jueves, noviembre 13, 2008

Mujeres atómicas

Hasta los más ignorantes de entre los presentes, y yo desde luego me incluyo en la lista, sabemos lo que es la bomba atómica. Y también sabemos que es una invención hecha más o menos cuando el siglo XX se aprestaba a doblar la esquina de su primera mitad, que no llegó a estar presente en la segunda guerra mundial salvo en sus últimos estertores, con las explosiones de Hiroshima y Nagasaki.

Lo que os puedo decir a aquéllos de vosotros que no seáis duchos en las cosas de la ciencia es que la historia del nacimiento de la bomba atómica, valoraciones morales aparte, es, quizá, uno de lo episodios más apasionantes que se pueden contar. A mí no se me ocurre casi ningún argumento mejor para una película histórica. Hay de todo: política, ciencia, amor, rivalidades, ambición. A aquéllos que no lo hayáis hecho ya, os invito encarecidamente a que os sumerjáis cualquier día en estos hechos. Os aseguro que no os decepcionarán.

Este post de hoy se titula mujeres atómicas porque me gustaría desgranar unas notas sobre el primer, e importantísimo paso, para la invención de la bomba atómica, que es la fisión del átomo. Porque es una historia curiosa y porque presenta algunas preguntas interesantes de ciencia-política-ficción. Y, sobre todo, y de ahí el título, porque creo que es justo destacar el papel nada estúpido que en todo aquello tuvo la mujer, a pesar que el mundo, hace setenta y pico años, todavía era un mundo de hombres.

Todo empezó en 1932. Eso sí, ni dios se enteró; pero empezó ahí. En Cambridge, un científico del equipo de Rutherford, James Chadwick, hizo un descubrimiento fundamental para la fisión nuclear: el neutrón. Esta pequeña bolita insulsa, y digo insulsa porque no tiene carga y en este mundo magnético nuestro el que no tiene carga parece como que es un mierda, apareció en el núcleo de los átomos merced a los experimentos de Chadwick y al excelente aparataje de medición con que contaba en el laboratorio Cavendish de la universitaria ciudad británica. En aquel entonces, el entorno de Rutherford allí estaba formado por un equipo impresionante. Cabe destacar a científicos como Pat S. M. Blackett, un marino extraordinariamente paciente que llegó a fotografiar 440.000 trayectorias atómicas. O al físico australiano Marcus Oliphant. Y, sobre todo, al coordinador de todos ellos, el ruso Pjotr L. Kapitza. Kapitza es uno de esos científicos que entra perfectamente en el mito del profesor chiflado. Le divertía sobremanera que sus experimentos terminasen en enormes explosiones; una vez le comentó a Rutherford el fracaso de uno de ellos anunciando orgulloso: «ahora sabemos exactamente qué aspecto tiene un arco de 13.000 amperios». Hombre de un extraño sentido del humor, cierta vez, en una reunión científica, cuando llegó el momento de hacer la foto de los asistentes, se colocó bajo las ruedas de un coche. «quería saber qué aspecto tengo cuando me atropellan», explicó. Lamentablemente para Rutherford, en 1934 Kapitza viajó a la URSS, pues había sido nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Leningrado; pero Stalin ya no lo dejó salir.

De aquel caldo de cultivo tan interesante salió el neutrón. A pesar de ser tan pequeñito (aunque mucho mayor que el electrón, el cual es un auténtico enano), el neutrón así lanzado desde Cambridge fue recogido en Roma, donde residía uno de los popes, y no es coña, de la física de aquella época: Enrico Fermi. Si no recuerdo mal la tabla periódica, tanto Rutherford como Fermi le dan su nombre a dos elementos.

Hasta el descubrimiento de Chadwick, cuando los físicos querían hacer experimentos bombardeando materia con partículas, utilizaban las denominadas partículas alfa. A Fermi, sin embargo, el nuevo juguete le pareció más divertido, y comenzó a bombardear materia con neutrones. Los experimentos eran realmente chuscos. Por razones de cómo estaba montado el laboratorio de Fermi, existía un largo pasillo, en uno de cuyos extremos estaba el lugar donde se procedía al bombardeo, y en el otro extremo otra habitación donde estaban los instrumentos de medición de radioactividad. Dado que el bombardeo generaba irradiaciones que duraban unos segundos, nada más proceder al mismo, Fermi y su ayudante salían echando hostias por el pasillo para poder llegar a la otra habitación a tiempo para poder leer los instrumentos.

Bombardearon ocho elementos distintos sin suerte. Pero en el noveno, el flúor, los aparatos de medición se movieron. Fermi había conseguido generar radioactividad de una forma artificial. A partir de ahí, comenzaron a observar los bombardeos con neutrones y observaron que, cuando el elemento bombardeado era el uranio, se originaban varios elementos que denominaron transuránidos. Esto quiere decir que Fermi se equivocó. No había generado ningún elemento nuevo; lo que había hecho era dividir el átomo de uranio. Pero no supo ver su propio descubrimiento.

Entra aquí en juego la primera mujer de nuestra historia. Se trata de Ida Noddak, apellidada así por estar casada con el también científico Walter Noddak. Pensando en Ida Noddak y en otros ejemplos como el de la propia Marie Curie, uno se pregunta si no será que la mujer está naturalmente dotada para la química. Ida Noddak se aplicó a analizar los transuránidos de Fermi, dado que una de sus líneas de investigación era la búsqueda de transuránidos naturales (es decir, producidos por la naturaleza y no por el hombre). Tras su análisis concluyó que Fermi se había equivocado al considerar que eran elementos nuevos. Escribió un artículo en el que defendía la idea de que el bombardeo con neutrones era capaz de generar reacciones en el núcleo de un átomo que no producían bombardeos con partículas alfa o protones. «Cabe pensar», dijo, «que al bombardear núcleos pesados con neutrones, esos núcleos se descompondrán en varias partes mayores las cuales, si bien serán isótopos de elementos conocidos, no serán vecinos de los elementos sujetos a radiación».

Era 1934. Ida Noddak acababa de escribir, como hipótesis, algo que no se comprobaría fehacientemente hasta 1938. Y cabe preguntarse qué habría pasado si aquel artículo de Noddak hubiese sido escrito por algún científico con más campanillas (hombre, tal vez) y, consecuentemente, más tenido en cuenta por la comunidad científica. Hacerse esa pregunta equivale a preguntarse cuál habría sido la evolución de la segunda guerra mundial si la fisión del átomo se hubiera conocido desde tres o cuatro años antes de lo que se conoció.

En realidad, no hay que reprochar a la comunidad científica que no siguiera los pasos de Noddak. Aceptar esa tesis, en aquel momento, era ir contra toda lógica. Era admitir que neutrones con escasísima fuerza pudiesen destruir núcleos que, según las teorías vigentes, sólo se romperían si fuesen bombardeados con partículas con millones de voltios en la barriga. Es como plantarte delante de un tipo que está intentando sin éxito romper una pared con un martillo pilón, mostrarle un cepillo de dientes y preguntarle con cara de idiota: ¿por qué no pruebas con esto?

Pero las mujeres le habían puesto cerco a la fisión nuclear. A mediados de 1938, Irene Joliot-Curie y el físico yugoeslavo Savitch realizaron y publicaron investigaciones sobre los transuránidos. Ya sabemos que la ciencia avanza por colaboración: uno da un paso, otro lo lee, se apoya en ese paso y da otro. El destino quería que quien diese el paso decisivo a partir de los análisis de Joliot-Curie fuera el físico alemán Otto Hahn. Pero, para que veamos que las historietas personales no son ajenas a los grandes hechos de la Historia, nuestro amigo Hahn no estaba en disposición de creer a la investigadora francesa. La razón es que la persona que más odiaba Irene Joliot-Curie era a la científica Lise Meitner, con la que había tenido una agarrada en 1933 a cuenta del bombardeo del aluminio con neutrones (¿a quién no se le ha ido alguna vez la boca discutiendo sobre el bombardeo del aluminio con neutrones?) y a la que profesaba cierto desprecio felino. La Meitner era discípula de Hahn, y es por esto que don Otto prefería utilizar los artículos de la Joliot-Curie para calzar las patas de las mesas que para leerlos en serio. En cambio, el ayudante de Hahn, Strassmann, sí que leía los artículos de la francesa, y los encontraba interesantísimos. En marzo de 1938, además, la anexión de Austria al Reich había hecho que las leyes de pureza racial también fuesen aplicables a los ciudadanos austriacos, como Meitner, que era judía. Por este motivo, Hahn la perdió, pues se vio obliga a huir a Estocolmo.

Estamos a finales del 38. Irene Joliot-Curie sigue publicando trabajos sobre los transuránidos, Strassmann leyéndolos y devorándolos como quien le ve las nalgas a la Patacky, y Hahn pasando de sus invitaciones a leerlos como de deglutir deposiciones. Hasta que Strassmann se colocó delante de él y le resumió, sí o sí, las conclusiones de la francesa. Según el testimonio de Strassmann, su jefe no tardó ni medio minuto en reconocer que se había equivocado.

¿Qué había descubierto Joliot-Curie? Pues, tras meses y meses bombardeando uranio, había descubierto que se originaba una materia parecida al bario. Los análisis químicos confirmaron que lo que tenían era, efectivamente, bario. O sea: la química aportaba un resultado que la física negaba.

Así, el primer paso en la dirección correcta de Hahn lo dio la inteligencia; la inteligencia de saber reconocer un resultado interesante incluso aunque lo haya descubierto una hija de puta. El segundo paso lo dio la nostalgia.

En las navidades de 1938, conforme enviaba un artículo con estos primeros descubrimientos, un artículo más especulativo que asertivo, Hahn, que echaba de menos a su colaboradora, le envió a Estocolmo una carta a Lise Meitner contándole toda la movida. La carta le llegó a la judía cuando estaba en el balneario de Kungelv en compañía de su sobrino O. R. Frisch, también físico. Nada más leerla, Meitner tuvo claro que estaba ante un descubrimiento extraordinario.

Lise Meitner y O. R. Frisch pasaron aquella noche entera en el salón de su hotelito de Kungelv, discutiendo. Se dieron cuenta de que la división del uranio en dos partes más o menos iguales (el peso del bario es más o menos la mitad que el del uranio) sólo se podía explicar de una forma: imaginaron que el núcleo se alarga y estrecha, como cuando hacemos un puro de plastilina, luego se estrecha por el centro y, finalmente, se escinde. Cuando el biólogo norteamericano James Arnold, que trabajaba igual que Frisch con Niels Bohr en Copenhague, le escuchó estas explicaciones, le recordó que en biología se produce un proceso muy parecido, el de la multiplicación de los protozoos por escisión, en inglés fission. Fue Arnold, por lo tanto, quien le dio a Frisch la idea de llamar a eso fisión nuclear.

La bomba atómica, y en general la física de primera mitad del siglo XX, tiene muchos padres. Y tiene que ser así, porque raro es el gran descubrimiento científico moderno que ha podido hacerse por una sola persona en solitario. La guerra del conocimiento es, desde hace mucho tiempo, una guerra de coaliciones.

Pero también tiene madres. La fisión nuclear, que ni de coña ha servido sólo para matar, tiene una deuda con Ida Noddak, con Irene Juliot-Curie, y con la no aria Lise Meitner.