martes, octubre 07, 2008

El rey gafe: la solución

Debo pediros perdón a mis amables lectores. He sido muy torpe en el planteamiento de esta advinanza. En efecto, como sospechó Rufo, eso del padre, que no suegro, rey, era una pista. Pero no la que él pensaba. La pista más clara estaba en fijarse que yo decía que el padre del rey de España también había sido rey; pero me guardaba de decir que lo fuera de España.

Hay que buscar, por lo tanto, en la nómina de reyes cuyos padres también lo fueron, pero no de España. Os ahorraré trabajo. Nuestro candidato es Amadeo de Saboya.

Este brevísimo rey de España, que no rey español, se casó siendo duque de Aosta con María Victoria del Pozzo della Cisterna (ojo con el nombrecito) en Italia. Y su boda fue tal como os la voy a relatar.

Unos días antes de la boda, cuando la novia regresaba a su casa acompañada de su institutriz, al cruzar la plaza de Carlos-Emmanuel, los caballos del coche se desbocaron de tal forma que la futura reina tuvo que tirarse en plancha en plan Charles Bronson, lastimándose una rodilla. Otro criado que se tiró detrás de ella quedó hecho unos zorros.

Más cosas. En un taller de costura de Turín están las modistillas cosiendo el vestido de boda de la novia. El último toque del traje ya terminado era una corona de azahar. La capataz del taller encarga a una de las modistas que coloque dicha corona, la deja sola unos minutos y, pasado ese tiempo, y observando que no aparece, va a ver qué pasa. La modista aparece ahorcada con el vestido en las manos. Extraño suicidio que tiene como consecuencia inmediata que María Victoria tenga que buscarse a toda hostia otro vestido para casarse.

Al día siguiente, se monta el cortejo entre el palacio de la Cisterna y el Palacio Real. Las tropas de escolta esperan, pero el coronel que las manda no aparece. Finalmente, llega la noticia de que ha sufrido una insolación y que no vendrá. Así que las tropas, sin mando ni concierto, deciden salir de forma tan caótica que, cuando llegan a la verja del palacio, ésta está cerrada porque el encargado no ha recibido orden de abrirla. Se busca al buen hombre y finalmente se le encuentra. Pero aquel pobre portero, abrumado por el miedo al castigo por haber errado en fecha tan señalada, se abre las venas.

Pasada la ceremonia, uno de los oficiales que había hecho de testigo del matrimonio civil (se celebró el civil e, inmediatamente después, el religioso), cuando está regresando a casa, sufre una apoplejía que lo deja con la pata estirada en el mismo coche en el que viaja. Cuando aún se le está atendiendo suena una detonación: allí cerca, otro testigo de la boda acaba de pegarse un tiro en la sien.

Visto lo visto, el matrimonio decide salir de aquel lugar en tren echando leches. Se dirigen a la estación. Cuando van a cruzar al andén donde parará el tren real, el jefe de estación, solícito, les abre el paso. Y mejor para ellos que lo hiciera: cuando está a media vía, aparece el tren real a toda pastilla y del jefe de estación ya tan sólo quedan un par de morcillos para asar.

Así las cosas, el matrimonio decide ir en calesa a su destino, la localidad de Stupinigi. Al lado del coche cabalga el conde Verasis de Castiglione, conocido familiarmente por Castión. Cuando falta un kilómetro para llegar, Castión sufre un desvanecimiento y se cae del caballo. Tal y como iba el día, supongo que no os extrañará que os diga que una rueda del carro le pasó por en medio del pecho, aplanándolo de un modo, como dicen hoy los médicos, incompatible con la vida.

La frase citada en la adivinanza es de Víctor Manuel, padre del novio y rey de Italia. El cual, estando en la estación de tren, y ante lo poco que quedaba del ferroviario atropellado, y dirigíéndose a Castiglione, exclamó: "¡Basta ya de muertes, Castión!"

Lo que no sabía don Víctor es que cuando su hijo llegase a Stupinigi y él le preguntase, como si tal cosa, dónde estaba don Verasis, Amadeo le contestaría, simplemente: "Muerto".

Yo no sé vosotros, pero yo no encuentro un rey más gafe en nuestra Historia. Lo que me extraña es que le ofreciesen la corona. Y nada me extraña que la perdiera.