martes, octubre 14, 2008

Discusiones bizantinas (y 3)

El segundo concilio de Nicea, será el que deba enfrentarse, como decía, con el problema de la iconoclastia. En realidad, los iconoclastas son una consecuencia de la impregnación entre religiones. Tanto los judíos como los musulmanes son contrarios al culto a las imágenes y, de hecho, el Antiguo Testamento no es muy partidario (véase Éxodo, XX, 4). A los iconoclastas les preocupaba que la creciente querencia del catolicismo por las imágenes, a base de multiplicar vírgenes, santos y celebraciones, debilitaba al catolicismo a la hora de conseguir prosélitos entre las personas nacidas en otras creencias. El emperador León III dió un paso hacia la prohibición de las imágenes, pero la lentitud en la retirada de las imágenes llevó a los emperadores bizantinos a decidir acelerar un poco las cosas. El clímax iconoclasta se alcanzó el día que los iconoclastas, por sí mismos o quizá debidamente teledirigidos, derribaron una imagen de Jesús de Nazaret que coronaba el palacio imperial.

El patriarca de Constantinopla, Germán, protestó contra estos actos y defendió el uso de imágenes en el culto católico. La respuesta de los constantinopolitanos fue deponerle para colocar en su lugar al iconoclasta Anastasio. El año 729, Germán se fue con el cuento al Papa Gregorio II.

El siguiente Papa Gregorio, el III, celebró un sínodo en el 731, donde amenazó con excluir de los sacramentos a todo aquel que destruyese una imagen. El sucesor del emperador León III, Constantino V, llamado El Coprónimo, intensificó la violencia iconoclasta. Convocó un concilio en Hiería sin el concurso del Papa. En este conciliábulo reunió a 338 obispos, todos iconoclastas, dirigidos por Gregorio de Neocesarea. Anatematizaron a Germán de Constantinopla, Jorge de Chipre y Juan Damasceno por defender el culto de las imágenes.

El siguiente emperador, León IV, siguió con la política iconoclasta, aunque no sin tantas violencias. Pero tenía el problema en casa. Su mujer, la emperatriz Irene, era secreta defensora de las imágenes, hasta el punto que su marido llegó a descubrirla en sus habitaciones privadas practicando el culto a las mismas. Sin embargo, Irene jugaba con la ventaja que las mujeres suelen tener siempre en materia de esperanza de vida; así, León la acabó palmando antes que ella, dejándole la corona a un niño de diez años, Constantino VI. La emperatriz, ni corta ni perezosa, restableció el culto a las imágenes y pactó con el Papa, Adriano I, la celebración de un concilio. Este segundo concilio de Nicea se abrió el 24 de septiembre del 787, bajo la presidencia del patriarca Tarasio de Constantinopla.

El concilio sirvió para condenar definitivamente la iconoclastia, aunque, teniendo en cuenta que los enemigos de las imágenes eran un huevo, intentó fórmulas de acercamiento para que no se cabreasen mucho, fórmulas que de hecho han permanecido en el tiempo. Por ejemplo, una de las cosas que Nicea pasó de defender eran las imágenes representando la Trinidad, entonces muy en boga, en las que el Padre aparecía como un anciano, el Hijo como alguien más joven y el Espíritu Santo como la famosa paloma. No es una iconografía demasiado extendida, y ello es así, en parte, por aquel intento de transacción. Dicen las conclusiones del concilio que “se debe dar a estas imágenes la salutación y la adoración e honor, pero no el culto de latría [de ahí la ido-latría], que sólo conviene a la Naturaleza Divina”. Viendo las cosas que hacen los almonteños con la reja y tal, da que pensar que las normas de Nicea no se cumplen demasiado.

Estas conclusiones, además, vivirían otra peripecia que dio para un montón de problemas. Enviadas las actas a Roma originalmente escritas en griego, el Papa dio orden de que se tradujesen al latín y fuesen remitidas al nuevo poder emergente en Europa, que era el emperador Carlomagno. El traductor la cagó y, en lugar de la palabra adecuada que era veneración (de las imágenes), utilizó la palabra adoración. Como consecuencia, durante varios años la iglesia francesa anduvo a hostias con Roma por considerar que el concilio de Nicea obligaba a los católicos a adorar las imágenes.

De todas formas, una cosa quedó clara en Nicea y permanece en el momento presente: el pacto entre el Papado y los poderes políticos de Occidente. Hasta esos días, el gran apoyo del pontífice había sido el emperador constantinopolitano; pero con el surgimiento de Carlomagno, es decir el poder centroeuropeo redivivo, el Vaticano cambió de amiguito, lo cual no sentó nada bien a los emperadores bizantinos, los cuales, poco a poco, fueron alejándose y creando eso que conocemos como cisma de Oriente.

El día de la Epifanía del 857, el patriarca Ignacio de Constantinopla celebraba una misa a la que asistía Bardas, el regente que gobernaba durante la minoría de edad del emperador, su sobrino Miguel III, conocido por la Historia con el nada equívoco sobrenombre de El Beodo. Por razones de moralidad, Ignacio se negó a dar la comunión a Bardas, por lo que el regente se encabronó y lo cesó. Nombró patriarca a Focio, que es, a mi modo de ver, el caso más supersónico de santidad de la Historia: en seis días pasó de seglar mediopensionista a superobispo de una de las dos o tres mayores sedes apostólicas del mundo.

La reacción de Roma era de esperar. Sintiéndose fuerte ahora que tenía alianzas con el nuevo poder Europeo, se puso del lado de Ignacio y lo declaró único y legítimo patriarca de Constantinopla. La respuesta de Focio fue excomulgar al Papa Nicolás I. Apoyándose en argumentos demográficos, Focio lanzó la idea de que Roma debería dejar se ser la sede central del catolicismo en favor de Constantinopla, ya que, desde la conversión de los búlgaros, el catolicismo era más fuerte en el Este que en el Oeste de Europa. Además, acusó a los latinos de herejes, por defender la idea de que el Espíritu Santo no sólo procede del Padre, sino también del Hijo. Como se puede ver, este teológico tridente siempre ha dado para mucho en las polémicas.

El Beodo fue asesinado en el año 867, siendo sustituido por Basilio el Macedonio, el cual cambió completamente el tono del enfrentamiento. Recluyó a Focio en un monasterio y restituyó a Ignacio. Ambos por su cuenta se dirigieron a Roma para solicitar apoyo. Así que, finalmente, el Papa Adriano II tuvo que convocar un concilio, el IV de Constantinopla, que comenzó el 5 de octubre del 869. Dicho concilio excomulgó a Focio y creyó enterradas todas las indisciplinas de la iglesia oriental.

Este cuarto concilio de Constantinopla es el último celebrado en Oriente. El último de las discusiones bizantinas. Para entonces, la Edad Media llamaba a la puerta, y el mundo cambiaba. El resto de los concilios ecuménicos se ha celebrado en Occidente, lo cual ha alejado progresivamente a los llamados católicos y a los llamados ortodoxos. Es un proceso quizá menos visible porque los problemas de la Iglesia católica, en los siglos siguientes, serán muchos, pero ya no vendrán de Oriente, sino de cosas como la herejía albigense y, sobre todo, el protestantismo.

A Juan XXIII le preocupaba mucho la desunión de los católicos y hay quien quiere ver en el último concilio, el Vaticano II, un intento de acercamiento. No obstante, como habéis podido leer, hay por medio siglos de leches.

Por de pronto, cambiamos de tema para no aburrir en exceso. Pero queda pendiente hablar de muchos concilios, y de muchas discusiones, aunque ya no bizantinas.