Cuando Harry encontró a Frankie
El Lequerica Team
Estar, pero no estar
La cabeza caliente y los pies fríos
¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
Política en revisión
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OTAN, no
¡Ah, la canallesca!
El engaño
Esto hay que mejorarlo
Decepción
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Dudas americanas
Girando el gobernalle
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Puertas cerradas
OTAN, de entrada, no
Franco amaga, pero sólo amaga
Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
¿Oposición? ¿Qué oposición?
Un artículo
¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Una vez más, Franco se veía en la necesidad de justificar una medida que era muy mal vista por el backbone de su poder, que siempre fue el ejército. Lo hizo a través de Castiella, alimentando las teorías del general Barroso y dibujando, en consecuencia, a un rey Mohamed sitiado por la morisma soviética que, por lo tanto, necesitaba consolidar su poder; proceso de consolidación que España quería apoyar retirando a sus tropas del país. Lo cierto es que, como ya os he dicho, para cuando Franco anunció la reducción, ésta ya se había producido. Los efectivos españoles en Marruecos no llegaban a 5.000 y, además, costaba un Congo abastecerlos.
Francia se opuso inicialmente a que España hiciese pública su
retirada porque quería consolidar sus posiciones. Al final, sin embargo, fue la
propia retirada española la que se empilochó, ya que los marroquíes querían saber
qué iba a pasar con Ceuta, Melilla y el Ifni. Estos dimes y diretes fueron los que
hicieron que España siguiera en el país hasta el verano de 1961. Los estadounidenses,
por su parte, fueron graciosamente recompensados por su actitud colaboradora, pues
en los enclaves en los que querían permanecer siguieron hasta 1978.
Con todo, sin embargo, aquel fecundo año de 1959 fue, sobre todo,
el año en el que la paciente labor de captación de los Estados Unidos para la causa
franquista alcanzó el que acabaría siendo su mayor símbolo: la visita del presidente
Eisenhower a Madrid.
Que el inquilino de la Casa Blanca se pasease por España acompañado
del jefe del Estado era una vieja aspiración de Franco; era la forma en la que el
dictador esperaba convencer al mundo de que ahora tenía otros amigos. Sin embargo,
la relación política con Washington no siempre fue perfecta. Estados Unidos, como
por otra parte es lógico, siempre intentaba jugar todas las cartas jugables; y eso
significaba que, aunque obviamente no iban a impetrar acercamientos hacia los comunistas,
sí tenían un amplio florilegio de fuerzas de la oposición donde mirarse. El primer
conflicto serio entre El Pardo y la avenida de Pensilvania por este motivo ocurrió
en 1953, cuando la policía franquista trincó al dirigente socialista Tomás Centeno
y, en la documentación que le intervino, descubrió que había tenido diversos contactos
discretos con un funcionario de la embajada de la calle Serrano. El tema se resolvió
expulsando de tapadillo al funcionario; pero el franquismo se quedó con la mosca
detrás de la oreja.
Franco, sin embargo, se preocupaba en exceso. En primer lugar,
la oposición al franquismo situada en el exilio, que era la que con más eficiencia
podía construir unas relaciones con el Departamento de Estado, estaba dividida,
era débil, y gustaba mucho de enfangarse en pequeñas peleas mezquinas; un proceso
que, cuando menos en parte, ya
he contado. En segundo lugar, estaba la conclusión que la inteligencia norteamericana
sacaba precisamente de ese patio de Monipodio, y del protagonismo que en el mismo
ejercía el negrinismo. Esa conclusión era clara: Franco no podía ser santo de la
devoción de un sistema democrático liberal; pero Estados Unidos no podía olvidar
el detalle de que, con práctica total seguridad, si Franco cayese, cualquier régimen
que llegare, sería hostil a los americanos. Los estrategas estadounidenses eran conscientes de
que tenían que hacer lo que hicieron: convencer a Franco de que asumiese, de alguna
forma, su propia singularidad, y aceptase dejarle el machito a alguien con un perfil
distinto, es decir Juan Carlos de Borbón. Pero aquello necesitaba pista y velocidad
para despegar.
Estados Unidos, pues, estaba convencido de que, si tiraba la
moneda del cambio de régimen en España, las posibilidades de que saliese la cruz
del anti americanismo eran muy elevadas. A todo esto hay que unir que, con una perspectiva
histórica, y a pesar de que ambos señores eran unos cabezabuque de cojones, no queda
otra que reconocer que la labor de Lequerica y Areilza en Estados Unidos fue de
diez. Consiguieron darle la vuelta a las cosas, con la ayuda de algunos parlamentarios
conservadores y de la Iglesia católica; y para cualquier persona que no tenga las
orejeras de la ideología es evidente que, a mediados de los años cincuenta, esa
victoria de Franco que una vez había sido una victoria de las potencias fascistas
se había convertido en una victoria contra el comunismo.
Estados Unidos comenzó a negarle el pan y la sal a los exiliados
españoles ya a principios de la década de los cincuenta. Aquí, como digo, se juntó
el hambre con las ganas de comer, ya que si bien Washington no tenía ningunas ganas
de darle cuartelillo a aquella patota de políticos entrados en años, éstos no ponían
las cosas fáciles, embarcados como estaban en mil querellas, no pocas veces estúpidas.
Conforme avanzó la década, y puesto que también lo hizo, y mucho, la ideología yankee
go home, los temas comenzaron a cambiar. Las fuerzas más progresistas del país,
cada vez más concernidas por el rechazo creciente a lo americano en medio mundo
(y muy particularmente en el mundo hispano), comenzaron a preguntarse en los cíceros
de los periódicos si el apoyo a Franco no estaría saliendo demasiado caro. Dado
que en esos años todavía la URSS seguía siendo el presunto gigante manufacturero
y militar que Stalin decía que era, todavía se creía en la posibilidad de una guerra
directa entre Estados Unidos y la URSS, y se temía que, en ese caso, buena parte
de Latinoamérica acabase incendiando el patio de atrás de los Estados Unidos.
La inquietud, por lo demás, tenía muchos elementos para imponerse.
A pesar de las muchas señales y consejos que había recibido, a finales de los años
cincuenta Franco todavía se obstinaba en patrocinar una economía autárquica e híper
intervenida; el resultado más directo era la cronificación de los problemas financieros
del país, con una balanza de pagos que no la hubiese comprado ni un feriante gitano.
En Estados Unidos, y en su embajada, se concedía gran importante a los problemas
eco sociales, dado que la CIA estaba convencida de que el descontento económico era
la única fuerza capaz de echar a Franco.
La oposición, sin embargo, no mostraba capacidad de articular
una alternativa en el interior de España. Acusaba, en primer lugar, una notable
desconexión entre exiliados e interiores. Las personas que combatían a Franco desde
dentro, precisamente porque veían la realidad del país y de los apoyos que tenía
el dictador, eran proclives a pensar en soluciones que bordeasen el sacrosanto principio
republicano sin el cual, sin embargo, los exiliados no se avenían ni siquiera a
sentarse en una mesa de negociación. Los españoles, por otra parte, habían olvidado
a las fuerzas del pasado. Lo podríamos decir de otra manera; pero lo cierto es que,
veinte años después de terminada la guerra, el que no estaba con Franco, había decidido
soportarlo. Y Franco, en el fondo, hacía
lo mismo. Cuando Joaquín Satrústegui creó la Unión Española, un acto prohibido bajo
las leyes españolas, fue multado, pero no encarcelado. Franco, pues, parecía darse
cuenta de que ya no le hacía falta ser muy duro; en realidad, ya se había quitado
de encima el que era el verdadero peligro para él en el largo plazo, que era el
peligro falangista.
Mi idea particular es que quien trajo a Juan Carlos a la jefatura
del Estado español fueron los Estados Unidos; y, en su origen, Fidel Castro. La
revolución cubana fue una cosa muy parecida a la revolución que ocurrió veinte años
después en Portugal; y, creedme, no es ninguna casualidad que, esta segunda vez,
a los Estados Unidos y el bando occidental de la Guerra Fría no le saliese la partida
tan mal. Castro y su revolución fueron el test de estrés de los cambios de régimen
espontáneos y dejados en “manos del pueblo”; y, a ojos de Washington, la experiencia
no pasó la prueba. En Cuba (y en Irán, en 1979), Estados Unidos aprendió una lección
de la que, en el momento de escribir estas notas, se beneficia Delcy Rodríguez:
no se puede lanzar un cambio sin más; los cambios siempre tienen que producirse
con un ejército atento y controlando la situación. La idea de una sucesión monárquica
en España es la consecuencia más lógica de un esquema así.
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