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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Los estadounidenses, sin embargo, estaban preocupados por el flanco no militar de la operación que se había iniciado en 1953. La construcción de las bases, y el fortalecimiento del ejército español, iban a tener la consecuencia, o así se temía, de crear un nuevo foco de consumo de recursos, de inversión; y eso iba a provocar una expansión de la masa monetaria que, más tarde o más temprano, acabaría por sembrar la inflación en la economía española (una consecuencia ésta del aumento rápido de la inversión militar de la que, curiosamente, nadie está hablando ahora mismo…)
Por ello,
los estrategas estadounidenses consideraban que había que tomar o promocionar medidas
económicas que permitiesen equilibrar ese factor negativo. Muy en particular, Estados
Unidos consideraba que España debía hacer inversiones para reforzar su red energética;
veían, pues, que una forma de contrarrestar las tendencias en los precios sería
abaratar la economía por la vía de hacer más barata la producción. Asimismo, también
se hablaba de introducir, a través de los programas de ayuda, bienes de consumo
baratos en la economía española.
Da la
impresión, o cuando menos a mí me la da, de que los hombres de Washington ni confiaban
en Franco, ni confiaban en sus hombres. Un jefe de gobierno inteligente y ponderado
sabe echar el freno de las inversiones militares cuando sabe que pueden dañar seriamente
la capacidad competitiva del resto de la economía. Pero parece que los estadounidenses
no confiaban en que Franco tuviese esa presciencia. A los americanos, en todo caso,
no les preocupaban los padecimientos que tendrían que soportar los españoles; les
preocupaba que, de colapsar la economía española, sus bases deviniesen inviables.
Su plan consistía, básicamente, en implicar a otros amigos del ámbito occidental,
es decir, las potencias europeas que para entonces ya habían visto la luz al final
del túnel, para colaborar en una política de concesión de préstamos a largo plazo
para España.
Esta
situación, en suma, fue la que aconsejó a los responsables estadounidenses aprobar
el, por así decirlo, rescate de la economía española. Era algo que habían estado
evitando durante años, por el objetivo que siempre habían tenido de hacer una distinción
entre los países del Plan Marshall y una España que había estado descaradamente
del lado de Alemania en la segunda guerra mundial. Ahora, sin embargo, la escasa
capacidad de la economía española a la hora de carburar comme il faut hacía
necesario actuar. No obstante, una vez más hay que aclarar que el objetivo de Washington
no tuvo nada de altruista. Lo que se buscaba, simplemente, era que la economía española
pudiera soportar el shock que le estaba suponiendo el acuerdo militar con
EEUU.
De esta
manera, ya para el año 1955 se estableció una cifra objetivo de ayuda económica
de 20 millones y medio de dólares. Se trataba de financiar los proyectos necesarios
para hacer las bases plenamente operativas, y también lograr la estabilidad financiera,
generando un ambiente positivo para eventuales inversiones privadas estadounidenses
en el país (recordad que Franco había prometido que cuando España tuviese una estabilidad monetaria, abriría el grifo de la convertibilidad).
El 20
de abril de 1955, Eisenhower presentó en el Congreso el programa de seguridad mutua,
es decir, la planificación estratégica que había hecho la Casa Blanca para estrechar
la colaboración con sus aliados. Vino a decir el presidente que todavía había territorios
en Europa en los que había que continuar la colaboración y asistencia económicas;
y esos tres territorios fueron la ciudad de Berlín, Yugoslavia y España. Así, para
el año 1956 a España se le garantizaron 50 millones de dólares en concepto de ayuda
de defensa, más una cantidad que se estimaba podría llegar a 22 millones de dólares,
destinada a la adquisición de productos agrícolas. En realidad, la confluencia de
estos planes y de la enmienda McCarran hizo que las ventas de productos agrícolas
excedentarios a España fuese mucho más intensa.
De nuevo,
nos encontramos ante una actuación que beneficiaba, fundamentalmente, a quien prestaba
la ayuda, no a quien la recibía. Estados Unidos, mediante estas políticas, conseguía
convertir sus excedentes agrícolas en activos de inversión militar. Sin embargo,
obviaba el punto de vista de su beneficiario, España, ya que los economistas locales
consideraban, con muy buen criterio, que lo que realmente necesitaba España eran
recursos para realizar compras de bienes de capital. El mecanismo es sencillo: el
proceso de construcción de las bases, asumido por España, generaba un déficit que
Estados Unidos debía equilibrar, cosa que hacía colocando sus excedentes agrícolas.
El problema
se deriva del hecho de que una política de estas características es como un churro:
calorías vacías que ningún bien le aportan al cuerpo que se lo come. En 1956, la
situación de extremada debilidad de la economía española no sólo afectó a los españoles,
que lo hizo y mucho; también afectó a los propios estadounidenses, ya que España
se mostró completamente incapaz de asumir los retos y necesidades del acuerdo de
colaboración militar. Estados Unidos hubo de resignarse a pensar en nuevas ayudas;
pero eso no mejoró la situación de la economía española. En febrero de 1956, además,
la economía española recibió un serio revés en forma de una serie continuada de
heladas, que redujeron las exportaciones de cítricos, que eran una de las “niñas bonitas”
del sector exterior español incluso antes de la guerra civil, a un 30% de lo que
solía ser norma. Las reservas de divisas de España, falto el país de insumos en este
terreno, se desplomaron; ello en medio de una inflación que se admitía del 10% pero
que según muchos estudiosos, en realidad era muy superior.
En este
entorno, Estados Unidos estaba revisando su política de ayuda a España. Dicha ayuda
no hacía sino crecer, y comenzaba a haber voces que se preguntaban si merecía la
pena. Eisenhower encargó un informe, que normalmente se conoce como informe Prochnow
(estoy casi seguro que por Herbert Víctor Prochnow, que era vicepresidente del First
National Bank de Chicago, y a quien Eisenhower nombró en 1955 vicesecretario de
Estado adjunto de Asuntos Económicos). Esta papela serviría para redactar un nuevo
documento estratégico, el NSC 5710/1.
El gran
punto de partida de estas reflexiones fue que, de las muchas cosas que Estados Unidos
ya había hecho en la materia de la colaboración militar con España, había una que
no había hecho, puesto que le resultaba incómoda: definir cuáles eran las capacidades
y potencia que deberían tener las fuerzas armadas españolas.
El análisis
que se hacía en Washington, sin embargo, era demasiado frío. El embajador Lodge,
que vivía en Madrid y, aunque aislado de la realidad como casi siempre están los
embajadores, algo le goteaba, consideraba que era necesario, además de hablar de
balas, reconocer que hacía falta mantener un clima social y político favorable,
que permitiese hacer un uso adecuado de las bases. Esto, en su opinión (y en la
de cualquiera con dos dedos de frente) pasaba por una ayuda económica que
fuese suficientemente generosa. Pero eso, claro, equivalía a financiar a una dictadura para que siguiese siendo una dictadura.
Lodge
era consciente de que la economía española, teniendo en cuenta el rostro que mostraba
a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, dependía del clima. Y que los
años que el clima le negaba el pan y la sal, coqueteaba con el colapso. A las opiniones
del embajador en Madrid, en el sentido de que no sólo había que dejar de plantearse
la reducción de la ayuda a España, sino que había que apostar por incrementarla,
se unían las opiniones, obviamente coincidentes con este principio, del gobierno
español. En El Pardo había un acojone de la hostia con la caída en picado de las
reservas de divisas. España, era obvio, carecía de capacidad de financiar su despegue
(no la adquiriría hasta la década posterior con los planes de desarrollo; que fueron,
además, planes en gran parte financiados con créditos exteriores). Franco quería
que la ayuda económica del gran hermano fuese revisada; y que, como primera providencia,
se le concediesen a España 30 millones de dólares para adquisición de materias primas.
Estados Unidos, sin embargo, era poco proclive a ayudas que no pasaron por la colocación
de sus excedentes agrícolas.
La misión
económica (los “hombres de negro”) enviada
por Washington a Madrid se decantó bastante por la posición de Lodge. Los técnicos
que revisaron la situación de la economía española a pie de obra también recomendaron
el incremento de dicha ayuda. Sin embargo, también recomendaron que se le exigiesen a Franco medidas efectivas en contra de la inflación. En corto: que liberalizase
la economía. Porque eso de que Franco era un peligroso capitalista liberal, hay
que haberse tomado muchos mojitos en la Taberna Garibaldi para llegar a verlo.
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