lunes, julio 04, 2011

Sobre la(s) crisis económica(s)

Creo que no sería sano para el blog que me embarcase en una contestación a Tiburcio punto por punto, porque las polémicas han de terminar en algún momento o, si se prefiere lo mismo dicho de otra forma, un blog no puede convertirse en un matrimonio. Así pues no voy a puntualizar a mi colega probiscídeo, aunque no dejaré de invitarle a plantearse qué le habría pasado a la humanidad si, llevada por la necesidad de enfrentarse a un what if respecto del que carecía de constancia, se hubiese embarcado en hacerle caso a Malthus y hubiese practicado durante el siglo XIX el control consciente en el crecimiento de la población. En fin, eso de prevenir situaciones por si son ciertas parece ser un dechado de virtudes; pero sólo lo parece.

Más importante me parece reflexionar, un poco más a fondo, sobre las crisis económicas y su producción, ahora que estamos en medio de una de las gordas. En parte estas líneas tienen la intención, no la escondo, de colocarle un grano en el lacrimal a Tiburcio, pero también, de alguna manera, van más allá de lo que él ha escrito y tratar de ir hacia una visión histórica más general. A ver si lo consigo.

Mi primera proposición: yo no soy partidario, en el mundo moderno y concibiendo la expresión como la civilización occidental al menos desde 1750, de afirmaciones del tipo: «la crisis económica fue provocada por los Bla», siendo bla un colectivo finito de humanos distinto de los gobernantes. En realidad, ya me gustaría a mí poder creer que los banqueros, o la Mesta, o los catalanes, o los indignados, son capaces de crear una crisis sismética, esto es una crisis susceptible de arrastrar incluso a quien no tiene condiciones para entrar en crisis. Lamentablemente, al menos yo, no puedo.

Sé que la visión de un mundo dominado por un estrecho grupo de personas reunidas en un sótano es muy atractiva; hay incluso quien se ha forrado escribiendo libros que más o menos abonan esa tesis. Lo cierto es que el mundo moderno está formado por una multiplicidad de puntos de decisión que dificulta mucho esa concordancia, incluso si existiese; que yo, sinceramente, si no me creía las historias de Hitler sobre la conspiración mundial judía, si no me creía las de Franco sobre la masonería como fuerza internacional supragubernamental, no veo por qué me voy a creer que la cuna del mundo sea mecida por la mano del Club Chorranberg o de los pérfidos banqueros. Montar una crisis económica es algo tan difícil que ni siquiera las catástrofes lo consiguen. En agosto de 1983, el 8%, repetimos, el 8% del PIB del País Vasco desapareció en menos de una semana. Chao, finito, kaput. La patria de Sabino Arana valía un día 100, y una semana después 92. La diferencia se fue por el desagüe de una cosa que entonces se llamó gota fría. Seis meses, un año, dos años más tarde, que yo sepa, los pobres, famélicos niños euskaldunes no iban por la calle mendigando un mendrugo de pan, y sus padres no sesteaban en kilométricas colas de desempleo (al menos no más largas que las del resto de España, o de Europa). Como digo, una crisis no es tan fácil de montar.

Me cuesta entender este asunto de los banqueros, en primer lugar, por la cantidad de pasta que han perdido. Entiendo que las noticias que medren en los periódicos e internet sean aquéllas de los ejecutivos financieros que han conservado y aún incrementado sus sueldazos; pero eso no puede esconder el hecho de que hay países donde los banqueros privados han sido arrasados casi al completo (Irlanda, por ejemplo) y se han quedado sin bonus, o sin trabajo. No se acaba de entender que alguien monte un momio para quedarse con el culo al aire. De donde cabe deducir que, quizás, haya más cosas.

Una cosa que no veo que se destaque lo suficiente de la crisis del 2008 y de 1929 es que ambas son crisis de sobreproducción. La del 29 más industrial con remate en el sector financiera, la del 2008 financiera con remate en el sistema productivo. Pero en ambos casos se produce un recalentamiento económico que es el que provoca las prácticas que llevan a la crisis.

Veamos. El negocio bancario, dice un viejo aforismo sajón, es un 2-3-3: capta dinero al 2, préstalo al 3, y a las 3 vete a jugar al golf. Esto es lo que se denomina margen financiero y es el teórico centro del negocio del crédito; no se diferencia gran cosa del dueño del bar que paga tres céntimos por una taza de café por la que cobra un euro diez (práctica que, por cierto, por alguna razón mucha gente considera más ética que la del banquero), sólo que en este caso la materia del negocio es el propio dinero.

Los bancos captan pasivo, y lo captan retribuyéndolo porque el pasivo también tiene su ley de la oferta y de la demanda. Una vez que han captado pasivo, no ganan nada reteniendo ese dinero en sus cajas; tienen que ponerlo a trabajar para que gane tanto dinero como el necesario para pagar los intereses comprometidos, y algo más. Un banquero, por lo tanto, no gana nada teniendo un pasivo de la leche junto con un activo negligible. En este caso, lo más probable es que sus accionistas lo reputen de gilipollas.

El negocio bancario se asemeja al gesto que hace Iniesta en el anuncio de Kalise: vamos, tiki-taka, tiki-taka. El dinero tiene que moverse. Y tiene que moverse, además, en condiciones de liquidez. Porque si suponemos un banco que ha captado 1.000 euros prometiendo el 3% anual y luego va y presta esos 1.000 euros comprando un bono cupón cero a siete años, es evidente que hay un problema: al final del primer año, el depositario de los 1.000 euros exigirá sus 30 de intereses, pero el banco, como no va a cobrar hasta seis años más tarde, no tendrá con qué pagarle.

De aquí podemos sacar una conclusión lógica: si el dinero tiene que moverse, si una mano presta lo que la otra capta, cuando más dinero capte el sistema bancario, más créditos dará. Porque si no los da, entonces está concentrando en sí mismo las pérdidas del sistema. Es su cuenta de resultados, que capta pero no presta, la que presentará pérdidas.

Este efecto ha sido descubierto desde hace décadas, en puridad más de cien años, por los bancos centrales. Teóricamente, los bancos centrales están ahí para vigilar la solvencia de las entidades financieras. Solvencia quiere decir que la entidad tiene (o va a generar en el futuro) recursos suficientes para responder por todo lo que ha prometido. En la práctica, sin embargo, los bancos centrales, y muy especialmente desde que Milton Friedman escribió sus libros, existen también como instrumentos de política económica. Los bancos centrales pueden controlar, más o menos, la masa monetaria; la cantidad de dinero que hay en el sistema. También pueden controlar lo que los bancos hacen o no hacen. Por lo tanto, pueden controlar la temperatura de la olla llamada economía. Si concebimos la economía como un metrónomo de ésos que usan los estudiantes de música, el banco central tiene la capacidad de establecer la cadencia con la que va a sonar dicho metrónomo.

Los economistas, y los políticos, y por supuesto los gobernadores de los bancos centrales, saben desde hace mucho tiempo, otra vez cien años como poco, que lo importante de la economía son los fundamentals y los equilibrios. Que, en el fondo, son la misma cosa. Una economía sana correlaciona sus grandes elementos de una forma sana. Conseguir mucho crecimiento con mucha inflación es relativamente sencillo. Es lo que ha hecho Islandia durante décadas, sin ir más lejos, y es por eso que en los años en los que en toda Europa había parados a tutiplén en Islandia no había paro, pero había inflación de dos dígitos. También es relativamente fácil controlar los precios sin crecimiento; las economías centralizadas lo hicieron durante décadas, eso sí, a base de tumbar su competitividad por los suelos y generarle a sus ciudadanos un nivel de vida subsahariano. Lo jodido es crecer, generar empleo, tener una inflación baja, y poder financiar todo eso con dinero básicamente propio.

Toda economía se asemeja, pues, a un anciano que sufre diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia y fibrilación auricular ( o sea: la economía es mi madre) y todas esas dolencias las trata. A base de insulina, inhibidores de la angiotensina, sinvastatina y sintrón, el anciano tiene calidad de vida; tiene, incluso, la sensación de que cada año está mejor. No obstante, es ineluctable que, algún día, alguno de estos cuatro fundamentos de su salud se descojone; y, además, ese descojone suele correlacionar con algún otro que también comienza a dar problemas.

La economía mundial que salió de la primera guerra del golfo era ese anciano; lo que pasa es que el subidón de autoestima que le provocó la bajada del petróleo le hizo creer que no sólo se sentía bien, sino que se iba a sentir cada vez mejor. Tuvo una recaída breve pero muy grave en el 92, pero no le hizo ni puto caso. Lo mismo ocurrió, por cierto, en la Europa y los EEUU de entreguerras, embarcados en una razzia expansiva hija del concepto de que el mundo había cambiado, que no habría más guerras, que Versalles lo había dejado todo tied, and definitively tied, y que el mundo entraba en una fase de movimiento uniformemente acelerado.

Los años noventa animaron a los gurús del momento, no pocos de ellos asesores gubernalmentales, a anunciar el fin de la Historia a lo Fukuyama y a sostener que el crecimiento continuado era posible. Esto se postuló, por ejemplo, de los precios inmobiliarios, que jamás descenderían ya. En este entorno, los gobernantes vieron el cielo abierto. Para ellos, la novedad era ambrosía.

Entiéndase. Ningún gobernante quiere gestionar entornos a la baja. Tienes que parar carreteras que otros comenzaron a construir. Tienes que negarle a la gente cosas que otros les prometieron. El nuevo entorno económico fue abrazado, primero que por nadie más, por los gobernantes, porque les ponía un piso. Les permitía pensar en su oficio como un eterno ofrecer más que el anterior. Al fin y al cabo, la paga con la que un gobernante ofrece cosas es un determinado porcentaje del PIB; si el PIB cada vez es más grande, el porcentaje también lo será, luego la capacidad de comprar cosas para el pueblo también será más grande.

Una cosa que me sorprende no se destaque lo suficiente, en este punto, es que la crisis de las hipotecas subprime nace de una decisión del Congreso de los Estados Unidos, animada por el presidente Clinton, que obligaba a las dos entidades hipotecarias semipúblicas, Freddy Mac y Fanny Mae, a que concediesen el 55% de sus préstamos a personas cuyos ingresos estuviesen por debajo del ingreso mediano americano. Dicho de otra forma: ¿cómo podemos ahora reprochar a los banqueros que prestasen dineros a personas con alto riesgo de insolvencia, si los gobiernos poco menos que se lo estaban pidiendo (cuando no obligando)?

¿Por qué hacían eso los gobiernos? Pues, sencillo: para cebar la máquina de la expansión. En Brasil, cada año, centenares de miles de ciudadanos abandonan la pobreza e ingresan en las clases medias. Este tipo de política practicada por Lula (afortunadamente para él, con mayor mesura y planificación que en otros lugares) es el tipo de política que se ha generalizado en las casas blancas del mundo en los últimos veinte años. Los españoles no somos ajenos a eso; ¿acaso todas las prestaciones que hemos visto incluirse en el catálogo de pagadas por la sanidad pública pueden considerarse imprescindibles para la salud? No. Pero ganan votos. Si los políticos se rigiesen por el bien común, gastarían el dinero teóricamente sobrante de la sanidad pública en habilitar plazas para enfermos psiquiátricos; lo que da votos, sin embargo, es financiar operaciones de cambio de sexo. Desde cualquier punto de vista, es inmoral prestarle un solo euro a alguien que quiere ser mujer, por mucha angustia que le provoque ser tío, mientras haya una sola familia en España pasando las noches acojonada temiendo que su joven hijo esquizofrénico se brote, saque el cuchillo jamonero y se los pase a todos, uno a uno, por la piedra.

«¡Más madera, es la guerra!», gritaba Groucho Marx. Los modernos grouchos están en los consejos de ministros y gritan: «¡Más masa monetaria, es la expansióooon!» Cada vez más crecimiento. Cada vez más rentas, más consumo. Cada vez más dinero. O sea, cada vez más pasivo bancario. Ergo activo; hay que prestar. Hasta llegar a un punto que se prestaba sin tasa y sin garantía. Cuando los banqueros se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, y éste es el punto en el que converjo con Tiburcio, titulizaron la mierda para esconderla. Pero la mierda, al final, huele.

Lamento opinar que los libros de Historia Económica del siglo XXII harán poco hincapié en la titulización de hipotecas subprime y la culpa de los consejos de administración de los bancos. Esos manuales, muy al contrario, hablarán de las estrategias de recalentamiento sin red, amasadas por los bancos centrales, por ejemplo en Alemania, donde el Bundesbank sabía muy bien cuáles iban a ser las consecuencias del cambio 1:1 entre marcos del Este y del Oeste dictada por Helmut Kohl, pero le dio igual; porque en ese momento, ni la inflación interna ni la estabilidad monetaria le importaba un guaino, todo lo que le importaba es que el Jefe se hinchase a conseguir votos en aquellas tierras donde la gente se había acostado proletaria y se había levantado clase media, sin solución de continuidad.

Lo dicho: el poder sobre el bien común en su vertiente financiera, es decir los bancos centrales, sabe medir la temperatura de la olla, y tiene la capacidad de regularla. No puede mirar ahora la olla reventada con ojos de tontuelo, simulando que no logra entender lo que ha pasado. Somos hijos de la convicción de los gobernantes de que ya nunca jamás le tendrían que prometer a sus ciudadanos sangre, sudor y lágrimas.

Y lo realmente, realmente, realmente preocupante de la presente crisis económica, a mi modo de ver, es que lo siguen pensando.