miércoles, julio 08, 2026

Franco y EEUU (23): ¿Oposición? ¿Qué oposición?




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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones



Una vez más, Franco se veía en la necesidad de justificar una medida que era muy mal vista por el backbone de su poder, que siempre fue el ejército. Lo hizo a través de Castiella, alimentando las teorías del general Barroso y dibujando, en consecuencia, a un rey Mohamed sitiado por la morisma soviética que, por lo tanto, necesitaba consolidar su poder; proceso de consolidación que España quería apoyar retirando a sus tropas del país. Lo cierto es que, como ya os he dicho, para cuando Franco anunció la reducción, ésta ya se había producido. Los efectivos españoles en Marruecos no llegaban a 5.000 y, además, costaba un Congo abastecerlos.

Francia se opuso inicialmente a que España hiciese pública su retirada porque quería consolidar sus posiciones. Al final, sin embargo, fue la propia retirada española la que se empilochó, ya que los marroquíes querían saber qué iba a pasar con Ceuta, Melilla y el Ifni. Estos dimes y diretes fueron los que hicieron que España siguiera en el país hasta el verano de 1961. Los estadounidenses, por su parte, fueron graciosamente recompensados por su actitud colaboradora, pues en los enclaves en los que querían permanecer siguieron hasta 1978.

Con todo, sin embargo, aquel fecundo año de 1959 fue, sobre todo, el año en el que la paciente labor de captación de los Estados Unidos para la causa franquista alcanzó el que acabaría siendo su mayor símbolo: la visita del presidente Eisenhower a Madrid.

Que el inquilino de la Casa Blanca se pasease por España acompañado del jefe del Estado era una vieja aspiración de Franco; era la forma en la que el dictador esperaba convencer al mundo de que ahora tenía otros amigos. Sin embargo, la relación política con Washington no siempre fue perfecta. Estados Unidos, como por otra parte es lógico, siempre intentaba jugar todas las cartas jugables; y eso significaba que, aunque obviamente no iban a impetrar acercamientos hacia los comunistas, sí tenían un amplio florilegio de fuerzas de la oposición donde mirarse. El primer conflicto serio entre El Pardo y la avenida de Pensilvania por este motivo ocurrió en 1953, cuando la policía franquista trincó al dirigente socialista Tomás Centeno y, en la documentación que le intervino, descubrió que había tenido diversos contactos discretos con un funcionario de la embajada de la calle Serrano. El tema se resolvió expulsando de tapadillo al funcionario; pero el franquismo se quedó con la mosca detrás de la oreja.

Franco, sin embargo, se preocupaba en exceso. En primer lugar, la oposición al franquismo situada en el exilio, que era la que con más eficiencia podía construir unas relaciones con el Departamento de Estado, estaba dividida, era débil, y gustaba mucho de enfangarse en pequeñas peleas mezquinas; un proceso que, cuando menos en parte, ya he contado. En segundo lugar, estaba la conclusión que la inteligencia norteamericana sacaba precisamente de ese patio de Monipodio, y del protagonismo que en el mismo ejercía el negrinismo. Esa conclusión era clara: Franco no podía ser santo de la devoción de un sistema democrático liberal; pero Estados Unidos no podía olvidar el detalle de que, con práctica total seguridad, si Franco cayese, cualquier régimen que llegare, sería hostil a los americanos. Los estrategas estadounidenses eran conscientes de que tenían que hacer lo que hicieron: convencer a Franco de que asumiese, de alguna forma, su propia singularidad, y aceptase dejarle el machito a alguien con un perfil distinto, es decir Juan Carlos de Borbón. Pero aquello necesitaba pista y velocidad para despegar.

Estados Unidos, pues, estaba convencido de que, si tiraba la moneda del cambio de régimen en España, las posibilidades de que saliese la cruz del anti americanismo eran muy elevadas. A todo esto hay que unir que, con una perspectiva histórica, y a pesar de que ambos señores eran unos cabezabuque de cojones, no queda otra que reconocer que la labor de Lequerica y Areilza en Estados Unidos fue de diez. Consiguieron darle la vuelta a las cosas, con la ayuda de algunos parlamentarios conservadores y de la Iglesia católica; y para cualquier persona que no tenga las orejeras de la ideología es evidente que, a mediados de los años cincuenta, esa victoria de Franco que una vez había sido una victoria de las potencias fascistas se había convertido en una victoria contra el comunismo.

Estados Unidos comenzó a negarle el pan y la sal a los exiliados españoles ya a principios de la década de los cincuenta. Aquí, como digo, se juntó el hambre con las ganas de comer, ya que si bien Washington no tenía ningunas ganas de darle cuartelillo a aquella patota de políticos entrados en años, éstos no ponían las cosas fáciles, embarcados como estaban en mil querellas, no pocas veces estúpidas. Conforme avanzó la década, y puesto que también lo hizo, y mucho, la ideología yankee go home, los temas comenzaron a cambiar. Las fuerzas más progresistas del país, cada vez más concernidas por el rechazo creciente a lo americano en medio mundo (y muy particularmente en el mundo hispano), comenzaron a preguntarse en los cíceros de los periódicos si el apoyo a Franco no estaría saliendo demasiado caro. Dado que en esos años todavía la URSS seguía siendo el presunto gigante manufacturero y militar que Stalin decía que era, todavía se creía en la posibilidad de una guerra directa entre Estados Unidos y la URSS, y se temía que, en ese caso, buena parte de Latinoamérica acabase incendiando el patio de atrás de los Estados Unidos.

La inquietud, por lo demás, tenía muchos elementos para imponerse. A pesar de las muchas señales y consejos que había recibido, a finales de los años cincuenta Franco todavía se obstinaba en patrocinar una economía autárquica e híper intervenida; el resultado más directo era la cronificación de los problemas financieros del país, con una balanza de pagos que no la hubiese comprado ni un feriante gitano. En Estados Unidos, y en su embajada, se concedía gran importante a los problemas eco sociales, dado que la CIA estaba convencida de que el descontento económico era la única fuerza capaz de echar a Franco.

La oposición, sin embargo, no mostraba capacidad de articular una alternativa en el interior de España. Acusaba, en primer lugar, una notable desconexión entre exiliados e interiores. Las personas que combatían a Franco desde dentro, precisamente porque veían la realidad del país y de los apoyos que tenía el dictador, eran proclives a pensar en soluciones que bordeasen el sacrosanto principio republicano sin el cual, sin embargo, los exiliados no se avenían ni siquiera a sentarse en una mesa de negociación. Los españoles, por otra parte, habían olvidado a las fuerzas del pasado. Lo podríamos decir de otra manera; pero lo cierto es que, veinte años después de terminada la guerra, el que no estaba con Franco, había decidido soportarlo. Y Franco, en  el fondo, hacía lo mismo. Cuando Joaquín Satrústegui creó la Unión Española, un acto prohibido bajo las leyes españolas, fue multado, pero no encarcelado. Franco, pues, parecía darse cuenta de que ya no le hacía falta ser muy duro; en realidad, ya se había quitado de encima el que era el verdadero peligro para él en el largo plazo, que era el peligro falangista.

Mi idea particular es que quien trajo a Juan Carlos a la jefatura del Estado español fueron los Estados Unidos; y, en su origen, Fidel Castro. La revolución cubana fue una cosa muy parecida a la revolución que ocurrió veinte años después en Portugal; y, creedme, no es ninguna casualidad que, esta segunda vez, a los Estados Unidos y el bando occidental de la Guerra Fría no le saliese la partida tan mal. Castro y su revolución fueron el test de estrés de los cambios de régimen espontáneos y dejados en “manos del pueblo”; y, a ojos de Washington, la experiencia no pasó la prueba. En Cuba (y en Irán, en 1979), Estados Unidos aprendió una lección de la que, en el momento de escribir estas notas, se beneficia Delcy Rodríguez: no se puede lanzar un cambio sin más; los cambios siempre tienen que producirse con un ejército atento y controlando la situación. La idea de una sucesión monárquica en España es la consecuencia más lógica de un esquema así.

Los hombres del Departamento de Estado manejaron primero dos hipótesis. La primera, que Franco, quien no se olvide era ya en aquel momento un señor provecto, le cediese el gobernalle del país a otro militar. Esta idea era, sin duda, la que más le gustaba a Franco; pero tenía el problema de que todos los candidatos eran más o menos de su quinta. En Washington se llegó a apostar por Muñoz Grandes; lo cual, por cierto, iguala a Eisenhower con Hitler. La segunda opción era que el malestar social generase una revolución; pero pronto se dieron cuenta de que eso era mucho más fácil de imaginar que de hacer. En esas circunstancias, la apuesta más seria era que, si Franco caía por alguna causa, la opinión monárquica mayoritaria del ejército forzaría un regreso de Don Juan, que se pondría al frente de una monarquía de corte autoritario. El embajador Lodge, de hecho, llegó a detectar movimientos de destacados prohombres del franquismo (José Solis, Castiella, Vigón, incluso Camilo Alonso, el teórico hereu) buscando acercamientos con la grey de Estoril para buscarse un lugar bajo ese sol si a Franco le venía una angina de pecho y la roscaba.

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