viernes, diciembre 23, 2011

Algunas notas sobre la longevidad del franquismo

Tras lo escrito, y sobre todo lo comentado, con ocasión del último post de la serie sobre Franco y el poder, me siento poco menos que con la obligación moral de escribir algo sobre el asunto que se apuntaba en el epílogo de aquellas notas, y que ha despertado el interés de varios lectores: la cuestión de qué elementos podemos encontrar que expliquen la extremada longevidad dictatorial del general Francisco Franco.

Sin menoscabo de otros factores que han sido ya señalados en dichos comentarios o lo puedan ser en el futuro, yo veo las siguientes cosas.

El enemigo. Todas las dictaduras longevas tienen, si os fijáis, un enemigo. Un Godzilla que les permite vivir de la amenaza de que algún día surja el lagarto del mar y haya que matarlo. La URSS sobrevive a los primeros tiempos de la revolución porque Stalin tenía un enemigo llamado Hitler y, posteriormente, otro llamado Estados Unidos, que legó a los siguientes secretarios generales del PCUS. Es el mismo enemigo que tiene Fidel Castro. Casi el mismo que tiene Corea del Norte. El mismo que tenían todos los países europeos que, en el Congreso de Viena, detuvieron bruscamente el reloj de la evolución sociopolítica, regresando a eso que llamamos Antiguo Régimen a base de agitar frente a sus pueblos la bandera negra de la Revolución.

El primer elemento del franquismo es el enemigo. Alimentado por su propaganda, por su historiografía, pero también alimentado por el propio enemigo. Y, ¿por qué? Pues porque el franquismo contó con

La excesiva duración de la República. ¡Coño! ¿Excesiva? ¡Si sólo duró tres(cinco; me lié con mis propias cronologías) años! Pues sí, excesiva.

Hay dos tipos de hechos o vivencias. Los del primer tipo o los olvidas o te dejan un recuerdo vago que apenas influye en tu evolución. Los del segundo tipo son, o tan traumáticos, o se producen con tanta permanencia, que su huella es indeleble e, indefectiblemente, cambian tu cosmovisión y tu forma de ver la vida para siempre. Por ejemplo: una persona puede vivir una crisis de precios inmobiliarios, digamos, corta. En su país hay una recesión y durante un año o dos, los precios de los pisos se estancan o incluso bajan. Eso le jode, pero si a los dos años la cosa se recupera y los precios vuelven a subir, en diez o quince años esa persona probablemente habrá olvidado que una vez los precios bajaron. Pero si los precios bajan mucho, o durante mucho tiempo, o ambas cosas, nunca lo olvidará. Nunca volverá a confiar en el ladrillo para meter sus ahorros. Se ha generado un cambio de actitud permanente.

Claudio Sánchez Albornoz, una voz que no se puede considerar sospechosa de franquista, entre otras cosas porque pertenecía a una recia familia abulense con notable patrimonio que lo perdió todo, absolutamente todo, el 1 de abril del 39; don Claudio, digo, decía que lo mejor que le podía haber pasado a España es que el golpe de Estado del 36 hubiese triunfado en 72 horas. Nos habrían fusilado a unos cuantos, decía, pero España no habría tenido que sufrir 40 años de comida de mocos. Si hubiese pasado lo que Albornoz decía, estaríamos ante una crisis relativamente corta, capaz de no dejar huellas indelebles en el sentir colectivo. Sin embargo la guerra duró tres años, durante los cuales el odio hirvió hasta temperaturas dignas del núcleo de una supernova, y el efecto fue permanente.

Yo discrepo con don Claudio. Si la guerra hubiese durado sólo 72 horas, para mí los únicos dos cambios sobre la Historia vivida que se habrían producido sería que a Franco no le habría dado tiempo de ser generalísimo (luego no habría sido, por lo menos en primera lectura, el jefe del Estado); y que José Antonio Primo de Rivera habría sobrevivido (neto de alguna matanza desesperada en Alicante, claro). Pero más allá, punto pelota.

Los conspiradores del 36 llevaban en el libro de instrucciones, bien clarita, la intención de fusilar a todo bicho viviente que oliese siquiera remotamente a activista rojo. Yerra, o erraba, Sánchez Albornoz con su impresión; no habrían sido 200 o 300 los fusilados, sino los mismos 40.000 que fueron (contando con la inexistencia del exilio, en realidad muchos más), porque la República había colocado a la sociedad española en una dinámica «o tú, o yo», y esa cosmovisión estaba ya indeleblemente impresa en la sociedad.

El marxismo y, en menor medida, el bakuninismo (así pues, no exactamente todo el anarquismo) es extraordinariamente importante en la Historia de la Humanidad por varias cosas, y una de ellas, para mí la de mayor importancia, es la introducción, o resurrección, de la filosofía exclusivista: la forma de ver el mundo según la cual la supervivencia de los buenos sólo es posible aplastando, eliminando a los malos. Ésta era una filosofía clara en mundo antiguo (los vencidos eran masacrados, o esclavizados) y que adoptó la Iglesia católica con las herejías. El marxismo la retoma y la aplica a la dialéctica política: no hay más forma de implantar la justicia social y bien común que haciendo que la clase de los buenos, la clase obrera, no sólo tome el poder, sino que aplaste o haga desaparecer a la clase de los malos, la burguesía. Por eso se habla de democracia obrera, de justicia popular, de gestión popular, etc. Todo eso quiere decir: elementos de la vida social y política, democracia, justicia, gestión, en las que a la burguesía se le niega incluso el derecho a existir.

En ese choque de trenes entre marxismo y fascismo que es el primer tercio del siglo XX en Europa, a España le toca lidiar, fundamentalmente, con el marxismo. El fascismo, entre el 31 y el 36, es una amenaza que nunca llega; si tan fascistas eran las derechas republicanas, en el 34, tras sofocar el golpe de Estado revolucionario llamado Revolución de Asturias, habrían cerrado las Cortes, fusilado a Largo Caballero, ilegalizado los sindicatos, el PSOE y el PCE y, por supuesto, jamás habrían permitido que las elecciones del 36 se celebrasen. Que tenían gente a la que le iba esa marcha no se duda; Francisco Franco era su jefe de Estado Mayor.

Hoy es el día, año 2011, que si alguien, sea de derechas, de izquierdas o mediopensionista, ve a un tipo por la calle agitando una bandera republicana tricolor, automáticamente asume que esa persona es de izquierdas. Muy de izquierdas, quiero decir. Esta asunción es la traza que nos queda, 70 años después, de la huella indeleble que la República dejó en la sociedad española, una huella que identifica la República con una parte minoritaria de su desarrollo.

Una vez hice un ejercicio matemático que me resultó bastante curioso. Yo no sé si alguno de mis lectores está familiarizado con el concepto de vehículo/kilómetro. Es la medida de tráfico más normal y parte de la base de que el tráfico no se puede medir según los vehículos que se mueven, porque unos se mueven para ir a la esquina de enfrente mientras que otros cruzan España entera. Por lo tanto, se utiliza la medida de vehículos/km. Un coche que recorre 100 km equivale a 100 vehículos/km.

Basado en esta metodología, me hice el cálculo de ministros/día, por partidos. Esto es, un ministro que lo fue durante tres meses equivale a 90 ministros/día. De esta manera, sumando ministros, trataba de hacerme una idea de qué partido acumulaba más.


Para sorpresa de propios (hasta ahora, no le había enseñado este gráfico a extraños), resulta que es el Partido Republicano Radical de don Alejandro Lerroux el que acumula más ministros/día en la República o, si se prefiere, el que toca más poder, cuando menos oficial. Aún poniéndonos a sumar quesitos de los diferentes partidos de la izquierda burguesa y sus múltiples escisiones, en mi opinión es muy difícil eliminar la sensación de que la República fue, básicamente, gobernada por los radicales y los que la historiografía viene considerando políticos independientes, de variado pelaje.

La duración de la República, yo diría que más allá del 34, ha cambiado esta impresión; como la ha cambiado, sobre todo, el desarrollo de la guerra civil, donde aparece, y éste es un concepto que manejó mucho la historiografía franquista, a mi modo de ver esta vez con acierto, algo que deberíamos denominar la III República: una república gobernada por quienes, en realidad, no habían gobernado la II y que, como no puede ser de otra manera, la gobernaron de otra forma. Y no sólo la gobernaron de otra forma, sino que se aplicaron a una operación de propaganda destinada a convencer: primero a ellos mismos; después al resto de los españoles; y, finalmente, al mundo mundial, de que en la Historia de España no había habido más república que ellos. Mediante este trile ideológico, bastante típico de las estrategias propagandísticas de la URSS de la época por otra parte, un régimen de bastante escasa calidad democrática (un país en el que, como acertadamente señaló su ministro de Justicia en un informe bien conocido, no se practicaba la libertad de religión; o en el que se presionaba a las embajadas para que devolviesen civiles, sin negar en momento alguno que el motivo de la reclamación fuese fusilarlos); en un país, digo, con bastante baja calidad democrática, se reivindicase apoyo en su favor for the sake of democracy.

La II República española nació como un sueño muy bello. El discurso de Niceto Alcalá-Zamora, entonces primer ministro, en la apertura de las Cortes Constituyentes, es, a mi modo de ver, una de las obras cumbres del parlamentarismo español y la mejor expresión de los porqués del surgimiento del sueño tricolor. Pero quien lo lea no encontrará ahí las líneas del revolucionarismo obrerista de la época, mucho menos las trazas del sueño ácrata o anarcoide; no puede encontrar tales cosas en las palabras de un político que había sido dos veces ministro del rey.

La II República la trajeron las derechas republicanas. Por eso vino como vino, porque si Alfonso XIII hubiese tenido la sensación de que tomando el portante camino de Cartagena dejaba el país en manos de los marxistas o los bakuninistas, de seguro habría hecho caso de su ministro La Cierva, el único que, en su último consejo de ministros, le conminaba a quedarse. Si la república llegó fue porque el conde de Romanones, a la hora de negociar la salida del rey, encontró que su interlocutor era Alcalá-Zamora (hombre que, apenas un año antes, había abogado en la Universidad de Valencia por una república confesional y bicameral, con un Senado a dedo que operase como freno objetivo del radicalismo); y, mientras ambos señores negociaban, los futuros políticos republicanos esperaban en la calle Príncipe de Vergara, en el palacete que era vivienda de Miguel Maura, líder de la derecha republicana; porque es que de aquélla, cágate lorito, había una derecha republicana.

Pero no fue esa República, esa primera segunda república, la que grabó a los españoles al rojo impresiones que durarían cuarenta años (en realidad, setenta, y lo que te rondaré, Morena). Fue la segunda segunda república, la que llegó después de que el proyecto evolucionario se comenzó a convertir en un proyecto revolucionario; con la inexplicable, a la par que irresponsable, colaboración de una serie de políticos minoritarios, que no tenían nada que ganar en las movidas revolucionarias, pero que lo dieron todo por tocar pelo. El franquismo explicó esto durante décadas afirmando que Martínez Barrio, Azaña, Domingo, et alia, eran masones. Con permiso de todos aquellos a quienes les mola acudir a la masonería para explicar los bienes y males del mundo, yo no creo eso. Yo es que fueran masones. Lo que eran, es ambiciosos. Querían su cuota de ministros/día. Sabían que los obreristas tenían un prurito no colaboracionista. Que los socialistas seguían, en buena parte, teñidos de la filosofía de Pablo Iglesias, es decir el yo no quiero saber nada con los gobiernos burgueses porque lo que yo quiero es aplastar a los gobiernos burgueses. Sabían, en consecuencia, que la presencia en los gobiernos de la República siempre sería problemática para el PSOE, fuente de querellas y discusiones internas sin fin; y, por eso mismo, soñaban con manejar a los socialistas a su gusto. La deriva de la República en la guerra civil es una buena demostración de quién acabó manejando a quién.

La República 2.1 todavía pudo acabar bien. Sobre todo si hubiese aceptado el turno de poder en favor de las derechas de una forma más deportiva y leal. Lejos de ello, las elecciones del 33 despertaron lo peor del republicanismo de izquierdas, incluyendo la intención de declarar inválidas unas elecciones de cuya limpieza no cabe dudar, y, además, arrojaron a los socios revolucionarios al monte. A lo cual tampoco colaboraron las derechas, que olvidaron, en días tres, las lecciones de Cánovas según las cuales el buen turnismo político se basa en que los conservadores no se apliquen, cada vez que llegan al poder, a desmontar hasta el último ladrillo de la obra construida previamente por los liberales.

Franco, pues, se apoyó en todo lo que pasó en la II República a partir, más o menos, del primer martes después de Casas Viejas. Porque lo que pasó en esa República 2.2 sí que nos dejó a los españoles huellas que, probablemente, no se irán jamás. A todos. Esos 800 días, cuarta arriba, cuarta abajo, se convirtieron en 800 oportunidades para convencerse: o bien de que era necesaria una Mano de Hierro que colocase todo aquello en orden; o bien, que aquéllos que demandaban una Mano de Hierro no deberían tener derecho ni a ir a mear. Las dos Españas existen desde hace 200 años, pero hay momentos en la Historia en los que, por razones diversas, llegan a odiarse con una intensidad y un refinamiento estratosféricos; la posguerra de Independencia y la República 2.2 son dos de esos momentos; la primera guerra carlista y la guerra civil no son sino consecuencias lógicas, e inmediatas, de ello.

El camaleonismo. Una de las principales pruebas que detecto cuando discuto con alguien sobre el franquismo de que no tiene gran idea de lo que habla es su concepción primaria de aquel régimen. Yo diría que una amplia mayoría de españoles conciben el franquismo como el Antiguo Egipto, es decir algo que permaneció básicamente igual durante siglos. Sin embargo, una de las razones por las que el franquismo sobrevivió tanto tiempo es porque no fue así. Dentro del franquismo hubo varios franquismos, porque a su gran mentor, el general Francisco Franco, todo lo que le importaba era seguir en el poder, y estaba dispuesto a hacer muchas cosas para ello.

El franquismo, en efecto, mostró, a lo largo de su historia, una asombrosa capacidad de adaptación, que le sirvió para conseguir que a los electrones situados en las capas externas del átomo les costase sentir la atracción de otros átomos cercanos. Es evidente que el franquismo comienza a sufrir, casi desde su primer día, la pérdida de efectivos, que se corresponden con personas que, por convicciones democráticas o excesivamente fascistas, se ven impelidas a colocarse contra el régimen. Sin embargo, cuando Franco muere, en 1975, aquellos que se siguen considerando franquistas siguen siendo, básicamente, los mismos que firmaron el contrato en el 39. Esto es así a base de un delicado juego de equilibrios, y a base de cambiar.

Es una tentación muy propia de mucha gente el etiquetar el régimen franquista como fascista; pero hacerlo es empezar a no comprender las razones de su longevidad. De hecho, si el franquismo hubiese dedicido no renunciar al fascismo, probablemente habría desaparecido no más tarde de 1947. Si no desapareció fue porque Franco lo mutó. A partir del dicho año 47, y sobre todo en la mitad de los años 50, Franco se asemeja a ese dependiente de ropa de la película Pretty woman que le pregunta a Richard Gere si ya se le ha hecho suficientemente la pelota. Sólo que en la película de Franco, Richard Gere es la Casa Blanca y su ministro en la Tierra, es decir el Foreign Office. El franquismo cambió lo que tuvo que cambiar, porque contaba con la ventaja de que Richard Gere nunca le exigió, ni le exigiría, elecciones libres, que era la única pelota que no estaba dispuesto a hacerles. Así, paulatinamente, dotó a los españoles de un Fuero (cáscara vacía), acabó formalmente con la censura en el 63 e, incluso, algunos meses más tarde, incluso se permitió dictar una ley de perdón para los crímenes de la guerra civil (con la cual, vale, amnistiaba a los criminales del bando contrario; pero también se amnistiaba a sí mismo).

El contrario. Un elemento muy importante de la longevidad del franquismo es su contrario. El antifranquismo es un movimiento dividido y perdido en querellas insolubles. Como ha dejado escrito el periodista anarquista Jacinto Torhyo, en la posguerra civil, en los campos de refugiados de Francia, a cualquiera que le preguntases quién tenía la culpa de la guerra te contestaba: «de los fascistas», si era comunista; y «de los comunistas», si era cualquier otra cosa. El antifranquismo se divide radicalmente desde sus inicios en dos mitades muy claras: por un lado, los comunistas (que son, además, los antifranquistas más activos, porque tienen más medios que nadie al disponer de un Estado que les apoya); y el resto. Para escenificar esta división, ahí está el episodio por el cual Sánchez Albornoz asume la presidencia de la República en el exilio (un cargo que en ese momento no le interesa a nadie) por la sola y mera razón de que, de no hacerlo, la previsión constitucional coloca el cargo en manos de Dolores Ibárruri, en su condición de vicepresidenta de las Cortes.

Dentro del antifranquismo encontramos episodios tan poco edificantes como aquél por el cual se hace extraño que militantes del PSOE quieran homenajear a Juan Negrín; no sé si de dan cuenta de que intentan encumbrar a un señor que fue expulsado de su partido. En puridad, el PSOE de la posguerra se divide en dos: el negrinista, que habitualmente se suele alinear con los comunistas; y el prietista, que se puede decir es el tronco del que sale la rama actual, aunque sólo sea porque es el socialismo que acepta una solución monárquica constiticional para España. El exilio, por otra parte, sirve para dejar bien claro que los grupos burgueses de izquierdas eran cáscaras vacías, partidos formados por diletantes de salón y contertulios más o menos convincentes pero sin apoyo social alguno. Y, sobre todo, en un proceso del que, lo he escrito muchas veces, España bien puede felicitarse, la noche antifranquista se traga el anarcosindicalismo de acción directa y postulados irredentos; uno de los grandes responsables del fracaso de la II República. Los nacionalistas, por último, terminar la guerra y meterse en su caverna, fue todo uno. Algunos, de hecho, a día de hoy todavía no han salido.

Si alguna vez coquetearon las cancillerías occidentales con la idea de promocionar una solución democrática para España basada en los viejos socios republicanos, no habrían sabido ni por dónde empezar. Por eso los alemanes, cuando comienzan a verle a Franco temblón y más p'allá que p'acá, le dicen a Isidoro que se vaya a Suresnes y monte un momio presentable. Pero estamos hablando ya de los setenta. Mientras llegaron esos tiempos, para los diseñadores de la geopolítica europea siempre fue mucho más fácil diseñar soluciones en las que Franco se sucedía a sí mismo.

Hay una última cosa, relacionada con los contrarios, que también le vino muy bien a Franco. La República en el exilio, y no digamos el Partido Comunista, cometieron, cuando menos hasta mediados de los sesenta, un error garrafal, que fue saludar con alharacas todas las medidas contra Franco que apretaban el cinturón de los españoles de interior. En otras palabras: un gran problema del exilio republicano es actuar como si todo lo que le importase fuese el propio exilio. Cuando uno lee las memorias de antifranquistas de interior, y me quiero acordar de los Cabos sueltos de Enrique Tierno, cree detectar este tono un tanto reprochante. De hecho, es cierto que durante mucho tiempo los republicanos del exilio trataron a los antifranquistas de interior con una cierta displicencia, nacida del hecho de que los antifranquistas de interior solían ser mucho más posibilistas (sobre todo en el hecho de que fueron los primeros en considerar que si el futuro no era una república, pues no que no lo fuera).

Así las cosas, cada vez que un país retiraba sus embajadores, lo cual suponía, quizá, dejar de venderle a España cosas que los españoles necesitaban, los republicanos del exilio descorchaban champán... y la prensa franquista tardaba minutos dos en contarlo. Mensaje: mira cómo celebran estos cabrones que tú te mueras de hambre, o que no te puedas vestir decentemente. Aquello no hizo sino alimentar eso que los nacionalismos periféricos llaman el nacionalismo español, el yo soy el que soy, soy como soy, y al que no le guste que se pegue un tiro. Creo recordar que era Andrés Pajares el que tenía un sketch humorístico en el que pretendía ser un hooligan de un equipo español paseando medio borracho por París horas antes de la final de la Copa de Europa; aquel monólogo era una excelente descripción de ese sentimiento «me quiero porque los demás no me quieren» o, como diría el enemigo del pueblo de Ibsen, el hombre más fuerte es el que está solo.

La actitud del exilio republicano, además, tuvo la consecuencia tóxica de alimentar entre los españoles la duda metódica sobre lo que vendría detrás de faltar el general. Como principio general, una dictadura llega a hombros de sus incondicionales, pero se perpetúa a los de los indiferentes. De los que, no siendo incondicionales, prefieren no apostar por el cambio. A la historiografía más rabiosamente antifranquista, así como a las gentes que la leen y la creen, no le gusta ni decir ni que le digan que España fue alguna vez franquista. Prefiere dibujar, más bien, ese retablo de una sociedad acojonada en todos los minutos de su vida, que si no protestaba era por miedo a ser apalizada, o algo peor.

En realidad, no les falta razón. España, tal vez, no fue nunca franquista. Sólo tal vez, la verdad, porque hay que recordar la famosa admonición de Gil Robles ante la permanente de las Cortes, con el cadáver de Calvo Sotelo aún tibio, según la cual, de celebrarse elecciones aquel mismo día en España, de calle las habría ganado Falange; afirmación que no deja de ser una valoración personal, pero que yo creo tiene ciertos visos de certitud.

Sea como sea, España puede no haber sido franquista. Pero lo que sí fue, sin mácula de duda alguna en mi opinión, cuando menos hasta bien entrada la década de los sesenta, es indiferente. Indiferente quiere decir, en realidad, inquieta con el qué llegará. Que el gran grupo organizado antifranquista fuese el comunista, la verdad, no ayudaba mucho; máxime teniendo en cuenta que las maldades del comunismo eran multiplicadas por la propaganda franquista (y estadounidense). Más allá, lo cierto es que nadie fue capaz de elaborar un proyecto coherente. Hasta casi la muerte de Franco, el espíritu de los 13 puntos de Negrín permaneció incólume, o sea: los españoles deben decidir cuál quieren que sea su futuro... pero eso, claro, partiendo de la base de que lo que van a decidir es la vuelta de la República. Buena parte de la oposición que clamaba por un referendo en libertad en España lo hacía porque partía de la base de que dicho referendo les daría a ellos la razón.

Yo tengo una foto escaneada de un libro que recoje un momento de la entrada de las tropas nacionales en un pueblo extremeño; quiero recordar que se trata de Don Benito. Se ve a un militar entrando con paso que se adivina cansino. Al lado de él, a no menos de tres metros, hay tres mujeres. Tienen pinta de ser las primas del Tío de la Vara; con ello quiero decir que no tienen, precisamente, pinta de terratenientes. Aplauden como posesas y una de ellas parece estar a punto de tirarse al cuello del pobre soldado.

La ceguera de una parte del exilio antifranquista español, ceguera que le vino de perlas al dictador para perpetuarse, fue que jamás entendió este fenómeno: señoras de delantal y manos astrosas saludando a las tropas de Franco como quien saluda a un tipo que viniese a regalarte un décimo del Gordo de Navidad. Es una ceguera, de hecho, que se ha transmitido, en perfecto estado de conservación, a cierta historiografía y a sus lectores.

Lo que había en la España de la posguerra civil era una sociedad muy partidaria de Franco, otra muy partidaria de los antifranquistas y una enorme, elefantiásica, mayoría silenciosa. Quienes no se sentían muy algo, en los años cuarenta y cincuenta, no se sentían entre Godzilla y Ricitos de Oro, sino entre dos Godzillas. Esto es algo que muchas gentes que miran aquellos años con los ojos de hoy ni pueden, ni quieren, entender.

En otras palabras: Franco se las ingenió para conseguir que los españoles que no se sintiesen franquistas acabasen por pensar que los republicanos jamás aceptarían la reconciliación que decían impulsar y reclamar.

En esas circunstancias, a favor del franquismo se puso lo que durante muchos años sería su principal gasolina: la inercia.