jueves, junio 30, 2011

El siglo (III)

El siguiente pequeño capítulo en la historia de la relación entre Franco y el poder, aquélla que cuenta cómo el caudillo siguió dando codazos para hacerse sitio bajo la canasta inmediatamente después de terminada la guerra, está ya casi terminada y sólo le falta apuntalar un par de datos. Dicho lo dicho, no obstante, el artículo escrito por Tiburcio y que colgué el miércoles me ha parecido muy interesante, y no me puedo resistir a apostillarlo en alguna medida.

Y apostillo porque hay algunas cosas que no comparto del todo. Por ejemplo, el concepto de que nuestros avances han comenzado a ir más deprisa que nuestro ingenio. Yo en esto tengo una visión más optimista. El error de apreciación en este punto estriba en olvidar algo que Tiburcio dice en su post, y que no por simple se deja de obviar: hoy somos muchos más que ayer, y mogollón más que antes de ayer. Por lo tanto, parece que la Humanidad es más destructiva que nunca y, si bien ello es verdad en términos absolutos, no lo es tanto en términos relativos.

Los españoles de los siglos XX y XXI, con toda nuestra especulación inmobiliaria que ha mandado, dicen algunos, nuestras costas a tomar por saco, no hemos cambiado nuestro país ni la mitad de lo que lo cambió el imperialismo naval hispano que, en apenas unos pocos siglos, se llevó por delante buena parte de la riqueza boscosa de la península. Esto es así, entre otras cosas, porque Felipe II no repoblaba lo que talaba, y nosotros repoblamos nuestros bosques. En mi opinión, el mundo se estaría enfrentando a ese horizonte apocalíptico que dibujan muchas organizaciones ecologistas si la Humanidad, hoy, tuviese las intenciones de Felipe II y las capacidades de Zapatero. Pero no es el caso, porque la Humanidad ha sabido entender, mutatis mutandis, las consecuencias de tener cada vez más capacidad de cambiar las cosas.

A todo ello se une un principio moral que tiene su aquél, que se podría enunciar así: ¿por qué la conservación del medio ambiente tiene que ser el límite del progreso? La respuesta a esta pregunta es bastante obvia para un ciudadano de clase media de Hamburgo; pero Hamburgo no es el mundo.

Imaginemos que es cierto que la temperatura de la Tierra va a subir dos grados; imaginemos que esto será así por los cienes y cienes de miles de miles de toneladas de C02 que se van a verter a la atmósfera en los próximos cien años. Un residente en Barcelona, probablemente, considerará esto intolerable. Pero si le preguntamos a un ciudadano de Namibia, quizá nos diga: «oye, depende. Porque si todas esas emisiones industriales se van a hacer para que mi país se desarrolle y yo pase de tener una renta per cápita negligible a un nivel de vida europeo, pues que le vayan dando por culo a la temperatura de la Tierra». Así las cosas, ¿por qué la situación actual del planeta es la que hay que conservar? La respuesta habitual es aquélla de: porque es la herencia que le vamos a dejar a nuestros hijos. Ya. Pero, ¿seguro que el tipo que ahora mismo tiene la expectativa de dejarle en herencia a su hijo un país sin futuro, una economía casi de la Edad de Piedra, corrupción, dictadura, guerras, violaciones y hambre, piensa lo mismo?

Es porque pienso que a los africanos no les va a parar el milenarismo del camjbio climático por lo que postulo la idea de que África protagonizará el «milagro económico» del siglo XXI, aprovechando las limitaciones europeas a la actividad industrial y la relativa saturación de los gigantes asiáticos y latinoamericanos, lo que le permitirá buscar su lugar bajo el sol. El siglo XXI va a cambiar, en buena parte, la faz de la cooperación internacional: primero fue darle de comer; luego fue enseñarle a pescar; y ahora será dejarle que produzca rodamientos a lo bestia. Y aquí no hay nada que imaginar; es lo que hemos hecho con China, sin ir más lejos.

Esto hará desaparecer, quizá, los gorilas, ciertamente. Pero un futuro presidente congoleño bien nos podrá decir a los europeos: cuando usted se apioló a todos los uros de su continente, a todos los osos, yo no dije nada, así que ahora déjeme usted en paz.

Por lo demás, el problema del siglo XXI no es, Samsa dixit, la superpoblación, a mi modo de ver, sino la estructura de la población. Los demógrafos parecen estar de acuerdo en que la longevidad en los países desarrollados (y no tan desarrollados; véanse, sin ir más lejos, las estimaciones demográficas a medio plazo de la ONU para América Latina y el Caribe) se desplaza a un ritmo relativamente regular, sin que le veamos aún el techo. La longevidad humana se asemeja al salto de pértiga: uno siempre piensa que habrá un límite, que habrá un listón que ya nadie pueda saltar, pero acaba surgiendo un Bubka que va y lo pasa. Hace años escuché una conferencia de un tipo que decía que el hombre está estructuralmente preparado para vivir mil años. Del yuyu que me entró casi me hago monje.

Humoradas aparte, por lo que he podido leer, si existe una clara tendencia de la longevidad, no está tan clara en lo que se llama EVLD, Esperanza de Vida Libre de Discapacidad. Hay datos que sugieren que la EVLD se desplaza con la EV a secas (es decir, que el número de años en los que el hombre debe soportar ceguera, sordera, invalidez, Alzheimer o similar permanece más o menos estable). Pero también hay otros datos que sugieren que se estanca mucho más que la EV: esto es, el hombre cada vez vive más, pero eso quiere decir que cada vez vive más años necesitando de otros para muchas cosas, todas incluso.

El problema demográfico, por lo tanto, es que el perfil de gasto del hombre medio (occidental) está cambiando. Hasta ahora, el humano acomodado medio gasta cada vez más con los años hasta alcanzar un pico más o menos en la cuarta década de la vida, que es cuando se casa, tiene los hijos, se compra el piso, sale por ahí de farra, se hace las vacaciones de puta madre de las que saca plúmbeos videos de cuatro horas… etc. A partir de los cuarenta la cosa cambia, con la excepción de las crisis pitopáusicas que generan divorcios y adquisiciones de vehículos con tracción a las cuatro ruedas. A partir de los cincuenta, puesto que la pulsión de gasto se modera y los hijos ya se han ido de casa, el gasto se modera aún más y con la jubilación el humano medio ingresa en un entorno más modesto aún, de escasas necesidades y también recursos más escasos.

La evolución asimétrica de EV y EVLD genera que esta dinámica cambie y genere unos últimos años de la vida en los que, en realidad, el perfil de gasto, lejos de moderarse, se dispara. El anciano de cuarta edad de hoy en día demanda centros de día, residencias, ayudas de terceras personas, pastillas, aparatos, rehabilitación, y toda la pesca. Esto cuesta dinero, y ese dinero debe teóricamente generarlo quien está en el momento de la vida en el que ya no genera, sólo consume.

Estos días de discusiones de altura sobre la economía española, el Estado de la Nación y de las JONS, escuchamos mucho decir eso de que la clave de la competitividad está en la productividad. Cierto es; pero menos que antes. Aumentar la productividad no es lo que nos hace competitivos; es, más bien, una conditio sine qua non para serlo. A mi modo de ver, la clave de la competitividad del siglo XXI estará en ser capaz de activar las potencialidades de las personas más mayores, y gestionar con habilidad sus necesidades. Dicho de otra forma: el país competitivo del 2060 será aquél país que no tenga que transferir a su tercera y cuarta edad más de un X% de su PIB, bien porque haya desplazado el concepto de tercera edad (como se está haciendo en casi todos los países y se quiere hacer en España); bien porque haya desdibujado la frontera entre vida activa y vida pasiva (eso de la flexiseguridad); bien porque generalice la eutanasia activa prescrita por el Ministerio de Asuntos Sociales (solución Hitler); bien porque se las arregle de alguna otra forma. En suma, yo no veo guerras en el siglo XXI porque en el siglo XXI lo importante no será tanto tener ejércitos potentes como retaguardias que no te retarden demasiado.

La otra cosa que no veo clara en la visión tiburciana y que me gustaría apostillar es eso de la globalización. En primer lugar, la globalización nos ha traído una parte de la crisis que ahora estamos viviendo (otra parte la han traído los políticos; por ejemplo Clinton, con su decisión sobre los límites de las operaciones hipotecarias de sus entidades semipúblicas, que origina la crisis subprime), pero también nos ha traído los periodos de crecimiento económico más largos y estables que casi recordamos.

En segundo lugar, como también apuntaba en mi post, la globalización, como fenómeno sociocultural, ha fracasado. El hombre del siglo XXI se siente más catalán, ruteno, kurdo o de Orcasitas que nunca. Creo recordar, escribo de memoria, que Saladino era kurdo de origen y aglutinó bajo su alfanje a todo tipo de musulmanes que se unieron por el objetivo común de echar a los infieles de Palestina. Hoy por hoy, en Palestina hay otros infieles, hebreos, y estos mismos musulmanes se han demostrado incapaces de echarlos, quizá porque ni los kurdos ni, un suponer, los suníes iraquíes aceptarían ir juntos ni a comprar lotería. ¿Dónde está la globalización?

El problema del siglo XXI es centrífugo. Eso que los libros llaman Edad Moderna, que no sé muy bien lo que es la verdad, lo concibo como el inicio de la pelea entre dos grandes concepciones de comunidad: la basada en los intereses compartidos y una idea de bien común (la nación); y la sociocultural, basada en el elementos inmateriales de cohesión como la lengua, la cosmovisión, la costumbre de comer con tenedor o con palillos, etc.

El siglo XXI está viendo el final de esa lucha, que ha ganado de largo la segunda de las alternativas. Ésta es la razón de que el concepto de nación, Zapatero dixit, sea discutido y discutible; mientras que nadie discute un concepto que hasta hace dos telediarios era un fistro diodenal, como la lengua propia.

La Humanidad se fragmenta, y esa fragmentación podría verse como una medida de protección contra sí misma. Es como si la sociedad mundial se diese cuenta de que el concepto de nación (y su expresión oligopolística, que es el concepto de imperio o potencia) crea monstruos, Godzillas que se lo comen todo, y se defiende fragmentándose. Porque Rusia podrá ser la polla de Montoya, no lo dudo; pero ni modo esa geometría fractal de nacionalidades de que se compone hoy el antiguo territorio de la URSS se puede comparar con el nivel de poder e influencia que tenía ésta. El poder de A más el poder de B más el poder de C no es equivalente al poder de A más B más C.

Quizá por eso creo que Estados Unidos está lejos de perder su posición mundial prevalente: porque es una nación que hizo su guerra civil en el momento justo, con las elevadísimas dosis de violencia necesarias como para que a nadie le quedasen ganas de repetirla y, consecuentemente, es una nación que muestra una enorme resiliencia frente a estas tendencias centrífugas; es más: de las tendencias centrífugas del Canadá, con el tiempo, puede acabar sacando petróleo (bueno, quien dice petróleo, dice pescadilla). Ni China, ni India pueden decir eso. Brasil, sí. Brasil tiene un gran futuro en el ámbito geopolítico mundial.

Nuestros problemas por venir, por lo tanto, tienen que ver, sobre todo, con cómo vamos a reinventar y gestionar el concepto de comunidad y, sobre todo, cuánto podremos pagar del viejo concepto que aún está vigente. Acabaremos, me temo, por ponerlo todo en duda. Pero, como soy optimista por naturaleza, nada me dice que lo que venga tenga que ser, necesariamente, peor. Sólo distinto.