La guerra civil española del siglo XX
tiene muchos mitos. De todos ellos, quizás el más grueso sea ése
que nos dice que la ayuda militar que recibieron los contendientes
fue desinteresada. Las cosas como son, los tiempos se prestan a ello,
pues hoy en día, de la mano de la ciencia política y su aplicación
en la comunicación pública, están muy de moda los discursos según
los cuales, en las guerras, hay Estados que tienen gestos altruístas.
Esta afirmación, sin embargo, es más falsa que un duro de madera.
Tanto Alemania como Italia le pasaron factura al bando nacional por
las ayudas recibidas, a pesar de haber sido realizadas muchas de
ellas, teóricamente, por voluntarios. Y la URSS, las cosas como son,
no se quedó a la zaga. Los soviéticos, a cambio de su ayuda,
consiguieron dos cosas. La primera de ellas fue forrarse.
La segunda fue conseguir, no
sin resistencias, una influencia política
total en el Estado republicano. Algo que fue extremadamente tóxico
para la Historia de España, puesto que tuvo la consecuencia de hacer
que en demasiadas esquinas del mundo, y sobre todo las esquinas que
mandan, se tuviese la sensación, por otra parte bastante cierta, de
que debían elegir entre Franco y el comunismo. Y escogieron a
Franco, claro; porque la gente puede ser tonta, pero no gilipollas.