El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
A aquella entrevista siguieron dos años de distancia. Dos años en los que la revolución evolucionó mucho, acabando por traer al rey italiano. La llegada de Amadeo volvió a aunar voluntades en ambos bandos. Cuando menos dos reuniones se produjeron en el Hotel Metropole de Ginebra, en un proceso que fue Carlos, aparentemente, quien lanzó. En el otoño de 1871, fue Alfonso quien buscó a su tío.
El gran e importante muñidor de las conversaciones de acercamiento entre las líneas dinásticas fue, sin duda, el Vaticano. Los Papas estaban muy incómodos con dos banderías que les eran tan cercanas sacándose los ojos. Practicó la diplomacia vaticana una estudiada equidistancia entre ambas posturas, sin querer entrometerse más de lo necesario y mucho menos tomar partido; pero siempre instruyó a los nuncios para que impetrasen, en la medida de lo posible, la unión dinástica. La Iglesia tenía la sensación de que tenía mucho que ganar (y hablamos, por supuesto, de pasta) en una España que arreglase su desarreglo dinástico; y mucho que perder si la plaza se perdía para la corona. Tanto fue así, que los archivos vaticanos incluyen documentación profusa de una especie de combinatoria dinástica que demuestra que se discutieron todos los escenarios: la institución de dos reinados interinos, de dos años cada uno, en las personas de Isabel y Carlos; la regencia de Isabel, Carlos y Montpensier; Carlos, rey, con Alfonso declarado príncipe viviendo en España, aunque el título del principado podría volver a Carlos si Alfonso fuese proclamado. Y así mucho. Los carlistas, por supuesto, exigían siempre respeto a los derechos forrales (sic) de los territorios norteños, y la unidad católica de España.
Como os he dicho muchas veces, es muy común en la Historia encontrarte con una situación en la que estás mejor que nunca; pero, en realidad, tu caída ha comenzado. En los últimos meses de 1873, el carlismo registró los mejores éxitos bélicos; algo que quedó quintaesenciado el 25 de diciembre de aquel año, cuando Carlos fue ungido rey en el monasterio de Loyola por el obispo de la Seo de Urgel. Sin embargo, como digo, ese momento era aparentemente cojonudo. Sin embargo, aunque no lo sabía, el carlismo estaba herido de muerte. El golpe sobre la mesa de Pavía y la institución de una república moderada bajo el mando del duque de la Torre convencería, sobre todo, a los alemanes de que España volvía a ser un régimen presentable. La demanda de orden y concierto que era el gran aval internacional del carlismo ahora llegaba de otra parte. Esto, por cierto, es una demostración de que la actuación de Pavía estuvo muy lejos de ser el eructo de un espadón que suelen ver los indocumentados; sino un gesto muy calculado, y muy beneficioso. Aun así, 1874 se estrenó con la toma de Cuenca por Alfonso Carlos y la derrota de Concha en Monte Muro.
El Vaticano estuvo siempre muy atento a los cambios de humor en Berlín. Por otra parte, conforme el polvo de Sedán se fue posando en el suelo y cada vez quedó más claro que MacMahon resistiría las presiones legitimistas en Francia, los diplomáticos con capelo se fueron convenciendo de que una solución legitimista en España sería anacrónica, ergo imposible. La gran jugada del carlismo, en efecto, siempre fue que el conde Chambord regresase a las Tullerías, porque eso podría suponer un episodio parecido al de los Cien Mil Hijos de San Luis redivivos. La guerra civil española era, cada vez más, un décimo tercer asalto entre dos boxeadores agotados.
En ese punto, pues, el carlismo perdió pie. Se hizo cada vez más difícil que se pudiera convertir en una alternativa para España; algo que, os lo repetiré, en el fondo es culpa suya, por no querer evolucionar hacia el concepto “yo soy un rey legítimo constitucional”. Si los carlistas habrían de apuntarse a un régimen sin constitución ni libertades civiles claras sesenta años después del momento que relatamos, no os digo ahora. Así las cosas, para cuando el carlismo quiso evolucionar y defender a un candidato a rey de España que bajaba a las minas a picar piedra para entender al proletario, ya era tarde.
El camino de Alfonso hacia la corona de España, sin embargo, se habría de encontrar con una última gran dificultad: su puta madre.
En la primavera de 1874, cuando en realidad quedaban dos telediarios y medio para el regreso de la borbonada al Palacio Real de Madrid, Antonio Cánovas le confesaba a sus íntimos que estaba hasta los cojones de la reina, y que ya no sabía qué hacer para gestionar sus paridas.
Yo no sé, lector, si tienes una imagen hecha del proceso histórico de la Restauración. No sería extraño que no fuese así, porque es un episodio que no suele estar entre los más tratados e imaginados. Si tienes esa imagen, puede que parte de la misma sea la idea de un bando monárquico alfonsino monolítico, colocado en apretada falange tras la figura del joven hijo de reyes. Si es así, has de saber que tienes eso que los licenciados en Historia camorristas de X, los fruzócratas concostrináceos, suelen llamar “visión superada”.
En el bando monárquico, simplificando mucho, había, neto de carlistas y montpensieristas, dos bandos borbónicos diferentes: de un lado estaban los posibilistas, cuyo mejor representante era Cánovas, que consideraban factible la vuelta de la monarquía, pero sólo si las cosas se hacían bien, y siempre en la persona de Alfonso. Frente a Cánovas, había toda una corte de personajes, la mayor parte de ellos aristogatos de variada jaez, que, más que borbónicos, eran isabelinos. Gentes que consideraban La Gloriosa como un hiato en la Historia de España, un mal paso de los tiempos, que debía corregirse usando la máquina del tiempo y retrotrayendo los tiempos al último día en que Isabel había sido reina de España. Desde el balcón del futuro es fácil pensar en esta posición como anacrónica y estúpida; pero me permito recordaros que eso mismo había ocurrido con su padre medio siglo antes. En el momento de escribir estas notas, en España el presente se distancia del franquismo precisamente en medio siglo. Y puede que pienses que ser franquista en el 2025 es anacrónico; pero lo que no podrás negar es que en España hay franquistas. Por esa razón, no debe extrañarte que en 1874 hubiese isabelinos fernandinos, y muchos.
Los isabelinos no aprendieron nada de 1868. Aunque más preciso sería decir que no quisieron aprender. Nunca le quisieron dar a la revolución la categoría de anécdota enriquecedora, cosa que sí pasaba en el caso de Cánovas.
Las disensiones en la familia monárquica fueron muchas, y fueron públicas. De hecho, el equipo de opinión sincronizada de la España revolucionaria hizo mucha leña con ellas. Los periódicos de tendencias progresistas bautizaron a los inquilinos del palacio Basilewsky de París “la Familia H”, como despreciando su significado para el presente de España. En mi generación los habrían bautizado “los Roper”; hoy, la verdad, no sabría decir (¿”Los Cuquis”?)
Isabel II, las cosas como son, afectaba entender que el futuro era de su hijo. Pero en su fuero interno no lo entendía. Cuando un rey se siente rey, lo que acude en su aval es la Historia y la legitimidad de su sangre. Ninguna de estas dos cosas aceptará saltárselas. Isabel, acicateada por quienes tenían acceso a los respaldos de su silla, desde donde podían susurrar cómodamente, consideraba que la legitimidad borbónica era la suya, no la de su hijo. Y, además, conforme Cánovas fue llevando a cabo su plan, plan que pasaba por ensanchar en lo posible el partido alfonsino, Isabel fue viendo cómo personas que la consideraban a ella incompatible con el presente y el futuro de España se apuntaban al partido de su hijo; y eso fue demasiado para su orgullo. El monarquismo español, efectivamente, comenzó a tener elementos que inclinaban la cabeza ante un niño adolescente, pero se negaban a saludar a su pastelera madre, la hija del Felón.
Si me preguntáis en qué momento Isabel de Borbón se resignó, de verdad y sin ambages, a ser la madre del rey y no la reina, os diré que, tal vez, durante algún episodio de lucidez de su agonía final. Antes, cuando menos en mi opinión, ese momento nunca existió. Ella siempre pensó que podía, que debía volver a ser reina; que España tenía esa deuda con ella, y ella ostentaba el derecho de cobrarla. Fernando León y Castillo, ministro alfonsino, estaba presente cuando el gobierno, en la agonía de Alfonso XII, hubo de plantearse la regencia durante la minoridad de su hijo Alfonso, futuro Alfonso XIII el Tontopollas; y describe en sus memorias la cara de ajo escrofuloso que puso Isabel cuando dicho gobierno estuvo de acuerdo en que la regente debía ser María Cristina. Once años después del tiempo que relatamos, pues, Isabel todavía soñaba con volver a sus mejores tiempos. Anécdota que, por lo demás, nos abre a la especulación del enorme favor que le hizo a la estabilidad de España la longevidad de María Cristina.
Lo cierto, sin embargo, es que cuando septiembre trajo la revolución, todo el mundo: tanto los que la hicieron para echar a los Borbones de la Historia de España, como quienes pensaban que algún día deberían volver, pensaban que Isabel había quedado amortizada. Pero debemos recordar que Isabel de Borbón fue desalojada de su bien remunerado puesto de trabajo con apenas 38 años de edad. Casi desde el primer momento, entre los monárquicos surgió la idea (quien la expresó fue el marqués de Salamanca) de que la reina debía dejar las cosas claras abdicando en el exilio. Sin embargo, sus íntimos pronto contraprogramaron esas ideas. Carlos Marfori y Callejas, marqués de Loja y uno de los hombres más cercanos a Isabel, argumentó que los reyes abdican desde el ejercicio del poder real, y punto.
Sin haber llegado siquiera a París, desde Pau, Isabel comienza a enviar una serie de misivas a algunos políticos de derechas como Cánovas pero, sobre todo, a espadones del Ejército español, en solicitud de apoyo. Desde ese momento seminal, las cartas de respuesta que le llegaban a la reina tocaban siempre la misma melodía: señora, la monarquía debe volver; pero debe volver renovada y con nuevas caras. Por otra parte, la ganancia de peso en el monarquismo de políticos de peso, notablemente Cánovas, rebajó notablemente el suflé que aquella señora tenía en la cabeza, atacando la idea de que la monarquía volvería rápidamente. Cánovas se apresuró a recomendarle a la reina paciencia, paciencia, paciencia. Su estrategia, a todas luces acertada, siempre fue: dejemos que la revolución de septiembre se cueza en su propia salsa; dejemos que los otros candidatos a la corona se disuelvan en querellas. Ya llegará nuestro momento. Cánovas era un leninista: la revolución no se hace cuando se debe hacer, sino cuando se han dado las circunstancias adecuadas para hacerla. Bueno, haciendo justicia al orden del tiempo, habrá que decir que Lenin era canovista, más bien.
Por esta razón, Cánovas tampoco quería la abdicación de la reina. O sea: la quería, pero no ahora, sino cuando la situación hubiese madurado. En el momento en que el campo borbónico se convirtiese en campo alfonsino, decía, ella debería dimitir.
A Isabel, sin embargo, aquello no le hacía pandán. Y trató de buscar avales para su eventual negativa. Hizo una campaña de cartas a militares y políticos de la cuerda; cartas en las que preguntaba por la opinión del apelado sobre la oportunidad de una abdicación, y sobre ante qué autoridad debería honrarse dicho acto. Yo creo que Isabel hizo aquello pensando que pasaría lo que pasó. A la recepción de las cartas, muchos de los hombres que las leyeron juzgaron que no ganaban nada promocionado la idea de una abdicación; y que, en todo caso, mostrarse isabelinos en aquel momento procesal les podía traer malas consecuencias en el futuro. La consecuencia, pues, fue que Isabel recibió un torrente de cartas escritas en lenguaje ampuloso, en las que sus remitentes, cogiendo el tema con pinzas, se limitaban a decir que viva la reina oe, oe, oe, sin entrar en más honduras ni guatemalas. No había consenso, pues. Satisfier tenía lo que quería.
A la reina, sin embargo, no se le escapó el detalle de que, si bien las respuestas partidarias de la abdicación no ganaban cuantitativamente, sí que lo hacían cualitativamente hablando. Para empezar, y como era de esperar porque nunca lo habían escondido, Cánovas y el duque de Sesto fueron de esa opinión. Pero, además, también fue de esa opinión quien sería cerebro financiero de la Restauración, Pedro Salaverría; o Luis Carondelet y Castaños, duque de Bailén, persona muy influyente entre la morterada monárquica. O el duque de Ahumada.
Buena parte de estas importantes opiniones consideraban que Isabel debía abdicar mediante un acto público; un manifiesto frente a la nación en el que dejase las cosas clarinete. Este manifiesto, de hecho, fue redactado y pulido durante el año 1869. La reina, sin embargo, estaba ganando tiempo. 1869 fue un año en el que tomaron cuerpo diversos proyectos militares, y otros estuvieron a punto de hacerlo. La toma de poder por asonada era, sin duda, el terreno de aquellos Borbones (que lo sea, o no, de los actuales, depende de las cosas que creas que pasaron el 23-F de 1981). Isabel se sentía mucho más cómoda en ese entorno y, por eso, aunque tenia el puto manifiesto redactado y acordado entre las mentes pensantes de su entourage, no tenía ninguna gana de darlo a los cíceros.
Conforme fue avanzando el año 1870, sin embargo, cada vez más personas del entorno monárquico, sobre todo militares con cierta capacidad de dar ese golpe de Estado con el que algunos soñaban en París (mientras otros, como Cánovas, lo temían) se fueron convenciendo de que la persistencia de la candidatura isabelina era un lastre para la causa. El 24 de junio de aquel año, ante dos testigos: el duque de Riánsares y el mariscal francés Bazaine, Isabel hizo testamento. Al día siguiente, celebró el acto de su abdicación, ante una improvisada asamblea de monárquicos de variada laya. Ni su marido, Francisco de Asís; ni los Montpensier, estuvieron presentes.
Aquello no fue más que la guinda de un pastel que se llevaba horneando décadas: el pastel del porculo Francisco de Asís.
María Teresa Puga escribió hace ahora más de sesenta años un libro extraordinario sobre el casamiento de Isabel II. Aunque es de suponer que el licenciado en Historia average del presente, cuando vea la fecha del libro, lo considerará “interpretación superada” y en modo alguno competencia para el último TFM escrito ayer por algún subnormal. A los relapsos afectos a la buena Historia de todo tiempo les daré la pista de que su libro lo editó la Universidad de Navarra, y que es de 1964, por si lo quieren buscar.
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