lunes, noviembre 10, 2008

De cómo un anarquista salvó a la virgen

Esta foto que preside este post la he sacado de mis recortes de prensa sobre la guerra civil española. Es la sevillana virgen de la Amargura vestida de civil en su escondite. La foto, al parecer, se la hizo quien salvó la talla de su iglesia cuando empezaron las agresiones contra los templos.

El ejemplo de la virgen de la Amargura es uno más de muchos. En esto de la relación del bando republicano con las imágenes y los tesoros de las iglesias hay versiones diversas. Hay no pocas ocasiones en las que las fuentes republicanas insisten en que el comportamiento para con las riquezas artísticas fue impoluto; los milicianos, en estos casos, supieron entender que el arte religioso era, además de expresión de religiosidad, un patrimonio que era necesario conservar, y lo respetaron. En otros casos, no fueron tan respetuosos. En todo caso, el salvador de imágenes es una de las muchas figuras extrañas que creó aquella guerra tan difícil. A despecho de su propia vida, el salvador de imágenes dio cobijo a esas representaciones de Jesucristo, la virgen o los santos, en su propio domicilio, movido por sus creencias.

Hoy me asomo a esta pequeña ventana para contaros la historia de cómo una muy famosa virgen española se salvó de ser víctima de las iras de los milicianos. Y os la contaré como la cuenta Juan Antonio Cabezas en su libro de memorias Asturias: catorce meses de guerra civil.

Cabezas es una de las fuentes, con razonables dotes de fiabilidad en mi opinión, que abonan la tesis de que no todo en el bando republicano fue rabia hacia lo religioso y ciega matanza del arte. Poco después de comenzada la guerra el gobierno de Madrid, consciente de que en la zona de Asturias había no pocas muestras de arte de gran valor y de lo proclives que podían ser a destruirlas las masas obreras, probablemente las más radicalizadas de España, nombró delegado de Bellas Artes en la provincia al escultor Goico Aguirre, con la orden de recoger cuantos libros y obras de arte pudieran estar en peligro de acabar en la hoguera o chocando contra la cabeza de un martillo. Con tal motivo, Aguirre montó en el pueblo de Cimadevilla una casa donde fue acopiando, un poco a mogollón, todo lo que pillaba, con la intención de clasificarlo más adelante.

Como ya hemos visto aquí, aquí y aquí, la relación del bando republicano con la Iglesia católica no fue fácil, aunque no estuvo exenta de un sentimiento por parte republicana de consciencia hacia la necesidad de no permitir gestos que sirviesen de disculpa al entorno católico para dar completamente la espalda al bando que luchaba contra Franco. A este cálculo estratégico se debe, probablemente, la orden dictada por Indalecio Prieto, dirigida al delegado de Bellas Artes de Asturias. Se le ordenaba que tomase en su poder a la virgen de Covadonga y tomase las medidas pertinentes para depositar la imagen en la embajada española de París.

Aunque no podemos saberlo con certeza, parece bastante obvio lo que tenía Prieto en la cabeza para dar dicha orden. La intención del político del PSOE, intención probablemente personal puesto que Prieto era asturiano y teniendo en cuenta que sus responsabilidades de gobierno no eran directamente las que afectaban a las bellas artes, era impedir un eventual atentado contra una imagen señera para los asturianos y los españoles, una imagen insertada en el mito de la españolidad. No se equivocaba Prieto. De haber sido la Santina pasto de las violencias de los incontrolados, la República nunca se habría recuperado de ello.

Según Cabezas, Belarmino Tomás, uno de los factótums de esa Asturias obrerista que ya se había alzado en golpe de Estado en octubre de 1934, le dio la instrucción a Aguirre de transportar la imagen desde el santuario de Covadonga hasta Gijón. No obstante, al llegar al santuario, el escultor se encontró con la cueva quemada y la catedral saqueada. Había llegado tarde.

La virgen, sin embargo, se había salvado, milagrosamente diría un católico, de la quema, y nunca mejor dicho. Goico Aguirre entró en contacto en Oviedo con su amigo el doctor Clavería, el cual dirigía el principal hospital de campaña en el que hasta entonces había sido hotel Pelayo. Clavería era hombre creyente y de derechas, pero su pericia como cirujano había hecho que los milicianos lo respetasen. Amigo que era de la familia Aguirre, cuando el enviado le confesó su misión le informó de que la virgen había sido salvada del incendio por unas monjas que él mismo, el doctor Clavería, tenía escondidas en su casa, vestidas de civil. Esto era bastante común en aquel entonces. Uno de mis abuelos tuvo escondidas en el sótano de su tienda a cuatro o cinco monjas y, en los últimos años de su vida, todavía recordaba lo mucho que le costaba convencerlas de que no anduviesen en fila por la calle pues, por muy de civil que vistiesen, si caminaban en fila estaban «cantando» su condición.

Aguirre contactó con las monjas y les conminó a que le diesen la talla. En sus memorias, Cabezas se limita a informar que lloraron mucho al entregársela, pero eso hace sospechar que, tal vez, le pudo costar convencerlas de que lo hicieran. Así que Aguirre se marchó a Gijón con una imagen de madera, desposeída de todos sus oropeles, y la guardó en un armario del Ateneo gijonés. Con la ayuda de otro pintor amigo suyo, la trasladó después a la sede del Consejo de Asturias; lugar que, no sé muy bien por qué, tenía el poco marxista nombre de La Casa Blanca.

En la Casa Blanca que nunca pisará Barack Obama se celebró, pues, la sesión del Consejo de Asturias destinada a escuchar el informe de Goico Aguirre y tomar las decisiones pertinentes. Las decisiones pertinentes eran designar al que debería irse a París con la virgen. Y, según nos relata Cabezas que le contó Aguirre, no eran pocos los que deseaban recibir esa merced. Vale que la valentía y el compromiso son virtudes acendradas, pero una guerra es una guerra y, si tiene uno la oportunidad de regatearla por tener que realizar una alta misión, a nadie le amarga un dulce. Pero el caso es que nadie se atrevía a confesar sus intenciones, no fuera a ser que le saliese el tiro por la culata, o sea, que finalmente fuese designado otro y, al tiempo, Belarmino Tomás y los más significados le tomasen la matrícula al voluntario.

Estaba en la reunión, siempre según este relato, un profesor anarquista, ya entonces provecto, llamado Eleuterio Quintanilla. Don Eleuterio decía haber sido discípulo de Ferrer Guardia, el fundador de la Escuela Moderna que fue apiolado tras los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, lo cual entre los ácratas de aquel entonces tenía mucha importancia. Había fundado en Gijón una escuela anarquista, la llamada Escuela Neutra, donde la inmensa mayoría de los cenetistas asturianos habían pasado algún que otro rato. El caso es que Quintanilla, entre temblores y vacilaciones, acabó ofreciéndose, y la propuesta se aceptó. Cabezas pone en los labios de Aguirre esta frase: «yo creo que le concedieron la salida en atención a su escasa salud y su excesivo miedo». Una forma muy elegante de decir que el profesor Quintanilla se estaba yendo por los pantys, aunque es una afirmación que hay que tomar con cuidado, porque puede, también, estar movida por la envidia, o por el desprecio. Valoraciones así las hay a cientos en los testimonios directos de nuestra guerra.

Así pues, he aquí una muestra más de la forma española de hacer las cosas, siempre tan, tan absurda, tan equívoca, tan parecida al negativo de una imagen real. La virgen de Covadonga fue salvada de la barbarie de la guerra, primero por unas monjas, y después por uno de los mayores gurús del anarquismo asturiano, es decir por una de las personas que había llenado la cabeza de tantos y tantos milicianos rojinegros de las ideas que los impulsaban a intentar hacer añicos aquella imagen que él salvó. Dice Goico Aguirre en el libro de Cabezas: «Puede decirse que él salvó a la virgen, y que la virgen lo salvó a él»; esto último porque Quintanilla, al parecer, una vez en París se las arregló para no volver.