que tal cosa fuera cierta. Resulta, en efecto, difícil de creer que Prieto llevase pistola, y menos aún en un debate parlamentario.
Prieto fue el gran ministro de la guerra durante la guerra civil hasta que Negrín tomó el mando directo de la cosa, entre otras cosas porque Prieto estaba ya convencido de que la República no podía hacer otra cosa que perder la guerra civil y, verdaderamente, no se puede tener al frente de un ejército en guerra a un tipo que no cree en la victoria. Como era una presencia hasta cierto punto incómoda en los últimos meses de la guerra, él que era un socialista moderado mientras el banco republicano se comunistizaba crecientemente, Negrín decidió encargarle a Prieto que se fuera a dar unos cuantos barrigazos por el exterior.
Así pues, a Prieto el final de la guerra le pilla representando a España en la toma de posesión del nuevo presidente de Chile, ese país tan delgadito $$5%··%%(&"3$%&7$323 (aquí había escrito: «que inventó el pisco»; pero me he autocensurado al recordar que también tengo amables lectores en Perú).
Saliera el pisco de donde saliera, lo cierto es que el doctor Salvador Allende Gossens sí que es un recio y auténtico producto chileno cien por cien. Presidente de la República que fue, pronunció entonces esta frase que yo recordaba: «mis enemigos han dicho todo de mí, salvo que soy homosexual o que he robado». Lo dijo, sobre todo, para destacar lo segundo; es decir, que nadie podía decir de él que había metido la mano en la caja.
Aunque la muerte de Allende lleva camino de ser uno de esos misterios históricos insondables, la hipótesis más aceptada y lógica es que se suicidó. Estaba cercado en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile por las tropas golpistas comandadas por Augusto Pinochet et altera y con nulas posibilidades de darle la vuelta a la tortilla. Hay quien dice que Allende se quería rendir e incluso que estaba dispuesto a aceptar la oferta militar (teórica, nunca sabremos si realmente seria) de dejarle salir del país. Lo cierto es que cuando todo terminó y los golpistas entraron en el palacio, el presidente estaba muerto.
Lo último que tocó fue su arma, fuera porque era lo que tenía en la mano, fuera porque es lo que utilizó para dispararse. Y ese arma era un regalo de Fidel Castro y, de hecho, llevaba una plaquita que así lo conmemoraba. Aunque también hay quien dice que el arma concreta regalo de Fidel no es la que Allende usó esa mañana porque la auténtica la tenía guardada en otro sitio. No obstante, incluso esas versiones, por lo que he podido leer, aceptan que el arma con que lo encontraron quería ser como el regalo real de Fidel, porque tenía la citada plaquita conmemorativa.
Así pues, hemos viajado de Indalecio Prieto a Fidel Castro en unos pocos pasos.
Puestos a complicaros un poco la vida, os comentaré que ayer, comentando yo asimismo este jueguecito con un amigo de mi, digamos, vida oficial, me insinuó que también se puede hacer al revés. Por ejemplo: ¿alguien es capaz de llegar desde Felipe V hasta Pol Pot en tres o cuatro pasos (entiéndase: personajes históricos relacionados)? Confieso que la perspectiva me alucinó un poco; de hecho, llevo desde la noche de ayer intentándolo...
lunes, noviembre 10, 2008
De cómo un anarquista salvó a la virgen
Esta foto que preside este post la he sacado de mis recortes de prensa sobre la guerra civil española. Es la sevillana virgen de la Amargura vestida de civil en su escondite. La foto, al parecer, se la hizo quien salvó la talla de su iglesia cuando empezaron las agresiones contra los templos.El ejemplo de la virgen de la Amargura es uno más de muchos. En esto de la relación del bando republicano con las imágenes y los tesoros de las iglesias hay versiones diversas. Hay no pocas ocasiones en las que las fuentes republicanas insisten en que el comportamiento para con las riquezas artísticas fue impoluto; los milicianos, en estos casos, supieron entender que el arte religioso era, además de expresión de religiosidad, un patrimonio que era necesario conservar, y lo respetaron. En otros casos, no fueron tan respetuosos. En todo caso, el salvador de imágenes es una de las muchas figuras extrañas que creó aquella guerra tan difícil. A despecho de su propia vida, el salvador de imágenes dio cobijo a esas representaciones de Jesucristo, la virgen o los santos, en su propio domicilio, movido por sus creencias.
Hoy me asomo a esta pequeña ventana para contaros la historia de cómo una muy famosa virgen española se salvó de ser víctima de las iras de los milicianos. Y os la contaré como la cuenta Juan Antonio Cabezas en su libro de memorias Asturias: catorce meses de guerra civil.
Cabezas es una de las fuentes, con razonables dotes de fiabilidad en mi opinión, que abonan la tesis de que no todo en el bando republicano fue rabia hacia lo religioso y ciega matanza del arte. Poco después de comenzada la guerra el gobierno de Madrid, consciente de que en la zona de Asturias había no pocas muestras de arte de gran valor y de lo proclives que podían ser a destruirlas las masas obreras, probablemente las más radicalizadas de España, nombró delegado de Bellas Artes en la provincia al escultor Goico Aguirre, con la orden de recoger cuantos libros y obras de arte pudieran estar en peligro de acabar en la hoguera o chocando contra la cabeza de un martillo. Con tal motivo, Aguirre montó en el pueblo de Cimadevilla una casa donde fue acopiando, un poco a mogollón, todo lo que pillaba, con la intención de clasificarlo más adelante.
Como ya hemos visto aquí, aquí y aquí, la relación del bando republicano con la Iglesia católica no fue fácil, aunque no estuvo exenta de un sentimiento por parte republicana de consciencia hacia la necesidad de no permitir gestos que sirviesen de disculpa al entorno católico para dar completamente la espalda al bando que luchaba contra Franco. A este cálculo estratégico se debe, probablemente, la orden dictada por Indalecio Prieto, dirigida al delegado de Bellas Artes de Asturias. Se le ordenaba que tomase en su poder a la virgen de Covadonga y tomase las medidas pertinentes para depositar la imagen en la embajada española de París.
Aunque no podemos saberlo con certeza, parece bastante obvio lo que tenía Prieto en la cabeza para dar dicha orden. La intención del político del PSOE, intención probablemente personal puesto que Prieto era asturiano y teniendo en cuenta que sus responsabilidades de gobierno no eran directamente las que afectaban a las bellas artes, era impedir un eventual atentado contra una imagen señera para los asturianos y los españoles, una imagen insertada en el mito de la españolidad. No se equivocaba Prieto. De haber sido la Santina pasto de las violencias de los incontrolados, la República nunca se habría recuperado de ello.
Según Cabezas, Belarmino Tomás, uno de los factótums de esa Asturias obrerista que ya se había alzado en golpe de Estado en octubre de 1934, le dio la instrucción a Aguirre de transportar la imagen desde el santuario de Covadonga hasta Gijón. No obstante, al llegar al santuario, el escultor se encontró con la cueva quemada y la catedral saqueada. Había llegado tarde.
La virgen, sin embargo, se había salvado, milagrosamente diría un católico, de la quema, y nunca mejor dicho. Goico Aguirre entró en contacto en Oviedo con su amigo el doctor Clavería, el cual dirigía el principal hospital de campaña en el que hasta entonces había sido hotel Pelayo. Clavería era hombre creyente y de derechas, pero su pericia como cirujano había hecho que los milicianos lo respetasen. Amigo que era de la familia Aguirre, cuando el enviado le confesó su misión le informó de que la virgen había sido salvada del incendio por unas monjas que él mismo, el doctor Clavería, tenía escondidas en su casa, vestidas de civil. Esto era bastante común en aquel entonces. Uno de mis abuelos tuvo escondidas en el sótano de su tienda a cuatro o cinco monjas y, en los últimos años de su vida, todavía recordaba lo mucho que le costaba convencerlas de que no anduviesen en fila por la calle pues, por muy de civil que vistiesen, si caminaban en fila estaban «cantando» su condición.
Aguirre contactó con las monjas y les conminó a que le diesen la talla. En sus memorias, Cabezas se limita a informar que lloraron mucho al entregársela, pero eso hace sospechar que, tal vez, le pudo costar convencerlas de que lo hicieran. Así que Aguirre se marchó a Gijón con una imagen de madera, desposeída de todos sus oropeles, y la guardó en un armario del Ateneo gijonés. Con la ayuda de otro pintor amigo suyo, la trasladó después a la sede del Consejo de Asturias; lugar que, no sé muy bien por qué, tenía el poco marxista nombre de La Casa Blanca.
En la Casa Blanca que nunca pisará Barack Obama se celebró, pues, la sesión del Consejo de Asturias destinada a escuchar el informe de Goico Aguirre y tomar las decisiones pertinentes. Las decisiones pertinentes eran designar al que debería irse a París con la virgen. Y, según nos relata Cabezas que le contó Aguirre, no eran pocos los que deseaban recibir esa merced. Vale que la valentía y el compromiso son virtudes acendradas, pero una guerra es una guerra y, si tiene uno la oportunidad de regatearla por tener que realizar una alta misión, a nadie le amarga un dulce. Pero el caso es que nadie se atrevía a confesar sus intenciones, no fuera a ser que le saliese el tiro por la culata, o sea, que finalmente fuese designado otro y, al tiempo, Belarmino Tomás y los más significados le tomasen la matrícula al voluntario.
Estaba en la reunión, siempre según este relato, un profesor anarquista, ya entonces provecto, llamado Eleuterio Quintanilla. Don Eleuterio decía haber sido discípulo de Ferrer Guardia, el fundador de la Escuela Moderna que fue apiolado tras los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, lo cual entre los ácratas de aquel entonces tenía mucha importancia. Había fundado en Gijón una escuela anarquista, la llamada Escuela Neutra, donde la inmensa mayoría de los cenetistas asturianos habían pasado algún que otro rato. El caso es que Quintanilla, entre temblores y vacilaciones, acabó ofreciéndose, y la propuesta se aceptó. Cabezas pone en los labios de Aguirre esta frase: «yo creo que le concedieron la salida en atención a su escasa salud y su excesivo miedo». Una forma muy elegante de decir que el profesor Quintanilla se estaba yendo por los pantys, aunque es una afirmación que hay que tomar con cuidado, porque puede, también, estar movida por la envidia, o por el desprecio. Valoraciones así las hay a cientos en los testimonios directos de nuestra guerra.
Así pues, he aquí una muestra más de la forma española de hacer las cosas, siempre tan, tan absurda, tan equívoca, tan parecida al negativo de una imagen real. La virgen de Covadonga fue salvada de la barbarie de la guerra, primero por unas monjas, y después por uno de los mayores gurús del anarquismo asturiano, es decir por una de las personas que había llenado la cabeza de tantos y tantos milicianos rojinegros de las ideas que los impulsaban a intentar hacer añicos aquella imagen que él salvó. Dice Goico Aguirre en el libro de Cabezas: «Puede decirse que él salvó a la virgen, y que la virgen lo salvó a él»; esto último porque Quintanilla, al parecer, una vez en París se las arregló para no volver.
Readivinanzas.. ¡caray!
Me dicen mis más íntimos que tendría que ser un poco más cabrón con las adivinanzas. En fin , a mí me parece que esto es algo en lo que se puede ser infinitamente cabrón, porque todos somos susceptibles de encontrar en la Historia un detallito que sea imposible de rastrear. ´
Por esta razón, lo he pensado un poco y he llegado a la conclusión de que la mejor forma de (intentar) subir el nivel sería plantear adivinanzas encadenadas. Esto es, para llegar a la pregunta final, antes hay que contestar otra u otras y, si éstas se fallan, obviamente la final también, porque las referencias anteriores no son las adecuadas.
Veamos a ver si acierto con la dificultad:
Al personaje que está en el inicio de esta adivinanza lo acusa José María Gil-Robles en sus memorias de haberle amenazado con una pistola en mitad de un debate parlamentario. Este nuestro personaje ya no estaba en España el día que terminó la guerra civil. Se encontraba en un país, uno de cuyos presidentes pronunciaría la frase: «mis enemigos lo han dicho todo de mí, salvo que soy homosexual o que he robado».
Lo último que usó este hombre antes de morir (aunque hay quien lo discute) fue un regalo de quien, tal vez, era su mejor amigo.
¿Cuál es el nombre de este mejor amigo?
A mí me parece fácil...
viernes, noviembre 07, 2008
Readivinando
Pista: en el fondo, 'ta chupao. Sólo encuentra al crustáceo, y luego piénsalo en voz alta. ¿Que dónde tienes que buscarlo? ¡Pues en el río, hombre!
Adivinafoto

Pistas:
1) El que sepa dónde, ya sabe cuándo.
2) ¡La bandera, la bandera!
miércoles, noviembre 05, 2008
Todo empezó hace 46 años
Se me ha olvidado decir que Meredith es negro.
El Tribunal Supremo de los Estados Unidos hace las veces de Tribunal Constitucional. Su interpretación de las leyes es inapelable y ha sido muchas veces utilizado para realizar la interpretación de los preceptos constitucionales. En 1954, el Supremo atendió un caso, un caso cuya denominación conocen de memoria todos los activistas negros de los Estados Unidos: Brown versus Board of Education. Tiene cierta gracia histórica que quien le pusiera una demanda a las autoridades educativas se llamase precisamente Brown (marrón, el color con que eran entonces identificados muy a menudo los negros). Y Brown ganó, porque el TS dictaminó que la segregación racial en el sistema educativo iba en contra de los principios constitucionales de la nación. Fue el tercer gran paso de la raza negra; el primero se dio más o menos en el siglo XVII, cuando los moralistas europeos acabaron por decidir que los negros eran personas y no animales; y el segundo, obviamente, fue la abolición de la esclavitud.
Sin embargo, en medio país el fallo Brown versus BOE no se aplicaba. En el sur seguía existiendo segregación, y Massachussets no era una excepción. El Estado tenía un gobernador, Ross Barnett, que se negaba en redondo a aplicar la medida y a dejar entrar a Meredith en las aulas.
En 1960, sin embargo, Estados Unidos votó un cambio. Votó a su primer presidente católico, John Fitzgerald Kennedy; un personaje poliédrico de difícil juicio histórico, pues fue un decidido aperturista con una mano mientras con la otra ordenaba el asesinato de jefes de Estado; pero cuyas ideas en materia de segregación racial, o más bien las de su hermano, eran bien claras. Kennedy pensaba que Estados Unidos sólo tendría futuro como nación unida si superaba el trauma de la segregación racial. Quienes son propensos a amar a JFK sobre todas las cosas suelen pensar que esos eran sentimientos puros basados en su concepto ético de la política. Mi visión es algo más pragmática. John Kennedy, y sobre todo su hermano Bobby, eran furibundos anticomunistas. RFK se había puesto los pantalones largos de senador asistiendo a otro senador más experimentado llamado McCarthy; y el dato lo dice todo, o casi todo. Por lo demás, en aquel entonces el FBI y su director, J. Edgar Hoover, se pasaba el día redactando informes en los que siempre estaba demostrando la filiación comunista de los líderes negros, notablemente Martin Luther King, auténtica Bestia (nunca mejor dicho) Negra de Hoover. Para los Kennedy, por lo tanto, eliminar la segregación racial era quitar de los pies de los negros el trampolín que, en su idea, les podía catapultar al marxismo.
La ciudad donde tiene su campus la Universidad de Mississippi se llama Oxford. En Oxford, Miss., el gobernador Barnett se negaba a que un negro entrase en la universidad, pero se daba la circunstancia de que ese negro, a finales de septiembre de 1962, obtuvo la matrícula. Y tenía a alguien en la Casa Blanca dispuesto a admitir su entrada.
Ni corto ni perezoso, Kennedy envió a Oxford a los US Marshalls. Que son tropas federales. Hay que entender el gesto en sus puros términos en un país que, lejos de ser autonomista, es una federación de estados libres. Si hubiese un conflicto, digamos, en el campus de la Universidad de Barcelona, por los cojones treinta y tres iba a permitir la Generalitat que Zapatero enviase a doscientos guardias civiles para guardar el orden. De hecho, que Zapatero hiciese eso no demostraría otra cosa que su radical desconfianza hacia que los mossos d'escuadra fuesen aleccionados para conservar el orden. Y eso, precisamente eso, es lo que significa la remisión de tropas federales al campus de Oxford, Mississippi.
Hubo varios días de enfrentamientos. Los enviados de RFK, conectados constantemente por teléfono con el ministro de Justicia, llegaron a pasar momentos en los que temieron por sus vidas. Finalmente, hubo dos muertos. Pero Meredith entró en clase. Los disturbios de Oxford fueron tan importantes para el alma americana que el ínclito Bob Dylan les dedicó una canción, Oxford Town.
Es una mera curiosidad, pero resulta cuando menos vistoso que, entre los muchos conflictos raciales a los que hubo de enfrentarse aquella (presuntamente) idílica década de los sesenta, algunos de los principales se produjesen en ciudades llamadas Oxford y Cambridge. En el verano de 1967, Cambridge, Maryland, un activista negro, H. Rap Brown, se alzó contra la segregación racial que, allí, alcanzaba todavía a escuelas, autobuses y hasta tiendas. Se subió a un coche y gritó: «If Cambridge doesn't come around, Cambridge's got to be burned down»; que viene a ser como nuestro patrio «si esto no se apaña, caña, caña, caña», pero a lo bestia. La que se montó fue brutal. El presidente Johnson montó una comisión parlamentaria, la conocida como Kerner Commission, cuya obsesión era dictaminar que los gravísimos disturbios raciales que en aquél año se estaban produciendo en medio país eran fruto de la agitación comunista (y tal vez, en este dato, encuentre el lector la respuesta de por qué Johnson fue vicepresidente con Kennedy). Pero el tiro le salió por la culata. Las averiguaciones de la Comisión Kerner, en buena parte basadas en los disturbios de Cambridge, dictaminaron que, lejos de ser los conflictos fruto de la agitación de elementos comunistas, se debían a cositas como que los negros sólo pudiesen estudiar en sus escuelas y usando los libros desechados por los blancos.
Así pues, todo empezó hace ahora 46 años. En octubre de 1962. Hoy, 16.837 días después, Estados Unidos ha elegido al primer presidente negro de su Historia.
Eppur si mouve...
lunes, noviembre 03, 2008
GCE y elecciones presidenciales
Hoy, apenas unas horas antes de las votaciones y a punto de que los estadounidenses se pongan a reflexionar, quizá cabe dejar aquí un breve apunte para decir que, de alguna manera, quizá indirecta, uno de los argumentos que ha estado presente en la pelea electoral entre John McCain y Barack Obama ha sido... la guerra civil española.
Dos candidatos tan distintos como McCain y Obama han coincidido en una cosa: en señalar Por quién doblan las campanas como uno de sus libros favoritos e inspiradores. Esta novela, escrita por uno de los santones de la literatura norteamericana, Ernest Hemingway, narra las peripecias de un americano que abandona una académica vida muelle en su país para irse a España a luchar en la guerra civil del lado republicano. Este personaje fue recreado en el cine por la mejor mirada tranquila de la Historia del cine, o sea Gary Cooper.
Ambos candidatos se han disputado estas últimas semanas la figura de Robert Jordan, el citado protagonista de la novela. McCain dijo en una entrevista que Jordan representaba todo lo que él quisiera ser. Y la cosa le viene de lejos. En su libro de memorias (porque sí; don Juan no es todavía presidente, de hecho parece que no lo será nunca, pero ya tiene libro de memorias), titulado Worth the fighting for, cuenta que descubrió el libro de Hemingway cuando tenía doce años, que lo leyó ávidamente y que desde entonces se sintió identificado con Robert Jordan, incluso en el momento crucial de su vida, es decir cuando cayó preso en Vietnam. Ha dicho McCain que en aquellos momentos pensaba que Robert Jordan no se rendiría, y él no se rindió.
Por su parte, Barack Obama, en la entrevista en profundidad que no hace mucho le hizo la revista Rolling Stone, citó Por quién doblan las campanas como uno de los libros que más le han influido.
¿Quiere esto decir que nuestros candidatos se identifican con la lucha del bando republicano en nuestra guerra civil? No del todo. Robert Jordan es algo más que un luchador a favor de la República. En realidad, si leeis la novela, y aunque esto es, obviamente, opinable, lo que más define a Jordan no es a favor de quién esté, sino en contra de quién. Lo que es Jordan, por encima de todo, es un luchador antifascista. Y esa mitología, para un país que la última gran goleada que ha metido en la Historia ha sido precisamente contra el fascismo europeo, tiene un valor importante.
Ambos candidatos, McCain y Obama, tratan de ver en Jordan más un luchador convencido por sus ideales que una persona defensora de unos ideales concretos. De hecho, la jugada retórica de McCain en su libro, eso de recordar tanto a Jordan cuando estaba preso en Vietnam, trata de lanzar una idea bastante discutible: de haber existido Jordan en los años sesenta, habría ido a luchar contra los norvietnamitas.
Estados Unidos tiene una relación extraña con sus brigadistas internacionales. Bueno, la primera reacción me parece a mí que es el desconocimiento; cuanto más joven el estadounidense al que se le pregunte, más desconocimiento. Pero, aún sobrepasando este obstáculo, está el problema de que los americanos que fueron a España a luchar en la guerra civil eran, por un lado, antifascistas como Jordan (bien); pero eran, también, en buena parte, comunistas (mal). Robert Jordan es un intento por parte de Hemingway, un intento que a mí me parece exitoso, de resolver este sudoku ideológico construyendo un personaje cuyas convicciones ideológicas quedan un tanto desdibujadas, como digo más anti algo (el fascismo) que pro cualquier cosa (procomunista, o proliberal, etc.) Hay quien dice que el protagonista original era comunista y que esto cambió a instancias del editor estadounidense de la novela, que se acojonó. Sea cierta o no esta tesis, lo que sí es cierto es que la indefinición de Jordan es lo que permite que hoy dos candidatos a la presidencia, con notabilísimas diferencias ideológicas entre uno y otro pero que en cualquier caso utilizan ambos El Capital de Karl Marx para calzar la pata coja de alguna mesa familiar, puedan sentirse identificados con él.
De hecho, el título del libro de McCain está directamente relacionado con Jordan. Al final de la novela de Hemingway, el héroe americano yace muy cerca del puente que le han enviado a volar, con la pierna rota, sabiendo que no puede escapar. Le dice a su novia, María, que se pire y se salve. Una vez solo, enfrenta la muerte y es entonces cuando, en su monólogo final, pronuncia la frase: «The world is a fine place and worth the fighting for and I hate very much to leave it»; el mundo es un lugar hermoso por el que merece la pena luchar, y odio abandonarlo.
El héroe americano, generoso, duro a su manera, extraordinariamente capaz, mirando a la muerte a los ojos. Ésta es la imagen cautivadora. Y su relación con los hechos históricos concretos de la guerra civil, más bien epidérmica.
miércoles, octubre 29, 2008
Viento divino
Si has llegado hasta este artículo, has de saber que 17 años después lo amplié con una serie completa.
Todo empezó el 19 de octubre de 1944. La segunda guerra mundial iba de angustia para el Eje en Europa, y en el Pacífico empezaba a ir también bastante mal. Japón todavía estaba en mejor situación que Alemania, pero por poco. En ese momento, el centro del enfrentamiento de la guerra del Pacífico eran las islas Filipinas.
En la batalla del mar de Filipinas, la flota japonesa fue humillada por la estadounidense. Como bien dijo el almirante Tojo, con el bombardeo de Pearl Harbour, todo lo que había conseguido el Mikado había sido despertar al tigre. En 1944, el tigre estaba ya harto de Frosties y unos biceps como muslos. Así que en el mar de Filipinas, la otrora orgullosa armada nipona recibió una mano de hostias que la dejó grogui.
Tras dicha victoria, los americanos decidieron que había llegado el momento de invadir las Filipinas. Medio siglo después de habérnoslas ganado a los españoles, ahora tenían que ganárselas a los samurais. Y lo hicieron a lo grande. El 17 de octubre, entraron en el golfo de Leite. Y era sólo el principio. Apenas unas horas después, una impresionante flota con unos 100 portaaviones y barcos auxiliares atacaba los puertos filipinos, desde Luzón hasta Mindanao. Japón apenas pudo montar una débil operación defensiva que, sin embargo, en una muestra de optimismo recalcitrante, bautizó Operación Sho: Operación Victoria.
Dos días después, los aviadores japoneses del Grupo Aéreo 201, con base en el aeródromo de Mabalacat, vieron llegar a un coche oficial negro. En él viajaba al almirante Takijiro Ohnishi. Nada más llegar, Ohnishi convocó a los jefes del Grupo y les informó del despliegue de la Operación Sho. El almirante Kurita, al mando de una fuerza naval, entraría en el golfo de Leite buscando hundir cuantos más barcos americanos, mejor. El Grupo Aéreo había sido encomendado de apoyar dicha operación, centrándose, sobre todo, en conseguir que los portaaviones quedasen inoperativos.
Y fue entonces cuando pronunció unas palabras históricas:
- No podremos ganar utilizando los métodos tradicionales de lucha. Nuestra única posibilidad es estrellar nuestros cazas Zero en las cubiertas de los portaaviones.
Tras esa intervención, el capitán de fragata Tamai anunció una reunión con los jefes de escuadrilla. Todos los pilotos, menos dos, aceptaron la misión suicida. Desde entonces, aquellos pilotos fueron conocidos como kamikazes, en japonés viento divino.
El primer militar designado como kamikaze fue el teniente de navío Yukio Seki, designado para dirigir dicha operación. Seki se había casado en Tokio pocos días antes. Al recibir la noticia, escondió la cabeza entre las manos por unos segundos, cerró los ojos, reflexionó durante unos segundos y, después, se limitó a incorporarse y asegurar que realizaría la misión. Con él fueron otros 23 pilotos.
El día 25, por la tarde, Seki se lanzó en picado contra la cubierta de un portaaviones, y fue seguido por sus compañeros en diversos objetivos. Los 24 pilotos habían hecho un daño exponencialmente superior al que hizo una escuadrilla de 93 cazas y 57 bombarderos que atacó a la flota americana con métodos tradicionales.
De todas formas, no le cabe a Seki el relativo honor de ser el primer kamikaze de la Historia. En la base de Cebú, el día 20, se les dio a los pilotos tres horas para pensar, tras las cuales deberían entregar un sobre; si dentro estaba su nombre, serían reclutados como suicidas; si el papel estaba en blanco, les dejarían en paz. Una vez más, sólo dos aviadores pusieron un papel en blanco. Este grupo también atacó el 25, pero por la mañana, en Davao. Lógicamente murieron todos, pero dejaron inservibles tres portaaviones.
El éxito de estos ataques hizo que el almirante Ohnishi intentase expandir la táctica kamikaze al Segundo Grupo Aéreo, dirigido por el vicealmirante Fukudome. Cuando consiguió convencerle, se inició un proceso masivo de voluntariado de jóvenes que querían morir estrellándose con sus aviones. Muchos, muchos japoneses que hoy en día son ancianos provectos pueden contar que una vez estuvieron en una lista para morir. A todos les salvó la guerra, y el hecho de que Japón la estuviese perdiendo. Porque el viento divino salía extremadamente caro: por cada suicida, hacía falta sacrificar un avión. Pronto, el suministro de aeronaves comenzó a faltar y, finalmente, el 5 de enero fue ya imposible realizar más ataques.
La caída de Filipinas abrió a los EEUU las puertas del Japón. En febrero de 1945, los americanos desembarcaban en Iwo Jima y, en abril, Okinawa.
Entonces fue cuando se inventaron las llamadas bombas tontas o bombas baka. Se trataba de cohetes cargados con proyectiles de 1,8 toneladas enganchados a bombarderos. A la vista del blanco, el cohete sería soltado con un kamikaze montado sobre él, con la misión de guiar el proyectil hacia el suicidio. En Okinawa, el 12 de abril, se lanzaron bombas tontas. Increíblemente, al primer piloto tuvieron que despertarlo; llegado el momento de lanzarse, estaba en el avión durmiendo a pierna suelta.
En total, 2.519 japoneses se suicidaron estrellando aviones o bombas tontas.
El 15 de agosto de 1945, el emperador del Japón, Hiro Hito, declaró el fin de las hostilidades y la rendición del Japón. Pero unas horas después, el almirante Ugaki, jefe de la Quinta Flota Aérea, reunió a sus soldados y anunció que había decidido despegar y estrellarse contra los americanos en Okinawa. Los que se presentaron voluntarios para seguirle superaban la cifra de 11 aviones disponibles.
Por lo que se refiere a Ohnishi, el almirante que lo inició todo, cometió sepuku. Tras escribir una nota alabando a los mártires, se clavó una katana en el vientre, herida de la que estuvo agonizando durante más de doce horas, sin admitir ningún tipo de asistencia.
La Historia no les mira con admiración. Y, verdaderamente, no sería bueno que lo hiciera. La figura de los kamikazes es una de esas cosas que aguanta mal el paso del tiempo.
martes, octubre 28, 2008
Corpus de sangre (y 3)
Primera
Segunda
Tercera
La presunta muerte del conseller Massana fue la que convirtió el Corpus de Sangre en lo que el mito catalanista pretende que fue. En mi opinión fue entonces, y no antes, cuando los disturbios se convirtieron en la mezcla entre un mero problema de orden público, los segadores, mezclado con la sincera y mayoritaria defensa por parte de los barceloneses de sus muy queridos poderes locales, representados, obviamente, por ese diputado presuntamente muerto. Conforme se fue conociendo la noticia del asesinato, era más o menos la hora de la sobremesa, mucha gente se echó a la calle para protestar. Los tres obispos que habían participado en acallar a los segadores, es decir Gil Manrique y los prelados de Urgel y Vich, lo pudieron comprobar claramente cuando salieron a la calle, apresuradamente, en dirección al Consejo del Ciento, adonde se dirigieron tras conocer un inopinado mensaje que les había llegado del virrey señalando que los quería ver. Para los prelados, aquello fue un jarro de agua fría. Todos ellos esperaban que, para entonces, Santa Coloma estuviese seguro en algún barco a unas cuantas millas del mogollón. No contaban con el jovencito Cristofol y sus chorradas. Decidieron ir al Consejo para ver qué se cocía allí.
sábado, octubre 25, 2008
Corpus de sangre (2)
Primera
Segunda
Tercera
jueves, octubre 23, 2008
Corpus de sangre (1)
Primera
Segunda
Tercera
Los mitos son tan connaturales a las sociedades y a las naciones que a veces resulta difícil dirimir si unos son consecuencias de las otras o, en realidad, las han creado. Entre los mitos nacionales, las rebeliones ocupan un lugar primordial. No hay nada como la rebelión de un pueblo contra otro para sustantivar la idea de nacionalidad. Esto es así, además, porque, por pura lógica, toda rebelión se produce siempre contra pueblos cercanos que, de alguna manera, han sido dominadores. Los romanos nunca se rebelaron contra los britanos porque no les hizo falta; eran más poderosos que ellos. Con las mismas, los polacos nunca se han rebelado contra los neozelandeses, puesto que una y otra nación quedan a tomar por culo una de la otra.
miércoles, octubre 15, 2008
Churchill y Franco
Sin conocer la profundidad de las investigaciones de Ferrer, todo cuadra y tiene los visos de certeza. Si en la España de posguerra civil había alguien con capacidad y contactos para mover pasta, ése era March, personaje polimórfico y capaz de relacionarse con cualquiera. Es cierto que la II República fue a por él descaradamente, montándole una especie de juicio parlamentario en una sesión secreta de las Cortes; sesión en la que los postulados de March fueron defendidos por él mismo y, en sesiones subsiguientes, por José María Gil-Robles, líder entonces de las derechas republicanas. El gran enfrentamiento entre March y la República se produjo a cuenta de la organización del monopolio de tabaco, el cual supuso un quebranto para el mallorquín, que contaba con la concesión de la distribución de tabaco en las plazas africanas, es decir Ceuta, Melilla y el Protectorado. March instiló acusaciones de corrupción contra el gobierno, al que por lo que sé acusó de haber concedido la provisión de tabaco para el monopolio a una extraña sociedad extranjera (Le Nil se llamaba); y, en contraataque, los políticos de la República acusaron a March de contrabandista, de corruptor, de un montón de cosas. Indalecio Prieto llegó a decir en uno de sus discursos parlamentarios que todo el problema de March con los políticos republicanos es porque éstos habían rechazado su dinero en los últimos meses de la monarquía. Y tiene lógica pensar que March hiciera dicho ofrecimiento, teniendo en cuenta que pagó la construcción de la Casa del Pueblo de Palma de Mallorca, así pues no le hacía ascos a tener amigos en cualquiera de los lados del espectro político. Tras la guerra civil, Juan March se situó como el gran financiero del régimen, así pues es lógico que Churchill lo utilizase para enchufar la pasta.
La teoría, no demostrada al menos hasta ahora, de que Gran Bretaña untó a milicos hispanos para evitar la entrada de España en la guerra, es vieja; yo recuerdo haberla leído varias veces. Es pues, razonable darla por cierta. Ahora bien, y esto es lo que me ha movido a redactar apresuradamente estas notas, también es cierto que estos pagos, si existieron, son sólo un elemento más de la ecuación, y ni siquiera el más importante.
A despecho de que Tiburcio me corrija, pues estoy poniendo un pie en su Negociado de Historias Bélicas, hemos de tener en cuenta factores como:
1.- La principal razón de Franco para rechazar las presiones de Serrano Súñer y de la Falange para entrar en la guerra en favor de las potencias fascistas era el miedo. Franco no era tonto y sabía bien que cuando se apaga un fuego en el monte, pasan días durante los cuales las brasas siguen activas en el subsuelo, así pues cualquier tontería puede reactivarlas. Para ganar la guerra había sido crucial la neutralidad francobritánica, algo que, una vez entrados ambos países en guerra, no hubiera tenido lógica mantener si Franco hubiese seguido teniendo enemigo. Por lo demás, España era un país agotado por tres años de guerra y embarcarla en una nueva habría podido disparar la oposición al general. Frente a versiones interesadas como la de Serrano, quien pintó la entrevista de Hendaya como un triunfo de un Franco pacifista que quería ahorrarle a los españoles los horrores de la guerra, parece más cierto que las dificultades puestas por Franco eran más de carácter estratégico que moral.
2.- El precio que Franco reclamaba a Hitler a cambio de entrar en la guerra era excesivo. Hitler, consciente de que una invasión de Francia en toda regla (y no se olvide que la Francia de 1940 tenía muchos millones de kilómetros cuadrados en África) comprometería sus recursos (algo parecido le pasó a Felipe II en el siglo XVI; tenía que dedicar tantos soldados a vigiliar las plazas que tomaba o poseía que luego no tenía lanceros para dar hostias), optó por la solución Vichy. Pero la solución Vichy suponía la existencia de un gobierno francés primo hermano, con sus intereses propios. La reivindicación de Franco, que se basaba sobre todo en extender la influencia hispana en Marruecos, era impagable para el Führer, a menos que se malquistase con Petain.
3.- Hasta que se produce la invasión aliada en el norte de África y comienza la subguerra contra Rommel, la entrada de España en la guerra hubiera supuesto la creación de un nuevo frente entonces inexistente. Hitler, a sus espaldas, tenía la Francia de Vichy y más allá un régimen político que recibía en Madrid a Heinrich Himmler como un fiestero de veinte años recibiría en su dormitorio a Angelina Jolie. Si España se convertía en miembro del Eje, la respuesta de Reino Unido habría sido defender Gibraltar, probablemente invadiendo las Canarias. Esto, para Franco, hubiera podido ser el acabóse, pues sabía bien que si sus alianzas llegaban a comprometer la integridad territorial española, muchos de los que le vitoreaban podrían volverse contra él.
Una vez que se produce la invasión de África, momento en el que los aliados ya cuentan con el concurso del Tío Sam, habría sido una mala decisión estratégica pedirle a Franclo que entrase en guerra. Con una España no beligerante, los ejércitos aliados tuvieron que entrar por Sicilia y, como demuestran hechos como la batalla de Nola, no les fue fácil. Con España en el Eje habrían tenido toda la fuerza moral de entrar por Cádiz, o Málaga, o Almería y, a menos que Hitler sembrase el país de Panzerdivisionen, se habrían plantado en los Pirineos en menos de lo que yo tardo en gestionar un bocata de chorizo cular; generando con ello, mucho antes del verano del 44, la situación de doble frente (Este y Oeste) que generó el desembarco de Normandía. Mi teoría, incluso, es que es una pena que Franco no entrase en la guerra pues, de haberlo hecho, la derrota de Hitler se habría adelantado cosa de año y medio y, además, Franco probablemente no habría sobrevivido a la misma.
4.- Hay, por último, un factor de importancia crítica, cuando menos desde 1943, aunque probablemente desde antes. El gran punto flaco de Alemania eran las materias primas y muy especialmente los hidrocarburos; esto explica buena parte de los afanes expansionistas de Hitler. Así pues, Alemania, que era el centro del Eje, podía proveer a sus aliados de muchas cosas, fundamentalmente divisiones motorizadas, aviones, carros de combate y esas cosas; pero no podía garantizarles suministros de los que fuesen deficitarios.
En España, como sabemos bien, no hay casi petróleo. Somos intensamente dependientes del exterior en esto; y si lo somos hoy, que hay molinos eólicos y centrales nucleares, hace setenta años lo éramos cien veces más.
Para Franco, unirse al Eje habría supuesto enterrar a los españoles en una carencia mucho más acusada que la que de por sí depararon los años del racionamiento. Carlton Hayes, que fue embajador de Estados Unidos en España en los últimos años de la guerra, cuenta en sus memorias que la estrategia de Roosevelt y de Truman fue calcular las necesidades de petróleo de España y luego darle a Franco acceso a más o menos el 60% de las mismas. Una decisión inteligente, porque de esta manera generó una dependencia total respecto de dichos suministros pero, al tiempo, mantenía al posible enemigo en una situación de anemia crónica.
En suma: si Franco hubiese entrado en guerra junto a Alemania, se había encontrado con que, tras el desembarco en África de los aliados, los ejércitos se habrían ido a por él. Si Hitler o Mussolini hubiesen decidido ayudarle entonces, además de enviar los tanques tendrían que haber enviado también la gasolina y los pertrechos, porque España no estaba en condiciones de facilitárselos. Es prácticamente inevitable que Franco perdiese Canarias y que, incluso, con la disculpa de protegerlas, también perdiese las Baleares, invadidas por su amigo y aliado Mussolini, el cual siempre las ambicionó. La rápida convergencia entre aliados y españoles republicanos habría dado una esperanza a la oposición interior, fortaleciéndola.
Si además había generales untados que iban a El Pardo a comerle la oreja para que no entrase en la guerra, es más que probable. Pero lo que reputo falso es que ésta fuera la principal razón de nuestra no beligerancia.
martes, octubre 14, 2008
Discusiones bizantinas (y 3)
El segundo concilio de Nicea, será el que deba enfrentarse, como decía, con el problema de la iconoclastia. En realidad, los iconoclastas son una consecuencia de la impregnación entre religiones. Tanto los judíos como los musulmanes son contrarios al culto a las imágenes y, de hecho, el Antiguo Testamento no es muy partidario (véase Éxodo, XX, 4). A los iconoclastas les preocupaba que la creciente querencia del catolicismo por las imágenes, a base de multiplicar vírgenes, santos y celebraciones, debilitaba al catolicismo a la hora de conseguir prosélitos entre las personas nacidas en otras creencias. El emperador León III dió un paso hacia la prohibición de las imágenes, pero la lentitud en la retirada de las imágenes llevó a los emperadores bizantinos a decidir acelerar un poco las cosas. El clímax iconoclasta se alcanzó el día que los iconoclastas, por sí mismos o quizá debidamente teledirigidos, derribaron una imagen de Jesús de Nazaret que coronaba el palacio imperial.
El patriarca de Constantinopla, Germán, protestó contra estos actos y defendió el uso de imágenes en el culto católico. La respuesta de los constantinopolitanos fue deponerle para colocar en su lugar al iconoclasta Anastasio. El año 729, Germán se fue con el cuento al Papa Gregorio II.
El siguiente Papa Gregorio, el III, celebró un sínodo en el 731, donde amenazó con excluir de los sacramentos a todo aquel que destruyese una imagen. El sucesor del emperador León III, Constantino V, llamado El Coprónimo, intensificó la violencia iconoclasta. Convocó un concilio en Hiería sin el concurso del Papa. En este conciliábulo reunió a 338 obispos, todos iconoclastas, dirigidos por Gregorio de Neocesarea. Anatematizaron a Germán de Constantinopla, Jorge de Chipre y Juan Damasceno por defender el culto de las imágenes.
El siguiente emperador, León IV, siguió con la política iconoclasta, aunque no sin tantas violencias. Pero tenía el problema en casa. Su mujer, la emperatriz Irene, era secreta defensora de las imágenes, hasta el punto que su marido llegó a descubrirla en sus habitaciones privadas practicando el culto a las mismas. Sin embargo, Irene jugaba con la ventaja que las mujeres suelen tener siempre en materia de esperanza de vida; así, León la acabó palmando antes que ella, dejándole la corona a un niño de diez años, Constantino VI. La emperatriz, ni corta ni perezosa, restableció el culto a las imágenes y pactó con el Papa, Adriano I, la celebración de un concilio. Este segundo concilio de Nicea se abrió el 24 de septiembre del 787, bajo la presidencia del patriarca Tarasio de Constantinopla.
El concilio sirvió para condenar definitivamente la iconoclastia, aunque, teniendo en cuenta que los enemigos de las imágenes eran un huevo, intentó fórmulas de acercamiento para que no se cabreasen mucho, fórmulas que de hecho han permanecido en el tiempo. Por ejemplo, una de las cosas que Nicea pasó de defender eran las imágenes representando la Trinidad, entonces muy en boga, en las que el Padre aparecía como un anciano, el Hijo como alguien más joven y el Espíritu Santo como la famosa paloma. No es una iconografía demasiado extendida, y ello es así, en parte, por aquel intento de transacción. Dicen las conclusiones del concilio que “se debe dar a estas imágenes la salutación y la adoración e honor, pero no el culto de latría [de ahí la ido-latría], que sólo conviene a la Naturaleza Divina”. Viendo las cosas que hacen los almonteños con la reja y tal, da que pensar que las normas de Nicea no se cumplen demasiado.
Estas conclusiones, además, vivirían otra peripecia que dio para un montón de problemas. Enviadas las actas a Roma originalmente escritas en griego, el Papa dio orden de que se tradujesen al latín y fuesen remitidas al nuevo poder emergente en Europa, que era el emperador Carlomagno. El traductor la cagó y, en lugar de la palabra adecuada que era veneración (de las imágenes), utilizó la palabra adoración. Como consecuencia, durante varios años la iglesia francesa anduvo a hostias con Roma por considerar que el concilio de Nicea obligaba a los católicos a adorar las imágenes.
De todas formas, una cosa quedó clara en Nicea y permanece en el momento presente: el pacto entre el Papado y los poderes políticos de Occidente. Hasta esos días, el gran apoyo del pontífice había sido el emperador constantinopolitano; pero con el surgimiento de Carlomagno, es decir el poder centroeuropeo redivivo, el Vaticano cambió de amiguito, lo cual no sentó nada bien a los emperadores bizantinos, los cuales, poco a poco, fueron alejándose y creando eso que conocemos como cisma de Oriente.
El día de la Epifanía del 857, el patriarca Ignacio de Constantinopla celebraba una misa a la que asistía Bardas, el regente que gobernaba durante la minoría de edad del emperador, su sobrino Miguel III, conocido por la Historia con el nada equívoco sobrenombre de El Beodo. Por razones de moralidad, Ignacio se negó a dar la comunión a Bardas, por lo que el regente se encabronó y lo cesó. Nombró patriarca a Focio, que es, a mi modo de ver, el caso más supersónico de santidad de la Historia: en seis días pasó de seglar mediopensionista a superobispo de una de las dos o tres mayores sedes apostólicas del mundo.
La reacción de Roma era de esperar. Sintiéndose fuerte ahora que tenía alianzas con el nuevo poder Europeo, se puso del lado de Ignacio y lo declaró único y legítimo patriarca de Constantinopla. La respuesta de Focio fue excomulgar al Papa Nicolás I. Apoyándose en argumentos demográficos, Focio lanzó la idea de que Roma debería dejar se ser la sede central del catolicismo en favor de Constantinopla, ya que, desde la conversión de los búlgaros, el catolicismo era más fuerte en el Este que en el Oeste de Europa. Además, acusó a los latinos de herejes, por defender la idea de que el Espíritu Santo no sólo procede del Padre, sino también del Hijo. Como se puede ver, este teológico tridente siempre ha dado para mucho en las polémicas.
El Beodo fue asesinado en el año 867, siendo sustituido por Basilio el Macedonio, el cual cambió completamente el tono del enfrentamiento. Recluyó a Focio en un monasterio y restituyó a Ignacio. Ambos por su cuenta se dirigieron a Roma para solicitar apoyo. Así que, finalmente, el Papa Adriano II tuvo que convocar un concilio, el IV de Constantinopla, que comenzó el 5 de octubre del 869. Dicho concilio excomulgó a Focio y creyó enterradas todas las indisciplinas de la iglesia oriental.
Este cuarto concilio de Constantinopla es el último celebrado en Oriente. El último de las discusiones bizantinas. Para entonces, la Edad Media llamaba a la puerta, y el mundo cambiaba. El resto de los concilios ecuménicos se ha celebrado en Occidente, lo cual ha alejado progresivamente a los llamados católicos y a los llamados ortodoxos. Es un proceso quizá menos visible porque los problemas de la Iglesia católica, en los siglos siguientes, serán muchos, pero ya no vendrán de Oriente, sino de cosas como la herejía albigense y, sobre todo, el protestantismo.
A Juan XXIII le preocupaba mucho la desunión de los católicos y hay quien quiere ver en el último concilio, el Vaticano II, un intento de acercamiento. No obstante, como habéis podido leer, hay por medio siglos de leches.
Por de pronto, cambiamos de tema para no aburrir en exceso. Pero queda pendiente hablar de muchos concilios, y de muchas discusiones, aunque ya no bizantinas.
viernes, octubre 10, 2008
Discusiones bizantinas (2): ¿Cuántas voluntades tiene Cristo?
Pues si. Tras un largo camino de siglos, la Iglesia católica parecía haber llegado a un acuerdo en que Dios y su hijo eran dos naturalezas sin confusión ni cambio, división o separación; es decir que habían llegado a un acuerdo sobre sabe Dios qué (y nunca mejor dicho).
Sin embargo, la paz estaba lejos de llegar al terreno de la discusión religiosa. En los siglos subsiguientes, se dejó de discutir sobre las naturalezas de Cristo y se pasó a dar hostias por la cuestión de las voluntades que, como espero demostraros pronto, da para mucho.
En el siglo V, el famoso emperador Justiniano vino a alimentar la hoguera de las leches entre teólogos con la publicación del libro denominado de los Tres Capítulos, en el que, entre otras cosas, incluía extractos de las obras de Teodoreto de Mopsuesta, doctrinario que fue de los nestorianos, que eran contrarios al monofisismo.
Los monofisistas estaban fuera de la Iglesia desde el follón de Eutiques, entre otras cosas porque consideraban a Roma excesivamente blanda con el nestorianismo. Ofrecieron a Justiniano el retorno monofisista a la Iglesia a cambio de la condena explícita de los nestorianos por el Papa Virgilio; pero éste declinó la idea, buscando que no hubiese follón.
Justiniano, sin embargo, hizo la guerra por su cuenta. A causa sobre todo de cómo le comió la oreja el obispo de Cesarea, Teodoro Askidas, publicó un decreto condenando a los nestorianos. Los obispos de Oriente firmaron todos como un solo hombre; debían obediencia al Papa, ciertamente. Pero Justiniano, sus ejércitos y sus comisarías estaban más cerca. Cuando el Papa de Roma se enteró de que el emperador había conseguido firmas que sólo podía autorizar él montó en cólera, desposeyó al patriarca de Constantinopla Mennas, que también había firmado, y generó una división de hecho entre iglesia de oriente y de occidente. En realidad, estaba echando un pulso con Justiniano, o Justiniano con él, pues ambos sabían bien que el decreto venía a cagarse y mearse sobre la autoridad del Concilio de Calcedonia, que había admitido en el seno de la Iglesia a dos nestorianos, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa, que ahora resultaban condenados.
Justiniano no se lo pensó dos veces. Llevó sus ejércitos a Roma y allí, el 22 de noviembre del año 545, pilló al Papa diciendo misa en Santa Cecilia del Trastevere y lo sacó de Roma a la fuerza. En sus inicios, Virgilio no dio su brazo a torcer; sabía que, si lo hacía, era como admitir que el que mandaba en la Iglesia era Justiniano, y no él. Pero al final acabó dándole la razón.
La decisión del Papa provocó la rebelión de la Iglesia occidental, para la cual Justiniano no era tan poderoso. Un sínodo de obispos africanos retiró la comunión católica a Virgilio, o sea el Papa; a bien quién es el chichi que se atreve hoy a hacerle eso al Ratzinger. El Papa negoció entonces con Justiniano una pequeña patada a seguir, es decir dejarlo todo pendiente hasta un nuevo concilio.
A pesar del pacto, Justiniano fue a lo suyo y publicó un nuevo decreto condenatorio de los nestorianos. Como quiera que el Papa amenazó con echar de la Iglesia a quien se adhiriese al decerto, Justiniano se fue a por él, motivo por el cual el pontífice hubo de huir de Constantinopla a Calcedonia, desde donde excomulgó al equipo teológico habitual de Justiniano (Teodoro Askidas y Mennas) y logró suficientes adhesiones obispales como para acojonar a Justiniano, quien finalmente volvió grupas y le pidió perdón.
Fruto de este frágil acuerdo fue el concilio II de Constantinopla, abierto por Justiniano y al cual el Papa no asistió por si las flies. El concilio condenó a los nestorianos, pero el Papa, desde Roma, se negó a que Teodoreto pudiera ser condenado, motivo por el cual Justiniano se cabreó de nuevo y volvió a desterrar a Virgilio. Lo tuvo en el maco hasta que torció el brazo y condenó a los nestorianos.
El concilio III de Constantinopla, que viene después, es el producto de que los obispos católicos orientales empezasen a notar en la nuca el aliento del mahometanismo, cada vez más en boga. Buscando fortalecer a la Iglesia frente a la nueva amenaza, el patriarca Sergio de Constantinopla trató de elaborar una teoría comprensiva del monofisismo y el catolicismo ortodoxo. En una finta realmente gallega, la teoría de Sergio daba la razón a los católicos al afirmar que en Cristo había dos naturalezas; pero, al mismo tiempo, se la daba a los monofisistas al aseverar que era una sola su voluntad. Es lo que se llama monotelismo. La cosa surgió su efecto: los monofisistas se pasaron en masa al monotelismo y, con ello, el emperador Heraclio tuvo lo que buscaba, que era una Iglesia más unida, o sea más fuerte frente a Mahoma.
La Iglesia católica, con tanto monasterio y tanto lugar de reflexión y oración, siempre tiene la capacidad de alumbrar algún tocanarices que le acaba encontrando problemas a las soluciones. En este caso, se trata de dos monjes, Sofronio y Máximo. Estos dos monjes rechazaban la piedra angular del monotelismo, según la cual era necesario admitir una sola voluntad en Cristo pues, de tener dos, entrarían en conflicto. Los monjes sostenían que, si la existencia de dos naturalezas no provocaba dicho conflicto, no tenía por qué provocarla la existencia de dos voluntades. Además, afirmaban que en Cristo tenía que existir la voluntad humana, y no sólo la divina, pues de otra forma no existiría su libre sometimiento a la voluntad divina (eso de Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu).
Sofronio acabó siendo elegido obispo de Jerusalén, desde donde envió un mensajero a Roma para explicarle al Papa Honorio I que el monotelismo oriental, que el pontífice creía inofensivo, era en realidad una herejía. Como respuesta, Honorio dictó una carta de ésas que tan bien se entienden: «dos naturalezas operando lo que les es propio, sin confusión, sin separación y sin cambio». Ole con ole y ole.
La intención de Honorio era que no se discutiese demasiado la cuestión para no andar dando por culo. Pero, a su muerte, el emperador Heraclio, para quien el apoyo monotelista era muy importante políticamente, dictó un decreto, la Ektesis, en el que claramente se ponía del bando monotelista. Ni este Heraclio ni su sucesor Constantino III, ni el siguiente Constante II, se bajaron de la burra de su decreto, por mucho que los diferentes papas que se sucedieron se lo pidiesen. Finalmente, el Papa Teodosio I se atrevió a deponer al patriarca de Constantinopla, Pablo, después de que éste le escribiese una carta que era algo así como un «sí, soy monotelista. ¿Pasa algo?»
En esta situación tan enfrentada, el depuesto Pablo convenció al emperador Constante de que publicase un nuevo decreto en el que se amenazaba con penas severas al que siquiera hablase sobre si hay una o dos voluntades en Cristo.
Un nuevo Papa, Martín I, celebró un concilio en Letrán en el que condenó el monotelismo y lanzó anatema contra todo el equipo monotelista, es decir los patriarcas Sergio, Pirro, Pablo, Ciro de Alejandría, etc. La respuesta del emperador fue imponer sus decretos en Italia por la fuerza e irse a por el Papa. El general Teodoro Galliopas persiguió al Papa a Letrán, donde lo detuvo y lo mandó a Naxos exiliado. Martín I moriría en ese destierro, bastante maltratado, razón por la cual hoy la Iglesia católica lo venera como mártir.
Por si no hubiese suficiente gente tocando los huevos, surgió otro doctrinario, Pedro de Constantinopla, quien, no sabemos si después de haberse tomado un tripi o qué, decidió resolver la cuestión proponiendo la teoría de que Cristo no tiene una ni dos voluntades, sino tres. Hay que ver la querencia que tiene la Iglesia católica de usar el número tres para explicarlo todo.
El Papa Vitaliano, más listo que los anteriores, ejercitó la paciencia. Se limitó a esperar a que Constante la espichara (fue asesinado en el 668) y, una vez producido el óbito, se dedicó a trabajarse al sucesor, Constantino Pogonato, al cual acabó arrancando la retirada de los famosos decretos.
El buen rollito entre papas y emperadores culmina en el III concilio de Constantinopla, convocado para unir las iglesias de oriente y occidente, siendo Papa Agatón. En sus sesiones se condenó el monotelismo.
Ya se había resuelto el problema de las voluntades. Pero aquella era de las discusiones bizantinas iba a dar para mucho. En la cola de los problemas estaban ya esperando unos tipos de los que seguro que alguna vez habéis oído hablar.
La próxima vez hablaremos, pues, de los iconoclastas.
martes, octubre 07, 2008
El rey gafe: la solución
sábado, octubre 04, 2008
Adivina, adivinanza: un rey gafe
Lamento no estar asomándome por esta ventana en estos días. Una contractura muscular en el brazo derecho tiene la culpa. Aún me quedan unos días de cabestrillo cuando no sea necesario escribir y eso. Pero, bueno, le robo unos minutos al relajo muscular para dejar estas líneas.
Si os pregunto a vosotros, obviamente aficionados a la Historia, por la boda de un rey de España que fuera movida y desgraciada, con seguridad me contestaríais: la de Alfonso XII, o sea la boda en la que Mateo Morral tiró una bomba y organizó la de Dios es Cristo.
Hay un rey de España, sin embargo, que en mi opinión tuvo una boda mucho más desgraciada. Lo de Alfonso XII fue un atentado. Pero lo de este rey fue un auténtico contradiós. En las jornadas previas a la boda, y en la misma boda, se produjeron tantos fallecimientos que el ilustre padre (ojo, relectores: ayer sábado, agilipollado por los relajantes musculares, escribí suegro erróneamente), también rey, acabaría gritando: "¡No más muertes!"
La única pista que os daré: cuando este rey se casó, no era rey.
Seguro que alguien lo pilla.
martes, septiembre 30, 2008
Una votación [tal vez] histórica
Por lo que he podido ver en diversos recortes televisivos en internet, aquéllos que ayer han votado en contra del plan de rescate económico urgente (aproximadamente el 40% de los demócratas y el 70% de los republicanos) hasta dejarlo en la cuneta por falta de 13 votos, han esgrimido dos grandes argumentos.
El primero, las prisas. Algún congresista ha llegado a decir: con las mismas prisas vino Bush a esta casa a decirnos que teníamos que ir a Irak a dar hostias, y así nos ha ido.
El segundo, las críticas esenciales. Quienes no han votado el plan no lo han hecho, fundamentalmente, por no encontrar en él las garantías necesarias de que no va a ser un mecanismo para que quienes crearon la crisis encima se forren saliendo de ella. Se habla de incluir en él medidas como la limitación de dividendos (para que los accionistas y gestores sean los primeros que paguen los platos rotos) y, sobre todo, transparencia en los balances. Si voy a salvar a alguien que dice que se hunde, dicen estos políticos, entonces quiero que me enseñe su sala de máquinas para que yo pueda comprobar que está de agua hasta el cuello, y por qué.
En un blog de Historia, lo lógico es reflexionar sobre si nos encontramos ante un hecho histórico. Se podría pensar que sí. Nancy Pelosi, la líder demócrata de la Cámara, declaró en la madrugada española que, tras la votación, el partido está roto. A mí me parece, más bien, una campanuda declaración que tiene más que ver con lo acojonada que estará la señora con su carrera personal (vaya líder de mierda que no lidera nada) que con la realidad. Hace ya décadas, bastantes, que los politólogos vienen señalando que en los órganos legislativos americanos hay, como poco, cuatro partidos políticos: los republicanos del norte, los del sur, los demócratas del norte, y los del sur; o, si se prefiere, los republicanos y demócratas urbanos densos y los rurales dispersos. No puede estar roto un partido que ya no estaba propiamente amasado. Si la señora Pelosi supiera algo de su propia Historia, recordaría lo terriblemente incómodo que le fue a su presidente John Fitzgerald Kennedy el último viaje que hizo a Texas por la fuerte oposición que en dicho estado, y también entre sus políticos, había a políticas de la Casa Blanca como la lucha contra la segregación racial. Y tanto el gobernador de Texas como el alcalde de Dallas eran demócratas, o sea de su mismo partido. Pero es que entre un demócrata de Hickory Hill y un demócrata de Dallas hay bastante más distancia que la que hay entre un socialista de Huelva y un pepero de Huelva.
No obstante, hay ribetes históricos en esta movida. A las puertas de una elección presidencial, que no es sino la guinda de un pastel que es el sistema político americano, éste ha sido puesto un poco en solfa. Hay quien dice que la votación de ayer pone en cuestión el sistema de caucus y, en general, la plutocracia del sistema político americano, según la cual no puede ser candidato a nada quien no tiene pasta suficiente para ello. Algunos analistas interpretan el voto del Congreso como una sutil protesta de la sociedad americana por no sentirse propiamente representada por el sistema existente para la elección de representantes.
El congresista americano es, de todos los políticos de Washington, el que más cerca de la nuca nota el aliento de sus electores. Al revés que los senadores o que el propio presidente de los EEUU, no es votado en circunscripciones nutridas como los estados, sino en condados y circunscripciones relativamente pequeños; y es votado en soledad. Para un congresista americano, es imposible el juego de sistemas electorales como el español, donde vas de número 21 en una lista que encabeza Zapatero y sales diputado aunque no te conozca ni Dios. Cuando un elector quiere decirle a alguien que si vota sí o no a determinada ley ya se puede ir olvidando de su apoyo, no le escribe el presidente, ni a alguno de los senadores de su estado: le escribe a su congresista. Esto es algo que los españoles no podemos hacer. No podemos escribirle al número 21 de la lista diciéndole que se vaya olvidando de nuestro voto porque para dejar de votarle a él tenemos que dejar de votar a los demás que van en su lista. La decisión de voto europea es partidaria, no individual; lo cual la hace muchísimo más rígida.
En la esquina superior izquierda de la web de la Casa de Representantes americana hay un vínculo que dice: Write your representative. Pinchas, seleccionas tu territorio, el código postal, y te dan el nombre de un diputado, de un solo diputado, y una dirección para que le escribas. Un detalle curioso: he entrado, he seleccionado Nueva York, el código postal 10005, me ha pedido un código de cuatro cifras, me he inventado el 0001, y la web me ha informado de que mi representante se llama Jerrold Nadler. He pinchado en su nombre y he accedido a su página web personal.
Pues bien: ni el Congreso ni el propio Nadler, en su home, me informan de que es demócrata. Esto lo he deducido yo del detalle de que, en su reseña biográfica, incluye una cita sobre él del ex presidente Clinton, así que supongo que lo será. A todas luces Nadler quiere que los electores del octavo distrito electoral de Nueva York le vean, simple y llanamente, como su representante. Y quiere que, cuando le voten, voten a Nadler, no al Partido Demócrata.
Un trabajo interesante para los sociólogos, en los próximos meses, será estudiar en qué medida el contacto de los congresistas con sus electores influyó en la votación de ayer. Quiero decir: si eres socialsta y el jefe del grupo parlamentario, José Antonio Alonso, te ordena que votes que sí a la ley del agua; pero resulta que tienes el buzón electrónico repleto de electores de tu pequeño distrito murciano diciéndote que como votes la ley del agua ya te puedes ir despidiendo del machito, ¿qué harás?
Pero la pregunta correcta es: ¿cuál de los dos, el jefe del grupo parlamentario socialista o el sudoroso diputado murciano en apuros que acaba votando en contra, está sustantivando mejor la democracia?
De alguna forma, situaciones como ésta vienen a plantear hasta qué punto el sistema político americano está designando adecuadamente a sus representantes. Porque si han sido los electores, como se puede sospechar, los que han movido a sus representantes a oponerse al plan de salvamento, entonces los electores han pasado de McCain en una proporción abrumadora, pero también de Obama en una proporción nada desdeñable. Al ciudadano medio el plan de salvamento, simplemente, no le ha gustado. Yo creo que ha hecho una reflexión sencilla: si el problema básico es el impago de hipotecas por particulares, ¿por qué se ayuda a los bancos que hicieron los préstamos y no a los mediopensionistas que tienen que devolverlos?
En suma, el elector de a pie, como Richard Gere en Pretty woman, quiere que le hagan más la pelota. Y ya veremos en qué para todo esto.