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Ya no somos tan amigos
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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Teniendo en cuenta todos estos condicionantes, no puede extrañar demasiado que Estados Unidos se pusiera de canto cuando España le consultó acerca de la posible utilización de lanchas de desembarco en el Ifni que estaban administradas por la ayuda estadounidense. Una consulta que era una gestión envenenada para Washington. En puridad, si los americanos se mostraban de acuerdo con la tesis central española: que el Ifni era un problema de seguridad interna, no existía problema alguno para que las lanchas pudieran ser usadas. Pero, claro, admitir esa interpretación equivalía a admitir que el Sáhara español era una parte integrante de España, como lo pudieran ser Ceuta o Talavera; y, consiguientemente, Marruecos se podía mosquear. En estas circunstancias, no ha de extrañar que los estadounidenses no tuviesen ganas de contestar nada.
En el Pentágono, en todo caso, no eran nada partidarios de permitir
el uso de las lanchas de los cojones. Sin embargo, tampoco se querían posicionar
tan claramente en contra como para poder darle a Madrid la oportunidad de amagar,
o incluso dar, con una revisión de las relaciones de colaboración. Por ello, la
instrucción que recibieron los diplomáticos de la calle Serrano fue muy parecida
a la actitud de una anécdota que se atribuye a Talleyrand; quien, cuando en cierta
ocasión la reina de Francia le preguntó que si algún día ella y el rey se estuviesen
ahogando a cuál salvaría, contestó: “Vivo totalmente convencido, majestad, de que
nadáis como un pez”. Pues aquí pasó lo mismo: lo que tenía que hacer el embajador
estadounidense era decirle a Franco de que vivía convencido de que no necesitaría
usar las lanchas.
Franco, sin embargo, no tragó. En un gesto que de seguro no gustó
nada en el Departamento de Estado, el jefe del Estado español impulsó la remisión
a Washington de una petición formal respecto del uso de las lanchas, con lo que
obligaba a su querido socio a contestarle formalmente, que era justo lo que no quería
hacer. La respuesta estadounidense dejaba claro que el país no entraba ni salía
de la cuestión de si el Sáhara español formaba o no parte de España; ésa, venían
a decir los americanos, es una cuestión que sólo compete a los españoles. Y., como
esa definición era cosa del gobierno español, el uso de las lanchas también lo era.
Eso sí, se recomendaba moderación; usen las lanchas, pero no hagan trompos.
Ya a finales de enero de 1958, Ahmed Balafrei, en una entrevista
que había tenido con Foster Dulles, había explorado la posibilidad de que Estados
Unidos hiciera de hombre bueno entre sus dos aliados. Lo que buscaban los marroquíes
era que la diplomacia estadounidense lograse convencer a El Pardo de entregarle
a Marruecos la parte sur del viejo protectorado sin exigirle, como pretendía Franco,
la asunción formal de la españolidad del resto de los territorios africanos. Marruecos
acabó llevando el tema al Consejo de Seguridad de la ONU.
La situación era complicada por el poco margen de actuación que
tenían ambas partes. En Marruecos, el rey tenía que actuar y hablar con el rabillo
del ojo puesto en el Istiqlal, la formación nacionalista, que hacía el papel en
todo aquello de los de avanzar sin transar de toda la vida. Por su parte, en Madrid
el general Franco era muy consciente de que, por mucho que su estabilidad no estuviese
puesta en duda, su política pro árabe, y la decisión de permitir la independencia
de Marruecos, lo había malquistado con muchos cuartos de banderas. Tanto marroquíes
como españoles, por no mencionar a los franceses que también estaban en el ajo,
consideraban que su amistad con Estados Unidos los hacía acreedores de un apoyo
explícito de Washington. Eisenhower, sin embargo, no tenía ningunas ganas de enredarse
en aquel merdé, y por eso adoptó la estrategia de llamar a las partes constantemente
al diálogo y el buen rollo; supongo que la copiaría del Papa de turno. Para los americanos, el eventual estallido de hostilidades
en el Magreb era un escenario deplorable, por cuando podía llegar a lanzar ese proceso
de sovietización de la zona que, según el general Barroso, ya había comenzado.
Para que todo eso funcionase, sin embargo, hacía falta que el
gobierno marroquí se pusiera las pilas con las acciones del Ejército de Liberación
en el sur del país; y eso, como ya os he dicho, estaba difícil. La segunda gran
prioridad de la diplomacia estadounidense era no verse nunca enfangados en una discusión
fronteriza; porque, verdaderamente, en lo último en lo que los Estados Unidos querían
verse implicados era en una discusión sobre dónde terminaba Marruecos, y dónde empezaba
España. Tan poco les gustaba esa discusión, que siguen regateándola setenta años
después.
Finalmente, Washington acabó por contestar a la consulta que,
en plan tocahuevos, había impulsado Franco. El uso de material facilitado en el
marco de la colaboración hispano-estadounidense, dijo, es imposible en el protectorado
sur de Marruecos; en lo tocante al Sáhara español, dado que el emisor de la respuesta
no quería verse enfangado en discusiones sobre soberanías y legitimidades, se limitaba
a llamar a las partes a la morigeración. Lo que querían los americanos era que españoles
y marroquíes se sentasen a negociar, de forma más o menos pública, el trazado de
una frontera; Marruecos, en mi opinión, entendió mejor que España esta necesidad,
y se aprestó a tomar medidas para que el ejército real, es decir el oficial y legítimo,
controlase el sur del país.
La tenuidad estadounidense en lo relativo a la guerra entre España
y el Ejército de Liberación hizo que Madrid se acercase a París, aprovechando que
a los franceses, que en la independencia de Marruecos habían tenido intereses diferentes
de los españoles, se acercaban bastante a ellos por los enormes problemas que les
podía plantear un Magreb envalentonado. Marruecos, en ese momento (y en la actualidad,
aunque no se le note) concebía su futuro de una forma muy imperialista, considerando
que lo justo era que el país recibiese, no sólo los territorios españoles, sino
también Mauritania, algunas zonas de Argelia, y otras de Mali. Reivindicaciones
que ponían muy nerviosos a los funcionarios del Ké Dorsé.
Con todo, el mayor de los problemas que presentaba la situación
era un problema en el que los españoles eran espectadores. Los acuerdos ligados
a la independencia de Marruecos, por el lado francés, se concretaron, entre otras
cosas, en el compromiso de que tanto franceses como estadounidenses podrían disfrutar
del uso de bases militares en territorio del país tras la independencia. Marruecos
quería el abandono de esas bases. Estados Unidos, obviamente, no quería irse; pero,
al mismo tiempo, tampoco quería quedarse en plan okupa, pues tenía claro que lo
mismo en una situación así la carta jugada por el rey de Marruecos podría ser ponerse
a leer a Marx. Si el interés de los Estados Unidos por permanecer en el cortijo
era elevado, el de los franceses, enfangados en una guerra en Argelia, era ya sideral.
París consideraba innegociable su control sobre diversas bases, quizá la de mayor
peso la tunecina de Bizerta. Estados Unidos quizá hubiera podido, por sí mismo,
negociar alguna cosilla; pero, claramente, el general De Gaulle no se lo permitía.
Aunque formalmente había aceptado el principio de la evacuación
de Marruecos por las tropas extranjeras, Franco estaba, en aquel tema, a muerte
con los gabachos. El jefe del Estado español estaba convencido de que la situación
de provisionalidad inestable en Argelia se iba a prolongar mucho más de lo que lo
hizo (esto quiere decir que consideraba a los franceses mucho mejores militares
de lo que realmente son); y consideraba que la presencia gabacha en Bizerta era
irrenunciable. El dictador español consideraba, y yo creo que los hechos le dieron
la razón, que Argelia, mucho más que Marruecos, era una nación con mucha más capacidad
de caer en la órbita soviética; y por eso consideraba que una fuerte presencia militar
cercana era absolutamente necesaria.
A pesar de todo esto, a lo largo del año 1959, ya con Christian
Herter al frente de la diplomacia estadounidense, Washington había decidido aceptar
el principio de evacuación. Madrid, por lo demás, aceptó rápidamente el fait
accompli, pues la evacuación de militares de Marruecos comenzó, y fue muy rápida.
Todo esto se hacía, básicamente, en interés de Estados Unidos;
pues, paradójicamente, el primero que aceptó el principio de evacuación era, en
realidad, el que no quería irse. Estados Unidos, en efecto, esperaba que Marruecos
valorase el apoyo recibido en forma de permisividad para algún tipo de permanencia
estadounidense en el país. Lo que finalmente le arrancó Eisenhower a Mohamed V fue
un acuerdo generoso en el tiempo, anunciado el 22 de diciembre de 1959, y que establecía
la marcha de los estadounidenses a finales de 1963.
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