lunes, junio 13, 2011

El plan de Hitler contra el desempleo

Creo haberme leído en torno al 80% de los discursos públicos de Adolf Hitler. Alguno de ellos, incluso, lo tengo en edición realizada por la embajada alemana en Madrid, en los tiempos en que España era fascista. Y desde esa experiencia doy mi opinión de que el más vibrante de todos, probablemente el más trabajado, es el que declamó, con su particular prosodia, en septiembre de 1936 en Nuremberg, durante la reunión monstruo del Partido Nacionalsocialista Alemán NSDAP.

La cosa tiene su lógica. Aquella reunión, de alguna manera, marca el punto más alto del hitlerismo. El momento en que el canciller se presenta ante su pueblo para recordarle que en enero del 33 se comprometió a levantar una nación hundida en la miseria y el pesimismo y que, cuando menos desde su punto de vista, lo había conseguido, además, «sin que haya aparecido un solo judío en la dirección espiritual del pueblo alemán».

La idea-fuerza de aquel discurso fue, pues, sencilla: he cumplido. Y esto es algo que la historiografía no suele negarle al nazismo. Realmente, cumplió su promesa de darle la vuelta a la situación económica del país. En la realidad, no es oro todo lo que reluce porque, cuando el NSDAP ganó las elecciones, las semillas de la recuperación alemana ya estaban en buena parte plantadas. Pero éste es el destino de los políticos en materia económica: comerse marrones que generaron otros y ver como los otros se lucran de sus éxitos.

El gran éxito de Hitler, que de todas formas a veces se intenta relativizar, fue el descenso del desempleo. En aquellos cuatro años, Alemania pasó de tener 6 millones de desempleados a tener 776.000. Cierto que no faltaron trucos estadísticos (entre otros, no considerar desempleados ni a los judíos ni a muchas mujeres), pero un maquillaje de ese calibre es imposible. Estas notas van de cómo lo hizo, además de mediante su carrera de armamento, que lógicamente empleó a mucha gente.

La primera cosa que hay que tener en cuenta es que reducir el desempleo es mucho más fácil cuando se es fascista. Por definición. El fascista es un tipo que sirve a una idea superior, como la nación, y supedita todo a esa servidumbre, que le es impuesta a todos. Un fascista ve diferencias entre obreros y empresarios, entiende que son distintos, pero, al mismo tiempo, les exige que, cuando se trata de objetivos comunes, no se anden con diferencias ni polladas. Más que exigirles, no se lo permite. Por eso los fascistas implantan con tanta facilidad esquemas paramilitares, lo cual se lo pone mucho más fácil a la hora de resolver cosas como el desempleo.

¿Qué fue lo que hizo? Pues mediante dos grandes políticas.

El servicio obligatorio de empleo y el fomento de la actividad. Lo primero que hizo Hitler fue una especie de mezcla entre el New Deal de Roosevelt y el Plan E. En junio de 1933, creó el Servicio Obligatorio de Empleo (donde, nos informa la propaganda nazi, «el hijo del pobre trabaja junto al joven de familia rica»), que fue, en realidad, un modo semimilitar de comenzar a exigirle a los parados que se ganasen los 23 pfennings diarios que se llevaban de seguro de desempleo. La mayoría de estos trabajadores vivía en barracas y seguía un régimen semimilitar. En este ámbito, el Estado impulsó grandes obras públicas (de ahí la analogía con el New Deal), entre ellas la red de autobahn o el canal destinado a comunicar la Renania minera con el río Elba y los puertos del Báltico.

El Estado fomentó que los trabajadores de menos de 25 años se apuntasen al Servicio, argumentándoles que debían dejar el puesto de parados libre para los trabajadores padres de familia. Helmut Stellbrecht, uno de los teóricos de este plan, calculó en su día que el Servicio Obligatorio costaba unos 350 millones de marcos al año, fundamentalmente por el sueldo de medio marco diario por trabajador más los 50 que se le pagaban al marcharse; pero que, a diferencia de la subvención a los desempleados, generaba unos 1.100 millones de beneficios. También calculó (pero no olvidemos que son cálculos de parte) que la construcción de la red de autopisas empleó a 200.000 personas, pero creó 300.000 empleos indirectos.

Esta política, en todo caso, corrió paralela con el fomento del empleo por parte de los empresarios; asunto en el cual la Alemania de Hitler apostó, sin ningún tipo de ambages, por el sector de la construcción.

La ley de junio de 1933 conformó un monstruoso Plan E, por el cual se habilitaban ayudas de 1.000 millones de marcos para que comunas y particulares aborden obras sobre todo de rehabilitación; ayudas que se reforzaban con más dinero si el edificio a rehabilitar tenía algún valor histórico o artístico y el propietario demostraba no disponer de medios suficientes. Junto con la rehabilitación, se beneficiaron de las ayudas los proyectos para la urbanización de barrios periféricos de las ciudades y zonas rurales, instalación en áreas rurales de las acometidas de agua, electricidad o gas, y el alcantarillado.

Una condición obligatoria del plan es que estas obras se realizasen sin el concurso de máquinas, salvo que fuesen totalmente indispensables (como las grúas de construcción). Así, la ley se garantizada que los proyectos eran más intensivos en empleo de lo que ya es de por sí la construcción.

Los desempleados adscritos a la obra seguían percibiendo sus 23 pfennings diarios, esto es el Estado seguía considerándolos desempleados. Si permanecían cuatro semanas en el tajo (esta medida nos enseña que, probablemente, el absentismo debía de ser un problema entonces) se le pagaban 25 marcos que, por lo tanto, venían a unirse a los más o menos 5 marcos que se habían ganado del seguro de desempleo. Sin embargo, el nazismo, que como todos los movimientos totalitarios quería salvar al individuo de su propia ignominia (en el caso que ahora contamos, el alcohol y las putas), no pagaba en dinero, sino en vales de economato, con los que el poseedor sólo podía comprar ropa y menaje. No se tenía en cuenta en los bonos la comida porque el empleador estaba obligado a facilitar al trabajador comida caliente todos los días, o su contravalor. El NSDAP, como vemos, consideraba el subsidio de 23 pfennings una limosna, y su política de desempleo está dirigida, en su centro, a transmitirle la idea de que algo ha de hacer para ganárselo.

Los empresarios, por su parte, fueron objeto de una política fiscal específica. Recibían descuentos en sus impuestos si empleaban nuevo personal. Además, se dictó una amnistía fiscal por la cual el defraudador quedaba exento de toda multa o pena si invertía lo defraudado en su negocio.

La eliminación de la mujer trabajadora. Está claro que aquella economía que retire a la mujer del mercado laboral está reduciendo su problema de empleo a la mitad. A esto hay que unir que Adolf Hitler era una persona profundamente machista, hasta el punto de que algunos historiadores como Toynbee sostienen, y es una teoría que no está exenta de base, que perdió la guerra por su machismo, puesto que prefirió importar a las fábricas alemanas trabajadores forzados de los países invadidos, especialmente Francia; trabajadores desmotivados cuando no saboteadores, en lugar de meter a las mujeres en las factorías.

Consecuentemente con esta manera de pensar, un elemento fundamental de la política de empleo de la Alemania nazi fue impulsar a la mujer a no entrar en el mercado laboral, o abandonarlo si ya estaba dentro.

La propaganda nazi declaró sin ambages que la ley de 1933 tenía entre sus objetivos retornar a la mujer a la casa y a las jóvenes que quisieran trabajar al servicio doméstico. La medida fundamental fue fiscal: se equiparó la deducción por hijo menor de edad en el IRPF a la deducción por empleada de hogar. De esta manera, la chacha quedaba fiscalmente asimilada a los niños chicos.

El nazismo, además, implantó en 1933 una política de fomento del matrimonio. Como es bien sabido, no se trata exactamente de la política profamiliar, sino de un punto crucial de la ideología nacionalsocialista, es decir elevar el número de niños arios; aunque no cabe dudar de que el objetivo de sacar a las mujeres del mercado laboral era tan importante o más que ello.

Esta política se basó en la concesión a los nuevos matrimonios de préstamos de mil marcos (un pastón; recordemos que eso era lo que ganaba un trabajador del Plan E después de currar años) en bonos para adquirir muebles y menaje. Este préstamo se concedía sin intereses y se devolvía en 100 pagos mensuales. Pero, ojo al dato: para conceder el préstamo, el plan de Hitler exigía que la mujer que se casaba estuviese empleada, y se comprometiese a dejar su puesto de trabajo. La propaganda nazi de la época destacaba que se había llegado a una situación en la que muchos empresarios preferían contratar mujeres (lo cual, al parecer, era algo terrible), por lo que los demógrafos nazis consideraban que, de mantenerse la situación, los matrimonios caerían en picado.

Los préstamos de 1.000 marcos se financiaban mediante un impuesto especial que se instituyó a la soltería. Impuesto que al menos yo debo confesar que desconozco si el Führer pagó alguna vez. Claro que Hitler, ésta es otra, no tenía más ingresos que los profesionales. No cobraba por ser canciller ni por presidir el NSDAP. Toda su vida en la jefatura de Alemania vivió de los derechos de autor de su libro Mein Kampf; que era, en todo caso, de lectura, ergo compra, obligada en diversos estamentos de la vida germana.

Sólo en los doce primeros meses de la ley se concedieron 300.000 préstamos de este tipo, por lo que hubo otras tantas mujeres que abandonaron sus empleos y se pusieron a fabricar arios.

En este intento por crear más unidades familiares que impulsasen la retirada de las mujeres del mundo del trabajo, el régimen impulsó la creación de colonias de trabajadores industriales alrededor de las grandes factorías, en los que cada trabajador recibía hasta 3.000 metros cuadrados y préstamos de hasta 3.000 marcos (2.000 el Estado y 1.000 la empresa) para construirse la casa. El tamaño del terreno estaba estudiado, según nos dice la propaganda nazi, para que cada obrero se convierta en pequeño agricultor y así, cito, «la mujer encuentre suficiente ocupación en el cuidado de la huerta, no necesite trabajar en la fábrica y pueda dedicar su tiempo a la familia»

Sé que los católicos (o sea, las sociedades de raíz católica), como somos tan dados a darnos golpes de pecho y nos han enseñado repetir aquello de por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, tendemos a pensar que somos lo peor. Pero no tiene por qué ser exactamente así y de hecho el centro de Europa, impregnado de un catolicismo distinto cuando no de protestantismo o calvinismo, tiene hondas raíces regresivas, una de las cuales es el sexismo. Erasmo de Rotterdam, que tanto tiene para muchos de personaje equilibrado y justo, dejó escrito que bueno es que las niñas reciban algún tipo de cultura, pero se mostró en contra en que se las educase en las letras por ser ello inútil y, además, afirmaba que la preeminencia de la mujer sobre el hombre es algo contra natura, porque, una vez que se violenta y encabrona, la mujer es mucho más cruel que el hombre.

Por mucho que la Historia pueda exhibir ejemplos extraños como el de Hildegarda von Bingen, hay muy pocas cosas en el pasado de nuestros vecinos del centro del continente que avale una posición respecto de la mujer ni medio mejor que la de nuestros bisabuelos. Así las cosas, las medidas de Hitler cayeron en campo abonado, fructificaron con enorme facilidad, y fueron incluso ilusionadamente apoyadas por las propias mujeres alemanas.

Y, de alguna manera, aquella victoria contra el desempleo fue el primer paso hacia la segunda guerra mundial, pues de ninguna manera Hitler habría podido tensionar la cuerda de Europa tanto y tantas veces si hubiese gobernado sobre una sociedad cabreada y temerosa.