lunes, junio 27, 2011

Este siglo

Felipe ha dejado recientemente un comentario en un post del blog lanzando el guante de un artículo, no sobre el pasado, sino sobre el futuro, o sea qué creo yo que será historia del siglo XXI en el siglo XXII. Tiburcio y yo leímos ese comentario casi al mismo tiempo y hemos decidido abordar el asunto cada uno por nuestra cuenta. Lo que vas a leer ahora, por lo tanto, es mi aportación; la de Samsa llegará, espero, algo más tarde.

Lo primero que me gustaría comentar sobre el tema es que estamos en el 2011; así pues, nuestra capacidad de imaginar lo que va a pasar en el conjunto del siglo XXI es la misma que tenían del siglo XX los ciudadanos de 1911, esto es personas que desconocían que en unos pocos años se produciría una guerra global que lo cambió todo (y que, sin embargo, apenas fue el preludio de otra más global todavía); así como la eclosión de la clase proletaria en el mundo del poder a través de la revolución rusa. Hemos de ser, por lo tanto, humildes y reconocer que somos ciudadanos de principios de siglo, vamos por la vida con nuestras levitas, nuestras chisteras y nuestras patillas abundantosas, y no podemos saber lo que va a pasar dentro de cincuenta años. Salvo los expertos en cambio climático, claro, que saben perfectamente la temperatura que va a hacer en la afueras de Sotillo de la Adrada a las 16,35 horas del 8 de marzo del 2076.

La única pregunta que se hace Felipe es si va a haber una guerra entre EEUU y China. Querrá decir otra, porque China y Estados Unidos están en guerra desde que son amigos, esto es desde que Nixon visitó Pekín. Las guerras hoy en día son más elegantes, pero no dejan de ser guerras. Alemania, escaldada en la primera mitad del XX, llegó a la conclusión de que era más fácil invadir con el Commerzbank que con las Panzerdivisionen, y es a lo que se ha dedicado en las últimas décadas. Por lo tanto, la guerra chino-americana no ha disparado ni un tiro (entiéndase en EEUU y China; en países terceros, unos cuantos), pero ha tenido sus batallas bien definidas.

Florituras semánticas aparte, yo no soy demasiado optimista (o pesimista, según se vea) sobre las posibilidades de China a medio plazo. En los años noventa se filmó una película de Sean Connery, Sol Naciente creo que se llamó en España, que describía la investigación de un asesinato en el mundo de altos negocios de Tokio. El ambiente de aquella película era el del mundo financiero e industrial de la época: los japoneses lo estaban comprando todo. Compraban siderúrgicas en Estados Unidos de siete en siete, eran los líderes en tecnología, bla. Por aquel entonces, recuerdo haber oído al presidente mundial de la IBM, de paso por Madrid, declamando en una conferencia: «el día que los japoneses quieran vivir como nosotros, las cosas ya no serán tan fáciles para ellos». Y acertó. El milagro japonés se asentaba sobre millones de familias viviendo en cajas relativamente amplias, que ellos tenían por pisos, con niveles de consumo relativamente modestos. La mayoría de edad de la economía y la sociedad japonesas abocó al país a una recesión larguísima, de la que en buena parte no ha salido; hoy, nadie habla del dragón japonés y el sushi se ha pasado de moda.

China tiene, que diría Marx, enormes y crecientes contradicciones internas. Es un país crecientemente contaminado. Es un país con unas diferencias sociales entre el campo y la ciudad que asustan. Es un país enormemente monetizado, porque exportar al ritmo que ha exportado durante tantos años ha recalentado de tal manera su masa monetaria que la única forma de evitar la hiperinflación ha sido comprar deuda a lo bestia (lo cual no evita que sea un país hiperinflacionario, que lo es). Asimismo, es un país que carece de pilar de bienestar (tan sólo hay sistema de pensiones como tal concebido para los funcionarios, y no todos) y, sin embargo, se enfrenta a unas tensiones demográficas impresionantes; algunos teóricos han dicho de China que es el primer país del mundo que es viejo antes que rico (todos los demás, antes de envejecer, nos hemos forrado en mayor o menor manera) y que, en realidad, nadie sabe cuál va a ser el resultado de esa realidad. La guinda del pastel es la pregunta de si China va a poder aguantar una década más, o un cuarto de siglo más, fagocitando sus tensiones democráticas internas.

China es, pues, una bomba de relojería económica (lo cual explica su crecimiento acelerado) que podría estallar conforme se acerquen los años malos de la pirámide demográfica. Todos los países que sufrieron la segunda guerra mundial tienen un crédito demográfico derivado del hecho de que un montón de gente que debería haber nacido en los años cuarenta, y que hoy estaría cobrando sus pensiones y generando sus gastos, nunca nació. Pero eso se acaba.

Yo no creo, por lo tanto, en una guerra entre Estados Unidos y China; entre otras cosas porque desde que surgió la Guerra Fría, las guerras entre potencias ya no se producen agrediéndose entre ellas, sino a través de países terceros.

En lo que creo es en la posibilidad de una recesión mundial aproximadamente en el 2030 provocada por China, puesto que buena parte del esquema económico presente se basa en la existencia de una potencia monetizada, fuertemente exportadora, y monopolística en esa posición. Ese monopolio, sin embargo, está en entredicho: India y Brasil ya están al acecho, y África no se va tirar toda la puta vida en el banquillo esperando su oportunidad. De hecho, creo que el siglo XXI vivirá eso que llaman un «milagro económico» en África; mi apuesta personal es Senegal. Otros países del mundo, como Indonesia, tienen también altas capacidades teóricas. Económicamente, de hecho, el siglo XXI será, en mi opinión, el de los países antes considerados musulmanes.

China, además, tiene un potencial disgregador que yo al menos veo cada vez más evidente. Hay muchas chinas dentro de China pero, sucintamente, hoy ya podemos hablar de una China moderna, flexible, dinámica; y una china pobre, tradicional y menos densa. Más abajo hablo de los nacionalismos; ¿por qué no consideraremos que los chinos no se van a ver golpeados por ello? ¿Puede romperse China? Pues sí, sin duda. Como poder, puede, sobre todo si su argamasa socialista cae como el Muro de Berlín, cosa que también puede pasar si, finalmente, los jerifaltes chinos son incapaces de contener la hiperinflación.

Pero vayamos con eso del tiempo de los países antes considerados musulmanes. Creo que el siglo XXI va a vivir unas tensiones importantes en el seno del mundo musulmán. Lo que empezó en la plaza Tahir aún no ha terminado. Los países musulmanes viven, de momento, revoluciones imperfectas; pero esto se corregirá cuando en esos países acaben surgiendo cohortes demográficas jóvenes básicamente laicas. De hecho, mucha gente cree que el integrismo educativo musulmán es una forma de agredir a Occidente; yo creo, más bien, que son medidas defensivas. Buscan evitar el efecto de desafección respecto de las verdades sociales de origen religioso, que los gobernantes saben que acaba ocurriendo en cuando a la gente le pones una tele o un ordenador en su casa y se pone a ver Friends; exactamente igual que, a su manera, La tribu de los Brady acabó con la forma un tanto pacata que teníamos de ver la vida los españoles.

A mi modo de ver, será el Indostán el área donde surgirán estas tensiones de forma más perceptible, en cuanto la renta per cápìta suba unos puntos. Creo que si hay un país que va a dar un giro copernicano en el siglo XXI, es India, que está llamada, mucho más que China, a ser la Alemania de Asia. Indios ricos significa paquistaníes económicamente colonizados y, a la larga, elevación del sentido crítico social. El 13 de agosto del 2047, el Casino de Montecarlo estará petado de millonarios de tez oscura, no pocos de ellos nacidos parias o talibanes.

Europa se enfrenta ya a su propia crisis. La Europa de la Comunidad Económica Europea era una Europa de los despachos, y es bastante obvio que éste es un esquema que deja insatisfecha a buena parte de la sociedad europea; sociedad que, en todo caso, está escasamente armada para enfrentarse a los cambios del mundo, porque mira el mundo con gafas de hace cincuenta años, por lo que su capacidad de adaptación prácticamente no existe.

Esta crisis contra la euroburocracia se junta con otra de mayor calado, y es que en Europa, en los años sesenta y setenta, compramos un piso cuya comunidad ya no podemos pagar porque es demasiado cara. La encrucijada, ya hoy, es si mantener, reinventar o recortar eso que se llama Estado del Bienestar. Dicen los teóricos que es imposible que un Estado pueda recaudar más del 9% del PIB en impuestos. Y bien, nuestro Estado del Bienestar corre peligro de llegar a costar mucho más que eso (el 15% en el caso español, obviamente antes de la reforma que ahora se ha pactado). Podemos hacer varias cosas: podemos trabajar más, para así poder pagar la comunidad; podemos irnos del piso y cambiarnos a otro más modesto, pero más barato; o podemos permanecer en el viejo caserón, como las viudas ignotas del centro de nuestras ciudades, rodeados de los muchos recuerdos de nuestros años guapos, pero sin gastar ni un céntimo en nada, porque en el fondo seremos unos pordioseros con mansión.

El del Estado del Bienestar, en todo caso, no es el fondo del problema. El fondo del problema, a mi modo de ver, es si Europa va a poder enseñar al mundo una capacidad de converger en políticas económicas y sociales de la que hasta ahora ha carecido. Si realmente va a poder exhibir una fuerza económica común. Es un punto en el que yo soy pesimista, y es por eso que veo fortísimas tensiones centrífugas en la Unión Europea. Si se intensifica la colaboración del eje franco-alemán, nuestro aliado natural es Italia. ¿Italia? Sí, Italia.

Pero eso será, claro, si Italia, o nosotros mismos, seguimos existiendo.

Una de las grandes preguntas del siglo XXI, que condiciona todo el entorno geopolítico, es si el nacionalismo, como forma de pensar, va a seguir gozando de buena salud. Ahora mismo, es la ideología más fuerte en la sociedad mundial, sin duda. El nacionalismo pudo con la URSS, y eso es mucho, pero mucho, poder. La potencia de esta incógnita x determina toda la ecuación. Yo, sinceramente, no veo tendencias de reducción del nacionalismo; es más, se da la circunstancia paradójica de que internet (la interconexión global de los ciudadanos del mundo, y bla) ha incluso aumentado las tensiones nacionalistas, porque ha sido habilísimamente utilizado por los nacionalismos en su provecho. Creo que el nacionalismo explica el 80% del siglo XX y explicará un porcentaje no mucho menor del XXI. La tendencia del mundo le va a favor de corriente; véase, sin ir más lejos, el leve detalle de que el euro, en lugar de estar donde se pensó en su día, es decir a punto de comerse la libra esterlina y las monedas escandinavas y tal, lo que está es a punto de desaparecer. Este párrafo significa, sí, que España seguirá registrando tensiones muy fuertes por el flanco nacionalista, que podrían llegar a obligarla a reinventarse.

Si el nacionalismo pervive y la gripe, si no pulmonía mortal, del Estado del Bienestar, alimenta los radicalismos intervencionistas (como lógica reacción contraria), esto vendría a suponer que la inmigración será en el siglo XXI un problema aún mayor de lo que lo fue en el XX y que, en general, el siglo XXI será una sopa de Oparin para los radicalismos. Eso siempre, o casi siempre, quiere decir totalitarismo; lo totalitario, como los sombreros, volverá. A mi modo de ver, existe la posibilidad de que, como poco, dos, si no tres o más, de los seis grandes jugadores del tablero mundial del siglo XXI (Estados Unidos, Rusia, China, Brasil, India, Europa) sean políticamente de índole totatlitaria o cuasitotalitaria. Esto depende también de la violencia que generen los problemas del Estado del Bienestar (véase Grecia).

El siglo XXI no verá una solución para el problema del Estado de Israel. Entre otras cosas, porque veo muy difícil que los países musulmanes del área sean capaces de mantener su inestable unidad. A mi modo de ver, el tiempo (o sea, el proceso de laicización de los países musulmanes) juega en contra de Hamas y movimientos adyacentes; pasado el primer tercio de siglo, Israel podría entrar en la UE (incluso antes que Turquía, que anda un poco despistada). Pero eso será, claro, si no hay guerra civil en Egipto, porque ésta cambiaría el mapa completamente.

No sé; no soy, como se ve, demasiado optimista.