miércoles, diciembre 21, 2011

Hellas (y 4)

Tras la nueva cagada de Chipre, los griegos vuelven a cantar, como Les Luthiers, aquello de Perdimos, perdimos, perdimos otra vez. En consecuencia, las negociaciones con Turquía empiezan inmediatamente. Sin embargo, ahora es Ankara la que no está demasiado interesada en un acuerdo. A los pocos días, se levanta de la mesa y ordena una nueva operación militar, tras la cual llega a controlar un tercio de la isla. Unas 1.400 personas desaparecerán en la zona de ocupación turca, en la trastienda de Europa; sin que, por cierto, a las archifamosas ONG se les despeine el flequillo.

En Grecia, Caramanlis desmonta la estructura dictatorial, lo que supone aligerar muy significativamente las cárceles y un regreso masivo de exiliados. En 1974 Nea Democratia, el nuevo partido del primer ministro, gana las legislativas con comodidad. El Partido Comunista ha sido legalizado, pero apenas obtiene un 10% de los votos, la tercera parte que el PASOK de Andreas Papandreu. En Grecia, como en otros lugares de Europa, los comunistas sufren el trile de ser clandestinos mientras son importantes, para pasar a ser generosamente legalizados en cuanto su fuerza electoral se queda en un simple pedete.

Un referendo somete a los griegos la forma de Estado. Los desagradecidos helenos, a pesar de todo lo que sus reyes han hecho por ellos; a pesar de haberse desempeñado siempre como monarcas constitucionales conscientes de que la soberanía popular limitaba su libertad de acción. A pesar de todo ello, digo, y quizás porque esta acción idílica de los reyes griegos se produjo sólo en sus sueños, el 70% de la población vota por la República.

En la primavera del 77, nuevas elecciones, el PASOK es ya el primer partido de la oposición, por delante del centro, tras triplicar sus votos. Antes de que termine la década, Caramanlis negocia la adhesión de Grecia a la Comunidad Económica Europea y, acto seguido, dimite para presentarse a las elecciones a presidente de la República. En las legislativas, gana el PASOK.

Los socialistas gobernarán durante ocho años; y sé que lo que voy a escribir será muy difícil de asumir por un lector español, pero su final como partido mayoritario será labrado por la corrupción, con una cascada de escándalos que afectan a personajes del Gobierno. Sin embargo, la caída de los socialistas no se corresponde con una eclosión de la derecha, la cual obtiene resultados en votos tan magros que llega a tener que formar coalición de gobierno nada menos que con los comunistas.

La legalidad de los comunistas, y sobre todo un sentido de traición frente a la invasión turca, alimentan el antiamericanismo de Grecia. En agosto de 1974, Grecia anuncia su abandono de la estructura militar de la OTAN, aunque las bases americanas se mantienen. Esta medida de presión, sin embargo, no sirve para enfriar la olla turca. En 1977, los turcos declaran la creación de la república norchipriota, reconocida únicamente por Ankara. Esta decisión volverá a poner los temas muy jodidos entre griegos y turcos.

Con todo, la principal evolución de Grecia en los quince años que van entre 1975 y 1990 es socioeconómica; es en estos tiempos cuando se construye buena parte del país (descojonado) que ahora tiene los problemas que tiene. El PASOK, como buen partido socialdemócrata, tiene en el estatismo su principal bandera. Además, es un movimiento que accede al poder en esos años, después de una larga espera y, por lo tanto, cuando, sobre todo en los ochenta, el mundo comienza a avanzar en una dirección muy concreta (reaganomics en Estados Unidos, thatcherismo en Reino Unido, fracaso del experimento Miterrand en Francia), los griegos deciden que, por su cara bonita, ellos son más listos que nadie y pueden ir en dirección contraria. Amagan con su marcha, de la OTAN, incluso de la CEE, pero nunca la llevan a cabo, porque saben que fuera de esa casa común morirían de frío (por no decir ahogados en su propia mierda). Pero, eso sí, la sociedad griega desarrolla con rapidez el concepto de «pertenencia crítica». Algo así como: estoy, pero soy consciente de que no debería estar.

El sector público siempre había sido muy importante en un país en el que el clientelismo político lo ha movido todo durante décadas. Sin embargo, lo de la década de los ochenta es una auténtica feria funcionarial. Grecia se convierte en el Eldorado de los movimientos que piden que todo sea público. El Banco Comercial y el Jónico, las dos grandes entidades privadas, acaban controladas por el Estado, lo que supone controlar también sus fuertes grupos industriales. El actor público compra o crea industrias en campos como el armamento, la metalurgia, el transporte, el pequeño sector de extracción de petróleo griego y hasta las líneas aéreas nacionales, que Aristóteles Onassis le deja en herencia al Estado griego. Ya en 1981, y de esto hace 30 años, uno de cada cuatro griegos con trabajo lo hacía para el Estado, directa o indirectamente.

La consecuencia lógica de esta estrategia nacionalizadora, mal que le pese a sus defensores, es la incompetencia de la empresa griega a la hora de competir con la europea; lo cual es un problema, porque a finales de los ochenta el país está a punto de ingresar en un club donde no se pueden cobrar aranceles. Es por ello que Grecia se adhiere a la CEE en unas condiciones que ya habría querido para sí España, o Portugal. El tratado de adhesión de Grecia está repleto de excepciones y derogaciones, algunas de las cuales han estado vigente casi hasta ayer por la mañana, en virtud de las cuales porciones de la economía helena quedaban, de hecho, protegidas de la competencia extranjera. La economía griega y el cine español son los dos mejores ejemplos que se me ocurren para explicar qué mierda pasa cuando a un sector productivo lo encierras en una torre de marfil, lo proteges, y lo financias haga lo que haga.

A principios de los ochenta, a las puertas pues de la crisis por la guerra irano-iraquí, Grecia exhibe ya cifras propias de la España actual: déficit público equivalente al 9,1% del PIB, con el agravante de que la inflación es del 24%. Quien diga que los problemas de Grecia son de ahora, no está hablando de Grecia.

En Grecia, las últimas tres décadas, una sola cosa ha sido sacrosanta y, por definición, ha permanecido intocada por cualesquiera gobiernos se han sucedido: la tasa de paro. El modelo económico griego es un modelo montado para que el paro esté entre el 4% y el 8%, más o menos. Si para respetar esa tasa hay que hacer a medio país funcionario y mantener en pie empresas que no le venderían una botella de agua a un saharaui que acabase de hacer footing, se hace. Eso, más gastarse, cada año, el 7% del PIB, que se dice pronto, en gastos militares, para acojonar al turco.

Básicamente, lo que los gobiernos griegos han hecho en el pasado ha sido devaluar la dracma a lo bestia (hasta el 12% de una tacada), para que así los productos de sus empresas se vendan, si no por buenos, al menos sí por baratos; y, en paralelo, conforme el Estado recibía la lluvia de financiación vía fondos estructurales comunitarios y préstamos que ahora no puede pagar, se incrementaban salarios y prestaciones sociales. El sistema fiscal prácticamente no ha recaudado de las empresas durante años ni, sobre todo, de los autónomos y profesionales liberales; abogados y médicos que, fiscalmente hablando, están en la puñetera indigencia, viven en casas en el norte de Atenas, la zona pituca, con anchas y profundas piscinas a sus pies. El IVA, un impuesto que tiene como consecuencia incrementar la racionalización en los procesos de creación de valor, sólo fue implantado en Grecia ocho años después de haber entrado en la CEE. Una más de las excepciones.

En la década de los ochenta el Estado, presa de su propia estrategia, comienza a sentir lo que se entiende como paradoja de la bicicleta; cuando estás pedaleando tienes la impresión de que tu situación es muy estable, pero cuando se te van cansando las piernas te das cuenta de que, en realidad, toda tu estabilidad depende de que sigas pedaleando. Así las cosas, conforme este sistema económico cuya conclusión final es financiar y fomentar la ineficiencia hace crisis y las empresas empiezan a caer como moscas, el Estado se ve obligado a comprarlas para mantener el momio. En 1985, son 230 las empresas que se han nacionalizado, con un total de 280.000 trabajadores. Para entonces, el 45% de la población activa trabaja, directa o indirectamente, para el Erario público. Por supuesto, miles y miles de los jefes y cuadros de estas empresas serán elementos de total fidelidad partidaria. No menos de una cuarta parte de la economía estaba, y está, sumergida.

No fue hasta 1996 que el gobierno conservador de Constantin Mitsotakis abordó un programa de privatizaciones y flexibilización de la economía, pero en medio de profundísimas divisiones en el propio partido gubernamental sobre la materia. En los noventa, la deuda exterior ha llegado al 93% del PIB, y la dracma se ha depreciado en un 30%.

En los años siguientes, bajo los gobiernos de Costas Simitis y Costas Caramanlis (junior), Grecia sigue impasible el ademán con sus problemas sempiternos. La economía no tira y, en lo que se refiere al problema turco, si bien la intervención del presidente Clinton parece en un momento capaz de aquietar las aguas (y retirar las tropas), el asunto Ocalan, en el que Grecia trata de escamotearle a Turquía el dirigente kurdo de tal nombre, vuelve a poner las cosas en punto de ebullición.

Fue Costas Simitis quien se planteó la entrada de Grecia en el euro, para lo cual puso en marcha una política de restricción presupuestaria y reorganización fiscal que, según vamos sabiendo en el momento presente, fue más contable que real. En 1998, para poder meter la dracma en el Sistema Monetario Europeo (condición sine qua non para poder soñar con el euro), es necesaria devaluarla un 14%, que se dice pronto. Pero las cosas, por lo menos sobre el papel, funcionan: la inflación cae por debajo del 3% y el déficit público del 3,5%.

En una política que tal vez le suene a alguno de mis lectores, mientras el país trata de apañar unas cuentas públicas que, cuando menos, parezcan aseadas, al mismo tiempo se lanza, gracias a los generosos fondos europeos, a una feria de obras públicas que lo flipas. Se ejecuta la Egnatia, o sea el eje rodado entre el Épiro y Tracia, con un puente de tres kilómetros sobre el mar; el metro de Atenas; su nuevo aeropuerto internacional; y, sobre todo, buscando la admiración del mundo, las obras faraónicas ligadas a la celebración de los Juegos Olímpicos en su centenario. Los JJOO quedan hermosos en su ceremonia de inauguración, pero para el país son una puta ruina.

El país experimenta una explosión del crédito bancario y del mercado inmobiliario. Mogollón de gente se hace rica y Grecia se convierte en un país caro. No sé si le sonará a alguien esto también. El 31 de diciembre del 2001, un café en una barra de un bar ateniense vale 200 dracmas. Al día siguiente, 1 de enero del 2002, pasa a costar un euro; o sea, 340 dracmas. Con dos cojones.

Desde 1996, los griegos descubren la Bolsa y se dedican a especular como gorrinas en los miles de chiringuitos que florecen por todas partes.

El PASOK gana en el 2000, y pierde en el 2004, dejando paso a Caramanlis con una mayoría cómoda. Sin embargo, el regreso de Nea Democratia apenas cambia las cosas, porque las eventuales reformas que el sector liberal de la derecha pretende hacer encuentran dos obstáculos fundamentales: por un lado, el ala conservadora de su propio partido, que todo lo que pretende es prolongar el momio clientelar. Y, por otro lado, los sindicatos, fortísimos dado el elevado porcentaje de funcionarios que tiene el país, renuentes a cualquier tipo de reforma. En el 2009, el propio Caramanlis hará una confesión pública curiosa: «en Grecia», dice, «el gobierno no puede hacer nada frente a un funcionario que decida no hacer su trabajo».

En octubre del 2009, cuando el gobierno Caramanlis da paso al de Giorgos Papandreu, el primer ministro saliente afirma dejar un déficit público del 5%. Apenas unos días más tarde, el gobierno entrante corrige el cálculo y lo cifra en el 7%. Dos meses después, ha aflorado ya tanta mierda que el déficit ha trepado al 13%.

Es en esos días, a caballo entre el final del 2009 y el principio del 2010, cuando el modelo griego, ciento y pico años después de haber comenzado, estalla por los aires. Dice un dicho español que se puede engañar a unos pocos todo el tiempo o a todos durante un rato; pero es imposible engañar a todos todo el rato. Para Grecia llega el momento, un siglo después, de enfrentarse con los hechos, simples y sencillos: la griega es una economía que jamás, desde que es un país independiente, se ha autofinanciado. Siempre, desde los lejanos días de lord Byron, se las ha arreglado para conseguir que alguien le regalase papel higiénico para limpiarse el culo.

Pero a las puertas del 2010, es un país de funcionarios, con miles de personas de 50 y hasta de 40 años jubiladas con generosas pensiones (la tasa de sustitución de la pensión griega, es decir el porcentaje de salario que cubre, es del 97%; la española es del 82%; pero en la mayoría de Europa, la tasa suele estar entre el 40% y el 60%). Es un país con enormes bolsas de economía sumergida, un fraude fiscal que en realidad nadie puede ni valorar, con enormes cotas de corrupción.

Grecia es un ejemplo clarísimo de adónde conduce la política del avestruz. La incapacidad de autocrítica de la sociedad griega es, por ejemplo, lo que tiene cabreados a muchos alemanes, que no pueden evitar la sensación de que las piscinas que se construyen en sus chalés atenientes abogados y arquitectos que pagan menos impuestos que un mecánico de taller germano, en realidad, han sido construidos con su dinero. Para la Unión Europea, además, Grecia está siendo un despertar muy jodido. Los alemanes creyeron que podrían hacer de Grecia lo que, quizá, conseguirán hacer de Hungría, o de la República Checa: a base de colocarlos al lado de alguien que hace las cosas con austeridad, les volverá austeros. Pero lo que ha pasado ha sido exactamente lo contrario. Lejos de limpiar Grecia con el euro, ha sido Grecia quien ha manchado la moneda.

La Historia de la Grecia moderna demuestra, a mi modo de ver, la importancia de contar con una moral social adecuada, una cultura del esfuerzo y una elevada calidad democrática, que son las cosas que acaban generando clases políticas que, a pesar de sus errores, acaben haciendo lo que tienen que hacer, razonablemente a tiempo. Lejos de ello, la clase política griega, desde hace cien años, se asemeja a aquel tipo que se tiró desde la terraza del Empire State y al que un amigo preguntó, a la altura del piso veinte, que tal le iba.

«Pues no es para tanto», contestó el pollas; «llevo un rato cayendo, y no ha pasado nada».