miércoles, junio 24, 2026

Franco y los EEUU (15): Dudas americanas




Cuando Harry encontró a Frankie
El Lequerica Team
Estar, pero no estar
La cabeza caliente y los pies fríos
¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
Política en revisión
Amigos sí, pero no tanto
OTAN, no
¡Ah, la canallesca!
El engaño
Esto hay que mejorarlo
Decepción
Consíguenos un poco de dinero más
Dudas americanas
Girando el gobernalle
Más dinero, papá
Puertas cerradas
OTAN, de entrada, no
Franco amaga, pero sólo amaga
Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
¿Oposición? ¿Qué oposición?
Un artículo
¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones


Los estadounidenses, sin embargo, estaban preocupados por el flanco no militar de la operación que se había iniciado en 1953. La construcción de las bases, y el fortalecimiento del ejército español, iban a tener la consecuencia, o así se temía, de crear un nuevo foco de consumo de recursos, de inversión; y eso iba a provocar una expansión de la masa monetaria que, más tarde o más temprano, acabaría por sembrar la inflación en la economía española (una consecuencia ésta del aumento rápido de la inversión militar de la que, curiosamente, nadie está hablando ahora mismo…)

Por ello, los estrategas estadounidenses consideraban que había que tomar o promocionar medidas económicas que permitiesen equilibrar ese factor negativo. Muy en particular, Estados Unidos consideraba que España debía hacer inversiones para reforzar su red energética; veían, pues, que una forma de contrarrestar las tendencias en los precios sería abaratar la economía por la vía de hacer más barata la producción. Asimismo, también se hablaba de introducir, a través de los programas de ayuda, bienes de consumo baratos en la economía española.

Da la impresión, o cuando menos a mí me la da, de que los hombres de Washington ni confiaban en Franco, ni confiaban en sus hombres. Un jefe de gobierno inteligente y ponderado sabe echar el freno de las inversiones militares cuando sabe que pueden dañar seriamente la capacidad competitiva del resto de la economía. Pero parece que los estadounidenses no confiaban en que Franco tuviese esa presciencia. A los americanos, en todo caso, no les preocupaban los padecimientos que tendrían que soportar los españoles; les preocupaba que, de colapsar la economía española, sus bases deviniesen inviables. Su plan consistía, básicamente, en implicar a otros amigos del ámbito occidental, es decir, las potencias europeas que para entonces ya habían visto la luz al final del túnel, para colaborar en una política de concesión de préstamos a largo plazo para España.

Esta situación, en suma, fue la que aconsejó a los responsables estadounidenses aprobar el, por así decirlo, rescate de la economía española. Era algo que habían estado evitando durante años, por el objetivo que siempre habían tenido de hacer una distinción entre los países del Plan Marshall y una España que había estado descaradamente del lado de Alemania en la segunda guerra mundial. Ahora, sin embargo, la escasa capacidad de la economía española a la hora de carburar comme il faut hacía necesario actuar. No obstante, una vez más hay que aclarar que el objetivo de Washington no tuvo nada de altruista. Lo que se buscaba, simplemente, era que la economía española pudiera soportar el shock que le estaba suponiendo el acuerdo militar con EEUU.

De esta manera, ya para el año 1955 se estableció una cifra objetivo de ayuda económica de 20 millones y medio de dólares. Se trataba de financiar los proyectos necesarios para hacer las bases plenamente operativas, y también lograr la estabilidad financiera, generando un ambiente positivo para eventuales inversiones privadas estadounidenses en el país (recordad que Franco había prometido que cuando España tuviese una estabilidad monetaria, abriría el grifo de la convertibilidad).

El 20 de abril de 1955, Eisenhower presentó en el Congreso el programa de seguridad mutua, es decir, la planificación estratégica que había hecho la Casa Blanca para estrechar la colaboración con sus aliados. Vino a decir el presidente que todavía había territorios en Europa en los que había que continuar la colaboración y asistencia económicas; y esos tres territorios fueron la ciudad de Berlín, Yugoslavia y España. Así, para el año 1956 a España se le garantizaron 50 millones de dólares en concepto de ayuda de defensa, más una cantidad que se estimaba podría llegar a 22 millones de dólares, destinada a la adquisición de productos agrícolas. En realidad, la confluencia de estos planes y de la enmienda McCarran hizo que las ventas de productos agrícolas excedentarios a España fuese mucho más intensa.

De nuevo, nos encontramos ante una actuación que beneficiaba, fundamentalmente, a quien prestaba la ayuda, no a quien la recibía. Estados Unidos, mediante estas políticas, conseguía convertir sus excedentes agrícolas en activos de inversión militar. Sin embargo, obviaba el punto de vista de su beneficiario, España, ya que los economistas locales consideraban, con muy buen criterio, que lo que realmente necesitaba España eran recursos para realizar compras de bienes de capital. El mecanismo es sencillo: el proceso de construcción de las bases, asumido por España, generaba un déficit que Estados Unidos debía equilibrar, cosa que hacía colocando sus excedentes agrícolas.

El problema se deriva del hecho de que una política de estas características es como un churro: calorías vacías que ningún bien le aportan al cuerpo que se lo come. En 1956, la situación de extremada debilidad de la economía española no sólo afectó a los españoles, que lo hizo y mucho; también afectó a los propios estadounidenses, ya que España se mostró completamente incapaz de asumir los retos y necesidades del acuerdo de colaboración militar. Estados Unidos hubo de resignarse a pensar en nuevas ayudas; pero eso no mejoró la situación de la economía española. En febrero de 1956, además, la economía española recibió un serio revés en forma de una serie continuada de heladas, que redujeron las exportaciones de cítricos, que eran una de las “niñas bonitas” del sector exterior español incluso antes de la guerra civil, a un 30% de lo que solía ser norma. Las reservas de divisas de España, falto el país de insumos en este terreno, se desplomaron; ello en medio de una inflación que se admitía del 10% pero que según muchos estudiosos, en realidad era muy superior.

En este entorno, Estados Unidos estaba revisando su política de ayuda a España. Dicha ayuda no hacía sino crecer, y comenzaba a haber voces que se preguntaban si merecía la pena. Eisenhower encargó un informe, que normalmente se conoce como informe Prochnow (estoy casi seguro que por Herbert Víctor Prochnow, que era vicepresidente del First National Bank de Chicago, y a quien Eisenhower nombró en 1955 vicesecretario de Estado adjunto de Asuntos Económicos). Esta papela serviría para redactar un nuevo documento estratégico, el NSC 5710/1.

El gran punto de partida de estas reflexiones fue que, de las muchas cosas que Estados Unidos ya había hecho en la materia de la colaboración militar con España, había una que no había hecho, puesto que le resultaba incómoda: definir cuáles eran las capacidades y potencia que deberían tener las fuerzas armadas españolas.

El análisis que se hacía en Washington, sin embargo, era demasiado frío. El embajador Lodge, que vivía en Madrid y, aunque aislado de la realidad como casi siempre están los embajadores, algo le goteaba, consideraba que era necesario, además de hablar de balas, reconocer que hacía falta mantener un clima social y político favorable, que permitiese hacer un uso adecuado de las bases. Esto, en su opinión (y en la de cualquiera con dos dedos de frente) pasaba por una ayuda económica que fuese suficientemente generosa. Pero eso, claro, equivalía a financiar a una dictadura para que siguiese siendo una dictadura.

Lodge era consciente de que la economía española, teniendo en cuenta el rostro que mostraba a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, dependía del clima. Y que los años que el clima le negaba el pan y la sal, coqueteaba con el colapso. A las opiniones del embajador en Madrid, en el sentido de que no sólo había que dejar de plantearse la reducción de la ayuda a España, sino que había que apostar por incrementarla, se unían las opiniones, obviamente coincidentes con este principio, del gobierno español. En El Pardo había un acojone de la hostia con la caída en picado de las reservas de divisas. España, era obvio, carecía de capacidad de financiar su despegue (no la adquiriría hasta la década posterior con los planes de desarrollo; que fueron, además, planes en gran parte financiados con créditos exteriores). Franco quería que la ayuda económica del gran hermano fuese revisada; y que, como primera providencia, se le concediesen a España 30 millones de dólares para adquisición de materias primas. Estados Unidos, sin embargo, era poco proclive a ayudas que no pasaron por la colocación de sus excedentes agrícolas.

La misión económica (los “hombres de  negro”) enviada por Washington a Madrid se decantó bastante por la posición de Lodge. Los técnicos que revisaron la situación de la economía española a pie de obra también recomendaron el incremento de dicha ayuda. Sin embargo, también recomendaron que se le exigiesen a Franco medidas efectivas en contra de la inflación. En corto: que liberalizase la economía. Porque eso de que Franco era un peligroso capitalista liberal, hay que haberse tomado muchos mojitos en la Taberna Garibaldi para llegar a verlo.

Estaba a punto de nacer el mantra económico español de los siguientes años: la “estabilización”. Y no lo inventó Franco, ni sus economistas. Se lo impusieron los estadounidenses.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario